II
Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece sus vitrinas llenas de dulces, de pintura criarde y de artículos de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre, mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas, va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los pescadores—después de larga fatiga,—se ve la carga de boquerones semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa. De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.
Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía», como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto, conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero, a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas me referiré a la charcuterie nacional, con sus salchichones de Vich, sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden. Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente, poética y llena de cálida gracia.
Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes, que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada, o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con manera tal, que el incensu patuit dea os sale de los labios. Hay ojos malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas. Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral. Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.
La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes, regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar, mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el inmenso cristal mediterráneo.
Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá. Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana, blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente, rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche, quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum, divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras «parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa, por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y regocijados.
La nochebuena se viene,
la nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
carrasclás, que gordito está;
carrasclás, qué enjundia que tiene;
carrasclás, carrasclás, carrasclás!
¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de Cristo ni de la muerte...?
Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia, iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía, derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino encendedor de sangre y el animal de ritual:
¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
carrasclás, que gordito está;
carrasclás, qué enjundia que tiene;
carrasclás, carrasclás, carrasclás!
Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa; la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de que haya salido el sol.
Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que, sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares; él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera, cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña: algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña; Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado; Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota el canto como la rosa del rosal.
Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí.
Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.