ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
CREÓN, el Coro
Creón (Al Coro.)
Tebanos, al tanto de las acusaciones graves de que Edipo me ha hecho objeto, y no pudiendo soportar tal vergüenza, vengo en vuestra busca; como nunca, con mis acciones o con mis palabras, he intentado perjudicarle, prepararle la pena que sufre y de que me juzga el autor, con tal oprobio sobre mí, desearía poco prolongar mis días; pues no se trata de una imputación leve, sino grave en extremo, ya que no tiende nada menos que a declararme pérfido con vosotros, con mis amigos y con la patria.
El Coro
Es un ultraje que la violencia de la cólera, más que el sentimiento de la verdad, ha lanzado contra vos.
Creón
¿Cómo ha podido decir que yo había comprometido al adivino a proferir esa mentira?
El Coro
Lo ha dicho; pero no sabemos con qué fundamento.
Creón
¿Su rostro y su actitud no denotaban algún extravío en su espíritu?
El Coro
No sabemos; pues no hacemos objeto de investigación a nuestros señores. Pero he aquí al rey que sale de su palacio.
ESCENA II
Los precedentes, EDIPO
Edipo
¡Vos aquí! ¿Cómo habéis osado presentaros de nuevo? ¿Con qué cara osáis acercaros a este palacio, vos que me asesináis, que conspiráis abiertamente para arrebatarme el trono? Hablad; en nombre de los dioses, decidme si habéis descubierto en mi persona algún indicio de flaqueza o de demencia que os haya llevado a emprender esa conspiración. ¿Pensabais que yo no me percataría del artificio con que habéis envuelto vuestros propósitos y que al descubrirlo no me vengaría? ¿No es para vos la más loca de las empresas pretender, sin amigos y sin la aquiescencia del pueblo, usurpar un trono que sólo puede adquirirse con tesoros y con el apoyo de la multitud?
Creón
¿Sabéis ahora lo que habéis de hacer? A cuanto acabáis de decirme escuchad lo que he de responder, y cuando estéis enterado, juzgadme.
Edipo
Vos sois muy hábil para discurrir, y yo muy inhábil para asesorarme por vos, en quien he descubierto un enemigo peligroso.
Creón
Prestad oído un momento a lo que voy a deciros.
Edipo
No me digáis que no sois el más pérfido de los hombres.
Creón
Si pensáis que la obstinación es un bien, carecéis de prudencia y estáis en un error.
Edipo
Si pensáis poder atacar a un pariente sin que ello os traiga perjuicio, no es más pequeño vuestro error.
Creón
Lo que decís es justo, lo confieso. Pero dignaos decirme qué injuria habéis sufrido de mi parte.
Edipo
¿No me habíais persuadido de que era preciso enviar por ese famoso adivino?
Creón
Sin duda, y aún estoy en la misma creencia.
Edipo
¿Cuánto tiempo hace que Layo...?
Creón
¿Qué queréis decir? No adivino...
Edipo
¿Desapareció y murió a manos de un asesino?
Creón
Un largo espacio de tiempo ha transcurrido ya.
Edipo
¿Y ese adivino era entonces lo que es en su arte?
Creón
Era tan hábil y estaba tan en boga como hoy.
Edipo
¿Y entonces habló de mí?
Creón
No, nunca, al menos en mi presencia.
Edipo
¿Y no hiciste ninguna indagación sobre la muerte de Layo?
Creón
La hicimos, sin duda; ¿cómo íbamos a descuidar eso? Pero no pudimos averiguar nada.
Edipo
¿Y cómo tan hábil adivino no dijo entonces lo que hoy dice?
Creón
No sé; no me gusta hablar de lo que ignoro.
Edipo
Pero lo que os atañe no lo ignoraréis al menos, y lo podréis decir.
Creón
¿Qué podré decir? Si lo sé, no me negaré a ello.
Edipo
Que si Tiresias no se hubiera aliado con vos, no me hubiera achacado nunca la muerte de Layo.
Creón
Vos sabréis si os la achaca; en cuanto a mí, creo justo interrogaros a mi vez.
Edipo
Interrogad; no temo verme convicto de asesinato.
Creón
¿Qué? ¿El himeneo no os unió con mi hermana?
Edipo
No puedo negarlo.
Creón
¿No reináis aquí con ella? ¿No participáis de su imperio?
Edipo
Y todo lo que quiere lo obtiene fácilmente de mí.
Creón
¿No soy tratado de igual a igual por vosotros dos?
Edipo
Y en eso se ve la perfidia de un amigo como vos.
Creón
No, si me dais tiempo de explicarme, como yo os lo he dado. ¿Pensáis, por de pronto, que nadie preferiría nunca el poder supremo, con mezcla de temor, a ese mismo poder tranquilo y libre de inquietud? En cuanto a mí, lo que puede halagarme no es tanto tener el nombre de rey como tener el poder; y todo hombre prudente pensará como yo. Todo lo que puedo desear lo recibo de vos exento de alarmas. Si reinase yo, ¿a cuántas acciones no estaría obligado que contradirían mis deseos? ¿Cómo el goce del trono me sería más agradable que un poder tan sin límites, pero sin pena ni inquietud? No hay seducción que pueda hacerme preferir cosa alguna a un bien que reúne tantas ventajas. Hoy soy buscado por todo el mundo, todos me acarician y me halagan, a mí se dirigen los que os necesitan, por mí consiguen lo que piden. ¿Cómo podría yo, renunciando a tales dulzuras, ambicionar otras? Con un poco de prudencia, un espíritu razonable no llega a ser malo. Nunca mi corazón se inclinó a propósitos semejantes y nunca hubiera podido unirme con quien fuera capaz de ejecutarlos. Si queréis la prueba de lo que os digo, id a Delfos e informaos de si he interpretado fielmente la respuesta del oráculo. Si descubrís que he podido aliarme con el arúspice y conspirar contra vos en unión suya, pronunciad, si no basta una sola para perderme, dos sentencias y añadid mi voto al vuestro; pero no me acuséis arbitrariamente y por vagas sospechas, que no es justo confundir de un modo ligero a los malos con los buenos y a los buenos con los malos. Pensad que privarse de un amigo verdadero es (me atrevo a decirlo) privarse de la vida, a la que se tiene tanto apego. Pero el tiempo os hará conocer lo que debéis pensar. Sólo el tiempo muestra cuál es el hombre justo; un solo día basta para descubrir al malo.
El Coro
Si queréis evitar, oh príncipe, caer en el error, las advertencias de Creón no pueden sino seros útiles. La demasiada prevención nos pone en peligro de engañarnos.
Edipo
Cuando un enemigo se dispone a atacarme en secreto, es necesario que, a mi vez, yo me disponga a rechazar el ataque. Si permanezco tranquilo, si no me apresuro, su plan se ejecuta y mis propósitos son vanos.
Creón
En fin, ¿qué queréis? ¿Echarme de esta tierra?
Edipo
Es demasiado poco; quiero vuestra muerte, y no vuestro destierro.
Creón
Cuando me hayáis mostrado qué motivo de malquerencia y de reproche podéis tener contra mí.
Edipo
Me habláis como si no creyeseis en mis amenazas o quisierais desafiarlas.
Creón
No veo vuestro espíritu conducido por la razón.
Edipo
Lo está para lo que me atañe.
Creón
Lo debe estar también para lo que me concierne.
Edipo
¡Cómo! ¡Si sois un traidor!
Creón
Pero si os engañáis...
Edipo
Quiero ser obedecido.
Creón
No lo seréis si reináis mal.
Edipo
¡Tebas, Tebas!
Creón
No la llamaréis vos sólo: la llamaré yo también en mi socorro.
El Coro
Príncipes, cesad. He ahí a Yocasta que sale del palacio; viene a punto para mediar en vuestra querella.
ESCENA III
Los precedentes, YOCASTA
Yocasta
¡Infortunados! ¿Qué combate es ese de palabras imprudentes con que os humilláis uno a otro? ¿No os avergonzáis, en medio de las miserias públicas, de suscitaros además males domésticos? Entrad en vuestro palacio, Edipo; vos, Creón, volved al vuestro. No hagáis de una pequeña causa un gran motivo de pena.
Creón
Hermana mía, se trata de una suerte cruel que me prepara Edipo, vuestro esposo, haciéndome escoger entre estos dos suplicios: el destierro o la muerte.
Edipo
Sí, puesto que le he sorprendido tramando contra mi vida una conspiración abominable.
Creón
No goce yo más tiempo de la luz, perezca bajo el peso del odio celeste, si soy culpable de lo que me acusa.
Yocasta
En nombre de los dioses, Edipo, creed en su palabra. Considerad el juramento que dirige a los inmortales; considerad los deseos de vuestra esposa y los de vuestro pueblo.
El Coro
Que vuestro propio corazón, que la razón, gran príncipe, os fuercen a rendiros, os lo suplicamos.
Edipo
¿Qué exigís de mí?
El Coro
Respetar a un príncipe ya digno de vuestra consideración y cuyo juramento además debe realzarle a vuestros ojos.
Edipo
¿Sabéis lo que me pedís?
El Coro
Sin duda.
Edipo
Explicaos.
El Coro
No tratar como a un criminal cargado de oprobios a un amigo a quien la religión del juramento ha consagrado, cuando no tenéis ninguna prueba evidente contra él.
Edipo
Sabed, pues, que al pedirme esa gracia me pedís a mí mismo o mi destierro o mi muerte.
El Coro
Ponemos por testigo al sol, el más brillante de los inmortales; perezcamos abandonados de los dioses y de nuestros amigos, víctimas de la suerte más funesta, si semejante pensamiento ha tenido entrada en nuestro espíritu. Pero ¡infelices de nosotros! el estado horrible de la patria nos desgarra el corazón y sentimos aún aumentar nuestro infortunio si la desgracia de vuestras visiones colma nuestros males.
Edipo
Bien, que escape a mi venganza, que deba yo perecer o verme con indignidad expulsado de esta tierra. Sólo por vuestra súplica, no por la suya, me dejo conmover. En cuanto a él, esté donde esté, no puede ser a mis ojos sino objeto de odio.
Creón
No cedéis sino a pesar vuestro: lo veo; pero ese pesar os dolerá cuando vuestra cólera haya tenido término. Un carácter como el vuestro lleva en sí mismo su propio castigo.
Edipo
Salid o dejadme.
Creón
Salgo sin que me hagáis justicia; pero justificado a los ojos del pueblo. (Sale.)
El Coro (A Yocasta.)
¿Por qué, Princesa, demoráis el tornar al rey a su palacio?
Yocasta
Quisiera saber qué acontecimiento...
El Coro
Sospechas sin fundamento han surgido y atormentan a quien no las merece.
Yocasta
Por una y otra parte.
El Coro
Es muy cierto.
Yocasta
¿Sobre qué discutían?
El Coro
Basta ya, a nuestro juicio. Muchas desgracias pesan sobre la ciudad; detengámonos donde termina su querella.
Edipo
¿No veis, hombres prudentes, a lo que conducen esas palabras? Abandonáis mis intereses y desgarráis mi corazón.
El Coro
Os lo hemos dicho ya, oh rey nuestro, estad convencido; mereceríamos pasar por insensatos, incapaces de reflexión, si nos separásemos de vos, oh príncipe, de vos que habéis levantado nuestra patria y la habéis sacado de la situación deplorable a que se hallaba reducida. Seguid siendo ahora nuestra guía y salvadnos si os es posible.
Yocasta
En nombre de los dioses, Edipo, decidme de dónde puede proceder la violenta cólera de que estáis animado.
Edipo
Os lo diré, señora (pues mis consideraciones para vos irían aun más lejos): procede de Creón y de la conspiración que ha tramado contra mí.
Yocasta
¿Tenéis algún evidente motivo de acusación?
Edipo
Dice que soy yo el matador de Layo.
Yocasta
¿Lo dice como sabiéndolo por sí mismo o como habiéndose enterado por algún otro?
Edipo
Lo dice por boca de un pérfido adivino que me ha enviado y que se complace por doquier en desencadenar su lengua contra mí cuanto le es posible.
Yocasta
Dejad un momento el cuidado que os ocupa; escuchadme y ved hasta qué punto el arte de la adivinación es quimérico entre los humanos; os lo probaré en pocas palabras. Un oráculo fué enviado a Layo (no diré que viniese del mismo Febo, sino de uno de sus ministros). Este oráculo anunciaba que su destino le condenaba a perecer a manos de un hijo que tendría conmigo, y sin embargo, es público que bandidos extranjeros le asesinaron en un sitio donde el camino se divide en tres ramales. En cuanto a su hijo, apenas habían transcurrido tres días de su nacimiento cuando, atándole los pies, Layo le hizo abandonar, por manos extrañas, en una montaña inaccesible. Así el oráculo de Apolo no se realizó; mi hijo no fué el asesino de su padre y Layo no murió a manos de su hijo, como tanto lo había temido. A esto vinieron a parar todos los vanos discursos proféticos. Cesad, pues, de inquietaros. Lo que los dioses quieren indagar lo descubren sin trabajo.
Edipo
¡Qué sorpresa escuchándoos, señora, acaba de turbar mi ánimo y de llenarme de confusión!
Yocasta
¿Qué inquietud os asalta y os hace hablar así?
Edipo
Creo haberos oído decir que Layo fué asesinado en un camino que se divide en tres ramales.
Yocasta
Sí; pues así se dijo y no ha cesado de repetirse.
Edipo
¿Y en qué comarca está el lugar donde la muerte se cometió?
Yocasta
En la Fócida. Dos caminos diferentes que vienen de Delfos y de Daulis y convergen en un tercero.
Edipo
¿Y en qué tiempo ocurrió ese acontecimiento?
Yocasta
Se hizo público en la ciudad poco antes de que vos subieseis al trono de Tebas.
Edipo
¡A qué me habéis destinado, oh Zeus!
Yocasta
¿Qué pensamiento os agita, Edipo?
Edipo
No me interroguéis. Decidme solamente cuál era la estatura y el aspecto de Layo, y qué edad representaba.
Yocasta
Era alto; sus cabellos comenzaban a blanquear y su rostro tenía algún parecido con el vuestro.
Edipo
Triste de mí. ¡Ha sido, pues, sobre mí mismo sobre quien he lanzado hace un momento, sin saberlo, mis horribles imprecaciones!
Yocasta
Príncipe, ¿qué decís? No me atrevo ni aun a miraros.
Edipo
Mucho me temo que sea el adivino demasiado clarividente. Me aseguraré más, si queréis seguir respondiéndome.
Yocasta
Tiemblo. No obstante, interrogadme y os diré lo que pueda saber.
Edipo
¿Viajaba sin pompa o iba acompañado de numerosos satélites como cuadra a un rey?
Yocasta
Cinco hombres constituían su séquito; en ese número estaba comprendido un heraldo. No llevaba más que un sólo carro.
Edipo
¡Todo se ha aclarado! ¿Y quién, señora, os trajo la noticia de la muerte de Layo?
Yocasta
Un hombre de su séquito, el único que escapó.
Edipo
¿Y ese hombre, está ahora en este palacio?
Yocasta
Ya no está; pues tan luego como regresó y os vio, después de la muerte de Layo, tornaros dueño de este imperio, me suplicó, cogiéndome la mano, que le enviase al campo y le encargase de la guarda de los rebaños para ahorrarle el dolor de ver nunca más esta ciudad. Le envié; pues, aunque esclavo, hubiera merecido por adhesión una gracia aun más particular.
Edipo
¿Se le podría mandar llamar en seguida?
Yocasta
Sin duda... Pero, ¿cuál es vuestro designio haciéndole venir?
Edipo
Temo en lo profundo de mi corazón, que se me haya dicho demasiado; por eso quiero verle.
Yocasta
Seréis complacido. Pero, señor, ¿me concederéis la gracia de enterarme de lo que os atormenta?
Edipo
Me guardaré bien, señora, de negárosla, en medio del caos de esperanzas a que me abandono todavía. Y ¿a quién podría confiarme mejor que a vos, en las circunstancias singulares en que me encuentro? Mi padre, que se llama Polibio, es de Corinto, mi madre de Doria, y se llama Mérope. Yo era considerado en Corinto como el primero de los ciudadanos, antes que la suerte diera lugar a un acontecimiento que no deja de ser sorprendente, pero que no merecía las inquietudes que me causó. En un banquete, un hombre presa de la embriaguez me dijo en el calor del vino que yo no era sino un hijo adoptivo que habían dado a mi padre. Bajo el peso de tal insulto me costó trabajo contenerme durante el resto del día. Pero al siguiente fuí en busca de los autores de los míos y les hice oir mis quejas. Se indignaron del ultraje que me había hecho el que aventuró semejantes palabras. Su respuesta me dio alguna alegría; sin embargo, lo que se me había dicho había penetrado muy hondo para no desgarrarme el corazón. Sin saberlo mis padres partí en secreto para Delfos. Apolo, a quien consulté, me dejó volver sin dignarse responder a las preguntas que yo había venido a hacerle; pero me anunció, sin oscuridad, cuanto hay de más horrendo, de más deplorable, de más terrible. Me dijo que debía casarme con mi madre; que daría el ser a una raza execrable a los ojos de los mortales, que sería el asesino de mi padre. Apenas hube oído estas palabras, resuelto a abandonar Corinto y a no medir en adelante la distancia a que pudiera hallarme de dicha ciudad sino por la de los astros, emprendí la huída hacia lugares donde pudiera evitar la realización de los oráculos crueles que me habían sido anunciados. Avanzo; me acerco al sitio en que decís que Layo fué asesinado, y osaré, señora, deciros la verdad. Cuando estuve cerca del lugar donde convergen los tres caminos, un heraldo y un hombre como el que habéis descrito, montado en un carro, me salieron al paso. El auriga y el mismo anciano quisieron apartarme con violencia. En mi cólera, golpeo al guía audaz que me empujaba fuera del camino: el anciano que me ve pasar junto al carro aprovecha la ocasión y me alcanza con su látigo en medio de la cabeza; en seguida recibió un castigo más grande que el golpe que me había dado. Le golpeé con el bastón de que mi mano estaba armada y en el mismo momento cayó de lo alto de su carro, boca arriba, y rodó por el polvo. Todos sus acompañantes perecieron a mis golpes. ¿Si aquel extranjero tiene algo de común con Layo, quién fué nunca más desgraciado que yo? ¿Qué mortal fué más odiado por los dioses? Ningún ciudadano, ningún extranjero podrá ya hablarme ni recibirme en su casa; todos me rechazarán de su hogar. ¡Y esta sentencia, estas imprecaciones yo mismo las he lanzado sobre mí! ¡Mis manos, estas manos ensangrentadas mancillan el lecho de aquel a quien asesinaron! ¿Soy en efecto un criminal? ¿Soy un mortal impuro? Yo que estoy obligado a huir para evitar, huyendo, encontrar nuevamente a los autores de mis días y poner los pies en mi patria, de nuevo me expongo a unirme con mi madre en himeneo incestuoso y a llegar a ser el asesino de mi padre, de Polibio, a quien debo la crianza y la vida. ¿Quién, ante los males, por un dios cruel acumulados sobre mí, podría justificarle? Haced, haced, oh majestad santa de los inmortales, que semejante día no luzca nunca para mí; que yo desaparezca de la morada de los hombres antes de ver sobre mi frente el estigma de tal desgracia.
El Coro
Lo que acabamos de oir, oh rey nuestro, nos hiela de terror; no obstante, conservad aún alguna esperanza.
Edipo
La única esperanza que me queda, lo mismo que a vosotros, está en ese hombre encargado de la guarda de nuestros rebaños.
Yocasta
¿Qué podéis esperar de su presencia?
Edipo
Voy a explicároslo. Si confirma exactamente vuestro relato, no temeré ya ser criminal.
Yocasta
¿Qué he dicho yo que pueda ser tan ventajoso para vos?
Edipo
Que, según los relatos de ese hombre, Layo fué asesinado por bandidos. Si persiste en hablar de varios asesinos, no soy yo quien le hice perecer, pues uno solo no es posible que parezca varios; pero si no designa más que un solo hombre, todo está aclarado y a mí es imputable el crimen.
Yocasta
Ese hombre se explicó bien, no lo dudéis; no le es posible retractarse; no soy yo sola quien le ha oído: toda la ciudad ha podido oirle como yo. Pero aunque llegase a cambiar de lenguaje, no nos demostraría que la muerte de Layo haya justificado el oráculo de Apolo, que había anunciado que el príncipe moriría a manos de su hijo. Ese hijo infortunado no ha hecho perecer a su padre, sino que él pereció antes miserablemente. Así, en este caso, como en cualquier otro que sobrevenga, no puedo dar fe a la palabra de un adivino.
Edipo
Tenéis razón. Con todo, enviad a buscar a ese hombre: no descuidéis eso.
Yocasta
Voy a enviar por él al punto. Pero entremos. No quiero hacer nada que no os sea grato.
El Coro
¡Concédanos el cielo la dicha de conservar en nuestras palabras y acciones la incorruptible pureza, cuyas leyes sublimes nacieron en el seno de las regiones celestes! No deben el ser estas leyes a la raza de los mortales; el Olimpo solo les dio nacimiento, y el sueño del olvido no podrá jamás alcanzarlas. Por ellas Zeus es grande y no envejece nunca. La tiranía produce el orgullo, que, locamente embriagado de cuanto hay de extravagante, se eleva a las alturas escarpadas, donde sus pasos tórnanse vacilantes y poco firmes. Poderoso dios, no interrumpamos estos debates esclarecedores, que deben salvar a la ciudad; oye los votos que te dirigimos y nunca cesaremos de considerarte como nuestro dios tutelar.
Si, sin temor a la justicia, sin respetar las moradas eternas de los dioses, algún mortal da rienda suelta a su orgullo en sus palabras o en sus actos; si aumenta sus riquezas por medios ilícitos; si persiste en su impiedad y se apega insensatamente a deseos que le están vedados, que el destino más funesto sea su patrimonio, y la sanción de su culpable insolencia. ¿Y quién vendría entonces a defenderle de los dardos destinados a horadar su alma? Si semejantes acciones fueran honradas, ¿para qué en adelante nuestras danzas sagradas en honor de los inmortales? No iríamos ya con nuestros votos al lugar sagrado que se llama el centro de la tierra, ni al templo abesiano, ni al de Olimpia, donde Zeus es adorado, si los oráculos que han sido publicados resultan inútiles para los humanos. ¡Oh, soberano de los dioses, oh Zeus, tú que tienes bajo tu imperio el universo, si es cierto que te dignas oirnos, no te olvides de ti mismo; no olvides los intereses de tu poder inmortal! Ya las predicciones anunciadas a Layo son consideradas como nulas; Apolo no tendrá ya honores que pretender: el culto de los dioses está destruido.