Un libro sobre Chile.

Chile en 1908, por Eduardo Poirier, es un libro recién aparecido, lleno de datos y de juicios, que llamará la atención sobre ese país importante. El efecto será naturalmente mayor si a la edición castellana se uniesen otras inglesa y francesa que, según tengo entendido, se preparan. En Europa, escribe J. H. Webster, citado por Poirier, en su obra The American Republics, los numerosos libros que circulan sobre las fantásticas maravillas de las naciones latinas de América, son libros que desprecia todo el mundo, comenzando por los que escriben y los reparten. Míster Webster exagera. En Europa nadie puede despreciar esos libros, porque nadie los lee y nadie los reparte. Hay, en efecto, una verdadera bibliografía a nuestro respecto en la sección de viajes de estas librerías. Generalmente se encuentran esos volúmenes entre los libros de étrennes, muy bonitos, con muchos grabados, que se regalan a los muchachos. Son libros caros. Sus autores son por lo común exploradores y geógrafos, colaboradores de Le tour du monde, o turistas ocasionales, hombres o mujeres, que han llevado su cuaderno de apuntes y que no han podido después resistir a la tentación de la publicidad. Hay también los enviados de los periódicos, entre los cuales enviados se encuentran de la clase de los terribles. Ejemplo, Th. Childe, Barzini. Todos esos libros tienen un público limitado. Así, los conocimientos del gran público respecto a esos países tienen por base, cuando más, lo que el buen Julio Verne describió o dijo de ellos en señaladas novelas de su colección. Ningún nombre glorioso, o siquier famoso, ha escrito jamás un volumen sobre la América latina, fuera de las páginas científicas a ella consagradas por un Darwin, o un Humboldt. Loti, que ha recorrido casi todo el mundo, no ha puesto nunca entre nosotros sus escenarios. Y vale más. Lo único de valor que un europeo de nombre universal haya alguna vez publicado sobre una nación hispanoamericana, es la conferencia de Anatole France sobre la República Argentina.

Si Ferrero escribe el libro que se ha anunciado, será cosa excelente, aunque insista en su romanismo comparado. Y si el señor Blasco Ibáñez se dedica a la obra argentina de que se ha hablado, será también plausible, porque su nombre es muy conocido y representa hoy a España en la librería mundial.

Sobre Chile se hallan en Europa algunas monografías, de publicación oficial, llenas de datos interesantes y obras como la Histoire d'un grand peuple, del venezolano señor Arestigueta Montero, que es vendida en París por su mismo autor. Libro corriente, libro que circule, libro autorizado, no conozco ninguno. Por eso la propagación del señor Poirier, en buenas condiciones no podrá sino ser utilísima para su patria.

Ese nutrido trabajo es en menores proporciones, semejante al del señor Lix Klet sobre la República Argentina. Demás afirmar que hay en la tarea realizada la manifestación de un patriotismo ardiente. No es esto sino plausible, pues si una labor como esa no se lleva a término con amor, no valdría la pena de emprenderla. Tengo el gusto de conocer al señor Poirier. Sé de su talento claro y ponderado, de su laboriosidad infatigable y de su extensa cultura. Ha viajado y ha podido hacer, como él dice en su proemio, «el consiguiente estudio comparativo y analítico de otros pueblos, razas y civilizaciones». Como lo exige la índole de su obra, hase ayudado con una documentación oficial, verídica y exacta. Además, al final del grueso volumen ha agregado varias monografías escritas por autoridades del país, y que ponen de manifiesto el adelanto actual de la cultura chilena. Son esas autoridades los señores Poenisch, para las matemáticas; Santa María, para la ingeniería; Ducci, para las ciencias físicas; Díaz Ossa, para la química; Phlippi, para la Zoología; Reiche, para la botánica; Sundt, para la geología y mineralogía; Porter, para las ciencias antropológicas; Marín Vicuña, para los ferrocarriles; Amunátegui Solar, para la medicina y farmacia; Dávila Boza, para la higiene pública; Guerrero Bascuñán, para la beneficencia pública; Amunátegui Reyes, para el código civil; Ballesteros, para el derecho procesal; Galdámez, para la biblioteca nacional, y Ramírez, para la instrucción primaria.

El señor Poirier trata en su libro, primero de la parte geográfica, luego de la histórica, gobierno, intelectualidad y comercio. Es una exposición maciza de la vida y movimiento del organismo de la nación chilena. Las ilustraciones, mapas y planos son dignos de toda recomendación. La parte gráfica es un utilísimo complemento del trabajo.

He aquí la viña Subercaseaux que produce los excelentes y famosos vinos, que pueden competir con buenos crus europeos.

He aquí el monumento a Juan Godoy, descubridor del mineral de Chañarcillo. La esculpida figura de ese hombre del pueblo nos recuerda que Chile es un país minero y que muchas de sus fortunas han salido de las entrañas de la tierra.

Aquí vemos a un hacendado y sus hijos. Estos gentlemen farmers llevan el traje usual de los estancieros chilenos, el sombrero de anchas alas, la bota y el poncho, que tan bien han sentado a huéspedes como el difunto don Carlos de Borbón.

He aquí los baños de Canquenes en el valle pintoresco; y el río Copiapó, crecido, y el Valdivia y la laguna negra, que se diría de un paisaje suizo.

Se ven los puertos pintorescos; y Viña del Mar, la ciudad de lujo y de alegría cercana a Valparaíso. Y las ciudades que están cercanas a la cordillera, y las lejanas y los pueblos lindos. Vese un grupo de araucanas con aspectos asiáticos; y una preciosa adolescente, hija de cacique, que si no tuviese los pies desnudos e intactos, creeríase hija de un mandarín o príncipe de China.

Santiago y sus monumentos, su cerro de Santa Lucía, orgullo de los habitantes de la capital, y Valparaíso, la britanizada, y Concepción y Talca y tantas otras poblaciones de trabajo y de belleza, como ese encanto de Lota, feudo económico de los opulentos Cousiños. Y una profusión de grabados más que explica objetivamente el texto.

Los monumentos hablan de la historia gloriosa de la Nación. Tal cual pintura de artista nacional expone escenas de la vida popular, como la Cueca. Y la fotografía hace admirar la tradicional hermosura de la mujer de Chile, perpetuada en la inmortalidad del arte por el célebre busto de Rodin que es joya del Luxembourg y cuyo modelo Arsene Alexandre asegura ser una dama peruana, habiéndolo sido, según entiendo, la esposa del ministro chileno en Francia, señor Moria Vicuña.

Al leer ese tomo no se puede menos que reconocer el entusiasmo y el afecto que por su patria tiene el autor, entusiasmo y afecto muy naturales y justos. Queda afirmado que Chile es un país serio, laborioso, bien constituído y lleno de cualidades bélicas y que comprenden bien el lema de su escudo «por la razón o la fuerza».

Durante mucho tiempo ha sido el modelo gubernamental para las repúblicas hispanoamericanas y su buen sentido ha sido señalado como un ejemplo y una norma. Ha tenido siempre envidiable renombre en sus asuntos económicos, y en la formación del tipo propio no en balde ha querido imitar a los hijos de la Gran Bretaña. Además, el chileno ama la expansión de la vida y el gozo de vivir, aunque parezca en veces seco o brusco. Así, bien puede decir con razón un observador como W. H. Koebel: «The chilean of the educated classes bears a marked resemblance to the Englishman both in outward appearance and habits. A young naval cadet at Valparaiso might have stepped straight from out of the doors at Osborne. A similar Anglicised appearance prevails throughout in the world of commerce, officialdom, and sport. Amongst others, hospitality and a marked «joie de vivre» are their attributes». Durante tres años que pasé en las ciudades de Valparaíso y Santiago, hace ya más de veinte, pude comprobar tales aserciones.

Los datos sobre el movimiento intelectual dan idea de una copiosa producción. Se encuentra larga lista de escritores y poetas, hechos a la manera de aquel incansable obrero de la publicidad chilena, tan lleno de buenas intenciones, que fué el finado don Pedro Pablo Figueroa. Quizá hubiera sido de desear un estudio sobre las tendencias del pensamiento nacional y un cuadro expositivo de la evolución literaria en ese centro de pensadores estrictos, de hábiles constitucionalistas, de eminentes jurisconsultos y filólogos. Y mostrar cómo allí en donde el ilustre venezolano don Andrés Bello dejó como herencia imperecedera el Código y la Gramática, hay también una juventud que ama la Belleza y siente el Arte y que saluda con respeto la figura de mármol de aquel antecesor, aun siguiendo los rumbos que el espíritu de su época le ha señalado.

Mucho más hay que alabar en la obra del señor Poirier. Su prosa es clara, amena, distinguida. Se ha librado de los excesos líricos que en trabajos semejantes se encuentran en otros países hispanoamericanos. De este modo él ha llenado su objeto de escribir para «hombres de estudio y de ciencia, para quienes ninguna utilidad ni prestigio revestiría una de esas adocenadas y calidoscópicas exhibiciones de maravillas en que se pinta a estos países nuevos de la América, no como ellos son, sino como los quisiera el optimismo interesado, cuando no la quimera patriótica de sus autores». Libro útil, lectura provechosa para su tierra, labor de propaganda merecedora de estímulo, eso es lo que ha realizado el señor Poirier. Ya había él, de otras maneras, hecho lo mismo en Chile para bien de otros estados hispanoamericanos.

Dícenme que un miembro del cuerpo diplomático fué separado de su puesto en París por el Gobierno chileno por publicar un libro que él creía excelente y que no hacía sino poner a su país en ridículo. En este caso el Gobierno debía hacer todo lo contrario.