ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
EDIPO, el Coro
El Coro
Extranjero desgraciado (A Edipo.), no diréis que somos profetas mendaces. Diviso a ambas princesas; tornan, están ya cerca.
Edipo
¿Dónde están? ¿Dónde están? ¿Qué decís? ¿Qué me habéis anunciado?
ESCENA II
TESEO, ANTÍGONA, ISMENA, EDIPO, el Coro
Antígona
¡Padre mío, padre mío! ¿Qué dios os concederá el favor de ver con vuestros propios ojos al más generoso de los mortales que nos devuelve a vuestros brazos?
Edipo
¡Hijas mías! ¿Estáis aquí, en efecto, ambas?
Antígona
El brazo de Teseo y de sus valerosos guerreros nos ha salvado.
Edipo
Venid, hijas mías, venid; abrazad a vuestro padre, dadle este placer de que no esperaba ya gozar.
Antígona
Seréis satisfecho; nuestros deseos responden a los vuestros.
Edipo
¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis?
Antígona
Henos aquí a una y a otra.
Edipo
¡Hijas queridas!
Antígona
¿Las hay que no sean caras al corazón de un padre?
Edipo
¡Apoyos de mi vejez!
Antígona
¡Infortunados sostenes de un infortunado!
Edipo
Tengo en mis brazos lo que me es más querido. Puesto que mis dos hijas están junto a mí, no moriré del todo desgraciado. Hijas mías, apoyaos sobre mi pecho, apretad vuestro cuerpo contra el de quien os dio el ser; haced olvidar a mi corazón desdichado mi soledad y mis fatigas. Decidme cuanto ha sucedido, y decídmelo en pocas palabras, como cuadra a vuestra edad.
Antígona
He aquí a quien nos ha salvado; eso es cuanto os importa saber, padre mío, y estas pocas palabras bastan para vos y para mí.
Edipo (A Teseo.)
No os asombre, oh príncipe, que cuando mis hijas me son devueltas contra toda esperanza, me abandone al placer de abrazarlas. Harto sé que a vos, a vos sólo, os debo tan grande beneficio; sólo vos entre todos los mortales me habéis conservado a mis hijas. Que los dioses, como deseo, os lo premien, a vos y a esta comarca, ya que sólo aquí, sólo entre vosotros, he hallado la piedad, la justicia y la verdad. Teniéndolo en cuenta, ved con qué palabras quiero responder a vuestros beneficios, pues lo que tengo, lo tengo por vos y por ningún otro de entre los humanos. ¡Dadme, oh rey, la mano, que pueda yo tocarla, que pueda, si me es permitido, besar vuestra frente...! Pero ¿qué digo? ¿Cómo, ¡infeliz de mí!, me atrevería a tocar a un mortal sin mancilla alguna? No os tocaré, no permitiré siquiera que me toquéis; sólo a los que han sufrido semejantes desgracias les corresponde compartir su peso. Pero vos sed dichoso y conservad para mí en lo futuro la misma benevolencia equitativa de que me habéis hoy dado pruebas.
Teseo
En vuestro gozo de recibir a vuestras hijas, no me hubiera sorprendido que hubierais dado aún más extensión a vuestras expansiones con ellas, y aunque hubierais preferido en ese momento conversar con ellas a hacerlo conmigo, no hubiera yo tenido por qué quejarme. Más por las acciones que por las palabras, procuro derramar algún resplandor sobre mi vida; y doy prueba de ello, pues de cuanto os he jurado, nada he dejado de cumpliros, anciano. En efecto, os devuelvo a vuestras hijas, a quienes he salvado y librado de los peligros que las amenazaban. No encareceré a vuestros ojos el desarrollo del combate: lo sabréis por boca de vuestras mismas hijas. Por de pronto, escuchad lo que acabo de oir al llegar aquí. La noticia no es muy importante, pero es natural que os asombre; no hay acción indiferente y que en absoluto no merezca que nos preocupemos de ella.
Edipo
Hijo de Egeo, ¿qué noticia es esa? Dignaos dármela; ignoro lo que podéis haber sabido.
Teseo
Dicen que un hombre, que no es vuestro conciudadano, sino vuestro pariente, ha ido a prosternarse y sentarse al pie del altar de Poseidón, del altar donde yo sacrificaba cuando he acudido.
Edipo
¿De dónde viene y con qué fin se ha sentado al pie de tal altar?
Teseo
Lo ignoro. Sólo sé y se me ha dicho que os pide una entrevista muy corta.
Edipo
¿Qué entrevista? Esa actitud de suplicante no anuncia un asunto de poca importancia.
Teseo
Dicen que no pide sino hablaros y marcharse.
Edipo
¿Quién es ese mortal que se presenta aquí como suplicante?
Teseo
¿No tendríais en Argos algún pariente que pudiera pediros tal gracia?
Edipo
Amigo mío, no vayáis más lejos.
Teseo
¿Qué os pasa?
Edipo
No me preguntéis nada.
Teseo
Explicaos.
Edipo
Por lo que acabo de oir, sé quién es el suplicante.
Teseo
¿Y quién puede ser ese hombre, que estoy ya a punto de odiar?
Edipo
Príncipe, mi hijo, mi detestable hijo, de todos los mortales aquel con quien una entrevista me haría sufrir más.
Teseo
¿No podéis escucharle y no hacer sino lo que gustéis? ¿Tan enojoso es para vos el oirle?
Edipo
Sólo su voz sería para el corazón de un padre el más horrible tormento. ¡No me pongáis en la necesidad de tener para vos tal complacencia!
Teseo
Pero si el derecho de los suplicantes os pone en tal necesidad, tened en cuenta los respetos que yo me vería obligado a tener para el dios.
Antígona
Padre mío, por joven que sea vuestra hija, dignaos atender a sus consejos; dejad al príncipe satisfacer los deseos de su corazón y las voluntades del dios. Concedednos la gracia de dejar venir aquí a mi hermano. Tranquilizaos; cuanto pueda deciros contrario a vuestros propósitos no violentará vuestra voluntad. ¿Qué peligro hay para vos en escucharle? Se pueden juzgar las intenciones por las palabras. Vos, padre mío, le habéis dado el ser, y aunque os hubiera inferido los más crueles e impíos ultrajes, no estaría bien que pretendieseis devolvérselos. Dignaos recibirle. Otros padres han tenido hijos indignos y vivos resentimientos; pero la voz de la amistad tenía sobre ellos un poderoso influjo que subyugaba su ira. No recordéis vuestros males presentes, sino los que habéis sufrido por culpa de vuestro padre y vuestra madre; si los consideráis, estoy segura de que veréis al punto el resultado funesto de una cólera cruel. Privado de la luz del día, vuestros recuerdos son dolorosos; ceded a nuestras súplicas. Es vergonzoso resistir a los que sólo piden justicia, y cuando recibís de ellos trato tan dulce, haríais mal en no saber corresponder a él.
Edipo
Hija mía, vos y Teseo me habéis vencido exigiendo de mí esta complacencia que me pesa. Haced lo que os plazca; pero, príncipe, sólo os pido que no permitáis, si viene aquí, que nadie pueda hacerse dueño de mi destino.
Teseo
Anciano, lo que me habéis pedido una vez, no es preciso que me lo pidáis nuevamente. Evito toda vana ostentación, pero si algún dios vela por mi conservación, me atrevo a responder de la vuestra.
ESCENA III
Los precedentes, excepto TESEO
El Coro
Aquel que, descontento de ver su vida limitada a un corto número de días, desea vivir más, padece, en sentir nuestro, una funesta obcecación, ya que muy a menudo los días sólo se multiplican para acrecentar el dolor en nosotros. El hombre, aun obteniendo más de lo que desea, no es más feliz; aun junto a la tumba es insaciable, aun en la hora fatal en que no hay ya himeneo, ni cantos, ni danzas; aun en la hora, en fin, en que la muerte se presenta.
Hubiera sido mejor para el hombre no haber nacido nunca o no venir al mundo sino para volver cuanto antes a la nada de que ha salido. En efecto, desde que la juventud llega, trayendo consigo tantas frívolas ligerezas, ¿cuál es el hombre que puede escapar a los males que las siguen? ¡Cuántas penas se unen en ellas! Las muertes, las sediciones, las disputas, los combates y la envidia; la vejez viene a suplantarla, la vejez aborrecida, sin fuerza, sin sociedad, sin amigos, en la que los males se amontonan sobre los males.
Llegado a ese término, Edipo es desgraciado; no somos los únicos que nos quejamos. Lo mismo que una roca, en la costa del Norte, es durante la tempestad asediada por las olas que vienen a desplomarse sobre ella por doquier, los males horribles, encadenados uno a otro, vienen rodando sin tregua a herir al desgraciado Edipo; unas vienen de Poniente, otras de Levante; éstos de las regiones del Mediodía, aquellos de las nórdicas en que habita la noche.
ESCENA IV
EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, POLINICIO, el Coro
Antígona
He ahí, padre mío, he ahí, se me figura, al extranjero, que avanza solo y sin séquito, los ojos anegados en lágrimas.
Edipo
¿Quién es?
Antígona
El que habíamos ya sospechado.
Polinicio
¿Qué debo hacer, hermanas mías? ¿Debo verter lágrimas sobre mis propias desgracias o sobre las de un padre que encuentro aquí con vosotras, cargado de años, errante por una tierra extraña, cubierto con esa indigna vestimenta, que, envejeciendo con él sobre su cuerpo marchito, no es sino un objeto de disgusto y de horror, mientras sus cabellos en desorden son juguete del viento, sobre su rostro privado de la luz? Y sin duda los alimentos con que mantiene su cuerpo infortunado están en armonía con cuanto veo. ¡Desgraciado de mí! He sabido demasiado tarde tan deplorable suerte. Soy, lo confieso, el más malo de los hombres, pero vengo a ofreceros los socorros que os faltan y que no debéis buscar en otra parte. Pensad que el respeto para los suplicantes está sentado sobre el mismo trono de Zeus; que lo esté también junto a vos, padre mío. Se pueden remediar las faltas, pero no se pueden anular... ¡Os calláis, padre mío! Dignaos hablarme. ¿Por qué me esquiváis? ¿Por qué no me respondéis? ¿Me dejaréis ir así, bajo el peso de vuestro desprecio, sin dirigirme ni una palabra, sin explicarme vuestros resentimientos? Hijas de Edipo, hermanas mías, intentad conmigo arrancar algunas palabras a esa boca muda y cruel, haced que no persevere en su silencio y que no me deje ir sin honor, a mí, que soy el suplicante de un dios.
Antígona (A Polinicio.)
Decid, infortunado, decid qué motivo os trae; pues con frecuencia un discurso extenso puede, excitando el interés, el resentimiento, la piedad misma, obligar a hablar a quienes se obstinan en callar.
Polinicio
Me explicaré, pues vuestros consejos merecen ser seguidos. Llamaré por de pronto en mi ayuda al dios que yo imploraba cuando el rey de esta comarca me ha hecho dejar su altar para venir aquí, dándome la seguridad de que podría hablar, escuchar y partir libremente. Ved lo que oso esperar de vosotros, extranjeros, y de vosotros, padre y hermanas mías. Lo que me trae aquí, padre mío, osaré decíroslo. Estoy desterrado de mi patria por haber querido, como primogénito, subir al trono de Tebas. En vez de reconocer tal derecho, Eteocles me ha echado de mi tierra natal, no triunfando de mí con sus razones, su valor o su fuerza, sino atrayendo a su partido a la ciudad entera. La furia que os venga fué, lo confieso, la principal causa, según luego he sabido por la boca misma de los adivinos; pues apenas llegué a los muros de Argos, de la tierra de los dorios, casando con la hija de Adrasto, he tenido por confederados a todos los varones principales de la comarca, cuyo valor los distinguía entre todos; y formando con ellos, contra Tebas, un ejército dividido en siete cuerpos, no tenía yo otro propósito que morir por tan justa causa o expulsar de mi patria a los autores de mi infortunio, y no obstante ¿por qué he venido? Para dirigiros, padre mío, las más humildes súplicas, en mi nombre y en el de mis aliados, que, a la cabeza de siete divisiones, de siete cuerpos, se han lanzado contra las murallas de Tebas. El primero es el valiente Anfiarao, que sobrepuja a todos sus rivales en el arte de combatir con la lanza y de interpretar el vuelo de las aves; el segundo es el etolio Tider, hijo de Eneo; el tercero es Eteocles, nacido en la ciudad de Argos; el cuarto es Hipomedón, a quien su padre Talao envió a dicha expedición; el quinto se envanece de destruir en seguida de arriba a abajo la ciudad de Tebas; su nombre es Capaneo; el sexto ha venido de Arcadia, se llama Partenopeo, y ha tomado ese nombre de su madre Atalante, rebelde durante mucho tiempo al yugo del himeneo; en fin, yo, que soy vuestro hijo, o que al menos debo el ser a un destino funesto, yo a quien llaman vuestro hijo, yo soy quien conduce el intrépido ejército de los argivos. Nos reunimos todos, padre mío, para pediros de rodillas, en nombre de vuestra propia vida, en nombre de vuestras dos hijas, que hagáis ceder vuestra inflexible cólera a los deseos que rebosan en mi corazón de castigar a un hermano que me ha expulsado, que me ha despojado de mi patria. Si en efecto se debe dar fe a los oráculos, aquel de ambos partidos que vos abracéis debe, según ellos, ser el vencedor. Me atrevo, pues, a suplicaros, por las fuentes sagradas, por los dioses de la patria, que calméis vuestros resentimientos y os rindáis a nuestros deseos. Soy, como vos, extranjero y despojado de todo. Vos y yo, sometidos al mismo destino, no tenemos otro asilo que el obtenido por nuestras súplicas; mientras mi hermano (¡infeliz de mí!) reina en su palacio y, entregado allí a la molicie, nos insulta a uno y otro con risas burlonas. Si os dignáis hacer vuestros mis sentimientos, no tardaría yo en confundirlo, sin grandes preparativos ni trabajos. Os llevaré de nuevo a vuestro palacio, os restableceré en él, lo mismo que a mí, luego de haberlo expulsado. Ved lo que me atrevo a prometer con seguridad si vuestra voluntad se une a la mía; pero, sin vos, no tendré siquiera fuerza suficiente para salvar mi vida.
El Coro
En atención a quien os envía ese suplicante, respondedle, Edipo, lo que os cuadre decirle, y despedidle luego de vuestra respuesta.
Edipo
Creed, ciudadanos, creed que a no ser Teseo, el soberano de este país, quien me lo ha enviado, exigiendo que le respondiese, nunca el sonido de mi voz hubiera herido sus oídos; va, pues, a oir lo que se merece, que, sin duda, no llenará su vida de encantos. ¿No fuiste tú, malvado, quien en Tebas, poseyendo el trono y el cetro que tu hermano posee ahora expulsaste a tu padre, le redujiste a vivir sin patria y a llevar estas indignas vestiduras, cuya vista te arranca hoy lágrimas, hoy que te ves en las mismas desgracias que yo? Pero esas desgracias no las lloraré, las soportaré, conservando en mi corazón mientras viva el recuerdo de tu parricidio. Porque tú eres quien me indujiste al estado miserable en que vivo, tú quien me expulsaste, tú quien me pusiste en el trance de errar así, mendigando por doquier mi pan cotidiano. En fin, si yo no hubiera dado el ser a estas dos hijas para mantenerme, hubiera muerto y tú hubieras sido mi asesino. Ellas, ahora, me cuidan, me mantienen y, por el valor que demuestran padeciendo conmigo, tienen harto menos de mujeres que de hombres. Vosotros, hijos ingratos, no sois mis hijos. Por eso el dios vengador que te persigue no te mira aún con los mismos ojos que te mirará cuando todo ese ejército avance hacia los muros de Tebas: pues no derribarás sus murallas, y antes que sean destruidas caerás anegado en tu sangre, y tu hermano contigo. He ahí las imprecaciones que yo había lanzado contra vosotros dos, y que en este momento llamo nuevamente en mi ayuda, para enseñaros a respetar a quienes os han dado la vida y a no humillar con vuestro desprecio a un padre privado de la luz. No es ese el ejemplo que vuestras hermanas os han dado; por lo cual, el palacio, el cetro, que eran vuestros, llegarán a ser su patrimonio, si es verdad que la justicia, fiel a las leyes eternas, está sentada desde el principio de los tiempos en el trono de Zeus. Aléjate, pues, detestable mortal, aléjate, malvado, de un padre que reniega de ti. Acompáñente las nuevas imprecaciones que contra ti invoco: que nunca puedas triunfar de tu patria por las armas ni trasponer de nuevo los muros de Argos, que perezcas a manos de tu hermano, inmolando a ese hermano por quien fuiste expulsado. Oye los votos que hago: Pido al Tártaro, hoy mi dios tutelar, que te reciba en sus tinieblas horribles, llamo en mi socorro a las furias que aquí presiden, al dios Ares, que ha encendido en vuestros corazones la llama de un odio implacable. Ya me has oído; parte y ve a contar a los tebanos y a tus fieles aliados con qué presentes ha premiado Edipo a sus dos hijos.
El Coro
Polinicio, no hay motivo para felicitaros por el éxito de vuestro viaje; partid al punto, apresuraos a volver sobre vuestros pasos.
Polinicio
¡Viaje fatal, deplorable calamidad! ¡Desgraciados compañeros míos! ¿Es esta esperanza con que partí de Argos? ¡Infeliz de mí! ¿Cómo me presentaré ante mis aliados? ¿De qué modo les hablaré? Mudo y confundido, tendré que permanecer hundido en mi infortunio. Hermanas mías, vosotras que sois sus hijas, vosotras que habéis oído las crueles imprecaciones de este padre, en nombre de los dioses, si han de cumplirse en vuestro provecho y volvéis a ver vuestra patria, no me rechacéis con desprecio, concededme los honores fúnebres y depositad mi cuerpo en una tumba. Por grandes que sean las alabanzas que os conquisten hoy los cuidados que prodigáis a vuestro padre, no serán menos lisonjeras las que obtengáis por los que a mí me dediquéis.
Antígona
¡Polinicio, rendíos a mis súplicas!
Polinicio
¿Qué queréis, cara Antígona? Hablad.
Antígona
Volved cuanto antes a Argos con vuestro ejército y no expondréis a un tiempo vuestra vida y la felicidad de la patria.
Polinicio
Lo que me pedís no es posible. ¿Cómo merecería yo mandar este ejército, otra vez, si mostrase hoy algún temor?
Antígona
¿Y para qué habíais de ceder otra vez a vuestros resentimientos? Cuando hayáis destruido vuestra patria, ¿qué bien os vendrá de ello?
Polinicio
Sería vergonzoso huir; verme objeto de las burlas de un hermano menor.
Antígona
¿No tenéis en cuenta que vuestro furor realiza las profecías de un padre que predice que moriréis uno a manos de otro?
Polinicio
Eso quiere, en efecto; pero eso no es para nosotros una razón que nos mueva a ceder.
Antígona
¡Infeliz de mí!... ¿Quién después de oir sus predicciones osará seguiros?
Polinicio
Me guardaré bien de anunciar lo que hay en ellas de funesto. Un buen general debe decir lo que le favorece, no lo que le perjudica.
Antígona
¿Es eso lo que habéis resuelto?
Polinicio
No me retengáis más, es necesario que yo siga mi camino, aunque mi padre y sus furias lo hayan tornado tan temible y tan funesto para mí. Que Zeus, hermanas mías, os abra otro, si me concedéis, cuando muera, los cuidados que os he pedido, pues no podréis ya dedicármelos en vida. Dejadme libre: adiós. Cuando volváis a verme no gozaré ya la luz de los cielos.
Antígona
¡Infeliz de mí!
Polinicio
Cesad de suspirar por mi suerte.
Antígona
¿Quién viéndoos correr a una muerte que prevéis, hermano mío, podría evitar el gemir?
Polinicio
Moriré si es necesario que muera.
Antígona
Hermano mío, no; ceded antes bien a mis consejos.
Polinicio
No me aconsejéis lo que no debo hacer.
Antígona
¡Qué desgracia para mí si he de verme privada de vos!
Polinicio
Los dioses no más lo hacen todo; ellos nos hacen nacer con buena o mala suerte. Yo los invoco en favor vuestro y les pido que aparten de vosotras todos los males. Bien merecéis veros exentas de ellos.
ESCENA V
EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, el Coro
El Coro
Nos han llegado las nuevas calamidades, los males terribles anunciados por ese anciano ciego, aunque el destino no haya todavía hecho llegar su hora; pues la autoridad de los dioses nunca es vana. El tiempo, sólo el tiempo lo ve todo; realiza unas cosas hoy y otras mañana. ¡Pero el trueno resuena, oh Zeus!
Edipo
¡Hijas mías, hijas mías! ¿Algún habitante de estos lugares querría traerme al virtuoso Teseo?
Antígona
¿Qué razón, padre mío, os hace desear su presencia?
Edipo
El rayo alado de Zeus me conducirá en breve a los infiernos. Enviad cuanto antes en busca del rey.
El Coro
Escuchad con qué ruido terrible, el dios hace murmurar su rayo. Nuestros cabellos se encrespan de espanto, nuestro corazón se hiela, los relámpagos aumentan e inflaman los cielos. ¿Cuál será el fin de tal presagio? Lo tememos: no en vano tiene lugar; alguna calamidad le seguirá... ¡Oh Éter, oh Zeus!
Edipo
Hijas mías, mi término, predicho por los oráculos, ha llegado: no hay ya medio de evitarlo.
El Coro
¿Cómo lo sabéis? ¿En qué signo lo habéis conocido?
Edipo
Lo sé y basta. Que se apresuren a traer al soberano de esta comarca.
El Coro
¡Oh cielos, oid de nuevo resonar en los aires ese ruido terrible! ¡Sednos propicio, gran dios, sednos propicio! ¡Y si es un signo funesto para nuestra patria, que se nos torne favorable! ¡Que la presencia de un anciano desgraciado no vuelva contra nosotros nuestros beneficios! Zeus, a ti nos dirigimos.
Edipo
¿Viene Teseo? ¿Podrá, hijas mías, encontrarme con vida aún, con conocimiento?
Antígona
¿Qué prenda de vuestra fe queréis dar a su corazón?
Edipo
Quiero, por los beneficios recibidos de él, darle la útil recompensa que mi boca le ha prometido.
El Coro
Venid, hijo, venid, aunque estéis en la playa, ocupado en hacer un nuevo sacrificio en los altares de Poseidón, acudid. Este extranjero quiere daros a vos y a la ciudad el justo premio de vuestros beneficios. Apresuraos, príncipe, apresuraos.
ESCENA VI
Los precedentes, TESEO
Teseo (Al Coro.)
¿Qué gritos son esos que unánimemente hacéis resonar en los aires? He reconocido vuestra voz, he reconocido la de este extranjero. ¿Es el rayo de Zeus, es la granizada lo que le excita? Se puede conjeturar todo entre los horrores de semejante tempestad.
Edipo
Príncipe, deseo vuestra presencia. Un dios, sin duda, ha conducido aquí vuestros pasos.
Teseo
¿Qué ocurre, hijo de Layo?
Edipo
Que ha llegado el fin de mi vida. No quiero morir sin mostrarme fiel a las promesas que os he hecho a vos y a esta ciudad.
Teseo
¿Y en qué fundáis las conjeturas de vuestra muerte?
Edipo
Los dioses mismos, los dioses, que no engañan nunca, son los heraldos que me la anuncian por los signos con que acaban de avisarnos.
Teseo
¿Y cómo, anciano, os lo han manifestado?
Edipo
Con los frecuentes truenos, con las flechas de fuego que lanza una mano invencible.
Teseo
Os creo; pues he visto que sabéis predecir y que vuestros labios ignoran la mentira. Decidme, pues, qué hay que hacer.
Edipo
Lo que voy a haceros saber, hijo de Egeo, es para esta ciudad un beneficio perdurable. En breve yo solo y sin guía os conduciré al lugar donde debo morir. Guardaos de descubrir a nadie dónde está oculto, ni hacia qué lado puede estar, si queréis que sea siempre para vos, contra los países vecinos, una defensa superior a una multitud de lanzas y broqueles. Quiero evitar el revelárselo a ninguno de estos ciudadanos y hasta a mis hijas, pese al amor que les profeso. Sed siempre el fiel depositario de este secreto, y cuando lleguéis al fin de vuestra vida, no se lo confiéis sino a quien haya de ocupar el primer rango, quien a su vez no se lo revelará sino a su sucesor: con lo que haréis de esta ciudad un escollo insuperable contra todo esfuerzo de los tebanos. ¡Cuántas ciudades, aun estando muy bien gobernadas, se han dejado cegar por el orgullo! Pero las miradas de los dioses, aunque tardíamente, se posan al fin sobre quien, rechazando las leyes de la piedad, se abandona a sus arrebatos. ¡Que el cielo os libre, hijo de Egeo, de exponeros a tal desgracia!; pero lo que puedo deciros a ese propósito, lo sabéis ya. Vamos, pues, porque la orden de Zeus me apremia; marchemos, sin desviarnos, hacia el lugar que me espera. Hijas mías, seguidme; yo os guiaré hoy como vosotras habéis guiado a vuestro padre. Retiraos, no me toquéis, dejadme a mí encontrar la tumba sagrada donde el destino quiere que yo me sepulte en el seno de esta tierra... Venid, venid adonde me conducen Hermes y la diosa de los infiernos... ¡Oh luz, que perdiste la claridad para mí, en este instante vuestros rayos alumbran mi cuerpo por última vez; pues estoy en el término de mi vida y voy a hundirme en los infiernos! ¡Oh Teseo, el más caro de cuantos me han dado hospitalidad, oh tierra, oh ciudadanos, sed por siempre felices, y en medio de vuestra dicha recordad mi muerte!
(Salen. El Coro queda solo.)
El Coro
¡Diosa invisible, y vos, Hades, soberano de la eterna noche, si nos es permitido dirigiros nuestras plegarias, haced, os lo rogamos, que ese anciano alcance una muerte apacible, sin angustias, y descanse dulcemente en la laguna Estigia, en la región de los muertos donde todo se suma! Y vos, extranjero, después de tantos tormentos sufridos sin merecerlos, ¡que un dios justo os mire con ojos benignos!
Diosa subterránea, y tú, invencible guardián de los infiernos, monstruo horrible a quien nos representan gruñendo y acostado ante las puertas de Hades, hijo del Tártaro y de la Tierra, te suplicamos que acojas con dulzura al extranjero que va a precipitarse en la morada subterránea de los muertos: te invocamos a ti, cuyo sueño dura eternamente.