La comedia de las urnas.
En el momento en que escribo estas líneas Francia se prepara a nombrar sus diputados, como sabéis, por un período de cuatro años. En todas las ciudades, en las más humildes aldeas de los campos más lejanos, los carteles electorales manchan los muros y los discursos de los candidatos desgranan sus rosarios de lugares comunes. Muy pronto el «pueblo soberano» designará por sus votos aquellos que deberán ejercer el mandato y conducir los destinos del país.
Podréis, pues, creer que en un momento tan crítico hay en la atmósfera francesa como un olor a pólvora; que al acercarse el instante de la lucha los batallones se estremecen de impaciencia: que la nación entera está sacudida por un estremecimiento de espera y en la angustia de lo que resultará. Así debería ser, pero no es así.
La vida nacional, lejos de estar suspensa o turbada, sigue su curso normal. Los hombres y las cosas guardan su calma y su serenidad ordinarias. ¿Es esto sangre fría, corrección o dignidad?
He interrogado sobre este punto a algunos franceses amigos míos, cuyo buen sentido y sinceridad conozco. Les he preguntado:
—¿Qué hará usted el próximo domingo 24 de abril?
—¿Lo que haré?—me contestó uno—Si el tiempo está bueno, iré a pasar el día por los alrededores de París: será mi fiesta de la primavera.
—El 24 de abril—me responde otro, con un aire cuidadoso y tocándose la frente con el índice—es probable que mi mujer dé a luz, a menos que se equivoque en su cálculos.
—El 24 de este mes—dice un tercero—alojaré y pasearé por la capital a toda una familia de parientes del campo que han creído darme un gran placer viniendo a visitarme.
Nadie me ha respondido:
—El 24 de abril próximo, como es el día de las elecciones, cumpliré con mi deber de elector. Iré a depositar mi papeleta en la urna. El 24 de abril seré verdaderamente ciudadano y nada más que ciudadano.
Apostaría que a los millares de electores franceses, semejantes a esos amigos míos, les importa un comino el asunto de las elecciones. Por otra parte, las estadísticas lo demuestran. Veo, por ejemplo, que en 1906 hubo en ciertas circunscripciones hasta una tercera parte de electores que no votaron, y que el promedio general de las abstenciones es de un cuarto o de un quinto del número de los inscritos.
Esos indiferentes son ordinariamente, nótese bien, hombres de ideas sanas, igualmente alejados de todo exceso reaccionario o revolucionario, y cuyo voto, sobre todo cuando los candidatos rivales tienen probabilidades más o menos iguales, podría modificar el resultado. Pero estiman más la libertad de hablar o de escribir que el derecho de elegir. Están convencidos de que un voto más o menos en uno de los platos de la balanza no podría inclinarse a tal o cual lado. Y creen también que la lucha es inútil y que hay que conformarse con lo inevitable, o que las cosas no irán ni mejor ni peor con el socialista Ribouldingue, que con el conservador Duriflard, tartampiones notorios.
Llevando un poco más adelante mi pequeña encuesta sobre la mentalidad de los lectores, he llegado a convencerme que no son sólo los abstencionistas los indiferentes. Podría afirmar que la masa de los franceses no concede mucha importancia a las elecciones. Las consideran como una simple formalidad administrativa que se efectúa periódicamente, como los discursos de apertura, o los concursos en las Facultades. Votando, hacen un esfuerzo, un ademán; pero no tienen en el corazón, ni fe ni entusiasmo: no van a una batalla.
En verdad, este pueblo tiene, en su complicidad, algo de desconcertante. Está poseído, como ninguno, de ansia de novedad y de progreso, y ninguno se advierte, desde ciertos puntos de vista, más carneril.
Tiene la pasión de la independencia; pero con tal que pueda burlarse de la autoridad—¡desde el Guignol!—y gozar de libertad de espíritu, no se cura de la tiranía que le rodea. Se queja sonoramente y muy a menudo, no del régimen político mismo, sino de los politicastros que lo deforman, y no intenta echarlos del Palais Bourbon, en donde se han fijado cómo el Doctor de la Dulzura, una vez enojado, echó a los mercaderes del templo. Deplora la ruina de la marina y vuelve a colocar en la cámara a los mismos hombres que han deteriorado la Armada. Se lamenta de la contaminación del Ejército, infectado por los sin patria, y no hará nada para reducir a la impotencia a los cultivadores de esos gérmenes mórbidos. Se encorva bajo el fardo cada vez más aplastante de los impuestos, y, con todo y que puja, queda como bajo la monarquía, taillable et corvéable à merci.
Esta indiferencia de la mayoría de los electores la conocen los candidatos y la aprovechan.
La literatura ligera y los caricaturistas explotan el asunto. Diálogo entre un candidato y su mujer:
—He encontrado mis circulares electorales de hace cuatro años.
—Pero ¿pueden servir todavía?
—¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...
No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no lo promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica en seguida; a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su sér, en transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.
He seguido día por día, se puede decir, la vida parlamentaria francesa en el curso de los últimos cuatro años. Y me he preguntado más de una vez, cómo los diputados de la mayoría, después de las numerosas y garrafales faltas que habían cometido, se presentarían y se justificarían ante sus electores al acabarse la legislatura. He leído en estos días muchos carteles y aun he asistido a algunas reuniones electorales. Y bien. Esos señores están completamente tranquilos. Fijáos. Se han votado las leyes complementarias de la separación de la Iglesia y del Estado. Se ha afirmado la defensa del Estado laico protegiendo la neutralidad escolar. Se ha proseguido la obra social poniendo en vigor la plausible ley de asistencia a los ancianos, protegiendo la infancia, ayudando a la asistencia privada, mejorando la higiene. Las poblaciones rurales aprovechan una gran parte en la actividad reformadora de la última legislatura; se ha extendido y generalizado el sistema de la mutualidad agrícola. Se ha favorecido igualmente a las poblaciones marítimas, reorganizando el crédito marítimo y mejorando la suerte de los inscritos. ¿Qué decir de las leyes en favor de los obreros y empleados? Sobre todo, de la ley de 5 de abril de este año, sobre el retiro de los obreros y labriegos, que quedará como la obra esencial y duradera de estos últimos años de república social. ¿Qué no se ha hecho también por el comercio y la industria?
Se han perfeccionado correos y telégrafos. Se han rebajado las tarifas postales, se ha revisado la tarifa aduanera de modo que ha hecho prosperar un gran número de industrias francesas; se ha rescatado, en condiciones excepcionalmente favorables, la red ferroviaria del Oeste. Se han aumentado los sueldos de los funcionarios y se han dado garantías contra el favoritismo. Se ha democratizado el Jurado y se ha dilatado la estrechez del viejo código napoleónico. No se ha descuidado la defensa nacional; se ha reorganizado la artillería; se han construído barcos de guerra; se ha mejorado la condición del soldado. La prosperidad financiera ha crecido. La política exterior se ha hecho el instrumento eficaz de la paz nacional. Y se ha hecho más. Y más. Y más. Y diré como un candidato, recientemente, a sus electores: «No concluiría, mis queridos conciudadanos, si quisiera enumerar todo lo que se ha hecho de bueno, de bello y de grande, por la Francia». En fin—tout à été pour le mieux dans le meilleur des mondes—tal podría ser «cándidamente» hablando la fórmula sintética y estereotípica que resume y fija lo que ha hecho la última legislatura. El difunto Alphonse Allais, de hilarante memoria, cuenta en una de sus «cosas» que durante un viaje por Egipto encontró una inscripción grabada sobre un bloque enorme de granito, del tamaño de los que sirvieron para construir las pirámides. La traducción para él fué la cosa más sencilla. Pero cuando llegó a la parte baja de la piedra, encontró escrito: «Tenga la bondad de dar vuelta a la página».
Los carteles electorales se parecen un poco al famoso granito de Alphonse Allais: no se les puede dar vuelta para conocer el fin de la historia. Pero estad seguros, en todo caso, de que no es toda la verdad lo que contiene la parte que podéis leer. No he encontrado allí la píldora de los 15.000 francos por diputado, tan difícil de hacer tragar a los electores. No he leído que se amenacen las libertades y los derechos más sagrados; que se aumenten cada año, por la superchería y el derroche, los gastos, la deuda y el déficit; que por el abandono y por la incuria se desorganice la defensa nacional; que se tenga toda suerte de complacencias con los directores de huelgas y agitadores revolucionarios; que haya impotencia para reprimir en la administración el desorden y la anarquía; que se va, por pretendidas reformas, contra todos los intereses, como si la prosperidad nacional, el comercio y la industria pudieran resistir por siempre a tan repetidos golpes.
En cuanto a los candidatos nuevos, a cualquier partido a que pertenezcan, sus franquezas me son sospechosas. Los unos, en efecto, conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano, hacen concesiones a aquéllos mismos cuyos principios rechazan, con tal de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo, que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a edificar ese paraíso en donde los franceses de mañana van a danzar, en un placer sin límites, un delicioso perpetuo cake-walk.
Esa falta de sinceridad de parte de los candidatos, no va, en último análisis, sin su falta de respeto para el elector. No os diré una novedad si os digo que el respeto no consiste en muestras exteriores de deferencia, o en la expresión de fórmulas de urbanidad. Respetar a alguien, es, ante todo, suponerle un buen sentido, un juicio por lo menos cercano al nuestro. Es, en segundo lugar, tratarle como una personalidad moral a la que no se procura el engaño o el daño. De modo que no decir la verdad y nada más que la verdad, a los electores, es ya reconocer su falta de inteligencia. Pero decirles tonterías, es tomarles por incurables imbéciles.
Véase esta muestra, entre otras, de esas tonterías a que me refiero:
1.° Supresión de todos los impuestos y voto del presupuesto facultativo.
2.° Jubilación a todo ciudadano de cincuenta años, con 60 francos mensuales.
3.° Aumento de sueldo de los empleados que no ganan 3.500 francos.
4.° Respeto a la libertad de trabajo con aplicación radical.
5.° Estímulo de la repoblación (prima de 500 francos por cada hijo que nazca).
6.° Supresión de los empleos inútiles.
7.° Matrimonio obligatorio a los treinta años, para ambos sexos.
8.° Derecho de elección para las mujeres que tengan cuatro hijos.
9.° Supresión de los monopolios del Estado y de los impuestos sobre el alcohol.
10.° Libertad del Comercio y del ejercicio de la Medicina.
Otro candidato, no menos faccioso, reclama en primer lugar la revisión del tratado de Francfort. (¿Por qué no la confinación de Roosevelt en el polo Norte?)
Yo no sé si esas gentes se forman alguna ilusión sobre las probabilidades de triunfo de su candidatura; por mi parte, yo no tengo ninguna duda sobre su mentalidad. Es verdad que aquí se está en el país en que se ríe de todo, en que la exageración misma de los rasgos del programa nos advierte que hay que considerarlo como una charge, como una caricatura.
La lucha electoral es únicamente una lucha de ideas. Un candidato tiene su temperamento, su carácter, su talento, su profesión. Mas el lector no puede juzgarlo, aparte la honradez, sino por sus ideas. Al comienzo, parece que es así. Sin embargo, a medida que el período avanza, y que el día fatídico se acerca, los candidatos llegan, o más bien descienden a una polémica indigna de ellos, y sobre todo de sus electores. Se escarba en la vida privada del adversario. De sus debilidades, si las tiene, se hacen tachas enormes. De su evolución política se hace una serie de contradicciones y de traiciones. De sus discursos se hacen extractos, que, hábilmente aislados, presentan un sentido absolutamente distinto del pensamiento integral del autor. Se lanzan mentises inicuos, y se tiene cuidado de agregar: «Los electores juzgarán». ¡Ah! si el lector juzgase convenientemente el ultraje hecho a su dignidad, enviaría a ambos contendientes con cajas destempladas.
Hay hombres contra los cuales nada pueden los adversarios. Su personalidad se impone tan sólidamente que los contrarios se quiebran en ella pico y uñas. Sin embargo, los atacan a pesar de todo. Ved este cartel:
| «Comité de concentración republicana | |
| Dos hombres | |
| M. Maurice Barrés, | M. Paul Cloarec, |
| Novelista | Economista |
| Agitador | Hombre de orden |
| Sin programa | Programa preciso |
| ¡Electores, escoged!» | |
Los electores han escogido ya y pronto verá el insólito y excelente hombre de orden, M. Cloarec, cuál es el elegido. Pero, ¿qué me decís de este pistonudo paralelo?
Todo esto, en conclusión, es tan humano como francés, y no he de ir yo a revelar a mis lectores argentinos lo que son elecciones. La ambición, como el amor, es mala consejera, aun para las mas firmes cabezas. Ser diputado es para todos una honra; para algunos una honra y un provecho; para muchos, una agradable sinecura. ¿Cómo, habiéndolo probado no se va a querer repetir? Ser candidato, aun derrotado, es haber gozado en su circunscripción, durante el período electoral, de una celebridad capaz de inquietar a Rostand mismo. Y hay candidatos que aun de la derrota sacan provecho. Así este épico, este incomparable M. Valantin Moyse candidat malheureux dans le neuvième arrondissement, como dice una gaceta. Este sujeto, que es filósofo, da las gracias a los 6.852 electores que no votaron por él, de la siguiente manera: «Vous m'avez éclairé, vous m'avez clairement fait voir que je n'avait rien à faire dans la politique. Je continuerai, donc, comme pour le passé, à m'occuper de la publicité des magasins de nouveautés.»
¡Ni en Nueva York!
La hija de Verlaine.
REALIDAD Y LEYENDA
Monsieur Edmond Lepelletier fué amigo íntimo de Paul Verlaine, desde los años del colegio. Acaba de publicar un libro sobre la vida y la obra de aquel melodioso mártir. Para la vida es un libro de rehabilitación, en parte, aclaración de hechos por irrecusables documentos; para la obra una especie de proceso mental y certificación del iniciarse o tomarse tales tendencias o deliberaciones. Lepelletier cumple con cordialidad una como disposición testamentaria de hace largos años. No se enfría con la nieve de la muerte y la piedra tumbal el afecto del más «viejo amigo», como se le llamó en un soneto dirigido de uno de tantos hospitales, el Cochin:
Mon plus vieil ami survivant
d'un groupe déjà de fantômes
qui dansent comme des atomes
dans un rais de lune devant.
Nos yeux assombris et rêvant
sous les ramures polychromes
que l'automne assouplit en dômes
funèbres ou gémit le vent.
Bah! la vie est si courte, en somme!
un sot réveil après un somme!
qu'il ne faut plus songer aux morts
que pour les plaindre et pour les oindre
de regrets exempts de remords,
car n'allons-nous pas les rejoindre?
Y en una carta a su madre, dice Verlaine, desde la prisión de Mons... «Que Lepelletier defienda mi reputación. Podría ser que fuese, antes de poco, mi memoria. Cuento con él para hacerme conocer mejor, cuando ya no exista, allí...» Lepelletier, buen escritor, alejado de la literatura quizá por asco de la vida literaria, aunque no hay mucha algalia en los muladares de la política, su preferida, vuelve a tomar su vieja pluma, y hace un volumen sereno, justo, fraternal, sin retórica, firme, exento de sentimentalismo y claro de verdad. El Pobre Lélian queda limpio, hasta lo posible, del maligno lodo legendario que él mismo recogió y aumentó, gamin excesivo, para su propia maculación. No que el sin ventura resulte ahora un bienaventurado, sino una pobre víctima de «la lógica de una influencia maligna» como él mismo diría: teniendo no poca culpa del derrumbamiento de ese espíritu superior, de ese gran poeta, la sociedad misma. Al hombre lo hace conocer el biógrafo desde la niñez. «En lo que se refiere a la infancia, las primeras impresiones de Verlaine, sus aspiraciones, sus lecturas, el despertamiento de su genio poético, sus comienzos literarios, he de informar al público que se interesa en la génesis de un cerebro como el del autor de Sagesse. Compañero de juventud, confidente de sus pensamientos, de sus ensueños, de sus ensayos, desde la adolescencia hasta la plena edad madura, he asistido, por decirlo así, a la ascensión de la savia, a la floración y al desarrollo de su intelecto». Los amigos de asuntos tortuosos se encontrarán desilusionados al ver que lo referente a la famosa cuestión Rimbaud se precisa con documentos en que toda perspicacia y malicia quedan en derrota, hallándose, en último resultado, que tales o cuales afirmaciones o alusiones en prosa o verso no representan sino aspectos de simulación, tan bien estudiados clínicamente por Ingegnieros. Los testimonios son fehacientes en una correspondencia escrita a raíz de los sucesos que provocan señaladas cartas de toda intimidad y franqueza, en que se ve el alma desnuda y toda ausencia de pose, o de mentirosa urdimbre. Otros libros se han publicado sobre Paul Verlaine antes de este piadoso y definitivo.
No hay en ellos, en suma, sino el propósito de revelaciones que interesan a un público de curiosos de intimidades literarias, y de aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que esa malhadada fotografía de la serie nos contemporaines chez soi, que se ha reproducido en magazines e ilustraciones extranjeras, y en la cual aparece «en su casa» el infeliz gran poeta, ante una mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su reposo espiritual, por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace, con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier. Este de ningún modo acepta la usada comparación entre Verlaine y Villon, como no sea en ser ambos dos portaliras en extremo amados de las musas y de los dolores, y en ser cofrades en la devoción y la plegaria, podría agregarse.
Sistema opuesto, el del Pílades literario, al de tantos plumíferos parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y báquicos no han contribuído sino a la universal transformación del Fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios.
Mucho pesará a los adoradores de la soucoupe el saber que Verlaine era un hombre de ideas burguesas, que si vivió la vida de bohemia, fué forzado por las durezas de la suerte, por las caprichosas circunstancias que amontona la casualidad, esto es, de todas maneras, la ley del destino, para hacerles torcer su dirección, y cambiar la tranquilidad de una existencia que hubiese sido honestamente apacible, por las tormentas pasionales y las noches borrascosas a que conducen los desatados instintos y las ponzoñas de la voluntad.
Una mujer de poca comprensión y escasa paciencia y un puesto modestísimo que, en la administración municipal de París no pudo volver a ocupar después de la Comune—pequeñas miserias—, decidieron el destino, tal el diablo hace esas cosas, del futuro verleniano. Para la gloria, gloria amargada, y para el arte, propicio encadenamiento de hechos; más terremoto sentimental y mental en el mal herido de desesperanza que, antes que el paraíso católico, dignamente ganado a son de tiorba y salterio, tuvo que pasar largos años en el, más que purgatorio, infierno del alcohol.
Al por siempre niño no fueron sino fatalmente dañosas las malas frecuentaciones; así la de ese terrible Arthur Rimbaud, que pudo librarse de su demonio intelectual poderoso y perverso, transmutando su vida en el hierro de una acción que hizo del poeta desorbitado un mercader de Oriente, explorador de lejanas Áfricas, un negociante entre negros, cuya labor colonial no supo a tiempo aprovechar su patria. Muerto antes que Verlaine, cuya vida acibaró de locuras y mala influencia, él tiene su monumento en la villa natal, en tanto que todavía no se ha podido conmemorar en bronce o mármol al autor de Sagesse.
Hase pretendido en lo referente a familia, que Verlaine descendía de noble origen, según los manuscritos genealógicos de Le Fort. Vendría de los señores de Verlaine en el Luxembourg. Lepelletier no juzga exacta la ascendencia, antes bien, cree muy aceptable la eclógica parentela de que ha hablado Saint-Pol-Roux en uno de sus magníficos libros. «Un mi camarada, viejo pastor que apacentaba cotidianamente su ternera y sus dos vacas delante de mi morada, me dijo, un día, llamarse Verlaine. Me estremecí. Conversamos. Me contó su raza. Intrigado, intenté rebuscar. Pronto pude asegurar al pastor belga que un gran poeta de Francia era su pariente, de él, tan chico; lo que le hizo relinchar de alegría.
Anudando entonces sus cejas, como si hubiese cruzado los finos brazos velludos de su memoria, sondó este rincón para, a la larga, extraer un encuentro, antes, en los alrededores de Paliseul, en casa del coronel Grandjean, con un colegial de dieciséis años. ¡Y, bien! Ese Pablo olvidado, de quien me enseñáis la fama, es mi primo hermano segundo, declaró el pastor de Arville. Resumamos sus decires: El bisabuelo de Verlaine, después de haber seguido a los ejércitos franceses, como jefe de convoy militar, se estableció en Arville, viniendo de Braz, aldea vecina, elegido franc-fied por el abad de San Humberto. Dispensado del diezmo, su función consistía en asistir de uniforme, y con el sable desenvainado, a las misas solemnes de la abadía. De su matrimonio con una Henrion nacieron Miguel y Enrique. Enrique tuvo dos hijas y un hijo, el capitán de ingenieros, padre de Pablo»... Esos rústicos entroncamientos demuestran lo justo en Verlaine de sus inquietudes sílvicas de corzo, su natural arisco, su estirpe pánica. No pueden más que interesar vivamente sus despertamientos sentimentales, más sensuales en él que otra cosa, y los primos deseos en el alma del lírico sátiro que naciera tan mal dotado de físicos atractivos, pudiendo ser su rostro de adolescente, argumento de la teoría darwiniana, antes que clasificada de mongoloide su fatigada testa socrática, por un doctor escandaloso que tuvo, a causa de su seudo-ciencia periodística, cierta boga hace ya algunos años. Mas después habrá que considerar cuán buena estofa de páter familias había en quien ha dejado para su hijo—educado lejos de él y a quien nunca pudo ver—en prosa y verso, los consejos más cristiana y tradicionalmente morales, y patrióticos además, a despecho de todas las demoledoras modas. Verlaine, aparte de su genio y de sus caídas, dañosas tan sólo para sí mismo, fué en el fondo, y quizá siempre, eso que «para algunos todavía es de valor»: hombre honrado. Jamás se ha visto furia dolorosa igual a la de ese desdichado por la pérdida de su hogar, por la separación de su mujer, quien, en verdad no le merecía tanta llama inadecuada. Con una mujer paciente, dulce, una familia constituída, y la vida asegurada en su papel de funcionario, habríase destruído en él, sin duda, el veneno de las fatales amistades, y, excelente ciudadano, rodeado de hijos, tuviera un fin apacible en la honestidad de su retiro. Claro es que el arte humano habría perdido tanto sollozo incomparable y la católica poesía tanto gemido místico y tanta oración temblorosa de viva fe, de piedad infinita.
Lo único en que Lepelletier deja sospechar la influencia sectaria, en su manera de exponer el alma de su glorioso y desolado amigo, es en no ver en Verlaine convertido un poeta más lleno de la gracia suprema que de propósitos más o menos literarios; y el querer disimular la ferviente sinceridad de las «Confesiones» en lo relativo al holocausto de aquella pobre ánima, anímula abatida, en honor de Dios y arrepentimiento de sus incontenibles yerros. Nada tienen que ver el Jesucristo y la Virgen verlainianos, que no son otros que los de los niños de primera comunión y los del creer del carbonero, con los Odin y Teutates parnasianos, y toda la védica teogonía y toda la soberbia y logolítica erudición de la poesía de Leconte de Lisle. El catecismo, sí, era su libro. Y hay en él también algo franciscano. Entre sus ramos de claveles, rosas, hojas de viña, y tal o cual orquídea, respiráis perfumes de fioretti.
¡Ah, la leyenda verlainiana y la realidad de las cosas! Yo quisiera que todos aquellos cerrados criterios, que todas aquellas mal informadas personas para quienes el nombre del pauvre Lélian es una dicción sospechosa, leyeran, apartando por un instante las vulgares y repetidas informaciones caras a los cronistas ligeros y desvergonzados escribas, leyeran y meditaran con calma los conceptos de este volumen fidedigno. Hace no mucho tiempo se publicó en Francia—Francia tiene estos arranques generosos—una rehabilitación también muy documentada de la vida de Poe, otro tan mordido y enlodado desde los días del odioso Grissmold. Tales obras honran a los que las emprenden y consuelan a los que no aspiran a ver en el mundo tan solamente el lado oscuro o rojo de la Perversidad. Coincide con la publicación del libro de Lepelletier la de una obra póstuma y antigua, paralela a Sagesse: Voyage en France par un Français. Se ha dicho con sobra de superficialidad que dicho bouquin no agrega nada a la personalidad intelectual del autor. Quizás. Mas hay una cosa cierta, y es que, dichosamente, ella ayuda a conocer el oro cordial del hombre. Del buen hombre por siempre niño.
A propósito de «Chantecler»
LOS ANIMALES
EN EL TEATRO CLÁSICO ESPAÑOL
Con motivo del famoso gallo, Le Temps, de París, habló recientemente de una obra estrenada en Madrid hace algún tiempo, y en la cual los personajes son animales. Se refiere a El caballero Lobo, del Sr. Linares Rivas, notable ingenio de esta Corte que tomó la antera a M. Rostand, años después, sin embargo, de anunciada la pieza francesa tan cacareada.
Los trabajos teatrales en que aparecen animales en la escena, tienen antecesores en el teatro clásico castellano, si no en el francés, puesto que el curioso autor de las 36 Situations dramatiques puede escribir hoy: «Allons, il ne me vint pas une mauvaise idée lorsqu'en 1900 j'ouvris la carrière dramatique aux personnages du vieux «Roman du Renart». Depuis mille ans, mil n'y songeait. Quelle cohue aujourd'hui!...» En efecto, M. George Polti hizo aparecer en el Mercure du France de 15 de agosto de 1905 una obra titulada Compère le Renard, acompañada de una carta al director del Mercure M. Vallette, en la que decía entre otras cosas: «Los diarios anuncian que M. Edmond Rostand va a poner en escena «Chantecler» el gallo y otros animales del Roman du Renart. Alaban con emulación su idea original, que será, según anuncian, el «punto de mira de la curiosidad parisiense este invierno». Esto me decide a publicar Compère le Renard, escrito por mí «desde 1909», época en que lo leí a algunos amigos, como pueden atestiguarlo desde luego, M. Louis Wéber, caballero de la Legión de Honor, redactor de la Revue Philosophique, de la Revue Métaphysique y del mismo Mercure, M. Henri Lasvingnes, el traductor de Stirner, y un hermano Julien Polti, miembro del Jurado de la Société Nationale des Beaux Arts. Después de la lectura de mi pieza—en la cual figuran, como pueden verse, junto a Goupil, «Chantecler» el gallo, el perro, Morhou, Noble el león, Insengrin el lobo, Beaucent el jabalí, Bellyn el carnero, etc., he enviado copias al Odeón al Gran Guignol, al Théâtre Antoine, a Cluny, al Chatelet, como pueden demostrarlo, a más de los registros de esos teatros, las cartas que me han dirigido rehusando en la forma ordinaria y después de lectura, supongo».
Monsieur Polti, quería, pues, dejar establecida su prioridad. Él se había decidido a escribir una comedia de animales, basada en el viejo Roman du Renard, inducido, según cuenta en otra parte, por el teatro de Gozzi. Y va un antecesor. El autor del Compère le Renard, cuya erudición en asuntos de teatro es conocidísima, pensó seguramente también en Aristófanes, y en la comedia china Tao-sse, Las transmigraciones de Yo-Théou adaptada del chino al francés, por M. León Charpentier. En esta pieza figuran y hablan diablos con cabeza de buey, de mono, de ratón, de pato; un ternero y el mismo Yo-Théou en forma de burro. Y otro antecesor.
Mas en el teatro español, que M. Polti ha demostrado conocer en ocasiones, hubiera podido recordar los ejemplos que señalaré luego.
Si no en la escena hablan ya muy donosamente las bestias en el libro de Calila e Dimna, cuyos orígenes orientales con tanta documentación ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos. Calila e Dimna no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los mismos cuentos de las Mil y una noches, los cuales se asemejan a los apólogos de Calila e Dimna, en la manera de trabar el final de un sucedido con el comienzo de otro.
Después del libro de Calila e Dimna, del Arcipreste de Hita y de algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la inteligencia de los animales en la Antoniana Margarita, del filósofo Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas ideas y hasta el famoso Pienso, luego soy. Respecto al alma de los animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo. Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de Pereira hasta un año después de la publicación de sus Meditaciones Metafísicas». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a su manera: De la sensitiva: La «sensitiva» es, la potencia con la cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble, etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla, en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».
A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «... Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar, y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad, dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño, siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo Chantecler sin necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho el encanto del Ursus de Víctor Hugo.
Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios, en el capítulo «Donde se prueba que del alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras». Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado en bestias y bestezuelas.
Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el teatro.
Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo: Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».
Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la mise en scène actual serían de gran efecto. No solamente pone en las tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que, cual en el Chantecler, animales. Las «memorias de las apariencias», acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre la comedia Fieras afemína amor, y en la que los dramatis personae son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli, cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro, y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento. Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven, no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo, como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico, entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía. Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término, robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: Fieras afemína amor, y al otro el latino Omnia Vincit amor. Lo demás del campo que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo, sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa, que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en voz de El Águila (cantando)».
Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.