MÁLAGA


Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor. Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa—exclusivamente inglesa—, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas, ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo, barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee las últimas palabras que he escrito.

¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen igualmente a la famosa familia.—¿Y ese gran asilo?—De Larios. Desde Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la ciudad de los Larios.—¿Y la catedral, también será de ellos?—La catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas en serio.


«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: Le galib ille Aláh: El vencedor solo es Dios...

Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los guturales gritos de los vendedores ambulantes.

Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la altura, desde donde se domina el ancho puerto.

En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.


Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...? El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras, vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro minutos, el tranvía pudo pasar, et pour cause. El hombre había acabado de coser su saco...

En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre, peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores marchitos en las más hermosas facciones.

Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes... ¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra, se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en el pueblo.

La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios... Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción tradicional.


Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo. Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales, y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno, proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses, de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo, con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros. Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió loco...»

Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.

—¿Qué quiere usted?

—Visitar la iglesia.

—Venga.

—Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?

El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.

—Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.

En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando, en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada, ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...

Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración.