Los enterradores

Quien al chacal le llame «hermano mío»
y parta su comida con la hiena,
es como aquel que con Jacala, el vientre
que en cuatro patas corre, pacte tregua.

(Ley de la Selva).

—¡Respetad á los ancianos!

La voz que esto decía era una voz pastosa (fangosa, más bien, y que os hubiera hecho estremecer si la hubieseis oído)... una voz que parecía el rumor de algo muy blando que se partiera en dos pedazos. Había en ella un quiebro especial que la hacía participar del graznido y del lamento.

—¡Respetad á los ancianos, compañeros del río!... ¡Respetad á los ancianos!

Nada podía verse en toda la ancha extensión ocupada por el cauce, exceptuando una flotilla de gabarras, de velas cuadradas y clavijas de madera, cargada de piedras para edificaciones, y que acababa de llegar bajo el puente del ferrocarril, siguiendo corriente abajo. Hicieron jugar los toscos timones para evitar el banco de arena que había formado el agua al rozar contra los estribos del puente, y mientras pasaban, á tres de fondo, la horrible voz comenzó de nuevo á decir:

—¡Brahmanes del río, respetad á los ancianos y achacosos!

Volvióse uno de los barqueros, que iba sentado en la regala de uno de los barcos, levantó la mano, dijo algo, que no era precisamente una bendición, y los botes siguieron adelante, crujiendo de cuando en cuando, iluminados por la luna. El ancho río indio, que tenía más bien el aspecto de una cadena formada por lagos pequeños que el de una verdadera corriente continua, era terso como un cristal, reflejando en el centro el cielo de color de arena roja, pero mostrándose salpicado de manchas amarillentas y de un color de púrpura obscuro cerca de sus bajas orillas, y aun tocando con ellas. En la estación lluviosa formábanse calas en el río; pero ahora sus secas bocas quedaban muy por encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda, casi bajo el puente del ferrocarril, veíase una aldea edificada con fango y ladrillos, con bálago y palos, cuya principal calle, llena de ganado que volvía á sus establos, iba en línea recta hasta el río, y terminaba en una especie de tosco desembarcadero de ladrillo, en el que la gente que necesitaba lavar podía meterse en el agua paso á paso. Este sitio se llamaba el Ghaut de la aldea de Mugger-Ghaut[20].

Caía la noche á más andar sobre los campos de lentejas, arroz y algodón, en las tierras bajas, anualmente inundadas por el río; sobre los cañaverales que bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba, y sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras de pastos, detrás de las adormecidas cañas. Los papagayos y los cuervos, que estuvieron charlando y dando gritos al ir á beber por la tarde, como de costumbre, habían volado ya tierra adentro para ir á dormir, cruzándose con los batallones de murciélagos que entonces salían; y nubes de aves acuáticas venían silbando á buscar el abrigo de los cañaverales. Había gansos de cabeza casi cilíndrica y de negra espalda, cercetas, patos silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos, y, de cuando en cuando, un flamenco.

Cerraba pesadamente la marcha una grulla de las llamadas ayudantes, que volaba como si cada uno de sus aletazos fuera el último que iba á dar en su vida.

—¡Respetad á los ancianos!... ¡Brahmanes del río... respetad á los ancianos!

La grulla volvió á medias la cabeza, desvióse un poco en dirección de la voz y fué á pararse muy tiesa en el banco de arena que había debajo del puente. Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco. Por detrás parecía de gran respetabilidad, porque medía casi dos metros de alto, y su aspecto ofrecía bastante semejanza con el de un correctísimo pastor protestante de gran calva. Por delante era distinto, porque su cabeza á lo Ally Sloper[21] y su cuello no tenían ni una sola pluma, y en aquél llevaba una horrible bolsa de desnuda piel... á donde iba á parar cuanto su largo y afilado pico robaba. Eran sus patas largas, flacas y descarnadas; pero las movía con gran suavidad y las contemplaba con orgullo al alisarse las plumas de la cola, mirando de soslayo por encima del hombro y cuadrándose luego, como si obedeciera al grito de: «¡firmes!»

Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando como perrito hambriento allá en una hondonada, levantó las orejas y la cola y corrió al encuentro de la grulla.

Era el ser más bajo de toda su casta (y no quiere decir esto que en los mejores chacales haya mucho bueno, sino que éste era una especialidad en lo de la bajeza, por ser mitad mendigo y mitad criminal), dedicado á limpiar los montones de basura de la aldea, exageradamente tímido ó temerariamente fiero, con hambre perpetua, y lleno de astucia, que jamás le sirvió para maldita la cosa.

—¡Uf! dijo, sacudiéndose con aire lastimoso, al pararse. ¡Así la sarna se coma á los perros de la aldea! Tres mordidas me han dado por cada pulga que llevo encima, y todo porque miré (nada más que mirar, fijaos bien) un zapato viejo que había en un corral de vacas. Pues ¿qué he de comer? ¿Barro? Al decir esto se rascó debajo de la oreja izquierda.

—Oí yo, contestó la grulla con voz que parecía el ruido de una sierra embotada pasando á través de una gruesa tabla, oí yo decir que había un perrillo recién nacido dentro de ese zapato.

—Del dicho al hecho hay gran trecho, repuso el chacal que conocía bastantes refranes, aprendidos escuchando las conversaciones que tenían los hombres alrededor de las fogatas, al caer de la tarde.

—Cierto que sí. Y por esto, para estar yo segura de la verdad, me quedé cuidando á ese cachorro mientras los perros estaban ocupados en otro sitio.

—Estaban muy ocupados, dijo el chacal. Bueno: no he de ir á caza de lo que sobre en la aldea por algún tiempo. ¿De modo que de veras había un perrillo ciego dentro de aquel zapato?

—Aquí está, contestó la grulla mirando por encima del pico á su bolsa que estaba llena. Poca cosa es, pero muy aceptable en estos tiempos en que la caridad ha muerto en este mundo.

—¡Ay! El mundo es duro como el hierro, en nuestros tiempos, exclamó el chacal gimiendo. En aquel instante sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación en el agua, y se apresuró á decir, continuando:

—La vida es muy dura para todos nosotros, y no dudo de que hasta nuestro excelente amo, orgullo del Ghaut y envidia del río...

—Un embustero, un adulador y un chacal son tres cosas que salieron á la vez de un mismo huevo, dijo la grulla sin dirigirse á nadie de un modo determinado, porque también era ella una grandísima embustera, cuando quería tomarse esa molestia.

—Sí, la envidia del río..., repitió el chacal elevando la voz. Hasta él mismo opina, sin duda, que desde que se construyó el puente es más escasa la buena comida. Pero, por otra parte, aunque no quisiera yo decirle esto en su propia y nobilísima cara, es él tan sabio y virtuoso... como poco... ¡ay! tengo yo de ambas cosas...

—Cuando el chacal confiesa que es gris muy negro debe de ser, murmuró la grulla, á la cual no se le alcanzaba, entonces, lo que iba á suceder.

—Que no le falte nunca la comida á él, y, como consecuencia...

Oyóse un ruido sordo de algo que rozaba, como si un bote acabara de tocar en sitio donde el agua fuera poco profunda. Volvióse en redondo el chacal y se encaró (al fin más vale siempre hacerlo así), con el animal de quien había estado hablando en aquellos momentos. Era un cocodrilo de más de siete metros de largo, encerrado en lo que bien podía compararse á una plancha de caldera de triples remaches, claveteada, carenada y adornada luego con una especie de cresta; con unos dientes amarillos cuyas puntas colgaban desde la mandíbula superior, pasando sobre la inferior, hermosamente terminada en una especie de pico de flauta. Era el achatado Mugger, ó bocón, de la aldea de Mugger-Ghaut, más viejo que ninguno de los aldeanos, que había dado su nombre al lugar, y algo como el diablo de aquel río, en su parte vadeable, antes de que se construyera el puente del ferrocarril: un asesino, un devorador de carne humana, y un fetiche local, todo en una pieza. Quedóse tendido, con la barba en la orilla del agua, conservándose en esta posición gracias á una casi invisible ondulación de la cola, y bien sabía el chacal que bastaría un solo golpe de esta última, dado en el agua, para que el Mugger se elevara por la orilla con la velocidad de una máquina de vapor.

—¡Feliz encuentro, protector de los pobres!, dijo con servil adulación, retrocediendo un poco á cada palabra. Oimos una voz deliciosa y nos acercamos con la esperanza de un poco de conversación agradable. Mi presunción desmesurada me indujo, mientras esperábamos, á hablar de vos. Espero que nada se habrá oído por casualidad.

Ahora bien, el chacal había hablado precisamente para que le oyeran, porque sabía que la adulación era el mejor medio de procurarse algo para comer; y el Mugger sabía que únicamente con tal fin había hablado el chacal; y el chacal no ignoraba que el Mugger lo supiera; y éste sabía que el chacal estaba seguro de que lo sabía él; pero, á pesar de ello, quedábanse todos tan contentos.

El viejísimo animal adelantóse, jadeando y gruñendo, sobre la orilla, mientras farfullaba sus acostumbradas palabras:

—¡Respetad á los viejos y achacosos!

Durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas bajo los pesados, córneos párpados, encima mismo de su triangular cabeza, al paso que iba arrastrando el cuerpo, hinchado como un barril, entre sus patas ganchosas. Al fin, se paró, y acostumbrado y todo, como estaba el chacal, á sus maneras, no pudo evitar un estremecimiento, que experimentaba ya por centésima vez, cuando vió cuan exactamente se parecía el Mugger á un leño arrojado junto á la orilla del río. Hasta había tenido el cuidado de tenderse formando, precisamente, con el agua el mismo ángulo que, al encallar naturalmente, formaría un madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en aquella época y lugar. Todo esto no era, por supuesto, más que cuestión de hábito, porque el Mugger había venido á tierra únicamente por gusto; pero nunca un cocodrilo está bastante harto, y si el chacal hubiera llegado á equivocarse, tomándolo por lo que parecía y no por lo que era, no habría quedado con vida para seguir filosofando sobre este asunto.

—Hijo mío, no he oído nada, dijo el Mugger cerrando un ojo. Nada podía oir, porque el agua me lo impedía, y, por otra parte, el hambre me tenía desfallecido. Desde que se construyó el puente del ferrocarril la gente de mi aldea ha dejado ya de quererme, y esto me tiene con el corazón traspasado de dolor.

—¡Qué vergüenza! dijo el chacal. ¡Un corazón tan noble como el vuestro! Pero los hombres son todos parecidos, por lo que á mí se me alcanza.

—Nada de eso. Hay entre ellos muy grandes diferencias, por cierto, contestó el Mugger con dulzura. Unos son flacos como bicheros de bote; otros, gordos como cachorros de chac... digo, de perro. Jamás quisiera yo hablar mal de los hombres sin motivo para ello. Los hay de muy diversas clases; pero los años me han demostrado que, en general, son muy buenos. Ni en los hombres, ni en las mujeres, ni en los niños, hallo yo nada que reprochar. Y acuérdate, hijo mío, de que aquel que desprecia al mundo será despreciado por él.

—La adulación es peor que una lata vacía en el estómago; pero la verdad es que lo que acabo de oir no es más que sabiduría pura, dijo la grulla, bajando una de sus patas.

—Considerad, sin embargo, lo ingratos que son con quien es tan bondadoso, comenzó á decir el chacal muy tiernamente.

—¡No, no, no son ingratos! contestó el Mugger. Es que no piensan en los demás: no otra cosa. Pero yo he notado, estando fijo en mi puesto allá por debajo del vado, que las escaleras del puente nuevo son tan difíciles de subir que es una crueldad el obligar á pasar por ellas á los ancianos y á los niños. Los primeros no son, en realidad, tan dignos de consideración; pero los que á mí me apenan (me apenan verdaderamente), son los niños que están gordos. Sin embargo, paréceme que, á no tardar, cuando haya pasado ya la novedad ésa del puente, veremos á mis gentes chapoteando por el agua del vado como antes, valerosamente, desnuda la morena pierna. Entonces el viejo Mugger se verá honrado otra vez.

—Pero yo estoy seguro de haber visto guirnaldas de caléndulas flotando en el borde del Ghaut esta misma tarde, dijo la grulla.

Las guirnaldas de caléndulas son una muestra de veneración en toda la India.

—Error... error. Era la mujer del vendedor de confituras. Va perdiendo la vista cada año más, y no es capaz ya de distinguir entre un madero y yo... el Mugger del Ghaut. Ya ví la equivocación cuando arrojó la guirnalda, porque estaba echado al pie mismo del Ghaut, y, si llega á dar un paso más, le hubiera demostrado que había un poco de diferencia entre lo que á ella le parecía igual. Mas, en fin, la intención era buena y hay que considerar el espíritu de la ofrenda y no otra cosa.

—¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando está uno ya en el estercolero? dijo el chacal dedicándose á cogerse las pulgas; pero no quitando ojo, con cierto aburrimiento, de su Protector de los pobres.

—Cierto, pero no han empezado aún á hacer el estercolero al cual he de ir á parar yo. Cinco veces he visto el río retroceder desde la aldea y dejar al descubierto nueva tierra, al pie de la calle. Cinco veces he visto reedificar la aldea sobre las orillas, y la veré reedificar aun cinco veces más. No soy yo un inconstante gavial[22], que se dedica á coger peces, hoy en Kasi y mañana en Prayag, como dice el proverbio, sino el verdadero y continuo vigilante del vado. Por algo, muchacho, por algo lleva mi nombre la aldea, y «quien mucho vigila», como suele decirse, «obtendrá, al fin, su galardón».

—Mucho he vigilado yo... mucho... casi toda mi vida, y el premio que he recibido son mordiscos y cardenales, dijo el chacal.

—¡Ja, ja, ja! contestó soltando la carcajada la grulla.

Nació el chacal en Agosto
y en Septiembre son las lluvias...
¡y él dice que no recuerda
ver llover como hoy diluvia!

Tiene la grulla ayudante una particularidad muy desagradable. En épocas que se reproducen con irregularidad sufre de agudos ataques de hormigueos ó calambres en las piernas, y aunque tenga la virtud de la resistencia en mayor grado que cualquiera de las otras clases de grullas, que, sin embargo, muestran siempre un aire de inmensa impasibilidad, se echa á revolotear en salvajes danzas guerreras bailadas en su especie de zancos torcidos, abriendo á medias las alas y moviendo de arriba abajo su cabeza calva; y mientras esto hace, por motivos que ella sabrá, sin duda, cuida grandemente de que sus más fuertes ataques vayan acompañados de sus más acerbas críticas. Al terminar la última palabra de su cantar cuadróse de nuevo muy tiesa, diez veces más digna que nunca del nombre de ayudante, que llevaba.

El chacal retrocedió acobardado, aunque había visto ya sucederse en su vida tres estaciones del año; pero no puede uno darse fácilmente por ofendido y contestar á un insulto cuando proviene éste de quien posee un pico de un metro de largo y el poder de clavarlo como una jabalina. La grulla se distinguía por lo cobarde; pero el chacal era aun peor que ella.

—Hay que vivir para aprender, dijo el Mugger, y bien puede afirmarse lo siguiente: los chacales pequeños abundan mucho; pero un bocón como yo es raro. Á pesar de ello no soy yo orgulloso, porque el orgullo conduce á la propia perdición; mas, fíjate bien, eso es cosa del Hado, y contra el Hado ni uno solo de los que nadan, caminan ó corren debiera decir palabra. Yo estoy contento del Hado. Con buena suerte, buen ojo y la costumbre de asegurarse de que está libre la salida antes de que te metas en alguna cala ó remanso, mucho puede hacerse.

—Oí decir una vez que hasta el Protector de los pobres se equivocó, dijo el chacal, maliciosamente.

—Cierto, pero hasta entonces vino el Hado en mi ayuda. Era antes de que hubiera adquirido todo mi desarrollo... tres hambres antes de la última que ha habido. (¡Por la margen derecha é izquierda del Ganges que la corriente de los ríos era enorme en aquellos tiempos!) Pues sí, era yo joven y atolondrado, y al venir la inundación que hubo ¿quién más contento que yo? Con poca cosa me bastaba entonces para considerarme muy dichoso. La aldea estaba completamente inundada, y yo nadé por encima del Ghaut yéndome tierra adentro, hasta llegar á los campos de arroz, que encontré llenos de barro. Acuérdome también de un par de brazaletes (por cierto que eran de cristal y no les hice el menor caso) que encontré aquella tarde. Sí, brazaletes de cristal, y, si la memoria no me es infiel, también hallé un zapato. Debiera haber sacudido aquel zapato... y el otro, pues había dos; pero estaba yo hambriento. Más tarde aprendí á proceder mejor. ¡Ah, sí! Comí, pues, y descansé; mas, cuando me disponía á volver al río, la inundación había bajado ya mucho de nivel, y yo pasé caminando por el barro de la calle principal. ¿Quién sino yo hubiera hecho esto? Acudió toda mi gente, sacerdotes, mujeres y niños, y yo los miré con benevolencia. El fango no se presta para que uno pueda combatir bien. Uno de los barqueros dijo:

—Id á buscar hachas y matadlo, que es el Mugger del vado.

—Nada de eso. ¡Mirad! Se lleva por delante la inundación. Es el dios que protege á la aldea.

Entonces me arrojaron gran cantidad de flores, y alguien tuvo la feliz ocurrencia de ponerme una cabra en mitad del camino.

—¡Qué buena!... ¡Pero qué buena es la cabra! exclamó el chacal.

—Tiene muchos pelos... muchos pelos... y cuando se la encuentra uno en el agua es más que probable que dentro de ella haya escondido algún anzuelo en forma de cruz. Pero lo que es aquella cabra la acepté, y me fuí, triunfalmente, hasta el Ghaut. Más tarde, el Hado hizo que cayera en mi poder aquel barquero que había querido cortarme la cola con un hacha. Su bote embarrancó en un banco de que vosotros no os acordaríais ahora, aunque os dijera dónde está.

—No todos somos aquí chacales, dijo la grulla. ¿Era el banco que se formó donde se fueron á pique los barcos que acarreaban piedras, el año de la gran sequía... un banco de arena muy largo que duró por espacio de tres inundaciones?

—Había dos, dijo el Mugger: uno más arriba y otro más abajo.

—¡Ah, sí! Se me había olvidado. Un canal los separaba, y más tarde se secó también, dijo la grulla, que se sentía orgullosa de su buena memoria.

—En el banco de abajo fué á embarrancar la barca del hombre que tan buenas intenciones tenía respecto á mí. Estaba durmiendo en la proa, y, medio despierto, saltó al agua, que le llegaba hasta la cintura (ó no, no más que hasta las rodillas) para empujar la embarcación. Ésta, vacía, siguió adelante, yendo á tocar de nuevo en la tierra del próximo recodo que la corriente formaba entonces. Yo fuí siguiendo también, porque sabía que no faltarían hombres que salieran para arrastrar el barco hasta la playa.

—¿Y sucedió así? preguntó el chacal un poco despavorido.

Era éste un modo de cazar tan en grande que le causaba profunda impresión.

—Acudieron los hombres allí y más abajo también. No fuí ya más lejos; pero esto me permitió apoderarme de tres en un día... tres manjis (barqueros) bien gordos, y, excepto el último (con el cual tuve ya menos cuidado que con los otros), ni uno pudo gritar para advertir á los que se hallaban en la orilla del río.

—¡Ah! ¡Qué modo de cazar! ¡Con qué nobleza! ¡Pero cuánta habilidad y qué superior juicio reclama! dijo el chacal.

—No, habilidad no, muchacho, sino solamente pensar un poco. El pensar es á la vida lo que la sal al arroz, como dicen los barqueros, y yo he pensado siempre profundamente. El gavial, mi primo, el que se alimenta de peces, me tiene dicho cuán difícil es para él el seguirlos, y cuánto difieren unos de otros, y cómo él necesita conocerlos á todos en conjunto y á cada uno por separado. Á esto le llamo yo sabiduría; pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que mi primo, el gavial, vive entre su gente. Mi gente no nada por bandadas, con la boca fuera del agua, como hace Rewa; ni sale constantemente á la superficie del agua, ni se vuelve de lado, como suelen Mohoo y el diminuto Chapta; ni se junta en los bancos de arena después de una inundación, como Batchua y Chilva.

—Todos son manjares exquisitos, dijo la grulla, acompañando las palabras con un chasquido del pico.

—Eso dice mi primo, y convierte en ocupación muy seria el cazarlos; pero ellos no se le encaraman por los bancos de arena para escaparse de sus dientes. Mi gente es muy distinta. Vive en la tierra, en casas, entre sus ganados. Yo necesito saber lo que hacen y hasta lo que piensan hacer; y así poniendo primero la trompa del elefante, y luego la cola, como suele decirse, reconstruyo el elefante entero. ¿Qué cuelga de una puerta una rama verde con un anillo de hierro? Pues el viejo Mugger sabe que ha nacido un niño en aquella casa y que algún día vendrá al Ghaut á jugar. ¿Va á casarse una doncella? Pues el viejo Mugger lo sabe, porque ve cómo los hombres van y vienen con regalos; y, al fin, ella, también, acude al Ghaut para bañarse antes de la boda, y... allí está él. ¿Qué ha cambiado el río su curso y ha dejado nuevas tierras donde antes no había más que arena? El Mugger lo sabe igualmente.

—Bien, ¿y de qué sirve el saber esto? dijo el chacal. El río ha cambiado de sitio hasta durante mi corta vida.

Los ríos en la India están casi siempre mudando su curso, y se desvían á veces hasta media legua ó más en una sola estación, inundando los campos de una de las orillas y esparciendo fertilizante cieno sobre la opuesta.

—No hay conocimiento más útil que éste, dijo el Mugger, porque á tierra nueva, nuevas pendencias. El Mugger lo sabe... ¡oh, lo sabe perfectamente! En cuanto el agua se ha retirado, arrástrase él por las estrechas grietas que los hombres creen que no son bastante anchas para que en ellas pueda esconderse ni un perro, y allí espera. Á poco aparece un labriego diciendo que plantará aquí cohombros, y allí melones, en la tierra nueva que el río le ha dado. Con los pies desnudos tantea aquel cieno excelente. Á los pocos instantes llega otro, diciendo que él cultivará allí cebollas, zanahorias y caña de azúcar, en tal y tal sitio. Se acercan como dos botes que tuercen el rumbo hacia igual punto, y, al acercarse, cada uno de ellos mira al otro con ojos que parecen rodar bajo el enorme turbante azul. El viejo Mugger ve y oye. Danse mútuamente el nombre de hermano, y van á amojonar la nueva tierra. El Mugger corre, detrás de ellos, de un lado á otro, deslizándose, muy aplastado contra el suelo, por entre el barro. ¡Ahora empiezan á disputarse! ¡Ya se insultan! ¡Ahora se arrancan los turbantes! ¡Ya levantan sus lathis (garrotes), y, por fin, cae uno de espaldas en el fango y el otro se va corriendo. Cuando vuelve, la cuestión queda definitivamente zanjada, y de ello puede dar fe el bambú herrado del vencido. Y aun no le agradecen nada al Mugger. No; gritan: ¡un asesinato! y las familias se pelean á garrotazos, veinte de este bando y veinte del otro. Mi gente son muy buena gente... jats de las montañas... malwais del Bêt. Cuando pegan, no pegan por juego, y una vez ha terminado la lucha, el viejo Mugger espera allá lejos en el río, donde no se le puede ver desde la aldea, detrás de las matas de kikar que hay por allá. Entonces, bajan mis jats de anchos hombros, ocho ó nueve juntos, á la luz de las estrellas, conduciendo al muerto, colocado sobre una cama. Son viejos de barba gris y de voz tan profunda como la mía. Encienden un fuego (¡ah! ¡cómo conozco yo ese fuego!), tragan tabaco, formando un círculo mueven la cabeza todos á la vez hacia delante, ó hacia un lado, en dirección del muerto que está sobre la orilla. Dicen que las leyes inglesas arreglarán aquello por medio de la horca, y que la familia del matador tendrá que pasar por la vergüenza de ver cómo lo cuelgan en el gran patio de la cárcel. Entonces, contestan los amigos del muerto: «pues que lo ahorquen», y la conversación vuelve á empezar de nuevo... una, dos, veinte veces durante la interminable noche. Al fin, dice uno:

—La lucha fué cara á cara, con nobleza. Tomemos el dinero que nos ofrecen y un poco más, y no digamos palabra de lo sucedido.

Y empiezan á regatear sobre el dinero, porque el muerto era hombre robusto y ha dejado muchos hijos. Pero todavía antes del amratvela (la salida del sol), lo queman un poco con el fuego preparado al efecto, según la costumbre, y el muerto viene á parar á mí, y lo que es él no dirá ya nada sobre el asunto. ¡Ah! hijos míos, el Mugger sabe... sabe muchas cosas... y los Malwah Jats son muy buena gente.

—Tienen el puño demasiado cerrado... son harto mezquinos para llenarme el buche, dijo graznando la grulla. Ellos sí que no gastan inútilmente el lustre poniéndolo en los cuernos de la vaca, como suele decirse; y, á ver, quisiera yo que me dijeran ¿quién es el que puede espigar después que ha pasado un Malwah?

—¡Ah, yo!... yo espigueo... los espigueo á ellos, dijo el Mugger.

—Pues bien: en Calcuta del Sur, antes, siguió diciendo la grulla, todo lo tiraban á la calle, y nosotros podíamos escoger y revolverlo todo. ¡Esos sí que eran buenos tiempos! Pero hoy... hoy las calles están mondas como la cáscara de un huevo, y mi gente vuela hacia otro sitio. Una cosa es ser limpio, y otra quitar el polvo, barrer y regar siete veces cada día: eso aburre hasta á los mismos dioses.

—Contóme un día un chacal de las tierras bajas que en Calcuta del Sur todos los nuestros estaban gordos como nutrias en la estación de las lluvias, dijo el chacal, haciéndosele la boca agua sólo con pensarlo.

—¡Ah! Pero allí están los de la cara blanca... los ingleses, y ellos llevan consigo unos perros gordos, que conducen de no sé donde, allá, río abajo, en unos barcos, y que cuidan de que esos mismos chacales de que hablas estén flacos, replicó la grulla.

—¿Tienen, pues, tan duro el corazón como esa gente? Debía haberlo supuesto. Ni la tierra, ni el cielo, ni el agua se muestran caritativos con el chacal. Yo ví las tiendas de uno de los de la cara blanca, en la última estación, después de las lluvias, y además le cogí unas riendas nuevas, amarillas, para comérmelas. Los blancos no saben preparar bien las pieles. Aquellas riendas me pusieron muy enfermo.

—Peor es lo que me sucedió á mí, dijo la grulla. Cuando no contaba yo más que tres estaciones y era tan joven como atrevida, fuíme al sitio del río en que atracan los barcos grandes. Los barcos de los ingleses tienen triple tamaño que esta aldea.

—Ésta, por lo visto, ha estado en Delhi y quiere hacernos creer que allí la gente anda cabeza abajo, murmuró el chacal.

El Mugger abrió el ojo izquierdo y miró fijamente á la grulla.

—Pues es verdad, dijo la enorme ave insistiendo. Un embustero no miente más que cuando tiene la esperanza de que le van á creer. Pues bien: nadie que no hubiera visto aquellos barcos podría dar fe á esta verdad que digo.

—Esto es ya algo más puesto en razón, contestó el Mugger. ¿Y qué más?

—De las profundidades de uno de aquellos barcos estaban sacando grandes pedazos de una materia blanca que, al cabo de muy poco rato, se deshacía, convirtiéndose en agua. Buena parte de los pedazos se desmenuzó, cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron prontamente en una casa de gruesas paredes. Pero un barquero cogió, riéndose, uno de aquellos trozos, que no era mayor que un perrillo, y me lo tiró. Yo (como todos los míos) trago sin reflexionar, y también me tragué aquello, según nuestra costumbre. Inmediatamente sentí un gran frío que, empezando en el buche, me corría hasta la punta de los dedos, y aun de hablar me privaba, mientras los barqueros se estaban burlando de mí. En mi vida he sentido frío igual. Con el dolor y el aturdimiento que experimentaba púseme á bailar hasta que pude recobrar el perdido aliento, y entonces volví á bailar, protestando á gritos contra la falsedad de este mundo, mientras los barqueros seguían riéndose de mí, hasta caerse por el suelo. ¡Lo más estupendo de todo, dejando aparte aquel frío maravilloso, es que nada, absolutamente, había en mi buche cuando hube terminado mis lamentaciones!

La grulla había hecho todo lo posible para describir lo que sintió después de tragarse un pedazo de hielo de siete libras, que provenía del lago de Wenham, traído de allí por un barco americano de los dedicados á aquel transporte, en los tiempos en que Calcuta no fabricaba aun con máquina el hielo; pero, como la grulla no sabía lo que esta materia era, y como aun lo sabían menos el Mugger y el chacal, el cuento no les produjo el debido efecto.

—Cualquier cosa, dijo el Mugger cerrando nuevamente el ojo izquierdo... cualquier cosa es posible cuando la origina un barco que tiene tres veces el tamaño de Mugger-Ghaut. Mi aldea no peca de pequeña.

Oyóse un silbido por encima del puente, y el tren correo de Delhi pasó por él, llenos de luz todos los coches y siguiéndolos fielmente las sombras á lo largo del río. Hundióse de nuevo, con estruendo, en la obscuridad; pero el Mugger y el chacal estaban tan acostumbrados á oirlo que ni siquiera movieron la cabeza.

—¿Acaso es eso menos maravilloso que un barco de triple tamaño que Mugger-Ghaut? dijo el ave mirando hacia arriba.

—Yo ví edificar eso, joven. Piedra por piedra ví cómo se elevaban los estribos del puente, y cuando los hombres se caían desde ellos (generalmente tenían maravillosa destreza para no poner el pie en falso... pero, en fin, cuando se caían) allí estaba yo alerta. Desde que el primer estribo estuvo hecho no se acordaron ya más de ir corriente abajo, en busca de los cadáveres, para quemarlos. Con esto me evitaron no pocas molestias. Por lo demás, nada hubo de extraño en la construcción del puente, añadió el Mugger.

—Pero ¿y eso que pasa por encima de él arrastrando los carros cubiertos con techos? ¡Eso sí que es extraño! repitió la grulla.

—Es, sin ningún género de duda, un buey de una nueva especie. Algún día sucederá que no podrá sentar bien el pie, y, perdiendo el equilibrio, se caerá del mismo modo que hicieron los hombres. El viejo Mugger estará entonces, también, alerta.

El chacal miró á la grulla, y ésta al chacal. Si de algo estaban seguros en este mundo era de que la máquina podía ser cualquier cosa menos un buey. El chacal la había estado mirando repetidas veces desde las matas de aloe que bordeaban la línea, y, en cuanto á la grulla, estaba acostumbrada á ver locomotoras desde la primera que hubo en la India. Pero el Mugger no había visto la máquina más que desde abajo, y la cupulilla de bronce le parecía la especie de joroba de un buey más pronunciada.

—Sí, un buey de nueva especie repitió el Mugger pesando las palabras como para persuadirse á sí mismo, y el chacal contestó:

—Cierto que sí: es un buey.

—Y también podría ser... comenzó á decir el Mugger con cierta aspereza.

—Cierto... cierto que sí, interrumpió el chacal sin esperar á que el otro hubiera terminado.

—¿Qué? dijo el Mugger incomodado, porque adivinaba que los demás sabían más que él. ¿Qué es lo que podría ser? No había yo aun acabado de hablar. Tú dijiste que era un buey.

—Es lo que el Protector de los pobres quiera. Yo soy su servidor... y no el de esa cosa que atraviesa el río.

—Sea lo que fuere, es obra de los de la cara blanca, dijo la grulla, y, por mi parte, no quisiera yo echarme en sitio que está tan cerca de eso como este banco de arena.

—Tú no conoces á los ingleses como yo, contestó el Mugger. Cuando construían el puente había aquí un blanco que se metía en un bote, muchas veces, á la caída de la tarde, y golpeaba con los pies las tablas del fondo, diciendo en voz baja: ¿Está aquí? ¿Está allí? Traedme la escopeta. Yo le oí aun antes de verle... oí cada ruido que hizo... los crujidos, el resollar, cada golpecito dado en la escopeta, yendo río arriba y río abajo. Tanto como era cierto que yo le había privado de uno de sus obreros, evitando así un gran gasto de leña que hubieran necesitado para quemarlo, era, también, constante su empeño en venirse hasta el ghaut, y decir á gritos que me iba á matar, librando de esta suerte al río de mi presencia... ¡de la presencia del Mugger de Mugger-Ghaut! ¡Á ! Hijos míos, yo nadé horas y horas bajo la quilla de su bote, y le oí disparar su escopeta á algunos leños; y, cuando estaba bien seguro de su cansancio, me levantaba junto á él y hacía castañetear mis dientes frente á su misma cara. Cuando el puente estuvo listo se marchó el inglés. Todos cazan de este modo, excepto cuando son ellos los cazados.

—¿Quién caza ahora á los de la cara blanca? ladró el chacal sumamente excitado.

—Ahora nadie; pero yo los he cazado en mis buenos tiempos.

—Algo recuerdo de esa caza. Entonces era yo joven, dijo la grulla haciendo sonar su pico de un modo muy significativo.

—Estaba yo aquí perfectamente establecido. Mi aldea se reedificaba por tercera vez, á lo que recuerdo, cuando mi primo, el gavial, trájome noticias de unas aguas muy ricas que había más arriba de Benares. Al principio no quise ir, porque mi primo, que no come más que peces, no sabe, á menudo, distinguir lo bueno de lo malo; pero oí á mi gente hablar por las tardes, y lo que dijeron me decidió.

—¿Y qué es lo que dijeron? preguntó el chacal.

—Lo suficiente para que yo, el Mugger de Mugger-Ghaut, me saliera del agua y echara á andar. Partí á pie, de noche, metiéndome hasta en los más pequeños arroyos á medida que se me iban presentando; pero era entonces el comienzo de la estación calurosa y todos llevaban muy poca agua. Crucé caminos llenos de polvo; atravesé altas masas de yerba; me encaramé por las montañas á la luz de la luna. Hasta por las rocas trepé, hijos míos... fijaos bien en lo que os digo. Crucé el extremo del río Sirhind, el seco, antes de que pudiera encontrar la serie de ríos pequeños que van á desembocar al Ganges. Había un mes de estar viajando para regresar á donde se hallaban mi gente y el río que yo conocía. ¡Fué aquello cosa maravillosa!

—Y la comida ¿cómo iba durante el camino? dijo el chacal, que no tenía más alma que el estómago y no se sentía impresionado lo más mínimo por los viajes terrestres del Mugger.

—Comía lo que encontraba... primo, dijo el Mugger muy pausadamente, como arrastrando cada palabra.

Ahora bien: no se llama primo á nadie en la India más que en el caso de que pueda uno llegar á establecer con esta persona cierto parentesco, y como sólo en antiguos cuentos de hadas se casa el Mugger con algún chacal, el nuestro comprendió por qué motivo se había visto elevado de pronto á formar parte de la parentela del Mugger.

Á haber estado solos no le hubiera importado; pero los ojos de la grulla centellearon de gozo al oir la pesada broma.

—La verdad es, padre, que debía haberlo sabido.

No le gusta á ningún cocodrilo que le llamen padre de ningún chacal, y el Mugger de Mugger-Ghaut contestó, entonces, mucho más de lo que conviene repetir aquí.

—El Protector de los pobres fué quién me llamó pariente. ¿Puedo yo acordarme del grado exacto de parentesco que haya entre nosotros? Á mayor abundamiento, comemos la misma clase de comida. El lo ha dicho, repuso el chacal.

Vino esto á agravar aun mucho más las cosas, porque á lo que tiraba el chacal era á indicar que el Mugger debía de haber devorado la comida fresca cada día, en aquella marcha á pie, en vez de guardarla junto á sí hasta que estuviera en el verdadero estado en que él la necesita, como hacen todos los muggers que se respetan algo, y también la mayor parte de las fieras cuando les es posible. Á decir verdad, uno de los mayores insultos que pueden dirigirse en toda la extensión del cauce del río es el calificar de «devorador de carne fresca». Es casi una cosa tan mala como el llamarle á un hombre caníbal.

—Comida fué aquella carne hace treinta estaciones, dijo con toda tranquilidad la grulla. Aunque estuviéramos hablando treinta estaciones más no volveríamos á verla ya. Cuéntanos, ahora, lo que ocurrió cuando llegaste á aquellas aguas tan buenas, después de tu sorprendente viaje por tierra. Si fuéramos á escuchar todos los aullidos de cada chacal, los negocios de la ciudad quedarían pronto paralizados, como dice el proverbio.

El Mugger debió de agradecer la interrupción, porque continuó precipitadamente:

—¡Por las dos orillas del Ganges! ¡Cuando llegué allí me encontré con unas aguas como no las había visto nunca parecidas!

—¿Eran mejores que la gran inundación que hubo en la estación última? dijo el chacal.

—¡Mejores! Esa inundación no fué más que lo que ocurre cada cinco años: un puñado de forasteros ahogados, algunas gallinas, y un buey muerto que se queda en el agua cenagosa, gracias á las corrientes cruzadas. Pero en la estación de que me he acordado ahora, el río estaba bajo, el agua corría mansa, igual siempre, y, como ya me había advertido el gavial, los ingleses bajaban por ella tocando uno con otro. En aquella estación fué cuando engordé y crecí. Desde Agra, cerca de Etawah y del sitio en que se ensancha la corriente no muy lejos de Allahabad...

—¡Oh! ¡Qué remolino se formó bajo los muros del fuerte de Allahabad!... dijo la grulla. Acudieron allí como los patos á los juncales, y bailaban dando vueltas... así.

Empezó otra vez su horrible danza, mientras el chacal miraba con envidia. Como era natural, él no se acordaba del terrible año de que hablaban, del «año de la Insurrección». El Mugger continuó:

—Sí, cerca de Allahabad, se tendía uno en el agua mansa, y dejaba que pasaran veinte para escoger uno de ellos; y había allí, principalmente, la ventaja de que los ingleses no iban llenos de joyas y de anillos en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres van hoy. El que gusta demasiado de adornos acaba con una cuerda al cuello por único collar, como dice el refrán. Todos los cocodrilos que existían en todos los ríos engordaron entonces; pero mi Hado quiso que yo engordara más que ninguno de ellos. Las noticias que teníamos eran de que se cazaba á los ingleses arrojándolos á los ríos, y ¡por las dos orillas del Ganges! os aseguro que á nosotros nos pareció que ésa era la verdad. Así lo creí yo durante todo el tiempo que fuí en dirección del Sur, y eso que llegué, siguiendo la corriente, hasta más allá de Monghyr y de las tumbas que dominan el río.

—Ya conozco el sitio. Desde entonces es Monghyr una ciudad casi abandonada. Poquísimos son los que viven allí ahora.

Después de esto, fuíme corriente arriba muy despacio, perezosamente, y un poco más arriba de Monghyr me encontré con un bote lleno de blancos... ¡pero vivos! Eran, bien me acuerdo, mujeres, echadas bajo una tela sostenida por unos palos, é iban llorando á gritos. Nunca nos disparaba entonces nadie ningún tiro: nosotros éramos los únicos guardianes de los vados en aquellos tiempos. Todas las armas de fuego estaban ocupadas en otra parte. Las oíamos día y noche allá, tierra adentro, y el estruendo llegaba ó se iba según de donde soplaba el viento. Me levanté por completo frente al bote, porque nunca había visto vivos á los de las caras blancas, aunque bien los conocía... de otra suerte. Un niño blanco, desnudo, estaba de rodillas en uno de los costados del bote, é inclinando el cuerpo por encima, se le antojó arrastrar lentamente las manos por las aguas del río. Es hermoso el ver con qué alegría juega un niño con toda agua que corre. Yo había comido ya aquel día; pero aún me quedaba un rinconcillo vacío. Sin embargo, más que para llenarlo, por juego, me levanté hasta tocar casi las manos del niño. Ofrecían un blanco tan fácil que ni siquiera tuve que mirarlas cuando cerré la boca; pero, tan pequeñas eran que, aunque mis quijadas se cerraron debidamente (bien seguro estoy de ello), el niño retiró con rapidez las manos sin que hubieran recibido el menor daño. Debieron de pasar por el espacio que media entre diente y diente... las manecitas aquéllas, tan blancas. Hubiera podido cogerle entonces por los codos; pero, como he dicho, sólo por juego y por el deseo de ver cosas nuevas me había yo acercado allí. Cuantos iban en el bote gritaron, y al cabo de poco rato volví yo á levantarme del agua para observarlos. El barco pesaba demasiado para hacerle zozobrar. No eran más que mujeres las que en él iban; pero quien se fíe de una mujer puede decirse que camina sobre las yerbas que ocultan el agua de una laguna, como enseña el proverbio, y... ¡por las dos orillas del Ganges... que es eso gran verdad!

—Una vez una mujer me dió á mí una piel seca haciendo ver que era un pescado, dijo el chacal. Desde entonces estoy esperando poderle hincar el diente á su niño; pero, en fin, más vale comer la carne de un caballo que recibir de él una coz, como dice el refrán. ¿Y qué es lo que vuestra mujer hizo?

—Me disparó con una escopeta muy corta, de una clase que nunca había visto yo antes, ni volví á ver después. Cinco veces seguidas hizo fuego (no es difícil adivinar que el Mugger tuvo que habérselas con algún revólver antiguo) y yo me quedé con la boca abierta, como bostezando, con una nube de humo alrededor de mi cabeza. Nunca ví cosa igual á aquélla. ¡Cinco veces, y con tanta presteza como cuando muevo yo la cola... así!

El chacal, que se iba sintiendo cada vez más interesado por el relato, tuvo apenas tiempo de saltar hacia atrás en el instante mismo en que la cola cortaba el aire como una guadaña.

—Hasta que no hubo sonado el quinto disparo (dijo el Mugger con la tranquilidad del que nunca ha pensado en causar el menor daño á sus oyentes), hasta que no hubo sonado el quinto disparo no me hundí en el agua, y volví á salir de ella en el preciso momento en que un barquero les decía á todas aquellas mujeres blancas que, sin duda, había quedado yo muerto. Una de las balas incrustóse en mi cuello. No sé si aun está allí, por la razón de que no puedo volver la cabeza. Ven y míralo tú, muchacho. Así se demostrará que la historia que os he contado es verídica.

—¿Yo? dijo el chacal. ¿Acaso quien está acostumbrado á comer zapatos viejos y á romper huesos, como yo, podrá dudar de la palabra del que es la envidia del río? ¡Que cachorrillos ciegos se me coman la cola si por mi pobre entendimiento ha pasado ni la sombra de semejante idea! El Protector de los pobres se ha dignado contarme, á mí, que soy su esclavo, que una vez en su vida ha sido herido por una mujer. Con esto basta, y yo les contaré el cuento á todos mis hijos, sin pedir prueba alguna de la verdad que encierra.

—La excesiva urbanidad es, á veces, tan mala como la excesiva descortesía, porque, como dice el proverbio, hasta con requesones puede ahogarse á un convidado. No deseo ni remotamente que ningún hijo tuyo sepa que el Mugger de Mugger-Ghaut recibió de una mujer la única herida que tiene en el cuerpo. Otras muchas cosas tendrán en que pensar tus hijos si han de procurarse la comida por tan tristes medios como su padre.

—¡Queda olvidado, y desde hace mucho tiempo! ¡No se ha dicho nunca! ¡Jamás existió ninguna mujer blanca! ¡Ni siquiera hubo barco alguno! ¡Nada, absolutamente, sucedió!

Movió el chacal la cola, como barriendo el suelo, para demostrar cuán en absoluto quedaba todo borrado de su memoria, y se sentó dándose aire importante.

—La verdad es que sucedieron muchas cosas, dijo el Mugger, al cual le había salido mal, por segunda vez, aquella noche, el querer llevarle ventaja á su amigo. (Ni uno ni otro, sin embargo, tenían mala intención. El comer y ser comido era cosa completamente legal en toda la extensión del río, y el chacal había venido allí para recoger las sobras de la comida del Mugger, cuando éste la hubiera terminado).

—Abandoné aquel bote, continuó, y fuíme corriente arriba, y cuando llegué á Arrah y á las aguas que están situadas detrás, no hallé ya más ingleses muertos. Durante cierto tiempo el río estuvo completamente vacío. Luego volvieron á verse uno ó dos cadáveres con chaquetas encarnadas; pero no ingleses, sino todos de una misma clase (del Indostán y purbeeahs)... después cinco ó seis de frente, y, al fin, desde Arrah hasta el Norte, más allá de Agra, parecía que pueblos enteros se habían arrojado al agua. Salían de las calas uno tras otro como bajan los maderos en la época de las lluvias. Cuando se levantaba el río también se levantaban ellos, por compañías enteras, de los bancos de arena en que habían estado reposando; y, al bajar el agua de la corriente, los arrastraba con ella por los cabellos á través de los campos y de la tierra virgen. Toda la noche, también, yendo hacia el Norte, oí los disparos de las armas de fuego, y durante el día el ruido de calzados pies de hombres que atravesaban los vados, ó aquel otro que producen las ruedas de un pesado carro al rodar sobre la arena por debajo del agua... y cada ola traía nuevos cadáveres. Al fin, hasta yo mismo tuve miedo, porque dije: si esto les ocurre á los hombres ¿cómo podrá salvarse el Mugger de Mugger-Ghaut? Había, también, barcos que venían detrás de mí, corriente arriba, ardiendo continuamente, como arden, á veces, las embarcaciones que llevan algodón; pero sin jamás hundirse.

—¡Ah! dijo la grulla; barcos como los que van á Calcuta del Sur. Son altos y negros, tienen una cola que golpea el agua por detrás, y...

—Y son tres veces tan grandes como mi aldea, ¿eh? Mis barcos eran bajos y blancos; golpeaban el agua á cada lado, y no eran más grandes de lo que deben ser los de cualquiera que cuente las cosas sujetándose á la verdad. Á mí me atemorizaron mucho, por lo que abandoné aquellas aguas y me vine á este río mío, ocultándome de día y caminando de noche cuando no podía hallar arroyos que me ayudaran. Volvíme á mi aldea; pero sin la esperanza de hallar en ella á ninguno de los de mi gente. Y, sin embargo, aquí estaban, arando, sembrando y segando, luego, las mieses, y yendo de un lado á otro por sus campos tan tranquilamente como sus ganados.

—¿Y había aún buena comida en el río? dijo el chacal.

—Más de la que podía yo desear. Hasta... y eso que yo no como barro... hasta estaba cansado, y, por lo que recuerdo, un poco asustado de aquel constante bajar por el río gente silenciosa. Á los de mi aldea les oí decir que todos los ingleses habían muerto; pero los que llegaban, boca abajo, por la corriente, no eran ingleses, como los de mi mismo pueblo pudieron ver. Entonces, mi gente dijo que lo mejor era no hablar palabra, pagar la contribución y arar la tierra. Al cabo de mucho tiempo, el río fué quedando limpio de cadáveres, y los que por él bajaban eran, sin ninguna duda, ahogados procedentes de inundaciones, como perfectamente podía ver yo, y aunque no era tan fácil, entonces, el procurarse comida, cordialmente me alegraba de ello. Que haya su poco de matanza de cuando en cuando no es malo... pero hasta el Mugger puede llegar á hartarse, como ya dice el refrán.

—¡Todo eso es maravilloso, verdaderamente maravilloso! exclamó el chacal. Yo me he engordado nada más que de tanto oir hablar de comer. Y después de esto ¿puedo atreverme á preguntar qué es lo que hizo el Protector de los pobres?

—Me dije á mí mismo (¡y por las dos orillas del Ganges que me he mantenido firme en lo que entonces juré!) me dije á mí mismo que nunca más volvería á ir vagabundo de aquel modo. Así, pues, he vivido junto al Ghaut; bien cerca de mi gente, y los he vigilado año tras año, y tanto han llegado á quererme que hasta me echaban guirnaldas de caléndulas cada vez que me veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi Hado ha sido muy bueno conmigo, y el río entero tiene la bondad de respetarme aunque débil y enfermo; sólo que...

—Nadie es feliz por entero, desde el pico hasta la cola, dijo la grulla con simpatía. ¿Qué más necesita el Mugger de Mugger-Ghaut?

—Aquel niño tan pequeño y tan blanco del cual no pude apoderarme, dijo el Mugger lanzando un profundo suspiro. Muy pequeño era, pero no me he olvidado de él. Aunque soy viejo, no quisiera morirme sin probar algo nuevo. Verdad que son gente de pies pesados, y medio locos, y así poco juego darían al cazarlos; pero aún me acuerdo de aquellos tiempos que pasé algo más lejos de Benares, y, si el niño vive, aún se acordará, también, él. Es muy posible que se pasee por la orilla de algún río diciendo que una vez pasó las manos por entre los dientes del Mugger de Mugger-Ghaut, y que quedó vivo y en disposición de hacer de ello un cuento que contar. Mi Hado ha sido muy bueno conmigo; pero, á veces, en sueños, me molesta eso... la idea de aquel niñito blanco que iba en el bote.

Bostezó y cerró las quijadas.

—Y ahora, continuó, quiero descansar y pensar. Guardad silencio, hijos míos, y respetad á los ancianos.

Volvióse con dificultad y se arrastró hasta lo alto del banco de arena, mientras el chacal se retiraba, con la grulla, detrás de un árbol que había quedado detenido en el río, en el extremo más cerca del puente del ferrocarril.

—He aquí una vida agradable y provechosa, dijo con sardónica risa, mirando con ademán interrogante al ave, que le dominaba desde su altura. Y fíjate en que, ni una vez, le pareció oportuno decirme dónde podía hallar un bocado, por casualidad, en algún banco de arena. Y, sin embargo, cien veces le he indicado yo á él muy buenas cosas que estaban entre el barro, allá, corriente abajo. ¡Cuán cierto es el proverbio que dice: nadie se acuerda del chacal ni del barbero una vez ha sabido por ellos las noticias! ¡Ahora se va á dormir! ¡Aaah!

—¿Y cómo puede un chacal cazar junto con un cocodrilo? dijo la grulla, fríamente. El uno es un ladrón de los grandes; el otro de los pequeños: no es muy difícil el adivinar quién es el que se lleva los mejores bocados.

Volvióse el chacal, gimiendo con rabia, é iba á enroscarse bajo el tronco del árbol cuando, de pronto, se acurrucó y púsose á mirar, á través de las ramas, hacia el puente, que estaba, casi, encima de su cabeza.

—¿Qué ocurre ahora? preguntó la grulla, abriendo las alas, algo inquieta.

—Espera un poco y lo veremos. El viento sopla desde aquí, donde estamos nosotros, hacia donde están ellos; pero no es á nosotros á quien buscan esos dos hombres.

—¿Hombres son? Mi oficio me proteje. Todo el mundo en la India sabe que soy sagrada.

La grulla, que es allí un excelente basurero, se mete por todas partes sin que nadie la moleste, y, así, la nuestra no se acobardaba nunca.

—En cuanto á mí, no valgo la pena de que me den más golpe que el que puede dar algún zapato viejo, dijo el chacal poniéndose á escuchar de nuevo. ¿Oyes estos pasos? continuó. Este ruido no es el que produce el cuero de los zapatos del país, sino que es debido al pie calzado de un blanco. ¡Escucha, otra vez! ¡Ruido de hierro contra hierro! ¡Es una escopeta! Amiga, esos locos ingleses de pesados pies vienen á hablar con el Mugger.

—Adviérteselo, pues. No hace más que un rato que alguien, que me parece que era un chacal hambriento, le llamaba «Protector de los pobres».

—Deja que mi primo cuide él mismo de conservar la piel. Mil veces me ha dicho que nada hay que temer de los blancos. Pues blancos deben de ser éstos. Ninguno de los aldeanos de Mugger-Ghaut se atrevería á perseguirle. ¡Mira! ¡Ya te lo dije que había una escopeta! Ahora, por poco que la suerte nos ayude, podremos alimentarnos antes de que apunte el día. Fuera del agua no oye él bien... ¡y lo que es ésta vez no tendrá que habérselas con una mujer!

Brilló un momento el cañón de una escopeta sobre las traviesas del puente. El Mugger estaba echado sobre el banco de arena, tan quieto como su propia sombra, un poco esparrancadas las patas delanteras; caída la cabeza entre ellas; roncando como... un cocodrilo.

Sobre el puente, una voz murmuró:

—El tiro resulta un poco raro... casi en dirección perpendicular... pero tan seguro como la colocación de un capital que se invirtiera en casas. Lo mejor será apuntarle detrás del cuello. ¡Caramba! ¡Qué enorme es el animal! ¡Y qué furiosos se van á poner los de la aldea cuando lo vean muerto! Como que es el deota, el dios de estos lugares.

—Me importa un comino, contestó otra voz. Me quitó unos quince de mis mejores coolies[23] mientras se construía el puente, y es ya hora de acabar con él. He estado persiguiéndolo en bote durante semanas enteras. Prepare V. el Martini[24] para cuando haya disparado yo los dos cañones de mi escopeta.

—Cuidado con el culatazo, pues. Un doble disparo con calibre cuatro no es cosa de broma.

—Eso es él quién ha de decirlo, y no yo. ¡Allá va!

Oyóse un estruendo como el que podría producir el disparo de un cañón de pequeñas dimensiones (las mayores escopetas que se usan para la caza de elefantes no se diferencian mucho de las piezas de artillería más pequeñas), y vióse una doble llamarada, seguida de la detonación seca y penetrante de un Martini, para cuya larga bala no ofrece la menor dificultad el atravesar las gruesas placas de un cocodrilo. Pero las balas explosivas habían hecho ya cuanto podía hacerse. Una de ellas dió precisamente detrás del cuello, un poco hacia la izquierda de la espina dorsal, mientras la otra reventaba algo más abajo, donde comienza la cola. De cien casos, en noventa y nueve puede un cocodrilo mortalmente herido arrastrarse hasta el agua, en los sitios de alguna profundidad, y escaparse así; pero el Mugger de Mugger-Ghaut estaba roto, literalmente, en tres pedazos. Apenas movió la cabeza, antes de quedar sin vida, y tan tendido estaba en el suelo como el mismísimo chacal.

—¡Rayos y truenos! dijo el pobre animalejo. ¿Es que aquella cosa tan rara que arrastra por encima del puente los coches cubiertos se ha venido abajo, por fin?

—No es más que el disparo de una escopeta, dijo la grulla (aunque hasta las plumas de la cola le temblaban), nada más que una escopeta. No hay duda que ha quedado muerto. Ahí vienen los blancos.

Los dos ingleses habían bajado del puente á toda prisa y cruzado el banco de arena, donde se pararon á admirar la longitud del Mugger. Entonces, un indígena provisto de un hacha cortó la enorme cabeza, y cuatro hombres la arrastraron á través de la lengua de tierra que allí había.

—La última vez que tuve la mano en la boca de un cocodrilo, dijo uno de los ingleses, agachándose (era el mismo que había dirigido la construcción del puente), fué cuando tenía yo unos cinco años de edad, bajando en bote por el río en dirección de Monghyr. Era yo uno de «los niños del tiempo de la Insurrección,» como les llaman. Mi pobre madre estaba en el bote, también, y muchas veces me había contado que disparó con un revólver á la cabeza del animal.

—Vaya, ¡pues bien se ha vengado V. de esto en el principal de todos los de la familia!... aunque el culatazo le haya á V. hecho arrojar sangre por la nariz. ¡Eh, barqueros! Arrastrad esa cabeza fuera de aquí, y la herviremos para conservar la calavera. La piel está demasiado agujereada para que podamos guardarla. Vamos ahora á dormir. Lo que hemos hecho bien valía la pena de estar levantado toda la noche, ¿verdad?


Y fué, realmente, curioso que el chacal y la grulla hicieran también la mismísima observación, dos ó tres minutos después de haberse ido los hombres.