Las memorias de la señora Daudet.

Hay un escritor a quien injustamente los excesivos del intelectualismo han querido poner à coté, en estos últimos años; quiero hablar de Alfonso Daudet. Este era un artista cordial, un sensitivo, con el don del humor y de la claridad. Mucho de su obra, hoy poco atendida, revivirá más tarde.

Ahora viene a mi mente lo que de él leyera antaño, al acabar de acompañar a Mme. Daudet en sus Recuerdos, recientemente publicados. Ellos forman un volumen que generalmente interesa y en muchas de sus partes conmueve. Vemos desfilar unas cuantas figuras de las letras francesas, cuyos nombres son famosos y cuya obra no es conocida. Y ellas pertenecen no solamente al grupo literario que frecuenta el «diván» de los Goncourt y visitara la casa de Daudet, sino a una generación anterior, pues la autora se complace en rememorar a tales o cuales personajes de letras que conociera desde sus primeros años, cuando sintiera su inicial impulso hacia la literatura, teniendo, como tenía, padre y madre poetas.

Conoció a Mme. Desbordes-Valmore, al grupo provenzal de los felibres, amigos de su marido Mistral, Aubanel, Roumanille, Anselme Mathieu, Félix Gras, Paul Arène. Recién casada en su morada del hotel Lamoignon, en el Marais, vió desfilar a Sarcey, Ranc, Mittchel, Dusolier—nombres que fuera del «tío», no dicen nada en la actualidad. Y llegaba allí también Barbey, el condestable de las letras, como Edmond de Goncourt fué más tarde el mariscal. De Barbey traza en estas páginas un pintoresco retrato, y publica una carta suya inédita. Habla con simpatía de Cladel, presque génial celui-là, de Paul Feval, de Flaubert. De algunos de ellos reproduce cartas interesantes, sobre todo de Mme. Desbordes-Valmore.

Luego, los recuerdos se van anotando en forma de diario. No en vano su intimidad fué tan grande con los hermanos Goncourt. Pero antes, pinta gráficamente figuras como la de Catulle Mendes, y dedica al dios Hugo, entre admiración y admiración, algunas acres observaciones. Ya sabemos que esos son asuntos de familia. Con Zola no hay mucho afecto. En cambio, éste es vivo y agradecido con M. y Mme. Georges Charpentier. En todo el libro, naturalmente, por afecto casi familiar y por razones intelectuales el nombre que se diría siempre adornado por un bouquet de rosas, es el de los Goncourt.

No deja de hacer advertir, como su marido al final de sus Trente ans de Paris, la literaria ingratitud de Tourgueneff, a quien Flaubert llamara el bon moskove. Y he aquí a Huysmans, Céard, Edouard Drumont, Anatole France, Bourget en sus primeras obras. En el fondo de su Nohant la vieja George Sand escribe una carta de felicitación a Daudet por su Jack. Hay una descripción del salón de la princesa Matilde, con sus diplomáticos y literatos, y de las reuniones en casa de Mme. Adam, tan llenas de hombres políticos y de hombres de letras. El verdadero diario empieza, por fin, con la fecha 21 de mayo de 1880.

Y la página escrita ese día relata una visita a la casa de Auteuil en que moraba Edmond de Goncourt, «el único hombre de letras que yo conozca en un hogar digno de él», dice la autora.

El hotel es elegante. Un lujo refinado y exótico armoniza las preferencias del espíritu de un sedentario, con las raras filigranas del arte japonés. En la biblioteca los libros tapizan los muros, y en una parte de ella se encuentran las obras de los dos hermanos en especiales encuadernaciones. La Manette Salomon en un esmalte de Popelín; yo no sé cuál otra de sus novelas con un dibujo de Gavarni que será después su ex libris: les deux doigts de la main.

Madame Daudet pide ver la habitación descrita en La maison d'un artiste au dix-huitième siècle. Y al acompañar a la visitante, Goncourt hace observar:

—Faltan aún diez mil francos de cortinajes en el lecho y en los balcones para que esto esté completo.

La autora llega, en fin, al gabinete japonés en que, guardadas en vitrinas, están las exóticas maravillas que forman la colección de Edmond de Goncourt. Este las hace examinar a Mme. Daudet y ella nos refiere que «si una mano de mujer se tiende hacia el delicado objeto para apreciar mejor su rareza, su ligereza, es preciso ver el aire inquieto del gran escritor, atenuado por su extrema cortesía, y el leve estremecimiento con que vuelve a su sitio el bello plato transparente y frágil o el estuche de nácar historiado como un encaje».

Sigo con complacencia el relato de la visita a Edmon de Goncourt. Flotan sobre el decir de la mujer artista y curiosa todo el afecto y la cariñosa admiración que la viuda de Alfonso Daudet profesó a los hermanos Goncourt. «Desde el día en que lo conocí—esto data de 1874—mi admiración ha crecido, se ha afirmado; y con los hombres célebres la inversa se produce casi siempre».

A lo largo se suceden recuerdos de reuniones, fiestas, banquetes a que, acompañando a su esposo, asistió la autora de este libro cordial y evocador. Casi en el mismo mes anota el diario que recorro, soirées en el taller del primer Nittis; en el palacio de la princesa Matilde, «la alteza aún imponente y bella»; en casa de la interesante Mme. Juliette Adam. Esta última, una escena de artistas. Se sientan a la mesa el gran duque Constantino de Rusia, el conde de Beust, después Carolus Durán, Dumas hijo, Dérouléde, Tourgueneff, Munkcaczy y Alfonso Daudet. Y solas dos mujeres: Mme. Daudet y la dueña de la casa.

Después de un claro de fiestas bastante grande, en abril de 1882, encuéntrase una bella descripción de la reunión que se congregó con objeto de escuchar la lectura del arreglo para el teatro de Los reyes en el destierro. Eran los autores P. Delair y C. Coquelin. Y el areópago lo formaban Gambetta, Henry Céard, el doctor Charcot; Banville, Burti, Goncourt, Edouard Drumont y los esposos Charpentier.

La autora expresa, al pasar, su opinión sobre la conveniencia de la lectura de las obras en preparación a un pequeño círculo de hombres de letras. Así conoció ella la pieza de teatro sacada de Renée Mauperin, por Henry Céard, y puesta en escena en el Odeón de París, por el director Porel, artista al propio tiempo.

Y la escritora evoca en su recuerdo la lectura de la Fille Elisa a que ella asistió. Tienen sus palabras el grato perfume desvanecido de las horas dichosas que pasaron.

«Nos vemos en la casa de Auteuil una tarde de junio, en el gabinete de trabajo bien cerrado y discreto, la pieza de al lado abierta sobre los rododendros en flor, a M. de Goncourt leyendo con su voz corta, emocionada, cayendo al final de las frases que en sus más bellas páginas guardan, para mí, en la relectura, la entonación primitiva.

»La lectura terminada, descendíamos al jardín, volvíamos a ver el pequeño surtidor, coronado por un delfín de Saxe en piedras, avanzando su garganta abierta por encima de las idas y venidas de los peces rojos vigilados por la gata familiar; encontrábamos de nuevo esta plaquita en tierra cocida, con efigies infantiles, entre los árboles verdes, y la cigüeña de la entrada, de largo cuello enhiesto, con el plumaje tan ligeramente grabado en el bronce. Por testamento y delicado recuerdo del amigo desaparecido, estos dos últimos objetos se encuentran ahora en mi poder, adornando, in memoriam, mi jardín y mis paseos. Y estas manifestaciones de arte, muy distintas entre el césped y las flores, engrandeciendo el reducido espacio, hacían aspirar allí ese gusto de rareza, de vestigios exóticos o antiguos, cuya elocuencia saboreaba también Edmond de Goncourt. ¡Deliciosa jornada, que siempre ha corregido para mí el navrementt del libro!»

Dos meses después de esta agradable reunión, que con deleite anotaba la autora, el 11 de junio, consagra las páginas de su diario a recordar la muerte de uno de los dos hermanos bien queridos por Daudet. Julio, herido en la razón antes, sucumbe al fin después de un lamentable año cuyas amarguras se adivinan a través de la cariñosa y doliente discreción del buen Edmundo de Goncourt.

Y en este punto están reproducidas en el diario de recuerdos dos cartas interesantísimas de Edmundo a Flaubert y al marido de la escritora. La primera es de días después de agravarse la enfermedad de Julio. En ellas hace el hermano enfermero a Flaubert confidencias de su desesperación ante la desgracia del compañero, del amigo perdido para la vida intelectual al entrar en la madurez del talento. La segunda es para encargar a Alfonso Daudet que reserve sin dar a conocer la anterior hasta la muerte suya.

Ambas muestran el entrañable compañerismo de los hermanos Goncourt y Mme. Daudet; al reproducirlas, consagra un pequeño y tierno homenaje a «esta colaboración fraternal única en las letras».

De las más interesantes anotaciones que contiene el libro son los juicios que a la autora merecen los grandes políticos que encontró en los salones políticos-literarios del tiempo. Pasan rápidamente por los rincones de esta agenda de una dama artista los célebres oradores del imperio, los famosos jefes de partido. En la mezclada sociedad de artistas y políticos, madame Daudet encuentra a Gambetta en un salón, rodeado, acorralado por los hombres que, olvidando a las damas presentes, escuchan, «literalmente de rodillas» ante su sillón, al gran tribuno. «Plácido, rosado, de cabellos grises pegados en las sienes, tendiendo a la obesidad pálida de un Napoleón I y de su misma nacionalidad, pero de ambición menos amplia, parece a punto para la derrota».

En las reuniones de la princesa Matilde no faltan ocasiones de codear a todo el mundo político, que allí, a su vez, codea al mundo literario en un terreno neutral. Y no faltan a la escritora comentarios, cuando no acres, teñidos de un vago y tenue desdén para los estadistas más o menos en auge a la sazón.

El batallador Georges Clemenceau, que lleva ahora los ardores de su verbo de viejo luchador por la capital argentina, no le presenta más rasgo típico que la brutalidad: brutalidad en el acento, brutalidad en el rostro. «Nada más que brutal—dice—, y del hombre político y del hombre privado, este rasgo decisivo da la medida, sin razonamientos ni pruebas complementarias.»

Más benévola con el veterano Rochefort—que entonces no lo era tanto, naturalmente—dice de él, al encontrarlo a fines de 1895 de regreso de Londres: «No ha envejecido ni cambiado, si no es por su raro mechón de clown, más blanco, más prominente y más frondoso que nunca.» Y expresa toda la admiración que siente por el encanto de la conversación bulevardera de este gran parlante que con el inapreciable Aurélien Scholl, tiene el don de hacer esprit de todas las pequeñas ocurrencias de París y reunir a la más bella ironía una bonhomie sonriente, camaradería difícil.

Y también hay en las hojas del diario recuerdos de artistas, pintores afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan, dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica que revolviera el tiempo en que Mme. Daudet escribió sus recuerdos.

A más del ruso Turgueneff, a quien no perdona la autora su póstuma crítica de las reuniones de su marido, a las que asistiera aquél como amigo de la casa, desfilan ante el lector las mil y mil figuras de relieve en aquella época. Zola, hosco, replegado en sí mismo, con su cohorte de discípulos mediocres y exclusivos. El gran pintor Munkaczy, «de figura característica, salvaje y buena, cuya esposa hace los honores realmente vestida como para un cuadro del maestro». Pasa Lizst, que viene a París a escuchar de nuevo los aplausos parisinos, que dice Mme. Daudet, no deben ya parecerle los mismos que antaño cuando su seducción proverbial hizo tantas víctimas.

Y pasan aún Leconte de Lisle y Flaubert. «Hay tanta grandeza en uno como en otro». Y Heredia el gran conquistador de la poesía francesa; y Maurice Barrés; y Prévost, que llegó no ha mucho a sentarse en la Academia, y el intenso Huysmans, y Mirbeau y Toudoure y cien más. Cuanto brillaba entonces en el mundo político, cuanto la intelectualidad contaba en los años que han corrido sobre el diario evocador, el sutil espíritu de la esposa del excelente Alfonso Daudet lo reflejó con la frase precisa en este libro amable que distrae e interesa con sus llamamientos al pasado.

Y de entre sus recuerdos de amigos extranjeros, hay aquí citas de algunos nombres que no nos son ajenos. A continuación de los ingleses Child y Georges Moore, viene el italiano Vittorio Pica. Algunas excepciones femeninas: «Mme. Pardo-Bazán», inteligente y exuberante entre ellas...

Y así corren los años. Comienza el diario el 21 de mayo de 1880 y termina en 1898. El libro de recuerdos que comienza evocando uno tierno y triste, termina con la lamentación de un alma herida. Madame Daudet no tiene ya a su lado al compañero de su existencia. Sus días de felicidad no pasan ya. Alfonso Daudet ha muerto. Los recuerdos de la vida del artista, que era la vida de su esposa, no van ya a dejar en las páginas de un libro la huella de las impresiones que en el ánimo de su autora produjeron.

Y la viuda, veneradora de la memoria del marido, del «asociado», escribe estas palabras que quizá más que el deseo y la expresión de la devoción de un alma amante, son una profecía sobre el revivir de la obra del artista cordial, estos últimos años olvidado:

«Todo lo que el hombre produce, libro, cuadro, una obra cualquiera material o genial, vive más que él: efímero, crea lo duradero».

Lo trágico del progreso.
LA CATÁSTROFE DEL «PLUVIÔSE»

A cada paso se dice: El hombre va conquistando la Naturaleza, dominando las cosas y los elementos. El hombre realiza el milagro. El hombre es como los semidioses de los fabulosos tiempos paganos. Pero a cada paso las fuerzas ocultas se vengan, o el demonio llamado casualidad hace su obra.

Al hombre que trabaja en el centro de la tierra, los malos gnomos del grisú le fulminan, u otros le aplastan cuando menos lo piensa. A Newton el enemigo le quema los papeles. A cien aeronautas les echa abajo la ráfaga. A cien penetradores del infinito les lanza a la locura. A Curie le aplasta un camión. Y a quien ha logrado navegar debajo de las olas tiene en su contra las sorpresas del abismo, como el que navega sobre ellas tiene las sorpresas de la tempestad.

Cuando se construyó el primer submarino, después de la novelesca invención de Verne, todo el mundo creyó conquistado el seno hondo del océano, como cuando ha volado el primer aviador todo el mundo ha creído conquistado el imperio del viento. En efecto, han sido conquistas, pero conquistas llenas de traiciones. A cada paso surge la catástrofe, a cada instante se impone la fatalidad. El hombre es el dominador del elemento, pero no es un rey absoluto. Vuela, pero no es ave; se hunde y va entre las aguas, pero no es pez. Sus grandes pájaros mecánicos se vienen a tierra y le dan la muerte; se repite constantemente el mito de Icaro. Sus enormes peces de metal nadan como ciegos, y de pronto cualquier obstáculo o cualquier deficiencia les deja en lo hondo del mar, de donde son sacados cuando hay buena suerte, como enormes ataúdes llenos de podredumbre.

Tal ha sido el caso del Pluviôse, que, como otros submarinos anteriores, se ha sumergido con todos los marinos que llevaba en su seno, los cuales han tenido la más horrible de las muertes.

Imprudencia primero de quien ordenara ejercicios de submersión en una rada como la de Calais, de continuo surcada por tantos barcos, entre los cuales, y principalmente, el correo de Inglaterra; desventura después, que no viese el comandante del barco causante del desastre, sino muy tarde, emerger ante su vista el asta señaladora del submarino, por lo cual, aun cuando diera la orden de «máquina atrás», ya no fué posible evitar el choque. Insuficiencia, por otra parte, de medios visuales o preventivos en el peligroso cachalote metálico. No existe, pues, todavía, tal como Julio Verne lo concibiera, el maravilloso Nautilus. La desgracia acaecida a Francia la ha sufrido ya Inglaterra y recientemente el Japón. Por cierto que en esta última circunstancia se vió el sin igual heroísmo de uno de los oficiales que perecieron, quien sintiendo poco a poco llegar la muerte, escribió excusas, recomendaciones e impresiones a sus jefes, hasta que la pluma se le cayó de la mano a causa de la asfixia.

Y en Francia no es la primera vez que horroriza un caso semejante, pues antes del Pluviôse, el Lutin se convirtió también en un gran féretro de acero. Y lo más desconsolador es que poseyendo barcos semejantes, no haya aparatos que con prontitud y seguridad puedan ponerlos a flote en caso de una paralización o de un irremediable hundimiento. No han inventado aún algo como una gran mano o pinza de acero que coja la concha hundida, como se coge un crustáceo, y la ponga en condiciones de salvamento.

Ni siquiera medios para, en medio de la angustia, poder salir de su prisión de acero los tripulantes, y así llegar a la superficie y librarse de morir sin siquiera en la agonía de su encierro tener una sola esperanza de liberación.

Grandísimos trabajos ha costado el poder sacar del fondo, mal encadenado, al Pluviôse, después de más de quince días de permanecer en el fondo del mar a una profundidad de más de veinte metros.

Han laborado buzos marineros con verdadera heroicidad y toda Francia ha estado fija en ellos. Almirantes y altos dignatarios del ministerio de Marina han estado incansables presenciando la dolorosa y dificultosa tarea. Varias veces las cadenas se rompieron; pero venció por fin la constancia. Y pudo verse fuera del agua el desventurado submarino.

Calais de duelo es en estos momentos una ciudad trágica. Se ha logrado abrir la caparazón del submarino y se ha comenzado a extraer los cuerpos ya inconocibles y putrefactos de las víctimas.

Y lo doloroso es lo que cuentan los periodistas de los coros enlutados de las familias sollozantes, que van al depósito de cadáveres y no pueden sino con gran dificultad reconocer a sus deudos en esos macabros despojos que realizan visiones de pesadilla en un relente de morgue. Cada vez que aparece un cuerpo extraído del casco, «todos los hombres—dice un testigo—se descubren y una cortina de marineros alineados disimula, a los privilegiados que tienen acceso al muelle, el horror del espectáculo.

»En seguida se deposita el cadáver en la barca sanitaria que está al lado del submarino, se le cubre con una espesa tela y se le lleva al depósito mortuorio. Durante los dos o tres minutos que eso ha durado, el trabajo se ha detenido. Todos, marineros, contramaestres, oficiales, están inmóviles gorra o birrete en la mano. Monsieur Cherón, el subsecretario de Marina, presente sobre el submarino, contempla, descubierto, el fúnebre desfile. Los cinco o seis marineros de guardia sobre el Ventôse, ese hermano gemelo del Pluviôse, que está allí y que ha erigido en su popa, en signo de duelo fraternal, una simple cruz de madera, se han alineado como en la parada, y, sobre el muelle, los oficiales saludan, los gendarmes rinden los honores, los concurrentes se quitan el sombrero. Todos esos gestos son imprevistos y espontáneos. Es conmovedor y grande, porque es sencillo.

»Ninguna pompa oficial, ninguna música, ninguna actitud intercepta la emoción. No hay sino hombres que, saludando a la muerte, afirman oscuramente su solidaridad». ¡Pero las madres, las esposas, las hijas, los hijos! ¡Los velos negros por los oficiales, y las cofias enlutadas por los marineros!

»Porque el dolor se agranda y se multiplica en tantas pobres gentes al considerar los crueles instantes de desesperación y de agonía que han precedido al acabamiento, al soplo final, por más que los médicos aseguren que no han sufrido «mucho tiempo» los que perecieron en el vientre de su barco herido. Y todos han pensado lo que han debido padecer los infelices tripulantes, desde que se tuvo noticia del suceso, explicado, mejor que en los largos artículos de la Prensa, en la lacónica declaración profesional del capitán Salomón, comandante del Pas de Calais, barco causante del desastre. Leed: «El jueves 26 de mayo, partida de Calais, a la una y treinta y seis, con 289 pasajeros, mala, 269 sacos postales, equipajes, mensajerías, viento del NE., 5, mar agitada. A la una y cuarenta y ocho veo, al mismo tiempo que uno de mis hombres de la serviola, Imbert Simón, a 20 metros más o menos de la entrada, un asta vertical que se alzaba, aproximadamente, un metro el agua. Imbert me señala: «Un palo de boya de red, ¡recto adelante!», mientras que habiendo yo reconocido el períscopo de un submarino, doy completamente a derecha y completamente atrás, más o menos tres segundos antes de que se produzca un choque. Esta colisión se produjo después de que habíamos recorrido, en la dirección Norte, 67,0, verdadera, del extremo de los diques de Calais, una distancia de dos millas, deducido del número de vueltas de máquina.

»Suben a la superficie pedazos de madera y me hacen desde luego suponer que he abordado una épave. Habiendo parado, hice examinar por el segundo mi timón delantero, averiado, y las ruedas; cuando cuatro o cinco minutos después del choque, emerge, a 500 metros más o menos, detrás de nosotros, la delantera de un sumergible. Hago atrás, y me acerco lo más ligero que me permite mi timón averiado; echo un bote en el momento propicio y maniobro para quedar a proximidad, con la esperanza de fijar un cable. Hago izar una señal de llamada a los remolcadores. Entretanto nuestro buque se acerca al sumergible; no tiene tiempo de amarrar su cable; el sumergible se hunde súbitamente. Apenas nuestro maestro de equipaje pudo dar algunos golpes que no tuvieron respuesta. La delantera del navío náufrago había estado fuera del agua de ocho a diez minutos.

»Hago en seguida tomar medidas que señalen lo mejor posible la posición de la épave. Los remolcadores llamados por señales llegan con el bote de salvamento. Siendo ya inútil mi presencia, vuelvo a Calais y me acerco al puesto número 3 a las dos y treinta y uno.

»Trasbordé malas y pasajeros al segundo servicio. Entré en cala seca en la misma tarde y asequé la mañana siguiente, 27 de mayo, a las ocho.

»Comprobamos de una manera sumaria entonces las averías siguientes: timón delantero, roto; mecha del timón delantero, torcida; rueda, rota; palastro de bordeada a babor, torcido». El submarino ha sido encontrado bien averiado. Se ha comprobado que los desventurados hicieron todos los esfuerzos posibles para ascender, para ponerse a flote. Algunos estaban en sus puestos, con las manos crispadas en volantes y aparatos. Y hiela el alma y el cuerpo el imaginarse la sensación de horror que han de haber experimentado al convencerse de la imposibilidad del logro de sus esfuerzos y la convicción de que iban a perecer irremediablemente. Por salvarse abrieron una compuerta y el agua penetró entonces, abreviándoles, sin embargo, su áspera agonía.

Y Francia ¡maldita la guerra! tiene más de cincuenta submarinos semejantes al Lutin y al Pluviôse, cuyos tripulantes posiblemente deben ser todos neurasténicos.

FIN