¡Estas mujeres!

Siguiendo a las alborotadoras inglesas, he aquí que también en esta Francia del encanto femenino las mujeres quieren votar, y quieren ir al Congreso. Tengo a la vista unas cuantas fotografías de esas políticas. Como lo podréis adivinar, todas son feas; y la mayor parte más que jamonas. El feminismo les ha encendido el entusiasmo. Hay que hacer algo más que murmurar, pirografiar, o criar gatos y perros. La primera en presentarse candidata ha sido Mme. Marguerite Durand, señora de cierto talento y actividad, fundadora de la desaparecida Fronde, con sus letras, su facilidad de palabra y su frescura. Para reforzar sus argumentos en favor del voto femenino, presentó en una conferencia a un idiota, cosa que no todos los espectadores le agradecieron. Como en París hay entre la mayoría de las mujeres mayor delicadeza y buen gusto que en Londres, creo que no veremos aquí los escándalos, ya groseros, ya cómicos, de las sufragistas británicas. Pero todo puede suceder, aunque el ridículo en la vida parisiense mata toda incongruencia.

Que las mujeres persisten en querer hacer muchas cosas que hacen los hombres y que hay algunas que superan la competencia masculina: perfectamente. Está mejor Mme. Paquin que M. Paquin en la fábrica de trajes. Y si Mme. Curie sabe tanto como M. Curie, según lo demuestra, bien está, con el aplauso de todos, en su cátedra. Sarah Bernhardt merece la Legión de Honor, como artista, más que cualquier afeitado o barbudo m'as-tu-vu de la Comedie Française. Una que otra virago se ha distinguido en exploraciones e incursiones por tierras salvajes o lugares inaccesibles. Nada hay que argüir en contra. Las pintoras de la legión y las novelistas y poetisas ya no pueden contarse. Se dedican a esos sports como a cualquier otro, y hay musas muy recomendables. Pero estos marivarones—suavicemos la palabra—que se hallan propias para las farsas públicas en que los hombres se distinguen y que, como la Durand, se adelantan a tomar papel en el sainete electoral, merecen el escarmiento.

¡Si viviese el condestable Barbey!

Gracias a Shakespeare podemos aceptar las abogadas. ¡Pero las alcaldesas, diputadas y senadoras! Ello pasa de lo aristofanesco. De un Aristófanes para apaches es la escena que ocurrió días pasados. Pronunciaba la citada candidata uno de sus discursos de propaganda, cuando un hombre del pueblo gritóle desde su asiento:

—¿Quiénes van a remendar ahora los calcetines?

A lo que respondió la aludida:—Los remendarán los que los usen. Y una de las partidarias de la Durand, dirigiéndose a ésta:

—No le haga caso. Ese que habla seguramente no usa calcetines.

Y el truhán, esforzándose por quitarse sus gruesos zapatos:—Ahora van a ver si los uso o no los uso.

¿En eso vamos a parar con el sonado feminismo?

Un escritor discreto, M. Balby, acaba de decir; «Hemos vivido veinte siglos con la idea, que parecía decisiva, de que nuestras mujeres, nuestras asociadas, nuestras ménagères, tenían por tarea principal velar por el hogar, por la casa, por el home; trabajar a su manera por el bien de la comunidad. Ciertamente, la ley, hecha por los hombres, era mal hecha, injusta, oprimía a la mujer, no le dejaba ninguna libertad y ni aun el derecho de disponer de su salario. Y la campaña feminista, que reclama la supresión de esos abusos, tuvo el apoyo, la aprobación de todos los hombres que no eran ni egoístas ni tiranos. Pero, cuando esas damas pretenden todos los derechos y rehusan todos los deberes, cuando quieren encargarnos de remendar los calcetines, ellas que no sabrían y no podrían dedicarse al trabajo del hombre, a su esfuerzo físico e intelectual, nos muestran el fondo de sus sentimientos. ¿Qué son ellos?—Nada.—¿Qué quieren ser?—Todo. A los hombres toca saber si aceptarán esa resolución».

Muy discreto esto. Pero podía fijarse M. Balby en que las propagandistas son solamente unas cuantas, viejas y feas. Las pocas jóvenes y algunas guapas, si lo hacen, lo hacen por divertirse. Las demás mujeres, de belleza o de gracia, seguirán ejerciendo el único ministerio que la ley de la vida ha señalado para ellas: el amor en el hogar, o el amor en la libertad.