IV

Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante, registra varias tristes efemérides—dice el poeta Díaz de Escovar—que cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su Breve descripción cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga, impresa en 1819, nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal. Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la Historia de Málaga, escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería, municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente, arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos. Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete, cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos soldados y marineros perecieron.

Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron. Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del «Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales».

A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien, aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo, en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media de la mañana, dice Díaz de Escovar—que sabe admirablemente los pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad—del 27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según el autor de las Conversaciones malagueñas, duraron de cinco a seis minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi instantáneamente.

Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después de la ruina de la capital lusitana.

O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!». Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro dice en su Cronología: «¿Quién creyera que estando el mar entonces con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar, como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas, costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas, un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros, porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle, para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas misiones».


He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.

He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no les quitara lo ganado.

Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico, sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano, sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.

La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos, adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul. Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas, de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los ramajes de pinos de un bosque.

Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes, pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo. Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando—asociación de ideas—en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo.