ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
YOCASTA, el Coro
Yocasta (Al Coro.)
Cabezas de esta comarca, se me ha venido al pensamiento ir al templo de nuestros dioses a ofrecer las guirnaldas y los perfumes que llevo en las manos; pues Edipo deja arrebatar su espíritu por mil ideas crueles. Ya, como un hombre fuera de sí, juzga del presente por el pasado, no escucha sino las palabras que le anuncian algún motivo de temor. Intento tranquilizarle, y mis esfuerzos son inútiles. Apolo Licio, a vos cuyo altar está aquí cerca, a vos voy a llevar mis votos y mis ofrendas. Dignaos favorecernos con vuestros divinos socorros; todos temblamos viendo la consternación de que es presa el piloto del estado.
ESCENA II
Un mensajero, YOCASTA, el Coro
Un Mensajero (Al Coro.)
¿Podríais decirme, oh tebanos, dónde está el palacio de Edipo y, sobre todo, si lo sabéis, en dónde puede estar el rey?
El Coro
Extranjero, he ahí su palacio; Edipo está en su casa; esta princesa es la madre de los hijos del rey.
El Mensajero
¡El cielo la haga dichosa! ¡Que la ilustre esposa de tal príncipe no vea en torno suyo sino corazones felices!
Yocasta
Extranjero, sed feliz también; merecéis serlo en premio de vuestros favorables deseos; pero decidnos qué asunto os trae y qué tenéis que hacernos saber.
El Mensajero
Un acontecimiento favorable para vuestra casa y para vuestro esposo.
Yocasta
¿Qué acontecimiento? ¿De dónde venís?
El Mensajero
Vengo de Corinto; la noticia de que voy a daros parte no puede menos de alegraros... y de afligiros a la vez.
Yocasta
¿Qué noticia es esa y cómo podrá producir efectos tan contrarios?
El Mensajero
Los habitantes del istmo van a nombrar a Edipo rey de la comarca. Así se dice.
Yocasta
¡Cómo! ¿El viejo Polibio no es ya el soberano?
El Mensajero
No lo es ya, pues la muerte le encerró en la tumba.
Yocasta (A una de sus mujeres.)
Esclava, corred a anunciar al rey lo que acabáis de oir. (Aparte.) ¡Predicciones de los dioses, en lo que habéis quedado! Edipo huyó hace tiempo la presencia de Polibio para evitar darle la muerte, y he aquí que, previniendo ese golpe fatal, Polibio sucumbe sin morir a sus manos.
ESCENA III
Los precedentes, EDIPO
Edipo
Yocasta, cara esposa, ¿para qué me mandáis llamar?
Yocasta
Escuchad a este extranjero, y ved, luego de oirle, en lo que quedan las respetables predicciones de los dioses.
Edipo
¿De qué país es y qué viene a decirme?
Yocasta
Es de Corinto; os anuncia que vuestro padre ya no existe, que sus días han terminado.
Edipo
¿Qué decís, extranjero? Explicadme vos vuestro mensaje.
El Mensajero
Sí, ante todo he de confirmaros lo que he dicho: sabed que, en efecto, Polibio ha muerto.
Edipo
¿Se ha conspirado contra su vida, o alguna enfermedad le ha hecho perecer?
El Mensajero
El menor accidente basta para precipitar en la tumba un cuerpo debilitado por los años.
Edipo
¿El infortunado, por lo visto, ha sucumbido a una enfermedad?
El Mensajero
Había vivido largos años.
Edipo
¿Quién podría, señora, en adelante, recurrir al antro profético de Delfos, al vano lenguaje de las aves, a esos oráculos que me anunciaban que debía matar a mi padre? Muere, desciende a la tumba; y yo, yo estoy aquí, no he atentado contra su vida, a menos que el dolor de haberme perdido no haya anticipado su muerte; pues sólo de esta manera puedo ser su asesino. Así, pues, Polibio, con todos sus frívolos oráculos, yace ahora en la morada de los muertos.
Yocasta
¿No os lo había yo dicho?
Edipo
Me lo habéis dicho, pero mi corazón no escuchaba sino su temor.
Yocasta
Desterrad de vuestro espíritu todos esos pensamientos.
Edipo
¡Cómo! ¿No debo aun temer el lecho de mi madre?
Yocasta
¿Qué debe temer un mortal a quien sale bien todo lo que depende de la fortuna y todo lo que depende de su previsión está oculto en el obscuro porvenir? Lo mejor de la vida es dejarse llevar, mientras se puede, por el acaso. Cesad de temer vuestra unión incestuosa con la que os dio el ser. ¡Cuántos hombres han soñado que compartían el lecho de su madre! Los que no se cuidan de esas vanas ideas viven días más felices.
Edipo
Todo eso sería bueno si la que me dio el ser hubiera cesado de vivir. Pero mientras respire no puedo, pese a vuestras razones, evitar el temor.
Yocasta
La muerte de vuestro padre es ya para vos una gran luz.
Edipo
Es grande, sin duda; pero mientras mi madre viva, tiemblo.
El Mensajero
¿Quién es esa mujer que os inspira tanto temor?
Edipo
Mérope: la esposa de Polibio.
El Mensajero
¿Y qué puede, que se refiera a ella, alarmaros?
Edipo
Una predicción terrible, anunciada por los dioses.
El Mensajero
¿Se puede saber o debe ignorarse?
Edipo
La sabréis: Febo me predijo que yo debía un día casarme con mi madre y que mis propias manos harían correr la sangre de mi padre. He aquí lo que hace largo tiempo me hizo abandonar Corinto; puedo estar contento de ello. ¡Sin embargo es tan dulce gozar de la vista de los que nos han dado el ser!
El Mensajero
¡Cómo! ¿Ese temor os hizo dejar nuestros muros?
Edipo
Quería evitar el ser un día el asesino de mi padre.
El Mensajero
¡Cómo, habiendo venido, oh príncipe, en vuestro servicio, podría yo demorar el libraros de tal inquietud!
Edipo
Beneficio tan grande sería pagado con un gran reconocimiento.
El Mensajero
Eso, en efecto, ha conducido aquí mis pasos: la esperanza de que a vuestra vuelta a Corinto yo obtendría alguna gracia de vos.
Edipo
Me guardaré bien de encontrarme allí nunca con los autores de mis días.
El Mensajero
Hijo mío, bien se ve que ignoráis lo que hacéis...
Edipo
¿Qué decís, anciano? En nombre de los dioses, dignaos instruirme.
El Mensajero
Si por huir de vuestros padres evitáis el volver a Corinto...
Edipo
Temo ver a Apolo justificar su oráculo.
El Mensajero
¡Teméis mancillaros con algún crimen viviendo con ellos!
Edipo
He ahí, anciano, he ahí el motivo eterno de mis temores.
El Mensajero
Ignoráis que vuestros temores no tienen ningún fundamento legítimo.
Edipo
¿Cómo no van a tenerlo? Siendo yo, en efecto, el hijo de Polibio...
El Mensajero
Es que Polibio no es nada vuestro.
Edipo
¿Qué decís? ¡Polibio no era mi padre!
El Mensajero
No lo era más que lo soy yo.
Edipo
¿Y qué hay de semejante entre el que me dio el ser y el que no es nada mío?
El Mensajero
Ni a él ni a mí nos lo debéis.
Edipo
¿Y por qué me llamaba su hijo?
El Mensajero
Sabed que os recibió de mis manos como un presente que le era caro.
Edipo
¿Y qué pudo hacerle querer lo que recibió de mano extraña?
El Mensajero
El dolor de verse sin hijos.
Edipo
¿Me comprasteis para darme al príncipe, o erais vos mi padre?
El Mensajero
Yo os había encontrado oculto en una garganta del Citerón.
Edipo
¿Con qué objeto andabais por esa montaña?
El Mensajero
Guardaba rebaños que pacían en aquellos valles.
Edipo
¿Ibais, pues, errante como un pastor mercenario?
El Mensajero
Sí, hijo mío; pero fuí vuestro salvador.
Edipo
¿A qué males, a qué peligros estaba yo entregado cuando vos me salvasteis?
El Mensajero
Las articulaciones de vuestros pies podrían ser testigos.
Edipo
¡Oh cielos! ¿Qué males antiguos venís a recordarme?
El Mensajero
Yo os libré de los lazos que herían vuestros pies.
Edipo
Es verdad; conservo la señal de las indignas mantillas con que fué envuelta mi niñez.
El Mensajero
También debéis a vuestro infortunio el nombre que lleváis.
Edipo
En nombre de los dioses, ¿fueron mis padres los que me dieron ese nombre? Explicaos.
El Mensajero
Lo ignoro, pero aquel de quien os recibí debe saberlo mejor que yo.
Edipo
¡Cómo! ¿Me recibisteis de otro y no fuisteis vos quien me encontró?
El Mensajero
No, no fuí yo. Otro pastor os puso en mis manos.
Edipo
¿Qué pastor era ese? ¿Podría yo conocerle?
El Mensajero
Era uno de los servidores de Layo.
Edipo
¿Del último rey de este país?
El Mensajero
Del mismo. Guardaba los rebaños de ese príncipe.
Edipo
¿Vive todavía? ¿Podría yo verle?
El Mensajero
Habitantes de esta comarca, vosotros debéis saberlo.
Edipo
¿Hay entre vosotros alguno que conozca al pastor de que habla este anciano, y que le haya visto, ya en el campo, ya aquí? Apresuraos a decírnoslo: he aquí el momento de descubrirlo todo.
El Coro
No creemos que ese pastor sea otro que el campesino que vos habéis ya deseado ver. Pero Yocasta misma podría decirlo mejor que nadie.
Edipo
¿Pensáis, señora, que el hombre de que hemos ya deseado la presencia sea el mismo a quien se refiere este anciano?
Yocasta
¿Quién es ese hombre? ¿Y a quién se refiere? Dejad esas vanas indagaciones y no os preocupéis de lo que os ha relatado.
Edipo
No, no se dirá que teniendo semejantes indicios me he descuidado en esclarecer mi nacimiento.
Yocasta
En nombre de los dioses, si os preocupa algo vuestra vida, no persigáis tal averiguación. Bastante sufro ya.
Edipo
Tranquilizaos ya, señora; aunque cambiando de madre por tercera vez, se descubriera en mí al esclavo de los esclavos, vuestro rango no se degradaría.
Yocasta
Dejaos persuadir, os lo suplico; no hagáis indagaciones.
Edipo
No obtendréis de mí que renuncie a conocer la verdad.
Yocasta
Tengo grandes razones para daros mejores consejos.
Edipo
Esos consejos me fatigan hace mucho tiempo.
Yocasta
¡Desgraciado! ¡Haga el cielo que no conozcáis nunca quién sois!
Edipo
¿Me traerán pronto al pastor? Dejadla complacerse en el orgullo de su origen.
Yocasta
¡Infortunado! He ahí todo lo que puedo deciros y os digo por última vez.
ESCENA IV
EDIPO, El mensajero, el Coro
El Coro
¿Por qué, príncipe, por qué la reina ha salido así, cual desgarrada por un dolor amargo? Mucho tememos que su silencio anuncie desgracias sin cuento.
Edipo
Que anuncie lo que quiera; no dejo por eso de querer conocer mi origen, por humilde que pueda ser. Llena del vano orgullo femenino, se avergüenza de mi obscuridad. Pero aunque yo no me considerase sino como el hijo feliz de la fortuna, no me creería deshonrado. Sin duda la fortuna es mi madre. Los meses y los días, creciendo conmigo, me han dado fuerza y magnitud; con semejante destino, no se me verá nunca cambiar hasta el punto de querer ignorar quién soy.
El Coro
Si poseyéramos el arte de la adivinación; si alguna luz viniese a alumbrar nuestro espíritu, oh Citerón, lo juramos por el Olimpo, el día que luce no transcurriría sin vérsenos, agradecidos a la alegría que proporcionas a nuestros amos, celebrarte con nuestros cantos y nuestras danzas, como el conciudadano, como el nodrizo, como el padre de Edipo. ¡Apolo, dios conservador, seamos gratos a tus ojos! ¿Qué dios, hijo mío, os dio el ser? ¿Alguna hija de Febo, sorprendida en los bosques por el dios Pan, a quien seduce el apartamiento campesino? ¿Hermes, quizá? ¿O acaso os recibió Dionisos de manos de las ninfas, habitantes del Helicón, de las ninfas que son a menudo las compañeras de sus juegos?
Edipo (Viendo al pastor que le traen.)
Sí, sin haber visto nunca a ese anciano, puedo hacer alguna conjetura; creo adivinar al pastor cuya presencia deseamos hace tiempo; su mucha edad concuerda con lo que se ha dicho y con la de este Extranjero. (Señalando al Mensajero venido de Corinto.) Reconozco, además, a los que le conducen; están a mi servicio. Pero vosotros (al Coro) que le habéis conocido antiguamente, debéis saber mejor que yo...
El Coro
Es él, le reconocemos, estad bien seguro. Era, más que otro alguno, adepto a Layo, de quien guardaba los rebaños.
Edipo
A vos os interrogo ante todo, habitante de Corinto: ¿ese anciano es el que queréis designar?
El Mensajero
El mismo que veis.
ESCENA V
Los precedentes, el DOMÉSTICO
Edipo
Y vos, anciano, miradme y responded a lo que os pregunte. ¿Estabais al servicio de Layo?
El Viejo Doméstico
Fuí su esclavo, no comprado, sino criado en su casa.
Edipo
¿De qué trabajo estabais encargado? ¿Qué empleo era el vuestro?
El Viejo Doméstico
Casi siempre estuve al cuidado de los rebaños.
Edipo
¿A qué sitio los conducíais más frecuentemente?
El Viejo Doméstico
Al monte Citerón y a los campos vecinos.
Edipo
¿Tenéis alguna idea de haber conocido allí a este hombre?
El Viejo Doméstico
¿En qué ocasión? ¿Y de qué hombre me habláis?
Edipo
Del hombre que aquí veis. ¿No habéis tenido relación con él?
El Viejo Doméstico
No la bastante para que mi memoria le recuerde con facilidad.
El Mensajero
No tiene nada de extraño; pero, señor, voy yo a recordarle distintamente lo que ha echado en olvido; pues harto sé que no lo ignora. Cuando en el monte Citerón conducíamos, él dos rebaños y yo uno solo, le veía con frecuencia, durante tres meses enteros, desde el fin de la primavera hasta la aparición de la estrella del Norte. Al acercarse el invierno, yo tornaba con mi rebaño a mis establos y él tornaba con los suyos al de Layo. (Al Viejo Doméstico.) ¿Lo que digo es verdad o no?
El Viejo Doméstico
Lo que decís es muy cierto, bien que hace mucho tiempo.
El Mensajero
Bien, decid. ¿Os acordáis de que me entregasteis un niño para criarle como mi propio hijo?
El Viejo Doméstico
¿Qué queréis decir y por qué esas preguntas?
El Mensajero (Señalando a Edipo.)
Ved, amigo mío, ved al que era entonces de una edad tan tierna.
El Viejo Doméstico
El cielo os confunda... ¿No os callaréis?
Edipo (Al Viejo Doméstico.)
Basta, anciano; no riñáis a este hombre. Vuestras palabras, no las suyas, merecen castigo.
El Viejo Doméstico
¿Y cuál es la falta que he cometido, mi generoso amo?
Edipo
No confesar el niño de que habla.
El Viejo Doméstico
Habla sin saber nada y fuera de sazón.
Edipo
Hablarás de buen grado o los castigos te harán hablar.
El Viejo Doméstico
En nombre de los dioses, ahorrad a un desgraciado anciano...
Edipo
Que le aten al instante las manos a la espalda.
El Viejo Doméstico
¡Infeliz de mí! ¿Y por qué? ¿Qué queréis saber?
Edipo
¿Entregaste a este hombre el niño de que habla?
El Viejo Doméstico
Se lo entregué. ¿Por qué no hallé aquel día el fin de mi vida?
Edipo
Lo encontrarás si no dices la verdad.
El Viejo Doméstico
Antes pereceré si la digo.
Edipo
Este hombre, bien se ve, sólo busca dilaciones.
El Viejo Doméstico
No las busco; he dicho que se lo había entregado.
Edipo
¿De quién lo habías recibido? ¿Era tuyo o de algún otro?
El Viejo Doméstico
No era mío; lo había recibido.
Edipo
¿De qué ciudadanos? ¿De qué casa?
El Viejo Doméstico
En nombre de los dioses, no me preguntéis más.
Edipo
Si tengo que repetirte la pregunta, date por muerto.
El Viejo Doméstico
Era un niño nacido en casa de Layo.
Edipo
¿Era un esclavo o un hijo suyo?
El Viejo Doméstico
¡Esto es lo que más trabajo me cuesta decir!
Edipo
Y a mí oir; pero no importa, es necesario que lo oiga.
El Viejo Doméstico
Pasaba por hijo de Layo. Pero la reina, que está en el palacio, podría mejor que nadie sacaros de dudas.
Edipo
¿Os entregó ella el niño?
El Viejo Doméstico
Sí, príncipe.
Edipo
¿Con qué objeto?
El Viejo Doméstico
Para que le hiciese perecer.
Edipo
¡Desgraciada! ¡Una madre!
El Viejo Doméstico
Temiendo un oráculo espantoso.
Edipo
¿Qué decía ese oráculo?
El Viejo Doméstico
Que el niño debía asesinar a los autores de sus días.
Edipo
Y entonces, ¿cómo pudisteis entregarlo a este anciano?
El Viejo Doméstico
Tuve piedad, señor, y se lo dí a este extranjero para que lo llevase a su patria. Le salvó de sus males para reservarle otros mayores, pues si sois, en verdad, quien él dice, ¡ved todo el horror de vuestro infortunio!
Edipo
¡Ay de mí, todo está ya en claro! Luz del día, te miro por última vez, yo que he nacido de quien nunca hubiera debido nacer; yo que he contraído lazos incestuosos; yo que he vertido la sangre que hubiera debido respetar.
El Coro
¡Razas infortunadas de los mortales! ¡No sois a mis ojos sino vanas sombras! ¿Quién entre los hombres ha conocido nunca otra dicha que la de parecer un momento feliz, gozar un instante de tal ilusión y caer al punto en el abismo? Contemplando tu infortunio, no tenemos en nada la felicidad de los mortales, oh desgraciado Edipo, que elevándote todo lo alto que le es dable a un mortal, has gozado todos los favores del destino; que hiciste perecer al monstruo de faz de doncella armado de garras crueles y famoso por sus enigmas; que fuiste para nuestra patria una muralla contra la muerte; que mereciste, en fin, ser nombrado nuestro rey. Todos los honores te han rodeado en el trono brillante de Tebas, y ¿qué hombre en las más grandes desgracias, en las más crueles revoluciones de su vida fué nunca más infortunado que tú ahora? ¡Oh, famoso Edipo, en qué puerto has abordado como padre, esposo e hijo! ¡Cómo, infortunado, cómo el lecho paterno ha podido sufrir en silencio semejantes horrores! El tiempo, que todo lo ve, te ha descubierto a tu pesar; hace justicia, al fin, a ese himeneo execrable, donde el que fué engendrado engendró a su vez. Hijo de Layo, hagan los dioses que no te veamos nunca. De nuestra voz gimiente, sólo se pueden ya esperar acentos de dolor; y para decir verdad, tú nos volviste a la vida y tú nos hundes nuevamente en la tumba.