Blanco y negro.

París—¿quién lo hubiera antaño creído?—ha pasado algunos días preocupado con el famoso match del blanco y el negro. Por lo menos, el París novelero y sportivo. Aunque es verdad que esa pasajera ultramericanización no indica una transformación del carácter nacional, es un hecho que la Prensa se ocupó largamente en el asunto y los retratos y biografías de los dos fuertes animales norteamericanos se publicaron en todas las hojas. Jeffries y Johnson lograron popularidad parisiense. Aquí tiene el box sus aficionados y partidarios, entre algunos sportsmen y snobs. Se han visto y se ven pugilatos públicos a que ha concurrido un público de clases diferentes. Pero la cosa no ha pasado a más. La repercusión que tuvo la performance norteamericana ha sido seguramente causada por lo elevado de las apuestas, por los cachets que han cobrado los rivales, y por ser un negro y un blanco, como en las damas, los elementos del juego. Y hubo quiénes apostaran al blanco y quiénes al negro. La victoria de éste fué alegremente comentada, y las atrocidades que en Norte América siguieron a ella lo fueron también.

—¡Que se venga a París el negro!—decían algunos.

Y con razón. En París los negros o mulatos con dinero no tienen por qué quejarse. Hay muchos de ellos que, en los Estados Unidos o en ciertos círculos de las aristocracias hispanoamericanas serían rechazados, y que aquí viven tan lindamente, dándose gusto y hasta viendo su nombre en los periódicos. No hace mucho que se habló de un banquete a dos poetas negros, creo que haitianos. Y en honor de ellos hablaron dos poetas blancos, aunque de segundo orden. Monsieur Gregh y Dorchain... Y los negros continúan y hacen bien.