ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
EDIPO, ANTÍGONA
Edipo
Hija de un anciano ciego, Antígona, ¿a qué lugar, a qué ciudad hemos llegado al fin? ¿De qué mano Edipo errante podrá hoy recibir algunos pequeños socorros? Pidiendo poco, obteniendo aún menos, estoy satisfecho de lo que me dan; mi infortunio, el tiempo y mi valor me han enseñado a no desear más. Sin embargo, hija mía, si me encontrases un sitio en que me pudiera sentar, ya junto a algún bosque consagrado a los dioses, ya en otra parte, condúceme allí, haz reposar allí a tu padre, a fin de saber dónde estamos. Extranjeros, debemos interrogar a los ciudadanos y hacer lo que nos indiquen.
Antígona
Desgraciado Edipo, padre mío, si he de dar crédito a mis ojos, advierto a lo lejos murallas que circundan una ciudad. El lugar donde estamos es sagrado, a juzgar por el laurel, la vid y el olivo, profusos en él, y donde los ruiseñores abundan y hacen oir sus cantos melodiosos. Descansad sobre esta piedra que el arte no ha pulido. La jornada que acabáis de hacer es harto larga para vuestros años.
Edipo
Ayúdame, hija mía, a sentarme, y guarda a un desgraciado privado de la luz del día.
Antígona
Dado el tiempo que os sirvo, no ignoro los socorros de que tenéis necesidad.
Edipo
¿Puedes, pues, decirme a qué lugares hemos llegado?
Antígona
La ciudad es Atenas, pero el lugar lo ignoro.
Edipo
Todos los viajeros nos han hablado de esa ciudad.
Antígona
¿Queréis que vaya a preguntar el nombre del lugar?
Edipo
Sí, hija mía, si en efecto está habitado.
Antígona
Lo está sin duda, y espero no tener necesidad de cerciorarme, pues veo a un hombre no lejos de aquí.
Edipo
¿Viene hacia aquí o se aleja?
Antígona
Está aquí mismo, vedle; decidle lo que creáis conveniente.
ESCENA II
Los precedentes, un COLONENSE
Edipo
Extranjero, por lo que acabo de oir a la persona cuya vista suple a la mía, venís aquí muy a propósito para decirnos lo que ignoramos.
El colonense
Antes de interrogarme, dejad el asiento en que descansáis; estáis en un lugar sagrado cuyo acceso no está permitido.
Edipo
¿Qué lugar es éste? ¿A qué divinidad está consagrado?
El colonense
Es un lugar que no puede habitarse, al que uno no puede aproximarse; está bajo el poder de las divinidades terribles hijas de las tinieblas y de la tierra.
Edipo
¿Qué divinidades? Yo quisiera saber su respetable nombre.
El colonense
El pueblo aquí las llama las Euménides, que lo ven todo; en otras partes les dan otros nombres.
Edipo
Acójanme con ojos favorables, como su suplicante. Esta tierra será mi asilo y yo no saldría ya de ella.
El colonense
¿Qué anuncian esas palabras?
Edipo
Todo mi infortunio.
El colonense
Puesto que es así, no tendré la osadía de arrancaros de este lugar sin haber consultado a la ciudad y preguntado lo que debo hacer.
Edipo
Extranjero, en nombre de los dioses, no desdeñéis a un desgraciado que os suplica y que quiere ser enterado por vuestra boca.
El colonense
Preguntad; no tendréis que quejaros de mi negativa.
Edipo
¿Cuál es, pues, en fin, el lugar donde estamos?
El colonense
Os diré todo lo que sé. Este lugar es enteramente sagrado: el venerable Poseidón reina en él, lo mismo que el dios a quien deben el fuego los humanos, el titán Prometeo. Los campos vecinos se glorían de pertenecer a Colona y llevan su nombre. El suelo que pisas se llama el umbral de bronce de Atenas. Tales son estos lugares menos célebres en tierra extraña que aquí respetables.
Edipo
¿Están habitados?
El colonense
Sin duda; y los habitantes han tomado el nombre de su dios.
Edipo
¿El poder soberano está en manos de uno sólo o de la multitud?
El colonense
Esta comarca está sometida al rey que reina en Atenas.
Edipo
¿Quién es el príncipe que reina por la justicia y la firmeza?
El colonense
Se llama Teseo; Egeo era su padre.
Edipo
¿Quién de vosotros podría servirnos de mensajero cerca de él?
El colonense
¿A qué habría que disponerle? ¿Qué habría que decirle?
Edipo
Que puede ser para él muy ventajoso prestarnos un pequeño socorro.
El colonense
¿Y qué ventaja puede proporcionarle un hombre privado de la luz?
Edipo
Nuestras palabras no lo están.
El colonense
Ved, extranjero, lo que, por vuestro interés, me atrevo a aconsejaros, pues a pesar de vuestra miseria, vuestro exterior anuncia un hombre de condición distinguida: seguid donde estáis hasta que yo pueda informar de lo que me habéis dicho, no a los habitantes de la ciudad, sino a los de estos campos. Ellos por sí solos juzgarán si debéis dejar ese lugar o si podéis quedaros en él.
ESCENA III
EDIPO, ANTÍGONA
Edipo
Hija mía, ¿ha partido ese extranjero?
Antígona
Ha partido; estoy sola a la sazón con vos, padre mío, y podéis hablar en libertad.
Edipo
Venerables Euménides, ya que mis pasos se han detenido en vuestra morada en cuanto he llegado a esta comarca, no hagáis traición a mis deseos y a los de Apolo que, anunciándome todos los males que he sufrido, me dijo que tras largo tiempo yo hallaría su término al llegar a esta tierra; que mi desgraciada vida acabaría en el momento en que yo llegase a la morada de las respetables diosas; que, proporcionando gran ventaja a los que me recibieran, atraería una gran desgracia sobre quienes me hubieran echado, y que rayos, relámpagos, temblores de tierra, me anunciarían el cumplimiento de su oráculo. Tengo motivos para creer que un augurio favorable de vuestra parte me ha conducido a este bosque; nunca, sin ello, os hubiese yo encontrado aquí las primeras, a vosotras que no queréis vino en vuestros sacrificios, yo que no puedo tenerlo para subsistencia; nunca me hubiera sentado en este asiento tosco y respetable. No desmintáis, oh diosas, las promesas de Febo; y si, entregado a los males más crueles que ha padecido nunca hombre alguno, creéis que he sufrido ya bastante, oh favorables hijas de las antiguas tinieblas, y vos la más ilustre de las ciudades, llamada la ciudad de Palas, Atenas; tened piedad de este miserable fantasma de Edipo, porque su cuerpo no es nada de lo que fué un día.
Antígona
Guardad silencio, padre mío; veo algunos ancianos dirigirse aquí, como para descubrir donde estáis.
Edipo
Me callo; pero guía mis pasos fuera del camino. Ocúltame en la espesura del bosque, para que pueda oir lo que digan; pues así puedo enterarme de lo que debo.
ESCENA IV
El Coro
Ved quién es; dónde está; dónde podemos encontrar a ese desterrado, el más audaz de los mortales. Mirad, buscad, llamad por doquier; es un anciano errante, fugitivo, extranjero, sin duda, en estos lugares; de otro modo, ¿hubiera osado penetrar en ese bosque vedado a los humanos, en la morada de las invencibles diosas que nombramos temblando, ante las que pasamos, sin osar mirarlas, sin proferir palabra y no permitiéndonos sino la voz interior de un pensamiento de buen agüero? A ese asilo, no obstante, diz que un hombre impío ha dirigido sus pasos. En vano miramos alrededor del bosque. Inquirimos dónde puede estar y no podemos descubrirlo.
ESCENA V
EDIPO, ANTÍGONA, el Coro
Edipo
Aquí estoy, soy yo; porque infiero de vuestras palabras que es a mí a quien buscáis.
El Coro
Dioses, su aspecto es horrible, su voz es espantosa.
Edipo
¡Os conjuro a ello, no me creáis un hombre que desprecia las leyes!
El Coro
¡Piadoso Júpiter! ¿Qué anciano es éste?
Edipo
Éforos de esta comarca, no es un mortal que pueda congratularse de su fortuna, como veis; de otra suerte, yo no tendría que recurrir a ojos extraños para conducirme, y la fuerza no estaría bajo la guarda de la debilidad.
El Coro
¡Cielos, sin vista y bajo la fuerza de un mal sino desde la niñez, seguramente muy lejana! Pero en lo que depende de nosotros, no añadiréis a vuestros males los de las imprecaciones a que os exponéis. Avanzáis demasiado, anciano infeliz, evitad el entrar en ese bosque silencioso, en esa pradera verdeante por donde corre un arroyo cuya linfa clara sirve para llenar las cráteras destinadas a las libaciones. Basta, retiraos... Poneos a gran distancia. Extranjero desgraciado, ¿no oís? Si tenéis algo que decirnos, dejad ese asilo vedado a los mortales; venid a este lugar abierto a todos y podréis hablarnos. Hasta ese momento, callad.
Edipo
¿Qué tengo que hacer, hija mía?
Antígona
Conformaros con lo que quieren estas gentes, ceder voluntariamente y sin violencia... Dadme la mano.
Edipo (A Antígona saliendo del bosque.)
Hela aquí... Extranjeros, voy a dejar este lugar; me abandono a vosotros; no me traicionéis.
El Coro
No, no, anciano, no temáis que nadie ahora os arranque de aquí a pesar vuestro.
Edipo
¿Sigo avanzando?
El Coro
Acercaos más.
Edipo
¡Más aún!
El Coro
Hacedle avanzar, muchacha; ¿no oís?
Antígona
Seguidme, padre mío, seguidme; por muy débil que estéis, id adonde os conduzco... Desgraciado padre, extranjero en una tierra extraña; tened valor de evitar lo que el ciudadano odia y de respetar lo que ama.
Edipo
Condúceme, hija mía, condúceme... no combatamos contra la necesidad; vamos adonde el respeto de los dioses nos llama y a donde podamos escuchar y ser escuchados.
El Coro
Deteneos ahí, y guardaos de poner los pies fuera de esa roca que limita el camino.
Antígona
¿Aquí?
El Coro
Ahí mismo. Basta.
Edipo
¿Puedo sentarme?
El Coro
Subid oblicuamente y colocaos con suavidad en lo alto de la roca.
Antígona
Ese cuidado me está reservado a mí, padre mío; a mí me toca conduciros suavemente y paso a paso. Apoyad vuestro cuerpo cargado de años en la mano de una hija querida.
Edipo
¡Oh destino cruel!
El Coro
Ahora estáis sentado, infortunado; decidnos cuál es vuestra sangre, decidnos quién sois, decidnos cuáles son vuestras desgracias y cuál es vuestra patria.
Edipo
Extranjeros, no tengo patria; pero por favor...
El Coro
¿Qué decís, anciano?
Edipo
Por favor, una vez más, no me preguntéis quién soy; no me sigáis interrogando.
El Coro
¿Por qué?
Edipo
¡Nacimiento funestísimo!
El Coro
Hablad.
Edipo (A Antígona.)
¡Oh hija mía! ¿Qué diré?
El Coro
Extranjero, ¿cuál es vuestra sangre; quién era vuestro padre?
Edipo
¡Cielos! Hija mía, ¿qué debo hacer?
Antígona
Hablad, no podéis resistiros más.
Edipo
Voy a hablar, pues. ¿Cómo podría permanecer desconocido?
El Coro
¡Cuánta dilación! ¿Queréis explicaros?
Edipo
¿Conocéis al hijo de Layo?
El Coro
¡Cielos!
Edipo
¿El sobrino de los Labdácidas?
El Coro
¡Zeus!
Edipo
¿El desgraciado Edipo?
El Coro
¡Cómo! ¿Sois vos?
Edipo
No os asustéis de lo que os digo.
El Coro
¡Oh, oh!
Edipo
¡Infortunado!
El Coro
¡Oh, oh!
Edipo
Hija mía, ¿qué va a suceder?
El Coro
Salid, salid de este país.
Edipo
¿De ese modo cumplís las promesas que me habéis hecho?
El Coro
No hay castigo de las furias para quien devuelve al ofensor las ofensas que ha recibido de él. El engañador merece ser engañado a su vez y no debe esperar sino ultrajes en vez de reconocimiento. Dejad, pues, ese asiento, salid de esta tierra que habitamos y no atraigáis sobre nuestra ciudad nuevas desgracias.
Antígona
Virtuosos extranjeros, ya que no podéis soportar la presencia de mi padre, de este anciano ciego y desgraciado de quien conocéis ya los errores involuntarios, tened al menos piedad de una hija infortunada; por él, por mi padre, os imploro. Sí, os invoco, os pido, como vuestra propia hija, clavando en vuestros ojos mis ojos abiertos a la luz, que concedáis a este desgraciado anciano algunos sentimientos de consideración; nuestra suerte está en vuestras manos, como en las de un dios. Dignaos, dignaos, con un signo de asentimiento, concedernos la gracia inesperada que mi voz pide, haciendo hablar en su favor cuanto pueda conmoveros más, el nombre de hija, la razón, la necesidad, los dioses. ¿Quién, cuando un dios le arrastra, puede evitar el golpe que le prepara?
El Coro
Hija de Edipo; enternecidos por vuestras desgracias, os compadecemos igualmente a uno y otro; pero el temor de los dioses nos impide cambiar nada de lo que hemos determinado contra vosotros.
Edipo
¿Qué socorro; qué bien habrá que esperar nunca de una reputación vana y una gloria usurpada? He aquí a Atenas, tenida por tan religiosa, por la única ciudad celosa de amparar a un extranjero desgraciado, por la única capaz de socorrerle. ¿En qué han quedado para mí tales virtudes cuando, arrancándome del asiento donde descansaba, me echáis de vuestra patria sólo por el temor que os inspira mi nombre? Pues no es mi cuerpo quien os lo inspira, ni tampoco mis acciones, dado que de las acciones que me echáis en cara soy harto menos el autor que la víctima. Si, en efecto, las que conciernen a mi padre y mi madre causan vuestra indignación contra mí, por lo que he podido juzgar, ¿de qué crimen podía ser realmente culpable, yo que, sin saberlo, no he hecho sino devolver lo que se me había hecho sufrir y que hasta si hubiera obrado a propósito hubiera podido no pasar por criminal? He llegado, sin saberlo, al término a que mi suerte me ha conducido; pero los que querían mi pérdida bien sabían lo que hacían conmigo. Así, pues, extranjeros, os imploro en nombre de los dioses; salvadme, como me lo habéis prometido; y, honrando a los dioses, guardaos de creer que no son sino un destino ciego; creed por el contrario que tienen siempre los ojos puestos en los justos y en los impíos y que entre los que les desafían no hay nadie que pueda eludirles. No empañéis, pues, el brillo de la feliz ciudad de Atenas entregándoos a acciones impías; sino, fieles a vuestras promesas, defended, proteged a un suplicante que ha fiado en vuestra palabra; que el estado horrible en que me presento a vuestros ojos no os autorice para rechazarme. Vengo, protegido por la religión y los dioses, a reportar un gran favor a esta ciudad; y, cuando el que reina en esta tierra, sea quien sea, esté presente, lo oiréis, lo sabréis todo; cesad hasta tal momento de usar de rigor conmigo.
El Coro
No podemos evitar, oh anciano, que vuestras razones nos conmuevan, tanta hay en vuestras palabras; pero es preciso que los que mandan en esta comarca se enteren como nosotros.
Edipo
¿Y dónde está el que aquí gobierna?
El Coro
En la ciudad patrimonio de sus padres. El mensajero que nos ha hecho venir ha partido en su busca.
Edipo
¿Creéis que tendrá algún miramiento, alguna consideración para un ciego infortunado y que consentirá gustoso en venir?
El Coro
Sin duda, desde el momento en que oiga vuestro nombre.
Edipo
¿Y por quién podrá saberlo?
El Coro
El camino es largo; pero las palabras de los viajeros circulan con rapidez. Las oirá; vendrá al punto, no lo dudéis, anciano, pues vuestro nombre ha resonado por doquier, aun cuando el sueño gravitase sobre sus sentidos. Teseo, despertado por ellas, se apresuraría a venir.
Edipo
¡Quiera el cielo que venga bajo auspicios favorables, para su patria al par que para mí! Pues no hay hombre, por virtuoso que sea, que se olvide de su interés.
Antígona
¿Qué debo pensar, por Zeus, padre mío? ¿Qué debo decir?
Edipo
Cara Antígona, hija mía, ¿qué os sucede?
Antígona
Veo venir hacia nosotros una mujer montada en un corcel soberbio, un casco a la manera tesaliana cubre su cabeza y sombrea su frente... ¿Qué creer? Será... No..., mi espíritu no acierta... Yo aseguraría..., pero no... No sé qué decir. Desgraciada, no puede ser otra... A medida que se aproxima la alegría brilla en sus ojos, me sonríe. ¿Cómo dudar que es a Ismena a quien veo?
Edipo
¿Qué decís, hija mía?
Antígona
Que es a vuestra hija, mi hermana Ismena, a quien diviso; el sonido de su voz puede ahora confirmároslo.
ESCENA VI
Los precedentes, ISMENA
Ismena
¡Dulce momento en que puedo ver y oir a un tiempo a un padre y a una hermana queridos! ¡Cuántos trabajos para encontraros, cuántos trabajos para volver a veros!
Edipo
Hija mía, ¿sois vos?
Ismena
¡Oh desgraciado padre!
Edipo
¡Oh sangre de mi sangre, hija mía!
Ismena
¡Oh ternuras desgraciadas!
Edipo
¿Vos aquí, hija mía?
Ismena
No sin grandes trabajos.
Edipo
Querida hija, abrazad a vuestro padre.
Ismena
Mis brazos os estrechan a ambos.
Edipo
¿A Antígona y a mí?
Ismena
Unen a tres desgraciados.
Edipo
¿Y qué motivo os trae?
Ismena
Algo que os atañe.
Edipo
¿Me echabas de menos?
Ismena
Tenía para vos noticias de que vengo a daros parte, no teniendo conmigo otro servidor fiel.
Edipo
Y vuestros hermanos, ¿dónde están, ellos a quien la juventud habilita para los trabajos?
Ismena
Donde quiera que estén, están en una cruel situación.
Edipo
¡Cómo recuerdan sus costumbres y su carácter los antiguos usos de Egipto, donde los hombres, retirados en el interior de sus casas, manejaban el huso, mientras sus mujeres iban a buscar fuera cuanto era necesario para la nutrición de sus esposos! Así, hijas mías, vuestros hermanos, en lugar de echar sobre sus hombros, como debían, los cuidados que pesan sobre vosotras, permanecen tranquilamente guardando su casa, al modo de mujeres, mientras una y otra os ocupáis por ellos en el alivio de mis males. Una, desde el momento que salió de la infancia, y que adquirió la fuerza de la juventud, fugitiva y desgraciada conmigo, ha sido el guía de mi vejez; con frecuencia en los bosques más salvajes, errante, sin aliento y casi sin vestidos, expuesta a los ardores del sol, a las inclemencias del aire, doliente, extenuada, prefiere a los festines que hubiera tenido en su hogar la felicidad de procurar algún sustento a su padre. Vos, hija mía (a Ismena), vos habéis ya venido, a hurto de los tebanos, a anunciar a vuestro padre lo dicho por los oráculos sobre la suerte de este cuerpo infeliz. Me habéis fielmente acompañado al ser echado de mi patria, y ahora, Ismena, ¿qué venís a decirme, qué designio os ha sacado de vuestra morada? Porque, harto lo sospecho, no habéis venido sin motivo y sin alguna terrible noticia que darme.
Ismena
No os diré, padre mío, cuánto he sufrido buscando el lugar donde podíais haberos retirado; no quiero, con un relato aflictivo de mis trabajos, sufrir de nuevo su amargura; vengo a informaros de los males que amenazan hoy a vuestros dos desgraciados hijos. Parecían al principio no tener otro deseo que abandonar el trono a Creón, y no mancillar su patria, considerando el estigma de su raza y los males horribles caídos sobre vuestra casa; ahora, impelidos por los dioses y por un genio perverso, por una ambición funesta, esos infortunados se disputan el trono. El más joven ha despojado de él a Polinicio, que tenía la ventaja de la edad; le ha echado de su patria. Polinicio, según es público, ha elegido a Argos para retiro; allí forma una nueva alianza; allí reúne un ejército que interesa en su causa, sea para castigar a la ciudad de Cadmo, ya para elevar hasta el Cielo la gloria de Argos. No son amenazas prodigadas en vano, padre mío, sino preparativos temibles. No sé cuándo los dioses se apiadarán de vuestras desgracias.
Edipo
¿Cómo? ¿Tenéis ya alguna esperanza de que los dioses se dignen parar mientes en mí y ocuparse de mi dicha?
Ismena
Sí, sin duda, padre mío, y varios oráculos lo afirman.
Edipo
¿Qué oráculos son esos, hija mía? ¿Qué predicen?
Ismena
Que aquí mismo, en vuestra vida y después de vuestra muerte, los pueblos os buscarán para su propia seguridad.
Edipo
¿Y qué socorro podría esperarse de un mortal en el estado en que yo estoy?
Ismena
En vos sólo, dicen, residen sus fuerzas.
Edipo
¿Acaso, porque no soy ya nada, me convierto en un hombre importante a sus ojos?
Ismena
Los dioses os ensalzan después de haberos abatido.
Edipo
No es fácil ensalzar en la vejez lo que fué abatido en la juventud.
Ismena
Sabed, sin embargo, que para aprovechar esos oráculos, Creón no tardará en venir.
Edipo
¿Qué quiere hacer, hija mía? Explicadme.
Ismena
Estableceros cerca de la tierra de Cadmo, para que los tebanos os tengan en su poder, sin permitiros, no obstante, franquear los límites de su país.
Edipo
¿Y qué ventaja les reportará dejarme a sus puertas?
Ismena
Vuestra tumba sería en otra parte un peso funesto que gravitaría sobre ellos.
Edipo
Un dios, sin duda, les ha revelado esos secretos; ¿cómo ellos por sí solos hubieran podido penetrarlos?
Ismena
Por eso quieren llevaros cerca de su ciudad y no permitiros disponer de vos.
Edipo
¿Pero sin duda, se servirán de la tierra de Tebas para cubrir mi cuerpo?
Ismena
Padre mío; la sangre paterna que vertisteis se opone a ello.
Edipo
No se opondrá, al menos, a que nunca puedan apoderarse de mí.
Ismena
He aquí lo que les pesará a los tebanos.
Edipo
¿Por qué, hija mía?
Ismena
Por efecto de vuestra cólera, cuando se acerquen a vuestra tumba.
Edipo
¿Eso que anunciáis, hija mía, por quién lo sabéis?
Ismena
Por los mismos que venían de consultar al oráculo de Delfos.
Edipo
¿Es, pues, eso lo que Febo ha pronunciado sobre mí?
Ismena
Es lo que han referido los que de Delfos han venido a los campos tebanos.
Edipo
¿Alguno de mis hijos ha oído esos relatos?
Ismena
Los han oído perfectamente uno y otro.
Edipo
¿Y los pérfidos, no obstante, enterados por el oráculo han antepuesto el deseo de reinar al deseo de volver a verme?
Ismena
Ved lo que no puedo oir sin rubor, y sin embargo, no puedo negar.
Edipo
¡Que los dioses no extingan nunca el odio fatal que les divide! Si de mí dependiese el fin de la guerra que acaba de armar al uno contra el otro, ni el que tiene actualmente el cetro lo seguiría poseyendo ni el que ha salido de Tebas podría jamás volver a ella. Ambos, en vez de protegerme, en vez de retenerme, a mí que era su padre, cuando fuí, con tanto oprobio, echado de mi patria, contribuyeron a mi destierro y lo confirmaron con un decreto. Diréis que, en verdad, Tebas no hizo sino concederme lo que había pedido yo mismo. No, ciertamente, ya que en el fatal día en que mi furia me hacía desear la muerte, la lapidación, no hubo nadie que quisiera concederme tal gracia. Sólo después de cierto tiempo, cuando mis dolores se hubieron aliviado un poco, cuando empecé a percatarme de que mi extravío había castigado harto severamente mis faltas, sólo entonces sirvieron éstas de pretexto a los tebanos para expulsarme indignamente; y no obstante, mis hijos, que podían socorrer a su padre, le negaron su ayuda y me vi obligado a partir lejos de mi patria, fugitivo y miserable, a sufrir un destierro que una palabra de su boca hubiera podido evitarme. Sólo vosotras, hijas mías, en la medida que la debilidad de vuestro sexo os lo ha permitido, sólo vosotras me habéis proporcionado el sustento, la seguridad y todos los socorros que le es dable esperar a un padre, mientras que mis hijos no pensaban sino en apoderarse de mi cetro y en reinar en mi lugar. Pero nunca me tendrán por defensor, nunca el trono usurpado será una ventaja para ellos. He aquí lo que los oráculos, traídos por Ismena, me han hecho saber y las antiguas predicciones de Apolo confirman en mi pensamiento. Ahora que envíen a buscarme aquí a Creón o a cualquier otro de los poderosos de la ciudad: extranjeros, si con las venerables diosas que aquí presiden os dignáis prestarme vuestra ayuda, sabed que adquiriréis conmigo un poderoso escudo para vuestra ciudad y un azote para vuestros enemigos.
El Coro
¡Bien merecéis, Edipo, tanto vos como vuestras hijas, que nos interesemos por vuestras desgracias! Ya que os anunciáis como el salvador de esta comarca, vamos a aconsejaros lo que debéis hacer.
Edipo
Amigos míos, dadme esos consejos hospitalarios; estoy pronto a seguirlos.
El Coro
Comenzad por purificaciones en honor de las diosas de las que habéis empezado por invadir la morada y de las que vuestros pies han hollado el suelo sagrado.
Edipo
¿Y de qué modo haré esas purificaciones? Extranjeros, dignaos decírmelo.
El Coro
Id, por de pronto, con mano respetuosa a esa fuente sagrada, que no se agota nunca, por agua pura para vuestras libaciones.
Edipo
¿Y cómo podré coger tal agua?
El Coro
Encontraréis cráteras que son obra de un hábil artista. Os las pondréis sobre la cabeza, y el asa doble de su abertura...
Edipo
¿Con qué las cubriré? ¿Con ramas o con lana?
El Coro
Con el vellón nuevo de un corderillo.
Edipo
Bien. ¿Qué haré después?
El Coro
Os volveréis hacia donde se levanta la aurora y haréis vuestras libaciones.
Edipo
¿Las haré con las cráteras de que habláis?
El Coro
Las haréis con tres vasos primero, y el cuarto lo derramaréis entero.
Edipo
¿De qué lo llenaré? Acabad de enterarme.
El Coro
De hidromiel; guardaos de mezclar vino.
Edipo
Y cuando la tierra esté mojada con tales libaciones...
El Coro
Tomad en vuestras manos tres veces nueve ramas de olivo y pronunciad las plegarias...
Edipo
¿Qué plegarias? Ardo en deseos de oirlas; son importantes para mí.
El Coro
«Diosas a quienes llamamos Euménides, recibid con benevolencia digna de vuestro nombre a un suplicante que os pide gracia.» Pero vuestra plegaria, si la pronunciáis vos mismo o si otro la pronuncia, no lo sea en voz alta, para que no pueda ser oída. Retiraos luego lentamente y sin volver la cabeza. Si seguís nuestros consejos, nos encontraremos confiados junto a vos; de otra suerte, extranjero, tememos mucho por vuestra vida.
Edipo
Ya oís, hijas mías, lo que los habitantes de esta tierra nos recomiendan.
Antígona e Ismena (A la vez.)
Lo hemos oído; ordenad. ¿Qué hay que hacer?
Edipo
En mi doble privación de mis fuerzas y de mis ojos, no puedo ir adonde me mandan. Que una de vosotras vaya a cumplir esos deberes por mí; pues una sola equivale a mil si su corazón está bien dispuesto. Pero una u otra apresuraos y cuidad de no dejarme solo. ¡Qué sería de mí, abandonado, sin guía y sin apoyo!
Ismena
Bien; yo me encargaré de lo tocante a esas libaciones; sólo ignoro el sitio adonde he de ir, y eso es lo que deseo saber.
El Coro
Al otro lado del bosque, de ese bosque que veis. Si necesitáis algún otro indicio, los habitantes del lugar podrán proporcionároslo.
Ismena
Iré, pues, Antígona, mientras vos cuidáis de nuestro padre; cuando los autores de nuestros días nos causan alguna molestia, hay que sufrirla y olvidarla.
ESCENA VII
El Coro, EDIPO, ANTÍGONA
El Coro
Es, sin duda, una crueldad despertar vuestros dolores adormecidos por el tiempo, extranjero, y no obstante, ardemos en deseos de interrogaros.
Edipo
¿Sobre qué?
El Coro
Sobre el deplorable e irremediable infortunio en que os halláis.
Edipo
En nombre de la hospitalidad que recibo de vosotros, no hagáis abrirme mis heridas. Cuanto me ha sucedido es horrible.
El Coro
Y no obstante, extranjero, ardemos en deseos de oir un relato largo y fiel de tales acontecimientos.
Edipo
¡Ay!
El Coro
Concedednos ese favor; os lo suplicamos.
Edipo
¡Ay! ¡Ay!
El Coro
Atended a nuestra súplica; nosotros hemos atendido a las vuestras.
Edipo
Los crímenes que me mancillan, el cielo es testigo, han sido involuntarios; mi voluntad no ha tenido parte en ellos.
El Coro
¿Cómo?
Edipo
Tebas, sin saber el himeneo a que me sometía, me cargó, con sus lazos funestos, de una cadena de infortunios.
El Coro
¿Fué, pues, con vuestra madre, como se dice, con quien contrajisteis ese himeneo execrable?
Edipo
¡Ay de mí! La muerte, extranjeros, no es más terrible que estos relatos. Las dos hermanas que veis lo son mías.
El Coro
¿Qué decís?
Edipo
Son mis hijas; ambas nacidas de mi crimen.
El Coro
¡Oh Zeus!
Edipo
Fueron concebidas en el mismo seno que yo.
El Coro
¿Son, pues, a la vez, hijas y hermanas de su padre?
Edipo
¡Ay!
El Coro
¡Mil veces ay!
Edipo
Cuanto puede darse de más horrible...
El Coro
¿Lo habéis sufrido?
Edipo
Lo he sufrido para recordarlo siempre...
El Coro
¿Lo habéis cometido?
Edipo
No lo he cometido.
El Coro
¿Cómo?
Edipo
¡Infeliz de mí! Recibí de Tebas lo que nunca hubiera debido aceptar.
El Coro
¡Desgraciado! ¿Asesinasteis...?
Edipo
¡Ah! ¿Qué más decís? ¿Qué queréis que os diga?
El Coro
¿A vuestro padre?
Edipo
Basta; son nuevos golpes con que desgarráis mi herida.
El Coro
¿Lo matasteis?
Edipo
Lo maté... y no obstante no fué...
El Coro
¿Qué vais a decir?
Edipo
No fué injustamente.
El Coro
¿Cómo?
Edipo
Voy a explicarme; no creí luchar sino con extranjeros. La ignorancia en que estaba de mi crimen me purifica a los ojos de la ley.
El Coro
Mas he aquí a nuestro rey; he aquí a Teseo, a quien vuestro nombre atrae junto a vos.