La Francia de hoy.

Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta que es necesario arrancar.

En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell, destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra, se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama. Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no habíamos pensado!»

Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades, la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las enseñanzas del más alto precio.

De la admirable intelectualidad de los franceses, de sus fuertes costumbres dinámicas, de espíritu, M. Barrett-Wendell concluye que la ciencia extranjera sería muy vivificada si un mayor número de estudiantes viniesen a colocarse bajo la influencia francesa. Ésta combatiría útilmente lo que las otras influencias tienen de excesivo; ella daría a los conocimientos más riquezas y a las universidades una actividad de mejor índole, una vida más fecunda.

No me place mucho la división que hace M. Barrett-Wendell de la sociedad francesa en tres clases: la nobleza, la burguesía y los artistas. Ella es tal vez cómoda para el estudio, pero temo mucho que no corresponda muy exactamente a la realidad. Que haya, por ejemplo, una especie de barrera entre la aristocracia y la burguesía, convengo en ello, aunque esta barrera se aminore más cada día; pero no veo que los artistas se distingan de los otros franceses por caracteres fundamentales y permanentes bastante precisos para que constituyan una clase aparte. ¿Y por qué no entonces la clase del clero? ¿Por qué no, sobre todo, la clase del pueblo, que es la gran masa de los franceses? El pueblo, con su robusto buen sentido, su incansable actividad, su espíritu de orden y de economía, su apego profundo por lo que es práctico, sólido y durable, el verdadero pueblo en la campaña, que no hay que confundir con el obrero de la ciudad, el pueblo que precisamente desconfía de todos los prestigios, de cualquier naturaleza que sean.

Pero quizá me equivoco en hacer esas reservas. Monsieur Barrett-Wendell nada, en efecto, ha olvidado; y, si él no da a cada cosa la importancia que encierra, es por un plausible escrúpulo de escritor, que no quiere dar su juicio sino con perfecto conocimiento de las causas. Las malas lenguas extranjeras se complacen en esparcir la opinión de que la sociedad francesa está moralmente enferma.

«Mientras más veis a los franceses chez eux—dice M. Barrett-Wendell—, menos se fija nuestra atención en ese fenómeno social mórbido. Al contrario, más y más os admira no solamente la regularidad general de su existencia, sino aun de ese hecho sorprendente: que esta regularidad general parece tener un punto de apoyo muy sólido en sus afecciones.»

Ha logrado excelentemente analizar en los franceses la simplicidad fácil de maneras, y la extremada franqueza de los hábitos intelectuales; la manera incomparablemente natural y deliciosamente amistosa con que acogen y reciben a sus huéspedes; su locuacidad llena de franqueza, pero también el instintivo pudor de su espíritu; su seriedad profunda, asombrosa, en la conversación mundana; la ausencia de pedantería, su capacidad de dominarse cuando se trata del deber; su culto del honor, su pasión por la sistematización que les conduce a salir de su carácter de discutir asuntos abstractos; su amor por los principios, que ellos cuidan con un celo intransigente e intolerable; y, a pesar del exceso, el refinamiento, las estrecheces de sus virtudes más poderosas, la fuerza maravillosa con que vanamente se conmueven por los sentimientos humanos, cuando son grandes y profundos.

No era bueno igualmente probar y declarar a los extranjeros mal informados, o mal intencionados, que la tan grande audacia de la literatura en Francia, muy lejos de indicar que la inmoralidad sea la regla de la vida francesa, tiende más a demostrar que no es sino la excepción, demostrar que el ardor que los franceses ponen en sus discusiones religiosas, proviene no precisamente de su apego íntimo a tal o cual forma de la religión, sino sobre todo de su excesivo apego a las fórmulas definidas; que la Francia prospera entre todos los países, que en ninguna parte se experimenta una impresión más evidente de bienestar sólido y sustancial, que en ninguna parte se ve menos pobreza, menos miseria, que en el resto del mundo entero.

No quiero dejar de transcribir integralmente las últimas líneas del excelente y hermoso libro del escritor norteamericano:

«A los franceses mismos aparece la república menos como un régimen nacional que como un régimen de partido. Yo aspiro así como los mejores de entre ellos, a ese tiempo en que no siendo el gobierno de un partido, será el gobierno nacional; y este tiempo creo que vendrá. Pero aun entonces, seremos más justos con la entera magnificencia del pasado, si saludamos a la República como a la Francia, y no a la Francia como a la República. No es demasiada la palabra mayor para abarcar el alma total de esta nación.»

El régimen democrático actual de Francia tan magistralmente analizado por M. Faguet en su último libro El culto de la incompetencia, no es sino demasiado a propósito para hacer creer que la República, la que ha hecho en todas sus partes a la Francia actual, que ha arrojado toda miseria y toda opresión. Este régimen democrático parece querer hacer tabla rasa de diez siglos de historia nacional, porque esos diez siglos han visto otros regímenes que el de la soberanía popular.

Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.

Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros sectarios.

Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las cabezas.

Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes, en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.

Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.