ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Un MENSAJERO, el Coro
El Mensajero
Ciudadanos: puedo en pocas palabras anunciaros la muerte de Edipo; mas para las circunstancias de este acaecimiento unas breves palabras no bastan.
El Coro
¡Ha muerto el infortunado!
El Mensajero
Ha dejado esta vida para siempre.
El Coro
¿De qué manera? ¿Su fin ha sido al menos dulce? ¿Parecía obra de un dios?
El Mensajero
De un modo digno de admiración. En efecto, habéis visto vosotros, que estabais presentes, cómo ha partido de aquí sin ser guiado por nadie, y sirviéndonos de guía a nosotros. Apenas ha llegado al umbral del abismo que se arraiga a la tierra por una escalera de bronce se ha detenido hacia el sitio donde el camino se divide en varios ramales, cerca del profundo cráter donde reposan los monumentos de la eterna amistad que Teseo y Pirítoo se juraron en otro tiempo. Se ha sentado a distancia igual de la crátera, de la roca tórica, de una tumba de piedra y de un peral salvaje cuyo tronco está carcomido por los años. Se ha despojado de los repugnantes harapos que le cubrían, y llamando a sus hijas, les ha ordenado que le busquen un agua pura para baños y libaciones. Ambas han corrido a la colina de la fecunda Deméter que se divisa no lejos de allí y han ejecutado presurosas los deseos de su padre. Le han bañado y lo han cubierto con vestiduras nuevas, conforme a los ritos prescritos. Apenas ha gustado las dulzuras de los servicios que le prestaban; apenas todas sus órdenes han sido cumplidas, Zeus ha hecho sonar su trueno subterráneo. Las dos muchachas, estremeciéndose al oirlo, se han prosternado ante su padre, deshechas en lágrimas, golpeándose el pecho y lanzando largos gemidos. Edipo, en cuanto ha oído ese ruido espantoso, extendiendo ambos brazos sobre sus hijas: «Hijas mías —ha dicho— no tenéis ya padre; todo ha acabado para mí. No tendréis ya que soportar las penosas fatigas que os causaba el cuidado de mi subsistencia; eran crueles, lo sé; pero para endulzar los más rudos trabajos, os bastaba saber que nadie os amará nunca más que yo. Me perdéis hoy, y el resto de vuestra vida va, desde ahora, a deslizarse en esa privación amarga.» A estas palabras padre e hijas se han abrazado, llorando y sollozando. Al fin, calmado su llanto, y habiendo sucedido el silencio a sus gritos, una voz se ha hecho oir de repente, llamando a Edipo. El pavor ha sobrecogido a los presentes y el pelo se nos ha erizado. La voz del dios se ha oído diciendo: «¡Edipo, Edipo! ¿Qué nos detiene? Marchemos. Tardas demasiado.» Apenas ha reconocido la voz del dios ha invitado a Teseo a acercarse y le ha dicho: «Amigo mío, dadme la mano, en prenda de la fe constante que os liga a mis hijas; vosotras, hijas mías, dádmela también. Príncipe; prometedme no hacerlas nunca daño voluntariamente, sino velar por sus intereses y hacer por ellas cuanto podáis.» Teseo, como hombre generoso, le jura, conteniendo las lágrimas, cumplir sus deseos. Hecho este juramento, Edipo, colocando sus manos trémulas sobre sus hijas, les ha dicho: «Hijas mías, es preciso que, con un noble valor, os alejéis de aquí y no me pidáis ver ni oir lo que os está vedado. Retiraos al punto; que Teseo quede solo y sea testigo de lo que ha de ocurrir.» A tal orden, que hemos oído todos, nos hemos retirado, gimiendo y derramando lágrimas, detrás de sus hijas. Pero, apenas alejados un poco, hemos vuelto la cabeza; Edipo había desaparecido y Teseo, la mano en el rostro, se tapaba los ojos, como aterrorizado al aspecto de un horrible espectáculo. Luego le hemos visto prosternarse y adorar a la vez la Tierra y el Olimpo do residen los dioses. Sólo Teseo entre los mortales podría decir de qué guisa ha perecido Edipo; pues ni el rayo ha caído sobre él para reducirle a cenizas, ni la tempestad ha venido del seno de los mares para arrebatarlo; pero o algún dios se lo ha llevado, o la tierra se ha abierto por sí misma para proporcionarle un fácil paso a los infiernos. No ha sucumbido, en fin, atormentado por las angustias de una enfermedad. Hay menos motivo para llorarle que para admirarle entre todos los humanos. Si alguien juzga que he dicho cosas insensatas no trataré de persuadirle.
El Coro
¿Dónde están ahora las dos hijas de Edipo y los amigos que las acompañaban?
El Mensajero
Aquí se acercan. Harto las anuncian sus gemidos.
ESCENA II
ANTÍGONA, ISMENA, el Coro
Antígona
¡Cuán desgraciadas somos! Hoy hemos de llorar, y el resto de nuestra vida la sangre a quien se la debemos, la sangre lamentable de un padre por quien hemos constantemente padecido trabajos y por quien hasta nuestra muerte, nuestros ojos y nuestro corazón han de padecer todavía tanto.
El Coro
¿Qué ha sucedido?
Antígona
Lo que no podría imaginarse, amigos míos.
El Coro
¿Ha muerto?
Antígona
De la manera que vosotros más habríais deseado. ¿Qué otra cosa mejor puede desearse? No ha tenido que sufrir el embate de Ares ni el del mar, sino que las entrañas de la tierra, abriéndose a la luz, se han apoderado de él y han puesto fin a su vida de una manera inesperada. ¡Ahora una noche funesta se tiende para siempre ante nuestros ojos! ¿En qué tierra apartada; sobre qué olas tempestuosas habremos de errar y buscar el sustento para conservar una vida insoportable?
Ismena
¿Quién sabe? ¡Que el dios de los muertos me lleve a su imperio y me junte a mi padre! Lo que me resta de vida no es ya nada para mí.
El Coro
¡Oh las más generosas de todas las hijas!, hay que sufrir con valor los males que los dioses os envían; no os dejéis extraviar por vuestro dolor; vuestra suerte no es tan deplorable.
Antígona
Añoro ¡ay! hasta los males que compartía con él; lo que había en ellos de más penoso era un placer para mí cuando le sostenía en mis brazos. ¡Padre mío, amigo mío, a quien las tinieblas de la tierra ahora envuelven, nunca vuestra vejez dejó de serme cara! ¡Que no cese yo nunca de amar vuestra memoria!
El Coro
¿Ha muerto, pues?
Antígona
Ha muerto como deseaba.
El Coro
¿Qué decís?
Antígona
Ha muerto en esta tierra extraña donde deseaba morir. El lecho fúnebre donde reposa está cubierto de eterna obscuridad y el duelo en que nos deja nos hará verter lágrimas inagotables. Sí, padre mío, para siempre mis ojos os han de llorar; no tengo en mi dolor consuelo alguno. ¡Debíais, ¡ay!, morir en una tierra extraña y dejarme al morir en tan triste abandono!
Ismena
¡Desgraciadas! ¡Privadas una y otra de un padre querido, a qué abandono, también a qué estado miserable me veo condenada con vos, hermana mía!
El Coro
Amigas nuestras; puesto que ha acabado tan felizmente su vida, cesen vuestras quejas. No hay nadie que escape a la desgracia.
Antígona
Volvamos sobre nuestros pasos, hermana.
Ismena
¿Qué pretendéis hacer?
Antígona
Un deseo me posee.
Ismena
¿Qué deseo?
Antígona
Ver la morada subterránea...
Ismena
¿De quién?
Antígona
De mi padre. ¡Cuán desgraciada soy!
Ismena
¿Lo creéis permitido? ¿No veis...?
Antígona
¿Cuál es el objeto de vuestro reproche?
Ismena
¿No veis? Digo...
Antígona
¿Qué queréis? vuelvo a preguntaros.
Ismena
Ha muerto sin tumba, sin testigos...
Antígona
Llevadme allí, y cuando lleguemos quitadme la vida.
Ismena
¡Desgraciada! ¿Y cómo podría yo soportar el peso de mi vida condenada a la indigencia y a la soledad?
El Coro
Amigas nuestras, no temáis nada.
Antígona
¿Dónde huiré?
El Coro
Habéis ambas, huyendo de vuestro país, evitado los peligros a que estabais expuestas.
Antígona
Yo pienso...
El Coro
¿Qué?
Antígona
Cómo volveremos a nuestra patria, y no veo medio alguno.
El Coro
Dejad de pensar en ello. Sería muy penoso.
Antígona
Lo es hace mucho tiempo; antes por superar a nuestras esperanzas, ahora por superar a nuestras fuerzas.
El Coro
¡En qué vasto mar de inquietudes habéis caído!
Antígona
¿Dónde, oh Zeus, dirigiremos nuestros pasos? ¿Hacia qué esperanzas un dios favorable me conducirá ahora?
ESCENA III
Los precedentes, TESEO
Teseo
Hijas mías, cesen vuestros llantos. No cuadra verter lágrimas en una ocasión en que esta comarca os demuestra su espíritu benéfico; sería un ultraje.
Antígona (A Teseo.)
Hijo de Egeo, nos prosternamos ante vos.
Teseo
¿Qué queréis de mí, hijas mías?
Antígona
Ver con nuestros propios ojos la tumba de nuestro padre.
Teseo
Eso os está vedado.
Antígona
¿Qué decís, soberano de Atenas?
Teseo
Hijas mías, él mismo me ha prohibido dejar nunca a nadie acercarse a tal sitio y descubrir a mortal alguno el asilo sagrado donde reposa. Sólo permaneciendo fiel a sus órdenes, me ha dicho, puedo poner para siempre esta comarca al abrigo de toda desgracia. El genio que vela sobre nosotros y Zeus que lo oye todo han escuchado mis juramentos.
Antígona
Ya que tal fué su voluntad, me someto a ella. Enviadnos a Tebas, que podamos prevenir al menos el golpe mortal que dos hermanos intentan asestarse.
Teseo
Haré lo que me pedís y todo lo que pueda seros ventajoso y halagar al que acaba de descender a las entrañas de la tierra. No me cansaré de seros útil.
El Coro
Suspended, pues, el curso de vuestros gemidos, gustad algún reposo. Cuanto el rey os ha prometido se realizará.
Fin de EDIPO EN COLONA