ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

ANTÍGONA, EDIPO, el Coro

Antígona

¡Oh comarca, tanto tiempo celebrada con tanto elogio, he aquí el momento de mostrar que lo merecéis!

Edipo

¿Qué sucede, hija mía?

Antígona

Creón, seguido de numerosa escolta, llega, padre mío, está cerca.

Edipo

Queridos y dignos ancianos, de vosotros depende ahora mi salvación.

El Coro

Tranquilizaos; nosotros respondemos, pues si somos viejos, el vigor de esta comarca no ha envejecido aún.

ESCENA II

Los precedentes, CREÓN

Creón

Generosos habitantes de esta tierra, veo en vuestras miradas que mi llegada os produce cierto espanto; cesad de temerme y suprimid toda palabra ofensiva; estoy viejo y heme cerca de una ciudad poderosa como nunca la hubo en Grecia. Encargado de convencer a este anciano (señalando a Edipo) de que me siga a los campos tebanos, yo, a quien los lazos de la sangre me han hecho más que a nadie deplorar sus desgracias, no vengo enviado por un solo hombre, sino por toda una ciudad. Desgraciado Edipo, dignaos, por lo tanto, escucharme y seguirme. Todo el pueblo tebano os llama con justicia, y yo más que todos los tebanos juntos; pues yo, más que todos ellos (si no soy el peor de los hombres), debo apiadarme de vuestro infortunio, viéndoos bajo el peso de males sin cuento, en comarcas extrañas, errante por doquier, a merced de una sola compañera que vele por vuestra vida. ¿A qué estado miserable no ha llegado ella misma, ocupada sin tregua en cuidaros, en mendigar algún sustento para conservar una existencia tan querida? ¡La infortunada, en la flor de la juventud, extraña a las dichas del himeneo, expuesta a ser presa del primer raptor! ¡Qué desgraciado soy (pues es vano disimular lo que nadie ignora), yo que he podido hacer caer tan sangriento oprobio sobre vos, sobre mí, sobre mi raza entera! Edipo, en nombre de los dioses de la patria, volved a habitar vuestra ciudad, vuestro palacio, la morada de vuestros padres; dirigid a esta ciudad en que estáis palabras de reconocimiento, las merece; pero venid a honrar, con más justicia, a la que os crió.

Edipo

Hombre capaz de todo atrevimiento, y que de todo te vales para extender sobre tus palabras mendaces el velo de la justicia, ¿qué propósito te guía y por qué quieres cogerme en una trampa que sería para mí el más duro suplicio? En los primeros accesos del dolor que mis malaventuras me hicieron experimentar, cuando deseé dejar mi patria, les negasteis tal gracia a mis deseos; y cuando mi alma enfurecida se calmó, cuando empezaba a encontrar grato vivir en mi casa, entonces me echaste, me desterraste; entonces los lazos de la sangre que invocas ahora no te eran tan caros. Hoy que ves a esta ciudad y a todo este pueblo concederme su benevolencia, intentas llevarme a mi patria, ocultando con palabras lisonjeras la dureza de tu corazón: ¡tanto placer encuentras en amar a los que no aceptan tu amistad! ¡Qué! Sí, no dignándose concederte nada de lo que tú más desearas, un hombre quisiera después colmarte de bienes, cuando tus deseos se hallasen satisfechos y el beneficio no tuviera mérito, ¿el gusto que recibirías no sería vano y frívolo? He aquí, no obstante, cómo te muestras a mis ojos, benéfico en palabras y malo en acciones. Para poner más al descubierto toda tu maldad ante los que me escuchan, diré: Vienes con el propósito de llevarme contigo, no de restablecerme en mi casa; no quieres sino fijarme, por decirlo así, en tu puerta, y de ese modo preservar a tu ciudad de los males que la amenazan. No será así; pero puedo garantizarte que mi genio vengador habitará allí siempre y mis hijos no tendrán como herencia mía sino la tierra necesaria para morir en ella. ¿Crees que mi espíritu no penetra mejor que el tuyo en los destinos de Tebas? Mucho mejor, sin duda, si he de creer a dioses más clarividentes que tú. Apolo y Zeus mismo, que le dio el ser. Al venir aquí, tu boca mendaz ha preparado sutiles arengas; pero tu elocuencia podría valerte harto más trabajos que ventajas, pues, en fin, siento en mi corazón que no has de persuadirme. Vete, pues, y déjame vivir aquí; mi vida, aun en el estado en que me encuentro, no será desgraciada, puesto que me place.

Creón

Pero al hablarme de esa guisa, ¿a quién de nosotros pensáis que vuestra situación debe doler más?

Edipo

Me será muy grata si no llegas a persuadirnos ni a mí ni a los que nos escuchan.

Creón

¡Infortunado, bien se ve que el tiempo no os ha hecho más prudente y no ha alimentado en vuestro corazón sino amargura y enojos para vuestra ancianidad!

Edipo

Eres hábil en el arte de descubrir; pero no sé de ningún hombre justo que sepa hablar igualmente bien en pro de todas las causas.

Creón

Existe diferencia entre hablar mucho y hablar con oportunidad.

Edipo

He aquí por qué en lo que hablas se unen la conveniencia y la brevedad.

Creón

No sin duda, a los ojos de un espíritu semejante al vuestro.

Edipo

En nombre de los extranjeros que me escuchan, vete. Guárdate de poner la mano sobre mí en la tierra que debo habitar.

Creón

También recurro al testimonio de estos extranjeros, no al tuyo; que juzguen de qué suerte respondes a las palabras de tus amigos: si nunca me apoderase de ti...

Edipo

¿Y quién osaría arrancarme de los brazos de mis defensores?

Creón

Sabré castigarte sin arrancarte de sus brazos.

Edipo

¿Y cómo esperas ejecutar esa amenaza?

Creón (Cogiendo a Antígona.)

He aquí ya en mis manos a una de tus hijas, que voy a enviar delante de mí; no tardaré en apoderarme de la otra.

Edipo

¡Cielos!

Creón

Pronto tendrás nuevos motivos para gemir.

Edipo

¿Te has apoderado de una de mis hijas?

Creón

La otra la seguirá.

Edipo

¡Ay de mí! ¿Qué haréis, extranjeros? ¿Traicionaréis a un desgraciado? ¿No echaréis a este impío de la tierra que habitáis?

El Coro (A Creón.)

Retiraos, extranjero, retiraos sin tardar. Lo que hacéis y habéis hecho es injusto.

Creón (A su séquito.)

Apresuraos a arrastrarla si se niega a seguiros.

Antígona

¡Ah infeliz! ¿Cómo huiré? ¿Qué dioses o qué mortales se dignarán socorrerme?

El Coro

(A Creón, que quiere llevarse a Antígona.)

¿Extranjero, qué hacéis?

Creón

No quiero tocar al anciano, sino a la que me pertenece.

Edipo

¡Oh, soberanos de esta comarca!

El Coro

Extranjero, vuestra acción es injusta.

Creón

Es justa.

El Coro

¿Cómo?

Creón

Me llevo a las que son mías.

Antígona

¡Oh ciudad!

El Coro

¿Qué hacéis, extranjero? Poned fin a tal violencia, o experimentaréis el poder de nuestros brazos.

Creón (Al Coro.)

Retiraos.

El Coro

No, nunca, mientras persistáis en tal propósito.

Edipo (A Creón.)

Atacarme a mí es atacar a la ciudad entera.

El Coro (A Edipo.)

Ved lo que le decimos.

Creón (Al Coro.)

Dejad al punto, dejad a esa muchacha en mis manos.

El Coro (A Creón.)

No déis órdenes donde no tenéis poder.

Creón

Os digo que la dejéis.

El Coro

Y nosotros os decimos que os vayáis. ¡Venid, venid, acudid, habitantes de esta comarca; nuestra ciudad es atacada, venid, venid!

Antígona

¡Desgraciada! ¡Me arrastran! ¡Ciudadanos, ciudadanos!...

Edipo

Hija mía, ¿dónde estás?

Antígona

Me arrastran con violencia.

Edipo

¡Tiende los brazos hacia mí, hija mía!

Antígona

No puedo.

Creón (A su séquito.)

¿No acabáis de llevárosla?

ESCENA III

CREÓN, EDIPO, el Coro

Edipo

¡Cuán desgraciado soy!

Creón (A Edipo.)

De hoy en adelante no marcharás sostenido por los dos apoyos de tu vejez; y ya que quieres triunfar de tu patria y tus amigos, en nombre de los cuales (aunque soy el rey) hago lo que me han ordenado, triunfa a tu gusto. Con el tiempo conocerás, me atrevo a creerlo, que al resistir a tus amigos y abandonarte a tu cólera, que te fué siempre tan funesta, no has hecho ni haces aún sino prepararte nuevas penas.

El Coro (A Creón.)

Deteneos, extranjero.

Creón

Guardaos de acercaros a mí.

El Coro

No os perdonamos que no nos hayáis devuelto a la que nos arrebatáis.

Creón

Pronto tendréis una indemnización más grande que pedir para esta ciudad, pues no me limitaré a las dos hermanas.

El Coro

¿Qué más haréis?

Creón (Señalando a Edipo.)

Me lo llevaré a él.

El Coro

¡Cielos! ¿Qué decís?

Creón

Lo que será luego ejecutado, si vuestro rey no se opone.

Edipo

Amenaza insolente. ¿Osarías tocarme?

Creón (A Edipo.)

Guárdate de seguir hablando.

Edipo

¡No, las Euménides que aquí presiden no vedarán a mi boca pronunciar una imprecación contra ti, el más malo de los hombres; contra ti, que acabas de arrancarme insolentemente cuanto para mí sustituía a la luz de que carezco! ¡Que el sol, que lo ve todo, te dé a ti y a tu raza días tan deplorables como los míos y una vejez semejante!

Creón

Habitantes de esta tierra, ya veis sus arrebatos.

Edipo

Nos ven a uno y a otro, y consideran que tomo venganza con palabras siendo oprimido con acciones.

Creón

No puedo dominar mi cólera, y, aunque solo, aunque debilitado por los años, voy a llevármele a la fuerza.

Edipo

¡Ay infortunado!

El Coro

¿Con qué pensamientos audaces, extranjero, habéis venido aquí, si esperáis ejecutar tales amenazas?

Creón

Sí, lo espero.

El Coro

Si es así, no debemos tener esta ciudad en nada.

Creón

Cuando se trata de la justicia, el débil puede vencer al fuerte.

Edipo (Al Coro.)

¿Oís lo que osa decir?

El Coro

No lo ejecutará.

Creón

Eso es lo que no sabéis vosotros, y sólo Zeus puede saber.

El Coro

¡Qué insulto!

Creón

Un insulto que hay que soportar.

El Coro

Ciudadanos, defensores de esta comarca, apresuraos, venid todos..., están a punto de franquear nuestros límites.

ESCENA IV

Los precedentes, TESEO

Teseo

¿Qué gritos he oído? ¿Qué ha pasado? ¿Qué temor os mueve a arrancarme de los altares del dios que preside en Colona y a interrumpir mi sacrificio? Hablad, decidme por qué se me ha obligado a venir precipitadamente.

Edipo (A Teseo.)

Amigo mío (¡pues bien reconozco vuestra voz!), acabo de sufrir los más crueles ultrajes de ese hombre.

Teseo

¿Qué ultrajes? ¿Quién es su autor? Explicaos.

Edipo

Ese Creón que veis, ha venido a robarme a mis dos hijas, al único apoyo que me quedaba.

Teseo

¿Qué decís?

Edipo

La desgracia que acabo de sufrir.

Teseo

Volad al punto, corred a los altares donde el pueblo está reunido; que deje el sacrificio; que acuda diligente, a pie o a caballo, al vértice de ambos caminos; que impida el paso de las dos jóvenes princesas; que me evite la vergüenza de ser vencido por la violencia y de ser el ludibrio de ese extranjero; apresuraos a llevar a cabo mis órdenes; no hubiera yo tardado en castigarle por mi mano si me hubiera entregado de lleno al furor que merece; pero las mismas leyes por que él acaba de guiarme servirán para juzgarle. (A Creón.) No saldréis de esta comarca sin que hayáis traído y puesto en mis manos a las dos princesas, ya que habéis obrado de manera tan indigna de mí, de vuestro origen y de vuestra patria. ¡Llegáis a una ciudad que sólo respira justicia y no hace nada contra la ley, y, pisoteando los principios que la rigen, os atrevéis, en vuestra violencia, a caer sobre vuestra presa, a llevárosla y a sojuzgarla! ¿Pensáis habéroslas con una ciudad sin ciudadanos y reducida a la esclavitud? ¿No me tenéis en nada? Tebas, sin embargo, no hizo de vos un mal hombre; no acostumbra a criar ciudadanos injustos; distaría mucho de aprobar vuestra conducta, si supiera que venís a llevaros de aquí, con violencia, a desgraciados suplicantes, que se amparaban en los dioses y en mí. Nunca, aunque hubiera tenido los motivos más justos, hubiera yo ido a vuestra patria para hacerle semejante ultraje; y nunca, sin contar con el soberano, quienquiera que hubiera sido, habría yo osado llevarme ni violentar a nadie. Sé muy bien cómo un extranjero debe conducirse entre ciudadanos. Y, no obstante, no teméis deshonrar a vuestra ciudad, que no lo merece. Sin duda los años os han turbado la razón. Ya os lo he dicho y os lo repito: haced al punto traer a las hijas de Edipo, si no queréis, mal que os pese, quedaros aquí. He aquí lo que os prometo y os promete mi corazón tanto como mi lengua.

El Coro

Mirad adonde habéis llegado, extranjero; vuestra sangre anuncia en vos un hombre justo y vuestras acciones no muestran sino un mal hombre.

Creón (A Teseo.)

Hijo de Egeo, no ha sido, como pretendéis, creyendo a esta ciudad sin ciudadanos ni prudencia como he llevado a cabo mi reciente acción, sino no creyendo que nadie aquí pudiera interesarse por mis deudos hasta el punto de querer sustentarlos a pesar mío. Pensaba, además, que esta ciudad no daría asilo a un hombre impuro, manchado con la sangre de su padre; a un hombre que ha sido a la vez hijo y esposo de su madre. Yo conocía la sabiduría del areópago, ese ilustre Tribunal que no permite a semejantes fugitivos establecerse aquí. En eso me fundaba al caer sobre mi presa; y aun así no lo hubiera hecho a no haber Edipo lanzado contra mí y mi raza las imprecaciones más terribles. Ante tal ultraje, he creído deber devolvérselo; pues la cólera es un sentimiento que no envejece y sólo se extingue en la tumba; los muertos no más son insensibles. Ahora haced lo que queráis, ya que, pese a la justicia de mis razones, la soledad en que me hallo me priva de fuerza y de defensa. Con todo, aun haré por devolveros cuantos malos tratos reciba de vos.

Edipo

¡Qué insolente audacia! ¿Y sobre quién cae tal ultraje? ¿Sobre mí, desgraciado anciano, o sobre ti, que acabas de reprocharme muertes, lazos funestos, horrores en que me he visto envuelto a pesar mío? Eran obra de los dioses que vengaban en nuestra raza no sé qué antigua ofensa; pero no encontrarás contra mí el reproche legítimo de un solo crimen en cuanto he cometido con los míos y conmigo. En efecto, dime cómo, porque un oráculo predijo a mi padre que debía morir a manos de su hijo; podrías, con justicia, hacerme un reproche a mí, a quien mi padre y mi madre no me habían aún dado el ser, a mí que no había nacido. ¿Y cómo si, por la fatalidad que parece haberme perseguido, combatí con mi padre y le maté, sin saber lo que hacía, cómo, digo, puedes reprocharme con fundamento un crimen tan involuntario? ¡Desgraciado, no te avergüenzas de obligarme a hablar aquí de mi himeneo con mi madre, que era tu hermana! ¡Qué himeneo! Lo diré, no lo callaré, ya que tu boca impía ha llegado a ese exceso de audacia. Sí, me llevó en su seno, me dio la vida ¡infeliz de mí!, y después de haberme engendrado, sin conocerme, sin conocerse a sí misma, me dio hijos que son su oprobio. Pero bien sé que gustas de tronar contra ella y contra mí. Por lo que a mí toca, a mi pesar casé con ella, y a mi pesar lo recuerdo. Pero, ni por tal himeneo ni por la muerte de mi padre, que te complaces tan a menudo en reprocharme amargamente, seré tenido nunca por un hombre perverso. Respóndeme tan sólo, hombre justo, ¿si alguno viniese de súbito a atacarte, irías a informarte de si el agresor era tu padre, o te apresurarías a castigarle? Yo pienso que, por poco cara que te sea la vida, te vengarías al punto del culpable, sin considerar si eso sería un crimen o no. He aquí, sin embargo, la naturaleza de los crímenes a que la mano de los dioses me condujo; son tales, que si mi padre levantara la cabeza, no creo que se atreviese a reprochármelos; pero tú, que, sin conocer la justicia, no ves en tus palabras inconsideradas sino justicia y razón, ¡me reprochas mis desgracias delante de este pueblo! Te cuadra mucho, después de eso, halagar el gran nombre de Teseo y lisonjear a Atenas a propósito de la gloria de sus hijos. En medio de tales elogios, echas en olvido uno muy esencial; y es que, si hay en el mundo una ciudad que sepa honrar a los dioses, es Atenas la que supera en esa virtud a todas las demás; ¡y no obstante, vienes a arrancar de su seno a un anciano suplicante y, alzando la mano sobre mí, te atreves a robarme a mis hijas! En pago de eso, me prosterno ante las diosas aquí presentes; las invoco, las conjuro con mis plegarias a que vengan en nuestro socorro y combatan a nuestro lado; así sabrás a qué hombres está encomendada la defensa de esta ciudad.

El Coro (A Teseo.)

Señor, este extranjero es de corazón virtuoso; sus infortunios son horribles y le hacen digno de nuestro interés en su defensa.

Teseo

Basta de palabras. ¡Mientras los raptores apresuran su marcha, nosotros, sobre quienes cae tal ultraje, permanecemos inactivos!

Creón

¿Qué exigís de mí en el abandono en que me hallo?

Teseo

Marchar ante mí por ese camino y conducirme al sitio donde tenéis ocultas a las hijas que consideramos como nuestras. Si los raptores las arrastran en su fuga, no hay que inquietarse mucho por ello, se les seguirá, y no tendrán motivo para dar gracias al cielo de haber escapado sanos y salvos de esta tierra. Conducidnos, pues, y pensad que habéis llegado a ser nuestra presa persiguiendo a la vuestra. La fortuna os ha cogido en la misma trampa que habíais tendido; pues la astucia es un mal medio para adquirir y para conservar. Harto se adivina en vuestra audaz actitud que no habéis llegado a la ligera ni sin apercibiros a hacernos tal ultraje. Os habéis confiado en alguna estratagema al poner mano en esta empresa; pero a mí me toca preverla y no permitir que una ciudad entera ceda en poder a un solo hombre. ¿Me habéis entendido? ¿O pensáis que las palabras que oís y las que oíais cuando concebíais vuestros planes son vanas y frívolas?

Creón

Mientras yo esté aquí no tendré nada que oponer a cuanto me digáis; pero de vuelta a mi patria, sabré lo que he de hacer.

Teseo

Amenazad, pero echad a andar, y vos, Edipo, permaneced tranquilo aquí, y creed que, si no muero, no tendré punto de reposo hasta que os haya devuelto a vuestras hijas.

(Salen. Edipo queda solo en escena con el Coro.)

Edipo

¡Quiera el cielo, oh Teseo, que recojáis el fruto de los cuidados generosos y benéficos que os tomáis por nosotros!

ESCENA V

EDIPO, el Coro

El Coro

¡Quién se hallase donde pronto unos y otros han de encontrarse, han de mezclarse y han de hacer resonar la voz de bronce del dios Ares! ¡Quién se hallase en los campos de Maratón o en las riberas de Eleusis, profusamente fulgurantes, donde las venerables diosas inician en augustos misterios a los mortales, sobre cuya lengua se posa la llave de oro de los Eumólpidas sus ministros! Allí, sin duda, el valiente Teseo y las dos muchachas a quienes el himeneo no ha sometido aún a su yugo han de hacer resonar por los campos sus penetrantes clamores.

Quizá sea hacia el occidente de la roca blanca, no lejos del burgo de Aca, donde los carros y los caballos encontrarán a los raptores. Se les despojará de su presa, su perseguidor Ares es terrible, y terrible, además, es el valor de los teseidas. Los frenos de los caballos brillan por doquier; los adoradores de Palas guerrera y del dios de los mares, el hijo querido de Rea, avanzan sobre corceles magníficamente engualdrapados.

Entablado el combate, si hemos de dar crédito a nuestros presentimientos, los raptores no tardarán en tener que entregar a la que ha sufrido tantos ultrajes, a la que un pariente ha tratado de un modo tan indigno. Diariamente Zeus castiga de modo semejante. Somos los profetas del éxito del combate: ¡quién pudiera, con las alas rápidas de la paloma, lanzándose al seno de las nubes, ver con sus propios ojos el combate que esperamos! Zeus, soberano del Olimpo, tú que lo ves todo, y tú, Palas, su augusta hija, coronad el valor de los que gobiernan esta tierra; haced que sus soldados no persigan sin fruto su presa. También os suplicamos, Apolo, amigo de la caza, y su hermana, de pies veloces, que os complacéis en la persecución de los ciervos ligeros, que vengáis ambos en socorro de esta tierra y de sus habitantes.