III

Un montón

de correas y de astillas

y de carne palpitante

y sangrante...

Un fracaso de costillas

con estruendo...

Correajes perforados

y hebillajes

destrozados...

Sangre en tierra...

Polvo, un grito. ¡Una ovación!

Y la paz en un charco

de sangre mala y negra,

y aquellos dientes fríos y amarillos...

Un azadón, un esportón de tierra,

y aquel montón de arreos

que, como cosa muerta,

junto del jaco muerto

están sobre la arena.

Después son las banderillas, esa suerte, quizá la más dificultosa del toreo, para la cual se diría precisas las aladas taloneras de Mercurio. Machado describe en cuatro rasgos la agilidad, la esbeltez, la seguridad del torero en el asombroso trabajo.