ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

El Coro, TESEO, EDIPO, ANTÍGONA

Teseo

He oído tantas veces, hasta hoy, hijo de Layo, relatar de qué modo horrible habéis perdido la vista, que os reconozco sin trabajo, y completan mi noción de eso los relatos que me han hecho en el camino. Vuestros vestidos, la miseria pintada en vuestro rostro, harto me dicen quién sois, desgraciado Edipo. Apiadado de vuestra suerte, quiero interrogaros. Decidme qué socorros esperáis de mí y de esta ciudad, para vos y para la infortunada que os conduce. Sería necesario que lo que pedís fuera muy difícil para que yo no pudiera concedéroslo. Me acuerdo demasiado de que, como vos, fuí en otro tiempo extranjero y desgraciado. He visto juntarse sobre mi cabeza cuantos males pueden asediar a un hombre en una tierra lejana de su patria. ¿Cómo podría yo negarme a socorrer a un extranjero tan infortunado como vos? ¿No sé que soy mortal y que no tengo más derecho que vos al día venidero?

Edipo

Teseo, la generosidad de vuestra alma harto se muestra en vuestras breves palabras para que yo pueda ahorrarme el hablar largamente. Sabéis quién soy, quién fué mi padre, qué patria he dejado; sólo me resta deciros lo que deseo, y todo estará dicho.

Teseo

Explicadme lo que queréis; hacédmelo saber.

Edipo

Vengo a traeros como presente este cuerpo miserable, cuyo aspecto no tiene nada que lo haga codiciable; pero las ventajas que os ha de proporcionar valen mucho más que los dones de la hermosura.

Teseo

¿Y qué ventaja pensáis proporcionarnos?

Edipo

No es ahora cuando podéis saberlo; el tiempo os lo enseñará.

Teseo

Y ¿cuándo se manifestará la utilidad de vuestro presente?

Edipo

Cuando haya muerto y vos me hayáis enterrado.

Teseo

Habláis del término de vuestra vida; ¿habéis olvidado el intervalo que os separa de él aún, o no le dais importancia?

Edipo

Lo tengo muy presente en mi petición.

Teseo

Pero la gracia que me pedís es poca cosa.

Edipo

¡Tened cuidado! Una gran lucha...

Teseo

¿Qué lucha? ¿Por parte de vuestros hijos o por mi parte?

Edipo

Vendrán mis hijos a obligarme a volver junto a ellos.

Teseo

Si lo quisieran, haríais mal en huirles.

Edipo

Pero cuando yo quería seguir a su lado no lo permitieron.

Teseo

¡Hombre imprudente! El resentimiento cuadra mal en el infortunio.

Edipo

Cuando yo os haya enterado, dadme vuestros consejos; hasta entonces suspendedlos.

Teseo

Enteradme. No debo, en efecto, hablar sin previo examen.

Edipo

Teseo, he sufrido desgracias sobre desgracias.

Teseo

¿Habláis de las antiguas calamidades de vuestra raza?

Edipo

No, sin duda; todos los griegos han hablado harto de ellas.

Teseo

¿Qué habéis, pues, sufrido por encima de los infortunios ordinarios?

Edipo

Vedlo. He sido desterrado de mi patria por mis propios hijos; y como matador de mi padre, me está vedado tornar a ella.

Teseo

¿Pero cómo os llamarían si quisieran vivir lejos de vos?

Edipo

La voz de un oráculo les fuerza a ello.

Teseo

¿Qué temor les inspira ese oráculo?

Edipo

Encontrar en esta tierra su aniquilamiento.

Teseo

¿Y cómo mi patria llegaría a ser para ellos motivo de amargura?

Edipo

Caro y digno hijo de Egeo, sólo los dioses están exentos de la vejez y de la muerte: todo lo demás está bajo el poder invencible del tiempo. La fecundidad de la tierra acaba; el vigor del cuerpo desaparece; la amistad muere; la enemistad crece en su lugar. El mismo espíritu no une siempre a las ciudades ni a los amigos. Lo que les encantaba un tiempo después les disgusta, para volver luego nuevamente a gustarles. Si la paz reina ahora entre Tebas y vosotros, el tiempo en su curso dará origen a una larga serie de días y de noches en que, con fútiles pretextos, Tebas destruirá por el hierro la concordia, la armonía que os une hoy con ellos. Entonces, dormido en la tumba, mi cuerpo helado se hartará de la sangre hirviente de los tebanos, si Zeus es siempre el dios supremo y si el oráculo de Apolo no miente. Pero es enojoso revelar acontecimientos que están todavía en la obscuridad del porvenir. Dejadme, como había comenzado, pediros sólo que me guardéis vuestra fe; y si los dioses no me engañan, no diréis que al recibir a Edipo en esta tierra habéis recibido un habitante inútil.

El Coro

Ved, señor, ved las ventajas importantes que nos ha predicho ya y que debe asegurar a esta comarca.

Teseo

¿Quién podría desterrar de su corazón la benevolencia que merece este infortunado, cuya casa se unió a la nuestra por los derechos de la hospitalidad, cuando viene en calidad de suplicante enviado por los dioses y nos trae a esta ciudad y a mí un tributo no despreciable? Quiero, pues, respetando la orden del cielo, no rechazar sus presentes y establecerle en esta comarca si desea permanecer aquí. Habitantes de Colona, os cuidaréis de lo que le atañe. Pero, Edipo, si preferís seguirme a Atenas, lo dejo a vuestra elección; mis cuidados os acompañarán allí.

Edipo

¡Dígnate, oh Zeus, recompensar tanta bondad!

Teseo

En fin, ¿qué deseáis? ¿Venir a palacio?

Edipo

Sí, si el destino me lo permitiese; pero es éste el lugar donde debo...

Teseo

¿Qué debéis? Me guardaré bien de oponerme.

Edipo

Triunfar de los que me han expulsado.

Teseo

Sería un fruto harto precioso de vuestra morada en este país.

Edipo

Pero hay que cumplir la promesa que me habéis hecho.

Teseo

Fiad en mi palabra, no os haré traición.

Edipo

No quiero encadenaros con un juramento, como a un hombre vil.

Teseo

Un juramento no sería mejor prenda que mi palabra.

Edipo

¿Qué haréis, en fin?

Teseo

¿Cuáles son los temores que más os agitan?

Edipo

Vendrán.

Teseo

Estos ciudadanos velarán por vuestra seguridad.

Edipo

Cuidad de no abandonarme.

Teseo

Ahorraos el trabajo de enseñarme lo que debo hacer.

Edipo

La necesidad puede enseñar el temor.

Teseo

El temor no es conocido por mi corazón.

Edipo

No sabéis qué amenazas...

Teseo

Sé que nadie os sacará de aquí a la fuerza. Se hacen amenazas, la cólera estalla en mil palabras insensatas; pero luego que la reflexión ha apaciguado el ánimo, todo ese gran aparato se evapora: eso sucederá a los hijos de Edipo. Sean cuales sean los fastuosos discursos con que se aperciban a confundiros para comprometeros a seguirles, creedme, el camino se les antojará sobrado largo y el mar por demás tempestuoso para aventurarse; y, sin consultar mis sentimientos para vos, os daría nuevas seguridades, puesto que Febo os envía; pero tengo motivos para pensar que, en mi ausencia, mi nombre será suficiente para poneros a cubierto de todo ataque.

ESCENA II

El Coro, EDIPO, ANTÍGONA

El Coro

Extranjeros, este lugar célebre adonde habéis llegado, Colona, es el asilo más tranquilo y más seguro de esta tierra, famosa por sus corceles. Aquí gustan los ruiseñores de hacer oir sus cantos quejumbrosos, en la sombra obscura de la hiedra, en el seno de los vallezuelos verdeantes o en los bosques sagrados y fértiles, inaccesibles a los mortales, impenetrables a la luz y respetados del viento y del frío. Aquí gusta Dionisos de pasearse sin cesar, rodeado de las ninfas que le criaron. Aquí, bajo el rocío del cielo, se ve florecer todos los días el narciso de bellos racimos, útil conforme al uso antiguo, para coronar a las dos grandes diosas, y el azafrán dorado. Las fuentes fecundas del Céfiro derraman por las praderas aguas nunca dormidas; siempre, pródigas de vida, sus linfas puras se extienden por el fértil suelo de los campos. El coro de las musas y Afrodita, en su carro de oro, se complacen en recorrer estos parajes. Pero lo que las comarcas de Asia y la gran isla de Pélopos, habitada por los dorios, no deben haber poseído nunca es este árbol sagrado, que nace de sí mismo y es el terror de las lanzas enemigas. En esta comarca más que en cualquiera otra, florece este árbol precioso, el olivo, que se distingue por sus hojas verde pálido y alimenta a los niños. Ningún hombre, esté en la juventud o en el declinar de su vida, sería bastante imprudente para osar arrancarlo por su mano: hasta tal punto Zeus, que preside el olivo sagrado, vela sin cesar, con Palas, por su conservación.

Pero en honor de esta metrópoli aún nos queda un elogio que hacer. Nos referimos a los presentes que recibe de un gran dios, a los presentes que la hacen gloriosa y hábil para criar y conducir corceles y para navegar. ¡Hijo de Cronos, soberano Poseidón, tú la has elevado a tal grado de gloria, tú hiciste conocer en esta comarca antes que nadie el freno que doma a los corceles; por tus lecciones el bajel, a impulsos de los remos, se lanza rápido y huye ante las nereidas hectápodas!