ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
TIRESIAS, CREÓN, el Coro
Tiresias
Jefes de los tebanos, vengo aquí guiado por otros ojos que los míos, pues un ciego no puede andar sino con su conductor.
Creón
¡Respetable anciano, oh Tiresias! ¿Qué hay de nuevo?
Tiresias
Lo vais a saber, pero obedeced al adivino.
Creón
No me he apartado nunca de vuestros consejos.
Tiresias
Por eso conducís con mano feliz el timón de esta ciudad.
Creón
Las ventajas que he obtenido lo atestiguan.
Tiresias
Pensad ahora que estáis en el sendero más resbaladizo de la fortuna.
Creón
¿Qué sucede? Vuestras palabras me hacen temblar.
Tiresias
Lo sabréis cuando hayáis oído los indicios que mi arte me ha proporcionado. Retirado en el antiguo asilo donde acostumbro a observar el vuelo de multitud de aves que allí se congregan, he oído a algunas que, con furor, lanzaban gritos salvajes que yo no conocía, y que con sus garras ensangrentadas se destrozaban unas a otras (yo lo he advertido fácilmente por el ruido espantoso de sus alas). Lleno de temor, he querido examinar las víctimas que estaban sobre el fuego de los altares; pero la llama no brillaba ya: las carnes, punto menos que reducidas a cenizas, estaban cubiertas de una especie de moho que humeaba y burbujeaba a intervalos; las partes superiores de las entrañas estaban esparcidas, y los muslos de las víctimas se hallaban separados de la grasa que los envolvía. He aquí los presagios funestos que este niño me ha comunicado para los misterios de mi arte; pues este niño me guía como yo guío a los demás; y he aquí lo que yo añado. La detención que habéis llevado a cabo ha puesto la ciudad en peligro. Los altares, los fuegos sagrados están llenos de las carnes ensangrentadas del desgraciado hijo de Edipo, que las aves y los perros llevan allí de todas partes. Los dioses no reciben ya ni nuestras plegarias, ni nuestro incienso, ni el humo de nuestros sacrificios. Las aves, hartas de sangre humana, no dejan oir sino gritos funestos. Pensadlo, hijo mío, el error es común a todos los mortales; pero cuando un hombre se engaña, es sabio, es feliz si remedia el mal que le ha sorprendido y si no permanece inconmovible. La presunción nos condena a la ignorancia. Cesad, pues, de perseguir a un muerto, no hiráis a quien ya no existe. ¿Qué valor hay en triunfar de un cadáver? Mi corazón no quiere más que vuestro bien, y mi boca os lo muestra: cuando los consejos nos son útiles es grato el escucharlos.
Creón
Anciano, no cesáis, ni vos ni vuestros semejantes, de lanzar vuestros dardos contra mí; no es nuevo que me vendáis y traicionéis; pero aunque la codicia os procurase todo el oro de la India y las riquezas de los sardos, no conseguiréis nunca inhumar a Polinicio, aunque las águilas de Zeus fueran hasta su trono a llevar los pedazos sangrientos de su cadáver; el temer tal mancilla no podría obligarme a dejarlo inhumar. Bien sé que no está en el poder de los mortales mancillar a los dioses. Anciano, los hombres más hábiles se exponen a fracasos vergonzosos cuando el cebo de la ganancia les inspira vergonzosas palabras.
Tiresias
¡A quién le es posible concebir...!
Creón
¿Qué? ¿Qué anuncia aún ese exordio?
Tiresias
¡Cuán por encima la prudencia está de las riquezas!
Creón
Tanto más, a mi juicio, cuanto que la imprudencia es el mayor de los males.
Tiresias
Y ese es el mal de que estáis ahora atacado.
Creón
No quiero devolver a un adivino injurias por injurias.
Tiresias
Sois vos quien me ultrajáis, acusando mis predicciones de falsedad.
Creón
El amor al oro domina en la raza de los adivinos.
Tiresias
Y el amor a los provechos vergonzosos en la de los tiranos.
Creón
¿Sabéis con quien habláis?
Tiresias
Lo sé, pues a mí me debéis el trono y la salvación de la ciudad.
Creón
Poseéis las luces de un hábil adivino; pero os complacéis en la injusticia.
Tiresias
Me forzaréis a descubrir lo que mi corazón quisiera ocultar.
Creón
Descubridlo, pero que el interés no os haga hablar.
Tiresias
¿Os parezco, pues, muy interesado?
Creón
Sabed que no me engañaréis.
Tiresias
Sabed, a vuestra vez, que antes que el carro del sol haya recorrido muchas veces su carrera, un fruto de vuestra sangre compensará con su muerte el destino de la que encerráis viva, indignamente, en una tumba, y del que, habiendo muerto, retenéis al dios de los muertos privándole de la sepultura y de los funerales. Es un poder que usurpáis y que ni los dioses del cielo tienen; y para castigaros, las furias de los infiernos y los dioses, esos vengadores a quienes ningún crimen escapa, se aperciben a sorprenderos y os destinan una suerte parecida. Ved ahora si la venalidad ha dictado mi lenguaje. Dentro de poco hombres y mujeres harán resonar aquí sus lamentos. En todas partes donde los huéspedes de los bosques, los perros y las aves hayan llevado los trozos inmundos del cuerpo de Polinicio; en todas partes donde los altares hayan sido mancillados por este olor impuro, las ciudades, tornadas vuestras enemigas, se sublevarán contra vos. Ved (ya que me habéis forzado a ello), ved si, como un arquero hábil, he sabido enderezar todos mis dardos al fondo de vuestro corazón; no podréis evitar que os hieran. Niño, guía mis pasos. Que aprenda en adelante a hacer objeto de su cólera a gente más joven, a regular su espíritu y a moderar su lengua.
ESCENA II
El Coro, CREÓN
El Coro
¡Ah, príncipe, qué horribles predicciones ha dejado flotando aquí al irse! Durante el curso de los años que han cambiado el color de nuestros cabellos, hemos reconocido por demás la verdad de los oráculos.
Creón
Y yo también la reconozco; siento mi alma turbada. Es horrible para mí ceder, y sin embargo, si le resisto, corro el riesgo de ver incesantemente mi corazón herido por el infortunio.
El Coro
Consultad la prudencia, hijo de Meneceo.
Creón
¿Qué hay que hacer? Hablad, obedeceré.
El Coro
Id, sacad a la princesa de su prisión subterránea y haced levantar una tumba a Polinicio.
Creón
¿Son esos los consejos que me dais y las complacencias que he de tener?
El Coro
No perdáis un momento; la venganza de los dioses viene con paso ligero a desplomarse sobre los culpables.
Creón
¡Con qué trabajo me determino, cuánto me cuesta renunciar a mi primera resolución! Pero hay que ceder a la necesidad.
El Coro
Id, pues, y no encarguéis de ese cuidado a otro que vos mismo.
Creón
Corro. Esclavos, presentes o ausentes, volad, hacha en mano, hacia la caverna designada; yo hice echar allí a Antígona, yo quiero sacarla. Nuevos sentimientos me animan. Temo que haya peligro en cambiar las leyes establecidas. (Sale.)
El Coro
¡Oh tú, a quien se adora bajo diferentes nombres, tú, gloria y honor de la hija de Cadmo, hijo del trueno, tú, que te complaces en los campos de la fértil Italia; tú, que, en los brazos de Ceres, te dignas proteger la ciudad de Eleusis, abierta a todos los mortales, Dionisos; tú, que habitas la metrópoli de las bacantes, la ciudad de Tebas, edificada en las orillas del Ismeno, donde fueron sembrados los dientes de un dragón cruel; tú, que miras el espeso humo de los sacrificios que se eleva sobre la montaña de dos cimas, de donde se derraman las aguas de Castalia y que las ninfas de Coricia, las bacantes gustan de recorrer; tú, que de las montañas de Nisa, de la que la hiedra corona los lugares más escarpados y donde las pendientes suaves están cubiertas de verdes viñas, vienes a visitar los muros de Tebas al ruido de los himnos inmortales que se cantan en tu honor! Tú amas a esta ciudad entre todas las otras; y tu madre, víctima del rayo, no la amaba menos. Hoy que un peligro inminente amenaza a esta ciudad, ven, franquea en nuestro socorro las laderas del Parnaso o cruza el estrecho donde gimen las olas.
Tú, que presides el coro de los astros fulgurantes y la armonía de los himnos nocturnos, hijo de Zeus, ven a ofrecerte a nuestros ojos con las hijas de Naxos, las tíadas que marchan tras de ti y que, en su divino furor, danzan durante el curso de la noche en honor de su soberano.