ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
El Coro, un OFICIAL del Palacio
El Oficial
¡Vosotros, a quien se reverencia en la comarca! ¡qué horrores vais a oir! ¡Qué aflicción va a llenar vuestros corazones, si aún os inspira algún interés la casa de los Labdácidas! Nunca las aguas del Istros ni del Fasis serán suficientes para lavar cuanto este palacio encierra de mancillas y de iniquidades. Unas y otras, sin que las fuerce nadie, van a salir a la luz. Los más aflictivos de todos los males son los que el infortunado se procura a sí mismo.
El Coro
¡Oh, los que conocemos son ya harto dolorosos! Para añadirles más, ¿qué tenéis que decirnos?
El Oficial
Una palabra bastará para enteraros. La reina ha muerto.
El Coro
¡Desgraciada princesa! ¿Y cómo ha perecido?
El Oficial
Por su propia mano. Las circunstancias más dolorosas de su muerte no han llegado hasta mí, pues mis ojos no han podido verlas; pero en la medida que mi espíritu pueda sugerírmelo, vais a conocer todo lo que ha sufrido. Apenas, en los transportes que la agitaban, hubo franqueado el pórtico del palacio, arrancándose los cabellos con ambas manos, se dirige a su lecho nupcial: entra, cierra la puerta, llama a Layo, el esposo que hace tiempo no existe. Evoca la prenda antigua de su unión, el hijo que ha llegado a ser el asesino de su padre y que del seno mismo de su madre ha hecho salir una deplorable descendencia; gime sobre el lecho funesto donde ha tenido esposo de su esposo e hijos de su hijo. Ignoro cómo su muerte ha seguido a sus gemidos; pues los gritos de Edipo, que han resonado en mi oído, me han impedido darme cuenta de su deplorable fin. Mis ojos se han vuelto hacia el príncipe que, corriendo de acá para allá, pedía que se le diese una espada; que se le dijese dónde estaba su mujer, no su mujer, sino la que llevó en su seno al padre y a los hijos. En su extravío, un dios, sin duda, se lo ha hecho saber; pues ninguno de los presentes osaba responderle; lo cierto es que, marchando como sobre los pasos de un guía invisible, se lanza con gritos terribles contra la puerta, la fuerza, la hunde y penetra en la cámara, donde vimos a la reina pendiente del lazo fatal que acababa de quitarle la vida. En cuanto la ve, el infortunado lanza horribles rugidos y se apresura a desatar el nudo de que pende. Apenas cae en tierra (¡espectáculo horrible!) se apodera de los broches de oro de sus vestiduras y con ellos se horada los ojos, gritando que no la vería más, ni a ella ni al objeto de sus crímenes, ni al objeto de sus tormentos; y que en adelante, hundidos en las tinieblas sus ojos, confundirían lo que había de esquivar y lo que había de buscar. Pronunciando estas palabras, que repitió muchas veces, se levantó los párpados y se arrancó los ojos. Una sangre negra corría por su rostro, no gota a gota, sino como en lluvia tempestuosa. Ved cómo uno y otro han dado rienda suelta a su desesperación; ved cómo ambos esposos han mezclado sus dolores y sus males. Con lo que la antigua felicidad, que parecía antes digna de ese nombre, no es hoy sino lamentos, desesperación, oprobio y muerte; se ha cambiado en cuanto, entre nosotros, merece el nombre de infortunio.
El Coro
Y el desgraciado, ¿qué hace en medio de sus males?
El Oficial
Habla de abrir las puertas, de mostrar a todos los tebanos al que asesinó a su padre, al que de su madre... pronuncia palabras impuras que no me atrevo a repetir; habla de precipitarse fuera de nuestro muro, de que no debía permanecer aquí, bajo el peso de las imprecaciones que su boca ha lanzado sobre sí mismo. Pero carece de fuerza y de vista; sus males son demasiado grandes para que pueda soportarlos. Va a testimoniároslo; abre las puertas del palacio; vais a ver un horrible espectáculo que haría sentir compasión al enemigo más cruel.
ESCENA II
EDIPO, el Coro
El Coro
¡Cielos, qué horripilante estado, el más horrible de cuantos se hayan nunca ofrecido a nuestros ojos! Desgraciado, ¿qué delirio os ha arrebatado, qué demonio ha podido colmar vuestra desgracia con males tan crueles? ¡Ay, infortunado! En vano querríamos hablaros, interrogaros, miraros, ni siquiera podemos posar en vos nuestra mirada, de tal modo nos horroriza vuestro estado.
Edipo
¡Ay, infeliz de mí! ¿Dónde estoy, en qué sitio resuena mi voz? ¿Dónde me has precipitado?
El Coro
En cuanto hay de más horrible, de más inaudito, de más espantoso.
Edipo
¡Oh nube de obscuridad extendida sobre mí, nube execrable, indecible, invencible, interminable! ¡Ay, cien veces ay, cuánto dolor reunido en el aguijón que me ha horadado los ojos y en el recuerdo de mis males!
El Coro
En medio de tan gran infortunio, son en efecto dos tormentos que deplorar, dos tormentos que sufrir.
Edipo (Al Coro.)
¡Amigos míos, sois los únicos que me quedan; sólo vosotros no huís de un desgraciado privado de la luz; sólo vosotros os apiadáis de él! Aunque hundido en las tinieblas, sé quiénes sois, os reconozco, reconozco vuestra voz.
El Coro
¡De qué crueldad os habéis hecho víctima a vos mismo! ¿Cómo habéis podido arrancaros así los ojos? ¿Qué demonio os ha inspirado ese furor?
Edipo
Apolo, amigos míos; Apolo ha querido colmar así mis males. Pero no otro que yo me ha herido; sólo he sido yo. ¿Y de qué me hubiera servido ya la luz, no quedándome ya que ver sino objetos dolorosos?
El Coro
¡Oh, es muy cierto!
Edipo
¿Qué me quedaba, en efecto, que ver, que amar, que oir con algún placer? Amigos míos, daos prisa en llevarme fuera de aquí; llevaos a este malvado, a este miserable, cargado de imprecaciones, el más aborrecido de los dioses.
El Coro
¡Oh desgraciado, a quien su carácter y sus infortunios han hecho por igual infeliz, a quien querríamos no haber conocido jamás!
Edipo
¡Perezca aquel cuya piedad funesta me libró de los lazos crueles que oprimían mis pies y conservó mi vida! Yo hubiera muerto, y no hubiera sido para mis amigos y para mí un tan gran motivo de dolor.
El Coro
¡Cuán menos lamentable nos hubiera parecido vuestra muerte!
Edipo
No hubiera sido parricida e incestuoso a la faz del universo; y ahora heme aquí desgraciado y culpable; vástago de una raza mancillada, padre de mis hermanos y marido de mi madre; en fin, si han existido azotes espantosos, han caído sobre Edipo.
El Coro
Sean cuales sean vuestras desgracias, no podemos aprobar el castigo que os habéis impuesto. Ese suplicio es más horrible que la muerte.
Edipo
No escucho sobre eso ni razones ni consejos. ¿Con qué ojos, decidme, miraría yo en los infiernos a un padre y una madre cuya muerte se debe a mis crímenes? Me he castigado, y mi suerte es más dura que la de Yocasta. Me hubiera sido muy grato ver crecer a mis ojos hijos queridos; el placer de verles hubiera crecido con ellos, lo confieso; pero, después de mis fatales imprecaciones, no había ya para mí ni hijos ni patria que yo pudiese ver. Tebas misma y este palacio en que he nacido, estos muros, estas torres, estos templos, estas imágenes de los dioses, todo estaba vedado a mis miradas. He renunciado al placer de verlos al pronunciar la sentencia de destierro contra el enemigo declarado de los dioses y de la raza de Layo. Yo soy ese culpable. Mi oprobio se ha descubierto. ¿Cómo podría yo gozar de tan amada vista? ¿Con qué cara osaría mirar todo eso? ¡Si pudiera, además, privarme del uso del oído lo mismo que del de la vista! ¡Sordo al par que ciego, cerraría esa entrada a nuevos dolores! Es grato en los males ahorrarse, o suavizar al menos, su sentimiento. ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibisteis en vuestro seno? ¿Por qué no celasteis mi suerte al conocimiento de los hombres? ¡Oh Polibio, oh Corinto, oh palacio que yo creía la casa de mi padre, qué monstruo, qué mezcla de males habéis criado bajo la apariencia de un hijo de rey! Del antiguo esplendor, ¿qué queda? ¡El más malo de los hombres, vástago de la raza más abominable que hubo nunca! Camino de Daulis, bosques, breñas, sendero estrecho sobre quienes cayó la sangre de un padre, que corría por mis manos: ¿habéis señalado con huellas imborrables el recuerdo de los crímenes que cometí entonces y que debía cometer luego en Tebas? Himeneo, funestísimo himeneo, tú me diste la vida, pero tras de dármela, hiciste volver a entrar mi sangre en el seno de donde yo había salido; y con ello produjiste padres hermanos de sus hijos, hijos hermanos de sus padres, esposas madres de sus esposos, y cuanto los dioses pueden concebir de abominaciones y de horrores. Basta; avergoncémonos de pronunciar lo que es horrible ejecutar. En nombre de los dioses, queridos amigos, ocultadme en alguna tierra apartada o precipitadme en los abismos del mar para que no profane vuestras miradas. Acercaos, prestadme por piedad ese último servicio. Atreveos a tocar a un desgraciado. ¿Qué teméis? Mis males no recaerán sobre vuestras cabezas; ningún mortal, a no ser yo, puede soportarlos.
El Coro
Señor, he aquí a Creón, que, conservador en adelante del reino, puede solamente escuchar vuestras peticiones y ayudaros con sus consejos.
Edipo
¡Creón! ¿Qué voy a decirle? Injusto y culpable a sus ojos, ¿puedo esperar que me escuche favorablemente?
ESCENA III
CREÓN, EDIPO, las Hijas de EDIPO, el Coro
Creón
No vengo, Edipo, para reirme de vuestros males ni para insultar vuestras desgracias. Pero vosotros, tebanos, si no os avergüenzan las miradas humanas, respetad al menos la luz pura y fecunda del astro de los cielos; guardaos de exponer sin velos a sus miradas este objeto de impureza que la tierra y la lluvia sagrada y la claridad del día no podrían sufrir. Llevadle en seguida, de nuevo, al interior del palacio. Sólo a los parientes cuadra el ver y el oir con una piedad religiosa el infortunio de su pariente.
Edipo
En nombre de los dioses, ya que, contra lo que yo esperaba, venís, oh el mejor de los hombres, a acoger al más malo de todos, escuchadme, pues por vos y no por mí voy a hablar.
Creón
¿Qué deseáis de mí?
Edipo
Apresuraos a abandonarme en cualquier lugar de la tierra, donde nunca pueda tener comercio con mortal alguno.
Creón
Hubiera hecho lo que deseáis, no lo dudéis, si no hubiera creído deber antes preguntar al dios de Delfos lo que hemos de hacer.
Edipo
¿Pero no ha manifestado harto su voluntad, que condena a muerte a un impío, a un parricida?
Creón
Ha pronunciado la sentencia; pero, en la situación en que estamos, es mejor interrogarle aun sobre lo que debemos hacer.
Edipo
¿Sobre un desgraciado como yo queréis interrogarle?
Creón
Con tanta más razón, cuanto que vos no dudaréis ya ahora de la verdad de sus oráculos.
Edipo
Bien, ved lo que espero de vos, ved lo que os pido: ya que os conducís tan dignamente con vuestros deudos, encargaos de erigir a vuestro gusto una tumba a esa infortunada; en cuanto a mí, no permitáis que yo respire y permanezca en esta ciudad que fué mi patria; dejadme en adelante habitar las montañas, los desiertos de Citerón, que han venido a ser mi patrimonio, y donde mi padre y mi madre, estando vivo, habían escogido mi tumba; que yo muera como ellos querían hacerme morir; pues presiento que no será de enfermedad, ni por otro accidente análogo, como pereceré; de otro modo, ¿cómo, en el seno de la muerte, hubiera sido conservado si algún desastroso acontecimiento no me esperase? Pero que el destino disponga de mí como quiera...; no quiero, Creón, recomendar mis hijos a vuestros cuidados; son hombres y, en calidad de tales, sabrán atender a su subsistencia donde quiera que estén; pero os recomiendo a mis desgraciadas hijas, que, siempre sentadas a mi mesa, comían conmigo y compartían todos los platos que se servían a su padre. Permitid que las abrace, que deplore mis males con ellas. Permitid, príncipe, permitid, hombre generoso, digno de vuestro nacimiento, que estrechándolas en mis brazos, goce aún de su presencia, como en el tiempo en que podía verlas. Pero ¡grandes dioses! ¿No son ellas, no son esas hijas tan queridas las que oigo gemir y llorar cerca de mí? ¿Creón, compadecido de mis desgracias, no ha hecho venir ya a los más amados de mis hijos? ¿Es verdad?
Creón
Vos lo habéis dicho. Yo, previendo el placer que tendríais en abrazarlas, os he procurado ese goce.
Edipo
¡El cielo os haga dichoso; os trate, en recompensa de vuestras bondades, más favorablemente que a mí! ¿Dónde estáis, hijas mías? Venid aquí, venid a tocar estas manos fraternas que han puesto en este estado los ojos de un padre que gozó en otro tiempo de la claridad del día y que, amadas hijas, sin saber nada, sin prever nada, os engendró en el mismo seno en que él había sido engendrado. ¡Cuánto lloro por vosotras, hijas mías, yo que no puedo veros, pensando en la amargura que debe acompañaros el resto de vuestra vida! ¿A qué asamblea de tebanos, a qué fiesta osaréis dirigir vuestros pasos, sin abandonar luego el placer del espectáculo, para regresar bañadas en lágrimas al seno de vuestra soledad? Y cuando el tiempo de vuestro himeneo llegue, ¿quién será el mortal, hijas mías, bastante atrevido para echar sobre sí tantos oprobios como mancharán eternamente a mis deudos y a vosotras? Porque ¿qué crímenes no pueden imputarse a vuestro padre? Asesinó a su padre, mancilló el lecho nupcial en que había sido concebido y os dio la vida en el mismo seno donde la había recibido. He aquí lo que se os echará en cara; ¿y qué mortal se atreverá a casarse con vosotras? Nadie, hijas mías, nadie; el celibato y la esterilidad serán vuestro patrimonio (A Creón.) Hijo de Meneceo, ya que sólo vos les quedáis hoy para hacer con ellas veces de padre (pues la que conmigo les dio el ser ha perecido), no las miréis con desdén, que son de vuestra sangre; no permitáis que pasen su vida en el abandono y la mendicidad; no igualéis, en fin, su infortunio a mis desgracias. Tened piedad de estas niñas de tan tierna edad, privadas de todo y sin otra esperanza que vos. Generoso mortal, dadme la mano en señal de consentimiento. ¡Qué consejos no os daría yo, hijas mías, si fueseis capaces de entenderlos! Pero cuanto puedo hoy desearos es que en cualquier lugar en que os coloque el destino vuestra vida sea más feliz que la del autor de vuestros días.
Creón
No vertáis más lágrimas; volved a entrar en vuestro palacio.
Edipo
Obedezco, aunque con trabajo.
Creón
La oportunidad hace el mérito de las cosas.
Edipo
¿Sabéis con qué condición?
Creón
Dignaos explicaros e instruirme.
Edipo
Que me haréis salir de esta comarca.
Creón
A los dioses toca cumplir ese deseo.
Edipo
Pero soy para ellos un objeto de horror.
Creón
Por eso obtendréis lo que pedís.
Edipo
¿Me lo aseguráis?
Creón
Lo que no pienso no me aventuro a decirlo.
Edipo
Bueno, conducidme.
Creón
Venid y dejad a vuestras hijas.
Edipo
No, no, guardaos de arrancármelas.
Creón
Cesad de querer dominar siempre; tal ambición no ha contribuído a la felicidad de vuestra vida.
El Coro
Mirad, tebanos, mirad; ved a Edipo, que descifraba los enigmas más arduos y que, llegado al poder, no temía la envidia de sus conciudadanos ni las revoluciones de la fortuna; ved en qué océano de males ha caído. Aprended así a poner los ojos en los últimos días de la vida y a no dar a mortal alguno el título de dichoso, antes que haya acabado su existencia sin experimentar infortunios.
Fin de EDIPO REY