ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
ANTÍGONA, El GUARDA, el Coro
El guarda (Llevando a Antígona.)
¡Sí, vedla, la que ha cometido el crimen! Inhumaba a Polinicio; la hemos detenido. Pero, ¿dónde se encuentra Creón?
El Coro
Vedle que sale, a punto, de su palacio.
ESCENA II
Los precedentes, CREÓN
Creón
¿Qué es eso? ¿Qué feliz suceso venís a anunciarme?
El guarda
Señor; no hay nada que los hombres deban afirmar con juramentos. A menudo el primer pensamiento es desmentido por el que le sigue. Asustado con vuestras amenazas, había yo hecho propósito de no parecer por aquí más; pero, ¿hay felicidad comparable a la que sale a nuestro paso contra toda esperanza? Pese a mis juramentos, torno y os traigo a esta joven princesa, a quien he sorprendido rindiendo al muerto los honores de la sepultura. No se necesita, por esta vez, consultar la suerte, soy yo el favorecido. Yo sólo la traigo; nadie más tiene esa gloria. Ahora, señor, tratadla como lo creáis oportuno; juzgad, interrogadla; en cuanto a mí, libre y exento de todo deber, es justo que no me vea bajo el peso de vuestras sospechas.
Creón
¿De qué manera, en qué lugar te has apoderado de ella para traérmela?
El guarda
Inhumaba el cuerpo; ya lo sabéis todo.
Creón
Pero, ¿te has fijado en lo que dices? ¿No te engañas?
El guarda
La he visto en la tarea de inhumar a ese príncipe cuya sepultura habéis prohibido. ¿Hay aún algo no claro o equívoco en lo que digo?
Creón
¿Y cómo ha sido vista? ¿Cómo ha sido detenida?
El guarda
Ved en qué forma ha sucedido todo. Apenas habíamos tornado a nuestro puesto, cuando, intimidados por vuestras severas amenazas, apartamos con cuidado la tierra que cubría el cuerpo de Polinicio; dejamos al aire el cuerpo ensangrentado y medio corrompido; fuimos luego a sentarnos cabe una de las eminencias vecinas, al abrigo del viento, para evitar la infección que exhalaba. Nos excitamos unos a otros con las palabras más punzantes a cumplir con nuestro deber, sin escatimar esfuerzo alguno. Hemos permanecido en tal forma hasta el momento en que el disco brillante del sol, elevándose entre los aires, los incendiaba con su fuego. De súbito, un azote celeste, un ciclón impetuoso, alzando de la tierra torbellinos de polvo, ha invadido, cegador, el campo; hemos resistido todo el ímpetu de la tempestad. Apenas se ha aplacado, esta joven princesa se ha presentado a nuestra vista; lanzaba gritos agudos, semejantes a los del ave que ve su nido despojado de los polluelos que había criado en él. Sí, de tal manera ante el cadáver descubierto, hacía resonar el aire con sus quejas y sus imprecaciones contra los autores de tal ultraje; y, de pronto, cubriendo al muerto de tierra seca, le rocía por tres veces con libaciones derramadas del seno brillante de un vaso de bronce. Al punto volamos hacia ella, y todos a la vez nos apresuramos a cogerla; no ha dado muestra alguna de espanto; interrogada por nosotros sobre el hecho actual y sobre el precedente, ha confesado ambos, y tal confesión me es a un tiempo grata y dolorosa. Pues si nada es tan dulce como librarse de los males que a uno le amenazan, es aflictivo el exponer a ellos a quienes se ama. Pero nada debe serme más caro que mi propia conservación.
Creón (A Antígona.)
¡Qué! Vos, que no levantáis los ojos del suelo, ¿no negáis el delito de que se os acusa?
Antígona
Al contrario; lo confieso y estoy lejos de negarlo.
Creón (Al guarda.)
Vaya; endereza tus pasos adonde te plazca; no tienes nada que temer. Y vos habladme sin rodeos. ¿Conocíais la prohibición que yo había hecho?
Antígona
La conocía. ¿Podía ignorarla? Era pública.
Creón
¿Y cómo habéis osado desafiar esa ley?
Antígona
Porque ni Zeus ni la justicia, conciudadana de los dioses infernales, ninguno de los dioses que han dado leyes a los hombres, la habrían promulgado y yo no pensaba que vuestros mandatos debiesen tener tanta fuerza, que hiciesen prevalecer la voluntad de un hombre sobre la de los inmortales, sobre esas leyes que no están escritas y que no podrían ser borradas. No son de hoy ni de ayer esas leyes; son de todos los tiempos, y a nadie le es dable decir cuándo nacieron. ¿No debía yo, pues, sin temor a mortal alguno, someterme a las órdenes de los dioses? Sabía que había de morir. ¿Hubiera podido ignorarlo, aunque vos no hubieras dictado el mandato? Si mi muerte es prematura, no es sino un gran bien a mis ojos. ¿Y quién podría, en el abismo de males en que estoy, no mirar la muerte como una felicidad? Así, pues, suerte tal no puede ser a mis ojos una pena; más lo hubiera sido para mí, y harto dura, si yo hubiera dejado insepulto a un hermano concebido en el mismo seno que me llevó a mí. Eso es lo que me hubiera desesperado; lo demás no me aflige. Si después de esto tacháis mi conducta de locura, tal acusación bien podrá ser la acusación de un insensato.
El Coro
En ese carácter inflexible se reconoce la sangre del inflexible Edipo; no ha aprendido a ceder ante la desgracia.
Creón (Al Coro.)
Sabed que esas almas tan altivas son fácilmente abatidas. Ved el hierro, a pesar de su gran dureza, cómo se quebranta y se ablanda en el fuego. ¿El menor freno no basta para domar a los más fogosos corceles? Tanto orgullo mal cuadra a quien es esclavo de sus deudos. No es bastante el haber violado mis leyes: osa desafiarme y añade un segundo ultraje al primero, gloriándose de lo que ha hecho. En verdad sería preciso que yo cesase de ser hombre y que ella lo llegase a ser para que yo la permitiese gozar impunemente así del poder que usurpa... Sí, aunque sea sobrina mía; aunque fuera más parienta aún, ella y su hermana no se librarían de la suerte más terrible; pues su hermana, sin duda, es igualmente culpable del atentado. Que la hagan venir. La he visto hace un momento fuera de sí y sin poder ya dominarse. Un corazón que rumia un crimen en la sombra del misterio llega a ser fácilmente su propio delator. ¡Cuánto aborrezco a quienes, sorprendidos en medio del crimen, quieren vestirlo de bellos colores!
Antígona
¿Deseáis algo más que mi muerte?
Creón
No, nada; en cuanto haya visto vuestra muerte, estaré satisfecho.
Antígona
¿Qué esperáis? ¿De qué os sirven discursos inútiles que no pueden más que indignarme lo mismo que los míos no pueden más que disgustaros? ¿Qué gloria más halagadora me es dable esperar que haber inhumado a mi hermano? ¿De qué elogios no me harían objeto los que nos escuchan, si el temor no atase su lengua? Pero una gran ventaja de la tiranía es el poder impunemente decir y hacer lo que le place.
Creón
¿Pensáis ser vos sola más clarividente que todos los tebanos?
Antígona
Ven como yo; pero enmudecen ante vos.
Creón
¿No os avergonzáis de conduciros de otro modo que ellos?
Antígona
No hay por qué avergonzarse de honrar a quienes llevan en sus venas la misma sangre que nosotros.
Creón
¿Qué? El que ha muerto por su patria, ¿no era también vuestro hermano?
Antígona
Lo era; y de padre y madre.
Creón
¿Y qué honores impíos le rendís, entonces?
Antígona
No espero tal testimonio de sus manes.
Creón
Le honráis al igual que un impío.
Antígona
Polinicio era hermano y no esclavo de Eteocles.
Creón
Venía a asolar su patria; el otro combatía defendiéndola.
Antígona
¡Qué importa! Plutón nos prescribe esta ley.
Creón
¿Cuál? ¿La de tratar igualmente el crimen y la virtud?
Antígona
¿Y quién sabe si vuestras distinciones son admitidas entre los muertos?
Creón
Los enemigos, después de la muerte, no se hacen amigos.
Antígona
Yo me asocio para amar, y no para aborrecer.
Creón
¡Bueno, id a los infiernos a amar a quien gustéis! En cuanto a mí, mientras respire, no me dominará una mujer.
El Coro
Ved a la tierna Ismena alarmada por su hermana, deshecha en lágrimas ante la puerta del palacio; una nube de dolores extendida sobre sus ojos altera su rostro enrojecido; las lágrimas resbalan por sus mejillas delicadas.
ESCENA III
Los precedentes, ISMENA
Creón
Venid vos, que, rastrera al modo de víbora, perseguís, en secreto, hartaros de mi sangre. Yo no sabía que alimentaba en mi casa a dos enemigas, a dos azotes de mi imperio; venid, y decidme: ¿Habéis tenido parte también en la sepultura de Polinicio o juráis que ignorabais tal acción?
Ismena
¡Tal acción! Yo la he hecho; y si mi hermana no me veda decirlo, lo mismo que en el crimen, debo tener parte en la pena.
Antígona
La justicia os lo prohibe; no habéis consentido y he obrado sin vos.
Ismena
Pero cuando os veo desgraciada, no titubeo ya en asociarme a vuestros males.
Antígona
El infierno y los que lo habitan saben a quién la acción le corresponde. No sé amar a aquellos en quienes la amistad sólo está en las palabras.
Ismena
No me privéis del honor de morir con vos y de haber cumplido los últimos deberes para con mi hermano.
Antígona
Guardaos de morir conmigo y de atribuiros un honor en que no habéis tenido parte. Mi muerte sola debe bastar.
Ismena
Separada de vos, ¿cómo podré amar la vida?
Antígona
Preguntádselo a Creón, de quien sois tan devota.
Ismena
¿Por qué afligirme con esa burla amarga? ¿De qué os servirá?
Antígona
No sin dolor me la he permitido contra vos.
Ismena
¿Qué otro medio me será ahora dado de serviros?
Antígona
Conservad vuestra vida; no os envidio esa ventaja.
Ismena
¡Qué desgraciada soy! ¿No me será posible participar de vuestro destino?
Antígona
Habéis preferido vivir, y yo morir.
Ismena
No será porque mis palabras no os lo hayan anunciado.
Antígona
Alabáis la sapiencia de vuestras palabras y yo de las mías.
Ismena
¡El crimen fué igual entre nosotras!
Antígona
Calmaos y vivid. Mi alma murió hace mucho tiempo, y sólo ya puede ser útil a los muertos.
Creón
No temo decirlo: ambas hermanas son insensatas. Una lo fué siempre, la otra se acaba de volver.
Ismena
En los males extremos, señor, no hay espíritu que permanezca en su estado habitual y que no salga de él con violencia.
Creón
Es lo que os ha ocurrido a vos; que habéis optado por sufrir, con una mujer indigna, un demasiado digno trato.
Ismena
Sola y lejos de ella, ¿qué será para mí la vida?
Creón
Cesad de hablar de ella. Miradla como si no existiese.
Ismena
¡Harán morir a la que el himeneo debía unir a vuestro hijo!
Creón
Puede encontrar en otra parte otros lazos que anudar.
Ismena
Pero no tan adecuados.
Creón
No quiero que malas mujeres se unan a mis hijos.
Antígona
¡Oh carísimo Hemón, con qué desprecio te sacrifica un padre!
Creón
Basta ya de vos y de vuestro himeneo; es demasiado importunarme.
Ismena
¿Podríais privar a vuestro hijo de aquella a quien ama?
Creón
El infierno pondrá fin a tales amores.
Ismena
¿Su muerte parece, pues, resuelta?
Creón
Vos lo habéis dicho, y yo lo he mandado; no más dilaciones. ¡Guardas!, que se las lleven al palacio y que de ahora en adelante, estas dos mujeres dejen de ser libres; los más bravos han recurrido a la fuga al ver la muerte aproximarse.
ESCENA IV
El Coro, CREÓN
El Coro
¡Dichosos aquellos, cuya vida pasa sin que experimenten infortunio! Pues tan pronto como la mano de los dioses se deja caer sobre una casa las malandanzas se suceden y vienen en tropel a abatirle, al modo de las olas marinas que, ennegrecidas por la tempestad y empujadas por los vientos impetuosos de la Tracia, se alzan del fondo de sus abismos, ruedan hacia la costa y mugen en las lejanas orillas donde van a estrellarse.
De tal manera en la casa expirante de los Labdácidas, vemos sobre antiguas desgracias acumularse desgracias nuevas. Una generación sucede a otra, sucediéndose sus males. Un dios la hiere sin darle tregua. Aún brillaba alguna claridad sobre la última raíz del trono de Edipo; y he aquí que la ceniza de los muertos, el extravío del espíritu y la furia que turba la razón han eclipsado dicha luz.
¡Qué hombre en su orgullo, oh Zeus, podría lisonjearse de poner coto a tu poder, a tu poder a quien el sueño, al que todo cede, y el infatigable correr del tiempo no sobrepujarán jamás! No accesible a las huellas de la vejez, habitas con tu omnipotencia en el seno de la claridad resplandeciente del Olimpo; el presente, el pasado, el porvenir están sometidos a tu voluntad. Suerte semejante no existe para el hombre. No hay mortal cuyos días estén enteramente libres de dolores.
La esperanza activa y ligera viene con frecuencia a consolar a los hombres; con frecuencia también los entretiene con vanos deseos que los engañan: en el seno de la ignorancia donde viven se desliza en sus corazones cuando ya sus pies van a tocar los carbones ardientes. Porque es una máxima conocida entre los sabios, que cuando un dios nos conduce a la desgracia, el mal toma a nuestros ojos los colores del bien. La vida tiene pocos momentos libres de dolor.
Pero ved a Hemón, el menor de vuestros hijos. Desesperado al ver su amor frustrado, viene sin duda a deplorar la suerte de Antígona, que debía ser su esposa.
Creón
Eso lo sabremos pronto, mejor que los mismos adivinos.