V.
Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la Península como en América, se encerraran en las claustros ò se arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar. Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian adquirido fama literaria en el mundo.
La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras, porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica, muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las distracciones del mundo.
Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden, reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se encuentra allá arriba.
Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado. Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien elementos de consuelo y bienestar.
El Diccionario histórico, y, siguiendo el dicho de este, varios otros escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable. Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha cubierto es de gasa de Cos.
El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.” El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa, obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez, sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.”
Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo; queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba. Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza ajena, que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistes” ¡Qué conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que nos proporciona la misma poetisa...
Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos, si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero, confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura.”
¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública, hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí, muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en su alma.
Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa? Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa, perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible, la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian, habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues, y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos, insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder lo que sentia, y le causaba positiva repugnancia aquello que debia hacer traicion á su secreto.
Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos, y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento y de armonía.
“Deja que nuestras dos almas,
Pues un mismo amor las rige,
Teniendo la union en poco,
Amantes se identifiquen.
Un espíritu amoroso
Nuestras dos vidas anime,
Y Láchises al formarlas
De un solo copo las hile;
Nuestros dos conformes pechos
Con solo un aura respiren,
Un destino nos gobierne
Y una inclinacion nos guie”.
¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa melodía del amor.
Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:
“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!)
Que he querido en otro tiempo,
Lo que pasó de locura
Y lo que excedió de extremo.”
“Tan precisa es la apetencia
Que á ser amados tenemos,
Que aun sabiendo que es inútil,
Nunca dejarla sabemos.”
“Si es delito, ya lo digo;
Si es culpa, ya la confieso;
Mas no puedo arrepentirme,
Por mas que hacerlo pretendo.”
“Pero valor, corazon,
Porque tan dulce tormento,
En medio de cualquier suerte,
No dejar de amar protesto.”
He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño, alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa, amaba el estudio; ya lo hemos dicho.
Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre, porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad: dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres, quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una sociedad lucida y numerosa.
El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues, largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir á solas con sus cuatro mil amigos que habia logrado reunir en su biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar, como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas obras en prosa y verso.
Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”
A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas, las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria é imprescindible.
Pero monja era ya cuando se dieron á luz sus obras, y no una sino varias veces. En la tercera edicion del primer tomo se lee: “Corregida y añadida por su autora.” Si añadió y corrigió, no tuvo á bien por otra parte, suprimir los versos harto profanos y amorosos que desdecian de su estado. ¿Les juzgó inocentes, por ventura, en razon de ser hijos de un sentimiento verdadero? ¿Tuvo repugnancia de arrancar de su corona esas rosas brotadas en las huellas del amor? ¿Juzgó innecesario ocultar lo que ya el mundo conocia? Nada podemos contestar. Los editores dedicaron las obras de Sor Juana Ines “á la Soberana Emperatriz del cielo y tierra, María, nuestra Señora,” y esto sí se puede explicar: en aquellos tiempos en que la religiosidad española era nimia, porque era profunda la fe y suma la sencillez del espìritu, cuando gustaba algun libro, por impregnado que estuviese de los miasmas de las pasiones terrenales, se le echaba la dedicatoria á la Virgen ó á un santo, ó cuando ménos se les invocaba, como para neutralizar el escándalo que debia producir la lectura. Esa incoherente muestra de devocion servia de tenaza para agarrar el ascua. ¡Inocentadas de otra edad! Pudo ser tambien esa costumbre precaucion para amortiguar el celo del Santo Oficio, que cierto no culparia de malicioso á quien invocaba un bendito nombre para dar á la estampa los desahogos del corazon ó los desbordes de la fantasía.
La publicacion del primer tomo de sus versos trajo muchos disgustos á Sor Juana. En medio de los elogios aparecieron amargas censuras; pero estas, mas que en los defectos de las obras, se fundaban en el disparatado concepto de que el estudio de las letras era incompatible con la condicion del sexo femenino, y mas todavía con el estado monacal. El númen poético de la jóven religiosa era especialmente objeto de serias contradicciones. “¿Quién no creerá, dice en la carta citada, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones, cuantos no podré contar”... “Pues por la en mí dos veces infeliz habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? ó ¿cuáles no me han dejado de dar?”
De tan necias acusaciones se defiende Sor Juana citando con oportunidad y gracia varias mujeres célebres por su sabiduría, tanto entre las gentiles como entre las cristianas, así en la antigüedad como en los tiempos modernos. Con no menor destreza y fundado raciocinio combate á los que, aferrados al Mulieres in Ecclesia taccant, querian que dejase y condenase su aficion al estudio. ¡Salvaje pretension de la cual se vengó la sabia monja dando rienda á su ingenio! Llegó hasta privarse voluntariamente, cuanto le fué posible, de la sociedad de sus compañeras de claustro, por consagrarse mas y mejor á la lectura y la meditacion. Esto prefieren las almas grandes á la comunicacion con las almas vulgares.
Pero una de estas llegó a ser superiora de la comunidad, é inducida por alguno de los que se habian propuesto perseguir á Sor Juana Ines, la prohibió toda lectura y estudio. Entónces era cuando su ardiente imaginacion buscaba y hallaba hasta en los objetos triviales ocasion de meditar y aprender. “Si Aristóteles hubiera guisado, decia alegremente una vez, mucho mas hubiera escrito.” Sinembargo, su espíritu estaba reducido á una especie de ayuno, y el esfuerzo que hacia para buscarse alimento sin el auxilio de los libros, vino á quebrantar las fuerzas físicas, y la jóven cayó gravemente enferma. “Eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, refiere ella misma, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias.” Por fortuna los médicos calaron el motivo de la dolencia. Tras el diagnóstico vino la aplicacion de la medicina, los libros: abriéronle la biblioteca á Sor Juana despues de tres meses de entredicho y se le abrieron las puertas de la vida. Suceso enteramente igual al que se refiere del Petrarca: el Obispo de Cavaillon, su amigo, quiso privarle de la mucha lectura y le encerró sus libros; el poeta cayó malo, y fué menester devolverle las llaves de su biblioteca para restituirle la salud perdida en el ocio forzado á que se le condenó. Mala muestra de sus alcances dan los que piensan que solo de pan vive el hombre. La falta de pan enflaquece y mata la materia, mas no el espíritu. La falta de estudio y de saber mata el espíritu y á veces el cuerpo; este recibe vigor de la influencia de aquel. La naturaleza, aunque no siempre, es verdad, establece de tal manera las relaciones de los dos, que para que la máquina corpórea no se desorganice es precisa mucha actividad en las potencias del alma. “En árbol donde se coje la ciencia, no se coje la vida: vida y ciencia no son frutos de un mismo tronco,” ha dicho un eclesiástico al tratar de la temprana muerte de Sor Juana Ines. Esas palabras encierran una verdad, pero no absoluta: si se han visto gastarse muchas vidas y disolverse al fuego de la ciencia, como la nieve á los rayos del sol, no son pocas las que se han sostenido apoyadas por el trabajo mental de todos los dias, y que se habrian agostado y hecho polvo al sentir la inaccion del espíritu.
Veintitres años de clausura llevaba nuestra poetisa; veintitres años empleados en continuar dando pábulo á su pasion por la sabiduría; pero se habia inclinado acaso mas de lo justo á las ciencias y literatura profanas, con cuyo motivo la aconsejaba su amiga la trinitaria Filotea que, sin dejar la lectura de los filósofos y poetas, se consagrase con preferencia á las letras divinas y á la práctica de la virtud; porque “ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad.” “Lástima es que tan grande entendimiento, añade Sor Filotea, de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo.”
Algun tiempo despues, unos dos años ántes de su fallecimiento, se verificó en la vida de Sor Juana Ines un cambio radical y definitivo; se desprendió de su pasado, si asì podemos decir, rompió todos los lazos que la sujetaban á las profanidades de la tierra, se sobrepuso con voluntad heróica á la necesidad y á la costumbre del contacto con los doctos y grandes del mundo, y se dió completamente á la mística. Entónces, y no desde el principio de su clausura, como algunos han escrito, comenzó nuestra religiosa su vida de austeridad y penitencia. Cuál haya sido la causa de tan súbita y grande mudanza, no es posible decirlo con absoluta certeza. ¿Fué talvez la pérdida de alguna cara ilusion que guardaba en el secreto de su celda? ¿fué por entónces arrebatado de la muerte el amante, ya moralmente perdido para ella en la sociedad, pero todavía objeto del silencioso culto que un corazon ardiente no puede á veces dejar de rendir á su ídolo, aunque le vea caido ó sobre otro altar colocado? ¡Ay! de cuántas maneras, ademas de la muerte, se pierde lo que se ama, sin que se apague la pasion!... ¿Fué por ventura el orígen del cambio algun otro desengaño superior al que la obligó á cubrirse con las tocas monjiles, alguna demostracion inesperada de una de esas certidumbres crueles que restregan y allagan el delicado corazon de la mujer hasta matarlo? ¿fué el acìbar que derramaron en sus entrañas la murmuracion y la calumnia, eternas enemigas de la virtud y del saber? ¿fué el efecto que produjo al cabo la constante exhortacion de sus amigos que, como Sor Filotea y aun mas que ella, deseaban se entregase absolutamente á la contemplacion devota y práctica del rigor ascético? Cualquiera cosa que haya sido, la verdad es que se la vió trocada de sabia en santa. Su fervor para el estudio se convirtió en estremado celo por los ejercicios piadosos. Le parecia que hasta entónces habia vivido “no solo sin religion, sino peor que pudiera un pagano.”
Vendió su librería, cuyo precio distribuyó entre los pobres, cambió los instrumentos de las ciencias y su amada lira con los cilicios y la disciplina, y llegó su exaltacion en la via del ascetismo hasta firmar con su sangre la protestacion de fe con que dió principio á su santificacion. Siempre son así las almas apasionadas: no conocen la templanza, ó no la juzgan virtud; el fuego en que se encienden las impulsa á volar, á precipitarse, y ó se disparan al cielo ó se hunden al abismo, siempre con la presteza del rayo.
Era imposible que tamaña alteracion no amenguase la salud de la religiosa. Ya sabemos el efecto que la hizo la privacion temporal de sus libros; pues la misma causa y en mayor grado, debió traer funestas consecuencias. Tarde comprendió el confesor el daño que el exceso de penitencia traia á la madre Juana, y trató en vano de moderarla. Nunca fué demasiado robusta, y fácilmente vino á dar en achacosa.
Por el año de 1695 se introdujo en el monasterio de San Gerónimo una fiebre que diezmó terriblemente la comunidad. Buena ocasion se le ofreció á Sor Juana Ines para ejercer la caridad, y la aprovechó; pero su estenuacion y el contacto frecuente con las enfermas no tardaron en hacer que tambien se contagiase. Esta noticia alarmó y afligió á todo Méjico, y miéntras los mejores médicos agotaban su ciencia por salvar la vida de la insigne monja, las iglesias estaban llenas de gente que oraba por ella, se hacian rogativas públicas y las campanas tocaban plegarias. Todo fué inútil: Dios habia dispuesto apagar ese brillante lucero en la tierra para encenderlo en el cielo; el 17 de abril del mismo año no quedaban de la Décima Musa sino el cuerpo inanimado, próximo á convertirse en polvo, y el nombre venerado por sus compatriotas y expuesto, no obstante, á ser presa de la ingratitud y del olvido.
Las exequias que se le hicieron fueron suntuosas, y es grande el número de poesías que en América y España se escribieron en su elogio.
VI
Sor Juana Ines de la Cruz, segun su gran talento, vasta instruccion y rara facilidad de producirse, escribió relativamente poco. Sinembargo, dejó muy considerable número de poesías líricas, unas cuántas loas, género á la moda en su tiempo, varios autos y dos comedias. Entre las primeras están incluidos muchos villancicos, graciosos juguetes destinados al canto y que bien pudieran llamarse populares.
Sus obras en prosa son cortas en número y extension: un juicio crítico, ó sea crísis sobre un sermon, una carta á Sor Filotea, la descripcion de un arco triunfal, y varias oraciones y ejercicios piadosos.
El todo forma tres tomos en cuarto menor, debiendo advertirse que el ùltimo, que lleva el título de “Fama y obras póstumas del Fénix de Méjico &,” contiene como una tercera parte de prosa y versos de otros autores en alabanza de la poetisa.
Hemos apuntado en otra página que Juana Ines vino por desgracia al mundo en los dias nefastos para la literatura española, como una flor que debió nacer en la primavera y nació en el invierno cuyo cierzo le arrebató buena parte de su fragancia.
El mal gusto que apareció en la Penìnsula y se desenvolvió á la sombra de la fama de Góngora y con el poderoso esfuerzo de su mal empleado ingenio, fué una plaga universal: Italia, Francia é Inglaterra no pudieron librarse de ella; si bien no fué de tanta magnitud ni tan prolongado el feo achaque en estas naciones como en la desgraciada España, donde, por consiguiente, causó mayores estragos. Fué acaso porque Marini, Ronsard y John Lilly se quedaron muy atras del innovador cordovés en punto á grandeza y vigor de talento.
El trato asiduo de los clásicos latinos era comun á españoles é italianos, ingleses y franceses. Creyeron todos ellos que no era dable hallar ninguna otra fuente de bellezas literarias, y la falta de cordura en los estudios á que se aplicaron les produjo, si se puede hablar así, una indigestion de latinismo. De aquí nacieron, no solamente el prurito de dar al lenguaje un giro y saborete ajenos de su propia índole, sino los ridículos relumbrones del estilo, aquel extraño tejido de extrañas frases, aquel hacinamiento de oscuras imágenes y torcidos conceptos, aquella afectacion y pedantería insoportables en todo y por todas maneras.
Los maestros del clasicismo fueron y son excelentes, y ántes como despues de la invasion del mal gusto que bosquejamos, tuvieron discìpulos que, siguiéndolos paso tras paso, llegaron á alcanzar alta nombradía. Comprendieron muy bien que la literatura clásica es esencialmente imitadora, y nunca se atrevieron á partir por otros caminos que por los trazados y conocidos. Pero asomaron ciertos ingenios que dieron en la singular locura de querer mostrarse originales sin dejar de ser copistas. Como tal pretension era imposible de realizar, los esfuerzos de todos ellos produjeron lo que debieron producir: adefesios y tonterías que les dieron, tras un momentáneo aplauso, descrédito perpetuo.
Bien examinada la historia de la literatura española, la escuela culterana tuvo sus principios algun tiempo ántes de la aparicion de Góngora, y siendo este muy jóven todavía, el justamente afamado Herrera presentó, como observa M. Ticknor, algunos gérmenes del dañado gusto que mas tarde habia de ser tan extenso y poderoso. Góngora alcanzó la funesta honra, si honra puede llamarse aunque funesta, de hacer que esos gérmenes se desarrollasen y convirtiesen en el àrbol de hondas raices y tendidas ramas que tomó el nombre de gongorismo.
Llegó á tal preponderancia el mal, que hubo tiempo en que su cerrazon no dejó traslucir luz ninguna en las regiones de la poesía española. Sor Juana Ines de la Cruz floreció noventa años despues de Góngora, y habria sido maravilla no verla contaminada de los vicios dominantes que la rodearon desde el instante en que pisó los campos literarios.
Sinembargo, no fué del todo culterana, sino que participó de la secta conceptista y sutilmente artificiosa anterior á Góngora. El carácter de las locuras de este innovador se ve fielmente trasladado al Sueño que, imitándole, escribió nuestra monja. Cosa no extraña, por cierto, la autora daba preferencia al incomprensible Sueño, largo y asaz enojoso, sobre sus demas producciones, y el mismo aprecio mereció de los entendidos de su tiempo. Uno de estos dice elogiándole:
“Lo enfático á vuestro Sueño
Cedió Góngora, y corrido
Se ocultó en las Soledades,
De los que quieren seguirlo.”
En verdad, la discípula venció al maestro: nos parecen ménos oscuras las Soledades que el Sueño. Otro elogiador desea que tamaña maravilla tenga un hábil intérprete que la desenmarañe, y un tercer apasionado ensalza, por fin, las perífrasis, fantasías y sutilezas “con que hubo por fuerza de salir profundo (el Sueño,) y por consecuencia difícil de entender para los que pasan las honduras por oscuridad.”
Al saberse que Sor Juana Ines participò de los defectos y vicios de los cultos y conceptistas, fácil es juzgar cuál sea el carácter censurable de sus poesías; pero, ademas, se nota en muchas de ellas una fastidiosa erudicion histórica y mitológica, la aplicacion inoportuna de términos científicos y artísticos, falta de nobleza en varios asuntos, que no tienen otro objeto que dar años á los vireyes y grandes, derramando á manos llenas la adulacion; cansada monotonía en largos trozos; hasta prosaismo, flojedad, carencia de armonía en no pocos versos, y bastantes descuidos en el lenguaje, con ser, por lo general, puro y castizo en la fácil pluma de Sor Juana. No debemos pasar por alto en esta breve censura el mal gusto de introducir trozos burlescos en las piezas mas serias, y hasta puerilidades ridículas. En un villancico á San Pedro Apóstol hay unas coplas que comienzan con esta:
“Válgame el Sancta Sanctorum,
Porque mi temor corrija:
Válgame todo el Nebrija,
Con el Thesaurus verborum.
Este sí es gallo gallorum
Que ahora cantar oì,
Qui qui riquí.”
En otros villancicos dedicados á San Pedro Nolasco, se halla un diálogo que empieza:
“Hodie Nolascus divinus
In cœlis est collocatus.
Yo no tengo asco del vino,
Que ántes muero por tragarlo.”
Otras veces imita el dialecto de los negros esclavos, ó bien mezcla la lengua española con la mejicana, y en fin, profana á un tiempo su propio talento y el asunto mas digno de veneracion con despropósitos y miserias de la laya, increibles en una escritora como Sor Juana Ines, tan llena de prendas intelectuales y de claro juicio.
Quizás tantos y tan graves defectos hayan dado ocasion á juzgar que ha sido inmerecida la fama de nuestra monja; pero, con venia del lector, comenzaremos la defensa de ella aplicando al caso un verso del célebre Quintana, sin mas que el cambio de un nombre: todos esos mortales pecados literarios,
“Crímen fueron del tiempo, no de Juana.”
En todos los escritos de esta, hasta en algunos de los mas defectuosos, se trasluce un talento nada comun. Su corazon de mujer espiritual y de mundo al mismo tiempo, fué ardiente y apasionado, y desde su fondo brotaban centenares de versos llenos de aquel no se qué inexplicable que se comunica á otros corazones, y no pertenece ni á las calidades del ser material ni al vulgo de los poetas: es la poesía hija de una naturaleza superior, y que se manifiesta sin esfuerzo ninguno dominando al arte, no la poesía que necesita del arte para levantarse y dominar. Su pensamiento es profundo, y cuando se muestra desembarazado de los defectos de la forma, agrada generalmente y deja impresion duradera en el ánimo. Su imaginacion rica, flexible é inquieta, bien pudiera compararse con el céfiro, con el colibrí, con la abeja: vuela entre las flores, besándolas, halagándolas, esparciendo á veces sus pétalos por el suelo, y siempre hurtándoles el aroma y la miel. Sinembargo, se distingue con frecuencia cierta gravedad en el fondo de sus poesías, gravedad que proviene de su tendencia congénita á pasar de la superficie al centro de las cosas: del color de las rosas á la esencia; de la armonía á la causa que la produce; de las bellezas del cuerpo á las del espíritu; de las condiciones de la vida material á la filosofía moral. Sor Juana Ines comprendió muy bien que la poesía no era para el deleite pasajero de un sentido externo, sino para seducir y avasallar el alma á fuerza de estimular sus afectos, de hacerlos arder, de hacerlos hervir al sagrado fuego de las musas. Quien no consigue producir tales efectos, no es poeta; quien permanece frio al influjo del poeta, es un desdichado de alma de trapo.
La asombrosa facilidad de versificar llevó á Sor Juana á emplear gran número de metros, cual si á posta hubiese querido jugar con todas sus dificultades; mas de aquí, de esta confianza absoluta en su facultad métrica, vino el que muchas veces obrase con descuido ó negligencia.
El mérito mas bien fundado de la poetisa se halla en sus producciones líricas; y entre estas las mas lucidas son aquellas en que ha espresado afectos amorosos y tiernos, de donde ha nacido que la juzgásemos tocada del fuego de Eloisa, porque nos parece de todo punto imposible que, sin sentirla, se pinte bien una pasion. El amor no se finge, y si se finge nunca se le puede pintar como verdadero: al traves de todos los lineamentos y de todos los colores se descubre el esqueleto del engaño que no puede alucinar si no es á quien quiere alucinarse. Quizás algunas veces se poetise obligado por ajena voluntad, como asegura Sor Juana; pero si en la obra no entra el albedrio del escritor, sí entran por cierto su afecto y pensamiento, porque son los materiales de que por fuerza ha de valerse, so pena de producir una obra chavacana que le desconceptúe.
En todas, ó casi en todas las poesías del género de las que nos ocupan, ha esparcido Sor Juana Ines cierto tinte de dulce melancolía que sirve tambien de confirmacion á nuestras sospechas y juicios y de verdadera disculpa á su encierro en el claustro, en tan temprana edad y con manifiesta violencia de su carácter. Podríamos citar muchos versos en testimonio de nuestro aserto. Véase á lo ménos el soneto que comienza con este cuarteto:
“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
Como en tu rostro y tus acciones via
Que con palabras no te convencia,
Que el corazon me vieses deseaba.”
En todo él está pintada la pasion con pinceladas vivas y conmovedoras. Véase tambien el soneto tercero de la coleccion que va en seguida, en el que despues de una dulce y tierna queja, parece que la poetisa alcanza un instante de consuelo y prorrumpe estos bellos versos:
“No sé conqué destino prodigioso
Volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido mas dichoso?”
Pero sobre todo, el alma de la jóven está retratada con toda la fuerza del amor concentrado que la abrumaba, en el bellìsimo soneto cuarto, que comienza:
“¡Detente sombra de mi bien esquivo!”
¿Puede espresarse de la manera que lo hace Sor Juana en estos versos quien no se siente penetrado de una vivísima pasion? ¡Oh, no! Si así fuera, tendríamos que convenir con un absurdo, con que el arte que sabe concertar las palabras y producir la armonía, tiene tambien la virtud de arrancar del corazon afectos que no conoce. ¡Oh, no! repetimos; quien pretenda convencernos enséñenos los granos de oro extraidos de una mina de hulla.
Otras veces la poetisa, en aquel estado del alma enamorada en que la sacuden al mismo tiempo el deseo y el temor, la desconfianza y la indecision, pinta los afectos de la pasion con desenfado y melancólica gracia, como en las cuartetas que comienzan:
“Este amoroso tormento
Que en mi corazon se ve,
Sé que lo siento, y no sé
La causa por qué lo siento.
“Siento una grave agonìa
Por lograr un devaneo,
Que empieza como deseo
Y acaba en melancolía.”
En las endechas se siente el mismo calor, se percibe el mismo aroma, se oye la misma voz apasionada. En una de ellas dice:
“De tu rostro en el mio
Haz amorosa estampa,
Y mis mejillas frías
De ardiente llanto baña.”
...........
Recibe de mis labios
El que en mortales ansias
El exánime pecho
Ultimo aliento exhala!”
En los “Sentimientos de una ausencia” y la “Satisfaccion á unos celos,” se miran, prescindiendo de algunos de los defectos de que ya hemos hablado, abundantes oleadas de amor y sentimiento que conmueven y arrebatan. Rasgos como los siguientes hay varios en la primera de esas poesías:
“Si ves el cielo claro,
Tal es la sencillez del alma mia;
Y si, de azul avaro,
De tinieblas se emboza el claro dia,
Es con su oscuridad y su inclemencia
Imágen de mi vida en esta ausencia.
Mas ¿cuándo ¡ay gloria mia!
Mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el dia
Que pongas dulce fin á tanta pena?
¿Cuando veré tus ojos, dulce encanto,
Y de los mios secarás el llanto?
Esta composicion nos trae á la memoria la celebrada cancion de Mira de Améscua, que presenta tantos objetos de la naturaleza como símiles de las diversas faces de su triste suerte.
De igual mérito es la segunda de las piezas citadas. ¡Qué pasion, qué ternura tan inocente, qué vigor de espresion la de este par de estrofas!
“Si otros ojos he visto,
Mátenme, Fabio, tus airados ojos;
Si á otro cariño asisto,
Asìstanme implacables tus enojos;
Y si otro amor del tuyo me divierte,
Tú que me has dado vida, me des muerte.
Si á otro alegre he mirado,
Nunca alegre me mires ni me vea;
Si le hablé con agrado,
Eterno desagrado en tí posea;
Y si otro amor inquieta mi sentido,
Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.”
Lector, pon la mano sobre el corazon, y si no le sientes agitado despues de la lectura de esos versos, confiesa que le tienes de mármol.
En otras composiciones finge la poetisa el dolor de una mujer que ha perdido á su esposo, y da paso franco á un torrente de llanto y llamas que no puede contener en el propio corazon. Comienza con estos muy significativos y valientes versos.
“A estos peñascos rudos,
Mudos testigos del dolor que siento,
Que solo siendo mudos
Pudiera yo fiarles mi tormento,
...........
Quiero contar mis males, &.”
Espresa luego en medio de un dolor delirante que, para mitigarle con la memoria de algun mal, habria querido que el esposo hubiese sido ménos amable y ménos fiel. Exajeracion hay sin duda en el pensamiento, pero mucha verdad en el modo de espresarlo:
“¡Quién tan dichosa fuera
Que de un agravio indigno se quejara!”
¡Quién un desden llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara de ausencia ó de mudanza
Casi á perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
Viera á su dueño, y con dolor rabioso
Se arrancara á pedazos
Del pecho ardiente el corazon celoso!”
¡Qué versos todos! pero especialmente ¡qué versos los cuatro últimos! son brasas desprendidas de la hoguera del corazon. Espronceda nos habia sorprendido con su esclamacion en el “Canto á Teresa:”
“Huid, si no quereis que llegue un dia,
En que enredado en retorcidos lazos
El corazon, con bárbara porfía
Lucheis por arrancároslo en pedazos.”
...........
“Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazon pedazos hecho;”
pero los quilates de estos versos han rebajado bastante, á nuestro juicio, desde el punto en que hemos dado con los de la vehemente religiosa.
Basta para nuestro propósito lo que dejamos citado. Quien desee mas pruebas, lea las varias poesìas de carácter erótico en la compilacion que hemos formado de lo mas florido de las producciones de Sor Juana Ines. Solo falta que digamos, porque nos cumple decirlo, que en aquellas poesías tan apasionadas, tan fogosas, tan sájicas por el espíritu que las anima, no obstante que desdicen del estado religioso de su autora, no hay desenvoltura repugnante, no hay aquel sensualismo pagano que, por ejemplo, se ha censurado en la monja portuguesa, Violante de Ceo, coetánea de Sor Juana Ines. Si esta poetisó movida por un sentimiento puramente humano, nunca consintió que llegasen á su lira los dedos de la inmunda lascivia. Fué monja contra la naturaleza de su genio, y escribió para fuera del convento. Su espíritu se escurrió al mundo por entre las rejas del locutorio; mas el espíritu del mundo no la extravió ni manchó jamas. Sus virtudes de monja, aunque en todo caso virtudes, fueron adquiridas por fuerza; sus virtudes seculares, excelentes para la vida social y activa, fueron espontáneas; en estas tuvo el mérito de la docilidad para seguirlas y de la sinceridad de mostrarlas sin ofender la modestia; en aquellas tuvo el mérito del valor y del sacrificio, pues que tuvo que luchar consigo misma: las poseyó por derecho de conquista. De esta manera se esplica por qué su musa, mal avenida con la toca, prescindió con frecuencia de las virtudes ascéticas y respetó las sociales. Las primeras la obligaban á contradecir, á condenar sus afectos, y esto era imposible; las segundas podian santificar esos afectos quitándoles todo veneno corruptor, y á esa causa las dió preferencia.
No son ménos recomendables las demas poesías líricas de Sor Juana Ines, pues en todas ellas se ve patente su privilegiado ingenio y las dotes de su varonil al par que afectuoso corazon. Inclinada al tono cortesano, la gracia y el donaire le son naturales. La monotonía, la flojedad, el prosaismo, la vulgaridad que atras condenamos, son mucho ménos frecuentes en este género que en el dramático, y son asombrosos la habilidad y el garbo masculino y señoril con que se desembaraza de las mayores dificultades del arte y del pensamiento. Ha escrito buenos romances hasta en el frívolo género de la lisonja en los cumpleaños y otras felicitaciones; en algunos luce el sencillo y fácil lenguaje epistolar manejado con notable maestría. Su tino y delicadeza al espresarse en el seno de la amistad son admirables. Citemos como muestra el soneto en versos agudos que empieza:
“En mi vida, que siempre tuya fué,” y que está dedicado á la marquesa de Mancera. Los dos sonetos á la muerte del duque de Veráguas, por desgracia no de los mejores como artìsticos, en el fondo encierran imágenes bellas y muy delicadas ideas. El cuarteto con que comienza el primero nos parece muy bueno:
“Ves, caminante: en esta triste pira
La potencia de Jove está postrada;
Aquí Marte rindió su fuerte espada,
Aquí Apolo rompió su dulce lira.”
Los dos versos con que termina el segundo nos atrevemos á calificarlos de ricas perlas: despues de lamentarse la poetisa derigiéndose á un caminante (¡siempre ha de ser caminante el que lea un epitafio!), se consuela al considerar que vivirá la memoria del noble duque, pues
“En las piedras verás el Aquí yace,
Mas en los corazones, Aquí vive.”
Entre las cualidades que mas llaman la atencion al leer las obras de la musa mejicana, no debemos olvidar tampoco el gran conocimiento que muestra del corazon humano, y la tendencia que de aquì le viene á filosofar, indagando ya la naturaleza de las pasiones, ya sus consecuencias, ó bien examinando y pesando los sucesos de la vida con seso y pulso superiores á su sexo y al tiempo y tierra en que vivió. Como prueba de esta verdad, ahí están sus cuartetas “A los hombres,” en que con estilo severo y lógica percuciente les echa en cara su indigno porte con las mujeres, de cuyas faltas y vicios ellos son responsables ante Dios y la sociedad; ahí están igualmente varios de sus sonetos, como el que comienza:
“Fabio, en el ser de todos adoradas
Son todas las beldades codiciosas,”
el cual encierra una leccion maestra sobre la ambicion de las mujeres en lo tocante al amor. El soneto X,
“Miró Celia una rosa que en el prado &, es otro estudio muy acertado del corazon femenino. No son ménos notables los sonetos históricos “A Lucrecia,” “La esposa de Pompeyo” y “A Porcia.” El temple de alma de estas heroinas de la antigua Roma halló correspondencia en el alma de Sor Juana Ines, que á no haber tenido virtudes cristianas, no le habrían faltado las nobles prendas de aquellas mujeres.
Ahí están, por ùltimo como pruebas de nuestro sentir, unos cuantos trozos en los versos y en la prosa, que puede ir observando el atento lector.
En las poesías religiosas es inferior la monja, mas en ningun caso despreciable. Lo que mas se presta á la censura es el haber empleado en ellas un lenguaje profano, y á veces hasta chocarrero. Las mejores son las que produjo cuando, despues de haber vendido su librería y dado completamente de mano á las cosas del mundo, se entregó fervorosa á las prácticas devotas. Al principio de esta época debe referirse el bello romance que comienza con estas dos fàciles y sentidas cuartetas:
“Miéntras la gracia me excita
Por levantarme á la esfera,
Mas me abate á lo profundo
El peso de mis miserias.
“La virtud y la costumbre
En el corazon pelean,
Y el corazon agoniza
En tanto que lidian ellas.”
En este romance se ve ciertamente que el corazon de la sensible religiosa sirviò de palestra á la lucha de encontrados afectos, y, triunfe cualquiera de ellos, por demas seguro era que el corazon quedaría mal parado.
Un villancico ligero y gracioso al sueño de San José, da principio con un pensamiento semejante al de “La flor de Zurguen” de Meléndez Valdes:
“Quietos, airecillos,
No, no susurreis;
Mirad que descansa
Un rato José.
“No, no os movais,
Oh no, no voleis;
Quedito, pasito,
Que duerme José.”
En el género de poesìa que nos ocupa empleaba algunas veces nuestra monja el metro llamado lira, hoy en desuso, y que en composiciones de corto aliento no deja de ser agradable, porque entónces la repeticion cadenciosa de ciertas palabras no fastidia, como tampoco es fastidioso el compasado martilleo del mismo verso en la letrilla, tan usada por los poetas modernos.
Sor Juana, versada en el latin, no solo tradujo versos de esta lengua, sino que los hizo con soltura y donaire.
La poesía juguetona y burlesca ocupó tambien con frecuencia la lira de la célebre poetisa. Se chancea de las simplezas de un caballero español que la comparó con el ave Fénix, echa unas cuantas pullas á un poeta peruano[D] que le dedicó un romance, y burlándose con sorprendente facilidad de los consonantes forzados en varios sonetos, lanza agudas saetas ya contra Teresilla, ya contra los mismos que la tentaron con la dificultad que acepta y vence; saetas que, en puridad, habria sido mejor que no todas saliesen de su aljaba, porque hieren demasiado... En el “Retrato de una belleza,” imitacion de Jacinto Polo, segun la misma autora, hay algunos rasgos satíricos bastante felices; pero cansa y fatiga su demasiada extension.
Los epigramas son breves y agudos. Los mas recomendables son el primero y el tercero; mas de las ideas que encierran decimos lo que de aquellas saetas, pues no nos parecen dignas de una monja, ni siquiera propias de una dama de la delicadeza y pulcritud de corazon de Juana Ines. Tenemos, por lo mismo, que apreciarlos prescindiendo de la autora, de cuya pluma no quisiéramos ver destilar ni una sola gota de acíbar.
De las comedias, “Amor es mas laberinto,” que pertenece al género heróico, es un embrollo inverosímil y pesado, que no tiene otra cosa recomendable si no es, por lo general, su bella y delicada versificacion. El segundo acto es obra de don Juan de Guevara, y colocado entre el primero y tercero de Sor Juana Ines, hace el efecto de una piedra pómez entre dos trozos de mármol. El lirismo que predomina en todas las poesías de la monja, se estiende á sus composiciones dramáticas, y es quizá mas notable en la comedia que nos ocupa.
La segunda intitulada “Los empeños de una casa,” y que pertenece á las de capa y espada, vale mucho mas, aunque el artificio de la trama la hace tambien en muchas partes inverosìmil de puro enredado, defecto muy frecuente, á nuestro ver, hasta en varias de las mejores piezas dramáticas españolas de aquel siglo y del siguiente. El exceso de ingenio perjudicaba á sus autores, como perjudica á los árboles la exuberancia de savia.
Es de notar que en la pintura de doña Leonor hecha en la primera jornada de esta pieza, se descubre el intento de la autora de hacer su propio retrato.
En ambas comedias observamos que la poetisa gusta de escenas en la noche y á media luz para facilitar los toques cómicos ó dramáticos, ó el desenlace de algun punto muy complicado; en ambas asimismo hay doncellas y graciosos de tipo muy español, que sirven de confidentes y pajes á los principales protagonistas. En fin, por defectuosas que sean, no se puede desconocer en ellas la escuela á que pertenecen y la hábil mano que las ha trazado.
En punto á caracteres, aunque Sor Juana Ines los ha sostenido bien, no ha pintado ninguno que se distinga por la originalidad; y son, ademas, escasos de vivacidad y movimiento en las pasiones, y bastante pálidos é insustanciales.
Con todo, “Los empeños de una casa” se lee con mucho agrado, á beneficio de la flexibilidad y gracia del estilo, y de la soltura y armonía del verso.
El argumento, desembarazado de sus numerosos incidentes y reducido á su plan fundamental, queda así: don Pedro y don Cárlos son á un tiempo amantes de doña Leonor, quien corresponde al segundo. Doña Ana, hermana del primero, es amada de don Juan; mas se prenda ciegamente de don Cárlos. Este ha robado á Leonor y fuga con ella; pero don Pedro lo ha sabido con anticipacion, y merced á las arterías que emplea, son sorprendidos en la calle por dos embozados. Se cruzan los aceros, don Cárlos hiere á uno de ellos; los amantes son presos por la supuesta justicia, y doña Leonor es entrada y puesta en depósito en casa de don Pedro, como este lo habia dispuesto. Pero, sin saberlo ella, don Cárlos, que ha logrado fugar, cae tambien en la misma casa. Ambos hermanos aprovechan la coyuntura, y don Pedro requiere á doña Leonor, y doña Ana á don Cárlos, aunque esta con disimulo y maña, procurando al mismo tiempo, por medio de la astuta Celia, su doncella, romper los amores de él con Leonor, quien sencillamente le instruyó de ellos. Despues de un intrincado laberinto de hechos, por obra de las tramas de doña Ana y Celia, y de los recíprocos celos de todos los amantes, incluso don Juan que ya sospecha de aquella, fugan por la noche doña Leonor y don Cárlos, ambos engañados, pues él cree que ella es doña Ana y la otra que él es don Juan. Como don Cárlos diera este paso por salvar de un lance de honor á la hermana de don Pedro, juzga prudente llevarla á casa de don Rodrigo, padre de Leonor, que la supone robada por don Pedro. Entretanto Ana, que no pudo huir, quiere salvar á don Cárlos, y equivocadamente pone á don Juan en un escondite, miéntras don Pedro galantea y requiebra al paje Castaño, que para facilitar su evasion se disfrazó con los vestido de doña Leonor. Don Rodrigo, viejo prudente, quiere salvar la honra de su hija casándola con don Pedro, y la honra de doña Ana, á quien piensa que tiene en su casa, enlazándola con don Cárlos. Vase, pues, á hacer sus arreglos con don Pedro, que, por supuesto, acepta al instante la proposicion del anciano para él y para su hermana. Esta, que todo lo ha estado oyendo, se presenta de sobresalto y gozosa, sorprendiendo mucho á don Rodrigo, y hace salir del escondite al supuesto don Cárlos; y don Cárlos, que todo lo ha visto tambien, observa lleno de confusion que Ana está presente y que luego asoma por ahí su amada. Lánzase airado en medio de todos para sacarla, y da con su paje disfrazado. Auméntase el asombro, pues todos van conociéndose; don Pedro se enfurece contra Castaño, doña Ana se ve corrida, mohino don Juan, y doña Leonor que aparece á tiempo para que todo se desenrede, confiesa su pasion por don Cárlos, con quien al fin don Rodrigo consiente en casarla. Ana se conforma con sus antiguos amores y acepta á don Juan, y don Pedro se queda con sus galanterías mal empleadas en Castaño, el que se burla del pobre caballero y termina por echar unos piropos á Celia.
Tal es el argumento, ingenioso sin duda, que la autora ha ido desenvolviendo y manejando por medio de unos cuantos resortes que le sugeria su fecunda imaginacion. Hay diálogos animados, y Castaño no deja de tener sal en algunos pasages.
En los autos se ha sujetado nuestra monja con fidelidad á las reglas del género, y los ha escrito como Calderon y Lope de Vega; pero en estos dramas que han caido en total desuso, y en los cuales la fe ayudaba poderosamante á la imaginacion, se presentan mas de bulto los defectos en que solía incurrir Sor Juana Ines, y de los cuales hemos tratado ya, sin que por esto neguemos las bellezas que tan raro ingenio ha esparcido en dichas producciones. Se cita como el mejor el auto intitulado El Divino Narciso; mas creemos que al lado de este esfuerzo de la inventiva de Sor Juana, en que la alegoría es á veces un enigma, pudiera colocarse, quizas con ventaja, el San Hermenegildo mártir.
VI
El verso es para el corazon y la prosa para la cabeza; aquel es el sentimiento, esta la lógica.
No queremos decir que no se puedan espresar los mas vivos afectos tambien en prosa, ni que el metro anda reñido con la gravedad del raciocinio; nada de eso, pues no hacemos sino indicar el mejor y mas natural empleo relativo de cada una de esas formas.
Sor Juana Ines de la Cruz, como hemos visto, empleó el verso cuando quiso mostrarse poetisa, esto es, cuando quiso hablar con el corazon, dando salida á los afectos que en él hervian. Pero al proponerse escribir con los materiales acumulados en su privilegiada cabeza, manejó la prosa como debia y podia, con desenfado y galanura.
Las frecuentes citas en latin y la pesada forma silogística, así como tambien algunas sutilezas y rebuscadas frases, son los defectos de cuenta que Sor Juana Ines no ha podido evitar en esta clase de escritos. Era bien difícil que hubiera alcanzado á sacudirse del escolasticismo y gusto de la época, y es mucho verla desempeñarse de la manera que lo hace, á fuerza de talento y de saber, de profunda penetracion y delicado sentimiento. La naturaleza se sobrepuso á la escuela, y la lucidez de la inteligencia á las sombras del estragado gusto á la moda. La lengua, salvo tal cual defecto proveniente del mismo descarrío ó amaneramiento de la forma, y del melindre en labrar y redondear las mas sencillas ideas, muestra en el fondo pureza y casticismo dignos de alabanza. Si las producciones de la madre Juana pecan tal cual vez por la innecesaria espresion de muchos conceptos, juzgamos que, por otra parte, no pueden ser tachados de inútil fraseología, defecto capitalísimo en el dia, hasta en algunos de los que han alcanzado fama de grandes escritores en Europa y América.
El escrito en prosa en que nuestra monja quiso hacer mayor alarde de las premisas y consecuencias peripatéticas, y en el que, por lo mismo, es bastante cansada, es la “Crísis sobre un sermon;” pero, en cambio, en él resaltan como en ningun otro la fuerza viril de su inteligencia, su razon despejada y los profundos conocimientos escriturarios que llegó á poseer. El predicador, que fué el afamado padre Vieira, portugues, se empeñó en lucir su pedantesco saber y dió márgen á que la monja le despedazase bajo los golpes de una censura lógica y bien dirigida. El tema del sermon fué proponer la opinion de los santos Agustin, Tomas y Juan Crisóstomo acerca de las finezas de Cristo para con los hombres, y contradecirla luego probando que mayor fineza fué ausentarse que morir. La simple enunciacion de semejante aserto hace comprender cuales serian las sutilezas y falsedad de la dialéctica del buen orador.
La sabia religiosa, gastando excesiva urbanidad con él, analiza y escudriña su obra, defiende á los santos, y con argumentos que los escritos de estos mismos y las Santas Escrituras la proporcionan, sostiene la tésis contraria, motejando de paso y con sagaz disimulo la vanidad del predicador que llegó á decir no hallaba quien pudiese contradecirle.
Pongamos como muestra del estilo y manera de raciocinar de la monja el siguiente trozo:
“Pero porque me propuse probar que no es la ausencia mayor dolor que la muerte, y, por consiguiente, ni mayor fineza, sino al contrario, será preciso responder á la prueba de la Magdalena, y así digo: Que de llorar la Magdalena en el sepulcro y no llorar al pié de la cruz, no se infiere sea mayor dolor el de la ausencia que el de la muerte; ántes lo contrario. Pruébolo:
“Cuando se recibe algun grande pesar, acuden todos los espíritus vitales á socorrer la agonía del corazon que desfallece. Y esta retraccion de espíritus ocasiona general embargo y suspension de todas las acciones y movimientos, hasta que moderándose el dolor, cobra el corazon alientos para su desahogo, y exhala por el llanto aquellos mismos espíritus que le bruman por confortarle, en señal de que ya no necesita de tanto fomento como al principio. De donde se prueba por razon natural: Que es menos el dolor cuando da lugar al llanto, que cuando no permite que se exhalen los espíritus, porque los necesita para su aliento y confortacion. Pruébase con que este mismo efecto suele ocasionar un gozo: luego no son indicio de muy grave dolor las lágrimas, pues son un signo tan comun, que indiferentemente sirve al pesar y al gusto.”
Esta crítica fué ocasion de que Sor Filotea de la Cruz, religiosa de cuenta por su alcurnia, virtudes é inteligencia, dirigiese á la autora la carta que ántes hemos citado, no despreciable por la manera con que está escrita.[E] En ella elogia la obra de Sor Juana, que mandó imprimir con el título “Carta atenagórica,” y despues de apreciar y aplaudir la aficion de las mujeres á las letras, y especialmente en Sor Juana Ines el cultivo de la poesía, la aconseja que sinembargo modere su amor á las ciencias profanas y emplee en las divinas la mayor parte del tiempo.
A Sor Filotea respondió extensamente la poetisa. La naturaleza de este escrito no permitió el movimiento y tono escolásticos. Tiene algunos rasgos calcados sobre el gusto dominante, como tal cual meloso concepto, unas pocas sutilezas y muchas citas en latin, que si bien prueban clásica erudicion, no por eso dejan de ser fastidiosas. En cambio el español está manejado con pulcritud y gallardía, el estilo, si bien no siempre epistolar, es natural y fluido, la erudicion es oportuna y la riqueza y flexibilidad de imaginacion siempre de encumbrada poetisa. La lectura de esta carta es, pues, muy agradable; sus buenas cualidades hacen olvidar sus cortos defectos. Principia agradeciendo á Sor Filotea en palabras casi humildes el haber hecho publicar la “Crísis sobre un sermon;” pasa á darle algunas noticias sobre su propia vida y estudios, y termina defendiéndose de las acusaciones que se le habian hecho á causa de su amor y consagracion á ellos.
El “Neptuno alegórico,” descripcion en verso y prosa de un arco de triunfo erigido en Méjico en honra del conde de Parédes, virey de Nueva España, es lo que ménos vale de lo escrito por Sor Juana Ines. Pero su prosa mística tiene grande mérito, porque ademas de las buenas partes que hemos notado en las piezas que acabamos de examinar, sus oraciones y meditaciones están adornadas de tal sencillez y blandura de afectos, de tal uncion devota y espíritu de profunda verdad, que ojalá estuviesen escritos por ese tenor los centenares de libros de esta clase que andan hoy en manos de la gente piadosa hasta en nuestras mas cortas y pobres aldeas. Los “Ejercicios devotos” para la novena de la Encarnacion son lo mejor que en este género de escritos ha dejado Sor Juana Ines.
ADVERTENCIAS.
1ª. Al verificar la seleccion de las obras de Sor Juana Ines de la Cruz, he creido conveniente cambiar ó simplificar los títulos ampulosos y enfáticos de muchas poesías, pues no habia para qué conservar un defecto que era propio del tiempo de la autora, y cuya correccion en nada altera lo sustancial de sus producciones.
2ª. He corregido la ortografía, cuyos vicios maleaban el sentido de mas de un pasage.
3ª. He hecho unas pocas y breves alteraciones en los lugares en que no cabe duda que las faltas ó errores provienen de la imprenta; libertad que me he tomado con tanta mas razon, cuanto las ediciones de los tres tomos que he consultado, son viciadas por demas, y ninguno tiene fe de erratas.
4ª. De varias piezas no he tomado sino fragmentos; pero lo he verificado de manera que, en lo posible, tengan ilacion y sentido cabal; esto es, que para ser entendidos no les haga falta la parte suprimida.
En ninguno de los cuatro casos se hallará ni el mas ligero cambio ú omision que pueda desfigurar, en el fondo ó en la forma, las producciones de la insigne religiosa que hoy vuelven á salir á luz; al contrario, ademas de fielmente copiadas van exentas de la mala compañía de otras que las oscurecian, y puestas en el órden conveniente.
OBRAS SELECTAS
DE
LA MONJA DE MEJICO.
ROMANCES.
I.
A los condes de Paredes, vireyes de Méjico, con motivo de haber concurrido á una fiesta en el monasterio de San Gerónimo.[F]
Hoy que las luces divinas
De uno y otro luminar
Se avecinan á la tierra
Sin ocultarse en el mar:
Hoy que se muestran benignos,
Depuesto el tono real,
Jove sin vibrar el rayo,
Juno sin la majestad:
Hoy que Vénus de sus cisnes
Desunce el carro triunfal,
Y por América olvida
De Chipre la amenidad:
Hoy que gloriosa Belona
Tremola señas de paz,
Y por el ramo de oliva
Depone el asta fatal:
Hoy que Apolo ardiente deja
El monte de fatigar,
Y dejadas las saetas
Usa la lira no mas:
Hoy que pacífico Marte
Deja el estruendo marcial,
Y en tranquila paz conmuta
El estrépito campal:
Hoy que Alcídes apacible
En dulce tranquilidad
Y con mejor Yole cambia
Lo fuerte por lo galan:
Hoy, en fin, que en esta casa
Humanada la deidad,
Cuanto está mas disfrazada,
Tanto está mas celestial,
Su dueño, que en reverentes
Obsequios quiere mostrar
Que solo paga en deseos
Lo que no puede pagar,
No intenta pedir perdones,
Aunque ve su cortedad,
Pues sabe que en los favores
El primero es perdonar;
Y pedir lo que se ha dado
Fuera querer estrechar
De una peticion al voto
Tanta liberalidad;
Pues sabe que las deidades
No tienen necesidad,
Como obran independientes,
De méritos para obrar;
Porque ántes en el indigno
Hace la grandeza mas:
Que es la estrechez del mendigo
Lisonja del liberal;
Que á no haber necesitados
No hallara objeto capaz,
Y era frustránea potencia
A faltar necesidad.
El bien es comunicable,
Y si llegara á faltar
Con quien, siempre fuera bien,
Mas no fuera utilidad.
Y así gustoso en su esfera,
Otra no quiere envidiar,
Pues merece que tres soles
Le lleguen á iluminar;
Y remitiendo al silencio
Lo que no puede esplicar,
A sí mismo de sus dichas
Los parabienes se da.
II
Dando el parabien á un doctorado.
Gallardo jóven ilustre,
Que en bien logrados abriles
De sazon temprana ofreces
Frutos que el Otoño envidie.
Tú que en gloriosa palestra
De las literarias lides,
Al alto honor de las ciencias
Nuevo añades sacro timbre;
Cuyo nombre será siempre,
En inscripciones plausibles,
Fatiga honrosa á los bronces,
Dulce afan á los buriles;
Hoy que doctoral insignia
Tu dichosa frente ciñe,
Y que de la amarga siembra
Gustosos frutos percibes,
Goza el laurel, goza el premio
Que tu fama te apercibe,
Puro blason que te adorne,
Cándido honor que te anime;
Gózale honroso, aun que corto
Desigualmente compite
El que tus sienes halaga
Al que tus méritos piden;
Gózale, excepcion del tiempo,
Y porque el mundo te admire,
Vive tanto como sabes,
Goza tanto como vives.
III
A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola haber hallado en ella el fénix.
Válgate Apolo por hombre
[No acabo de santiguarme
Mas que vieja cuando Jove
Dispara sus triquitraques]
De tan paradoja idea,
De tan remoto dictámen;
Sin duda que este el autor
Es de los estravagantes.
Buscando dice que viene
Aquel pájaro que nadie,
Por mas que lo alaben todos,
Ha sabido á lo que sabe;
Para quien las cetrerias
Se inventaron tan en balde,
Que es un gallina el alcon
Y una mandria el gerifalte,
El azor un avechuelo,
Una marimanta el sacre,
Un cobarde el tagarote
Y un menguado el gavilane;
A quien no se le da un bledo
De que se prevenga el guante,
Pihuelas y capirote,
Con todos los demas trastes,
Que bien mirados son unos
Trampantojos borëales,
Que inventó la golosina
Para alborotar el aire;
De cuyo antojo quedaron,
Por mucho que lo buscasen,
Sardanápalo en ayunas,
Heliogábalo con hambre.
De él el pobre caballero
Dice que viene al alcance,
Revolviendo las provincias
Y trasegando los mares;
Que para hallarlo, de Plinio
Un itinerario trae,
Y un mandamiento de Apolo
Con las señas de rara avis.
¿No echas de ver, peregrino,
Que el fénix sin semejante
Es de Plinio la mentira
Que de sí misma renace?
En fin, hasta aquí es nonada;
Mas nunca falta quien cante
Daca el fénix, toma el fénix,
En cada esquina de calle.
Es lo mejor que es á mí
A quien quiere encenizarme,
O enfenixarme, supuesto
Que allá uno y otro se sale.
Dice que yo soy la fénix
Que, burlando las edades,
Ya se vive, ya se muere
Ya se entierra, ya se nace;
La que hace de cuna y tumba
Diptongo tan admirable,
Que le mece de nacida
La que le guardó cadáver;
La que en fragantes incendios
De las gomas mas suaves,
Es parecer consumirse
Volver á vivificarse;
La mayorazga del sol,
Que, cuando su pompa esparce,
Le engasta Ceilan el pico,
Le enriza Ofir el plumage;
La que mira con záfiros,
La que vuela con diamantes,
La que pica con rubíes
Y respira suavidades;
La que Atrópos y Laquésis
Es de su vital estambre;
Pues es la que corta el hilo
Y la que vuelve á enhebrarle.
Que yo soy, jurado Apolo,
La que vive de portante,
Y en la vida como en venta,
Ya se mete, ya se sale.
Que es Arabia la feliz
Donde sucedió á mi madre
Mala noche y parir hembra,
Segun dicen los refranes.
(Refranes, dije, y es que
Me lo rogó el consonante,
Y porque hay regla que dice;
Pro singulare plurale)
En fin, donde se pasó
La rota de Roncesválles;
Aunque quien nació de nones
no debiera tener pares.
Que yo soy la que andar suele
En símiles elegantes,
Abultando los renglones
Y engalanando romances.
El lo dice, y de manera
Eficaz lo persüade
Que casi estoy por crerlo,
Y de afirmarlo por casi.
¡Qué fuera, que fuera yo
Y no lo supiera ántes!
Pues ¿quién duda que es el fénix
El que ménos de sí sabe?
Por Dios, yo lo quiero ser,
Pésele á quien le pesare;
Pues de que me queme yo
No hay razon que otro se abrase.
Yo no pensaba en tal cosa;
Mas si él gusta graduarme
De fénix, ¿he de echar yo
Aqueste honor á la calle?
¿Qué mucho que yo lo admita?
Pues nadie puede espantarse
De que haya quien se enfenice,
Cuando hay quien se ensalamandre,
Y de esto segundo vemos
Cada dia los amantes,
Al incendio de unos ojos
Consumirse sin quemarse;
Pues luego no será mucho,
Ni cosa para culparme,
Si hay solamandras barbadas
Que haya fénix que no barbe,
Quizá por esto nací
Donde los rayos solares
Me mirasen de hito en hito,
No vizcos, como á otras partes.
Lo que mas gusto me ha dado
Es ver que de aquí adelante
Tengo solamente yo
De ser todo mi linage.
¿Hay cosa como saber
Que no dependo de nadie,
Que he de vivirme y morirme
Cuando á mí se me antojare?
¿Que no soy término ya
De relaciones vulgares,
Ni ha de cansarme el pariente
Ni molestarme el compadre?
¿Que yo soy toda mi especie,
Y que á nadie he de inclinarme,
Pues cualquiera debe solo
Amar á su semejante?
¿Que al médico no he de ver
Hacer juicio de mi achaque,
Pagándole el que me cure
Tanto como el que me mate?
¿Que mi tintero es la hoguera
Donde tengo de quemarme,
Supliendo los algodones
Por aromas orientales?
¿Que las plumas con que escribo
Son las que al viento se baten,
No ménos para vivirme
Que para resucitarme?
¿Que no he de hacer testamento,
Ni cansarme en item mases,
Ni inventario, pues yo misma
He de volver á heredarme?
Gracias á Dios que ya no
He de moler chocolate,
Ni me ha de moler á mí
Quien viniere á visitarme.
Ya con estas buenas nuevas
De hoy mas tengo de estimarme,
Y de etiquetas de fénix
No he de perder un instante.
Ni tengo ya de sufrir
Que en mí los poetas hablen,
Ni ha de verme de sus ojos
El que no me lo pagare.
¿Cómo? Eso se querrian
Tener el fénix de balde:
¿Para qué tengo yo pico
Si no es para despicarme?
¡Qué dieran los saltimbancos
Para poder agarrarme,
Y llevarme como monstruo
Por esos andurrïales
De Italia y Francia, que son
Amigas de novedades!
Y ¡qué pagaran por ver
La cabeza del gigante,
Diciendo: “Quien ver el fénix
Quisiere, dos cuartos pague,
Que lo muestra maese Pedro
En la posada de Jáques!”
Aqueso no, no vereis
En este fénix, vergantes,
Que por eso está encerrado
Debajo de treinta llaves.
Y supuesto, caballero,
Que á costa de mil afanes
En la Invencion de la Cruz
Vos la del fénix hallásteis.
Por modo de privilegio
De inventor, quiero que nadie
Pueda, sin vuestra licencia,
A otra cosa compararme.
IV
A la condesa de Paredes, escusándose de enviarla un cuaderno de música.
Despues de estimar mi amor,
Excelsa, bella María,
El que en la divina vuestra
Conserveis memorias mias;
Despues de haber admirado
Que en vuestra soberanía,
No borrada de mi amor
Se mantenga la noticia;
Paso á daros la razon
Que á no obedecer me obliga
Vuestro precepto, si es que hay
Para esto disculpa digna.
De la música un cuaderno
Pedis, y es cosa precisa
Que me haga á mí disonancia
Que me pidais armonías.
¿A mí, señora, conciertos,
Cuando yo en toda mi vida
No he hecho cosa que pudiera
Sonarme bien á mí misma?
¿Yo arte de composiciones,
Reglas, caracteres, cifras,
Proporciones, cantidades,
Intervalos, puntos, líneas?
Quebrándome la cabeza
Sobre cómo son las sismas,
Si son cabales las comas,
En qué el tono se divisa;
Si el semitono incantable
En número impar estriba,
A Pitágoras sobre esto
Revolviendo las cenizas;
Si el diatesaron ser debe
Por consonancia tenida,
Citando una estravagante
En que el papa Juan lo afirma;
Si el temple de un instrumento
Al hacerlo necesita
De hacer participacion
De una coma que hay perdida;
Si el punto de alteracion
A la segunda se inclina,
Mas porque ayude á la letra,
Que porque á las notas sirva;
Si el modo mayor perfecto
En la máxima consista,
Y si el menor toca al longo,
Cual es altera, cual tripla;
Si la imperfeccion que causa
A una nota otra mas chica,
Es total, ó si es parcial,
Esencial ó advenediza;
Si la voz que, como vemos,
Es cantidad sucesiva,
Valga solo aquel respeto
Con que una voz de otra dista;
Si el diapason y el diapente
En ser perfectos consista
En que ni ménos ni mas
Su composicion admita;
Si la tinta es á las notas
Quien todo el valor les quita,
Siendo así que muchas hay
Que les da valor la tinta;
Lo que el armónico medio
De sus dos estremos dista,
Y del geométrico en que,
Y aritmético, distinga;
Si á dos mesuras es toda
La música reducida,
La una que mida la voz,
Y la otra que el tiempo mida;
Si la que toca á la voz
O ya intensa, ó ya remisa
Subiendo, ó bajando, el canto
Llano solo la ejercita;
Mas la exterior que le toca
Al tiempo en que es preferida,
Mide el compas y á las notas
Varios valores asigna;
Si la proporcion que hay
Del ut al re, no es la misma
Que del re al mi, ni el fa, sol
Lo mismo que el sol, la dista;
Que aunque es cantidad tan tenue,
Que apénas es percibida,
Sexquioctava, ó sexquinona,
Son proporciones distintas;
Si la enarmónica ser
A práctica reducida
Puede, ó si se queda en ser
Cognicion intelectiva;
Si lo cromático el nombre
De los colores reciba
De las teclas, ó lo vario
De las voces añadidas;
Y en fin, andar recogiendo
Las inmensas baratijas
De calderones, guiones,
Chaves, reglas, puntos, cifras,
Pide otra capacidad
Mucho mayor que la mía,
Que aspire en las catedrales
A gobernar las capillas.
Y mas si es porque en él la
Bella doña Petronila
A la música en su voz
Nueva añada melodía.
¡Enseñar música á un ángel!
¿Quién habrá que no se ria
De que la rudeza humana
Las inteligencias rija?
Mas si he de hablar la verdad,
Es lo que yo algunos dias,
Por divertir mis tristezas,
Dí en tener esa manía;
Y empecé á hacer un tratado
Para ver si reducia
A mayor facilidad
Las reglas que andan escritas.
En èl, si mal no me acuerdo,
Me parece que decia,
Que es una línea espiral,
No un círculo, la armonía;
Y por razon de su forma
Revuelta sobre sí misma
La intitulé Caracol,
Porque esa revuelta hacia;
Pero este está tan informe,
Que no solo es cosa indigna
De vuestras manos, mas juzgo
Que aun le desechan las mias.
Por esto no os le remito;
Mas como el Cielo permita
A mi salud mas alientos,
Y algun espacio á mi vida,
Yo procuraré enmendarle,
Porque teniendo la dicha
De ponerle á vuestros pies,
Me cause gloriosa envidia.
De don Pedro y don Martin
No podreis culpar de omisas
Las diligencias, que juzgo
Que aun excedieron de activas.
Y mandadme, que no siempre
Ha de ser tal mi desdicha,
Que queriendo obedeceros,
Con querer, no lo consiga.
Y al gran marques, mi señor,
Le direis de parte mia,
Que aun en tan muertas distancias
Conservo memorias vivas;
Que no olvido de su mano
Las mercedes recibidas;
Pues no son ingratos todos
Los que, al parecer, se olvidan;
Que si no se lo repito,
Es por la razon ya dicha,
De escusar que lo molesta
Ostente lo agradecida;
Que no le escribo, porque
Siendo alhaja tan baldía
La de mis letras, no intento
Que de embarazo le sirva;
Y que ya que mi desgracia
De estar á sus pies me priva,
Le serviré en pedir solo
A Dios la vuestra y su vida.
V
A la condesa de Galve, en su cumpleaños.
Si el dia en que tú naciste,
Bellísima excelsa Elvira,
Es ventura para todos,
¿Porqué no lo será mia?
¿Nací yo acaso en las yerbas
O criéme en las ortigas?
¿Fué mi ascendiente algun risco
O mi cuna alguna sima?
¿No soy yo gente? ¿No es forma
Racional la que me anima?
¿No desciendo, como todos,
De Adan por muy recta línea?
¿No hay sindéresis en mí
Con que lo mejor elija,
Y ya que bien no lo entienda,
Por lo ménos lo perciba?
Pues ¿porqué no he de ir á verte,
Cuando todos te visitan?
¿Soy ave nocturna para
No poder andar de dia?
Si porque estoy encerrada
Me tienes por impedida,
Para esos impedimentos
Tiene el afecto sus limas.
Para el alma no hay encierro
Ni prisiones que la impidan,
Pues que solo la aprisionan
Las que se forja ella misma.
Sutíl y ágil el deseo,
No hay, cuando sus plumas gira,
Solidez que no penetre
Ni distancia que no mida.
Contento con mi carencia,
Mi respeto sacrifica
Por el culto que te doy
El gusto que se me quita.
Entre el gusto y el decoro
Quiere la razon que elija
Lo que es adoracion tuya,
Antes que la fruicion mia.
Yo me alegro de no verte,
Porque fuera grosería
Que te cueste una indecencia
El que yo logre una dicha.
...........
Allá voy á verte; pero
Perdóname la mentira,
Que mal puede ir á un lugar
El que siempre en él habita.
Yo siempre de tu asistencia
Soy la mental estantigua,
Que te asisto, y no me sientes,
Que te sirvo y no me miras.
Yo envidiosa de la esfera
Dichosa que tu iluminas,
Formo con mis pensamientos
Las alfombras que tu pisas;
Y aunque invisible, allí el alma
Te venera tan rendida,
Que apénas logra el deseo
Desperdicios de tu fimbria.
Mas cierto que del asunto
Estoy mas de cuatro millas,
Que leguas dijera, á no
Ser el asonante en ía;
Revístome de dar años,
Que aunque tan no apetecida
Dádiva en las damas, es
De la que tu necesitas;
Pero es tan breve el espacio
De tu juventud florida,
Que á otras se les darán años,
Mas á tí se te dan dias.
Yo te los doy, y no pienses
Que voy desapercibida
De las alhajas que observa
Hoy la etiqueta precisas;
Pues si de los años es
Una cadena la insignia,
Tengo la de ser tu esclava;
Mira si hay otra mas rica.
Por joyel un corazon,
Que en vez de diamantes brilla
El fondo de mi fineza,
El resplandor de mi dicha.
Góceslos como deseo,
Como mereces los vivas,
Que en lo que quiero y mereces
Dos infinitos se cifran.
No quiero cansarte mas,
Porque de que estés es dia
Hermosa á mas no poder,
Y de adrede desabrida.
VI
A la misma condesa.
Sobre si era atrevimiento,
Bella Elvira, responderte,
Y sobré si tambien era
Cobardía el no atreverme,
He pasado pensativa
Sobre un libro y un bufete,
Porque vayan otros sobres
Sobre el amor que me debes,
No sé yo qué tantos dias;
Porque como tu en tí tienes
Reloj de sol, no hay quien mida
Lo que vive ó lo que muere.
Y si no lo has por enojo,
Despues que estaba el caletre
Cansado asaz de pensar
Y de revolver papeles,
Resuelta á escribirte ya
En todos los aranceles
De jardines y de luces,
De estrellas y de claveles,
No hallé en luces ni en colores
Comparacion conveniente,
Que con mas de quince palmos
A tu hermosura viniese;
Con ser que no perdoné
Trasto que no revolviese
En la tienda de Timántes
Ni en el obrador de Apéles.
Pues á los poetas ¡cuánto
Les revolví los afeites
Con que hacen que una hermosura
Dure, aunque al tiempo le pese!
En Petrarca hallé una copia
De una Laura ó de una duende,
Pues dicen que ser no tuvo
Mas del que en sus versos tiene.
Cubierta como de polvo,
Del griego una copia breve
Hallé de Helena, de Homero
Olvidada en un retrete.
Pues de Virgilio el coturno
No dejó de entrenerse
Con Elisa en el quam Lae
Ti te genuare parentes.
A Proserpina en Claudiano
Ni aun me diò gana de verle
La su condenada faz
Llena de hollines y peces.
De Lucrecia la romana,
Aquella beldad valiente,
Persuadiendo honor estaba
A las matronas de allende.
Florinda vana decia
A los moros alquiceles:
“Tanto como España valgo,
Pues toda por mí se pierden.”
Lavinia estaba callada,
Dejando que allá se diesen
Turno y el páter Enéas,
Y despues, ¡viva quien vence!
En Josefo Marïamne,
Al ver que sin culpa muere,
Dijo: “Si me mata Heródes,
Claro es que muero inocente.”
Angélica en Arïosto
Andaba de hueste en hueste
Alterando paladines
Y descoronando reyes.
En Ovidio, como es
Poeta de las mujeres,
Hallé que al fin los pintores
Eran como los quereses;
Y hallé á escoger como en peras
Unas bellezas de á veinte,
A lo de qué quereis, pluma,
Que están diciendo, comedme;
En los prados mas que flores,
En el campo mas que nieve,
En las plantas mas que frutos,
En las aguas mas que peces.
A la rubia Galatea
Junto á la cándida Tétis,
A la florida Pomona,
Y á la chamuscada Céres;
A la gentil Aretusa,
Y á la música Canente
A la encantadora Circe
Y á la desdichada Héles;
A la adorada Corónis,
A la infelice Semele,
A la agraciada Calixto
Y á la jagtante Climene;
Y otra gran tropa de ninfas
Acuátiles y silvestres,
Sin las mondongas que á cuestas
Guardaban los adherentes;
A la desdeñosa Dafne,
A la infausta Nictimene,
A la lijera Atalanta,
Y á la celebrada Asterie;
Y en fin la casa del Mundo
Que tantas pinturas tiene
De bellezas vividoras
Que están sin envejecerse,
Cuya dura fama el tiempo,
Que todas las cosas muerde
Con los bocados de siglos,
No les puede entrar el diente,
Revolví, como ya digo,
Sin que entre todas pudiese
Hallar una que siquiera
En el vestido os semeje.
Con que de comparaciones
Desesperada mi mente
Al viste y al así como
Hizo ahorcar en dos cordeles;
Y sin tratar de pintarte,
Sino solo de quererte,
Porque esta aunque culpa, es culpa
Muy fácil de cometerse;
Y esotro imposible, y culpa,
Y mas que culpa, se temen
De Icaro los precipicios
Y de Faeton los vaivenes.
Mira ¡que vulgar ejemplo!
Que hasta los niños de leche
Faetonizan é icarizan
La vez que se les ofrece.
Y en fin, no hallo que decirte,
Sino solo que ofrecerte,
Adorando tus favores,
Las gracias de tus mercedes.
De ellos me conozco indigna;
Mas eres sol y amaneces
Por beneficio comun
Para todos igualmente.
Por ellos, señora mia,
Postrada beso mil veces
La tierra que pisas, y
Los pies, que no sé si tienes.
VII
Desahogos del corazon.
A fuera, á fuera, ansias mias,
No el respeto os embarace,
Que es lisonja de la pena
Perder el miedo á los males.
Salga el dolor á las voces,
Si quiere mostrar lo grande,
Y acredite lo insufrible
Con no poder ocultarse.
Salgan signos á la boca
De lo que el corazon arde,
Que nadie creerá el incendio
Si el humo no da señales.
No á impedir el grito sea
El miramiento bastante,
Que no es muy valiente el preso
Que no quebranta la cárcel.
El que su cuidado estime
Sus sentimientos no calle,
Que es agravio del motivo
No hacer del dolor alarde.
Mayor es que yo mi pena,
Y esto supuesto, mas fácil
Será que ella á mí me venza,
Que no que yo en ella mande.
VIII
un caballero que decia tener el pecho de nieve.
Allá va, Julio de Enero,
Ese papel, no á tus manos,
Sino al alma, que si es nieve,
Será de mis tiros blanco.
Arma de loriga el pecho,
Anima aliento bizarro,
Y á puntas de mis desdenes
Preven marmoreos reparos.
Dilata del corazon
Los senos mas reservados,
Y en inútiles defensas
Dobla á mi favor el lauro.
Arma el alma de cordura,
De sufrimiento el cuidado,
De reflexion lo atrevido,
Y de prudencia lo vano;
Que no bastará á librarte
De mi desden irritado
Ni las defensas del pecho,
Ni los esfuerzos del brazo;
Pues llevo para rendirte
Por ministros del estrago
Enojo que brota furias,
Desden que graniza rayos:
Yo que á la deidad montera
Crezco el desdeñoso bando,
A quien en desden excedo,
Si en hermosura no igualo;
Yo que en diamantino pecho
Guardo un corazon de mármol,
Que aun en los tardos latidos
Da escasas señas de humano;
Yo que en la tabla del tiempo
Ejemplos mirando tantos,
Hago resguardo presente
Los infortunios pasados;
Yo á cuyos duros rigores,
A cuyo desden helado
Templa sus ardores Vénus,
Afloja Cupido el arco,
A tí que de mi despego
Pretendes ser el retrato,
Sin advertir lo que dista
Lo vivo de lo pintado,
Quizá porque así pretendes,
Sagazmente temerario,
Hacer á la semejanza
Tercera del agasajo;
Porque talvez en el mundo
Hay caprichos tan extraños,
Que conceden al desprecio
Lo que al amor le negaron.
¡Oh discurso irracional!
¿Que quepa en pechos humanos
Lo que al exámen de un bruto
Sale siempre condenado?
¿Qué fiera la mas furiosa,
Terror del bosque y del campo,
Si la sujeta la fuerza
No la domestica el trato?
Si debí tan mal concepto,
Julio, á tu sentir errado,
A costa de tus desprecios
Comprarás el desengaño.
Lo que es razon no es capricho,
No es delito lo alentado,
No es injusticia lo activo,
Ni es culpa lo que es recato.
Si porque el amor se ofende
Intentas disimularlo,
Será doblada la ofensa
Por amor y por engaño.
Que no es acertada enmienda,
En términos cortesanos,
Indicarse de grosero
Por eximirse de honrado;
Si el amor por sí es plebeyo,
No es medio proporcionado
Querer que parezca noble
Con un disfraz tan villano;
Y mas habiendo delitos
De afectos tan encontrados;
Que aunque es delito el hacerlos
Es pundonor sustentarlos;
Que ya una vez proferidos
Insultos de enamorados,
Mejor que lo arrepentido
Suele quedar lo obstinado.
Demas que si sé tu amor,
¿Qué importa que tus cuidados
Los pronuncies como risa,
Si los oigo como llanto?
Varias denominaciones
A una misma cosa hallamos,
Sin que la sustancia inmute
Lo exterior de los vocablos.
Y así en tu dolor será,
Cuando muestras desenfado,
Mudar el nombre á la queja,
Mas no mejorar el daño.
Si el fin que lleva la industria
Es de conseguir mi agrado,
Malograrás ofendiendo
Lo que no alcanzaste amando.
Deja la imposible empresa,
Si no quieres temerario
Que se rematen castigos
Los que avisos empezaron.
Ya, Julio, te he visto en juego;
Juega limpio y habla claro,
No me vistas de fineza
Con apariencias de agravio;
Que ántes que amor en mi pecho
El cetro empuñe tirano,
Fuente me verá su fuego,
Laurel me hallarán sus rayos;
Que aunque es verdad que castigo
Del desden parece casto,
Vencedor tronco ser quiero,
Mas que vencida ser astro.
IX
Entre la obligacion y el afecto.
Supuesto, discurso mio,
Que gozais en todo el orbe
Entre aplausos de entendido
De agudo veneraciones,
Mostradlo en el duro empeño
En que mis ansias os ponen,
Dando salida á mis ansias,
Dando aliento á mis temores.
Empeño vuestro es el mio;
Mirad que será desórden
Ser en causa ajena agudo
Y en la propia vuestra torpe;
Ved que es querer que las causas
Con efectos desconformes
Nieves el fuego congele,
Que la nieve llamas brote.
Manda la razon de estado
Que, atendiendo á obligaciones,
Las partes de Fabio olvide,
Las prendas de Silvio adore;
O que al ménos, si no puedo
Vencer tan fuertes pasiones,
Cenizas de disimulo
Cubran amantes ardores;
Que vano disfraz las juzgo,
Pues harán cuando mas obren
Que no se mire la llama,
No, que el ardor no se note.
¿Cómo podré yo mostrarme,
Entre estas contradicciones,
A quien no quiero, de cera,
A quien adoro, de bronce?
¿Cómo el corazon podrá,
Cómo sabrá el labio torpe
Fingir halago, olvidando,
Mentir, amando, rigores?
¿Cómo sufrir abatido
Entre tan bajas acciones
Que lo desmienta la boca
Podrá un corazon tan noble?
¿Cómo la boca podrá,
Cuando el corazon se enoje,
Fingir cariños, faltando
Quien le ministre razones?
¿Podrá mi noble altivez
Consentir que mis acciones
De nieve y de fuego sirvan
A ser fábula del orbe?
Y yo doy que tanta dicha
Tenga, que todos lo ignoren;
Para pasar la vergüenza,
¿No basta que á mí me conste?
Que aquesto es razon me dicen
Los que la razon conocen;
Pues ¿cómo la razon puede
Forjarse de sinrazones?
¿Qué te costaba, hado impio,
Dar, al repartir tus dones,
O los méritos á Fabio,
O á Silvio las perfecciones?
Dicha y desdicha de entrambos,
La suerte les descompone,
Con que el uno su desdicha
Y el otro su dicha ignore.
¿Quién ha visto que tan varia
La fortuna se equivoque,
Y que el dichoso padezca
Porque el infelice goce?
No me conviene el ejemplo
Que en el Mongibelo ponen,
Que en él es natural gala,
Y en mí violencia disforme;
Y resistir el combate
De tan encontrados golpes
No cabe en lo sensitivo,
Y puede sufrirlo un monte.
¡Oh vil arte, cuyas reglas
Tanto á la razon se oponen;
Que para que se ejecuten
Es menester que se ignoren!
¿Qué hace en adorarme Silvio?
Cuando mas fino blasone
Quererme, ¿es mas que seguir
De su inclinacion el norte?
Gustoso vive en su empleo
Sin que disgustos le estorben:
Pues ¿qué vence, si no vence
Por mí sus inclinaciones?
¿Qué víctimas sacrifica,
Qué incienso en mis aras pone,
Si cambia sus rendimientos
Al precio de mis favores?
Mas hago yo, pues no hay duda
Que hace finezas mayores
Que el que voluntario ruega,
Quien violenta corresponde;
Porque aquel sigue obediente
De su estrella el curso dócil,
Y esta contra la corriente
De su destino se opone.
El es libre para amarme
Aunque otra su amor provoque,
Y ¿no tendré yo la misma
Libertad en mis acciones?
Si él restituirse no puede,
Su incendio mi incendio abone;
Violencia que á él le sujeta,
¡Qué mucho que á mí me postre!
¿No es rigor, no es tiranía,
Siendo iguales las pasiones,
o poder él reportarse
Y querer que me reporte?
Quererle porque él me quiere,
No es justo que amor se nombre:
Que no ama quien para amar
El ser amado supone.
No es amor correspondencia,
Causas tiene superiores
Que las concilian los astros,
O lo engendran perfecciones.
Quien ama porque es querida,
Sin otro impulso mas noble,
Desprecia al amante, y ama
Sus propias adoraciones.
Del humo del sacrificio
Quiere los vanos honores,
Sin mirar si el oferente
Ha méritos que le adornen.
Ser potencia y ser objeto
A toda razon se opone,
Porque es ejercer en sí
Sus propias operaciones.
Aparte rey se distingue
El objeto que conoce,
Y lo amable, no lo amante,
Es blanco de los harpones.
Amor no busca la paga
De voluntades conformes;
Que tan bajo interes fuera
Indigna usara en los dioses.
No hay cualidad que en él pueda
Imprimir alteraciones
Del hielo de los desdenes,
Del fuego de los favores.
Su ser es inaccesible
Al discurso de los hombres,
Que aunque el efecto se sienta,
La esencia no se conoce.
Y en fin cuando en mi favor
No hubiera tantas razones,
Mi voluntad es de Fabio,
Silvio, y el mundo perdone.
X
En que cultamente espresa ménos aversion de la que afectaba un enojo.
Si el desamor ó el enojo
Satisfacciones admite,
Y si talvez los rigores
De urbanidades se visten,
Escucha, Fabio, mis males,
Cuyo dolor, si se mide,
Aun el mismo padecerlo
No lo sabrá hacer creible;
Mira mi altivez postrada,
Porque son incompatibles
Un pundonor que se ostente,
Con un amor que se humille;
Escucha de mis afectos
Las tiernas voces humildes
Que en enfáticas razones
Dicen mas de lo que dicen;
Que si despues de escucharme
Rigor en tu pecho asiste,
Informaciones de bronce
Te acrediten de insensible.
No amarte tuve propuesto;
Mas proponer ¿de qué sirve
Si á persuacion de Sirenas
No hay propósitos de Ulíses?
Pues es, aunque se prevenga,
En las amorosas lides
El griego ménos prudente,
Y mas engañosa Circe.
Ni ¿qué importa que en un pecho
Donde la pasion reside
Se resista la razon,
Si la voluntad se rinde?
En fin, me rendí ¿Qué mucho
Si mis errores conciben
La esclavitud como gloria,
Y como pension lo libre?
Aun en mitad de mi enojo
Estuvo mi amor tan firme,
Que, á pesar de mis alientos,
Aunque no quise, te quise.
Pensé desatar el lazo
Que mi libertad oprime,
Y fué apretar la lazada
El intentar desasirme.
Si de tus méritos nace
Esta pasion que me aflije,
¿Cómo el efecto podrá
Cesar si la causa existe?
¿Quién no admira que el olvido
Tan poco del amor diste,
Que quien camina al primero
Al segundo se avecine?
No, pues, permitas, mi Fabio,
Que en ti el mismo afecto vive,
Que un leve enojo blasone
Contra un amor invencible.
No hagas que un amor dichoso
Se vuelva en afecto triste,
Ni que las aras de Antéros
A Cupido se dediquen.
Deja que nuestras dos almas,
Pues un mismo amor las rige,
Teniendo la union en poco,
Amantes se identifiquen;
Un espíritu amoroso
Nuestras dos vidas anime,
Y Láchesis al formarlas
De un solo copo las hile.
Nuestros dos conformes pechos
Con solo un aura respiren;
Un destino nos gobierne,
Y una inclinación nos guie.
Y en fin, á pesar del tiempo
Pase nuestro amor felice
De las puertas de las Parcas,
Unidad indivisible,
Donde siempre, amantes sombras,
Nuestro eterno amor envidien
Los Leandros y las Heros,
Los Píramos y las Tisbes.
XI
Preludios del dolor de una ausencia.
Ya que para despedirme,
Dulce idolatrado dueño,
Ni me da licencia el llanto,
Ni me da lugar el tiempo,
Háblente los tristes rasgos,
Entre lastimosos ecos,
De mi triste pluma, nunca
Con mas justa causa negros.
Y aun esta te hablará torpe
Con las lágrimas que vierto,
Porque va borrando el agua
Lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden los ojos,
Y es que se anticipan ellos,
Viendo lo que he de decirte,
A decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda
Que hay en mi dolor, sirviendo
Los suspiros de palabras,
Las lágrimas de conceptos;
Mira la fiera borrasca
Que pasa en el mar del pecho,
Donde zozobran turbados
Mis confusos pensamientos;
Mira cómo ya el vivir
Me sirve de afan grosero,
Que se averguenza la vida
De durarme tanto tiempo;
Mira la muerte que esquiva
Huye porque la deseo,
Que aun la muerte, si es buscada,
Se quiere subir de precio;
Mira como el cuerpo amante
Rendido á tanto tormento,
Siendo en lo demás cadáver,
Solo en el sentir es cuerpo;
Mira como el alma misma
Aun teme, en su ser esento,
Que quiera el dolor violar
La inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros
Alma y corazon á un tiempo,
Este se convierte en agua,
La otra se resuelve en viento.
Ya no me sirve la vida,
Esta vida que poseo,
Sino de condicion sola
Necesaria al sentimiento.
Mas ¿porqué gasto razones
En contar mi pena, y dejo
De decir lo que es preciso,
Por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas. ¡Ai de mí!
Dudosamente lo pienso;
Pues si es verdad, no estoy viva,
Y si viva, no lo creo.
¿Posible es que ha de haber dia
Tan infausto, tan funesto,
En que sin ver yo las tuyas
Esparza sus luces Febo?
¿Posible es que ha de llegar
El rigor á tan severo,
Que no ha de darle su vista
A mis pesares aliento?
¿Que no he de ver tu semblante?
¿Que no he de escuchar tus ecos?
¿Que no he de gozar tus brazos
Ni me ha de animar tu aliento?
¡Ai mi bien! ¡aí prenda mia!
¡Dulce fin de mis deseos!
¿Porqué me llevas el alma
Dejándome el sentimiento?
Mira que es contradiccion
Que no acabe en un sujeto
Tanta muerte en una vida,
Tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso ¡aí triste!
En mi infelice suceso,
Ni vivir con la esperanza,
Ni morir con el tormento,
Dame algun consuelo tú
En en dolor que padezco,
Y quien en el suyo muere,
Viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro,
Y sírvante de recuerdo
Las finezas que me debes,
Si no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor
Haciendo gala del riesgo,
Solo por atropellarlo
Se alegraba de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante,
El tuyo mismo te acuerdo,
Que no es poco empeño haber
Empezado ya en empeño.
Acuérdate, señor mio,
De tus nobles juramentos,
Y lo que juró tu boca
No lo desmientan tus hechos;
Y perdona si en temer
Mi agravio, mi bien, te ofendo,
Que no es dolor el dolor
Que se contiene en lo atento.
Y á Dios, que con el ahogo
Que me embarga los alientos,
Ni sé ya lo que te digo.
Ni lo que te escribo leo.
XII
Los celos prueban amor.
(FRAGMENTOS.)
...........
Son ellos de que hay amor
El signo mas manifiesto,
Como la humedad del agua
Y como el humo del fuego.
No son, que dicen, de amor
Bastardos hijos groseros,
Sino legítimos, claros
Sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
Pues solo pueden dar ellos
Auténticos testimonios
De que es amor verdadero;
Porque la fineza, que es
De ordinario el tesorero
A quien remite las pagas
Amor de sus libramientos,
¿Cuántas veces motivada
De otros impulsos diversos
Ejecuta por de amor
Decretos de galanteo?
El cariño ¿cuántas veces,
Por dulce entretenimiento
Fingiendo quilates, crece
La mitad del justo precio?
¿Y cuántas mas el discurso,
Por ostentarse discreto,
Acredita por de amor
Partos del entendimiento?
¿Cuántas veces hemos visto
Con disfraz de rendimientos
A la propia conveniencia,
O á la tema, ó al empeño?
Solo los celos ignoran
Fábricas de fingimientos,
Que como son locos tienen
Propiedad de verdaderos.
...........
Del frenético que fuera
De su natural acuerdo
Se despedaza, no hay quien
Juzgue que finge el estremo.
En prueba de esta verdad
Mírense cuantos ejemplos
En biblioteca de siglos
Guarda el archivo del tiempo.
A Dido fingió el troyano,
Mintió á Ariadna Teseo,
Ofendió á Mínos Pasífae,
Y engañaba á Marte Vénus;
Semíramis mató á Nino,
Elena deshonró al griego,
Jasson deshonró á Medea,
Y dejó á Olimpia Vireno;
Bersabé engañaba á Urias,
Dálila al caudillo hebreo,
Jael á Sisara horrible,
Judit á Holoférnes fiero.
Estos y otros que mostraban
Tener amor, sin tenerlo,
Todos fingieron amor,
Mas ninguno fingió celos;
Porque aquel puede fingirse
Con otro color; mas estos
Son la prueba del amor
Y la prueba de sí mesmos.
...........
Ellos solos se han con él
Como la causa y efecto:
¿Hay celos? luego hay amor.
¿Hay amor? luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
Son el delirio mas cierto,
Que como están sin sentido
Publican lo mas secreto.
...........
Para tener celos basta
Solo el temor de tenerlos,
Que ya está sintiendo el daño
Quien está sintiendo el riesgo.
...........
Decir que este no es cuidado
Que llega á desasosiego,
Podrá decirlo la boca,
Mas no comprobarlo el pecho.
...........
Y aunque ellos en sí no pasen
El término de lo cuerdo,
¿Quién lo podrá persuadir
A quien los mira con miedo?
Aplaudir lo que yo estimo
Bien puede ser sin intento
Segundo; mas ¿quién podrá
Tener mis temores quedos?
Quien tiene enemigos, suele
Decirse, no tenga sueño;
Pues ¿como ha de sosegarse
El que los tiene tan ciertos?
Quien en frontera enemiga
Descuidado ocupa el lecho,
Solo parece que quiere
Ser del contrario trofeo.
Aunque inaccesible sea
El blanco, si los flecheros
Son muchos, ¿quién me asegura
Que alguno no tenga acierto?
Quien se alienta á competirme
Aun en menores empeños,
Es un dogal que compone
Mis ahogos con su aliento;
Pues ¿qué será el que pretende
Excederme en los afectos,
Mejorarme en las finezas
Y aventajarme en deseos?
¿Quién quiere usurpar mis dichas?
¿Quién quiere ganarme el premio?
Y ¿quién en galas del alma
Quiere quedar mas bien puesto?
¿Quién para su exaltación
Procura mi abatimiento,
Y quiere comprar sus glorias
A costa de mis desprecios?
¿Quién pretende con los suyos
Deslucir mis sentimientos,
Que en los deleites del alma
Es el mas sensible duelo?
...........
La confianza ha de ser
Con proporcionado medio;
Que deje de ser modestia
Sin pasar á ser despego.
El que es discreto, á quien ama
Le ha de mostrar que el recelo
Lo tiene en la voluntad
Y no en el entendimiento.
Un desconfiar de mí,
Y un estar siempre temiendo
Que pueda exceder al mio
Cualquiera mérito ageno;
Un temor que la fortuna
Pueda con airado ceño
Despojarme, por indigno,
Del favor que no merezco;
No solo no ofende, y ántes
Es el esmalte mas bello
Que á las joyas de lo fino
Les puede dar lo discreto.
Y aunque algo exceda la queja,
Nunca queda mal, supuesto
Que es gala de lo sentido
Exceder de lo modesto.
Lo atrevido de un celoso
Irracional, y lo terco,
Prueba es de que amor la beca
Ha menester de un colegio.
Y aunque muestre que se ofende,
Yo sé que por allá dentro
No le pesa á la mas alta
De mirar tales estremos.
La mas airada deidad
Al celoso mas grosero
Le está aceptando servicios
Los que riñe atrevimientos.
La que se queja oprimida
Del natural mas estrecho,
Hace ostentacion de amada
El que parece lamento.
De la triunfante hermosura
Tiran el carro soberbio
El desdichado con quejas,
El celoso con despechos.
...........
...........
XIII
Al marques de la Laguna.
(FRAGMENTOS.)
...........
Vivid, y vivid discreto,
Que es solo vivir felice;
Pues dura y no vive quien
No sabe apreciar que vive.
Si no sabe lo que tiene
Ni goza lo que recibe,
En vano blasona el jaspe
El don de lo incorruptible.
No en lo diuturno del tiempo
La larga vida consiste:
Talvez del seso las canas
Honran años juveniles.
...........
Las canas se han de buscar
Antes que el tiempo las pinte,
Que al que las pretende, alegran,
Y al que las espera, afligen.
Quien para ser viejo espera
Que los años se deslicen,
Ni conserva lo que tiene,
Ni lo que espera consigue;
Con lo cual casi al no ser
Viene el necio á reducirse,
Pues ni la vejez le llega,
Ni la juventud le asiste.
Quien vive por vivir solo,
Sin buscar mas altos fines,
De lo viviente se precia,
De lo racional se exime.
Y ni aun de la vida goza,
Pues si bien llega á advertirse,
El que vive lo que sabe
Solo sabe lo que vive.
Quien llega necio á pisar
De la vejez los confines,
Vergüenza peina y no canas,
No años, afrentas repite.
...........
XIV
La ciencia inútil.
Finjamos que soy feliz,
Triste pensamiento, un rato;
Quizá podreis persuadirme,
Aunque yo sé lo contrario.
Que, pues solo en la aprension
Dicen que estriban los daños,
Si os imaginais dichoso
No sereis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
Alguna vez de descanso,
Y no siempre esté el ingenio
Con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
Y pareceres tan varios,
Que lo que los unos negro,
Los otros prueban que es blanco.
A unos sirve de atractivo
Lo que otros conciben malo,
Y lo que este por alivio
Aquel tiene por trabajo.
El que está triste censura
Al alegre de liviano,
Y el que está alegre se enoja
De ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
Bien esta verdad probaron,
Pues lo que en el uno risa
Causaba en el otro llanto.
Célebre su oposicion
Ha sido por siglos tantos,
Sin que cual acertó este
Hasta agora averiguado;
Antes en sus dos banderas
El mundo todo alistado,
Conforme el humor le dicta
Sigue cada cual su bando.
Uno dice que de risa
Solo es digno el mundo vario,
Y otro que sus infortunios
Solo son para llorados.
Para todo se halla prueba
Y razon en qué fundarlo,
Y no hay razon para nada,
De haber razon para tanto.
Todos son iguales jueces,
Y siendo iguales y varios,
No hay quien pueda decidir
Cuál es lo mas acertado.
Pues si no hay quien lo sentencie,
¿Porqué pensais vos errado
Que os cometió Dios á vos
La decision de los casos?
O ¿porqué contra vos mismo
Severamente inhumano,
Entre lo amargo y lo dulce
Quereis elegir lo amargo?
Si es mio el entendimiento,
¿Porqué siempre he de encontrarlo
Tan torpe para el alivio,
Tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
Que sirve por ambos cabos:
Para dar muerte la punta,
El pomo para resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro,
Quereis por la punta usarlo,
¿Qué culpa tiene el acero
Del mal uso de la mano?
No es saber, saber formar
Discursos sutiles, vanos,
Que el saber consiste solo
En elegir lo mas sano.
Especular las desdichas
Y examinar los presagios,
Solo sirve de que el mal
Crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros
La atencion sutilizando,
Mas formidable que el riesgo
Suele fingir el amago.
¡Qué feliz es la ignorancia
Del que indoctamente sabio
Halla de lo que padece
En lo que ignora sagrado!
También es vicio el saber;
Que si no se va atajando,
Cuando ménos se conoce
Es mas nocivo el estrago;
Y si el vuelo no le abaten,
En sutilezas cebado,
Por cuidar de lo curioso
Olvida lo necesario.
Si culta mano no impide
Crecer al árbol copada,
Quita la sustancia al fruto
La locura de los ramos.
Si andar á nave ligera
No estorba lastre pesado,
El vuelo sirve á que sea
El precipicio mas alto.
En amenidad inútil,
¿Qué importa al florido campo,
Si no halla fruto el otoño,
Que ostente flores el mayo?
¿De qué le sirve al ingenio
El producir muchos partos,
Si á la multitud se sigue
El malogro de abortarlos?
Y á esta desdicha, por fuerza,
Ha de seguirse el fracaso
De quedar el que produce,
Si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
Que con la materia ingrato
Tanto la consume mas
Cuanto se ostenta mas claro.
Es de su propio señor
Tan revelado vasallo,
Que convierte en sus ofensas
Las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
Este duro afan pesado,
A los hijos de los hombres
Dios dió para ejercitarlos.
¿Qué loca ambicion nos lleva
De nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
¿De qué sirve saber tanto?
¡Oh! si como hay de saber
Hubiera algun seminario
O escuela donde á ignorar
Se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
El que flojamente cauto
Burlara las amenazas
Del influjo de los astros!
Aprendamos á ignorar,
Pensamiento, pues hallamos
Que cuanto añado al discurso,
Tanto le usurpo á los años.
XV.
Dando las pascuas á la condesa de Paredes.
(FRAGMENTO.)
Allá van para que pases
Gustosas pascuas, señora,
Con aquestos bobos versos
Aquesas gallinas coplas.
Como quien soy te regalo,
Como quien eres perdona,
Y ambas habremos cumplido
Con todo lo que nos toca.
Tú eres reina, yo tu hechura;
Tú deidad, yo quien te adora;
Tú eres dueño, yo tu esclava;
Tú eres mi luz, yo tu sombra.
Yo no tengo que ofrecerte,
Pues de mi misma persona,
Por mas antiguo derecho
Es tu hermosura acreedora.
Y si ahora quiero darme
En retorno de tus honras,
Será cometer un robo
Por hacer una lisonja.
Y querer satisfacer
La deuda á su propia costa,
No es cumplir con la conciencia,
Sino con la ceremonia.
Pero quien á las deidades
Pone víctimas devotas,
De los mismos beneficios
Los beneficios retorna.
¿No es de las deidades todo?
¿A su influjo no se adornan
De vida y sentido el bruto,
Las plantas de frutas y hojas?
Con su beneficio el campo
Doradas espigas brota,
Pace el cordero y las plantas
Destilan fragantes gomas.
Y no obstante vemos que
Sobre sus aras se corta
A aquel el cuello, y que el ámbar
Es exhalado en aromas.
Pues así yo nuevamente
A tus plantas generosas
Mi esclavitud ratifico
Con reiteradas memorias.
Recibe, divina Lisi,
De una alma que se te postra
El deseo de ser muchas,
Porque de muchas dispongas.
...........
XVI.
Con ocasion de haberse sacado por suerte, en una diversion de año nuevo, un galan para cada dama.
(FRAGMENTO.)
...........
Empezó á sacar la suerte
Con tal ajuste y destreza,
Que hizo entónces el acaso
Mas que la eleccion pudiera.
A don Juan salió Matilde,
Cuyas dulces niñas bellas
Son acreedoras de amor
De las mas doradas flechas;
A don Miguel, Amarílis,
Beldad en cuyas cadenas
En dulce esclavitud gimen
Tantas libertades presas;
A don Cárlos salió Julia,
Para que en mejor esfera
Sepa nueva astrologia,
Que se incluye en dos estrella;
Silvia á Guevara, con cuya
Belleza, donaire y prendas
Es un desairado garbo
La discrecion de una necia;
A don Luis le cupo Lisi,
A don Adolfo, Marcela,
A don Teobaldo, Felicha,
Y á don Manuel salió Celia.
A vos, por sor mas galan,
(Dicho en paz de todos sea,
Pues no es bien llegue á los hombres
La mujeril competencia)
Os cupo, claro se estaba,
Lo peor, que es cosa cierta
Que no se aviene Fortuna
Jamas con naturaleza;
Antes enemiga siempre
Y á su dictámen opuesta,
Lo que ella desdeña, ampara,
Lo que ella ampara, desdeña.
Yo juzgo que lo hace adrede
Y no acaso, como piensan,
Y que tiene en hacer mal
Su poquito de advertencia;
Pues, al uso de las lindas,
Anda forjando soberbia
De méritos ultrajados
Los triunfos de su grandeza.
Ella es Fálaris de gustos,
Ella es Nerona de haciendas,
Y hace de abrasadas Romas
Luminarias en sus fiestas.
Mas no quiero murmurarla,
Que no es razon que se entienda
Que á quien debo un beneficio
Le pago con una ofensa.
En la suerte, en fin, señor,
Ella, como siempre ciega,
Por serme á mí favorable,
Anduvo con vos adversa:
Saliéronnos parecidas
Las suertes, de esta manera,
La vuestra como mi cara,
La mia como la vuestra.
No os ofendió en esto nada,
Pues ántes dispuso cuerda
Que á vista de un mal empleo
Resalten mas vuestras prendas:
No fuera el sol tan lucido
Si á su dorada madeja
Talvez por negras lazadas
No adornaran nubes densas;
No ostentara el monte altivo
Su robusta corpulencia,
Si la bajeza del valle
No exaltara su grandeza;
No saliera tan hermosa
La aurora vertiendo perlas,
Si no avivaran sus luces
Los lejos de las tinieblas;
No campara de florida
Lozana la Primavera,
Si no viniera el Estio
Pisando sus verdes huellas;
No presumiera en el prado
De cándida la azucena,
Si no la hiciera lucir
Lo oscuro de la violeta.
...........
XVII
A doña María de Guadalupe Alencastre.
(FRAGMENTOS.)
...........
Desde la América enciendo
Aromas á vuestra imágen,
...........
...........
Desinteresada os busco,
Que el afecto que os oplaude,
Es aplauso á lo entendido
Y no lisonja á lo grande;
Porque ¿para qué, señora,
En distancia tan notable
Habrán vuestras altiveces
Menester mis humildades?
Y no he menester de vos
Que vuestro favor me alcance
Favores en el consejo,
Amparo en los tribunales;
Ni que acomodeis mis deudos,
Ni que ampareis mi linage,
Ni que mi alimento sean
Vuestras liberalidades:
Que yo, señora, nací
En la América abundante,
Compatrïota del oro,
Paisana de otros metales;
A donde el comun sustento
Se da casi tan de balde,
Que en ninguna parte mas
Se ostenta la tierra madre.
De la comun maldicion
Libres parece que nacen
Sus hijos, segun el pan
No cuesta sudor y afanes.
Europa mejor lo diga,
Pues há tanto que insaciable
De sus abundantes venas
Desangra los minerales.
Y cuantos el dulce lotos
De sus riquezas les hace
Olvidar los propios nidos,
Despreciar los patrios lares;
Pues entre cuantos la han visto
Se vé con claras señales
Voluntad en los que quedan
Y violencia en los que parten.
Demas de que en el estado
Que Dios fué servido darme,
Las riquezas solamente
Sirven para despreciarse:
Que para volar segura
De la religion la nave,
Ha de ser la carga poca
Y muy crecido el velamen;
Porque si algun contrapeso
Pide para asegurarse,
De humildad, no de riqueza,
Ha menester hacer lastre.
Pues ¿de qué cargar sirviera
De riquezas temporales,
Si en llegando la tormenta
Era preciso alijarse?
Con que por cualquiera de estas
Razones, pues es bastante
Cualquiera, estoy de pediros
Inhibida por dos partes.
...........
XVIII
A Fílis.
(FRAGMENTOS.)
...........
Pues alentar esperanzas,
Alegar merecimientos,
Solicitar posesiones,
Sentir sospechas y celos,
Es de bellezas vulgares
Indigno bajo trofeo,
Que en pretender ser vencidas
Quieren fundar vencimientos;
Mal se acreditan deidades
Con la paga, pues es cierto
Que á quien el servicio paga
No se debió el rendimiento;
Que distinta adoracion
Se te debe á tí, pues siendo
Indignos aun del castigo,
Mal aspirarán al premio.
Yo, pues, mi adorada Fílis,
Que tu deidad reverencio,
Que tu desden idolatro
Y que tu rigor venero:
Bien así cual mariposa
Amante, que en tornos ciegos
Es despojo de la llama,
Por tocar su lucimiento:
Como el niño que inocente
Aplica incauto los dedos,
A la cuchilla, engañado
Del resplandor del acero,
Y herida la tierna mano,
Aun sin conocer su yerro,
Mas que el dolor de la herida,
Siente apartarse del reo.
...........
Pero ¿para qué es cansarse?
Como á ti, Fílis, te quiero,
Que en lo que mereces, este
Es solo encarecimiento.
Ser mujer ni estar ausente
No es de amante impedimento,
Pues sabes tú que las almas
Distancia ignoran y sexo.
...........
¡Oh! quién pudiera rendirte,
No las riquezas de Creso,
Que materiales tesoros
Son indignos de tal dueño,
Sino cuantas almas libres,
Cuantos arrogantes pechos,
En fe de no conocerte
Viven de tu yugo exentos!
...........
Si crédito no me das,
Dalo á tus merecimientos,
Que es, si registras la causa,
Preciso hallar el efecto.
¿Puedo yo dejar de amarte,
Si tan divina te advierto?
¿Hay causa que no produzca?
¿Hay potencia sin objeto?
Vuelve á ti misma los ojos,
Y hallarás en ti y en ellos,
No solo el amor posible,
Mas preciso el rendimiento.
...........
XIX.
autora á su Mecénas, enviándole unos versos.
Ilustre Mecénas mio,
Cuya nobleza é ingenio
Es de ascendientes tan claros
Una igualdad, otro exceso;
Vos en quien de los Alfonsos
Se triplica lo perfecto,
Pues se hallan en vuestras partes
El Casto, el Sabio y el Bueno;
Vos á quien naturaleza
En tan alto nacimiento
Hizo agravio, mas que halago,
En haceros caballero:
Pues fué por impedir solo
El que, naciendo plebeyo,
Lo que os negaba la sangre
Consiguiese vuestro esfuerzo;
Vos que sobre tanta gala
Teneis tanto entendimiento,
Que anda siempre lo galan
Vencido de lo discreto;
En cuya mesura admira
Quien oye vuestros conceptos
Que le deje lo ingenioso
Tanto lugar á lo cuerdo;
Vos en cuya autoridad
Se aviene tan bien lo atento,
Que ni es vulgar lo apacible,
Ni cansado lo severo,
Recibid aquestos rasgos,
Que en mi rústico talento
Fueron de tristeza y ocio
Incultos divertimientos.
Esos que en ratos perdidos
Formó el discurso travieso,
Porque no tomase el juicio
La residencia del tiempo;
Y porque no pareciese
Que era en culpable sosiego
Cesar de lo operativo,
Descansar de la molesto,
Pasen por descuidos mios,
Pues jamas pensé ponerlos
Al exámen de los doctos
Ni á la censura del pueblo;
Ni el que pasasen jamas
Cupiera en mi pensamiento
De la bajeza de mios
A la elevacion de vuestros.
Mas, pues vos lo pedis, juzgo
Que no es el dároslos yerro,
Pues no es don muy corto el que
Os tiene de costa el ruego.
Si el ir á vuestra censura
Pareciere atrevimiento,
Lo que peco en lo que exhibo
Subsano en lo que obedezco.
Recibid, pues, de mi pluma
Este tan debido obsequio,
Que no doy lo que remito,
Si remito lo que debo.
XX.
Responde á un caballero peruano que la habia elogiado, y revela su nombre.
Allá va, aunque no debiera,
Incógnito señor mio,
La respuesta de portante
A los versos de camino.
No debiera, porque cuando
Se oculta el nombre, es indicio
Que no habeis querido ser
Hombre de nombre conmigo;
Por lo cual fallamos que
Fuera muy justo castigo,
Sin perdonaros por pobre,
Dejaros por escondido.
Pero el diablo del romance
Tiene en su oculto artificio
En cada copla una fuerza,
Y en cada verso un hechizo;
Tiene un agrado tirano,
Que en lo blando del estilo
El que suena como ruego
Apremia como dominio;
Tiene una virtud, de quien
El vigor penetrativo
Se introduce en las potencias
Sin pasar por los sentidos;
Tiene una altiva humildad
Que con estruendo sumiso
Se rinde para triunfar
Con las galas de rendido;
Tiene qué sé yo que yerbas,
Qué conjuros, qué exorcismos,
Que ni los supo Medea,
Ni Tesalia los ha visto;
Tiene unos ciertos sonsaques,
Instrumentos atractivos,
Garfios del entendimiento,
Y del ingenio gatillos,
Que el raigon mas encarnado
Del dictámen mas bien fijo
Que haya de callar, harán
Salir la muela y el grito;
Por esto como forzada,
Sin saber lo que me digo,
Os respondo como quien
Escribe sin albedrio.
Vi vuestro romance, y
Una vez y otras mil visto,
Por mi fe jurada, que
Juzgo que no habla conmigo.
Porque yo bien me conozco,
Y no soy por quien se dijo
Aquello de haber juntado
Milagros y basiliscos.
Verdad es que acá á mis solas,
En unos ratos perdidos,
A algunas vueltas de cartas
Borradas las sobrescribo;
Y para probar las plumas,
Instrumentos de mi oficio,
Hice versos, como quien
Hace lo que hacer no quiso.
Pero esto no pasó de
Consultar acá conmigo,
Si podré entrar por fregona
De las madamas del Pindo,
Y si beber merecia
De los cristales nativos
Castalios, que con ser agua
Tienen efecto de vino,
Pues luego al punto levantan
Unos flatos tan nocivos,
Que dando al seso vaivenes
Hacen columpiar el juicio;
De donde se ocasionaron
Los traspieses que dió Ovidio,
Los tropezones de Homero,
Los vaguidos de Virgilio,
Y de todos los demas
Que, fúnebres ó festivos,
Conforme los tomó el Númen,
Se han mostrado en sus escritos,
Entre cuyos jarros yo
Busqué, por modo de vicio,
Si les sobraba algun trago
Del sabroso bebedizo;
Y, si no me engaño, hallé
En el asiento de un vidrio,
De una mal hecha infusion
Los polvos mal desleidos.
No sé sobras de quien fueron;
Pero, segun imagino,
Fueron de un bribon aguado,
Pues hace efectos tan frios.
Versifico desde entónces,
Y desde entónces poetizo,
Ya en Demòcritas risadas,
Ya en Eráclitos gemidos.
Consulté á las nueve hermanas,
Que con sus flautas y pitos
Andan de una en otra edad
Alborotando los siglos;
Híceles mi invocacion,
Tal cual fué Apolo servido,
Con necesitadas plagas
Y con clamores mendigos.
Y ellas con piedad, de verme
Tan hambrienta de ejercicios,
Tan sedienta de conceptos,
Y tan desnuda de estilos,
Ejercitaron las obras
(Que nos manda el catecismo)
De misericordia, viendo
Que tanto las necesito.
Dióme la madama Euterpe
Un retazo de Virgilio,
Que cercenó desvelado,
Porque lo escribió dormido;
Talía me dió unas nesgas
Que sobraron de un corpiño
De una tabernaria Escena
Cuando la ajustó el vestido;
Melpómene una bayeta
De una elegía que hizo
Séneca, y que á Héctor sirvió
De funesto frontispicio;
Urania, musa estrellera,
Un astrolabio en que vido
Las maulas de los planetas
Y las tretas de los signos;
Y así todas las demas,
Que con pecho compasivo
Vestir al soldado pobre
Quisieron jugar conmigo.
Ya os he dicho lo que soy,
Ya he contado lo que he sido;
No hay mas que lo dicho, si
En algo vale mi dicho.
Con que se sigue que no
Puedo ser objeto digno
De los tan mal empleados
Versos, cuanto bien escritos.
Y esto no es humildad, porque
No es mi genio tan bendito
Que no tenga mas filaucia
Que cuatrocientos Narcisos.
Mas no es tan desbaratado,
Aunque es tan desvanecido,
Que presuma que merece
Lo que nadie ha merecido.
De vuestra alabanza objeto
No encuentro, en cuantos he visto,
Quien pueda serlo, si ya
No se celebrare él mismo.
Si Dios os hiciera humilde
Como tan discreto os hizo,
Y os ostentáseis de claro
Como campais de entendido,
Yo en mi lógica vulgar
Os pusiera un silogismo,
Que os hiciera confesar
Que este fué solo el motivo;
Y que cuando en mí empleais
Vuestro ingenio peregrino,
Es manifestar el vuestro
Mas que celebrar el mio.
Conque quedándose en vos
Lo que es solo de vos digno,
Es una accion inmanente,
Como verbo intransitivo;
Así yo no os agradezco,
Pues solo quedo al oiros
Deudora de lo enseñado,
Pero no de lo aplaudido.
Y así sabed que no estorba
El curioso laberinto
En que, Dédalo escribano,
Vuestro nombre ocultar quiso;
Aunque se quedó encerrado,
Tiene tan claros indicios,
Que si no es el Mino-Tauro,
Se conoce el Paulo-minus.
Pues si la combinatoria,
En que á veces kirkerizo,
En el cálculo no engaña,
Y se yerra en el guarismo.
Uno de los anagramas
Que salen con mas sentido
De su volumosa suma
Que ocupara muchos libros,
Dice... Lo diré? Mas temo
Que os enojaréis conmigo,
Si del título os descubro
La fe, como del bautismo.
Mas ¿cómo podré callarlo,
Si he comenzado á decirlo,
Y un secreto ya revuelto
Puede dar un tabardillo?
Así, para no tenerle,
Diré lo que dice, y digo
Que es el Conde de la Granja.
Laus Deo. Lo dicho, dicho.
XXI.
En reconocimiento á los autores europeos que elogiaron los versos de la poetisa.
(Fragmentos.)
...........
¿De dónde á mí tanto elogio?
¿De dónde á mí encomio tanto?
¿Tanto pudo la distancia
Añadir á mi retrato?
¿De qué estatura me haceis?
¿Qué coloso habéis labrado,
Que desconoce la altura
Del original lo bajo?
No soy yo la que pensais,
Sino es que allá me habeis dado
Otro ser en vuestras plumas,
Y otro aliento en vuestros labios;
Y diversa de mí misma
Entre vuestras plumas ando,
No como soy, sino como
Quisísteis imaginarlo.
A regiros por informes,
No me hiciera asombro tanto,
Que ya sé cuanto el afecto
Sabe agrandar los tamaños;
Pero si de mis borrones
Vísteis los humildes rasgos,
Que del tiempo mas perdido
Fueron ocios descuidados,
¿Qué os pudo mover á aquellos
Mal merecidos aplausos?
¿Así puede á la verdad
Arrastrar lo cortesano?
A una ignorante mujer,
Cuyo estudio no ha pasado
De ratos á la precisa
Ocupación mal hurtados,
...........
...........
¿Se dirigen los elogios
De los ingenios mas claros
Que en púlpitos y en escuelas
El mundo venera sabios?
¿Cuál fué la ascendiente estrella
Que, dominando los astros,
A mí os ha inclinado, haciendo
Lo violento voluntario?
¿Qué mágicas infusiones
De los indios herbolarios
De mi patria, entre mis letras
El hechizo derramaron?
¿Qué proporcion de distancia
El sonido modulando
De mis versos, hacer pudo
Cónsono lo destemplado?
¿Qué siniestras perspectivas
Dieron aparente ornato
Al cuerpo compuesto solo
De unos mal distintos trazos?
¡Oh cuántas veces, oh cuántas,
Entre las ondas de tantos
No merecidos loores,
Elogios mal empleados!
¡Oh cuántas encandilada
En tanto golfo de rayos,
O hubiera muerto Faetonte,
O Narciso, peligrado,
A no tener en mí misma
Remedio tan á la mano,
Como el conocerme, siendo
Lo que los pies para el pavo!
Vergüenza me ocasionais
Con haberme celebrado,
Porque sacan vuestras luces
Mis faltas á lo mas claro.
Vosotros me concebísteis
A vuestro modo, y no estraño
Lo grande, que esos conceptos
Por fuerza han de ser milagros.
La imágen de vuestra idea
Es la que habeis alabado,
Y siendo vuestra es bien digna
De vuestros mismos aplausos.
¡Celebrad ese de vuestra
Propia aprension simulacro,
Para que en vosotros mismos
Se vuelva á quedar el lauro!
...........
XXII.
(FRAGMENTOS.)
...........
Si es lícito y aun debido
Este cariño que tengo,
¿Por qué me han de dar castigo
Porque pago lo que debo?
¡Oh cuánta fineza! oh cuántos
Cariños he visto tiernos!
Que amor que se tiene en Dios
Es calidad sin opuestos.
De lo lícito no puede
Hacer contrarios conceptos,
Porque es amor que al olvido
No puede vivir espuesto.
Yo me acuerdo (oh nunca fuera!)
Que he querido en otro tiempo,
Lo que paso de locura
Y lo que excedió de estremo.
Mas como era amor bastardo
Y de contrarios compuesto,
Fué fácil desvanecerse
De achaque de su ser mesmo;
Mas ahora ¡ay de mí! está
Tan en su natural centro,
Que la virtud; razón
Son quien aviva su incendio.
...........
¡Oh humana flaqueza nuestra
A donde el mas puro afecto
Aun no sabe desnudarse
Del natural sentimiento!
Tan precisa es la apetencia
Que á ser amados tenemos,
Que aun sabiendo que es inútil
Nunca dejarla sabemos.
Que corresponda á mi amor
Nada añade; mas no puedo,
Por mas que lo solicito,
Dejar yo de apetecerlo.
Si es delito, ya lo digo;
Si es culpa, ya la confieso;
Mas no puedo arrepentirme
Por mas que hacerlo pretendo.
Bien ha visto quien penetra
Lo interior de mis secretos,
Que yo misma estoy forjando
Los dolores que padezco;
Bien sabe que soy yo misma
Verdugo de mis deseos,
Pues muertos entre mis ansias
Tienen sepulcro en mi pecho.
Muero ¡quién creyera! á manos
Del objeto que mas quiero,
Y el motivo de matarme
Es el amor que le tengo.
Así alimentando triste
La vida con el veneno,
La misma muerte que vivo
Es la vida con que muero,
Pero valor, corazon,
Porque á tan dulce tormento,
En medio de cualquier suerte
No dejar de amar protesto!
XXIII
Fragmento del auto historial “El cetro de Josef”. La mujer de Putifar á Josef.
Espera, galan hebreo,
Y si á obligarte no bastan
Las prendas de mi belleza,
Los adornos de mi gracia;
Si en los rizos de mi pelo
Los tesoros de la Arabia
No te aprisionan, porque
Son en fin cadenas blandas;
Si de mis ojos los rayos,
Si de mi frente la plata,
Si en mi boca los rubíes,
Si en mis mejillas el nácar
No te mueven ni te incitan,
Ni á que me enamores bastan,
Porque son prendas caducas
Que pagan al tiempo parias,
Muévate una alma rendida,
Que los tesoros del alma
No pagan pension al tiempo
Ni tributo á las mudanzas.
No huyas, Josef, espera,
Vuelve siquiera la cara;
Mírame, que con la vista
Tu fidelidad no manchas.
Vuelve los ojos. Josef.—No quiero,
Que quien la vista no guarda,
No guardará el corazon,
Pues abre su puerta franca.
Lo que no le es al deseo
Lícito, no es bien que haga
Lícito á mis ojos yo;
Que aunque el precepto no caiga
Sobre el ver, como la vista
Ministra especies al alma
Que despierten el deseo
Y que susciten su llama,
Si yo una vez las recibo,
Será imposible borrarlas
Y difícil resistirlas;
Y es muy necia confianza
Que yo mismo á mi enemiga
Admita dentro de casa.
Muj. Pues ingrato, vive el cielo,
Que supuesto que no bastan
La terneza, ni el cariño
A tu condicion ingrata,
La ha de vencer la violencia,
Y así de esta suerte...Josef.—Aparta!
Suéltame! Mujer.—Cómo soltarte?
Primero...Josef.—El cielo me valga!
Profecía. Ya te vale, porque el cielo
Nunca á quien le invoca falta.
Huye, Josef; porque Dios
Solo á quien se guarda, guarda.
Muj. Huyó el ingrato! y dejóme
Solo en las manos la capa.
Qué nuevo furor me incita?
Ya todo el amor es rabia!
...........
XXIV.
Lucha entre la virtud y la costumbre.
Miéntras la gracia me excita
Por elevarme á la esfera,
Mas me abate á lo profundo
El peso de mis miserias.
La virtud y la costumbre
En el corazon pelean,
Y el corazon agoniza
En tanto que lidian ellas.
Y aunque es la virtud tan fuerte,
Temo que talvez la venza,
Que es muy grande la costumbre,
Y está la virtud muy tierna.
Oscurécese el discurso
En tan confusas tinieblas;
Pues ¿quién podrá darme luz,
Si está la razon á ciegas?
De mí mesma soy verdugo
Y soy cárcel de mí mesma:
¿Quién vió que pena y penante
Una propia cosa sean?
Causo disgusto á lo mismo
Que mas agradar quisiera,
Y del disgusto que doy
En mí resulta la pena.
Amo á Dios y siento en Dios,
Y hace mi voluntad mesma
De lo que es alivio, cruz,
Del mismo puerto, tormenta.
Padezca, pues Dios lo manda;
Mas de tal manera sea,
Que si son las penas culpas,
No sean culpas las penas.
XXV.
Elogio de María en el misterio de la Encarnacion.
Que hoy bajó Dios á la tierra,
Es cierto: pero mas cierto
Es que bajando á María
Bajó Dios á mejor cielo.
Por obediencia del Padre
Se vistió de carne el Verbo;
Mas tal que le pudo hacer
Comodidad el precepto.
Conveniencia fué de todos
Este divino misterio,
Pues el hombre de fortuna
Mejoró, y Dios de asiento.
Su sangre le dió María
A logro, porque á su tiempo
La que recibe encarnando
Restituya redimiendo.
Un arcángel á pedir
Bajó su consentimiento,
Guardándole en ser rogada
De reina los privilegios.
¡Oh grandeza de María!
Que cuando usa el Padre Eterno
De dominio con su Hijo,
Use con ella de ruego!
XXVI.
Ave Regina cælorum.
¡Salve, Reina de los cielos,
Y de los ángeles reina!
¡Salve de Jesé raiz
Y de la luz clara puerta!
Gózate, Vírgen gloriosa,
Sobre todas las mas bella;
Vive la mas exaltada,
Y por nos á Cristo ruega.
Para cantarte alabanzas
Da dignidad á mi lengua,
Y contra tus enemigos
Dame tu virtud y fuerza.
Y tú, Señor poderoso,
Concedédle por defensa
El presidio de tu Madre
A la fragilidad nuestra,
Para que con el auxilio
De su maternal clemencia
De nuestras iniquidades
Levantemos la cabeza.
XXVII.
A Cristo sacramentado, en el dia de la comunion.
Amante dulce del alma,
Bien soberano á que aspiro,
Tú que sabes las ofensas
Castigar á beneficios;
Divino iman en que adoro,
Hoy que propicio te miro,
Que me influyes la osadía
De poder llamarte mio;
Hoy que en union amorosa
Imaginó tu cariño
Que si no estabas en mí,
Era poco estar conmigo;
Hoy que para examinar
El amor con que te sirvo,
Al corazon en persona
Has penetrado tú mismo:
Pregunto ¿es amor ó celos
Tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo,
Da de sospechar indicios.
Mas ¡ay bárbara ignorante!
Y ¡qué de errores he dicho,
Como si el estorbo humano
Obstara al Lince divino!
Para ver los corazones
No has menester asistirlos,
Que para tí son patentes
Las entrañas del abismo.
Con una intuicion presente
Tienes en vuestro registro
El infinito pasado
Hasta el presente finito;
Luego no necesitabas
Para ver el pecho mio,
Si lo estás mirando sabio,
Entrar á mirarlo fino.
XXVIII
A San Pedro.
Del descuido de una culpa
Un gallo, Pedro, os avisa;
Que un irracional reprende
A quien la razon olvida.
¡Qué poco la Providencia
De instrumentos necesita,
Pues á un apóstol convierte
Con lo que un ave predica!
Exámen fué vuestra culpa
Para vuestra prelacía,
Que peligra de muy recto
Quien de frágil no peligra.
Tímido mueve el impulso
De la mano compasiva
Quien en su castigo propio
Tiene del dolor noticia.
En las agenas flaquezas
Siempre la vuestra se os pinta,
Y el estruendo del que cae
Os recuerda la caida.
Así templan vuestros ojos
Con la piedad la justicia,
Cuando lloran como reos
Lo que como jueces miran.
XXIX
A Santa Catarina mártir.
(FRAGMENTOS.)
Un áspid al blanco pecho
Aplicó amante Cleopatra:
¡Oh que escusado era el áspid
A donde el amor estaba!
...........
El pecho ofrece al veneno
La valerosa gitana.
Que no siente herir el cuerpo
La que tiene herida el alma.
Amor y valor imita,
Pero mejora la causa
Catarina, porque sea
La imitación con ventaja:
Porque no triunfase Augusto
De la beldad soberana
Se mata Cleopatra, y precia
Mas que la vida la fama.
Así Catarina heróica
Tiende la ebúrnea garganta
Al filo, porque el infierno
No triunfe de su constancia.
Infamia en Cleopatra ó muerte
La dulce vida amenazan;
Pero ella elige por ménos
Mal la muerte que la infamia.
Así mejor Catarina
A las cortantes navajas
Ofrece los miembros bellos,
Y al triunfo aspira gallarda.
En la profesion de una religiosa.
¿Qué puede escribir la pluma
De asunto tan soberano,
Si por mas que se remonte
Siempre se le va por alto?
Vosotros siempre felices,
Celestiales cortesanos,
Que de tan glorioso triunfo
Gozais el eterno lauro,
La piedad de vuestro Rey
Celebrad con dulce canto,
Que de unirse á una criatura
Amoroso se ha dignado.
Y vos, poderoso Rey,
Que en vuestro tálamo sacro,
La que esclava rescatásteis
Esposa habeis coronado;
Pues tanto os preciais de amante
Y ostentais de tan bizarro,
Que haceis gala lo rendido
Y primor lo enamorado,
Conservadla en tal grandeza,
Sin que los viles humanos
Bajos vapores se atrevan
A empañar candores tantos.
DECIMAS.
I.
A una rosa.
(ALEGORIA.)
Cuida tu candor, que apura
Al alba el primer albor;
Pues tanto el riesgo es mayor,
Cuanto es mayor la hermosura.
No vivas de ella segura,
Que si consientes errada
Que te corte mano osada
Por gozar beldad y olor,
En perdiéndose el color
Tambien serás desdichada.
¿Ves á aquel que mas indicia
De seguro en su fineza?
Pues no estima la belleza
Mas de en cuanto la codicia.
Huye su astuta caricia,
Que si necia y confiada
Te aseguras en lo amada,
Te hallarás despues corrida;
Que en llegando á poseida
Tambien serás desdichada.
A ninguno tu beldad
Entregues, que es sinrazon
Que sirva tu perfeccion
De triunfo á su vanidad;
Goza la celebridad
Comun, sin verte empleada
En quien, despues de lograda,
No te acierte á venerar;
Que en siendo particular,
Tambien serás desdichada.
II.
Presto celos llorarás.
En vano tu canto suena;
No adviertes en tu desdicha
Que será el fin de tu dicha
El principio de tu pena.
El loco orgullo refrena
De que tan ufano estás,
Sin advertir, cuando das
Cuenta al aire de tus bienes,
Que si ahora dichas tienes,
Presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto
El justo temor te avisa,
Que en un amante no hay risa
Que no se alterne con llanto;
No te desvanezca tanto
El favor, pues te hallarás
Burlado, y conocerás
Cuanto es necio un confiado,
Que si hoy blasonas de amado,
Presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
Que al amante fervoroso
Le constituye dichoso,
Le amenaza desdichado;
Pues le da tan alto grado
Por derribarle, no mas;
Y así tú que ahora estás
En tal altura, no ignores
Que si hoy ostentas favores,
Presto celos llorarás.
La gloria mas elevada
Que amor á tu dicha ordena,
Contémplala como agena,
Y tenla como prestada;
No tu ambicion engañada
Piense que eterno serás
En las dichas, pues verás
Que hay áspid entre las flores,
Y que si hoy cantas favores,
Presto celos llorarás.
III.
El alma rendida por el amor.
(ALEGORIA.)
Cogióme sin prevencion
Amor astuto y tirano;
Con capa de cortesano
Se me entró en el corazon:
Descuidada la razon
Y sin armas los sentidos,
Dieron puerta inadvertidos,
Y él por lograr sus antojos,
Miéntras suspendió los ojos,
Me saltëó los oidos.
Disfrazado entró y mañoso;
Mas ya que dentro se vió,
Del Paladion se salió
Sin el disfraz engañoso;
Pues con ánimo furioso
Tomando las armas luego
Se descubrió astuto griego,
Que iras brotando y furores,
Matando á los defensores,
Puso á toda el alma fuego.
Y buscando en sus violencias
En ella á Príamo fuerte,
Dió al entendimiento muerte,
Que era rey de las potencias;
Y sin hacer diferencias
De real ó plebeya grey,
Haciendo general ley
Murieron á sus puñales
Los discursos racionales,
Porque eran hijos del rey.
A Casandra su fiereza
Buscó, y con modos tiranos
Ató á la razon las manos,
Que era del alma princesa:
En prisiones su belleza,
De soldados atrevidos
Lamenta los no creidos
Desastres, que adivinó;
Pues por mas voces que dió
No la oyeron los sentidos.
Todo el palacio abrasado
Se ve y todo destruido;
Deífobo allí mal herido
Aquí Páris maltratado;
Prende tambien su cuidado
La modestia en Policena;
Y en medio de tanta pena,
Tanta muerte y confusion,
A la ilícita aficion
Solo reserva en Elena.
Y la ciudad, que vecina
Fué al cielo, con tanto arder
Solo guarda de su ser
Los vestigios en la ruina.
Todo el amor lo extermina,
Y con ardiente furor
Solo se oye entre el rumor
Con que su crueldad apoya:
“Aquí yace un alma Troya
Vencida por el amor.”
IV.
Con motivo de un presente.
Esta grandeza que usa
Conmigo vuestra grandeza,
Le está bien á mi pobreza,
Pero muy mal á mi musa.
Perdonádme si, confusa
O sospechosa, me inquieta
El juzgar que ha sido treta
La que vuestro juicio trata,
Pues quién me da tanta plata
No me quiere ver poeta.