III
Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; les lauriers sont coupés. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir, cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis; protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los viejos libros. El Solitario es tan antiguo como Nepote. En la calle principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no podría entrar en tus octavas reales.
Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren rellenar el Canalazzo y echar al olvido las góndolas. Están en su derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril, me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa, y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el cadet, se mete en los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan para modelos de los pintores y pour l'exportation.
El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos. Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos», tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta, y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los lectores de La Nación, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.
Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo, entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis, es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.
Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café, y en el centro un tablado, sin adorno alguno.
Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito», uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos. De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.
Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé, que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las «seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer un quiebre de cintura.
Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos, zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas, no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales «oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o contenido.
Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable, con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben de nuevo a las tablas.
Toca a los cantadores la tarea. Cantaor en realidad hay uno sólo de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el cantaor, clava los ojos en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás, y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos ¡olé ya! aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o gime también como el afeitado y berreante cantaor. Luego se anuncia el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años, que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea también amores desesperados, habla de la Virgen y de una puñalaíta. Y olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate.
A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.
—¿Por qué te llaman «el Americanito»?
—Porque zoy americano.
—¿De dónde?
—De Buenozaire.
—¿Y te acuerdas de Buenozaire?
—No zeñó.
—¿Y cuánto hace que viniste de allá?
—Doze años.
¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos... Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres, el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación y hace que aun se levanten castillos «en España».