ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

CREÓN, HEMÓN, el Coro

Creón

Hijo mío, al tanto de la suerte de la esposa que os estaba destinada, ¿venís a hacer estallar vuestras iras contra vuestro padre o, cualquiera que sea el partido que yo haya tomado, soy siempre vuestro amigo?

Hemón

Padre mío, os soy afecto. Vos, obrando conforme a principios sabios, me serviréis de modelo. No hay himeneo para mí preferible a la felicidad de verme guiado por vuestra sabiduría.

Creón

Sí, hijo mío; preferir a todo la voluntad de vuestro padre: he aquí el principio y la regla que debéis llevar siempre en vuestro corazón. Un padre no desea poseer en su casa hijos sumisos sino para verles, compartiendo su amistad para sus amigos, hacerles a sus enemigos cuantos males merezcan. Porque, quien no ha dado el ser sino a hijos indiferentes a sus intereses no ha engendrado sino tormentos para él y motivos de alegría para sus enemigos. No vayáis, pues, hijo mío, arrebatado por el amor de una mujer, a abjurar de tales sentimientos; considerad cuán fríos son los abrazos de una esposa indigna que comparte vuestro lecho. ¿Y qué llaga más honda que las caricias de un amigo pérfido? Rechazad a esa mujer como a una culpable enemiga, y dejadla buscar en los infiernos otro himeneo; pues ya que, sólo ella en la ciudad, ha osado desobedecer mis leyes, me mostraré fiel a esas leyes haciéndola morir. En vano invocaría en nombre de Zeus la sangre que me une con ella. Si los que la naturaleza me da por parientes son indignos, iré a buscar otros en las familias extrañas. Pues quien es hombre de bien en su casa se muestra igualmente buen ciudadano en el Estado. No puedo menos de mirar con indignación a quien pretende violar las leyes o imponerse a los que gobiernan. En las grandes cosas, como en las pequeñas, en las justas como en las injustas, hay que obedecer a quien el Estado ha elegido para mandar. Mandará bien quien ha sabido obedecer, y un día de batalla se podrá contar con su bravura y su fidelidad. La anarquía es el mayor de los males; pierde a las familias, destruye los Estados, lleva a los ejércitos a la derrota; la obediencia es la salvación de los que siguen sus reglas. Sostengamos, pues, con firmeza los principios del buen gobierno y no permitamos que una mujer nos subyugue. Más vale, si es preciso, ceder al poder de un hombre que dejarse vencer por una mujer.

El Coro

Si la edad no obscurece nuestra razón, parécenos que habláis prudentemente en eso que decís.

Hemón

Padre mío, los dioses dan a los hombres la prudencia, que es el más precioso de todos los tesoros. Yo no podría, no sabría siquiera adelantar que haya nada reprensible en vuestras palabras, pero creo que también algún otro puede hablar razonablemente; así, pues, habéis de saber que mi naturaleza me inclina a observar lo que cada uno, a propósito de vos, puede decir, hacer o vituperar; pues vuestro aspecto, temible a los ojos de vuestro pueblo, ahoga palabras que no escucharíais con gusto. Yo, en la obscuridad, puedo oir cuanto se murmura, cuanto Tebas lamenta la suerte de esta joven princesa que, considerada culpable por la más gloriosa de las acciones, va a perecer de una muerte indigna. ¡Qué! ¿La que no ha podido sufrir que el cuerpo ensangrentado de un hermano siguiera siendo presa de las aves y de los perros voraces, no merece los honores más distinguidos? Tales son los discursos que la voz pública propaga en secreto. En cuanto a mí, padre mío, nada es a mis ojos preferible a la prosperidad de vuestro reino. ¡Qué ornamento, en efecto, más halagador para un hijo que la gloria de un padre, y para un padre que la gloria de un hijo! No os obstinéis, pues, en creer que sólo vuestros discursos y no los de los demás son conformes a la razón; pues si hay hombres que piensan poseer ellos solos la sabiduría, la elocuencia, el valor, al analizarlos, el vacío de su alma se deja advertir. Para todo hombre sabio no es una vergüenza instruirse y ceder a la instrucción. Ved cuántos árboles, para salvar sus ramas, ceden a los torrentes agrandados por las tempestades; los que resisten son desarraigados. El piloto que dejando su vela tendida quiere hacer cara al viento, ve pronto su batel volcado tornarse juguete de las aguas. Calmad, pues, vuestra cólera y dejaos rendir, si, pese a mis pocos años, alguna prudencia ha penetrado en mi corazón (dichoso el que puede poseer todas las luces de la razón), si tengo algún saber (pues es frecuente a mi edad carecer de él); pensad que es bueno dejarse ilustrar por consejos razonables.

El Coro

Señor, si sus razones son buenas, os conviene ceder a ellas; vos, príncipe, ceded a las del rey si son mejores. Porque habéis uno y otro hablado bien sabiamente.

Creón

¡Cómo! ¿A la edad que tengo recibiré de un hombre de sus años lecciones de prudencia?

Hemón

¿Qué importa mi juventud? No veáis mi edad; ved mis consejos.

Creón

¡Qué consejos, honrar a los que desobedecen las leyes!

Hemón

Yo no os invitaría a honrar a los malos.

Creón

¿Antígona no merece ese nombre?

Hemón

No es eso al menos lo que dicen todos los tebanos.

Creón

¿Los tebanos me dictarán las órdenes que debo dar?

Hemón

Considerad que habláis como un rey recientemente elevado al trono.

Creón

¿Qué otro que yo debe mandar aquí?

Hemón

Pero el Estado no se ha hecho para un solo hombre.

Creón

¿El Estado no se considera que pertenece a quien gobierna?

Hemón

Sí, muy bien. Pero ¿si el país está desierto reinaréis, pues, solo?

Creón

Se ve bien claro que combate por una mujer.

Hemón

Si tal nombre os cuadra; pues son vuestros intereses los que me ocupan por cima de todo.

Creón

¡Malvado! ¡Te atreves a acusar a tu padre!

Hemón

Cuando le veo hacer acciones injustas.

Creón

¿Es una injusticia sostener mis derechos?

Hemón

Es sostenerlos mal pisotear las leyes de los dioses.

Creón

¡Corazón pérfido y digno de ser subyugado por una mujer!

Hemón

No me veréis, al menos, vencido por inclinaciones vergonzosas.

Creón

Todas tus palabras no son sino por ella.

Hemón

Son por vos, por mí, por los dioses de los infiernos.

Creón

No soportaré nunca que te cases con ella. Morirá.

Hemón

Si muere, su muerte será seguida de otra.

Creón

¡Cómo! ¡Tu audacia llega hasta amenazarme!

Hemón

¿Es amenazaros combatir sentimientos mal fundados?

Creón

Tú aprenderás a tu costa a ser mejor fundado en los tuyos.

Hemón

Si no fuerais mi padre, yo diría que los vuestros son opuestos a la razón.

Creón

Vil esclavo de una mujer, cesa de fatigarme con tus palabras.

Hemón

Queréis hablar y no escuchar nada.

Creón

Sin duda; pero te lo juro por el Olimpo, no me importunarás impunemente con tus reprimendas. (A sus guardas.) Que traigan a esa mujer odiosa y que expire pronto ante los ojos de su amante.

Hemón

No expirará ante mis ojos, guardaos de creerlo; pero vuestros ojos no me verán más: os dejaré entregado a vuestros furores, con los amigos que os halagan.

ESCENA II

El Coro, CREÓN

El Coro

Señor, el príncipe ha salido arrebatado de cólera; en un corazón tan joven, la desesperación es temible.

Creón

Aunque se proponga, aunque haga más de lo que podría hacer un hombre en la madurez de la edad, no librará a las dos hermanas del destino que les espera.

El Coro

¿Queréis hacerles perecer a ambas?

Creón

No; tenéis razón. Debo no castigar a la que no ha sido culpable.

El Coro

¿Y qué suplicio destináis a su hermana?

Creón

La haré conducir a un lugar desierto, allí la encerraré viva en el antro profundo de una roca, con el alimento preciso, para servir de expiación e impedir que la ciudad sea mancillada con su muerte. Que invoque entonces el poder de Hades, única deidad a quien venera; quizás logre librarse de la muerte, o, por lo menos, aprenderá entonces que es vano trabajo honrar las cosas de los infiernos.

ESCENA III

El Coro

¡Amor, indomable Amor, tú que ora reposas muellemente sobre ricos tapices y sobre las mejillas tiernas de una muchacha, ora, trasponiendo los mares, vas a visitar la cabaña solitaria del pastor! Ni los dioses inmortales, ni los hombres cuya vida es tan breve, pueden evitar tu poder. Quien te padece se torna furioso. Tú haces injustos los corazones de los hombres virtuosos y les arrastras hacia el crimen; excitas las querellas y llevas el desorden al seno de las familias; una mirada encantadora de una joven beldad triunfa del poder de las leyes; esos triunfos no son más que un juego para la invencible Afrodita.

Nosotros mismos en este momento, infieles a las órdenes del rey, no podemos contener las lágrimas de que nuestros ojos están inundados, al ver a la princesa Antígona adelantarse hacia ese lecho que será para ella un lecho eterno.

ESCENA IV

El Coro, ANTÍGONA

Antígona

¡Oh mis conciudadanos, ved a Antígona comenzar su postrer viaje y lanzar al astro del día sus últimas miradas! ¡No lo veré más! El dios de los infiernos que lo sepulta todo, va a conducirme viva a las orillas del Aqueronte, antes que haya sido sometida a las leyes del himeneo, antes que los epitalamios hayan resonado para mí; el Aqueronte va a ser mi esposo.

El Coro

¡Qué elogio, qué gloria no ganaréis al penetrar en el asilo de los muertos, vos, que sin ser herida por una enfermedad funesta, sin haber caído bajo la cuchilla, descendéis libre y viva a la morada de Plutón!

Antígona

En los campos de Frigia, sobre la cima del monte Sípilo, sé cómo en otro tiempo la hija de Tántalo sufrió el destino más funesto, y cómo una roca, elevándose en torno suyo, la envolvió por todas partes con la flexibilidad de la hiedra. Hoy, diz que nubes eternas cubren su cabeza, que parece fundirse en torrentes, y su rostro está inundado de lágrimas que no se secan nunca. Una suerte semejante, un lecho igual me está reservado.

El Coro

Niobe era diosa e hija de un dios; pero todos nosotros no somos sino mortales, hijos de una raza mortal. ¿Qué, sin embargo, más glorioso para vos, que oir decir que, al rematar el curso de vuestra vida, tenéis algo de común con los dioses?

Antígona

¿Por qué esa ironía amarga? En nombre de los dioses de mi país, ¡por qué insultarme cuando existo aún y no he desaparecido de la tierra! ¡Oh patria mía, oh afortunados ciudadanos! fuentes de Dirceo, bosque sagrado de esta ciudad tan famosa por sus carros, yo os pido que me digáis por qué leyes, privada de los llantos de mis amigos, voy a sepultarme en un calabozo que debe ser mi tumba. ¡Desgraciada de mí! No habitaré ni entre los hombres ni entre las sombras, no estaré ni entre los vivos ni entre los muertos.

El Coro

Arrebatada por un exceso de valor, os habéis estrellado contra el trono de la justicia y sufrís todavía el castigo de los crímenes de vuestro padre.

Antígona

¡Renováis el más sensible de mis tormentos al recordar las desgracias por demás famosas del autor de mis días y las calamidades de la casa de los Labdácidas! ¡Himeneo funesto de mi madre, abrazos incestuosos que unisteis a un padre desgraciado y a una madre infortunada, a vosotros debo mi desgraciadísima existencia!

Cargada de imprecaciones, privada de las dulzuras del himeneo, voy a reunirme con aquellos a quienes debo el nacimiento. ¡Oh hermano mío! qué malhadadas nupcias has conseguido; pues muerto ya me has quitado a mí la vida.

El Coro

Es una virtud, sin duda, honrar a los muertos; pero hay que respetar el poder supremo en cualquier mano que esté depositado. La altivez de vuestro carácter os ha perdido.

Antígona

Sin amigos, sin esposo y sin ser llorada ¡triste de mí!, avanzo por el sendero de muerte que se me ha abierto. ¡Infortunada! No me será ya permitido ver ese sol, ese ojo sagrado del día. Mi muerte no será honrada por las lágrimas ni los lamentos de mis amigos.

ESCENA V

CREÓN, ANTÍGONA, el Coro

Creón

(A los guardas que acompañan a Antígona.)

¿Qué esperáis? ¿No sabéis que esas quejas, esas lamentaciones que preceden a la muerte no acabarían nunca si pudieran servir para retardarla? Que se la lleven cuanto antes, que la encierren en una tumba, como yo he ordenado; que la dejen sola en esa morada solitaria; ora deba morir en ella, ora deba conservar la vida, no habitará al menos con nosotros y nuestras manos no serán mancilladas con su muerte.

Antígona

¡Oh tumba, oh lecho nupcial, oh morada subterránea que no dejaré nunca! En vuestro seno me reuniré a la multitud de los de mi sangre, a quienes Proserpina ha recibido entre los muertos. La última de todos y la más miserable, desciendo a los infiernos, con muerte más terrible que la suya, antes del término marcado por el destino; pero, al bajar a ellos, abrigo la esperanza de que mi presencia será cara a mi padre, así como a vuestros ojos ¡oh madre mía! y a los vuestros, hermano mío, también, ya que mi mano, después de vuestra muerte, no ha olvidado ni los cuidados, ni las abluciones ni las ofrendas que yo os debía. Ved, no obstante, mi caro Polinicio, el premio que recibo por los deberes con que he cumplido; pero, al menos, los corazones virtuosos me habrán aplaudido. En efecto, si yo hubiera sido madre y hubiera perdido un hijo, si hubiera tenido que llorar a un esposo, nunca contra la voluntad de la patria, hubiera puesto en práctica nada semejante. ¿Y qué razón me hubiera dispensado de ello? Que después de la muerte de un esposo, otro puede reemplazarle; que el nacimiento de un hijo puede indemnizarnos del que hemos perdido; pero cuando los autores de nuestros días yacen en la tumba, no nos es dado ya contar con el nacimiento de un hermano. Ahí tienes por qué sentimientos, caro Polinicio, te he preferido a todo, me he atrevido a todo y no he tenido miedo de pasar por rebelde a los ojos de Creón. Ven, pues, recíbeme en tus brazos, conduce a tu hermana, que, sin haber experimentado ni las dulzuras del himeneo, ni la ternura de un esposo, ni los placeres de la maternidad, sola y privada de amigos, desciende viva a la morada de los muertos. ¿Qué crimen he cometido contra los dioses? Pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirve dirigir los ojos al cielo? ¿Qué socorro puedo implorar, cuando, en premio de mi piedad, soy tratada como impía? Si los que me han condenado son gratos a los dioses, me confieso criminal y les perdono mi suplicio. Pero si son ellos culpables, que no sufran más males que los que me hacen injustamente sufrir.

El Coro (A Creón.)

Antígona es aún presa de los mismos vientos furiosos que agitaban su alma.

Creón

Les puede costar caro a los que la conducen con tanta lentitud.

Antígona

¡He ahí mi definitiva sentencia de muerte!

Creón

No acaricies la idea de que quede sin ejecución.

Antígona (Llevada por los guardas.)

Muros de Tebas, patria mía, dioses de mi país, todo se acabó, me arrastran; ved a vuestra reina sola y abandonada, con qué ultraje la abaten y de qué manos lo recibe, por haber sido fiel a los deberes de la piedad.

El Coro

En una prisión de bronce, Dánae, en otro tiempo, fué privada de la luz del día y se vio luego encerrada en una especie de tumba, remedo, para ella, de un lecho nupcial, y, no obstante, hija mía, era de ilustre origen y llevaba en su seno los gérmenes de fecundidad que Zeus había derramado sobre ella en lluvia de oro. Pero tal es el poder terrible del destino; ni las riquezas, ni las armas, ni las torres, ni las negras naves movidas por el remo pueden evitar su carrera.

Encadenado con lazos de piedras el violento hijo de Drías, el rey de los Hedonios, sufrió la cólera terrible de Dionisos; así se amortiguó la impetuosidad de su locura. Reconoció al dios que en tal locura había ultrajado con insolentes palabras cuando turbó las orgías de las bacantes, hizo apagar sus antorchas y sublevó a las musas que aman la armonía.

Cerca de las rocas Cianeas, no lejos del Bósforo, que une los dos mares hacia las orillas del Salmidero, el dios Ares, desde el fondo de su templo, elevado por los tracios, vio el deplorable infortunio de los dos hijos de Fineo, cuando aquella mujer cruel, pinchando sus ojos con manos sangrientas armadas de husos punzantes los arrancó de aquellas cuencas que clamaban venganza. Desgraciados y devorados por la pena, lloraban la funesta suerte de su madre y su funesto himeneo en que fueron engendrados. Y sin embargo de que su linaje se remontaba a los antiguos Erectridas, y como hija de Boreas y descendiente de dioses, había crecido en lejanas grutas entre las tempestades que su padre conmueve, e igualaba en velocidad el correr de los caballos sin resbalar sobre la helada superficie, el poder de las ancianas Parcas llegó también hasta ella, hija.