V.

De Santa Catarina Mártir.

Sosiega, Nilo undoso,
Tu líquida corriente;
Tente, tente,
Párate á ver gozoso
La que fecundas bella
De la tierra, del cielo, rosa, estrella.

Tu corriente oportuna
Que piadoso moviste
Viste, viste
Que de Moises fué cuna,
Siendo arrullo á su oido
La onda, la espuma, el tumbo y el sonido.

Mas venturoso ahora
De abundancia de bienes
Tienes, tienes
La que tu márgen dora
Belleza mas lozana
Que Abigail, Ester, Raquel, Susana:

La hermosa Catarina
Que la gloria gitana
Vana, vana
Elevó á ser divina,
Y en las virtudes trueca
De Débora, Jael, Judit, Rebeca.

No en frágil hermosura
Que aprecia el loco abuso
Puso, puso
Esperanza segura,
Bien que excedió su cara
La de Ruth, Bersabé, Thamar y Sara.

A esta, Nilo sagrado,
Tu corriente sonante
Cante, cante,
Y en concierto acordado
Tus ondas sean veloces
Sílabas, lenguas, nùmeros y voces.

VI.

Al mismo asunto.

(LETRILLA.)

Erase una niña
Como digo á usté,
Cuyos años eran
Ocho sobre diez.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Esta (qué sé yo
Cómo pudo ser?)
Dizque supo mucho,
Aunque era mujer.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Porque como dizque
Dice no sé quien,
Ellas solo saben
Hilar y coser.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Pues esta á hombres grandes
Pudo convencer;
Que á un chico, cualquiera
Lo puede envolver.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Y aun una santita
Dizque era tambien,
Sin que la estorbase
Para eso el saber.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Mas como Patillas
No duerme, al saber
Que era santa y docta
Se hizo un Lucifer.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Porque teme el diablo
Esto de saber
Que hay mujer que sepa
Mas que supo él.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Pues con esto ¿qué hace?
Viene y tienta á un rey
Que á ella la tentara
A dejar su ley.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.
Tentóle de recio;
Mas ella, par diez,
Se dejó matar
Antes que vencer.
Esperen, aguarden,
Que yó lo diré.
No pescudan mas,
Porque mas no sé,
De que es Catarina
Para siempre, amen.
Esperen, aguarden,
Que yo lo diré.

VII.

En la dedicacion de un templo.

Aunque ningun lugar es
Lugar de ofender á Dios,
Pues para alabarle en todos
Su Magestad los crió,
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

Como nuestra gran flaqueza
Su Magestad conoció,
Separó algunos lugares
Para nuestra devocion.
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

Con especial asistencia
En ellos determinó
Habitar, para que en ellos
Le demos adoracion.
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

Pues ¿qué disculpa tendrá
De atreverse nuestro error
Al determinado sitio
Que para sí destinó?
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

Los que al templo venis, sea
Solo á dar gracias á Dios;
No hagais la casa del Padre
Casa de negociacion.
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

Plazas y lonjas teneis
Si buscais conversacion,
Que el templo Dios solamente
A su culto reservò.
Atencion, atencion,
Que aquesta es casa solo de oracion.

VIII.

Juguetillo á María.

Como entre espinas la rosa,
Como entre nubes la luna,
Unica y como ninguna
Luce la divina Esposa.
Toda pura y toda hermosa,
Púrpura y viso vestida,
Ciudad de Dios defendida,
Arca de su testamento,
De la Trinidad asiento,
Iris hermoso de paz,
Y trescientas cosas mas.

Como lirio descollado
En el márgen cristalino;
Como vaso de oro fino
De mil piedras adornado;
Como bálsamo quemado,
Como fuego reluciente,
Como Apolo refulgente.
Como poma de olor llena,
A quien no tocó la pena
Que tuvieron los demas,
Y trescientas cosas mas.

Como varita olorosa
Que asciende desde el desierto;
Como bien ballado huerto
De la fruta mas sabrosa;
Como palma victoriosa,
Como escuadron ordenado,
Como paso bien sellado,
Como pacífica oliva
Que fué del mundo la paz,
Y trescientas cosas mas.

Trono de Dios soberano,
Archivo de todo bien,
Gloria de Jerusalen
Y alegria del crístiano;
Ester que al género humano
De la miseria libró;
La muger que en Pátmos vió
Juan, triunfante del dragon;
El trono de Salomon
Y la señal dada á Acaz,
Y trescientas cosas mas.

IX.

Villancicos en la fiesta de San José.

Quedito, airecillos,
No, no susurreis;
Mirad que descansa
Un rato José.
No, no os movais,
Oh no, no voleis;
Quedito, pasito,
Que duerme José.
Para no ver el preñado,
José, que le daba enojos,
De María, los dos ojos
Ha cerrado.
Centra su vista severo
Dijo airado, porque vía
Testigos contra María,
“No los quiero.
Si dicen que en el empleo
De mi esposa falta fe,
Nunca estoy mas ciego que
Cuando veo.
Y á que en llanto no se aneguen
Porque á tanto se atrevieron,
Ojos que contra ella fueron
Luego cieguen.”
Viendo Dios que eran despojos
Sus ojos de su sentir,
Hízole dormido abrir
Tantos ojos.
Hablóle un ángel glorioso,
Porque solo él pudo ser
Bastante á satisfacer
A un celoso.
Ay qué prodigio!
Ay qué portento!
Vengan á verlo todos,
Vengan á verlo!
Que si á todos los celos
Quitan el sueño,
A mi Josef el sueño
Quita los celos.
Celos con sueño,
Sueño con celos,
En Josef solamente
No son opuestos.
Vengan á verlo todos
Vengan á verlo!

SILVA.

Retrato de una belleza.

POESIA BURLESCA, IMITADA DE JACINTO POLO.

El pintar de Lizarda la belleza
En que á sí se excedió naturaleza,
Con un estilo llano,
Se me viene á la pluma y á la mano.
Y cierto que es locura
El querer retratar yo su hermosura,
Sin haber en mi vida dibujado,
Ni saber qué es azul ó colorado,
Qué es regla, qué es pincel, oscuro ó claro,
Aparejo, retoque ni reparo.
El diablo me ha metido en ser pintora!
Dejémoslo, mi Musa, por ahora
A quien sepa el oficio...
Mas esta tentacion me quita el juicio!
Y sin dejarme pizca,
Ya no solo me tienta, me pellizca,
Me casca, me hormiguea,
Me punza, me rempuja, me aporrea.
Y tengo de pintar dé donde diere,
Salga como saliere;
Aunque saque un retrato
Tal que despues le ponga, aqueste es gato.
Pues no soy la primera
Que con hurtos de sol y primavera
Echo, con mil primores,
Una mujer en infusion de flores;
Y despues que muy bien alambicada
Resulta una belleza destilada,
Cuando el hervor se entibia,
Si rosa la creyeron, sale endibia.
Mas no pienso robar yo sus colores:
Descansen por aquesta vez las flores;
Que no quiere mi Musa ni se mete
En hacer su hermosura ramillete,
Mas ¿con qué he de pintar si ya la vena
No se tiene por buena,
Si no forma, hortelana en sus colores,
Un gran cuadro de flores?
¡Oh siglo desdichado y desvalido,
En que todo lo hallamos ya servido!
Pues que no hay voz, equívoco ni frase
Que por comun no pase,
Y digan los censores:
“¿Eso? ya lo pensaron los mayores.”
¡Dichosos los antiguos que tuvieron
Paño de qué cortar, y así vistieron
Sus conceptos de albores,
De luces, de reflejos y de flores!
Que entónces era el sol nuevo y flamante,
Y andaba tan valido lo brillante
Que el decir que el cabello era un tesoro,
Valia otro tanto oro;
Y las estrellas con sus rayos rojos
Que aun no estaban cansadas de ser ojos,
Cuando eran celebradas
¡Oh dulces luces por mi mal halladas,
Dulces y alegres cuando Dios queria!,
Ya no las puede usar la Musa mia
Sin que diga severo algun letrado
Que Garcilaso está muy maltratado
Y en lugar indecente.
Mas si no es á su Musa competente
Y le ha de dar enojo semejante,
Quite aquellos dos versos, y ¡adelante!
Digo, pues, que el coral, entre los sabios,
Se andaba con la grana aun en los labios,
Y las perlas de nítidos orientes
Andaban enseñándose á ser dientes,
Y alegaba la concha, no muy loca,
Que si ellas dientes son, ella es la boca;
Desde entónces, no hay duda,
Empezó la belleza á ser conchuda.
Pues ¿las piedras? ¡ay Dios! y qué riqueza!
Era una platería una belleza,
Que llevaba por dote en sus facciones
Mas de treinta millones.
Eso sí era hacer versos descansado,
Y no en aqueste siglo desdichado
Y de tal desventura,
Que está ya tan cansada la hermosura
De verse en los planteles
De azucenas, de rosas y claveles,
Ya del tiempo marchitos,
Recojiendo humedades y mosquitos,
Que con enfado estraño
Quisiera mas un saco de hermitaño.
Y así andan los poetas desvalidos
Achicando antiguallas de vestidos,
Y talvez sin mancilla
lo que es jubon ajustan á ropilla,
O hacen de unos centones
De remiendos diversos los calzones,
Y nos quieren vender por estremada
Una belleza rota y remendada.
Pues ¿qué es ver las metáforas cansadas
En que han dado las Musas alcanzadas?
No hay ciencia, arte ni oficio
Que con estraño vicio
Los poetas, con vana sutileza,
No anden acomodando á la belleza,
Y pensando que pintan de los cielos
Hacen unos retablos de sus duelos.
Pero diránme ahora
Que ¿quién á mí me mete á ser censora?
Pues de lo que no entiendo es grave exceso;
Pero yo les respondo, que por eso:
Pues siempre el que censura y contradice,
Es quién ménos entiende lo que dice.
Mas si alguno se irrita,
Murmúreme tambien; ¿quién se lo quita?
No haya miedo que en eso me fatigue,
Ni que á ninguno obligue
A que encargue su alma:
Téngasela en su palma
Y haga lo que quisiere,
Pues su sudor le cuesta al que leyere;
Y si ha de disgustarse con leello,
Vénguese del trabajo con mordello,
Y allí me las dén todas,
Pues yo no me he de hallar en esas bodas.
Miren, esto de bodas es constante
Que lo dije por solo el consonante;
Si alguno halla otra voz que mas espresa,
Yo le doy mi poder, y quíteme esa.
Mas volviendo á mi arenga comenzada,
Válgame por Lizarda retratada,
Y ¡qué difícil eres!
No es mala propiedad de las mujeres.
Mas ya lo prometí, cumplirlo es fuerza,
Aunque las manos tuerza:
A acabarlo me obligo
Pues tomo bien la pluma, y Dios conmigo.
Vaya, pues, de retrato!
Denme un Dios que socorra de barato.
¡Ay¡ con toda la trampa,
Que una musa de la ampa,
A quien ayuda tan propicio Apolo,
Se haya rozado con Jacinto Polo
En aquel conceptillo desdichado!
¡Y pensarán que es robo muy pensado!
Es, pues, Lizarda... es pues... ¡Ay Dios, qué aprieto
No sé quién es Lizarda, les prometo;
Que mi atencion sencilla
Pintarla prometió, no definilla.
Digo, pues... ¡oh que pueses tan soeces!
¿Todo el papel he de llenar de pueses?
¡Jesus! qué mal empiezo!....
Principio iba á decir, ya lo confieso,
Y acordéme al instante
Que principio no tiene consonante.
Perdonen, que esta mengua
Es porque no me ayuda bien la lengua.
¡Jesus! y ¡qué cansados
Estarán de esperar desesperados
Los tales mis oyentes;
Mas si esperar no gustan, impacientes,
Y juzgaren que es largo y que es pesado,
Vayan con Dios, que ya esto se ha acabado;
Pues quedándome sola y retirada
Mi borrador haré mas descansada.
Por el cabello empiezo, estense quedos,
Que hay aquí que pintar muchos enredos;
No hallo comparacion que bien le cuadre;
Qué para poco me parió mi madre!
¿Rayos de sol? Ya aqueso se ha pasado;
La pragmática nueva lo ha quitado.
¿Cuerdas de arco de amor en dulce trance?
Eso es llamarlo cerda en buen romance.
¡Qué linda cosa fuera
El tomar la ocasion por la mollera!
Pero aquesta ocasion ya se ha pasado,
Y calva está de haberla repelado.
Y así en su calva lisa
La cabellera irá tambien postiza,
Y el que llegue á cogerla
Se queda con el pelo y no con ella,
Y, en fin, despues de tanto dar en ello,
¿Qué tenemos, mi Musa, de cabello?
El de Absalon viniera aquí nacido,
Por tener mi discurso suspendido;
Mas no quiero meterme yo en honduras
Mostrándome entendida en Escrituras.
En ser cabello de Lizarda quede.
Que es lo que mas encarecerse puede,
Y bájese á la frente mi reparo:
¡Gracias á Dios que salgo hácia lo claro!
Que me pude perder en la espesura
Sino saliera por la comisura.
Tendrá, pues, la tal frente
Una caballería largamente,
Segun está de limpia y despejada;
Y si temen por esto verla arada,
Pierdan este recelo,
Que estas caballerías son del cielo.
¿Qué apostamos que ahora piensan todos
Que he perdido los modos
Del estilo burlesco,
Pues que ya por los cielos me encarezco?
Pues no fué este mi intento,
Que yo no me acordé del firmamento,
Porque mi estilo llano
Se tiene acá otros cielos mas á mano;
Que á ninguna belleza se le veda
El que tener dos cielos juntos pueda;
Y ¿cómo? Uno en la boca, otro en la frente.
¡Por Dios, que lo he enmendado lindamente!
Las cejas son agora, ¿diré arcos?
No, que su consonante es luego zarcos,
Y si yo pinto zarca su hermosura,
Dará Lizarda al diablo la pintura,
Y me dirá que solo algun demonio
Levantara tan falso testimonio.
Pues yo lo he de decir, y en esto ahora
Conozco que devéras soy pintora,
Que mentir de un retrato en los primores
Es el último exámen de pintores.
En fin, ya con ser arcos se han salido;
Pero ¿piensan que son los de Cupido?
¿O que son paz del dia?
Pues no son sino de una cañería
Por donde encaña el agua á sus enojos,
Por mas señas, que tiene allí dos ojos.
Esto ¿quién lo ha pensado?
¿Me dirán que esto es viejo y es trillado?
Mas ya que los nombré, fuerza es pintallos,
Aunque no tope verso en qué colgallos.
¡Nunca yo los mentara!
Que quizas al lector se le olvidara.
Empiezo á pintar, pues: nadie se ria
De ver que titubea mi Talia;
Que no es hacer buñuelos,
Pues tienen su pimienta los ojuelos,
Y no hallo en mi conciencia
Comparacion que tenga conveniencia
Con tantos arreboles...
¡Jesus! no estuve un tris de decir soles!
¡Qué grande barbarismo!
Apolo me defienda de sí mismo;
Que á los que son de luces sus pecados,
Los veo condenar de alucinados,
Y temerosa yo, viendo su enojo,
Trato de echar mis luces en remojo.
Tentacion solariega en mí es estraña...
Que se vaya á tentar á la montaña.
En fin, yo no hallo símil competente
Por mas que doy palmadas en mi frente,
Y las uñas me como.
¿Dónde el viste estará y el así como,
Que siempre tan activos
Se andan á principiar comparativos?
Mas ¡ay! que donde vistes hubo antaño,
No hay así como ogaño;
Pues váyanse sin ellos muy serenos,
Que no por eso dejan de ser buenos,
Ni de ser manantial de perfecciones,
Que no todo ha de ser comparaciones;
Y ojos de una beldad tan peregrina
Razon es ya que salgan de madrina,
Pues á sus niñas fuera hacer ultrage
Quererlas tener siempre en pupilage.
En fin, nada les cuadra, que es locura
Al círculo buscar la cuadratura.
Síguese la nariz, y es tan seguida
Que ya quedó con esto definida;
Y nariz torticera tan tremenda
No hay geómetra alguno que la entienda.
Pásame á las mejillas;
Y aunque es su consonante maravillas,
No las quiero yo hacer predicadores
Que digan: Aprended de mí, á las flores.
Mas si he de confesarles mi pecado,
Algo el carmin y grana me han tentado.
Mas agora ponérselos no quiero:
Si ella lo quiere, gaste su dinero;
Que es grande bobería
El quererla afeitar á costa mia.
Ellas, en fin, aunque parecen rosa,
Lo cierto es que son carne, y no otra cosa.
¡Válgame Dios! lo que se sigue ahora.
Haciéndome está cocos el aurora
Por ver si la comparo con su boca;
Y el oriente con perlas me provoca;
Pero no hay que admirarme,
Que ni una sed de oriente ha de costarme.
Es, en efecto, de color tan fina
Que parece bocado de cecina;
Y no he dicho muy mal, pues de salada
Dicen que se le ha puesto colorada.
Miren cómo sé hacer comparaciones
Muy propias en algunas ocasiones.
Y es que donde no piensa el que es mas vivo,
Falta el comparativo;
Y si alguno dijere que es grosera
Una comparacion de esta manera,
Respóndame la Musa mas ufana,
¿Es mejor el gusano que la grana?
¿O el clavel, que si el gusto los apura
Hará echar las entrañas su amargura?
Con todo, númen mio,
Aquesto de la boca va muy frio;
Yo digo mi pecado,
Ya está el pincel cansado;
Pero, pues tengo ya frialdad tanta,
Gastemos esta nieve en la garganta,
Que la tiene tan blanca y tan helada
Que le sale la voz garapiñada.
Mas por sus pasos, yendo á paso llano,
Se me vienen las manos á la mano.
Aquí habrá menester grande cuidado,
Pues ya toda la nieve se ha gastado,
Y para la blancura que atesora
No me ha quedado ni una cantimplora;
Y fué la causa de esto
Que, como iba sin sal, se gastó presto.
Mas puesto que pintarla solicito,
Por la Vírgen, que esperen un tantito,
Miéntras la pluma tajo
Y me alivio un poquito del trabajo,
Y, por decir verdad, miéntras suspensa
Mi imaginacion piensa
Algun concepto que á sus manos venga.
¡Oh! si Lizarda se llamara Menga!
Qué equívoco tan lindo me ocurría,
Que solo por el nombre se me enfría!
Ello fuí desgraciada
En estar ya Lizarda bautizada.
Acabemos, que el tiempo nunca sobra:
A las manos, y manos á la obra.
Empiezo por la diestra,
Que aunque no es ménos bella la siniestra,
A la pintura es llano
Que se le ha de asentar la primer mano.
Es, pues, blanca y hermosa con exceso,
Porque es de carne y hueso,
No de marfil ni plata, que es quimera
Y á una estatua servir solo pudiera;
Y con esto, aunque es bella,
Sabe su dueño bien servirse de ella,
Y la estima bizarra,
Mas que no porque luce, porque agarra.
Pues no le queda en zaga la siniestra,
Porque aunque no es tan diestra,
Y es algo ménos en la lijereza,
No tiene un dedo ménos de belleza.
Aquí viene rodada
Una comparacion acomodada:
Porque, no hay duda, es llano
Que es la una mano como la otra mano.
Y si alguno dijere que es friolera
El querer comparar de esta manera,
Respondo á su censura,
Que el tal no sabe lo que se murmura,
Pues pudiera muy bien naturaleza
Haber sacado manca esta belleza;
Que yo he visto bellezas muy ramplonas
Que, si mancas no son, son macarronas.
Ora falta á mi Musa la estrechura
De pintar la cintura.
En ella he de gastar poco capricho,
Pues con decirla breve, se está dicho;
Porque ella es tan delgada,
Que en una línea queda ya pintada.
El pié yo no lo he visto, y fuera engaño
Retratar el tamaño,
Ni mi Musa sus puntos considera,
Porque no es zapatera;
Pero segun airoso el cuerpo mueve,
Debe el pié de ser breve,
Porque es, nadie ha ignorado,
El pié de arte mayor largo y pesado.
Y si en cuenta ha de entrar la vestidura,
Que ya es el traje parte en la hermosura,
El hasta aquí del garbo y de la gala
A la suya no iguala,
De fiesta ò de revuelta,
Porque está bien prendida, y mas bien suelta.
Un adorno garboso y no afectado,
Que parece descuido y es cuidado;
Un aire con que arrastra la tal niña
Con aseado desprecio la basquiña,
En que se van pegando
Las almas entre el polvo que va hollando;
Un arrojar el pelo por un lado,
Como que la acongoja por copado;
Y al arrojar el pelo,
Descubrir un... Por poco digo cielo,
Quebrantando la ley; mas ¿qué importara
Que yo la quebrantara?
A nadie cause escándalo ni espanto,
Pues no es la ley de Dios la que quebranto;
Y con todo, si á ustedes les parece,
Será razon que ya el retrato cese,
Que no quiero cansarme,
Pues ni aun el coste de él han de pagarme.
Veinte años de cumplir en mayo acaba.
Juana Ines de la Cruz la retrataba.

EPIGRAMAS.

I.

Que te dan en la hermosura
La palma, dices, Leonor;
La de vírgen es mejor
Que tu cara te asegura.
No te precies con descoco
Que á todos robas el alma,
Pues si te han dado la palma
Es, Leonor, porque eres coco.

II.

Porque tu sangre se sepa
Cuentas á todos, Alfeo,
Que eres de reyes; yo creo
Que eres de muy buena zepa;
Y que, pues á cuantos topas
Con esos reyes enfadas,
Que mas que reyes de espadas,
Debieron de ser de copas.

III.

El no ser de padre honrado
Fuera defecto, á mi ver,
Si como recibí el ser
De él, se lo hubiera yo dado.
Mas piadosa fué tu madre
Que hizo que á muchos sucedas,
Para que entre tantos puedas
Tomar el que mas te cuadre.

IV.

Capitan es ya don Juan;
Mas quisiera mi cuidado
Hallarle lo reformado
Antes de lo capitan;
Porque cierto que me inquieta
En accion tan atrevida,
Ver que no sepa la brida
Y se atreva á la gineta.

LOS SILBOS.

DIALOGO.

(Tomado del final de un sainete.)

Muñoz.—Silbadito del alma,
No te me ahorques,
Que los silbos se hicieron
Para los hombres.

Acebedo.—Silbadores del diablo,
Morir dispongo,
Que los silbos se hicieron
Para los toros.

Comp. 1º.—Pues que ahorcar te quieres,
Toma la soga,
Que aqueste cordelejo
No es otra cosa.

Acebedo.—No me silveis, demonios,
Que mi cabeza
No recibe los silvos,
Aunque está hueca.

Arias.—Vaya de silbos, vaya!
¡Silbad, amigos!
Que en lo hueco resuenan
Muy bien los silbos.

Acebedo.—Gachupines parecen
Recien venidos,
Porque todo el teatro
Se hunde á silbos.

Muñoz.—Vaya de silbos, vaya!...

Comp. 2º.—Y los malos poetas
Tengan sabido,
Que si vítores quieren,
Este es el vítor.

Todos cant.—Vaya de silbos, vaya!...

Acebedo.—Baste ya, por Dios, baste;
No me den soga,
Que ya les doy palabra
De no hacer otra.

Muñoz.—No es aquesto bastante,
Que es el delito
Descomunal, y pide
Mayor castigo.

Todos cant.—Vaya de silbos, vaya!...

Acebedo.—Pues si aquesto no basta,
¿Qué me disponen?
Que como no sean silbos,
Dénme garrote.

Arias.—Pues de pena te sirva,
Que lo has pedido,
El que otra vez traslades
Lo que has escrito.

Acebedo.—Eso no, que es aquese
Tan gran castigo,
Que mas quiero atronado
Morir á silbos.

Muñoz.—Pues lo has pedido, vaya!
¡Silbad, amigos,!
Que en lo hueco resuenan
Muy bien los silbos.

LOS EMPEÑOS DE UNA CASA.

COMEDIA FAMOSA.

Interlocutores.

Don Cárlos.
Don Juan.
Don Pedro.
Don Rodrigo.
Doña Leonor.
Doña Ana.
Celia.
Hernando.
Castaño.
Dos embozados.
Dos coros de música.

JORNADA PRIMERA.

Salen doña Ana y Celia.

Doña Ana.—Hasta que venga mi hermano,
Celia, le hemos de esperar.

Celia.—Pues eso será velar,
Porque él juzga que es temprano
La una, las dos; y á mi ver,
Aunque es grande ociosidad,
Viene á decir la verdad,
Pues viene al amanecer.
Mas por ahora ¿qué te dió
Esta gana de esperar,
Si te entras siempre á acostar
Tú, y le espero solo yo?

Doña Ana.—Has de saber, Celia mia,
Que aquesta noche ha fiado
De mí todo su cuidado;
Tanto de mi afecto fia.
Bien sabes tú que él salió
De Madrid dos años há,
Y á Toledo, donde está,
A una cobranza llegó,
Pensando luego volver;
Y así en Madrid me dejó,
Donde estando sola yo
Y poder ser vista y ver,
Me vió don Juan y le ví,
Y me solicitó amante,
A cuyo pecho constante
Atenta correspondí;
Cuando, ó por no ser tan llano
El pleito como juzgó,
O, lo cierto, porque no
Queria irse mi hermano;
Porque vive aquí una dama
De perfecciones tan sumas,
Que dicen que faltan plumas
Para alabarla á la fama,
De la cual enamorado,
Aunque no correspondido,
Por conseguirla, perdido,
En Toledo se ha quedado;
Y porque yo no estuviese
Sola en la corte sin él,
O porque á su amor cruel
De algun alivio le fuese,
Dispuso el que venga aquí
A vivir yo, y al instante
Dí cuenta á don Juan, que amante
Vino á Toledo tras mí;
Fineza á que agradecida
Toda el alma estar debiera,
Si ya (¡ay de mí!) no estuviera
Del empeño arrepentida;
Porque el amor, que es villano
En el trato y la bajeza,
Se ofende de la fineza...
Pero, volviendo á mi hermano,
Sábete que él ha inquirido,
Con obstinada porfía,
Qué motivo haber podia
Para no ser admitido,
Y ha hallado que es otro amor,
(Aunque yo no sé de quien,)
Sintiendo, mas que el desden,
Que otro gozase el favor:
Que como este fiero engaño
Es envidioso veneno,
Se siente el provecho ajeno
Mucho mas que el propio daño.
Sobornando (¡Oh vil costumbre
Que así la razon estraga,
Que es tan ciego amor, que paga
Porque le den pesadumbre!)
Una criada que era
De quien ella se fiaba,
En el estado que estaba
Su amor, con el fin que espera
Y con lo demas que pasa,
Supo de la infiel criada
Que estaba determinada
A salirse de su casa
Esta noche con su amante;
De que mi hermano furioso,
Como á quien está celoso
No hay peligro que le espante,
Con unos hombres trató
Que fingiéndose justicia
(¡Mira que astuta malicia!)
Prendan al que la robó,
Y que al pasar por aquí
Al galan y dama bella,
Como en depósito á ella
Me la entregasen á mí;
Y que luego al apartarse,
Como que acaso ellos van
Descuidados del galan,
Den lugar para escaparse;
Con lo cual claro se arguye
Que él se valdrá de los pies
Huyendo, pues piensa que es
La justicia de quien huye;
Y mi hermano, con la traza
Que su amor ha discurrido,
Sin riesgo habrá conseguido
Traer la dama á su casa;
Y en ella es bien fácil cosa
Galantearla abrasado,
Sin que él parezca culpado,
Ni ella pueda estar quejosa;
Porque si tanto despecho
Ella llegase á entender,
Visto es que ha de aborrecer
A quien tal daño le ha hecho,
Aquesto que te he contado,
Celia, tengo que esperar;
Mira ¿cómo puedo entrar
A acostarme sin cuidado?

Celia.—Señora, nada me admira,
Que en amor no es novedad
Que se vista la verdad
Del color de la mentira;
Ni ¿quién habrá que se espante,
Si lo que es llega á entender
Temeridad de mujer
Ni resolucion de amante,
Ni de traidoras criadas,
Que eso en todo el mundo pasa,
Y quizá dentro de casa
Hay algunas calderadas?
Solo admirado me han,
Por las acciones que han hecho,
Los indicios que tu pecho
Da de olvidar á don Juan.
Y no sé porqué el cuidado
Das en trocar en olvido,
Cuando ni causa has tenido
Tú, ni don Juan te la ha dado.

Doña Ana.—Que él no me la da, es verdad;
Que no la tengo, es mentira.

Celia.—¿De qué modo?

Doña Ana.—¿Qué te admira?
Es ciega la voluntad.
Tras mí, como sabes, vino
Amante y fino don Juan,
Quitándose de galan
Lo que se añade de fino,
Sin dejar á qué aspirar
A la ley del albedrio;
Porque si él es ya tan mio,
¿Qué tengo que desear?
Pero no es aquesta sola
La causa de mi despego,
Sino porque ya otro fuego
En mi pecho se acrisola.
Suelo en esta calle ver
Pasar á un galan mancebo,
Que si no es el mismo Febo,
Yo no sé qué pueda ser.
A este, ¡ay de mí! Celia mia,
No sé si es gusto ó capricho,
Y... pero ya te lo he dicho,
Sin saber lo que decia.

Celia.—¿Lloras?

Dª. Ana.—Pues ¿no he de llorar,
¡Ay de mí infelice! cuando
Conozco que estoy errando
Y no me puedo enmendar?

Celia.—[Ap.] ¡Qué buenas nuevas me dan
Con esto que ahora he oido,
Para tener yo escondido
En su cuarto al tal don Juan!
Que habiendo notado el modo
Con que le trata enfadada,
Quiere hacer la tarquinada
Y dar al traste con todo.
Y ¿quién, señora, ha logrado
Tu amor?

Dª. Ana.—Solo decir puedo
Que es un don Cárlos de Olmedo
El galan... Mas han llamado;
Mira quién es, que despues
Te hablaré, Celia.

Celia.—¿Quién llama?

[Dent.]—La justicia.

Dª. Ana.—Esta es la dama;
Abre, Celia.

Celia.—Entre quien es.

(Entran los embozados y doña Leonor.)

Emb.—Señora, aunque yo no ignoro
El decoro de esta casa,
Pienso que el entrar en ella
Ha sido mas venerarla
Que ofenderla, y así os ruego
Que me tengais esta dama
Depositada, hasta tanto
Que se averigue la causa
Por qué le dió muerte á un hombre
Otro que la acompañaba;
Y perdonad, que á hacer vuelvo
Diligencias no escusadas
En tal caso [Vánse].

Dª. Ana.—¿Qué es aquesto?
Celia, á aquesos hombres llama,
Que lleven esta mujer,
Que no estoy acostumbrada
A oir tales liviandades.

Celia.—[Ap.] Bien la deshecha mi ama
Hace de querer tenerla.

Dª. Leo.—Señora, en la boca el alma
Tengo ¡ay de mí! Si piedad
Mis tiernas lágrimas causan
En tu pecho [hablar no acierto]
Te suplico arrodillada,
Que ya que no de mi vida,
Tengas piedad de mi fama,
Sin permitir, puesto que
Ya una vez entré en tu casa,
Que á otra me lleven, á donde
Corra mayores borrascas
Mi opinion; que á ser mujer,
Como imaginas, liviana,
Ni á tí te hiciera este ruego,
Ni yo tuviera estas ansias.

Dª. Ana.—A lástima me ha movido
Tu belleza y tu desgracia.

[Ap.]—Bien dice mi hermano, Celia.

Cel. [Ap.]—Es belleza sobrehumana,
Y si está así en la tormenta,
¿Cómo estará en la bonanza?

Dª. Ana.—Alzad del suelo, señora,
Y perdonad si turbada
Del repentino suceso,
Poco atenta y cortesana
Me he mostrado, que ignorar
Quien sois pudo dar la causa
A la estrañeza; mas ya
Vuestra persona gallarda
Informa en vuestro favor
De suerte que toda el alma
Ofrezco para serviros.

Dª. Leo.—Déjame besar tus plantas,
Bella deidad, cuyo templo,
Cuyo culto, cuyas aras
De mi deshecha fortuna
Son el asilo.

Dª. Ana.—Levanta,
Y cuéntame qué sucesos
A tal desdicha te arrastran;
Aunque si eres tan hermosa,
No es mucho ser desdichada.

Cel. [ap.]—De la envidia que le tiene
No le arriendo la ganancia.

Dª. Leo.—Señora, aunque la vergüenza
Me pudiera ser mordaza
Para callar mis desdichas
La que, como yo, se halla
En tan infeliz estado,
No tiene porqué callarlas;
Antes pienso que me abona
El hacer lo que me mandas,
Pues son tales los indicios
Que tengo de estar culpada,
Que por culpables que sean,
Son mas decentes sus causas;
Y así escúchame.

Dª. Ana.—El silencio
Te responda.

Celia.—[Ap.] ¡Cosa brava!
Relacion á media noche
Y con vela? ¡que no valga!

Dª. Leo.—Si de mis sucesos quieres
Escuchar los tristes casos,
Con que ostentan mis desdichas
Lo poderoso y lo vario,
Escucha, por sí consigo
Que divirtiendo tu agrado,
Lo que fué trabajo propio
Sirva de ajeno descanso,
O porque en el desahogo
Hallen mis tristes cuidados
A la pena de sentirles
El alivio de contarlos.
Yo nací noble, este fué
De mi mal el primer paso,
Que no es pequeña desdicha
Nacer noble un desdichado;
Que aunque la nobleza sea
Joya de precio tan alto,
Es alhaja que en un triste
Solo sirve de embarazo;
Porque estando en un sujeto,
Repugnan como contrarios
Entre plebeyas desdichas
Haber respetos honrados.
Decirte que nací hermosa
Presumo que es escusado,
Pues lo atestiguan tus ojos,
Y lo prueban mis trabajos.
Solo diré... Aquí quisiera
No ser yo quien lo relato,
Pues en callarlo ó decirlo
Dos inconvenientes hallo:
Porque si digo que fuí
Celebrada por milagro
De discrecion, me desmiente
La necedad de contarlo;
Y si lo callo, no informo
De mí, y en un mismo caso
Me desmiento si lo afirmo,
Y lo ignoras si lo callo.
Pero es preciso al informe
Que de mis sucesos hago
[Aunque pase la modestia
La vergüenza de contarlo]
Para que entiendas la historia,
Presuponer asentado
Que mi discrecion la causa
Fué principal de mi daño.
Inclinéme á los estudios
Desde mis primeros años,
Con tan ardientes desvelos,
Con tan ansiosos cuidados,
Que reduje á tiempo breve
Fatigas de mucho espacio.
Conmuté el tiempo industriosa
A lo intenso del trabajo,
De modo que en breve tiempo
Era el admirable blanco
De todas las atenciones,
De tal modo que llegaron
A venerar como infuso
Lo que fué adquirido lauro.
Era de mi patria toda
El objeto venerado
De aquellas adoraciones
Que forma el comun aplauso;
Y como lo que decia
[Fuese bueno ó fuese malo]
Ni el rostro lo deslucia
Ni lo desairaba el garbo,
Llegó la supersticion
Popular á empeño tanto,
Que ya adoraban deidad
El ídolo que formaron.
Voló la fama parlera,
Discurrió reinos estraños,
Y en la distancia segura
Acreditó informes fallos.
La pasion se puso anteojos
De tan engañosos grados,
Que á mis moderadas prendas
Agrandaban los tamaños.
Víctima en mis aras eran,
Devotamente postrados,
Los corazones de todos
Con tan comprehensivo lazo,
Que habiendo sido el principio
Aquel culto voluntario,
Llegó despues la costumbre
Favorecida de tantos
A hacer como obligatorio
El festejo cortesano,
Y si alguno disentia
Paradojo ó avisado,
No se atrevia á proferirlo,
Temiendo que por estraño
Su dictámen no incurriese,
Siendo de todos contrario,
En la nota de grosero,
O en la censura de vano.
Entre estos aplausos yo,
Con la atencion zozobrando
Entre tanta muchedumbre,
Sin hallar seguro blanco,
No acertaba á amar á alguno
Viéndome amada de tantos.
Sin temor en los concursos
Defendia mi recato,
Con peligros del peligro
Y con el daño del daño.
Con una afable modestia
Igualando el agasajo,
Quitaba lo general
Lo sospechoso al agrado.
Mis padres en mi mesura
Vanamente asegurados,
Se descuidaron conmigo;
¡Qué dictámen tan errado!
Pues fué quitar por defuera
Las guardas y los candados
A una fuerza que en sí propia
Encierra tantos contrarios.
Y como tan neciamente
Conmigo se descuidaron,
Fué preciso hallarme el riesgo
Donde me perdió el cuidado.
Sucedió, pues, que entre muchos
Que de mi fama incitados
Contestar con mi persona
Intentaban mis aplausos,
Llegó acaso á verme, (¡ay cielos!
¿Cómo permitis tiranos
Que un afecto tan preciso
Se forjase de un acaso?)
Don Cárlos de Olmedo, un jóven
Forastero, mas tan claro
Por su orígen, que en cualquiera
Lugar que llegue á hospedarlo
Podrá no ser conocido,
Pero no ser ignorado.
Aquí que me des te pido
Licencia para pintarlo,
Por disculpar mis errores
O divertir mis cuidados,
O porque al ver de mi amor
Los extremos temerarios,
No te admire, que el que fué
Tanto, mereciere tanto.
Era su rostro un enigma
Compuesto de dos contrarios,
Que eran valor y hermosura,
Tan felizmente hermanados,
Que faltándole á lo hermoso
La parte de afeminado,
Hallaba lo mas perfecto
En lo que estaba mas falto;
Porque ajando las facciones
Con un varonil desgano
No consintió á la hermosura
Tener imperio asentado;
Tan remoto á la noticia,
Tan ageno del reparo,
Que aun no le debió lo bello
La atencion de despreciarlo:
Que como en mi nombre está
Lo hermoso como sobrado,
Es bueno para tenerlo
Y malo para ostentarlo.
Era el talle como suyo,
Que aquel talle y aquel garbo,
Aunque la naturaleza
A otro dispusiera darlo,
Solo le asentara bien
Al espíritu de Cárlos;
Que fué de su providencia
Esmero bien acertado
Dar un cuerpo tan gentil
A espíritu tan gallardo.
Gozaba un entendimiento
Tan sutíl, tan elevado,
Que la edad de lo entendido
Era un mentis de sus años.
Alma de estas perfecciones
Era el gentil desenfado
De un despejo tan airoso,
Un gusto tan cortesano,
Un recato tan amable,
Un tan atractivo agrado,
Que en el mas bajo descuido
Se hallaba el primor mas alto;
Tan humilde en los afectos,
Tan tierno en los agasajos,
Tan fino en las persuaciones,
Tan apacible en el trato,
Y en todo, en fin, tan perfecto,
Que ostentaba cortesano
Despojos de lo rendido
Por galas de lo alentado.
En los desdenes sufrido,
En los favores callado,
En los peligros resuelto
Y prudente en los acasos.
Mira si con estas prendas,
Con otras mas que te callo,
Quedaría en la mas cuerda
Defensa para el recato.
En fin, yo le amé; no quiero
Cansar tu atencion, contando
De mi temerario empeño
La historia caso por caso;
Pues tu discrecion no ignora
De empeños enamorados,
Que es su ordinario principio
Desasosiego y cuidado,
Su medio, lances y riesgos,
Su fin, tragedias ó agravios.
Creció el amor en los dos
Recíproco, y deseando
Que nuestra feliz union
Lograda en tálamo casto
Confirmase de himeneo
El indisoluble lazo;
Y por acaso mi padre,
Que ya para darme estado
Andaba entre mis amantes
Los méritos regulando,
Atento á otras conveniencias
No nos fuese un embarazo,
Dispusimos esta noche
La fuga, y atropellando
El cariño de mi padre
Y de mi honor el recato,
Salí á la calle, y apénas
Daba los primeros pasos,
Entre cobardes recelos
De mi desdicha, fiando
La una mano á las basquiñas
Y á mi manto la otra mano,
Cuando á nosotros resueltos
Llegaron dos embozados.
“¿Qué gente?” dicen, y yo
Con el aliento turbado,
Sin reparar lo que hacia
[Porque suele en tales casos
Hacer publicar secretos
El cuidado de guardarlos]
¡Ay Cárlos! perdidos somos,
Dije, y apénas tocaron
Mis voces á sus oidos,
Cuando los dos arrancando
Los aceros, dijo el uno:
“¡Matadlo, don Juan, matadlo!
Que esa tirana que lleva
Es doña Leonor de Castro
Mi prima.” Sacó mi amante
El acero, y alentado,
Apénas la aguda punta
Llegó al pecho del contrario,
Cuando diciendo: ¡Ay de mí!
Dió en tierra; y viendo el fracaso
Dió voces el compañero,
A cuyo estruendo llegaron
Algunos; y aunque pudiera
La fuga salvar á Cárlos,
Por no dejarme en el riesgo
Se detuvo temerario,
De modo que la justicia,
Que acaso andaba rondando,
Llegó á nosotros; y aunque
Segunda vez obstinado
Intentaba defenderse,
Persuadido de mi llanto
Rindió la espada á mi ruego,
Mucho mas que á sus contrarios.
Prendiéronle, en fin, y á mí,
Como á ocasion del estrago,
Viendo que el que queda muerto
Era don Diego de Castro,
Mi primo, en tu noble casa,
Señora, depositaron
Mi persona y mis desdichas,
Donde en un punto me hallo
Sin crédito, sin honor,
Sin consuelo, sin descanso,
Sin aliento, sin alivio,
Y finalmente esperando
La ejecucion de mi muerte
En la sentencia de Cárlos.

Dª. Ana.—[Ap.] ¡Cielos! que es esto que escucho!
Al mismo que yo idolatro
Es al que quiere Leonor.
¡Oh! que presto que ha vengado
Amor á don Juan! ay triste!
Señora, vuestros cuidados
Siento, como es justo. Celia,
Lleva esta dama á mi cuarto,
Miéntras yo á mi hermano espero.

Cel. á Leo.—Venid, señora.

Dª. Leo.—Tus pasos
Sigo (¡ay de mí!) pues es fuerza
Obedecer á los hados.

(Vánse Celia y doña Leonor.)

Dª. Ana.—Si de Cárlos la gala y bizarría
Pudo por sí mover á mi cuidado,
¿Cómo parecerá, siendo envidiado,
Lo que solo por sí bien parecia?
Si sin triunfo rendirle pretendia,
Sabiendo ya que vive enamorado,
¿Qué victoria será verle apartado
De quien ántes por suyo le tenia?
Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera
Pagar su amor, que á olvido ya condeno,
¿Cómo podré, si ya en mi pena fiera
Introducen los celos su veneno?
Que es Cárlos, mas galan, y aunque no fuera,
Tiene de mas galan el ser ageno.

(Salen don Cárlos con la espada desnuda y Castaño.)

D. Cár.—Señora, si en vuestro amparo
Hallan piedad las desdichas,
Lograd el triunfo mayor
Siendo amparo de las mias.
Siguiendo viene mis pasos
No ménos que la justicia,
Y como huir de ella es
Generosa cobardía,
Al asilo de esos pies
Mi acosado aliento aspira,
Aunque si ya perdí el alma
Poco me importa la vida.

Cast.—A mí sí me importa mucho,
Y así, señora, os suplica
Mi miedo que me escondais
Debajo de las basquiñas.

D. Cár.—Calla, necio!

Cast.—Pues ¿será
La primer vez, si lo miras,
Esta que los sacristanes
A los delincuentes libran?

Dª. Ana.—(Ap.) Cárlos es, válgame el cielo!
La ocasion á la medida
Del deseo se me viene
De obligar con bizarrías
Su amor, sin hacer ultrage
A mi presuncion altiva;
Pues amparándole aquí
Con generosas caricias,
Cubriré lo enamorada
Con visos de compasiva;
Y sin dejar la altivez
Que en mi decoro es precisa,
Podré, sin rendirme yo,
Obligarle á que se rinda;
Que aunque sé que ama á Leonor,
¿Qué voluntad hay tan fina
En los hombres, que si ven
Que otra ocasion los convida,
La dejen por la que quieren?
Pues alto, amor, ¿qué vacilas,
Si de que puede mudarse
Tengo el ejemplo en mi misma?
Caballero, las desgracias
Suelen del valor ser hijas
Y cebo de las piedades,
Y así, si las vuestras libran
En mí su alivio, cobrad
La respiracion perdida,
Y en esta cuadra que cae
A un jardin entrad á prisa,
Antes que venga un hermano
Que tengo, y con la malicia
De veros conmigo solo,
Otro riesgo os aperciba.

D. Cár.—No quisiera yo, señora,
Que el amparo de mi vida
A vos os costara un susto.

Cast.—¿Ahora en aquesto miras?
¡Cuerpo de quien me parió!

Dª. Ana.—Nada á mí me desanima;
Venid, que aquí hay una pieza
Que nunca mi hermano pisa,
Por ser en la que se guardan
Alhajas que en las visitas
De cumplimiento me sirven,
Como son alfombras, sillas
Y otras cosas; y ademas
De aquesto, tiene salida
A un jardin, por sí algo hubiere;
Y porque nada os aflija,
Venid y os lo mostraré;
Pero ántes será precisa
Diligencia el que yo cierre
La puerta, porque advertida
Salga en llamando mi hermano.

Cast.—Señor qué cosa tan rica,
Y qué dama tan bizarra;
¿No hubieras (pese á mis tripas,
Que claro es que ha de pesarlas,
Pues se han de quedar vacias)
Enamorado tú á aquesta,
Y no á aquella pobrecita
De Leonor, cuyo caudal
Son cuatro bachillerías?

D. Cár.—Vive Dios, villano!...

Dª. Ana.—Vamos.
(Ap.) Amor, pues que tú me brindas
Con la dicha, no le niegues
Despues el logro á la dicha.

(Vánse. Salen don Rodrigo y Hernando.)

D. Rod.—¿Qué me dices, Hernando?

Her.—Lo que pasa,
Que mi señora se salió de casa.

D. Rod.—¿Y con quién no has sabido?

Her.—¿Cómo puedo
Si, como sabes tú, todo Toledo,
Y cuantos á él llegaban
Su belleza é ingenio celebraban?
Con lo cual conocerse no podia
Cual festejo era amor, cual cortesía,
En que no sé si tú culpado has sido,
Pues festejarla tanto has permitido,
Sin advertir que aunque era recatada,
Es fuerte la ocasion y el verse amada,
Y que es fácil que amante é importuno
Entre los otros le agradase alguno.

D. Rod.—Hernando, no me apures la paciencia,
Que aqueste ya no es tiempo de advertencia.
¡Oh fiera! ¿quién diria
De aquella mesurada hipocresía,
De aquel punto y recato que mostraba
Que liviandad tan grande se encerraba
En su pecho alevoso?
¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!
Quién en vosotras fia,
Si con igual locura y osadía,
Con la misma medida
Se pierde la ignorante y la entendida!
Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,
Por la incomodidad de mi pobreza,
Con tu ingenio seria
Lo que mas alto dote te daria,
Y ahora en lo que has hecho
Conozco que es mas daño que provecho;
Pues el ser conocida y celebrada
Y por nuevo milagro festejada,
Me sirve, hecha la cuenta,
Solo de que se sepa mas tu afrenta.
Pero ¿cómo á la queja se abalanza
Primero mi valor, que á la venganza?
Pero ¿cómo (ay de mí!) si en lo que lloro
La afrenta sé y el agresor ignoro?
Y así ofendido, sin saber me quedo
Ni cómo ni de quién vengarme puedo.

Her.—Señor, aunque no sé con evidencia
Quien pudo de Leonor causar la ausencia,
Por el rumor que habia
De los muchos festejos que le hacia,
Tengo por caso llano
Que la llevó don Pedro de Arellano.

D. Rod.—Pues si don Pedro fuera,
Dí ¿qué dificultad hallar pudiera
En que yo por mujer se la entregara,
Sin que tan grande afrenta me causara?

Her.—Señor, como eran tantos los que amaban
A Leonor y su mano deseaban,
Y á tí te la han pedido,
Temeria no ser el elegido;
Que todo enamorado es temeroso
Y nunca juzga que será el dichoso;
Y aunque usando tal medio
Le alabo yo el temor y no el remedio,
Sin duda por quitar la contingencia
Se quiso asegurar con el ausencia;
Y así, señor, si tomas mi consejo,
Tú estás cansado y viejo,
Don Pedro es mozo, rico y alentado,
Y, sobre todo, el mal ya está causado,
Pórtate con él cuerdo, cual conviene,
Y ofrécele lo mismo que él se tiene.
Díle que vuelva á casa á Leonor bella,
Y luego al punto cásale con ella;
Él vendrá en ello, pues no habrá quien huya
Lo que ha de resultar en honra suya;
Y con lo que te ordeno
Vendrás á hacer antídoto el veneno.

D. Rod.—Oh Hernando! qué tesoro es tan preciado
Un fiel amigo ó un leal criado!
Buscar á mi ofensor al punto elijo,
Por convertirlo de enemigo en hijo.

Her.—Si, señor, el remedio es bien se aplique,
Antes que el mal, que pasa, se publique.

Vánse. Sale doña Leonor retirándose de don Juan.

D. Juan.—Espera, hermosa homicida;
¿De quién huyes? ¿quién te agravia?
¿Qué harás de quien te aborrece,
Si así á quien te adora tratas?
Mira que ultrajas huyendo
Los mismos triunfos que alcanzas;
Pues siendo el vencido yo,
Tú me vuelves las espaldas,
Y que haces que se ejerciten
Dos acciones encontradas,
Tú huyendo de quien te quiere,
Yo siguiendo á quien me mata.

Dª. Leo.—Caballero, ó lo que sois,
Si apénas en esta casa
(Que aun su dueño ignoro) acabo
De poner la infeliz planta,
¿Cómo quereis que yo pueda
Escuchar vuestras palabras,
Si de ellas entiendo solo
El asombro que me causan?
Y así si, como sospecho,
Me juzgais otra, os engaña
Vuestra pasion; deteneos,
Y conoced, mas cobrada
La atencion, que no soy yo
La que vos buscais.

D. Juan.—¡Oh ingrata!
Solo eso falta, que finjas,
Para no escuchar mis ansias,
Como que mi amor tuviera
Condicion tan poco hidalga,
Que en escuchar mis lamentos
Tu decoro peligrara;
Pues bien para asegurarte
Las esperiencias pasadas
Bastaban de nuestro amor,
En que viste veces tantas
Que las olas de mi llanto,
Cuando mas crespas llegaban
A querer con los deseos.
De amor anegar las playas,
Era márgen tu respeto
Al mar de mis esperanzas.

Dª. Leo.—Ya he dicho que no soy yo,
Caballero, y esto basta.
Idos ó yo llamaré
A quien oyendo esas ansias,
Las premie por verdaderas,
O las castigue por falsas.

D. Juan.—Escucha.

Dª. Leo.—No tengo qué.

D. Juan.—Pues, vive el cielo, tirana,
Que forzada me has de oir,
Si no quieres voluntaria,
Y ha de escucharme grosero
Quien de lo atento se cansa.

(Cógela el brazo)

Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme!

D. Juan.—En vano á los cielos llamas,
Que mal puede hallar piedad
Quien siempre piedad le falta.

Dª. Leo.—¡Ay de mí! ¿no hay quién socorra
Mi inocencia?....

(Salen Cárlos y doña Ana deteniéndole).

Dª. Ana.—Tente, aguarda; (á don Cárlos)
Que yo veré lo que ha sido
Sin que tú al peligro salgas,
Si es que mi hermano ha venido.

D. Car.—Señora, esa voz el alma
Me a atravesado, perdona....

Dª. Ana.—La puerta tengo cerrada,
Y así de no ser mi hermano
Segura estoy; mas me causa
Inquietud el que no sea,

(Ap.)—Y Cárlos halle á su dama.
Pero si ella está en mi cuarto
Y Celia fué á acompañarla,
¿Qué ruido puede ser este?
Y á oscuras toda la cuadra
Está....¿Quien vá?

D. Cár.—Yo, señora;
¿Qué me preguntas?

D. Juan.—Doña Ana,
Mi bien, señora, ¿por qué
Con tanto rigor me tratas?
¿Estas eran las promesas?
¿Estas eran las palabras
Que me distes en Madrid
Para alentar mi esperanza?
¿Si obediente á tus preceptos,
De tus rayos salamandra,
Girasol de tu semblante,
Clicie de tus luces claras,
Dejé solo por servirte
El regalo de mi casa,
El respeto de mi padre,
Y el cariño de mi patria?
Si tú, sino de amorosa,
De atenta y de cortesana,
Diste con tácito agrado
A entender lo que bastaba
Para que supiese yo
Que era ofrenda mi esperanza
Admitida en el sagrado
Sacrificio de tus aras,
¿Cómo ahora tan esquiva
Con tanto rigor me tratas?

Dª. Ana.—¿Qué es esto que escucho, cielos?
¿No es este don Juan de Várgas
Que mi ingratitud condena
Y sus finezas ensalza?
Pues ¿quién aquí le ha traido?

D. Cár.—Señora, escucha....

Dª. Leo.—[Desconociéndole] Hombre, aparta,
Yo te he dicho que me dejes.

D. Cár.—Escucha, hermosa doña Ana,
Mira que don Cárlos soy
A quien tu piedad ampara.

Dª. Leo.—Don Cárlos ha dicho, ¡cielos!
Y hasta en el habla jurara
Que es don Cárlos, y es que como
Tengo á Cárlos en el alma,
Todos Cárlos me parecen,
Cuando él (¡ay prenda adorada!)
En la prision estará.

D. Cár.—Señora....

Dª. Leo. Apartad, que basta
Deciros que me dejeis.

D. Cár.—Si acaso estais enojada,
Porque hasta aquí os he seguido,
Perdonad, pues fué la causa
Solamente el evitar
Si algun daño os amenaza.

Dª. Leo.—¡Válgame Dios! lo que á Cárlos
Se parece!

D. Juan.—En fin, ingrata
¿Con tal rigor me desprecias?

(Sale Celia con luz.)

Celia.—A ver si está aquí mi Ama;
Para sacar á don Juan
Que oculto dejé en su cuadra
Vengo; mas ¿qué es lo que veo?

Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡el cielo me valga!
¿Cárlos no es este que miro?

D. Cár.—Esta es Leonor, ó me engaña
La aprension....

Dª. Ana.—¿Don Juan aquí?
¡Aliento y vida me faltan!

D. Juan—¿Aquí don Cárlos de Olmedo?
Sin duda que de doña Ana
Es amante, y que por él,
Aleve, inconstante y falsa
Me trata á mí con desden.

Dª. Leo.—¡Cielos! en aquesta casa
Cárlos, cuando amante yo
En la prision le lloraba!
En una cuadra escondido,
Y á mí, pensando que hablaba
Con otra, decirme amores!
Sin duda que de esta dama
Es amante; pero ¿cómo
(Si es ilusion lo que pasa
Por mí) si á él llevaron preso,
Y quedé depositada?
Yo toda soy un abismo
De penas.

Don Juan á doña Ana.—¡Fácil, liviana!
¿Estos eran los desdenes,
Tener dentro de tu casa
Oculto un hombre? (¡Ay de mí!)
¿Por esto me desdeñabas?
Pues ¡vive el cielo, traidora!
Que pues no puede mi saña
Vengar en tí mi desprecio,
Porque aquella ley tirana
Del respeto á las mujeres
De mis rigores te salva,
Me he de vengar en tu amante.

Dª. Ana.—Detente, don Juan, aguarda.

D. Cár.—Son tantas las confusiones
En que mi pecho batalla,
Que en su varia confusion
El discurso se embaraza,
Y por discurrirlo todo,
No acierto á discurrir nada.
¿Aquí Leonor? ¡cielos! ¿cómo?

Dª. Ana.—¡Detente!

D. Juan.—¡Aparta, tirana!
Que á tu amante he de dar muerte.

Celia.—Señora, mi señor llama.

Dª. Ana.—¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mi!
Caballeros si mi fama
Os mueve, debaos aquí
El ver que no soy culpada
Aquí en la entrada de alguno
A esconderos, que palabra
Os doy de daros lugar
De que averigüeis mañana
La causa de vuestras dudas;
Pues si aquí mi hermano os halla
Mi vida y mi honor peligran.

D. Cár.—En mí bien asegurada
Está la obediencia, puesto
Que debo estar á tus plantas,
Como á amparo de mi vida.

D. Juan.—Y en mí que no quiero, ingrata,
Aunque ofendido me tienes,
Cuando eres tú quien lo mandas,
Que á otro, porque te obedece,
Le quedes mas obligada.

Dª. Ana.—Yo os estimo la atencion.
Celia, tú en distintas cuadras
Oculta á los dos, supuesto
Que no es posible que salga
Hasta la mañana alguno.

Celia.—Ya poco término falta.
Don Juan, conmigo venid.
Tú, señora, á esa fantasma
Entrala donde quisieres.

(Vánse Celia y don Juan)

Dª. Ana.—Caballero, en esta cuadra
Os entrad.

D. Cár.—Ya os obedezco.
¡Oh quiera el cielo que salga
De tan grande confusión! (Váse)

Dª. Ana.—Leonor, tambien retirada
Puedes estar.

Dª. Leo.—Yo, señora,
Aunque no me lo mandaras,
Me ocultara mi vergüenza. [Váse]

Dª. Ana.—¿Quién vío confusiones tantas
Como en tan breve discurso
De tan pocas horas pasan?
¡Apénas estoy en mí!

(Sale Celia.)

Celia.—Señora, ya en mi posada
Está, ¿qué quieres ahora?

Dª. Ana.—A abrir á mi hermano baja,
Que es lo que ahora importa, Celia.

Celia.—Ella está tan asustada,
Que se olvida de saber
Cómo entró don Juan en casa;
Mas ya pasado el aprieto
No faltará una patraña
Que decir, y echar la culpa
A alguna de las criadas;
Que es cierto que donde hay muchas
Se peca de confianza;
Pues unas á otras se culpan
Y unas por otras se salvan. (Váse.)

Dª. Ana.—¡Cielos! en qué empeño estoy!
De Cárlos enamorada,
Perseguida de don Juan,
Con mi enemiga en mi casa,
Con criadas que me venden
Y mi hermano que me aguarda.
Pero él llega; disimulo.

(Sale don Pedro.)

D. Pedro.—Señora, querida hermana,
Qué bien tu amor se conoce,
Y qué bien mi afecto pagas,
Pues te halló despierta el sol
Y te ve vestida el alba.
¿Dónde tienes á Leonor?

Dª. Ana.—En mi cuadra retirada
Mande que estuviese, en tanto,
Hermano, que tu llegabas.
Mas ¿cómo tan tarde vienes?

D. Pedro.—Porque al salir de su casa
La conoció un deudo suyo,
A quien con una estocada
Dejó Cárlos casi muerto,
Y yo viendo alborotada
La calle, aunque no sabian
Quien era y quien la llevaba,
Para que aquel alboroto
No declarara la causa,
Hice que de los criados
Dos al herido cargaran,
Como de piedad movidos,
Hasta llevarle á su casa,
Miéntras otros á Leonor
Y á Cárlos presos llevaban,
Para entregártela á tí,
Y hasta dejar sosegada
La calle venir no quise.

Dª. Ana.—Fue atencion muy bien lograda,
Pues escusaste mil riesgos
Solo con esta tardanza.

D. Pedro—Eres en todo discreta;
Y pues Leonor sosegada
Está, si á tí te parece,
No será bien inquietarla,
Que para que oiga mis penas
Teniéndola yo en mi casa
Sobrado tiempo me queda;
Que no es amante el que trata
Primero de sus alivios,
Que no del bien de su dama;
Y tambien para que tú
Te recojas, que ya basta
Por aliviar mis desvelos
La mala vida que pasas.

Dª. Ana.—Hermano, yo por servirte
Muchos mas riesgos pasara,
Pues somos los dos tan uno,
Y como tan propias trata
Tus penas el alma, que
Imagino al contemplarlas
Que tu desvelo y el mio
Nacen de una misma causa.

D. Pedro.—De tu fineza lo creo.

Dª. Ana.—[Ap.] ¡Si entendieras mis palabras!

D. Pedro.—Vámonos á recoger,
Si es que quien ama descansa.

Dª. Ana.—Voy á sosegarme un poco,
Si es que sosiega quien ama.

D. Pedro.—[Ap.] Amor, si industrias alientas,
Anima mis esperanzas.

Dª. Ana.—[Ap.] Amor, si tu eres cautelas.
A mis cautelas ampara. (Vánse.)

JORNADA SEGUNDA.

(Salen don Cárlos y Castaño.)

D. Cár.—Castaño, yo estoy sin mí.

Cast.—Y yo, que en todo te sigo,
Tan solo he estado conmigo
Aquel rato que dormí.

D. Cár.—¿Sabes lo que me ha pasado?
Mas juzgo que sueño fué.

Cast.—Si es sueño, muy bien lo sé,
Y yo tambien he soñado
Y dormido como dama;
Pues los vestidos, señor,
Que me dió al salir Leonor
Son quien me sirvió de cama.

D. Cár.—¿Galas suyas á llevarlas
Anoche Leonor te dió?

Cast.—Sí, señor, y las lió;
¿No era preciso liarlas?

D. Cár.—¿Dónde las tienes?

Cast.—Allí,
Y en cama quiero rompellas,
Que pues las cargué á ellas,
Ellas me carguen á mí.

D. Cár.—Yo he visto (pierdo el sentido)
En esta casa á Leonor.

Cast.—Aqueso será señor,
Que quien bueyes ha perdido...
Y así tù que en tus amores
Te desvanece el furor,
Como has perdido á Leonor,
Se te aparecen Leonores.
Mas dime ¿qué te pasò
Con aquella dama bella?
Que así Dios se duela de ella
Como de mí se dolió;
Porque viendo que contigo
Empezaba á discurrir,
Me traté yo de dormir
Por escusar un testigo.

D. Cár.—Castaño, aquella es malicia;
Pero lo que pasó fué
Que, como sabes, entré
Huyendo de la justicia;
Que ella atenta y cortesana
Ampararme prometió,
Y en esta cuadra me entró,
Y me dijo que era hermana
De don Pedro de Arellano,
Y que aquí oculto estaria;
Porque si acaso venia,
No me encontrara su hermano;
Y con tanta bizarría
Me hizo una y otra promesa,
Que con ser tal su belleza,
Es mayor su cortesía.
Y discreta y lisonjera
Alabándome, añadió
Cosas que á ser vano yo
A otro afecto atribuyera;
Pero son quimeras vanas
De jóvenes, y altiveces,
Que en viendo damas corteses
Luego las juzgan livianas;
Y sus malicias erradas
En su mismo mal contentas,
Si no las ven desatentas,
No las tienen por honradas.
Y a un pensar tan desigual,
Y a un no indigno del desden,
Nunca ellas obran mas bien
Que cuando las tratan mal;
Pues al que se desvanece
Con cualquiera presuncion
Le hace daño la atencion,
Y es porque no la merece.
Pero, volvieondo al suceso
De lo que á mí me pasó,
Ella me favoreció,
Castaño, con grande exceso.
Yo mi historia le conté,
Y ella con discreto modo
Quedó de ajustado todo,
Con tal que yo aquí me esté,
Diciendo que no me diese
Cuidado, que ella lo hacia
Por el riesgo que tenia,
Si yo en público saliese.
Condicion para mí que
Imposible hubiera sido,
A no haberme sucedido
Lo que ahora te diré.
Estando de esta manera
Oímos, al parecer,
Dar voces una mujer
En otra cuadra de afuera;
Y aunque doña Ana impedir
Que yo saliese quería,
Venciéndola mi porfía
Por fuerza hube de salir.
Sacó una luz al rumor
Una criada, y con ella
Conocer á Leonor bella
Pude.

Cast.—¿A quién?

D. Cár.—A mi Leonor.

Castaño. ¿A Leonor?—¿Háslo soñado?
Hay tan grande bobería!
Yo por loco te tenia,
Pero no tan rematado.
De oirlo solo me espanto;
Señor, vete poco á poco;
Mira, muy bueno es ser loco,
Mas no es bueno serlo tanto.
La locura es conveniente
Por las entradas de mes,
Con la luna, un si es no es,
Cuando ayude á ser valiente;
Mas no, señor, de manera
Que oyendo esos desatinos
Te me atizben los vecinos
Porque saben la tontera.

D. Cár.—¡Pícaro! si no estuviera
Donde estoy...

Cast.—Tente, señor,
Que yo tambien vi á Leonor.

D. Cár.—¿A dónde?

Cast.—En tu faltriquera,
Pintada con mil primores,
Y que era viva entendí,
Porque luego que la ví
Le salieron los colores;
Y aunque de razon escasa
No me resolvió la duda,
Yo pensé, viéndola muda,
Que estaba puesta la pasa.

D. Cár.—¡Qué friolera!

Cast.—¿Qué? ¿te enfadas?
Si viva me pareció,
Algunas he visto yo
Que están vivas y pintadas.

D. Cár.—Si en belleza es sol Leonor,
¿Para qué afeites queria?

Cast.—Pues si es sol, ¿cómo podia
Estar sin el resplandor?
Mas si á Leonor viste, dí,
¿Qué determinas hacer?

D. Cár.—Quiero esperar hasta ver
Qué causa la trajo aquí.
Pues si piadosa mi estrella
Aquí la dejó venir,
¿A dónde tengo de ir
Si aquí me la dejo á ella?
Y así es mejor esperar
De todo resolucion,
Para ver si hay ocasion
De volvérmela á llevar.

Cast.—Bien dices; mas hácia acá,
Señor, viene enderezada
Una, al parecer, criada
De esta casa.

D. Cár.—¿Qué querrá?

(Sale Celia)

Cel.—Caballero, mi señora
Os ordena que al jardin
Os retireis luego, á fin
De que ha de salir ahora
A esta cuadra mi señor,
Y no será bien que os vea.

[Ap.]—Aquesto es porque no sea
Que él de aquí vea á Leonor.

D. Cár.—Decidle que mi obediencia
Le responde.

Cel.—Vuelvo á irme.

Cast.—Oye vuesté, y ¿querrá oirme?

Celia.—¿Qué he de oir?

Cast.—De penitencia.

Cel.—Por cierto, lindos cuidados
Se tiene el muy socarron.

Cast.—Pues digo, ¿no es confesion
El decirte mis pecados?

Cel.—No á mi afecto se abalance,
Que son lances escusados.

Cast.—Si nos tienes encerrados,
¿No te he de querer de lance?

Cel.—Ya he dicho que no me quiera.

Cast.—Pues ¿que quiere tu rigor?
Si de mi encierro y tu amor
No me puedo hacer afuera.
Mas ¿siendo criada te engreis?

Cel.—¿Criada á mí el muy estropajo?

Cast.—Calla, que aqueste agasajo
Es porque no te descries.

Cel.—Yo me voy, que es fuerza, y luego
Si no es juego, volveré.

Cast.—Juego es; mas bien sabe usté
Que tiene vueltas el juego.

(Salen doña Leonor y doña Ana.)

Dª. Ana.—¿Cómo la noche has pasado,
Leonor?

Dª. Leo.—Decirte, señora,
Que no me lo preguntaras
Quisiera.

Dª. Ana.—¿Por qué? (Ap.) ¡Ah! penosa
Atencion, que me precisas
A agradar á quien me enoja!

Dª. Leo.—Porque si me lo preguntas
Es fuerza que te responda
Que la pasé bien ó mal,
Y en cualquiera de estas cosas
Encuentro un inconveniente;
Pues mis penas y tus honras
Están tan mal avenidas,
Que si te respondo ahora
Que mal, será grosería,
Y que bien, será lisonja.

Dª. Ana.—Leonor, tu ingenio y tu cara
El uno á otro se malogran,
Que quien es tan entendida
Es lástima que sea hermosa.

Dª. Leo.—Como tú estás tan segura
De que aventajas á todas
Las hermosuras, te muestras
Fácilmente cariñosa
En alabarlas; porque
Quien no compite no estorba.

Dª. Ana.—Leonor, y de tus cuidados
¿Cómo estás?

Dª. Leo.—Como quien toca,
Náufrago entre la borrasca
De las olas procelosas,
Ya con la quilla el abismo,
Y va el cielo con la popa.

[Ap.] ¿Cómo le preguntaré,
Pues está el alma medrosa,
A qué vino anoche Cárlos?
Mas ¿qué temo, si me ahoga,
Despues de tantos tormentos,
De los celos la ponzoña?

Dª. Ana.—Leonor, ¿en qué te suspendes?

Dª. Leo.—Quisiera saber... perdona,
Que, pues, ya mi amor te dije,
Fuera cautela notoria
Querer no mostrar cuidado
De aquello que tu no ignoras
Que es preciso que le tenga;
Y así pregunto, señora,
Pues sabes ya que yo quiero
A Cárlos, y que su esposa
Soy, ¿cómo entró anoche aquí?

Dª. Ana.—Deja que no te responda
A esa pregunta tan presto.

Dª. Leo.—¿Por qué?

Dª. Ana.—Porque quiero ahora.
Que te diviertas oyendo
Cantar.

Dª. Leo.—Mejor mis congojas
Se divirtieran sabiendo
Esto que es lo que me importa
Y así...

Dª. Ana.—Con decirte que
Fué una contingencia sola
Te respondo. Mas mi hermano
Viene.

Dª. Leo.—Pues que yo me esconda
Será preciso.

Dª. Ana.—Antes no,
Que ya yo de tu persona
Le dí cuenta, porque pueda
Aliviarte en tus congojas;
Que al fin los hombres mejor
Diligencian estas cosas,
Que nosotras.

Dª. Leo.—Dices bien;
Mas no sé qué me alborota.

(Sale don Pedro)

Mas ¡cielos! ¿qué es lo que miro?
¿Este es tu hermano, señora?

D. Ped.—Yo soy, hermosa Leonor;
¿Qué os admira?

Dª. Leo.—¡Ay de mí! toda
Soy de mármol... ¡Ah fortuna!
Que así mis males dispongas,
Que á la casa de don Pedro
Me traigas!

D. Ped.—Leonor hermosa,
Segura estais en mi casa,
Porque aunque sea á la costa
De mil vidas, de mil almas,
Sabré librar vuestra honra
Del riesgo que la amenaza.

Dª. Leo.—Vuestra atencion generosa
Estimo, señor don Pedro.

D. Ped.—Señora, ya que las olas
De vuestra airada fortuna
En esta playa os arrojan,
No habeis de decir que en ella
Os falta quien os socorra.
Yo, señora, he sido vuestro,
Y aunque siempre desdeñosa
Me habeis tratado, el desden
Mas mi fineza acrisola,
Que es muy garboso donaire
El ser fino á toda costa.
Ya en mi casa estais, y así
Solo tratamos ahora
De agradaros y serviros,
Pues sois dueño de ella toda.
Divierte á Leonor, hermana.

Dª. Ana.—Celia.

Celia.—¿Qué mandais, señora?

Dª. Ana.—Di á Clori y Laura que canten.
[Ap. á Celia.]—Y tú, pues ya será hora
De lo que tengo dispuesto,
Porque mi industria engañosa
Se logre, saca á don Cárlos
A aquesa reja, de forma
Que nos mire, y que no todo
Lo que conferimos oiga.
De este modo lograré
El que la pasion celosa
Empiece á entrar en su pecho;
Que aunque los celos blasonan
De que avivan el amor,
Es su operacion muy otra
En quien se ve como dama,
O se mira como esposa;
Pues en la esposa despecha
Lo que en la dama enamora.
¿No vas á decir que canten?

Cel.—Voy á decir ambas cosas.

D. Ped.—Mas con todo, Leonor bella,
Dadme licencia que rompa
Las leyes de mi silencio
Con mis quejas amorosas:
Que no siente los cordeles
Quien el dolor no pregona.
¿Qué defecto en mi amor visteis
Que siempre tan desdeñosa
Me tratásteis? ¿Era ofensa
Mi adoracion decorosa?
Y si amaros fué delito,
¿Cómo otro la dicha goza,
E igualándonos la culpa
La pena no nos conforma?
¿Cómo, si es ley el denden
En vuestra beldad, forzosa
En mí la ley se ejecuta,
Y en el otro se deroga?
¿Qué tuvo para con vos
Su pasion de mas airosa,
De mas bien vista su pena,
Que siendo una misma cosa
En mí os pareció culpable,
Y en el otro meritoria?
Si él os pareció mas digno,
¿No supliera en mi persona
Lo que de galan me falta,
Lo que de amante me sobra?
Mas sin duda mi fineza
Es quien el premio me estorba,
Que es quien la merece ménos
Quien siempre la dicha logra;
Mas yo os he de adorar
Eternamente; ¿qué importa
Que vos me negueis el premio?
Pues es fuerza que conozca
Que me concedeis por fino
Lo que os negais de piadosa.

Dª. Leo.—Permitid, señor don Pedro,
Ya que me haceis tantas honras,
Que os suplique por quien sois
Me hagais la mayor de todas,
Y sea que ya que veis
Que la fortuna me postra,
No apureis mas mi dolor,
Pues me basta á mí por soga
El cordel de mi vergüenza
Y el peso de mis congojas.
Y puesto que en el estado
Que veis que tienen mis cosas,
Tratarme de vuestro amor
Es una accion tan impropia,
Que ni es bien decirlo vos,
Ni justo que yo lo oiga,
Os suplico que callais;
Y si es venganza que toma
Vuestro amor de mi desden,
Elegidla de otra forma,
Que para que estais vengado
Hay en mis penas de sobra.

(Salen á una reja don Cárlos, Celia y Castaño, y hablan aparte.)

Celia.—Hasta aquí podeis salir,
Que aunque mandó mi señora
Que os retiraseis, yo quiero
Haceros esta lisonja,
De que desde aquesta reja
Oigais una primorosa
Música, que á cierta dama,
Aquien mi señor adora,
Ha dispuesto. Aquí os quedad.

Cast.—Oiga usted.

Celia.—No puedo ahora.

(Váse y sale por el otro lado)

Cast.—Fuése y cerrónos la puerta,
Y dejónos como monjas
En reja, solo nos falta
Una escucha que nos oiga.

(Llega y mira)

Pero, señor, vive Dios,
Que es cosa muy pegajosa
Tu locura, pues á mí
Se me ha pegado.

D. Cár.—¿En qué forma?

Cast.—En que escucho los cencerros,
Y aun los cuernos se me antoja
De los bueyes que perdimos.

(Llega don Cárlos)

D. Cár.—¡Qué miro! ¡amor me socorra!
Leonor, doña Ana y don Pedro
Son; ¿ves como no era cosa
De ilusion el que aquí estaba?

Cast.—Y de que esté ¿no te enojas?

D. Cár.—No, hasta saber cómo vino;
Que si yo en la casa propia
Estoy, sin estar culpado,
¿Cómo quieres que suponga
Culpa en Leonor? ántes juzgo
Que la fortuna piadosa
La condujo á donde estoy.

Cast.—Muy reposado enamoras,
Pues no sueles ser tan cuerdo;
Mas si hallando golpe en bola,
La ocasion el tal don Pedro
La cogiese por la cola,
¡Estariamos muy buenos!

D. Cár.—¡Calla, Castaño, la boca!
Que es muy bajo quien sin causa
De la dama á quien adora
Se da á entender que la ofende,
Pues en su aprension celosa,
¿Qué mucho que ella le agravie,
Cuando él así se deshonra?
Mas escucha que ya templan.

Dª. Ana.—Cantad, pues.

Celia.—Vaya de solfa.

Coro 1º.—¿Cuál es la pena mas grave
Que en las penas de amor cabe?

Voz 1ª.—El carecer de favor
Será la pena mayor,
Puesto que es el mayor mal.

Coro 1º.—No es tal.

Voz 1ª.—Si es tal.

Coro 2º.—Pues ¿cuál es?

Voz 2ª.—Son los desvelos
A que ocasionan los celos,
Que es un dolor sin igual.

Coro 2º.—No es tal.

Voz 2ª.—Si es tal.

Coro 1º.—Pues ¿cuál es?

Voz 3ª.—Es la impaciencia
A que ocasiona la ausencia,
Que es un letargo mortal.

Coro 1º.—No es tal.

Voz 3ª.—Si es tal.

Coro 2º.—Pues ¿cuál es?

Voz 4ª.—Es el cuidado
Con que se goza lo amado,
Que nunca es dicha cabal.

Coro 2º.—No es tal.

Voz 4ª.—Si es tal.

Coro 1º.—Pues ¿cuál es?

Voz 5ª.—Mayor se infiere
No gozar á quien me quiere,
Cuando es el amor igual.

Coro 1º.—No es tal.

Voz 1ª.—Si es tal.

Coro 2º.—Tú que ahora has respondido,
Conozco que solo has sido
Quien las penas de amor sabe.

Coro 1º.—¿Cuál es la pena mas grave
Que en las penas de amor cabe?

D. Ped.—Leonor, la razon primera
De las que han cantado aquí
Es mas fuerte para mí;
Pues si bien se considera
Es la pena mas severa
Que puede dar el amor
La carencia del favor,
Que es su término fatal.

Dª. Leo.—No es tal.

D. Ped.—Si es tal.

Dª. Ana.—Yo, hermano, de otra opinion
Soy, que si se llega á ver,
El mayor mal viene á ser
Una celosa pasion;
Pues fuera de la razon
De que del bien se carece,
Con la envidia se padece
Otra pena mas mortal.

Dª. Leo.—No es tal.

Dª. Ana.—Si es tal.

Dª. Leo.—Aunque se halla mi sentido
Para nada, he imaginado
Que el carecer de lo amado
No es amor correspondido;
Pues con juzgarse querido,
Cuando del bien se carece,
El ansia de gozar crece,
Y con ella crece el mal.

Dª. Ana.—No es tal.

Dª. Leo.—Si es tal.

D. Cár.—¡Ay Castaño! yo dijera
Que de amor en los desvelos
Son el mayor mal los celos,
Si á tanerlos me atreviera;
Mas, pues quiere amor que muera,
Muera de solo temerlos,
Sin llegar á padecerlos,
Pues este es sobrado mal.

Cast.—No es tal.

D. Cár.—Si es tal.

Cast.—Señor, el mayor pesar
Conque el amor nos baldona,
Es querer una fregona
Y no tener qué la dar;
Pues si llego á enamorar,
Corrido y confuso quedo,
Que conseguirlo no puedo
Por la falta de caudal.

Música.—No es tal.

Cel.—Si es tal.
El dolor mas importuno
Que da amor en sus ensayos,
Es tener doce lacayos
Sin regalarme ninguno,
Y tener perpetuo ayuno
Cuando estar harta debiera,
Esperando costurera
Los alivios del dedal.

Música.—No es tal.

Cel.—Si es tal.

Dª. Ana.—Leonor, si no te divierte
La música, al jardin vamos,
Quizá tu fatiga en él
Se aliviará.

Dª. Leo.—¿Qué descanso
Puede tener la que solo
Tiene por alivio el llanto?

D. Ped.—Vamos, divino imposible.

Dª. Ana.—Haz, Celia, lo que he mandado,
Que yo te mando un vestido,
Si se nos logra el engaño.

(Vánse doña Ana, doña Leonor y don Pedro.)

Cel.—Eso sí es mandar con modo,
Aunque esto de: Yo te mando,
Cuando los amos lo dicen,
No viene á hacer mucho al caso;
Pues están siempre tan hechos,
Que si acaso mandan algo,
Para dar luego se escusan,
Y dicen á los criados
Que lo que mandaron, no
Fué manda, sino mandato.
Pero vaya de tramoya:
Yo llego á la puerta y abro,
Supuesto que ya don Juan,
Que era mi mayor cuidado,
Con la llave que le dí
Estuvo tan avisado
Que, sin que yo lo calase,
Se salió paso entre paso
Por la puerta del jardin,
Y mi señora ha tragado
Que fué otra de las criadas
Quien le dió entrada en su cuarto.
Gracias á mi hipocresía
Y á unos juramentos falsos
Que sobre el caso me eché
Con tanto desembarazo,
Ella quedó tan segura,
Que ahora me ha encomendado
Lo que allá dirá el enredo;
Yo llego... Señor don Cárlos.

D. Cár.—¿Qué quieres, Celia? ¡Ay de mí!...

Celia.—A ver si habeis escuchado
La música vine.

D. Cár.—Sí,
Y te estimo el agasajo.
Mas, dime, Celia, ¿á qué vino
Aquella dama que ha estado
Con doña Ana y con don Pedro?

Cel. [Ap.]—Ya picó el pez: largo el trapo.
Aquella dama, señor...
Mas yo no puedo contarlo,
Si primero no me dais
La palabra de callarlo.

D. Cár.—Yo te la doy... ¿A qué vino?

Celia.—Temo, señor, que es pecado
Descubrir vidas ajenas.
Mas supuesto que tú has dado
En que lo quieres saber,
Y yo en que no he de contarlo,
Vaya; mas sin que lo sepas...
Y sabe que aquel milagro
De belleza es una dama
A quien adora mi amo,
Y anoche, yo no sé cómo
Ni cómo no, entró en su cuarto.
El la enamora y regala;
Con qué fin, yo no lo alcanzo,
Ni yo en conciencia pudiera
Afirmarte, que ello es malo,
Que puede ser que la quiera
Para ser fraile descalzo.
Y perdona, que no puedo
Decir lo que has preguntado,
Que estas cosas mejor es
Que las sepas de otros labios.

(Váse Celia.)

D. Cár.—Castaño, ¿no has oido aquesto?
Cierta es mi muerte y mi agravio.

Cast.—Pues si ella no nos lo ha dicho,
¿Cómo puedo yo afirmarlo?

D. Cár.—¡Cielos! ¿qué es esto que escucho?
¿Es ilusion, es encanto
Lo que ha pasado por mí?
¿Quién soy? ¿en dónde me hallo?
¿No soy yo quien de Leonor
La beldad idolatrando
La solicité tan fino,
La serví tan recatado,
Que en premio de mis finezas
Conseguí favores tantos?
Y por ùltimo, seguro
De alcanzar su blanca mano,
Y de ser solo el dichoso
Entre tantos desdichados,
¿No salió anoche conmigo,
Su casa y padre dejando,
Reduciendo á mí la dicha
Que solicitaban tantos?
¿No la llevó la justicia?
Pues ¿cómo ¡ay de mí! la hallo
Tan sosegada en la casa
De don Pedro de Arellano,
Que amante la solicita?
Y yo... Mas ¿cómo no abraso
Antes estos labios, que
Pronunciar yo mis agravios?
Mas ¡cielos! ¿Leonor no pudo
Venir por algun acaso
A esta casa, sin tener
Culpa de lo que ha pasado,
Pues prevenirlo no pudo?
Y que don Pedro, llevado
De la ocasion de tener
En su poder el milagro
De la perfeccion, pretenda,
Como mozo y alentado,
Lograr la ocasion felice
Que la fortuna le ha dado,
Sin que Leonor corresponda
A sus intentos osados?
Bien puede ser que así sea;
Mas ¿cumplo yo con lo honrado,
Consintiendo que á mi dama
La festeje mi contrario,
Y que con tanto lugar
Como tenerla á su lado
La enamore y solicite,
Y que haya de ser tan bajo
Yo, que lo mire y lo sepa
Y no intente remediarlo?
Eso no, ¡viven los cielos!
Sígueme, vamos, Castaño,
Y saquemos á Leonor
A pesar de todos cuantos
La quisieren defender.

Cast.—Señor ¿estás dado al diablo?
¿No ves que hay en esta casa
Una tropa de lacayos,
Que sin que nadie lo sepa
Nos darán un sepan cuantos,
Y andarán descomedidos
Por andar muy bien criados?

D. Cár.—Cobarde! ¿aqueso me dices?
Aunque vibre el cielo rayos,
Y aunque iras el cielo esgrima,
Y el abismo aborte espantos,
Me la tengo de llevar.

Cast.—Ahora ¡sus! si ha de ser, vamos;
Y luego de aquí á la horca,
Que será el segundo paso.

(Salen don Rodrigo y don Juan)

D. Rod.—Don Juan, pues vos sois su amigo,
Reducidle á la razon,
Pues por aquesta ocasion
Os quise traer conmigo;
Que pues vos sois el testigo
Del daño que me causó
Cuando á Leonor me llevó,
Podreis con desembarazo
Hablar en aqueste caso
Con mas llaneza que yo.
Ya de todo os he informado,
Y en un caso tan severo
Siempre lo trata el tercero
Mejor que no el agraviado;
Que al que es noble y nació honrado,
La afrenta, por mas que sienta,
Le impide, aunque ese es el medio,
La vergüenza del remedio,
El remedio de la afrenta.

D. Juan.-Señor don Rodrigo, yo,
Por la ley de caballero,
Os prometo reducir
A vuestro gusto á don Pedro,
A que él juzgó que está llano,
Porque tampoco no quiero
Vender por fineza mia
A lo que es mérito vuestro.
Y pues, porque no se niegue
No le avisamos, entremos
A la sala. Mas ¿qué miro?
¿Aquí don Cárlos de Olmedo
Con quien anoche reñí?
¡Ah ingrata doña Ana! ¡ah fiero
Basilisco!

(Sale Celia)

Celia.—¡Jesucristo!
Don Juan de Várgas y un viejo,
Señor, y te han visto ya.

D. Cár.—No importa, que nada temo.

D. Rod.—Aquí don Cárlos está,
Y para lo que traemos
Que tratar, grande embarazo
Será.

Cast.—(A don Cár.) Señor, reza el credo
Porque estos pienso que vienen
Para darnos pan de perro;
Pues sin duda que ya saben
Que fuistes quien á don Diego
Hirió, y se llevó á Leonor.

D. Cár.—No importa, ya estoy resuelto
A cuanto me sucediere.

D. Rod.—Don Cárlos, don Juan y yo
Cierto negocio traemos,
Que precisamente ahora
Se ha de tratar con don Pedro,
Y así, si no es embarazo
A lo que venis, os ruego
Nos deis lugar, perdonando
El estorbo, que los viejos
Con los mozos, y mas cuando
Son tan bizarros y atentos
Como vos, esta licencia
Nos tomamos.

D. Cár. (Ap.)—Vive el cielo,
Que aun ignora don Rodrigo
Que sor de su agravio el dueño.

D. Juan. (Ap.)—No sé, vive el cielo, como
Viendo á don Cárlos contengo
La cólera que me incita.

Celia.—Don Cárlos, pues el empeño
Mirais en que está mi ama
Si llega su hermano á veros,
Que os escondais os suplico.

D. Cár.—Tienes razón, vive el cielo,
Que si aquí me ve su hermano,
La honra de doña Ana arriesgo;
Y habiéndome ella amparado,
Es infamia; mas ¿qué puedo
Hacer yo en aqueste caso?
Ello no hay otro remedio;
Ocúltome, que el honor
De doña Ana es lo primero;
Y despues saldré á vengar
Mis agravios y mis celos.

Celia.—Señor, por Dios, que te escondas
Antes que salga don Pedro.

D. Cár.—Señor don Rodrigo, yo
Estoy (perdonad si os tengo
Vergüenza, que vuestras canas
Dignas son de este respeto)
Sin que don Pedro lo sepa,
En su casa, y así os ruego
Que me dejéis ocultar
Antes que él salga, que el riesgo
Que un honor puede correr
Me obliga...

D. Juan.—¡Qué esto consiento!
¿Qué mas claro ha de decir?
Que aquel basilisco fiero
Do doña Ana aquí le trae.
¡Oh, pese á mi sufrimiento,
Que no le quito la vida!
Pero ajustar el empeño
Es ántes de don Rodrigo,
Pues le di palabra de ello;
Que despues yo volveré,
Puesto que la llave tengo
Del jardin, y tomaré
La venganza que deseo.

D. Rod.—Don Cárlos, nada me admira:
Mozo he sido, aunque estoy viejo;
Vos sois mozo, y es preciso
Que deis sus frutos al tiempo;
Y supuesto que decis
Que os es preciso esconderos,
Haced vos lo que convenga,
Que yo la causa no inquiero
De cosas que no me tocan.

D. Cár.—Pues á Dios.

D. Rod.—Guardeos el cielo.

Celia.—Vamos á prisa. A Dios gracias,
Que se ha excusado este aprieto;
Y vos, señor, esperad
Miéntras aviso á mi dueño.

D. Cár.—Un Etna llevo en el alma.

D. Juan.—Un volcan queda en mi pecho.

(Vánse don Carlos, Celia y Castaño)

D. Rod.—Veis aquí cómo es el mundo:
A mí me agravia don Pedro,
Don Cárlos le agravia á él,
Y no faltará un tercero
Tambien que agravie á don Cárlos;
Y es que lo permite el cielo
En castigo de las culpas,
Y dispone que paguemos
Con males que recibimos
Los males que habemos hecho.

D. Juan.—Estoy tan fuera de mí
De haber visto manifiesto
Mi agravio, que no sé cómo
He de sosegar el pecho
Para hablar en el negocio
De que he de ser medianero,
Que quien ignora los suyos,
Mal hablará en los ajenos.

(Sale don Cárlos á la reja.)

D. Cár.—Ya que fué fuerza ocultarme
Por el debido respeto
De doña Ana, como á quien
El amparo y vida debo,
Desde aquí quiero escuchar,
Pues sin ser yo visto puedo,
A qué vino don Rodrigo,
Que entre mil dudas el pecho,
Astrólogo de mis males,
Me pronostica los riesgos.

(Sale don Pedro.)

D. Ped.—Señor don Rodrigo, ¿vos
En mi casa? Mucho debo
A la ocasion que aquí os trae,
Pues que por ella merezco
Que vos me hagais tantas honras.

D. Rod.—Yo las recibo, don Pedro,
De vos, y ved si es verdad,
Pues á vuestra casa vengo
Por la honra que me falta.

D. Ped.—Don Juan, amigo, no es nuevo
El que vos honreis mi casa.
Tomad entambos asiento,
Y decid ¿cómo venis?

D. Juan.—Yo vengo al servicio vuestro;
Y pues á lo que venimos
Dilacion no admite, empiezo:
Don Pedro, vos no ignorais,
Como tan gran caballero,
Las muchas obligaciones
Que teneis de parecerlo.
Esto supuesto, el señor
Don Rodrigo tiene un duelo
Con voz.

D. Pedro.—¿Conmigo, don Juan?
Holgárame de saberlo.

[Ap.]—¡Válgame Dios, qué será!

D. Rod.—Don Pedro, ved que no es tiempo
Este de haceros de nuevas;
Y si acaso decis eso
Por la cortes atencion
Que debeis á mi respeto,
Yo estimo la cortesía
Y la atencion os dispenso.
Vos amante de Leonor
La solicitásteis ciego,
Pudiendo haberos valido
De mí, y con indignos medios
La sacasteis de mi casa,
Cosa que....Pero no quiero
Reñir ahora el delito,
Que ya no tiene remedio,
Pues cuando os busco piadoso
No es bien reñiros severo;
Y como lo mas se enmiende
Yo os perdonaré lo menos.
Supuesto esto, ja sabeis
Vos que no hay sangre en Toledo
Que pueda exceder la mia;
Y siendo esto todo cierto,
¿Qué dificultad podeis
Hallar para ser mi yerno?
Y si es falta el estar pobre
Y vos rico, fuera bueno
Responder eso, si yo
Os tratara el casamiento
Con Leonor; mas pues vos fuísteis
El que la eligió primero,
Y os pusísteis en estado
Que ha de ser preciso hacerlo,
No he tenido yo la culpa
De lo que fué arrojo vuestro.
Yo sé que está en vuestra casa,
Y sabiéndolo no puedo
Sufrir que esté en ella sin que
Le deis de esposo al momento
La mano.

D. Ped. [Ap.]—¡Válgame Dios!
¿Qué puedo en tan grande empeño
Responder á don Rodrigo?
Pues si que la tengo niego,
Es fácil que él lo averigüe,
Y asi la verdad confieso
De que la sacó don Cárlos,
Se la dará á él, y yo pierdo,
Si pierdo á Leonor, la vida;
Y si el casarme concedo
Puede ser que me desaire
Leonor; ¡quién hallara un medio
Conque poder dilatarlo!

D. Juan.—¿De qué, amigo, estáis suspenso?
¿Cuando la proposicion
Resulta en decoro vuestro?
¿Cuando el señor don Rodrigo,
Tan reportado y tan cuerdo
Os convida con la dicha
De haceros felice dueño
De la beldad de Leonor?

D. Ped.—Lo primero que protesto,
Señor don Rodrigo, es que
Tanto la beldad venero
De Leonor, que puesto que
Sabeis ya mis galanteos,
Quiero que esteis persuadido
Que nunca pudo mi pecho
Mirarla con otros ojos
Ni hablarla con otro intento,
Que el de ser feliz con ser
Su esposo. Y esto supuesto,
Sabed que Leonor anoche
Supo [aun fingir no acierto]
Que estaba mala mi hermana
A quien con cariño tierno
Estima, y vino á mi casa
A verla sola, creyendo
Que vos tardariais mas
Con la diversion del juego;
Hízole algo tarde, y como
Temió que hubieseis ya vuelto,
Como sin licencia vino,
Despachamos á saberlo
Un criado de los mios,
Y aqueste volviò diciendo
Que ya estabais vos en casa,
Y que habiais echando ménos
A Leonor, por cuya causa
Haciendo justos estremos
La buscabais ofendido;
Ella temerosa, oyendo
Aquesto, volver no quiso.
Este es en suma el suceso,
Que ni yo saqué á Leonor,
Ni pudiera, pretendiendo
Para esposa su beldad,
Proceder tan desatento
Que para mirarme en él
Manchara ántes el espejo.
Y para que no juzgueis
Que esta es escusa que invento
Por no venir á casarme,
Mi fe ó palabra os empeño
De ser su esposo al instante,
Como Leonor venga en ello;
Y en esto conocereis
Que no tengo impedimento
Para llegar á ser suyo,
Mas de que no la merezco.

D. Cár.—¿No escuchas esto, Castaño?
La vida y el juicio pierdo!

Cast.—La vida es la novedad,
Que lo del juicio no es nuevo.

D. Rod.—Don Pedro, á lo que habeis dicho
Hacer réplica no quiero,
Sobre si pudo ó no ser
Como decis el suceso;
Pero siéndole ya á todos
Notorios vuestros festejos,
Sabiendo que Leonor falta
Y no la busco, y sabiendo
La he hallado en vuestra casa,
Nunca queda satisfecho
Mi honor, si vos os no casais;
Y en lo que me habeis propuesto
De si Leonor querrá ó no,
Eso no es impedimento,
Pues ella tener no puede
Mas gusto que mi precepto:
Y así llamadla y vereis
Cuan presto lo gusta.

D. Ped.—Temo,
Señor, que Leonor se asuste,
Y así os suplico deis tiempo
De que ántes se lo proponga
Mi hermana, porque supuesto
Que yo estoy llano á casarme
Y que por dicha lo tengo,
¿Qué importa que se difiera
De aquí á mañana, que es tiempo
En que les puedo avisar
A mis amigos y deudos,
A que asistan á mis bodas,
Y tambien porque llevemos
A Leonor á vuestra casa,
Donde se haga el casamiento?

D. Rod.—Bien decis; pero sabed
Que ya quedamos en eso,
Y que es Leonor vuestra esposa.

D. Ped.—Dicha mia es el saberlo.

D. Rod.—Pues, hijo, á Dios, que tambien
Hacer de mi parte quiero
Las prevenciones.

D. Ped.—Señor,
Vamos os iré sirviendo.

D. Rod.—No ha de ser, y así quedaos,
Que habeis menester el tiempo.

D. Ped.—Yo tengo de acompañaros.

D. Rod.—No hareis tal.

D. Ped.—Ya os obedezco.

D. Juan.—Don Pedro, quedad con Dios.

D. Ped.—Id con Dios, don Juan. Yo quedo
Tan confuso que no sé
Si es pesar ó si es contento,
Si es fortuna ó es desaire
Lo que me está sucediendo.
Don Rodrigo con Leonor
Me ruega, yo á Leonor tengo;
El caso está en tal estado
Que yo escusarme no puedo
De casarme, solamente
Es á Leonor á quien temo,
No sea que lo resista;
Mas puede ser que ella viendo
El estado de las cosas
Y de su padre el precepto,
Venga en ser mia... Yo voy.
Amor, ablanda su pecho. [Váse]

(Salen don Cárlos y Castaño)

D. Cár.—No debo de estar en mí,
Castaño, pues estoy muerto.
Don Rodrigo ¡ay de mí! juzga
Que á Leonor sacó don Pedro
Y se le viene á ofrecer,
Y él muy falso y placentero
Viene en casarse con ella,
Sin ver el impedimento
De que se salió con otro.

Cast.—¿Qué quieres? El tal sugeto
Es marido convenible
Y no repara en pucheros.
El vió volando esta garza
Y quiso matarla al vuelo;
Con que si él ya la cazó.
Ya para tí volaverunt.

D. Cár.—Yo estoy tan sin mí, Castaño,
Que aun á discurrir no acierto
Lo que hará en aqueste caso.

Cast.—Yo te daré un buen remedio
Para que quedes vengado:
Doña Ana es rica, y yo pienso
Que revienta por ser novia;
Enamórala, y con eso
Te vengas de cuatro y ocho,
Y dejas aqueste necio
Mucho peor que endiablado,
Encuñadado in æternum.

D. Cár.—Por cierto ¡gentil venganza!

Cast.—¿Mal te parece el consejo?
Tú no debes de saber
Lo que es un cuñado, un suegro,
Una madrastra, una tia,
Un escribano, un ventero,
Una mula de alquiler
Ni un albacea, que pienso
Que del infierno el mejor
Y mas bien cobrado censo
No llega ni á su zapato.

D. Cár.—¡Ay de mí infeliz! ¿qué puedo
Hacer en aqueste caso?
¡Ay Leonor! si yo te pierdo,
Pierdo la vida tambien.

Cast.—No pierdas ni aun un cabello:
Sino vamos á buscarla,
Que en el tribunal supremo
De su gusto quizá se
Revocará este decreto.

D. Cár.—¿Y si la fuerza su padre?

Cast.—¿Qué es forzarla? pues el viejo
¿Está ya para Tarquino?
Vamos á buscarla luego,
Que como ella diga nones,
No hará pares con don Pedro.

D. Cár.—Bien dices, Castaño; vamos.

Cast.—Vamos, y deja lamentos,
Que se alarga la jornada,
Si aquí mas nos detemos.

JORNADA TERCERA.

(Salen Celia y Leonor.)

Dª. Leo.—Celia, yo me he de matar
Si tú salir no me dejas
De esta casa ò de este encanto.

Cel.—Repórtate, Leonor bella,
Y mira por tu opinion.

Dª. Leo.—¿Qué opinion quieres que tenga,
Celia, quien de oir acaba
Unas tan infaustas nuevas,
Como que quiere mi padre,
Porque con engaño piensa
Que don Pedro me sacó,
Que yo ¡ay Dios! su esposa sea?
Y esto cae sobre haber
Antes díchome tú mesma
Que Cárlos (¡ah falso amante!)
A doña Ana galantea,
Y que con ella pretende
Casarse, que es quien pudiera,
Como mi esposo, librarme
Del rigor de esta violencia.
Con que estando en este estado
No les quedan á mis penas
Ni asilo que las socorra,
Ni amparo que las defienda.

Cel. [Ap]—Verdad es que se lo dije,
Y á don Cárlos con la mesma
Tramoya tengo confuso;
Porque mi ama me ordena
Que yo despeche á Leonor,
Para que á su hermano quiera,
Y ella se quede con Cárlos;
Y yo, viéndola resuelta,
Por la manda del vestido
Ando haciendo estas quimeras.

(A Leo).—Pues, señora, si conoces
Que ingrato Cárlos te deja
Y mi señor te idolatra,
Y que tu padre desea
Hacerte su esposa, y que
Está el caso de manera
Que si dejas de casarte,
Pierdes honra y conveniencia;
¿No es mejor pensarlo bien
Y resolverte discreta
A lograr aquesta boda,
Que es lástima que se pierda?
Y hallarás, si lo ejecutas,
Mas de tres mil congruencias;
Pues sueldas con esto solo
De tu crédito la quiebra,
Obedeces á tu padre,
Das gusto á tu parentela,
Premias á quien te idolatra
Y de Don Cárlos te vengas.

Dª. Leo.—¿Qué dices, Celia? Primero
Que yo de don Pedro sea,
Verás de su eterno alcázar
Fugitivas las estrellas;
Primero romperá el mar
La no violada obediencia
Que á sus desvocadas olas
Impone freno de arena;
Primero aquese fogoso
Corazon de las esferas,
Turbará el órden con que
El cuerpo del orbe alienta;
Primero trocado el órden
Que guarda naturaleza,
Congelará el fuego copos,
Brotará el yelo centellas;
Primero que yo de Cárlos,
Aunque ingrato me desprecia,
Deje, de ser, de mi vida
Seré verdugo yo mesma;
Primero que yo de amarle
Deje...

Cel.—Los primeros deja,
Y vamos á lo segundo,
Que pues estás tan resuelta,
No te quiero aconsejar,
Sino saber lo que intentas.

Dª. Leo.—Intento, amiga, que tú,
Pues te he fiado mis penas,
Me des lugar para irme.
De aquí, porque cuando vuelva
Mi padre aquí no me halle
Y me haga casar por fuerza;
Que yo me iré desde aquí
A buscar en una celda
Un rincon que me sepulte,
Donde llorar mis tragedias
Y donde sentir mis males.
Lo que de mi vida resta;
Que quizás allí escondida
No sabrá de mí mi estrella.

Cel.—Sí, pero sabrá de mí
La mia, y por darte puertas,
Vendrá á estrellarse conmigo
Mi señor, cuando lo sepa,
Y seré yo la estrellada,
Por no ser tú la estrellera.

Dª. Leo.—Amiga, haz esto por mí,
Y seré tu esclava eterna,
Por ser la primera cosa
Que te pido.

Cel.—Aunque lo sea,
Que á la primera que haga
Pagaré con las setenas.

Dª. Leo.—Pues, vive el cielo! enemiga,
Que si salir no me dejas,
He de matarme y matarte.

Cel. (Ap.)—Chispas! y qué rayos echa!
Mas ¿qué fuera, Jesus mio,
Si aquí conmigo envistiera?
¿Qué haré? Pues si no la dejo
Ir, y á ser señora llega
De casa, ¿quién duda que
Le tengo de pagar esta?
Y si la dejo salir,
Con mi amo habrà la mesma
Dificultad. Hora bien,
Mejor es entretenerla
Y avisar á mi señor
De lo que su dama intenta,
Que sabiéndolo, es preciso
Que salga él á defenderla,
Y yo quedo bien con ambos;
Pues con esta estratagema
Ella no queda ofendida,
Y él obligado me queda.

(A Leo.)—Señora, si has dado en eso
Y en hacerlo tan resuelta
Estás, ve á ponerte el manto,
Que yo guardaré la puerta.

Dª. Leo.—La vida, Celia, me has dado.

Cel.—Soy de corazon muy tierna,
Y no puedo ver llorar
Sin hacerme una manteca.

Dª. Leo.—A ponerme el manto voy.

(Váse Leonor.)

Cel.—Anda, pues, y vuelve á priesa,
Que te espero. No haré tal,
Sino cerraré la puerta
E iré á avisar á Marsilio
Que se le va Melisendra. (Váse.)

(Sale don Juan.)

D. Juan.—Con la llave del jardin
Que dejó en mi poder Celia,
Para ir á lograr mis dichas
Quiero averiguar mis penas.
¡Qué mal dije averiguar,
Pues á lo que es evidencia
No se puede llamar duda!
Pluguiera á Dios estuvieran
Mis celos y mis agravios
En estado de sospecha!
Mas ¿cómo me atrevo, cuando
Es contra mi honor mi ofensa,
Sin ser cierta mi venganza,
Hacer mi deshonra cierta?
Si solo basta á ofenderme
La presuncion, ¿cómo piensa
Mi honor que puede en mi agravio
La duda ser evidencia,
Cuando la evidencia misma
Del agravio en la nobleza,
Siendo certidumbre falsa,
Se hace duda verdadera?
Que como al honor le agravia
Solamente la suspecha,
Hará cierta su deshonra
Quien la verdad juzga incierta
Pues si es así, ¿cómo yo
Imagino que hay quien pueda
Ofenderme, si aun en duda
No consiento que me ofenda?
Aquí oculto esperaré
A que mi contrario venga,
Que quien del estado en que
Está su correspondencia
Duda, que vendrá de noche
Quien de dia sale y entra.
Yo quiero entrar á esperarlo;
Honor, mi venganza alienta. (Váse.)

[Salen don Cárlos y Castaño con un envoltorio.]

D. Cár.—Por mas que he andado la casa,
No he podido dar con ella,
Y vengo desesperado.

Cast.—Pues, señor, ¿de ver no echas
Que están las puertas cerradas
Que á esotro cuarto atraviesan,
Por el temor de doña Ana,
De que su hermano te vea,
O porque á Leonor no atisbes?
Y para haceros por fuerza
Casar, doña Ana y su hermano
Nos han cerrado entre puertas?

D. Cár.—Castaño, yo estoy resuelto
A que don Rodrigo sepa
Que soy quien sacó á su hija,
Y quien ser su esposo espera;
Que pues por pensar que fué
Don Pedro, dársela intenta,
Tambien me la dará á mí
Cuando la verdad entienda
De que fuí quien la robó.

Cast.—Famosamente lo piensas;
Pero ¿cómo has de salir,
Si doña Ana es centinela
Que no se duerme en las pajas?

D. Cár.—Fácil, Castaño, me fuera
El salir contra su gusto,
Que no estoy yo de manera
Que tengan lugar de ser
Tan comedidas mis penas.
Solo lo que me embaraza
Y mi valor desalienta
Es el irme de su casa
Dejando á Leonor en ella,
Donde á cualquier novedad
Puede importar mi presencia;
Y así he pensado que tú
Salgas, pues aunque te vean
No hará ninguno el reparo
En tí que en mí hacer pudiera;
Y este papel que ya escrito
Traigo, con que le doy cuenta
A don Rodrigo de todo,
Le llevas.

Cast.—¡Ay santa Tecla!
Pues ¿cómo quieres que vaya?
Y ves aquí que me pesca
En la calle la justicia
Por cómplice en la tormenta
De la herida de don Diego,
Y aunque tú el agresor seas,
Porque te ayudé en el ruido,
Pague in solidum la ofensa.

D. Cár.—Este es mi gusto, Castaño.

Cast.—Sí, mas no es mi conveniencia.

D. Cár.—Vive el cielo, que has de ir.

Cast.—Señor, ¿y es muy buena cuenta,
Por cumplir el juramento
De que el viva, que yo muera?

D. Cár.—¿Ahora burlas, Castaño?

Cast.—Antes ahora son veras.

D. Cár.—¿Qué es esto, infame? ¿tú tratas
De apurarme la paciencia?
Vive Dios, que has de ir ó aquí
Te he de matar!

Cast.—Señor, suelta,
Que eso es muy ejecutivo,
Y en esotro hay contingencia;
Dame el papel que yo iré.

D. Cár.—Tómalo y mira que vuelvas
A priesa, por el cuidado
En que estoy.

Cast.—Dame licencia,
Señor, de contarte un cuento,
Que viene aquí como piedra
En el ojo de un vicario,
Que debe de ser cantera.
Salió un hombre á torear,
Y á otro un caballo pidió,
El cual, aunque lo sintió,
No se lo pudo negar.
Salió, y el dueño al mirallo,
No pudiéndolo sufrir,
Le enviò un recaudo á decir
Que le cuidase el caballo,
Porque valia un tesoro;
Y el otro muy sosegado
Respondió: Aquese recado
No viene á mí, sino al toro.
Tú eres así ahora que
Me remites á un paseo,
De donde, aunque lo deseo,
No sé yo si volveré.
Y lo que me causa risa,
Aun estando tan penoso,
Es que siendo tan dudoso,
Me mandas que venga á prisa;
Y asì ahora te digo
Como el otro toreador,
Que ese recado, señor,
Le envies á don Rodrigo.

(Sale Celia.)

Cel.—Señor don Cárlos, mi ama
Os suplica vais á verla
Al jardin luego al instante,
Que tiene cierta materia
Que tratar con vos, que importa,
D. Cár.—Decid que ya á obedecerla
Voy. (A Cast.)—Has tù lo que he mandado.

(Vánse don Cárlos y Celia)

Cast.—Yo bien no hacerlo quisiera,
Si me valiera contigo
El hacer yo la deshecha.
¡Válgame Dios! ¿Con qué traza
Yo á don Rodrigo le diera
Aqueste papel sin que él
Ni alguno me conociera?
Quien fuera aquí Garatusa,
De quien en las Indias cuentan
Que hacía muchos prodigios;
Que yo, como nací en ellas
Le he sido siempre devoto
Como á santo de mi tierra.
¡Oh tú, cualquier que hayas sido!
¡Oh tú, cualquiera que seas!
Bien esgrimas abanico
O bien arrastres contera,
Inspírame alguna traza
Que de Calderon parezca,
Con qué salir de este empeño.
Pero ¡tate! en mi conciencia,
Que ya he topado el enredo.
Leonor me dió unas polleras
Y unas joyas que trajese,
Cuando quiso ser Elena
De este Páris boquirubio,
Y las tengo aquí bien cerca,
Que me han servido de cama;
Pues si yo me visto de ellas
¿Habrá en Toledo tapada
Que á mí en garbo se parezca?
Pues hora bien, yo las saco;
Vayan estos trapos fuera.

(Quítase capa, espada y sombrero.)

Lo primero aprisionar
Me conviene la melena,
Porque quitará mil vidas
Si le doy tantica suelta.
Con este paño pretendo
Abrigarme la mollera;
Si como quiero la pongo,
Será gloria ver mi pena.
Ahora entran las basquiñas.
¡Jesus! y qué rica tela!
No hay duda que me está bien,
Porque como soy morena
Me está del cielo lo azul.
Y esto ¿qué es? Joyas son estas;
No me las quiero poner,
Que ahora voy de revuelta.
Un serenero he topado
En aquesta faltriquera;
Tambien me le he de plantar:
Cúbrame esta pechuguera.
El soliman me hace falta,
Pluguiese á Dios y le hubiera,
Que una manica de gato
Sin duda me la pusiera;
Pero no, que es un ingrato,
Y luego en cara me diera.
¿La color? No me hace al caso,
Que en este empeño de fuerza
Me han de salir mil colores,
Por ser dama de vergüenza.
¿Qué les parece, señoras,
Este encaje de Valencia?
Ni puesta con sacristanes
Pudiera estar mas bien puesta.
Es cierto que estoy hermosa;
¡Dios me guarde, que estoy bella!
Cualquier cosa me está bien,
Porque el molde es rara pieza.
Quiero acabar de aliñarme,
Que aun no estoy dama perfecta:
Los guantes, aquesto sí,
Porque las manos no vean,
Que han de ser las de Jacob,
Con que á Esaú me parezca.
El manto lo vale todo;
Échomele en la cabeza.
¡Válgame Dios! cuánto encubre
Esta telilla de seda,
Que ni hay foso que así guarde,
Ni muro que así defienda,
Ni ladron que tanto encubra,
Ni paje que tanto mienta,
Ni gitano que así engañe,
Ni logrero que así venda.
Un trasunto el abanillo
Es de mi garbo y belleza;
Pero si me da tanto aire,
¿Qué mucho á mí se parezca?
Dama habrá en el auditorio
Que diga á su compañera:
Mariquita, aqueste bobo
Al tapado representa.
Pues atencion, mis señoras,
Que es paso de la comedia,
No piensen que son embustes
Fraguados acá en mi idea,
Que yo no quiero engañarlas,
Ni ménos á Vue Excelencia.
Ya estoy armado, y ¿quién duda
Que en el punto que me vean
Me sigan cuatro mil lindos,
De aquesos que galantean
A salga lo que saliere,
Y que á bulto se amartelan,
No de la belleza que es,
Sino de la que ellos piensan?
Vaya, pues, de damería,
Menudo el paso, derecha
La estatura, airoso de brio,
Inclinada la cabeza
Un si es no es al un lado,
La mano en el manto envuelta,
Con el un ojo recluso
Y con el otro de fuera;
Y vamos ya, que encerrada
Se malogra mi belleza.
Temor llevo de que alguno
Me enamore.

(Va á salir y encuentra á don Pedro.)

D. Ped.—Leonor bella,
¿Vos con manto y á estas horas?
Oh! qué bien me dijo Celia
De que irse á un convento quiere!
¿A dónde vais con tal priesa?

Cast.—[Ap.] ¡Vive Dios! que por Leonor
Me tiene; yo la he hecho buena
Si él me quiere descubrir.

D. Ped.—¿De qué estais, Leonor, suspensa?
¿A dónde vas Leonor mia?

Cast.—(Ap.) ¿Oigan lo que Leonores?
Mas, pues por Leonor me traga,
Yo quiero fingir ser ella,
Que quizá atiplando el habla,
No me entenderá la letra.

D. Ped.—¿Por qué no me hablais, señora?
¿Aun no os merece respuesta
Mi amor? ¿Por qué de mi casa
Os quereis ir? ¿Es ofensa
El adoraros tan fino,
El amaros tan devéras,
Que sabiendo que á otro amais,
Está mi atencion tan cierta
De vuestras obligaciones,
Vuestro honor y vuestras prendas,
Que casarme determino,
Sin que ningun riesgo tema?
Que en vuestra capacidad
Bien sé que tendrá mas fuerza,
Para mirar por vos misma,
La obligacion que la estrella.
¿Es posible que no os mueve
Mi afecto ni mi nobleza,
Mi hacienda ni mi persona
A verme ménos severa?
¿Tan indigno soy, señora,
Y doy caso que lo sea,
No me darán algun garbo
La gala de mis finezas?
¿No es mejor para marido,
Si lo consideras cuerda,
Quien no galan os adora,
Que quien galan os desprecia?

Cast.—(Ap.) ¡Gran cosa es el ser rogada!
Ya no me admira que sean
Tan soberbias las mujeres;
Porque no hay que ensoberbezca
Cosa como el ser rogadas.
Ahora bien, de vuelta y media
He de poner á este tonto.

(A d. Ped.)—Don Pedro, negar quisiera
La causa por qué me voy,
Pero ya decirla es fuerza:
Yo me voy porque me mata
De hambre aquí vuestra miseria;
Porque vos sois un cuitado,
Vuestra hermana es una suegra,
Las criadas unas tías,
Los criados unos bestias;
Y yo de aquesto enfadada
En casa una pastelera
A merendar garapiñas
Voy.

D. Pedro.—(Ap.) ¡Qué palabras son estas!
Y qué estilo tan ageno
Del ingenio y la belleza
De doña Leonor. Señora,
Mucho estraña mi fineza
Oiros dar de mi familia
Unas tan indignas quejas;
Que si quereis deslucirme
Bien podeis de otra manera,
Y no con tales palabras,
Que á vos misma mal os dejan.

Cast.—Digo que me matan de hambre;
¿Es aquesto lengua griega?

D. Ped.—No es griega, señora, pero
No entiendo en vos esa lengua.

Cast.—Pues si no entendeis así,
Entended de esta manera.

(Quiere irse.)

D. Ped.—Tened, que no habeis de iros,
Ni es bien que yo lo consienta,
Porque á vuestro padre he dicho
Que estais aquí, y así es fuerza
En cualquiera tiempo darle
De vuestra persona cuenta.
Que cuando vos no querais
Casaros, haciendo entrega
De vos quedaré bien puesto,
Viendo que la resistencia
De casarse, de mi parte
No está, sino de la vuestra.

Cast.—Don Pedro, vos sois un necio,
Y esta es ya mucha licencia
De querer vos impedir
A una mujer de mis prendas
Que salga á matar su hambre.

D. Ped.—[Ap.] ¡Posible es, cielos, que aquestas
Son palabras de Leonor!
Vive Dios, que pienso que ella
Se finge necia, por ver
Si con esto me despecha,
Y me dejo de casar.
¡Cielos! que así me aborrezca!
Y que conociendo aquesto
¿Esté mi pasion tan ciega
Que no pueda reducirse?
Bella Leonor, ¿qué aprovecha
El fingiros necia, cuando
Sé yo que sois tan discreta?
Pues ántes á enamorarme
Sirve mas la diligencia,
Viendo el primor y cordura
De saber fingiros necia.

Cast.—(Ap.) ¡Notable aprieto, por Dios!
Yo pienso que aquí mi fuerza....
Mejor es mudar de estilo
Para ver si así me deja.
Don Pedro, yo soy mujer
Que sé bien dónde me aprieta
El zapato, y pues he visto
Que dura vuestra fineza
A pesar de mis desaires,
Yo quiero dar una vuelta
Y mudarme al otro lado,
Siendo aquesta noche mesma
Vuestra esposa.

D. Ped.—¿Qué decis,
Señora?

Cast.—Que seré vuestra
Como dos y dos son cuatro.

D. Ped.—No lo digais tan á priesa,
No me mate la alegría,
Ya que no pudo la pena.

Cast.—Pues no, señor, no os murais
Por amor de Dios, siquiera
Hasta dejarme un muchacho
Para que herede la hacienda.

D. Ped.—¿Pues eso mirais, señora?
No sabeis que toda es vuestra?

Cast.—¡Válgame Dios! yo me entiendo:
Bueno será tener prendas.

D. Ped.—Esa será dicha mia.
Mas, señora, ¿hablais de véras
O me entreteneis la vida?

Cast.—Pues ¿soy yo farandulera?
Palabra os doy de casarme,
Si ya no es que por vos queda.

D. Ped.—¿Por mí? ¿tal decis, señora?

Cast.—¿Qué apostamos que si llega
El caso queda por vos?

D. Ped.—No así agravieis mi fineza!

Cast.—Pues dadme palabra aquí
De que si os haceis afuera
No me habeis de hacer á mí
Algun daño.

D. Ped.—Que os lo ofrezca
¿Qué importa, supuesto que
Es imposible que pueda
Desistirse mi cariño?
Mas permitid que merezca
De que quereis ser mi esposa
Vuestra hermosa mano en prendas.

Cast.—(Ap.) Llegó el caso de Jacob.

(A d. Ped.)—Catad aquí toda entera.

D. Ped.—Pues ¿con guante me la dais?

Cast.—Sí, porque la tengo enferma.

D. Ped.—Pues ¿qué teneis en las manos?

Cast.—Hiciéronme mal en ellas
En una visita un dia,
Y ni han bastado recetas
De hieles ni jaboncillos
Para que á su albura vuelvan.

(Dentro don Juan.)

D. Juan.—¡Muere á mis manos, traidor!

D. Ped.—Oye! ¿qué voz es aquella?

(Dentro don Cárlos.)

D. Cár.—Tú morirás á las mias,
Pues buscas tu muerte en ellas!

D. Ped.—¡Vive Dios, que es en mi casa!

(Salen riñendo don Cárlos y don Juan, y doña Ana deteniéndolos.)

Dª. Ana—Caballeros, deteneos;
Mas mi hermano... ¡yo estoy muerta!

Cast.—Mas ¿si por mí se acuchillan
Los que mi beldad festejan?

D. Ped.—¿En mi casa y á estas horas
Con tan grande desvergüenza
Acuchillarse dos hombres?
Mas yo vengaré esta ofensa
Dándoles muerte, y mas cuando
Es don Cárlos quien pelea.

Dª. Ana—¿Quién pensara (¡ay infelice!)
Que aquí mi hermano estuviera?

D. Cár.—Don Pedro está aquí, y por él
A mí nada se me diera;
Pero se arriesga doña Ana,
Que es solo por quien me pesa.

Cast.—[Ap.] Aquí ha sido la de Orán;
Mas yo apagaré la vela,
Quizá con esto tendré
Lugar de tomar la puerta,
Que es solo lo que me importa.

(Apaga Castaño la vela y riñen todos.)

D. Ped.—Aunque hayais muerto la vela
Por libraros de mis iras,
Poco importa, que aunque sea
A oscuras sabré mataros.

D. Cár.—Famosa ocasion es esta
De que yo libre á doña Ana;
Pues por ampararme atenta
Está arriesgada su vida.

(Sale Leonor con manto.)

Dª. Leo.—¡Ay Dios! aquí dejé á Celia,
Y ahora solo escucho espadas,
Y voy pisando tinieblas.
¿Qué será? ¡Válgame Dios!
Pero lo que fuere sea,
Pues á mí solo me importa
Ver si topo con la puerta.

(Topa á don Cárlos.)

D. Cár.—Esta es sin duda doña Ana.
Señora, venid á priesa
Y os sacaré de este riesgo.

Dª. Leo.—¿Qué esto? un hombre me lleva;
Mas como de aquí me saque,
Con cualquiera voy contenta,
Que si él me tiene por otra,
Cuando en la calle me vea
Podrá dejarme ir á mí
Y volver á socorrerla.

Dª. Ana.—No tengo cuidado yo
De que sepa la pendencia
Mi hermano, y mas cuando ha visto
Que es don Cárlos quien pelea,
Y diré que es por Leonor;
Solamente me atormenta
El que se arriesgue don Cárlos.
¡Oh quién toparlo pudiera
Para volverlo á esconder!

D. Ped.—¡Quien mi honor agravia, muera!

Cast.—¡Que haya yo perdido el tino
Y no tope con la puerta!
Mas aquí juzgo que está.
¡Jesus! ¿qué es esto? Alacena
En que me he dado de hocicos
Y quebrado dos docenas
De vidrios y de redomas,
Que envidiando mi belleza
Me han pegado redomazo.

Dª. Ana.—Ruido he sentido en la puerta,
Sin duda alguna se va
Don Juan porque no lo vean
Ni lo conozca mi hermano,
Y ya dos solos pelean.
¿Cuál de ellos será don Cárlos?

(Llega doña Ana á don Juan)

D. Cár.—La puerta sin duda es esta,
Vamos, señora, de aquí.

[Váse don Cárlos con Leonor]

D. Ped.—Morirás á mi violencia.

Dª. Ana.—Mi hermano es aquel, y aqueste
Sin duda es Cárlos. Apriesa,
Señor, yo os ocultaré.

D. Juan.—Esta es doña Ana, é intenta
Ocultarme de su hermano;
Preciso es obedecerla.

[Váse doña Ana con don Juan.]

D. Ped.—¿Dónde os ocultais, traidores,
Que mi espada no os encuentra?
¡Hola! traed una luz.

(Sale Celia con luz.)

Cel.—Señor ¿qué voces son estas?

D. Ped.—¿Qué ha de ser? Pero ¡qué miro!
Hallando abierta la puerta
Se fueron; mas si Leonor
(Que sin duda entró por ella
Aquí don Cárlos) está
En casa, ¿qué me da pena?
Mas bien será averiguar
Cómo entró. Tú, Leonor, entra
A recogerte, que voy
A que aquí tu padre venga,
Porque quiero que esta noche
Queden nuestras bodas hechas.

Cast.—[Ap.] Tener hechas las narices
Es lo que ahora quisiera.

[Váse Castaño y cierra don Pedro la puerta.]

D. Ped.—Encerrar quiero á Leonor
Por si acaso fué cautela
Haberme favorecido.
Yo la encierro por de fuera,
Porque si acaso lo finge
Se haga la burla ella mesma.
Yo me voy á averiguar
Quien fuese el que por mis puertas
Le dió entrada á mi enemigo,
Y por qué era la pendencia
Con Cárlos y el embozado.
Y pues ántes que los viera,
Los vió mi hermana y salió
Con ellos, saber es fuerza
Cuándo á reñir empezaron
Dónde ó cómo estaba ella.

(Váse don Pedro y sale don Rodrigo con Hernando)

D. Rod.—Esto, Hernando, he sabido,
Que don Diego está herido,
Y que lo hirió quien á Leonor llevaba,
Cuando en la calle estaba;
Por él la conoció y quitarla quiso,
Con que le fué preciso
Reñir, y la pendencia ya trabada,
El que á Leonor llevaba, una estocada
Le dió de que quedó casi difunto
Y luego al mismo punto
Cargado hasta su casa le llevaron,
Donde luego que entraron,
En sí volvió don Diego;
Pero advirtiendo luego
En los que le llevaron apiadados,
Conoció de don Pedro ser criados;
Porque sin duda, Hernando, fué el llevalle
Por escusar el ruido de la calle.
Mira qué bien viene esto que ha pasado,
Con lo que esta mañana me ha afirmado,
De que Leonor fué solo á ver su hermana,
Y que yo me detenga hasta mañana
Para ver si Leonor casarse quiere,
De donde bien se infiere
Que de no hacerlo trata,
Y que con estas largas lo dilata.
Mas yo vengo resuelto,
Que á esto á su casa he vuelto,
A apretarle de suerte
Que ha de casarse, ó le he de dar la muerte.

Her.—Harás muy bien, señor, que la dolencia
De honor se ha de curar con diligencia;
Porque el que lo dilata neciamente
Viene á quedarse enfermo eternamente.

(Sale don Cárlos con Leonor tapada)

D. Cár.—No teneis ya que temer,
Doña Ana hermosa, el peligro.

Dª. Leo. [Ap.]—¡Cielos! que me traiga Cárlos
Pensando [ah fiero enemigo!]
Que soy doña Ana? ¿Qué mas
Claros busco los indicios
De que la quiere?

D. Cár. (Ap.)—¿En qué empeño
Me he puesto, cielos divinos!
Que por librar á doña Ana
Dejo á Leonor en peligro.
¿A dónde podré llevarla
Para que pueda mi brio
Volver luego por Leonor?
Pero hácia aquí un hombre miro.
¿Quién va?

D. Rod.—¿Es don Cárlos?

D. Cár.—Yo soy.
(Ap.) ¡Válgame Dios! don Rodrigo
Es, ¿á quién podré mejor
Encomendar el asilo
Y el amparo de doña Ana?
Que con su edad y su juicio
La compondrá con su hermano
Con decencia, y yo me quito
De aqueste embarazo, y vuelvo
A ver si puedo atrevido
Sacar mi dama. Señor
Don Rodrigo, en un conflicto
Estoy, y vos podeis solo
Sacarme de él.

D. Rod.—¿En qué os sirvo,
Don Cárlos?

D. Cár.—Aquesta dama
Que traigo, señor, conmigo
Es la hermana de don Pedro,
Y en un lance fué preciso
El salirse de su casa,
Por correr su honor peligro.
Yo ya veis que no es decente
Tenerla, y así os suplico
La tengais en vuestra casa,
Miéntras yo á otro empeño asisto.

D. Rod.—Don Cárlos, yo la tendré;
Claro está que no es bien visto
Tenerla vos, y á su hermano
Hablaré, si sois servido.

D. Cár.—Hareisme mucho favor,
Y así yo me voy. (Váse)

D. Leo.—[Ap.] ¿Qué miro?
¡A mi padre me ha entregado!

D. Rod.—Hernando, yo he discurrido
Y voy á ver á don Pedro,
Pues Cárlos hizo lo mismo,
Que él sacándole á su hermana,
Que ya por otros indicios
Sabia yo que la amaba,
Valerme de este motivo,
Tratando de que la case,
Porque ya como de hijo
Debo mirar por su honor,
Y él quizá mas reducido,
Viendo en peligro su honor,
Querrà remediar el mio.

Her.—Bien has dicho, y me parece
Buen modo de constreñirlo
El no entregarle á su hermana,
Hasta que él haya cumplido
Con lo que te premetió.

D. Rod.—Pues yo entro; venid conmigo,
Señora, y nada temais
De riesgo, que yo me obligo
A sacaros bien de todo.

Dª. Leo.—[Ap.] A casa de mi enemigo
Me vuelve á meter mi padre,
Y ya es preciso seguirlo,
Pues descubrirme no puedo.

D. Rod.—Pero allí á don Pedro miro.
Vos, señora, con Hernando
Os quedad en este sitio,
Miéntras hablo á vuestro hermano.

Dª. Leo.—(Ap.) ¡Cielos! vuestro influjo impio
Mudad, ó dadme la muerte;
Pues me será mas benigno
Un fin breve, aunque es atroz,
Que un prolongado martirio.

D. Rod.—Pues yo me quiero llegar.

(Sale don Pedro.)

D. Ped.—Que saber no haya podido
Mi enojo quien en mi casa
Le dió entrada á mi enemigo,
Ni haya encontrado á mi hermana,
Mas buscarla determino
Hácia el jardin, que quizá
Temerosa del ruïdo
Se vino hácia aquesta cuadra.
Yo voy; pero don Rodrigo
Está aquí; á buen tiempo viene,
Pues que ya Leonor me ha dicho
Que gusta de ser mi esposa.
Seais, señor, bien venido,
Que á no haber venido vos,
En aqueste instante mismo
Habia yo de buscaros.

D. Rod.—La diligencia os estimo.
Sentémonos, que tenemos
Mucho que hablar.

D. Ped.—(Ap.) Ya colijo,
Que á lo que podrá venir
Resultará en gusto mio.

D. Rod.—Bien habreis congeturado
Que lo que puede, don Pedro,
A vuestra casa traerme
Es el honor, pues le tengo
Fiado á vuestra palabra;
Que aunque sois tan caballero,
Miéntras no os casais está
A peligro siempre expuesto;
Y bien veis que no es alhaja
Que puede en un noble pecho
Permitir la contingencia,
Porque es un cristal tan terso
Que sino le quiebra el golpe,
Le empeña solo el aliento.
Esto habreis pensado vos,
Y hareis bien en pensar esto;
Pues tambien esto me trae...
Mas no es esto á lo que vengo
Principalmente, porque
Quiero con vos tan atento
Proceder, que conozcais
Que teniendo de por medio
El cuidado de mi hija
Y de mi honor el empeño,
Con tanta cortesania
Procedo con vos, que puedo
Hacer mi honor accesorio
Por poner primero el vuestro,
Ved si puedo hacer por vos
Mas, aunque tambien concedo
Que esta es conveniencia mia;
Que habiendo de ser mi yerno,
El quereros ver honrado
Resultará en mi provecho.
Ved vos cuán celoso soy
De mi honor, y con qué estremo
Sabré celar mi opinion,
Cuando así la vuestro celo.
Supuesto esto, ya sabeis
Vos que don Cárlos de Olmedo,
De mas del lustre heredado
De su noble nacimiento...

D. Ped.—(Ap.) A don Cárlos me ha nombrado;
¿Dónde irá á parar aquesto?
Y el no hablar de que me case...
Sin duda sabe el suceso
De que la sacó don Cárlos.
¡Hoy la vida y honra pierdo!

D. Rod.—El color habeis perdido,
Y no me admiro, que oyendo
Cosas tocantes á honor,
No fuerais noble ni cuerdo
Ni honrado, sino mostráreis
Ese noble sentimiento.
Mas pues de lances de amor
Teneis en vos el ejemplo,
Y que vuestra propia culpa
Honesta el delito ageno,
No teneis de qué admiraros
De lo mismo que habeis hecho.

(Sale doña Ana al paño.)

Dª. Ana.—Don Rodrigo con mi hermano
Está; desde aquí pretendo
Escuchar á lo que vino,
Que como á don Cárlos tengo
Oculto, y lo vió mi hermano,
Todo lo dudo y lo temo.

D. Rod.—Digo, pues que aunque ya vos
Enterado estareis de esto,
Don Cárlos á vuestra hermana
Hizo lícitos festejos,
Correspondióle doña Ana;
No fué mucho, pues lo mesmo
Sucedió á Leonor con vos.

D. Ped.—(Ap.) ¿Qué es esto? [¡válgame el cielo!]
¿Don Cárlos quiere á mi hermana?

Dª. Ana.—¿Cómo llegar á saberlo
Ha podido don Rodrigo?

D. Rod.—Digo, por no deteneros
Con lo mismo que sabeis,
Que viéndose en el aprieto
De haberlo ya visto vos
Y de estar con él riñendo,
La sacó de vuestra casa.

D. Ped.—¿Qué es lo que decis?

D. Rod.—Lo mesmo
Que vos sabeis y lo propio
Que hicísteis vos; pues es bueno
Que me hicierais vos á mí
La misma ofensa, yo cuerdo
Venga á tratarlo, y que vos
(Sin ver que permita el cielo
Que veamos por nosotros
La ofensa que á otros hacemos)
Os mostrais tan alterado.
Tomad, hijo, mi consejo,
Que en las dolencias de honor
No todas veces son buenos,
Ni bastan solo süaves,
Los medicamentos recios,
Que ántes suelen hacer daño;
Pues cuando está malo un miembro,
El experto cirujano
No luego le aplica el hierro
Y corta lo dolorido,
Sino que aplica primero
Los remedios lenitivos;
Que acudir á los cauterios
Es cuando se reconoce
Que ya no hay otro remedio.
Hagamos lo mismo acá:
Don Cárlos me ha hablado de ello.
Doña Ana se fué con él,
Y yo en mi poder la tengo.
Ellos lo han de hacer sin vos,
Pues ¿no es mejor, si han de hacerlo,
Que sea con vuestro gusto,
Haciendo cuerdo y atento
Voluntario lo preciso?
Que es industria del ingenio
Vestir la necesidad
De los visos del afecto.
Aqueste es mi parecer,
Ahora consultad cuerdo
A vuestro honor, y vereis
Si os está bien el hacerlo.
Y en cuanto á lo que á mí toca,
Sabed que vengo resuelto
A que os caseis esta noche;
Pues no hay por qué deteneros.
Cuando vengo de saber
Que á mi sobrino don Diego
Dejásteis herido anoche,
Porque llegó à conoceros,
Y á Leonor quiso quitaros.
Ved vos cuan mal viene aquesto
De que vos no la sacasteis.
Y en suma, este es largo cuento,
Pues solo con que os caseis
Queda todo satisfecho.

Dª. Ana.-Temblando estoy qué responde
Mi hermano; mas yo no encuentro
Qué razon pueda mover
A fingir estos enredos
A don Rodrigo.

D. Ped.—Señor,
Digo, en cuanto á lo primero,
Que el decir que no saqué
A Leonor, fué fingimiento,
Que me debió decoroso
Mi honor y vuestro respeto,
Y pues solo con casarme
Dices que quedo bien puesto,
A la beldad de Leonor
Oculta aquel aposento,
Y ahora en vuestra presencia
Le daré de esposo y dueño
La mano; pero sabed
Que me habeis de dar primero
A doña Ana, para que
Siguiendo vuestro consejo
La despose con don Cárlos
Al instante. [Ap.] Pues con esto
Seguro de este enemigo
De todas maneras quedo.

D. Rod.—¡Oh, qué bien que se conoce
Vuestra nobleza y talento!
Voy á que entre vuestra hermana,
Y os doy las gracias por ello.

(Sale doña Ana)

Dª. Ana.—No hay para que, don Rodrigo,
Pues para dar las que os debo
Estoy yo muy prevenida.
Y á tí, hermano, aunque merezco
Tu indignacion, te suplico
Que examines por tu pecho
Las violencias del amor,
Y perdonarás con esto
Mis yerros, si es que lo son
Siendo tan dorados yerros.

D. Ped.—Alza del suelo, doña Ana,
Que hacerse tu casamiento
Con mas decencia pudiera,
Y no poniendo unos medios
Tan indecentes.

D. Ped.—Dejad
Aqueso, que ya no es tiempo
De reprension, enviad
Un criado de los vuestros
Que á buscar vaya á don Cárlos.

Dª. Ana.—No hay que enviarlo, supuesto
Que como á mi esposo, oculto
Dentro mi cuarto le tengo.

D. Ped.—Pues sácale luego al punto.

Dª. Ana.—¡Con qué gusto te obedezco!
Que al fin mi amante porfia
Ha logrado sus deseos! [Váse]

D. Ped.—Celia.

[Sale esta.]

Cel.—¿Qué me mandas?

D. Ped.—Toma
La llave de ese aposento
Y avisa á Leonor que salga.
¡Oh amor! que al fin de mi anhelo
Has dejado que se logren
Mis amorosos intentos!

Dª. Leo.—Pues me tienen por doña Ana,
Entrarme quiero allá dentro
Y librarme de mi padre,
Que es el mas próximo riesgo;
Que despues para librarme
De la instancia de don Pedro,
No faltarán otros modos.
Mas subir á un hombre veo
La escalera. ¿Quién será?

[Salen don Cárlos]

D. Cár.—A todo trance resuelto
Vengo á sacar á Leonor
De este indigno cautiverio;
Que supuesto que doña Ana,
Está ya libre de riesgo,
No hay por qué esconder la cara
Mi valor, y ¡vive el cielo!
Que la tengo de llevar,
O he de salir de aquí muerto.

[Pasa don Cárlos junto á Leonor]

Dª. Leo.—Cárlos es [válgame Dios!]
Y de cólera tan ciego
Va que no reparó en mí;
Pues ¿á qué vendrá, supuesto
Que me llevó á mí, pensando
Que era yo doña Ana? ¡Ah cielos!
¡Que me hayais puesto en aquesto!
¡Que estos ultrages consiento!
Mas si acaso conoció
Que dejaba en el empeño
A su dama y á librarla
Viene ahora.... Yo me acerco
Para escuchar lo que dice.

D. Cár.—Don Pedro, cuando yo entro
En casa de mi enemigo,
Mal puedo usar de lo atento.
Vos me teneis....Mas ¿qué miro?
¿Don Rodrigo aquí?

D. Rod.—Teneos,
Don Cárlos, y sosegaos,
Porque ya todo el empeño
Está ajustado, ya viene
En vuestro gusto don Pedro;
Y pues á él se lo debeis,
Desde el agradecimiento,
Que yo el parabien os dé
De veros felice dueño
De la beldad que adorais,
Que goceis siglos eternos.

D. Cár.—[Ap.] ¿qué es esto? Sin duda ya
Se sabe todo el suceso,
Porque Castaño el papel
Debió de dar ya, y sabiendo
Don Rodrigo que fui yo
Quién la sacó, quiere cuerdo
Portarse y darme á Leonor;
Y sin duda ya don Pedro,
Viendo tanto desengaño,
Se desiste del empeño.

[A don Rod.]—Señor, palabras me faltan
Para poder responderos;
Mas válgame lo dichoso
Para disculpar lo necio;
Que en tan no esperada dicha,
Como la que yo merezco,
Si no me volviera loco,
Estuviera poco cuerdo.

D. Rod.—Mirad, si os lo dije yo...
Quiérela con grande estremo.

D. Leo.—¡Qué es esto, cielos! ¡qué escucho!
¡Qué parabienes son estos,
Ni qué dichas de don Cárlos!

D. Ped.—Aunque debierais atento
Averos de mí valido,
Supuesto que gusta de ello
Don Rodrigo, cuyas canas
Como de padre venero,
Yo me tengo por dichoso
En que tan gran caballero
Se sirva de honrar mi casa.

Dª. Leo.—Ya no tengo sufrimiento;
No ha de casarse el traidor.

(Sale doña Leonor con manto.)

D. Rod.—Señora, á muy lindo tiempo
Venis; mas ¿por qué os habeis
Otra vez el manto puesto?
Aquí está ya vuestro esposo.
Don Cárlos, los cumplimientos
Basten ya: dadle la mano
A doña Ana.

D. Cár.—¿A quién? ¿qué es esto?

D. Rod.—A doña Ana vuestra esposa.
¿De qué os turbais?

D. Cár.—¡Vive el cielo!
Que este es engaño y traicion.
¿Yo á doña, Ana?

Dª. Leo.—(Ap.) ¡Albricias, cielos!
Que ya desprecia á doña Ana!

D. Ped.—Don Rodrigo ¿qué es aquesto?
¿Vos de parte de don Cárlos
No venisteis al concierto
De mi hermana?

D. Rod.—Claro está,
Y fué porque Cárlos mesmo
Me entregó á mí vuestra hermana
Que la llevaba, diciendo
Que la sacaba, porque
Corria su vida riesgo.
Señora, ¿no fué esto así?

Dª. Leo—Sí, señor, y yo confieso
Que soy esposa de Cárlos,
Como vos vengais en ello.

D. Cár.—Muy mal, señora doña Ana,
Habeis hecho en exponeros
A tan público desaire,
Como por fuerza he de haceros;
Pero pues vos me obligais
A que os hable poco atento,
Quien me busca exasperado,
Me quiere sufrir grosero,
Si mejor á vos que á alguno
Os consta que yo no puedo
Dejar de ser de Leonor.

D. Rod.—¿De Leonor? ¿qué? ¿cómo es esto?
¿Qué Leonor?

D. Cár.—De vuestra hija.

D. Rod.—¿De mi hija? Bien por cierto,
Cuando es de don Pedro esposa.

D. Cár.—Antes que logre el intento
Le quitaré yo la vida.

D. Ped.—Ya es mucho mi sufrimiento,
Pues en mi presencia os sufro
Que atrevido y desatento
A mi hermana desaireis,
Y pretendais á quien quiero.

(Empuñan las espadas, y sale doña Ana con don Juan de la mano, y por la otra puerta Celia y Castaño de dama.)

Dª. Ana.—A tus pies mi esposo y yo,
Hermano... pero ¿qué veo?
A don Juan es á quien traigo!
Que, en el rostro el ferreruelo,
No le habia conocido.

D. Ped.—Doña Ana, pues ¿cómo es esto?

Cel.—Señor, aquí está Leonor.

D. Ped.—¡Oh hermoso divino dueño!

Cast.—Allá vereis la belleza;
Mas yo no puedo de miedo
Moverme; pero mi amo
Está aquí, ya nada temo,
Porque él me defenderá.

D. Rod.—Yo dudo lo que estoy viendo.
Don Cárlos, pues ¿no es doña Ana
Esta dama que vos mesmo
Me entregasteis, y con quien
Os casais?

D. Cár.—Es manifiesto
Engaño, que yo á Leonor
Solamente es á quien quiero.

Dª. Ana.—Acabe este desengaño
Con mi pertinaz intento;
Y pues el ser de don Juan
Es ya preciso, yo esfuerzo
Cuanto puedo que le estimo,
Que en efecto es ya mi dueño.
Don Rodrigo, ¿qué decis?
¿Qué Cárlos? Que no lo entiendo,
Y solo sé que don Juan,
Desde Madrid, en mi pecho
Tuvo el dominio absoluto
De todos mis pensamientos.

D. Juan.—Don Pedro, yo á vuestros pies
Estoy.

D. Ped.—Yo soy el que debo
Alegrarme, pues con vos
Uno la amistad al deudo,
Y así porque nuestras bodas
Se hagan en un mismo tiempo,
Dadle la mano á doña Ana,
Que yo á Leonor se la ofrezco.

[Llégase á Castaño]

D. Cár.—Antes os daré mil muertes!

Cast.—Miren aquí si soy bello,
Pues por mí quieren matarse!

D. Ped.—Dame, soberano objeto
De mi rendido albedrío,
La mano.

Cast.—Sí, que os la tengo,
Para dárosla mas blanca,
Un año en guantes de perro.

(Descúbrese Leonor)

Dª. Leo.—Tente, Cárlos, que yo quedo
Demas, y seré tu esposa;
Que aunque me hiciste desprecios,
Soy yo de tal condicion,
Que mas te estimo por ellos.

D. Cár.—¡Mi bien, Leonor! ¡que tú eras!

D. Ped.—¿Qué es esto? ¿por dicha sueño?
Leonor está aquí y allí.

Cast.—No sino, que viene á cuento
Lo de: Nos sois vos Leonor.

D. Ped.—Pues ¿quién eres tú, portento,
Que por Leonor te he tenido?

(Descúbrese Castaño)

Cast.—No soy sino el perro muerto
De quien se hicieron los guantes.

Cel.—La risa tener no puedo
Del embuste de Castaño.

D. Ped.—Mataréte: ¡vive el cielo!

Cast.—¿Por qué? si cuando te dí
Palabra de casamiento,
Que ahora estoy llano á cumplirte,
Quedamos en un concierto,
De que si por tí quedaba,
No me harias mal; y puesto
Que ahora queda por tí,
Y que yo estoy llano á hacerlo,
No faltes tú, pues que yo
No falto á lo que prometo.

D. Cár.—¿Cómo estas así, Castaño,
Y en tal traje?

Cast.—Este es el cuento,
Que por llevar el papel,
Que aun aquí guardado tengo,
En que á don Rodrigo dabas
Cuenta de todo el enredo,
Y de que á Leonor llevaste,
Para llevarlo sin riesgo
De encontrar á la justicia,
Me puse estos faldamentos;
Y don Pedro enamorado
De mi talle y de mi aseo,
De mi gracia y de mi garbo,
Me encerró en este aposento.

D. Cár.—Mirad, señor don Rodrigo,
Si es verdad que soy el dueño
De la beldad de Leonor,
Y si ser su esposa debo.

D. Rod.—Como se case Leonor
Y quede mi honor sin riesgo,
Lo demas no importa nada;
Y así, don Cárlos, me alegro
De haber ganado tal hijo.

D. Ped.—Tan corrido, vive el cielo,
De lo que me ha sucedido
Estoy, que ni hablar acierto;
Mas disimular importa,
Que ya no tiene remedio
El caso. Yo doy por bien
La burla que se me ha hecho,
Porque se case mi hermana
Con don Juan.

Dª. Ana.—La mano ofrezco
Y tambien con ella el alma.

D. Juan.—Y yo, señora, la acepto,
Porque vivo muy seguro
De pagaros con lo mesmo
D. Cár.—Tú, Leonor mia, la mano
Me da.

Dª. Leo.—En mí, Cárlos, no es nuevo,
Porque siempre ha sido tuya.

Cast.—Dime, Celia, algun requiebro,
Y mira si á mano tienes
Una mano.

Cel.—No la tengo,
Que la dejé en la cocina;
Pero ¿bastaráte un dedo?

Cast.—Daca, que es el dedo malo,
Pues es él con quien encuentro.
Y aquí, altísimos señores,
Aquí, senado discreto
“Los empeños de una casa”
Dan fin. Perdonad sus yerros.

FIN DE LA COMEDIA.

Carta de la muy ilustre señora Sor Filotea de la Cruz, que se imprimió con licencia del Ilmo. y Exmo. señor don Manuel Fernández de Santa Cruz, dignísimo obispo de los Angeles en la Puebla, año de 1690, en que aplaude á la poetisa la honesta é hidalga habilidad de hacer versos, mandándole dar á la estampa la Crísis sobre un sermon, con el título de “Carta atenagórica.”


Señora mia:

He visto la carta de V. md. en que impugna las Finezas que de Cristo discurrió el R. P. Antonio de Vieira en el sermon del Mandato, con tanta sutileza que á los mas eruditos ha parecido que como otra águila de Ezequiel habia remontado á este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó ántes el Ilmo. César Menéses, ingenio de los primeros de Portugal; pero á mi juicio, quien leyere su Apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma mas delgada que ambos, y que pudieran gloriarse de verse impugnados por una mujer, que es honra de su sexo. Yo á lo ménos he admirado la viveza de los conceptos, la discrecion de sus pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable de la sabiduría: que por eso la primera voz que pronunció la Divina fué luz, porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable en el mundo; solo cuando habló claro mereció la aclamacion de saberlo todo. Este es uno de los muchos beneficios que debe V. md. á Dios, porque la claridad no se adquiere con el trabajo é industria; es don que se infunde con el alma.

Para que V. md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso, y para que reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma y le sea, como mas entendida, mas agradecida; que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo parto. Y si, como V. md. dice en su carta, quien mas ha recibido de Dios está mas obligado á la correspondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la cuenta; pues pocas criaturas deben á su Magestad mayores talentos en lo natural con que ejecuta el agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien [que así lo debe creer de quien profesa tal religion] en adelante sea mejor.

No es mi juicio tan austero censor que esté mal con los versos, en que V. md. se ha visto tan celebrada, despues que Santa Teresa, el Nacianceno y otros santos canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que los imitara así como en el metro tambien en la eleccion de los asuntos. No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron á este estudio, no sin alabanza de San Gerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque solo quiso prevenir el riesgo de la elacion en nuestro sexo, propenso siempre á la vanidad.

A Sarai le quitó una letra la Sabiduria divina, y puso una mas al nombre de Abrahan, no porque el varon ha de tener mas letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la i añadida al nombre de Sara, esplicaba temor y dominacion. Señora mia se interpreta Sarai, y no convenia que fuese en la casa de Abrahan señora, la que tenia empleo de súbdita. Letras que engendran elacion, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol, cuando no sacan á la mujer del estado de obediente. Notorio es á todos que el estudio y saber han contenido á V. md. en el estado de súbdita, y la han servido de perfeccionar primores de obediente, pues si las demas religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el entendimiento, que es el mas arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la religion.

No pretendo segun este dictámen, que V. md. mude el genio, renunciando los libros, sino que le mejore leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los Evangelistas llamó libro á la genealogía de Cristo, sino es San Mateo, porque en su conversion no quiso este Señor mudarle de inclinacion sino mejorarla, para que si ántes, cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos é intereses, cuando apóstol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razon que se perfeccionen los empleos y se mejoren los libros. ¿Qué pueblo hubo mas erudito que el egipcio? En él empezaron las primeras letras del mundo, y se admiraron los geroglíficos. Por grande ponderacion de la sabiduría de Josef le llama la Santa Escritura consumado en la erudicion de los egipcios; y con todo esto, el Espíritu Santo dice abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro, porque toda su sabiduría, cuando mas, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos; pero no servia para enfrenar los desórdenes de las pasiones. Toda su ciencia tenia por empleo perfeccionar al hombre en la vida política, mas no ilustraba para conseguir la eterna; y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad. Así lo sintió Justo Lipsio, pasmo de la erudicion, [estando vecino á la muerte, y á la cuenta, cuando el entendimiento está ilustrado] que consolándole sus amigos con los muchos libros que habia escrito de erudicion, dijo, señalando un Santo Cristo: Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y solo vanidad.

No repruebo por esto la leccion de estos autores; pero digo á V. md. lo que aconsejaba Gerson: préstese V. md. no se venda ni se deje robar de estos estudios; esclavas son las letras humanas, y suelen aprovechar á las divinas; pero deben reprobarse cuando roban la posesion del entendimiento humano á la Sabiduría divina, haciéndose señoras las que se destinaron á la servidumbre. Comendables son cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa á la estudiosidad, que es verdad. A San Jerónimo le azotaron los ángeles, porque leia en Ciceron, arrastrado y casi no libre, prefiriendo el deleite de su elocuencia á la solidez de la Sagrada Escritura; pero loablemente se aprovechó este santo doctor de sus noticias y de la erudicion profana que adquirió en semejantes autores.

No es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya como el gran Boecio á las provechosas, juntando á las sutilezas de la natural la utilidad de una filosofía moral. Lástima es que un tan grande entendimiento de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo; y ya que se humilla al suelo, que no baje mas abajo considerando lo que pasa en el infierno; y si gustare algunas veces de inteligencias dulces y tiernas, aplíquese su entendimiento al monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor é ingratitudes del redimido, hallará gran campo para ponderar excesos de un amor infinito, y para formar apologías, no sin lágrimas, contra la ingratitud que llegó á lo sumo. ¡Oh qué útilmente otras veces se engolfará este rico galeon de su ingenio en la alta mar de las perfecciones divinas! No dudo que le sucedería á V. md. lo que á Apéles, que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel en el lienzo, tantas heridas hacía en su corazon la saeta del amor, quedando al mismo tiempo perfeccionado el retrato y herido mortalmente de amor del original el corazon del pintor.

Estoy muy cierta y segura que si Vmd. con los discursos vivos de su entendimiento formase y pintase una idea de las perfecciones divinas [cual se permite entre las tinieblas de la fe] al mismo tiempo se veria ilustrada de luces su alma, y abrasada su voluntad, y dulcemente herida del amor de su Dios, para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre Vmd. no se vea obligado á concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural, que por mas que la discrecion de Vmd. los llame finezas, yo los tengo por castigos; porque solo es beneficio el que Dios hace al corazon humano, previniéndole con su gracia, para que le corresponda agradecido, disponiéndole con su beneficio reconocido, para que no represada la liberalidad divina, se los haga mayores. Esto desea á Vmd. quien desde que la besó, muchos dias ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor por la distancia ni el tiempo, porque el amor espiritual no padece achaques de mudanzas, ni le reconoce el que es puro sino es hácia el crecimiento. Su Majestad oiga mis sùplicas y haga á Vmd. muy santa, y me la guarde en toda prosperidad. Deste convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Angeles, y noviembre 25 de 1690.

B. L. M. de Vmd. su afecta servidora.
Filotea de la Cruz.

Respuesta de la poetisa
á la muy ilustre
Sor Filotea de la Cruz.


Muy ilustre señora, mi señora:

No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos dias mi respuesta. ¿Qué mucho si al primer paso encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero [y para mí el mas rigoroso] es saber responder á vuestra doctísima, discretísima, santísima y amoresíma carta. Y si veo que si preguntado el Angel de las escuelas Santo Tomas de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió: Que callaba, porque nada sabia decir digno de Alberto; ¿Con cuanta mayor razon callaría yo, no como el Santo, de humildad, sino que en realidad es no saber algo digno de vos? El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor de dar á las prensas mis borrones; merced tan sin medida, que aun se le pasara por alto á la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico, y que ni aun, como ente de razon, pudiera caber en mis pensamientos, y en fin, de tal magnitud que no solo no se puede estrechar á lo limitado de las voces, pero excede á la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, majorem benefacti gloriam per eunt. Y tal que enmudecen al beneficio.

Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda madre del Bautista, vió en su casa tan desproporcionada visita, como la Madre de el Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso, y así, en vez de los agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi? ¿De dónde á mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió á Saul cuando se viò electo y ungido rey de Israel: Numquid non filius ego sum de minima Tribu Israel &. cognatio mea inter omnes de Tribu Benjamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum? Así yo diré: ¿De dónde, venerable señora, de dónde á mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atencion? Pues Quare locutus es mihi sermonem istum? Et unde hoc mihi? Ni al primer imposible tengo más que responder, que no ser nada digno de vuestros ojos, ni al segundo más que admiraciones en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar á mis manos impresa la carta, que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorumpí [con no ser esto en mí muy fácil] en lágrimas de confusion, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvencion que Dios hace á lo mal que le correspondo, y que como á otros corrige con castigos, á mí me quiere reducir á fuerza de beneficios, especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero tambien especial modo de avergonzarme y confundirme, que es más primoroso medio de castigar, hacer que yo mesma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero, acá á mis salos suelo decir: Bendito seais vos, Señor, que no solo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mia lo pusisteis, sino que le reservasteis á la vuestra, y me librásteis á mí de mí y de la sentencia que yo misma me daria; que forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser ménos que de condenacion, y vos la reservásteis á vuestra misericordia porgue me amais más de lo que yo me puedo amar.

Perdonad, señora mia, la digresion, que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de confesar toda, tambien es buscar efugios para huir la dificultad de responder, y cuasi me he determinado á dejarlo al silencio; pero como este es cosa negativa, aunque esplica mucho con el énfasis de no esplicar, es necesario ponerle algun breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque este es su propio oficio, decir nada. Fué arrebatado el Sagrado Vaso de Eleccion al tercer cielo, y habiendo visto los arcanos secretos de Dios, dice: Audivi arcana Dei, quæ non licet homini loqui. No dice lo que vió; pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber que decir, sino es no caber en las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan (Cap. 21 v. 25) que si hubiera de escribir todas las maravillas que obró nuestro Señor Jesucristo, no cupieran en todo el mundo los libros; y dice Vieira sobre este lugar que en solo esta cláusula dijo mas el Evangelista, que en todo cuanto escribiò; y dice muy bien el Fénix lucitano (pero cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San Juan todo lo que dejó de decir, y expresó lo que dejó de expresar. Así yo, señora mia, solo responderé que no sé responder, solo agradeceré diciendo que no sé agradeceros, y diré [por breve rótulo de lo que dejo al silencio] que solo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada me puedo atrever á hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla; pues es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo mas materia á vuestra benignidad, y vos dareis mayor forma á mi reconocimiento.

No se hallaba digno Moises, por balbuciente, para hablar con Faraon, y despues el verse tan favorecido de Dios le infunde tales alientos, que no solo habla con el mismo Dios, sino que se atreve á pedirle imposibles: Ostende mihi faciem tuam (Exod. Cap. 33. v. 13.) Pues así yo, señora mia, ya no me parecen imposibles los que puse al principio, á vista de lo que me favoreceis; porque quien hizo imprimir la carta tan sin noticia mia, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto, siendo del todo indigna por sí y por su autora, ¿qué no hará? ¿qué no perdonará? ¿qué dejará de hacer, y qué dejará de perdonar? Y así debajo del supuesto de que hablo con el salvoconducto de vuestros favores, y debajo del seguro de vuestra benignidad, y de que me habeis, como otro Asuero, dado á besar la punta del cetro de oro de vuestro cariño, en señal de concederme benévola licencia para hablar y proponer en vuestra venerable presencia; digo que recibo en mi alma vuestra santísima amonestacion de aplicar el estudio á libros sagrados, que aunque viene en trage de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto, con no pequeño consuelo de que aun ántes parece que prevenia mi obediencia vuestra pastoral insinuacion, como á vuestra direccion, inferido en el asunto y pruebas de la misma carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia, sino sobre lo mucho que habreis visto, de asuntos humanos que he escrito; y así lo que he dicho no es mas que satisfaceros con ella á la falta de aplicacion que habreis inferido [con mucha razon] de otros escritos mios; y hablando con mas especialidad, os confieso con la ingenuidad que ante vos es debida, y con la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desaficion, ni de aplicacion la falta, sino sobra de temor, y reverencia debida á aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz, y para cuyo manejo soy tan indigna; resonándome siempre en los oidos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibicion del Señor á los pecadores como yo: Quare tu enarras justitias meas, &. assumis testamentum meum per os tuum? [Ps. 49. v. 16.]

Esta pregunta y el ver que aun á los varones doctos se prohibia el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aun el Génesis, este por la obscuridad, y aquellos porque de la dulzura de aquellos epitalamios no tomase ocasion la imprudente juventud de mudar el sentido en carnales afectos, compruébalo mi gran padre San Gerónimo mandando que sea esto lo último que se estudie, por la misma razon: Ad ultimun fine periculo discat Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit sub carnabilus verbis spiritualium nuptiarum Epithalamium, non intelligens, vulneretur. (S. Hic. Ep. ad Let. ante finem.) Y Séneca dice: Feneris in annis haut clara est fides. (Sen. de Benefic.) Pues ¿cómo me atrevería yo á tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano, y ha hecho retroceder los asuntos hácia el mesmo entendimiento de quien querian brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y esta, justa, vel injusta, timenda nos est, pues deja comulgar y oir misa, por lo cual me da poco ó ningun cuidado, porque segun la mesma decision de los que lo calumnian, ni tengo obligacion de saber, ni aptitud para acertar: luego si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar y ad impossibilia nemo tenetur. Y á la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mi que tenga el caudal de letras é ingenio que pide la obligacion de quien escribe, y así es la ordinaria respuesta á los que me instan (y mas si es asunto sagrado): ¿Qué entendimiento tengo yo? ¿qué estudio? ¿qué materiales? ¿ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar. Yo no estudio para escribir ni ménos para enseñar, que fuera en mí desmedida soberbia, sino solo por ver si con estudiar ignoro ménos. Así lo respondo, y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza agena, que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad, que no negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la verdad) que desde que me rayó la luz de la razon, fué tan vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas reprehensiones (que he tenido muchas) ni propias reflexas (que he tenido no pocas) han bastado á que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí; su Majestad sabe porqué y para qué, y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demas sobra (segun algunos) en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificarle solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien solo lo debió saber, lo que intenté en órden de esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentacion; y así seria. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, señora mia, creo que solo os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazon, haciéndoos patentes sus mas sellados secretos, conozcais que no desdice mi confianza lo que debo á vuestra venerable persona y excesivos favores.

Prosiguiendo en la narracion de mi inclinacion (de que os quiero dar entera noticia) digo que no habia cumplido los tres años de mi edad, cuando enviando mi madre á una hermana mia, mayor que yo, á que se le enseñase á leer en una de las que llaman Amigas, me llevó á mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban leccion, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, á mi parecer, á la maestra le dije: Que mi madre ordenaba me diese leccion. Ella no lo creyó, porque no era creible; pero por complacer al donaire me la dió. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañò la esperiencia, y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabia, cuando lo supo mi madre, á quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardon por junta; y yo lo callé creyendo que me azotarian por haberlo hecho sin órden. Aun vive la que me enseñó, Dios la guarde, y puede testificarlo. Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golocina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenia de comer queso, porque oi decir que hacia rudos, y podia conmigo mas el deseo de saber que el de comer, siendo este tan poderoso en los niños. Teniendo yo despues como seis años ó siete, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oi decir que habia Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apénas lo oi cuando empecé á matar á mi madre con instantes é importunos ruegos sobre que, mudándome el trage, me enviase á Méjico, en casa de unos deudos que tenia para estudiar y cursar la Universidad. Ella no lo quiso hacer (é hizo muy bien); pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenia mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones á estorbarlo; de manera que cuando vine á Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenia, en edad que parecia que apénas habia tenido tiempo para aprender á hablar. Empecé á deprender gramática, en que creo no llegaron á veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres (y más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro y seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba ántes, é imponiéndome ley de que si cuando volviese á crecer hasta allí no sabia tal ó tal cosa, que me habia propuesto deprender en tanto que crecia, me lo habia de volver á cortar, en pena de rudeza. Sucedia así que él crecia y yo no sabia lo propuesto, porque el pelo crecia á priesa y yo aprendia de espacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza; que no me parecia razon que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas de las repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo más decente que podia elegir, en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinacion, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentacion, la vencí con el favor Divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huia de mi misma; pero ¡miserable de mí! trájeme á mí conmigo, y traje mi mayor enemigo en esta inclinacion que no sé determinar si por prenda ó castigo me dió el Cielo, pues de apagarse ó embarazarse con tanto ejercicio que la religion tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí el privatio es causa appetitus.

Volví (mal dije, pues nunca cesé), proseguí, digo, en la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban á mi obligacion) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin mas maestro que los mismos libros. Ya se ve cuan duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y esplicacion del maestro; pues todo este trabajo sufria yo muy gustosa por amor á las letras; si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo, cuanto podia, y dirigirlo á su servicio, porque el fin á que aspiraba era á estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo catòlica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios, y que siendo monja y no seglar debia, por el estado eclesiástico, profesar letras; y mas siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponia yo de mi misma, y me parecia razon; si no es que era (y esto es lo más cierto) lisonjear y aplaudir mi propia inclinacion, proponiéndola como obligatorio su propio gusto; con esto proseguí dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio á la cumbre de la sagrada teología; pareciéndome preciso, para llegar á ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas, porque ¿cómo entenderá el estilo de la reina de las ciencias, quien aun no sabe el de las ancillas?

¿Cómo sin lógica sabria yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin retórica entenderia sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin física tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales, de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saul al sonido del arpa de David fué virtud y fuerza natural de la música, ó sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de dias, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin geometría se podrá medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes, tan maravilloso? ¿Cómo sin arquitectura el gran templo de Salomon, donde fué el mismo Dios el artífice que dió la disposicion y la traza, y el sabio rey solo fué sobrestante que la ejecutó, donde no habia basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusion, arquitrave sin significado; y así de otras sus partes, sin que el mas mínimo filete estuviese solo por el servicio y complemento el arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la historia se entenderán los libros historiales? ¿Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narracion lo que en el hecho sucedió primero? ¿Cómo sin grande noticia de ambos derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudicion tantas cosas de historias profanas de que hace mencion la Sagrada historia? ¿Tantas costumbres de gentiles? tantos ritos? tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lecciones de Santos Padres se podrá entender la oscura locucion de los profetas? Pues sin ser perito en la música ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo á Dios Abrahan por las ciudades, de que si perdonaria habiendo cincuenta justos? y de este número bajó á cuarenta y cinco que es sesquinona, y es de mi á re; de aquí á cuarenta, es sesquioctava, y es como de re á mi; de aquí á treinta, que es sesquitercia, que es la del diatessaron; de aquí á veinte, que es la proporcion sesquialtera, que es la del diapente; de aquí á diez que es la dupla, que es el diapason; y como no hay mas proporciones armónicas, no pasó de ahí. Pues ¿cómo se podia entender esto sin la música? Allá en el libro de Job le dice Dios: Nunquid conjungere valebis micantes stellas pleyades, aut gyrum Areturi poteris dissipare? Nunquid producis Luciferum in tempore suo, &. Vesperum super filios Terce consurgere facis? Cuyos términos, sin noticia de astrología, será imposible entender. Y no solo estas nobles ciencias, pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, como el libro que comprende tonos los libros, y la ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y despues de saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia mas que todo lo dicho, que es una continua oracion y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgacion de ánimo é ilustracion de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, de nada sirve lo demas.

Del Angélico Doctor Santo Tomas dice la Iglesia estas palabras: In difficultatibus locorum Sacrae Scripturœ ad orationem jejunium adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat, quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam divinitus traditum accepisse. Pues yo tan distante de la virtud y las letras ¿cómo habia de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos principios grangeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinacion, sino para todas en general; por lo cual el haber estudiado en unas mas que en otras, no ha sido en mi eleccion, sino que el acaso de haber topado mas á mano libros de aquellas facultades, les ha dado (sin arbitrio mio) la preferencia; y como no tenia interes que me moviese, ni límite de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa, por la necesidad de los grados, casi á un tiempo estudiaba diversas cosas, ó dejaba unas por otras; bien que en eso observaba órden, porque á unas llamaba estudio y á otras diversion; y en estas descansaba de las otras; de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado á las otras. Es verdad que esto digo de la parte práctica en las que la tienen, porque claro está que miéntras se mueve la pluma, descansa el compas, y miéntras se toca el arpa sosiega el órgano, &. sic de cœteris: porque como es menester mucho uso corporal para adquirir hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede lo contrario, y quisiera yo persuadir á todos con mi esperiencia, á que no solo no estorban, pero se ayudan, dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variados y ocultos engaces que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor; de manera que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazon y concierto. Es la cadena que siguieron los antiguos, que salia de la boca de Júpiter, de donde pendian todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el R. P. Atanasio Quirquerio en su curioso libro de Magnete. Todas las cosas salen de Dios, que es el centro á un tiempo y la circunferencia de donde salen y donde paran todas las líneas criadas.

Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al esplicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes; como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos, como se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales ó no; y que la oracion del lógico anda como la línea recta por el camino mas breve, y la del retórico se mueve como la curva por el mas largo, pero van á un mismo punto los dos. Y cuando dicen que los expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado; y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas, pues estas ántes se ayudan; sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud mia y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad; lo que si pudiera ser descargo mio, es el sumo trabajo, no en carecer de maestros, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo solo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicacion y ejercicio, muchos estorbos, no solo los de mis religiosas obligaciones (que estas ya se sabe cuan útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas cosas accesorias de una comunidad, como estar yo leyendo, y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando, y pelear dos criadas y venirme á constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo, y venir una amiga á visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad; de donde es preciso no solo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio; y esto es continuamente, porque como los ratos que destino á mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran á las otras para venirme á estorbar; y solo saben cuanta verdad es esta los que tienen esperiencia de la vida comun, donde solo la fuerza de la vocacion puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es union, no hay para él estremos distantes.

En esto sí confieso que ha sido inesplicable mi trabajo, y así no puedo decir lo que con envidia oigo á otros, que no les ha costado afan el saber: ¡dichosos ellos! A mí no el saber (que aun no sé) solo el desear saber, me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi padre San Gerónimo (aunque no con su aprovechamiento:) Quid ibi laboris insumserim: quid sustinuerim difficultatis: quoties desperaverim: quotiesque cessaverim, &. contentione dicendi rursus incœperim; testis est conscientia tan mea, qui passus sum, quam corum, qui mecum duxerunt vitam. Ménos los compañeros y testigos (que aun de ese alivio he carecido), lo demas bien puedo asegurar con verdad. Y ¡qué haya sido tal esta mi negra inclinacion, que todo lo haya vencido!

Solia sucederme que como, entre otros beneficios, debo á Dios un natural tan blando y tan afable, y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía; conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas á mi, gusto mas de la suya; así me solia ir, los ratos que á unas y á otras nos sobraban á consolarlas y recrearme con su conversacion. Reparé que este tiempo hacia falta á mi estudio, y hacia voto de no entrar en celda alguna, si no me obligase á ello la obediencia ó la caridad; porque sin este freno tan duro, al de solo propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacia por un mes ó por quince dias; y dando, cuando se cumplia, un dia ó dos de treguas, lo volvia á renovar, sirviendo este dia no tanto á mi descanso (pues nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto á que no me tuviesen por áspera, retirada é ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.

Bien se deja en esto conocer cual es la fuerza de mi inclinacion. Bendito sea Dios, que quiso fuese hácia las letras, y no hácia otro vicio, que fuera en mí casi insuperable; y bien se infiere tambien cuan contra la corriente han navegado (ó por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aun falta por referir lo mas arduo de las dificultades, que las de hasta aquí solo han sido estorbos obligatorios y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que directamente han tirado á estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así; porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar; y los que mas nocivos y sensibles me han sido, no son aquellos que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien (y por ventura mereciendo mucho con Dios por la buena intencion) me han mortificado y atormentado más que los otros con aquel: No conviene á la santa ignorancia, que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer en tanta altura con su mesma perspicacia y agudeza. ¿Qué me habrá costado resistir esto? ¡Rara especie de martirio, donde yo era el mártir y me era el verdugo! Pues por la (en mi dos veces infeliz) habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? O ¿cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mia, que algunas veces me pongo á considerar, que el que se señala, ó le señala Dios, que es quien solo lo puede hacer, es recibido como enemigo comun, porque parece á algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen ó que hace estanque de las admiraciones á que aspiraban, y así le persiguen. Aquella ley políticamente bárbara de Aténas, por la cual salia desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes, porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro no ménos eficaz, aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo, que es, aborrecer al que se señala, porque desluce á otros. Así sucede, y así sucedió siempre.

Y si no ¿cuál fué la causa de aquel rabioso odio de los Fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda mas amable que aquella divina hermosura? ¿cuál mas poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdiccion sobre los albedríos, y con blanda y apetecida violencia los sabe sugetar, ¿qué haria aquella con tantas prerogativas y dotes soberanos? ¿Qué haria? ¿qué moveria? Y ¿qué no moveria aquello incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso cristal, se estaban trasparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no moveria aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moises, de solo la conversacion con Dios, era intolerable á la flaqueza de la vista humana, ¿qué seria el del mismo Dios humanado? Pues si vamos á las demas prendas, ¿cuál mas amable que aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos? ¿Aquella profunda humildad y mansedumbre? ¿Aquellas palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él? Dice la Santa Madre, y madre mia Teresa, que despues que vió la hermosura de Cristo, quedó libre de poderse inclinar á criatura alguna, porque ninguna cosa veia que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿Cómo en los hombres hizo tan contrario efecto? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimacion de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacia, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo le aborrecian! Así lo testificaron ellos mismos.

Júntanse en su concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit? (Juan. cap. 11. v. 47.) ¿Hay tal causa? Si dijeran: Este es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador, que con engaños alborota al pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decian; pero eran causales mas congruentes á lo que solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los Fariseos. Pues así es que cuando se apasionan los hombres doctos prorumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad, que solo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿porqué es esa tan cruel determinacion? No responden más, sino que multa signa facit. ¡Válgame Dios! que el hacer cosas señaladas ¿es causa para que uno muera? Haciendo reclamo, á este: multa signa facit; á aquel: O radix lesse, qui stas in signum populorum; y al otro: In signum cui contradicetur. (Isai. Cap. 11. v. 10. Luc. Cap. 2. v. 43.) ¿Por signo? Pues muera. ¿Señalado? Pues padezca, que ese es el premio de quien se señala. Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los vientos y de la fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de puas; defensa parece, y no es sino propiedad forzada: no puede estar sin puas que la puncen quien está en alto: allí está la ojeriza del ave, allí el rigor de los elementos, allí despican la cólera los rayos, allí es el blanco de las piedras y flechas: ¡Oh infeliz altura, espuesta á tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicion! Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pension; pero la que con mas rigor experimenta es la del entendimiento, lo primero porque es el mas indefenso, pues la riqúeza y el poder castigan á quien se les atreve, y el entendimiento no, pues miéntras mayor es, es mas modesto y sufrido, y se defiende menos. Lo segundo es porque, como lo dijo doctamente Gracian, las ventajas del entendimiento, lo son en el ser. No por otra razon es el ángel mas que el hombre, que porque entiende mas; no es otro el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende mas, porque es consecuencia del ser mas. Sufrirá uno y confesará que otro es mas noble que él, que es mas rico, que es mas hermoso, y aun que es mas docto; pero que es mas entendido, apénas habrá quien lo confiese: Rarus est, qui velit cedere ingenio. Por eso es tan eficaz la batería contra esta prenda.

Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversion de nuestro Señor Jecristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la pùrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué solo la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demas insignias, fuese de escarnio é ignomia, pues ese era el fin? No, porque la sagrada cabeza de Cristo, y aquel divino cerebro, eran depósito de sabiduría; y cerebro sabio en el mundo, no basta que esté escarnecido, ha de estar tambien lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría, no espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana, si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la soberbia Roma las diversas hazañas de sus capitanes tambien con diversas coronas: ya con la cívica al que defendia al ciudadano, ya con la castrense al que entraba en los reales enemigos, ya con la mural al que escalaba el muro, ya con la obsidional al que libraba la ciudad cercada ó el ejército sitiado, ó el campo en los reales, ya con la naval, ya con la oval, ya con la triunfal otras hazañas, segun refieren Plinio y Aulo Gelio; mas viendo yo tantas diferencias de coronas, dudaba de cual especie seria la de Cristo; y me parece que fué la obsidional, que (como sabeis, señora), era la más honrosa, y se llamaba obsidional, de obsidio, que quiere decir cerco; la cual no se hacia de oro ni plata sino de la misma grama ó yerba que cria el campo en que se hacia la empresa; y como la hazaña de Cristo fué hacer levantar el cerco al príncipe de las tinieblas, el cual tenia sitiada toda la tierra, como lo dice en el libro de Job: Circuivi terram, & ambulavi per eam (Job. cap. 1. v. 7.) Y de él dice San Pedro: Circuit quœrens, quem devoret; (Ep. Petri, Cap. 5. v. 8), y vino nuestro caudillo y le hizo levantar el cerco: Nunc Princeps huius mundi ejicietur foras: así los soldados le coronaron, no con oro ni plata, sino con el fruto natural que producia el mundo, que fué el campo de la lid; el cual despues de la maldicion, spinas, & tribulos germinavit tibi, (Joan Cap. 12, v. 30. Gen. Cap. 3, v. 18.) no producia otra cosa que espinas; y así fué propísima corona de ellas, en el valeroso y sabio vencedor, con que le coronó su madre la Sinagoga. Saliendo á ver el doloroso triunfo, como al del otro Salomon festivas, á este llorosas las hijas de Sion, porque es triunfo de sabio obtenido con dolor y celebrado con llanto, que es el modo de triunfar la sabiduría; siendo Cristo, como rey de ella, quien estrenó la corona, porque santificada en sus sienes se quite el horror á los otros sabios y entiendan que no han de aspirar á otro honor.

Quiso la misma vida ir á dar la vida á Lázaro difunto; ignoraban los discípulos el intento y le replicaron: Rabbi, nune quærebant te Judæi lapidare: & iterum vadis illuc? (Joan, Cap. 1, v. 8.) Satisfizo el Redentor el temor: Nonne duodecim sunt horæ diei? Hasta aquí parece que temian, porque tenian el antecedente de quererle apedrear, porque les habia reprendido, llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas. Y así temian que si iba á lo mesmo [como las reprensiones, aunque sean justas, suelen ser mal reconocidas] corriese peligro su vida; pero ya desengañados, y enterados de que va á dar vida á Lázaro, ¿cuál es la razon que pudo mover á Tomas para que tomando aquí los alientos, que en el Huerto Pedro: (Eamus & nos ut moriamur cum eo?) ¿Qué dices, Apóstol santo? á morir no va el Señor ¿de qué es el recelo? Porque á lo que Cristo va, no es á reprender, sino á hacer una obra de piedad, y por esto no le pueden hacer mal. Los mismos judios os podian haber asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear: Multa bona opera ostendi robis ese Patre meo, propter quod eorum opus me lapidastis? le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de blasphemia (Joan c. 10, v. 32. 33.) Pues si ellos dicen que no le quieren apedrear por las buenas obras, y ahora va á hacer una tan buena, como dar vida á Lázaro, ¿de qué es el recelo? ó por qué? ¿No fuera mejor decir: Vamos á gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra que va á hacer nuestro Maestro? ¿á verle aplaudir y rendir gracias al beneficio? ¿á ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al parecer, una cosa tan fuera del caso, como es: Eamus cum eo. Mas ¡ay! que el Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo á hacer un milagro? Pues ¿qué mayor peligro? Ménos intolerable es para la soberbia oir las reprensiones, que para la envidia ver los milagros. En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino solo porque he tenido amor á la sabiduría y á las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.

Hallábase el Príncipe de los apóstoles en un tiempo tan distante de la sabiduría, como pondera aquel enfático Petrus vero sequebatur eum á longe. Tan léjos de los aplausos de docto, quien tenia el título de indiscreto: Nesciens quid diceret. Y aun examinado del conocimiento de la sabiduría, dijo él mesmo que no habia alcanzado la menor noticia: Mulier nescio quid dicis: mulier, non novi illum. Y ¿qué les sucede? Que teniendo estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna, si las aflicciones de sabio. ¿Por qué? No se dió otra causal sino: Et hic cum illo erat. Era afecto á la sabiduría, llevábale el corazon, andábase tras ella, preciábase de seguidor y amoroso de la sabiduría; y aunque era tan longé que no le comprendia ni alcanzaba, bastó para incurrir en sus tormentos. Ni faltó soldado de fuera que no le afligiese, ni mujer doméstica que no le aquejase. Yo confieso que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he dejado seguir, aunque á longé; pero todo ha sido acercarme mas al fuego de la perfeccion, al crisol del tormento; y ha sido con tal estremo, que han llegado á solicitar que se me prohiba el estudio.

Una vez lo consiguieron con una prelada muy santa y muy cándida, que creyó que el estudio era cosa de inquisicion, y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí [unos tres meses que duró el poder ella mandar] en cuanto á no tomar libro, que en cuanto á no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda la máquina universal. Nada veia sin reflexa, nada oia sin consideracion, aun en las cosas mas menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe. Así yo [vuelvo á decir] las miraba y admiraba todas; de tal manera que de las mismas personas con quienes hablaba, y de lo que me decian, me estaban resultando mil consideraciones: ¿de dónde emanaria aquella variedad de genios é ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles serian los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veia una figura, estaba combinando la proporcion de sus líneas, y midiéndola con el entendimiento, y reduciéndola á otras diferentes. Paseábame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro [que es una pieza muy capaz] y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que sus líneas se inclinaban una á otra, y que su techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria ¿si seria esta la razon que obligò á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no? Porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.

Este modo de reparos en todo me sucedia y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello, que ántes me suelo enfadar, porque me cansa la cabeza; y yo creia que á todos les sucedia esto mismo, y el hacer versos, hasta que la esperiencia me ha mostrado lo contrario; y es de tal manera esta naturaleza ó costumbre, que nada veo sin segunda consideracion. Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apénas yo ví el movimiento y la figura, cuando empecé con esta mi locura á considerar el fácil motu de la forma esférica; y como duraba el impulso, ya impreso é independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto hice traer harina y cernerla, para que en bailando el trompo encima se conociese si eran círculos perfectos ó no los que describia con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuando se iba remitiendo el impulso. Jugaban otras los alfileres [que es el mas frívolo juego que usa la puerilidad] y yo me llegaba á contemplar las figuras que formaban; y viendo que acaso se ponian tres en triángulo, me ponia á enlazar uno en otro, acordándome de que aquella era la figura que dicen tenia el misterioso anillo de Salomon, en que habia unas lejanas luces y representaciones de la Santísima Trinidad, en virtud de lo cual obraba tantos prodigios y maravillas; y la misma que dicen tuvo el arpa de David, y que por eso sanaba Saul á su sonido; y casi la misma conservan las arpas en nuestros tiempos.

Pues ¿qué os pudiera contar, señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y frie en la manteca ó aceite; y por contrario se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluido, basta echarle un muy mínima parte de agua, en que haya estado membrillo ú otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí, y juntas no. Por no cansaros con tales frialdades, que solo refiero por daros entera noticia de mi natural, y creo que os causarán risa... Pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina? Bien dijo Supercio Leonardo: Que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir, viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho mas hubiera escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo, que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasion que por un grave accidente de estómago me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos dias; y luego les propuse que era ménos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias; y así se redujeron á concederme que leyese; y mas, señora mia, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa, ántes suele obrar en él mas libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosiego las especies que ha conservado del dia; arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcanzado dormida mejor que despierta; y las dejo por no cansaros, pues basta lo dicho para que vuestra discrecion y trascendencia penetre y se entere perfectamente en toda mi natural, y del principio, medios y estado de mis estudios.

Si estos, señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres) no lo hubieran sido en mí, porque obra necesariamente; si son culpa, por la misma razon creo que no la he tenido; mas con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fio de mi juicio; y así remito la decision á ese soberano talento, somefiéndome luego á lo que sentenciare, sin contradiccion ni repugnancia, pues este no ha sido mas de una simple narracion de mi inclinacion á las letras. Confieso tambien que con ser esto verdad tal, que (como he dicho) no necesitaba de ejemplares, con todo, no me han dejado de ayudar los muchos que he leido, así en divinas como en humanas letras. Porque veo á una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde habia tantos varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve á tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida; ántes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres; unas adornadas del don de profecía, como una Abigail; otras de persuacion, como Ester; otras de piedad, como Raab; otras de perseverancia, como Ana, madre de Samuel, y otras infinitas en otras especies de prendas y virtudes.

Si revuelvo á los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra fe, y en tan doctos y elegantes versos, que suspenden la admiracion. Veo adorar por diosa de las ciencias á una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Aténas. Veo una Bola Argentaria que ayudó á Lucano, su marido, á escribir la gran batalla de Farsalia. Veo á la hija del divino Tiresias mas docta que su padre. Veo á una Cenobia, reina de los palmirenos, tan sabia como valerosa; á un Agete, hija de Arístipo, doctísima; á Nicóstrata, inventora de las letras latinas y eruditísima en las griegas; á una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica, y fué maestra del filósofo Perícles; á una Hipasía que enseñó astrología, y leyó mucho tiempo en Alejandría; á una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció; á una Jucia, á una Corina, á una Cornelia; y en fin, á toda la gran turba de las que merecieron nombre ya de griegos, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron mas que mujeres doctas, tenidas y celebradas, y tambien veneradas de la antigüedad por tales. Sin otras infinitas de que están los libros llenos, pues veo aquella egipciaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios de Egipto; veo una Gertrúdis leer, escribir y enseñar; y para no buscar ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mia Paula, docta en las lenguas hebrea, griega y latina, y aptísima para interpretar las Escrituras. Y ¿qué mas? que siendo su coronista un máximo Gerónimo, apénas se hallaba el Santo digno de serlo, pues con aquella viva ponderacion y enérgica eficacia con que sabe esplicarse dice: Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarian á publicar la sabiduría y virtud de Paula. Las mesmas alabanzas le mereció Blesilla, viuda, y las mismas la esclarecida vírgen Eustoquia, hijas ambas de la misma Santa; y la segunda tal, que por su ciencia era llamada Prodigio del mundo. Faviola, romana, fué tambien doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribiò un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios de nuestra Santa fe. Nuestra reina doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, reina de Suecia, tan docta como valerosa y magnánima, y las Exmas. señoras duquesa de Abeiro y condesa de Villa-umbrosa.

El venerable doctor Arce (digno profesor de Escritura por su virtud y letras) en su estudio Bibliorum excita esta cuestion: An liceat fœminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? eaque interpretari? Y trae por la parte contraria muchas sentencias de Santos en especial aquello del Apóstol: Mulieres in Eclesijs taceant, non enim permittitur eis loqui, &. (1. ad Cor, cap. 14. v. 344, cap. 2. v. 3. ad Titum.) Trae despues otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto bené docentes, con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve con su prudencia, y el leer publicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito en las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no solo les es lícito, pero muy provechoso y útil: claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas á quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia, y que fueren muy provectas y eruditas, y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo; y esto es tan justo, que no solo á las mujeres (que por tan ineptas están tenidas) sino á los hombres (que con solo serlo piensan que son sabios) se habia de prohibir la interpretacion de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctas y virtuosas, y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario, creo yo, que han salido tantos sectarios, y que ha sido la raiz de tantas heregías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la ley (que es quien las rehusa); y así, hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una heregía, no están contentos. De estos dice el Espíritu Santo; In malevolam animan non introibit sapientia. A estos mas daño les hace el saber, que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto: Que no es necio entero el que no sabe, latin; pero el que lo sabe, está calificado. Y añado yo, que le perfecciona (si es perfeccion la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología, y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas; porque un necio grande no cabe en solo la lengua materna.

A estos vuelvo á decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos. Tales fueron las divinas letras en poder del malvado Pelagio y del protervo Arrio, del malvado Lutero y de los demas heresiarcas, como lo fué nuestro doctor (nunca fué nuestro ni doctor) Cazalla; á los cuales hizo daño la sabiduría, porque aunque es el mejor alimento y vida del alma, á la manera que en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, miéntras mejores son los alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los humores que cria; así estos malévolos, miéntras mas estudian peores opiniones engendran; obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que habia de alimentarle, y es que estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado de sus entendimientos. A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam, quæ data est mihi, omnibus, qui sunt inter vos: Non plus sapere, quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem, unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei. (Ad Rom. Cap. 12, v. 3). Y en verdad, no lo dijo el Apóstol á las mujeres sino á los hombres; y que no es solo para ellos el taceant, sino es para todos los que no fueren muy aptos. Querer yo saber tanto ó mas que Aristóteles ó que San Agustin, si no tengo la aptitud de San Agustin ó de Aristóteles (aunque estudie mas que los dos), no solo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operacion de mi flaco entendimiento, con la desproporcion del objeto.

¡Oh, si todos (y yo la primera, que soy una ignorante) nos tomásemos la medida del talento ántes de estudiar [y lo peor es, de escribir] con ambiciosa codicia de igualar, y aun de exceder á otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos errores nos escusáramos, y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no anduvieran! Y pongo las mias en primer lugar, pues si conociera, como debo, esto mismo no escribiera; y protesto que solo lo hago por obedeceros, con tanto recelo, que me debeis mas en tomar la pluma con este temor, que me debiérades si os remitiera mas perfectas obras. Pero bien que va á vuestra correccion: borradlo, rompedlo y reprendedme, que eso apreciaré yo mas que todo cuanto vano aplauso me pueden otros dar: Corripiet me justus in misericordia, & increpabit: oleum autem peccatoris non impinguet caput meum. (Ps. 140, v. 5.)

Y volviendo á nuestro Arce, digo que trae, en confirmacion de su sentir, aquellas palabras de mi padre San Gerónimo, ad Lætam de institutione filiæ, donde dice: Adhut tenera lingua Psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per quæ consuescit paulatim verba contexere, non sint fortuita, sed certa, & conservata de industria, Prophetarum videlicet, atque Apostulorum, & omnis ab Adam Patriarcharum series, de Mathæo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit, futuræ memoriæ præparetur. Reddat tibi pensum quotidie de Scripturorum floribus carptum. (Ep. 7.) Pues si así queria el Santo que se educase una niña que apénas empezaba á hablar, ¿Qué querrá en sus monjas y en sus hijas espirituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquia y Fabiola y en Marcela, su hermana, Pacátula y otras, á quienes el Santo honra en sus Epístolas exhortándolas á este sagrado ejercicio; como se conoce en la citada epístola donde noté yo aquel Reddat tibi pensum, que es reclamo y concordante del Bené docentes de San Pablo; pues el Reddat tibi de mi gran padre da á entender, que la maestra de la niña ha de ser la misma Leta su madre.

¡Oh cuántòs daños se escusaran en nuestra república, si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Gerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar á las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar mas de lo ordinario á sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias á llevar maestros hombres á enseñar á leer, escribir y contar, á tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan, como se experimentan cada dia en lastimosos ejemplos de desiguales consorcios; porque con la inmediacion del trato y la comunicacion del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual muchos quieren mas dejar bárbaras é incultas á sus hijas, que no exponerlas á tan notorio peligro, como la familiaridad con los hombres, lo cual se escusara si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese subcediendo el magisterio, como sucede en el de hacer labores, y lo demas que es costumbre. Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversacion y costumbres tuviese á su cargo la educacion de las doncellas? Y no que estas, ó se pierden por falta de doctrina, ó por querérsela aplicar por tan peligrosos medios, cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera mas riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que aun se sonrosea de que la mire á la cara su propio padre) un hombre tan estraño, á tratarla con casera familiaridad, y á tratarla con magistral llaneza; el pudor del trato con los hombres y de su conversacion, basta para que no se permitiese. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres á mujeres pueda ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesonario, ó en la distante decencia de los púlpitos, ó en el remoto conocimiento de los libros; pero no en el manoseo de la inmediacion. Y todos conocen que esto es verdad, y con todo, se permite solo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no haberlas. Esto debian considerar las que atados al Mulieres in Ecclesia taceant, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen, como que no fuera el mismo Apóstol el que dijo: Bené docentes. Demas de que aquella prohibicion cayó sobre lo historial que refiere Eusebio, y es que en la Iglesia primitiva se ponian las mujeres á enseñar las doctrinas unas á otras en los templos, y este rumor confundia cuando predicaban los apóstoles; y por eso no se les mandó callar, como ahora sucede, que miéntras predica el predicador no se reza en alta voz.

No hay duda de que para la inteligencia de muchos lugares, es menester mucha historia, costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron, para saber qué caen y á qué aluden algunas locuciones de las divinas Letras: Seindite corda vestra, & non vestimenta vestra. (Joel, Cap. 2, v. 13.) ¿No es alusion á la ceremonia que tenian los hebreos de rasgar los vestidos en señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que Cristo habia blasfemado? Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro da las viudas, ¿no miraban tambien á las costumbres de aquellos tiempos? Aquel lugar de la mujer fuerte: Nobilis impartis vir eius. (Prov. Cap. 31, v. 23) ¿no alude á la costumbre de estar los tribunales de los jueces en las puertas de las ciudades? El Dare terram Deo, ¿no significaba hacer algun voto? ¿Hyemantes, no se llamaban los pecadores públicos, porque hacian penitencia á cielo abierto, á diferencia de los otros que la hacian en un portal? Aquella queja de Cristo al fariseo, de la falta del ósculo y lavatorio de pies, ¿no se fundó en la costumbre que de hacer estas cosas tenian los judíos? Y otros infinitos lugares, no solo de las Letras Divinas, sino tambien de las humanas, que se topan á cada paso, como el adoratem purpuram, que significa obedecer al rey, el Manumittee eum, que significa dar libertad, aludiendo á la costumbre y ceremonia de dar una bofetada al esclavo para darle libertad? Aquel Intonui Cœlum de Virgilio, que alude al agüero de tronar hácia Occidente, que se tenia por bueno? Aquel Tu nunquam leporem edisti de Marcial, que no solo tiene el donaire del equívoco en el Leporem, sino la alusion á la propiedad que decian, tener la libertad? Aquel proverbio, Maleam legens, quæ sunt domi obliviscere, que alude al gran promontorio de Laconia? Aquella respuesta de la casta matrona al pretensor molesto, de por mi no se untarán los quicios ni arderán las teas, para decir que no queria casarse, aludiendo á la ceremonia de untar las puertas con manteca y encender las teas nupciales en los matrimonios, como si ahora dijéramos: Por mí no se gastarán las arras ni echará bendiciones el cura. Y así hay tanto comento de Virgilio y Homero, y de todos los poetas y oradores. Pues fuera de esto, ¿qué dificultades no se hallan en los lugares sagrados, aun en lo gramatical de ponerse el plural por singular, de pasar de segunda á tercera persona, como aquello de los Cantares: Osculetur me osculo oris sui: quia meliora sunt ubera tua vino? (Cant. 1, Cap. 7, v. 1.) Aquel poner los adjetivos en genitivo, en vez de acusativo, como, Calicem salutaris accipiam? Aquel poner el femenino por masculino; y al contrario, ¿llamar adulterio á cualquier pecado?

Todo esto pide mas leccion de lo que piensan algunos, que de meros gramáticos; ó cuando mucho con cuatro términos de súmulas quieren interpretar las Escrituras, y se aferran del Mulieres in Ecclesia taceant, sin saber cómo se ha de entender. Y de otro lugar, Mulieres in silentio discat. Siendo este lugar mas en favor que en contra de las mujeres, pues manda que aprendan; y miéntras aprenden, claro está que es necesario que callen. Y tambien está escrito: Audi Israel, & tace. Donde se habla con toda la coleccion de los hombres y mujeres, y á todos se manda callar; porque quien oye y aprende es mucha razon que atienda y calle. Y si no yo quisiera que estos intérpretes y expositores de San Pablo me explicaran cómo entienden aquel lugar, Mulieres in Ecclesia taceant; porque ó lo han de entender de lo material de los púlpitos y cátedras, ó de lo formal de la universalidad de los fieles, que es la Iglesia: si lo entienden de lo primero, que es (en mi sentir) su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en la Iglesia que las mujeres lean pùblicamente ni prediquen, ¿por qué reprenden á las que privadamente estudian? Y si lo entienden de lo segundo y quieren que la prohibicion del Apóstol sea trascendentalmente, que ni en lo secreto se permita escribir ni estudiar á las mujeres, ¿cómo vemos que la Iglesia ha permitido que escriba una Gertrúdis, una Teresa, una Brígida, la monja Agreda y otras muchas? Y si me dicen que estas eran santas, es verdad; pero no obsta á mi argumento: lo primero, porque la proposicion de San Pablo es absoluta y comprende á todas las mujeres sin excepcion de santas; pues tambien en su tiempo lo eran Marta y María, Marcela, María madre de Jacob, y Salomé y otras muchas que habia en el fervor de la primitiva Iglesia, y no las exceptúa; y ahora vemos que la Iglesia permite escribir á las mujeres santas y no santas, pues la Agreda y María de la Antigua no están canonizadas, y corren sus escritos; y ni cuando Santa Teresa y las demas escribieron, lo estaban. Luego la prohibicion de San Pablo solo miró á la publicidad de los púlpitos, pues si el Apóstol prohibiera el escribir, no lo permitiera la Iglesia. Pues ahora yo no me atrevo á enseñar, que fuera en mí muy desmedida presuncion, y el escribir mayor talento que el mio requiere, y muy grande consideracion. Así lo dice San Cipriano: Gravi consideratione indigent, quæ scribimus. Lo que solo he deseado es estudiar para ignorar ménos que (segun San Agustin) unas cosas se aprenden para hacer y otras para solo saber: Discimus quædam, ut sciamus; quædam, ut faciamus. Pues ¿en qué ha estado el delito, si aun lo que es lícito á las mujeres, que es enseñar escribiendo, no hago yo, porque conozco que no tengo caudal para ello? Siguiendo el consejo de Quintiliano: Noseat quisque, & non tantum ex alienis præceptis, sed ex natura sua capiat consilium. Si el crímen está en la Carta Atenagórica, ¿fué aquella mas que referir sencillamente mi sentir, con todas las venias que debo á nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella con su santísima autoridad no me lo prohibe, ¿por qué me lo han de prohibir los otros? Llevar una opinion contraria á la de Vieyra ¿fué en mí atrevimiento, y no lo que fué en su paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual, ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solaz? ¿Es alguno de los principios de la Santa Fe revelados su opinion, para que la hayamos de creer á ojos cerrados? Demas que yo ni falté al decoro que á tanto varon se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidando la sentencia de Tito Lucio: Artes committatur decor. Ni toqué á la sagrada compañía el pelo de la ropa, ni escribí mas que para el juicio de quien me insinuó; y segun Plinio. Non similis est conditio publicantis, & nominatim dicentis. Que si creyera se habia de publicar, no fuera con tanto desaliño como fué. Si es (como dice el censor) heretica, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio (como debo) mas el nombre de católica y obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara (que en eso dice bien) ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo; que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fuí libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictámen.

Pero ¿dónde voy, señora mia? que esto no es de aquí ni para vuestros oidos, sino que como voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de uno que ha salido ahora, é insensiblemente se deslizó la pluma á quererle responder en particular, siendo mi intento hablar en general. Y así volviendo á nuestro Arce, dice que conoció en esta ciudad dos monjas, la una en el convento de Regina, que tenia el breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con grandísima prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homilías de santos en las conversaciones. La otra en el convento de la Concepcion, tan acostumbrada a leer las Epístolas de mi padre San Gerónimo y locuciones del Santo de tal manera, que dice Arce: Hieronymum ipsum Hispané loquentem audire me existimarem. Y de esta dice que supo, despues de su muerte, habia traducido dichas Epístolas en romance; y se duele de que tales talentos no se hubieran empleado en mayores estudios, con principios científicos, sin decir los nombres de la una ni de la otra, aunque las trae para confirmacion de su sentencia; que es que no solo es lícito, pero utilísimo y necesario á las mujeres el estudio de las sagradas letras; y mucho mas á las monjas, que es lo mismo á que vuestra discrecion me exhorta, y á que concurren tantas razones.

Pues si vuelvo los ojos á la tan perseguida habilidad de hacer versos, que en mí es tan natural que aun me violento para que esta carta no lo sea, y pudiera decir aquello de Quidquid conabar dicere versus erat; viéndola condenar á tantos tanto y acriminar, he buscado muy de propósito cuál sea el daño que puedan tener, y no le he hallado; ántes sí los veo aplaudidos en las bocas de las Sibilas, santificados en las plumas de los profetas, especialmente de David, de quien dice el gran espositor y amado padre mio (dando razon de las mensuras de sus metros): In more Hac, & Pindarum, nunc iambo currit, nunc calico personat, nunc saphicorum, & nunc semipede ingreditur. Los mas de los Libros Sagrados están en metro, como el Cántico de Moises; y los de Job (dice San Isidoro en sus etimologías) que están en verso heróico. En los Epitalamios los escribió Salomon, en los Threnos Jeremías. Y así dice Casiodoro: Omnis Poetica locutio á Divinis Scripturis sumpsit exordium. Pues nuestra Iglesia católica, no solo no los desdeña, mas los usa en sus himnos, y recita los de San Ambrosio, Santo Tomas San Isidoro y otros. San Buenaventura les tuvo tal afecto, que apénas hay plana suya sin versos. San Pablo bien se ve que los habia estudiado, pues los cita, y traduce el de Arato: In ipso enim vivimus, & sumus. Y alega el otro de Parménides Cretenses semper mendaces, malæ bestiæ, pigri. San Gregorio Nacianceno disputa en alegantes versos las cuestiones del matrimonio y la de la virginidad. Y ¿qué me causó? La Reina de la sabiduría y Señora nuestra, con sagrados labios entonó el Cántico del Magnificat; y habiéndola traido por ejemplar, agravio fuera traer ejemplos profanos, aunque sean de varones gravísimos y doctísimos, pues esto sobra para prueba y el ver que aunque como la elegancia hebrea no se pudo estrechar á la mensura latina, á cuya causa el traductor sagrado, mas atento á lo importante del sentido, omitió el verso; con todo, retienen los Psalmos el nombre y divisiones de versos; pues ¿cuál es el daño que pueden tener ellos en sí? Porque el mal uso, no es culpa del arte, sino del mal profesor que los vicia, haciendo bellos lazos del demonio; y esto en todas las facultades y ciencias sucede. Pues si está el mal en que los use una mujer, ya se ve cuantas los han usado loablemente; pues ¿en qué está el hacerlo yo? Confieso desde luego mi ruindad y vileza; pero no juzgo que se habrá visto una copla mia indecente. Demas que yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino un papelillo que llaman Sueño. Esa carta que vos, señora mia, honrasteis tanto, la escribí con mas repugnancia que otra cosa; y así porque era de cosas sagradas, á quienes (como he dicho) tengo reverente temor, como porque parecia querer impugnar, cosa á que tengo aversion natural; y creo que si pudiera haber prevenido el dichoso destino á que nacia, pues como á otro Moises la arrojé expósito á las aguas del Nilo del silencio, donde la halló y acarició una princesa como vos; creo (vuelvo á decir) que si yo tal pensara, la ahogara ántes entre las mismas manos en que nacia, de miedo de que pareciesen á la luz de vuestro saber los torpes borrones de mi ignorancia; de donde se conoce la grandeza de vuestra bondad, pues está aplaudiendo vuestra voluntad lo que precisamente ha de estar repugnando vuestro clarísimo entendimiento. Pero ya que su ventura la arrojó á vuestras puertas, tan expósita y huérfana que hasta el nombre le pusisteis vos, pésame que entre mis deformidades llevase tambien los defectos de la prisa; porque así por la poca salud que continuamente tengo, como por la sobra de ocupaciones en que me pone la obediencia, y carecer de quien me ayude á escribir, y estar necesitada á que todo sea de mi mano; y porque como iba contra mi genio y no queria mas que cumplir con la palabra á quien no podia desobedecer, no veia la hora de acabar; y así dejé de poner discursos enteros y muchas pruebas que se me ofrecian, y las dejé por no escribir mas; que á saber que se habia de imprimir, no las hubiera dejado, siquiera por dejar satisfechas algunas objeciones que se han excitado y pudiera remitir. Pero no seré tan desatenta que ponga tan indecentes objetos á la pureza de vuestros ojos; pues basta que los ofenda con mis ignorancias sin que los ofenda ajenos atrevimientos. Si ellos por sí volaren por allá (que son tan livianas que si harán) me ordenareis lo que debo hacer, que si no es interviniendo vuestros preceptos, lo que es por mi defensa nunca tomaré la pluma, porque me parece que no necesita de que otro le responda, quien en lo mismo que se oculta conoce su error; pues (como dice mi padre San Gerónimo) Bonus sermo secreta non quaerit. Y San Ambrosio: Latere criminosae est conscientiae.

Ni yo me tengo por impugnada, pues dice una regla del derecho: Accusatio non tenetur, si non curat de persona, quae produxerit illam. Lo que si es de ponderar es, el trabajo que le ha costado el andar haciendo traslados; ¡rara demencia! cansarse mas en quitarse el crédito, que pudiera en grangearlo.

Yo (señora mia) no he querido responder, aunque otros lo han hecho (sin saberlo yo) hasta que he visto algunos papeles, y entre ellos uno que por docto os remito, y porque el leer os desquite parte del tiempo que os he malgastado en lo que yo escribo. Si señora, vos, gustáredes de que yo haga lo contrario de lo que tenia propuesto á vuestro juicio y sentir, al menor movimiento de vuestro gusto cederá (como es razon) mi dictámen, que, como os he dicho, era de callar, porque aunque dice San Juan Crisóstomo, Calumniatores convincere oportet, interrogatores docere; veo que tambien dice San Gregorio: Victoria non minor est, hostes tolerare, quám hostes vincere; y que la paciencia vence tolerando y triunfa sufriendo. Y si entre los gentiles romanos era costumbre en la mas alta cumbre de la gloria de sus capitanes, cuando entraban triunfando en las naciones, vestidos de púrpura y coronados de laurel, tirando el carro en vez de brutos coronadas frentes de vencidos reyes, acompañados de los despojos de las riquezas de todo el mundo, y adornada la milicia vencedora de las insignias de sus hazañas, oyendo los aplausos populares en tan honrosos títulos y renombres, como llamarlos padres de la patria, columnas del imperio, muros de Roma, amparos de la república, y otros nombren gloriosos; que en este supremo auge de la gloria y felicidad humana fuese un soldado en voz alta diciendo al vencedor (como consentimiento suyo y órden del Senado): “Mira que eres mortal; mira que tienes tal y tal defecto;” sin perdonar los mas vergonzosos, como sucedió en el triunfo de César, que voceaban los mas viles soldados á sus oidos: Cavete Romani, adducimus vobis adulterum, calvum; lo cual se hacia porque en medio de tanta honra, no se desvaneciese el vencedor, y porque el lastre de estas afrentas hiciese contrapeso á las velas de tantos aplausos, para que no peligrase la nave del juicio entre los vientos de las aclamaciones: si esto, digo, hacian unos gentiles con sola la luz de la ley natural, nosotros católicos, con un precepto de amor á los enemigos, ¿qué mucho haremos en tolerarlos?

Yo de mi puedo asegurar que las calumnias algunas veces me han mortificado; pero nunca me han hecho daño, porque yo tengo por muy necio al que, teniendo ocasion de merecer, pasa el trabajo y pierde el mérito; que es como los que no quieren confesarse al morir, y al fin mueren, sin servir su resistencia de escusar la muerte, sino de quitarles el mérito de la conformidad, y de hacer mala muerte, la muerte que podia ser bien. Y así (señora mia) estas cosas creo que aprovechan mas que dañan; y tengo por mayor el riesgo de los aplausos en la flaqueza humana, que suelen apropiarse lo que no es suyo; y es menester estar con mucho cuidado, y tener escritas en el corazon aquellas palabras del Apóstol: Quid autem habes, quod non accepisti? Si autem accepisti, quid gloriaris quasi non accepisti? para que sirvan de escudo que resista las puntas de las alabanzas, que son lanzas; que en no atribuyéndose á Dios, cuyas son, nos quitan la vida y nos hacen ser ladrones de la honra de Dios y usurpadores de los talentos que nos entregó y de los dones que nos prestó, y de que hemos de dar estrechísima cuenta. Y así (señora) yo temo mas esto que aquello; porque aquello, con solo un acto sencillo de paciencia, está convertido en provecho; y esto, son menester muchos actos reflexos de humildad y propio conocimiento, para que no sea daño. Y así de mí lo conozco y reconozco, que es especial favor de Dios el conocerlo para saberme portar en uno y en otro con aquella sentencia de San Agustin: Amico laudanti credendum non est sicut nec inimico detrahenti. Aunque yo soy tal que las mas veces lo debo de echar á perder, ò mezclarlo con tales defectos é inperfecciones, que vicio lo que de suyo fuera bueno; y así en lo poco que se ha impreso mio, no solo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresion ha sido dictámen propio, sino libertad ajena, que no cae debajo de mi dominio, como lo fué la impresion de la Carta atenagórica; de suerte que solamente unos Ejercicios de la Encarnacion, y unos ofrecimientos de los Dolores se imprimieron con gusto mio, por la pública devocion, pero sin mí nombre; de los cuales remito algunas copias, porque (si os parece) las repartais entre nuestras hermanas las religiosas de esa santa comunidad, y demas de esa ciudad. De los Dolores va solo uno, porque se han consumido ya y no pude hallar mas. Hícelos solo por la devocion de mis hermanas, años ha, y despues se divulgaron; cuyos asuntos son tan improporcionados á mi tibieza como á mi ignorancia, y solo me ayudò en ellos ser cosas de nuestra gran Reina; que no sé qué se tiene, el que en tratando de María Santísima, se enciende el corazon mas helado. Yo quisiera (venerable señora mia) remitiros obras dignas de vuestra virtud y sabiduría, pero como dijo el Poeta:

Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas:
Hac ego contentus, auguror esse Deos.

Si algunas otras cosillas escribiere, siempre irán á buscar el sagrado de vuestras plantas y el seguro de vuestra correccion, pues no tengo otra alhaja con que pagaros; y en sentir de Séneca el que empezó á hacer beneficios, se obligó á continuarlos; y así os pagará á vos vuestra propia liberalidad, que solo así puedo yo quedar dignamente desempeñada, sin que caiga en mí aquello del mismo Séneca: Turpe est beneficijs vinci; que es bizarría del acreedor generoso dar al deudor pobre con qué pueda satisfacer la deuda. Así lo hizo Dios con el mundo imposibilitado de pagar: dióle á su hijo propio para que se le ofreciese por digna satisfaccion. Si el estilo de esta carta (venerable señora mia) no hubiere sido como á vos es debido, os pido perdon de la casera familiaridad, ó ménos autoridad de que tratándoos como á una religiosa de velo hermana mia se me ha olvidado la distancia de vuestra ilustrísima persona, que á veros yo sin velo, no sucediera así; pero vos con vuestra cordura y benignidad suplireis ó enmendareis los términos; y si os pareciere incongruo el vos de que yo he usado, por parecerme que para la reverencia que os debo es muy poca reverencia la Reverencia, mudadlo en el que os pareciere decente á lo que vos mereceis, que yo no me he atrevido á exceder de los límites de vuestro estilo ni romper el márgen de vuestra modestia. Y mantenedme en vuestra gracia para impetrarme la Divina, de que os conceda el Señor muchos aumentos, y os guarde, como le suplico y he menester. De este convento de N. Padre San Gerónimo de Méjico, á primero dia del mes de Marzo de mil seiscientos y noventa y un años.

B. V. M. vuestra mas favorecida,

Juana Ines de la Cruz.

FIN.


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Dedicatoria
PÁG.
Biografía de Sor Juana Ines de laCruz, poetisa mejicana del sigloXVII, y juicio crítico de sus obras I
Advertencias LXXXV
ROMANCES.
I A los condes de Parédes, vireyesde Méjico, con motivo de haberconcurrido á una fiesta en el monasteriode San Jerónimo[1]
II Dando el parabien á un doctorado[4]
III A un caballero español que dirigióá la autora un romance, diciéndolahaber hallado en ella el fénix[5]
IV A la condesa de Parédes, escusándosede enviarla un cuadernode música[12]
V A la condesa de Galve en su cumpleaños[18]
VI A la misma condesa[21]
VII Desahogos del corazon[26]
VIII A un caballero que decia tener elpecho de nieve[27]
IX Entre la obligacion y el afecto[31]
X En que ocultamente espresa ménosaversion de la que afectabaun enojo[36]
XI Preludios del dolor de una ausencia[39]
XII Los celos prueban amor (fragmentos)[43]
XIII Al marques de la Laguna (fragmentos)[49]
XIV La ciencia inútil[51]
XV Dando las pascuas á la condesade Parédes[56]
XVI Con ocasion de haberse sacadopor suerte, en una diversion deaño nuevo, un galan para cadadama (fragmentos)[58]
XVII A doña María de Guadalupe Alencastre(fragmentos)[61]
XVIII A Fílis (fragmentos)[64]
XIX La autora de su Mecenas, enviándoleunos versos[67]
XX Responde á un caballero peruanoque la habia elogiado, y revelasu nombre[69]
XXI En reconocimiento á los autoreseuropeos que elogiaron los versosde la poetisa (fragmentos)[76]
XXII (Fragmentos)[79]
XXIII Fragmentos del auto historial “Elcetro de Josef. La mujer de Putifará Josef”[81]
XXIV Lucha entre la virtud y la costumbre[83]
XXV Elogio de María en el misteriode la Encarnacion[85]
XXVI Ave Regina coelorum[86]
XXVII A Cristo sacramentado, en el diade la comunion[87]
XXVIII A San Pedro[89]
XXIX A Santa Catalina mártir (fragmentos)[90]
XXX En la profesion de una religiosa[91]
DÉCIMAS.
I Á una rosa (alegoría)[92]
II Presto celos llorarás[94]
III El alma rendida por el amor(alegoría)[96]
IV Con motivo de un presente[99]
V El error de una disculpa[Id.]
VI A una dama que temia el aojo[100]
VII Retrato de una belleza [ Id.]
VIII La razon contra el amor[101]
IX Enviando su imágen á una persona[103]
X Excusándose de dar licencia á unoque se la pedia para ausentarse[105]
XI Pidiendo á la vireina la libertadpara un ingles[108]
REDONDILLAS.
I A los hombres[110]
II Gratitud[113]
III Un justo medio[115]
IV Respuesta á un caballero que dijose ponia hermosa la mujer consolo amar[117]
V Efectos del amor[119]
VI Pidiendo versos á un caballeroque se escusaba de hacerlos[123]
VII Escusándose de un silencio[125]
VIII Del retrato de una belleza (fragmentos)[128]
IX En la profesion de una religiosa[131]
X Sobre el Santísimo Sacramento[132]
Oracion del Papa Urbano VIII,traducida del latin[133]
GLOSAS.
I Luego que te ví te amé[135]
II Si de mis mayores gustos[137]
QUINTILLAS.
A San Pedro[139]
SONETOS.
I Satisfaccion cumplida[141]
II En el dia de dias de un hermanoda la poetisa[142]
III Con el dolor de la mortal herida[143]
IV Detente, sombra de mi bien esquivo[144]
V Yo no puedo tenerte ni dejarte[145]
VI Yo adoro al Lisi, pero no pretendo[146]
VII Al que ingrato me deja, buscoamante;[147]
VIII Feliciano me adora y le aborrezco;[148]
IX Fabio, en el ser de todos adoradas[149]
X Miró Celia una rosa que en elprado[150]
XI A Lucrecia[151]
XII A la misma[152]
XIII La esposa de Pompeyo[153]
XIV A Porcia[154]
XV Vesme, Alcino, que atada á la cadena[155]
XVI Despues de la enfermedad de laautora. A la vireina, marquesade Mancera[156]
XVII Consonantes forzados[157]
XVIII Id. Id.[158]
XIX A la esperanza[159]
XX ¿Que es lo que Alcino? ¿Como tucordura?[160]
XXI Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno[161]
XXII Dices que yo te olvido, Celia, ymientes[162]
XXIII Al rey de España, con ocasion deun acto piadoso para con el SantísimoSacramento[163]
XXIV Firma Pilato la que juzgo agena[164]
XXV A la muerte del duque de Veráguas[165]
XXVI Al mismo asunto[166]
XXVII En la muerte de la marquesa deMancera[167]
XXVIII Quejas de la autora por los aplausosde que era objeto[168]
XXIX Píramo y Tisbe[169]
XXX Desahogos de un celoso[170]
CANCIONES.
I Sentimientos de una ausencia[171]
II Satisfaccion á unos celos[175]
III Sentimientos de una esposa en lamuerte de su esposo[177]
IV Al mismo objeto que el anterior[180]
V Divino dueño mio[184]
VI Prolija memoria[186]
VII Fragmentos[190]
VIII Id.[122]
ODAS, LIRAS Y LETRILLAS.
I En la profesion de una religiosa[193]
II A la asuncion[196]
III Al mismo asunto[197]
IV A San Pedro[199]
V De Santa Catalina mártir[201]
VI Al mismo asunto (letrilla)[203]
VII En la dedicacion de un templo[205]
VIII Juguetillo á María[207]
IX Villancicos en la fiesta de SanJosé[209]
SILVA.
Retrato de una belleza, poesía burlescaimitada de Jacinto Polo[211]
EPIGRAMAS.
Que te dan en la hermosura[223]
Los silbos (diálogo)[225]
Los empeños de una casa (comediafamosa)[227]
Carta de la muy ilustre Señora SorFilotea de la Cruz en que aplaudeá la poetisa la honesta é hidalgahabilidad de hacer versos; mandándoledar á la estampa la Crísissobre un sermon, con el título de“Carta atenagórica”[337]
Respuesta de la poetisa[343]

NOTAS:

[A] Esta es sin duda equivocacion con el padre de la poetisa que fué guipuzcoano, pues ella nació cerca de Méjico, como se verá despues. En cuanto á las fechas del nacimiento y muerte, son exactas, en tanto que en algunos apuntes biográficos que hemos visto, está errada la primera.

[B] De los tres tomos que tenemos á la vista, el 1.º es de una tercera edicion hecha en Valencia en 1709; el 2.º, reimpresion tambien, se ha hecho en Madrid en 1715, y el 3.º en la misma corte en 1714.

[C] Vivuntque commissi calores Æoliæ fidibus puellæ [Horatii. IV 9.]

[D] Nuestro malogrado amigo el estimable escritor colombiano don José María Vergara y Vergara, en su “Historia de la literatura en Nueva Granada,” página 176, asegura que fué don Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla quien dirigió á Sor Juana Ines los dos romances que corren entre las obras de esta como producciones de un caballero peruano; porque segun añade el señor Vergara, “En aquellos tiempos era Perú todo lo que no era Méjico y Antillas.” Juzgamos que el literato colombiano padeció equivocacion, pues no cabe suponer que la sabia monja hubiese cometido el error de confundir á la Nueva Granada con el Perú; error creible solo en gente no instruida. Ademas, en la contestacion de Sor Juana al primero de los citados romances se ve claramente que su autor tenia por apellido Navarrete; y en la respuesta al segundo se descubre que quien le escribió fué el Conde de la Granja.

Las endechas que ha copiado el señor Vergara en su obra, no corren en ninguno de los tres tomos de las de Sor Juana, sin que por esto digamos que no son auténticas; lo único que talvez pudiera suponerse es que esos versos no llegaron á manos de la religiosa, á causa de lo tardio y difícil que entónces era la correspondencia tanto entre Europa y América, como entre las mismas colonias americanas.

El señor Vergara cita igualmente una carta de Álvarez de Velasco á la monja; pero está datada en 1698, esto es, tres años despues de la muerte de esta, que acaeció en 1695. O tamaña equivocacion viene de algun error de pluma, ó bien debemos creer que las mismas dificultades opuestas á las relaciones de pueblo á pueblo hicieron que el autor de la carta ignorase por tan largo tiempo el fallecimiento de la ilustre poetisa.

[E] No nos ha parecido fuera de propósito el incluirla en esta coleccion, antes de la carta de nuestra autora.

[F] Este romance está entresacado de otras piezas escritas con igual motivo.

[G] Murió ántes de llegar á Méjico y de muerte súbita.

[H] Alusion al suceso de Icaro.