ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Un MENSAJERO, el Coro
El Mensajero
Conciudadanos de Cadmo, habitantes de los muros de Amphyon, no hay para los mortales ningún estado en la vida que yo quisiera envidiar o lamentar; la fortuna, sucesivamente, derriba al hombre feliz y levanta al infortunado. Estos acontecimientos están por cima de la ciencia de los adivinos. ¡Cuán digno de envidia se me figuraba Creón! Había salvado la tierra de Cadmo; había heredado el gobierno supremo de toda la comarca; gozaba de su poder y de la gloria de tener hijos generosos. Ahora todo ha desaparecido, pues cuando la alegría abandona a los mortales, su vida no es ya nada a mis ojos, sólo son ya cadáveres animados. Creón, si queréis, posee en su palacio inmensas riquezas, puede vivir revestido de todo el fausto de su rango; pero si, en medio de todos esos bienes, la felicidad se le escapa, yo no daría una sombra de humo por tantas ventajas sin gusto.
El Coro
¿Qué desgracia ocurrida a nuestros amos venís a anunciarnos?
El Mensajero
Han muerto, y los que aún viven han causado su pérdida.
El Coro
¿Quién ha herido? ¿Quién ha muerto? Explicaos.
El Mensajero
Hemón ya no existe: ha muerto por su mano.
El Coro
¿Por la suya o por la de su padre?
El Mensajero
Por la suya propia, arrebatado de furor contra su padre por la muerte de Antígona.
El Coro
¡Oh Tiresias, qué bien habéis profetizado!
El Mensajero
En una desgracia tan grande, pensemos al menos en prever lo demás.
El Coro
He ahí a la esposa de Creón, la desgraciada Eurídice, a quien el acaso conduce o que sale de su palacio enterada de la muerte de su hijo.
ESCENA II
EURÍDICE, el MENSAJERO, el Coro
Eurídice
Ciudadanos, he oído vuestra voz en el momento en que yo salía para ir a orar al templo de Palas; al abrir la puerta, el rumor de alguna desgracia doméstica ha venido a herir mi oído; el temor me ha sobrecogido y he caído casi desvanecida en brazos de mis mujeres. ¿Qué decís? Repetídmelo. He sufrido ya males para tener la fuerza de escucharos.
El Mensajero
Mi querida ama, os diré lo que he presenciado, no disfrazaré la verdad. ¿De qué me serviría suavizarla? Pronto sería cogido en mentira; la verdad no perece nunca. Había yo seguido los pasos del rey hasta en medio del campo donde estaba aún el cadáver infortunado de Polinicio, que los perros devoraban. Dirigimos nuestras plegarias a Perséfone y a Hades; les pedimos que calmasen su iracundia; derramamos sobre Polinicio las aguas lustrales; reunimos sus lamentables restos sobre ramas recién cortadas y nos servimos de la misma tierra del campo para levantarle una tumba piramidal; luego nos dirigimos hacia la roca donde la princesa ha hallado el tálamo que había de unirla a la muerte. De pronto, en el fondo de aquella tumba privada de obsequios, uno de nosotros oye resonar dolorosos gemidos; se lo participa al rey, que, acercándose más, no tardó él mismo en distinguir aquellos acentos quejumbrosos sin conocer la causa. Sin embargo, lanzando un grito lamentable: «¡Ay de mí —dijo—, mis presentimientos serían verdaderos! ¿Me llevarán mis pasos a la mayor de las desgracias? La voz de mi hijo ha resonado en mi oído. Esclavos, corred, volad a la tumba de Antígona; acercaos a la piedra que la cierra; penetrad en la abertura que forma la entrada; decidme si es la voz de mi hijo, o si algún dios me ha engañado.» Ejecutamos las órdenes de nuestro amo enloquecido; vimos a Antígona colgada de la bóveda del subterráneo; su cinturón era el nudo que había corrido en torno de su cuello. Hemón la oprimía en sus brazos por la cintura, deplorando la pérdida de sus amores, la crueldad de su padre y el destino de su amante. Creón, ante tal espectáculo, avanza, y lanzando gritos, gemidos horribles: «Hijo mío, ¿qué hacéis? ¿Dejáis extraviarse vuestro espíritu? ¿A qué desesperación os entregáis? Salid, hijo mío, salid, os lo suplico yo.» Pero Hemón, lanzándole una mirada fiera y llena de horror, sin responder nada saca su espada de dos filos. Creón huye y esquiva sus golpes. Volviendo luego su cólera contra sí propio, el infortunado hunde su espada en su seno, y, conservando todavía su amor, estrecha a Antígona entre sus brazos moribundos, lanza los últimos suspiros y enrojece con su sangre, que sale con sus sollozos, las mejillas lívidas de su amante. Así, estos dos esposos, reunidos en la morada de los muertos, están acostados uno junto a otro, para enseñar a los humanos que la imprudencia es el más funesto de todos los males.
ESCENA III
El MENSAJERO, el Coro
El Coro
¡Cielos! ¿Qué debemos pensar? La reina ha desaparecido sin que palabra alguna salga de su boca.
El Mensajero
Mi asombro es igual al vuestro. Me inclino a creer que habiendo oído la desgracia de su hijo, temerá dejar estallar sus lamentos a los ojos de los tebanos, y que habrá ido con su dolor al palacio, para poder abandonarse a él en medio de sus mujeres. Conoce demasiado la prudencia para hacer nada que...
El Coro
No sabemos; un excesivo silencio se nos antoja temible. Los gritos inmoderados no tienen enojosos efectos.
El Mensajero
Pronto veremos, entrando en el palacio, si su corazón medita en secreto algo funesto. Un silencio sobrado profundo debe alarmar.
ESCENA IV
El Coro
Ved al rey, que avanza llevando en sus manos, si tal puede decirse, un monumento, no de las faltas ajenas, sino de las suyas propias.
ESCENA V
El Coro, CREÓN
Creón
¡Oh por demás crueles y por demás funestos extravíos de mi espíritu culpable! ¡Ved, tebanos, entre los de la misma sangre, el asesino y la víctima! ¡Oh deplorable prisión, oh hijo mío, hijo mío! En la primavera de tu vida has perecido de una muerte prematura, no por tu imprudencia, sino por la mía.
El Coro
¡La justicia se ha mostrado bien tarde a vuestros ojos!
Creón
¡La conozco al fin por mis desgracias! Armado de una maza terrible, un dios ha golpeado mi cabeza, me ha precipitado en abismos espantosos, y de un puntapié ha derribado el edificio de mi dicha. ¡Cuántos, cuántos tormentos reservados a los mortales!
ESCENA VI
Los precedentes, un ESCLAVO
El Esclavo
¡Amo mío, además de las desgracias que habéis sufrido, que tenéis ante los ojos, que lleváis con vos, os queda todavía algo muy doloroso que encontrar en vuestra casa!
Creón
¿Qué males pueden añadirse al horror de los que sufro?
El Esclavo
La madre del hijo que lloráis, la reina, ha muerto; madre infortunada, expira herida por un golpe mortal.
Creón
Insaciable abismo de Hades, ¿por qué quieres consumar mi pérdida? Y tú, que vienes a traerme tan funestas nuevas, ¿qué has dicho?
El Coro
¡Desgraciado! Vienes a hacer morir de nuevo a un muerto.
Creón
¿Qué dices? ¿Qué acontecimientos vienes a noticiarme? ¡La muerte de mi mujer después de la de mi hijo!
El Esclavo
Podéis juzgar por vuestros ojos. La reina no había aún llegado al interior del palacio.
Creón
¡He ahí un nuevo objeto de dolor! ¿A qué destino, oh dioses, estoy llamado aún? ¡Desgraciado! Tengo en mis brazos a mi hijo, que acaba de expirar; tengo ante mis ojos el cuerpo ensangrentado de mi esposa. ¡Madre infortunada, hijo mío!
El Esclavo
Ha comenzado por deplorar la muerte ilustre y prematura de su primer hijo y el destino de Hemón; luego ha prorrumpido en imprecaciones contra vos, a quien consideraba como el asesino de su hijo, e hiriéndose con un hierro agudo, ha caído a los pies del altar, cerrando los ojos a la luz.
Creón
¡Cielos! ¡Oh dioses! ¡Mi alma está confundida de horror! ¡Y que no me hundan una espada en el seno! ¡Infortunado, he caído en un abismo de calamidades!
El Esclavo
Os miraba al morir como único autor de tantos males.
Creón
¿Pero de qué manera ha acabado sus días?
El Esclavo
Hiriéndose a sí misma en cuanto ha sabido el deplorable destino de su hijo.
Creón
Sólo yo entre los mortales, sólo yo la causa de tantas desgracias. ¡Infortunado, yo te he dado la muerte! Esclavos, apartadme de estos lugares, llevadme cuanto antes como si no viviera ya, como si no fuera ya nada.
El Coro
Lo que pedís es una ventaja para vos, si la hay en los males. Para abreviar los que se tienen a la vista, el mejor partido es huir de ellos.
Creón
Que aparezca, que venga, pues, el momento deseado que ha de rematar mi existencia; que venga, que no vea yo más la luz del día.
El Esclavo
Tales votos son para el porvenir; mas para el presente, ¿qué hay que hacer? A los que atañe ese cuidado les toca ocuparse de él.
Creón
Sólo pido la muerte, no deseo otra cosa.
El Esclavo
Cesad de desear; no es dado a los mortales evitar el infortunio que les reserva el destino.
Creón
¡Llevadme, llevaos a este insensato que, a su pesar, te ha hecho perecer, hijo mío, lo mismo que a vos, cara esposa! ¡Infortunado! No sé ya dónde dirigir mis ojos y mis pasos: todo ha huído de mis manos; y una desgracia superior a mis fuerzas se ha desplomado sobre mi cabeza.
ESCENA VII
El Coro
¡Cuán preferible es la prudencia a la fortuna! Hay que guardarse de ofender a los dioses. La escandalosa vanidad de los hombres presuntuosos les atrae con frecuencia crueles suplicios que les enseñan demasiado tarde a conocer la prudencia.
Fin de ANTÍGONA