El burro pintor.

Fábula que acaba de acontecer. Exasperados unos cuantos hombres de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, de ver cómo todos los años en el salón de los Indépendants, unos cuantos sofisticadores cabelludos y unos cuantos ignorantes atrevidos, entre algunos innovadores de talento que pierden, naturalmente, con la vecindad, exponen croûtes, innominables y mamarrachos indescriptibles, ante los cuales no faltan zopencos que creen ver lo invisible y adivinar el ombligo del símbolo; aquellos hombres, digo, de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, fueron a un café de Montmartre, en cuyo patio hay un burro, ataron a la cola de éste un pincel, colocaron hábilmente la tela preparada, y colazo va y colazo viene, mojado el apéndice en colores vivos y distintos, resultó un cuadro de un ultraimpresionismo capaz de hacer aullar perros de piedra. Antes habíase lanzado un manifiesto como el de los pintores amigos del poeta Marinetti. Y al asno, que se llama Lolo, se le hizo aparecer como jefe de la escuela Excesivista, con el nombre italiano de Joaquín Kafael Boronali, Boronali, Aliborón anagramado. Todo bajo el amparo de la vieja alegría gala y el patronato del cura de Meudon.

El cuadro del burro se expuso en el mentado Salón de los Independientes. Más independencia no puede seguramente haber. Charles Morice y otros varones apasionados del arte han protestado por la ocurrencia de los desenfadados. Pero las gentes han reído, y los organizadores del Salón de los Independientes han recibido una buena indicación.

Y uno de los artistas que exponen juntos con Boronali ha tenido, sin embargo, la mejor palabra risueña:

—Es verdad—ha dicho—que este año en nuestro salón hay un cuadro de un burro. Pero en los salones oficiales hay cuadros, no de uno, sino de mil burros.

Y como es quien ha reído el último, es quien ha reído mejor. Y un humorista ha puesto en boca del cuadrúpedo reflexiones como éstas:—«Puedo rebuznar; ahora he conocido la gloria... He gustado de las vanidades humanas y he encontrado que tienen menos sabor que los cardos...»

«Cuando París supo por las gacetas que el jefe de la escuela Excesivista pacía hierba sobre la butte Montmartre, las muchedumbres subieron en filas apretadas. Las gentes venían por centenares a admirarme. Los unos acariciaban mi flaco espinazo, los otros me ofrecían golosinas, muchos, en fin, discutían sobre pintura por la primera vez, no habiéndose ocupado nunca de pintura, almas simples, hasta que un pollino se puso a pintar con la cola. Desde luego, gracias a mi cuadro, el Salón de los Independientes, triste amontonamiento, ha conocido este año la boga y ganado admirables entradas, que no me agradece. Lo que me ha complacido sobre todo es que se han escrito al respecto cosas muy divertidas. No hay una sola gaceta, desde Le Figaro hasta L´Avenir du Sénégal y Le Moniteur des Îles Fidji, que no hayan filosofado sobre mi caso. Todo el mundo ha reído, me dicen, menos cierto periodista de un diario, quien, no habiendo comprendido, expresó palabras severas. Esto no me disgustó, pues es bueno en una fiesta contar con un hombre furioso, pues su cólera intempestiva aumenta la hilaridad de los otros. Cierto crítico ha querido compararse con Homero, cosa que me ha complacido. Otro crítico ha escrito que prefiere mi pintura a la de Turnes, cosa que me ha sorprendido. Ya sé ahora en qué consiste la pintura para muchas gentes: consiste en colocar en un cuadro, de preferencia dorado, una tela untada de colores variados. Siempre se encuentra un público que admire. Los embadurnadores que llenan el Salón des Indépendants y ahogan con sus producciones, que se podrían atribuir a geómetras dementes, las obras notables con que justamente se enorgullece esta exposición, han hecho mal en enojarse. No había entre ellos sino un asno más». Y agrega el humorista, que habiendo empezado a andar el jumento, le preguntó:

—¿A dónde vas, Boronali?

—«Voy a juntarme en la historia gloriosa de los hombres, con el caballo negro de Boulanger».

Hubiera podido agregar que con la burra de Balaam, con su colega de Turmeda, con el asno de Kant, con el de Víctor Hugo. Y, para no ir tan lejos, a la Porte-Saint-Martin, a hacer figura entre los animales de Chantecler.