ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

EDIPO, el séquito, el Coro, el Pueblo reunido

Edipo (Al Coro.)

Invocáis a los dioses; pero lo que les pedís, socorro, alivio para vuestros dolores, lo obtendréis si queréis escucharme, obedecerme y someteros a lo que exigen nuestros males. Voy a hablar como extraño a lo que el oráculo acaba de hacernos saber, como extraño al crimen cometido, del que no puedo descubrir las huellas si no se me proporcionan los medios. Ciudadano hace poco tiempo de Tebas, sólo me es dable socorreros con la orden que voy a publicar. Cualquiera de vosotros que sepa a qué manos pereció Layo Labdácida, le invito a desenmascararle. Si el que fué el asesino teme ser denunciado, que se anticipe y se acuse; no tiene nada enojoso que temer; el destierro será su único suplicio. Si el asesino es extranjero, que quien le conozca lo declare y me apresuraré a recompensarle y le guardaré eterno reconocimiento. Pero si os obstináis en callar; si, temiendo por un amigo o por vosotros mismos, desacatáis mi orden, escuchad lo que voy a ordenar contra el culpable. Quiero, sea del rango que sea, que nadie en esta tierra sometida a mi imperio le reciba, le hable, le admita en las plegarias, los sacrificios y las libaciones consagrados a los dioses; que todos los habitantes le echen de sus hogares, como la causa impura del azote que nos aflige; pues así el oráculo de Delfos me lo ha hecho entender claramente; y quiero, haciendo uso del poder de que estoy revestido, servir al mismo tiempo al dios y al rey que ya no existe. ¡Quiera el cielo que mis imprecaciones contra el culpable ignorado, ya haya sido solo, ya haya tenido cómplices, le entreguen a la infamia y a todas las privaciones de una vida desgraciada! ¡Quiera el cielo que, aun en el caso de que, sin yo saberlo, sea de mi familia, experimente todos los males con que mis maldiciones le han amenazado! Pero a vosotros, tebanos, os encargo de la ejecución de mis deseos, por mi propio interés, por el de Apolo, por el de la patria, que agoniza en la esterilidad y el abandono de los dioses. ¡Y aunque los dioses no hubieran suscitado contra vosotros ese azote terrible! ¿estaría bien, luego de la muerte de un rey tan bueno, dejar su asesinato sin expiación y no buscar a los autores? Yo soy soberano del mismo imperio donde él reinaba; poseo su lecho, su esposa; he tenido hijos de ella; y si él los hubiera tenido lo serían míos. Por tantas razones, pues su infortunio ha sido tanto, pretendo vengarle, como vengaría a mi padre, y poner todo mi cuidado en descubrir, en detener al asesino de ese labdácida que, por Polidoro y Cadmo, desciende del antiguo Agenor. A aquellos de vosotros, tebanos, que no obedezcan lo que acabo de mandar, pido a los dioses que la tierra no les dé cosecha ni posteridad sus mujeres, y que perezcan luego víctimas del azote que nos persigue o de un destino aún más deplorable; pero a los que secunden mis designios, quiera el cielo que la justicia que combate en nuestro favor y todos los dioses les sean siempre favorables.

El Coro

Obligados por vuestras imprecaciones, ¡oh, Príncipe! hablaremos. No hemos matado al rey e ignoramos quién fué su asesino; al dios que os envía el oráculo corresponde descubrirlo.

Edipo

Lo que decís es justo. Pero ¿puede un mortal exigir de los dioses lo que ellos le niegan?

El Coro

Añadiremos a lo dicho una segunda reflexión.

Edipo

Aunque se os ocurra una tercera, no vaciléis en comunicármela.

El Coro

El soberano genio de Tiresias sabemos que se acuerda perfectamente con el genio supremo de Apolo; dirigiéndose a tal adivino, se podría, oh Príncipe, descubrir la verdad.

Edipo

Lo que me aconsejáis ya lo he hecho; y conforme al consejo de Creón, le he enviado dos mensajes. Me sorprende que aún no haya venido.

El Coro

A la verdad, los rumores que corren de antiguo no merecen crédito.

Edipo

¿Qué rumores? No quiero dejar de tener ninguno en cuenta.

El Coro

Se pretende que Layo fué asesinado por no se qué viajeros.

Edipo

Me lo han dicho; pero no se conoce ningún testigo del crimen.

El Coro

Por poco accesible que sea el criminal al temor, en cuanto conozca vuestras imprecaciones será vencido por ellas.

Edipo

Quien no ha tenido miedo del crimen, no lo tendrá de las palabras.

El Coro

Pero he ahí a quien sabrá pronto descubrir al criminal. Os traen al adivino inspirado por los dioses, único entre los mortales que lleva en su seno la verdad.

ESCENA II

Los precedentes, TIRESIAS

Edipo

Vos, que sometéis a vuestra inteligencia cuanto ignoran los hombres, cuanto pueden aprender, cuanto encierran cielos y tierras, Tiresias, aunque vuestros ojos no ven, conocéis tan bien como nosotros el mal contagioso por que esta ciudad es desolada. Sólo a vos, soberano intérprete de los dioses, os miramos hoy como nuestro apoyo y nuestro libertador. Porque Febo, si no lo sabéis ya por mis mensajes, nos ha respondido que, para salir del abismo en que estamos, no tenemos otro recurso que descubrir a los matadores de Layo y condenarles a muerte o desterrarlos. Dignaos, por lo tanto, sin escatimar ni consultas ni auspicios ni ninguno de los otros medios de adivinación, salvar a esta ciudad y a su Príncipe y a vos mismo. Salvadnos de la impureza que la muerte de Layo extendió por esta tierra; sólo en vos reposa nuestro espíritu. ¡Qué más noble, qué más digna función que emplear sus facultades y su poder en provecho de sus conciudadanos!

Tiresias (Aparte.)

¡Oh, qué triste es poseer algunas luces cuando no sirven para nuestra felicidad! Harto sé lo que me preguntan, y muero de dolor... ¿Para qué habré venido?

Edipo

¿Qué sucede? ¿Qué abatimiento es ese en que os presentáis a mí?

Tiresias

Dejadme volver sobre mis pasos, creedme, sufriréis más fácilmente vuestras desgracias y yo las mías.

Edipo

Esas palabras son injustas y crueles para la patria que os mantiene y a la que queréis privar de la explicación que os pido.

Tiresias

Sólo veo imprudencia en vuestras palabras, y no quiero ser tan imprudente como vos.

El Coro (A Tiresias.)

En nombre de los dioses, iluminado como estáis, no nos abandonéis; nos prosternamos ante vos para suplicároslo.

Tiresias

Estáis todos obcecados. No veis que yo quisiera callarme mis males para no descubriros los vuestros.

Edipo

¿Qué decís? ¡Estáis enterado y no os dignáis ilustrarnos! ¡Queréis traicionarnos, queréis perder la ciudad!

Tiresias

No quiero afligiros a vos ni a mí. ¿Para qué interrogarme en vano? No sabréis nada por mí.

Edipo

¡Oh, el más malo de los hombres (pues tu obstinación irritaría a un corazón de mármol)! ¡No hablarás! Te mostrarás siempre inflexible, inconmovible.

Tiresias

Me reprocháis la cólera que os inspiro; pero veis la que hay dentro de vos, y me condenáis.

Edipo

¿Y quién podría sin cólera escuchar tus palabras que ultrajan a la patria?

Tiresias

Lo que tengo que decir se descubrirá por sí mismo, aunque yo quisiera ocultarlo en la sombra del silencio.

Edipo

Lo que debe descubrirse es menester que tú me lo declares.

Tiresias

No me explicaré más. Ahora entregáos, si os place, a los más feroces movimientos de vuestra ira.

Edipo

Bien, en el furor que me domina, no disimularé nada de lo que presumo. Sabe, pues, que sospecho que eres tú el autor de la conspiración: que tú lo has hecho todo menos matar al rey, y que si no hubieras estado ciego el crimen hubiera sido tuyo por entero.

Tiresias

Y yo os digo, en verdad, que seréis la víctima de vuestro propio anatema, y que, en el mismo día, el pueblo y yo no os hablaremos más; que os miraremos todos como el objeto impuro cuya presencia ha mancillado esta tierra.

Edipo

¿A qué punto de impudicia has llegado para atreverte a hablarme así? ¿Y dónde crees poder desafiar mi venganza?

Tiresias

La desafío ya, puesto que llevo en el seno la omnipotente verdad.

Edipo

¿Quién te enteró de ella? ¿Tu ciencia?

Tiresias

Vos mismo; vos, que, a pesar mío, me habéis obligado a explicarme.

Edipo

¿Qué has dicho? Repite de nuevo para enterarme.

Tiresias

¿No me habéis entendido bien o queréis instarme a decir más?

Edipo

No estoy bastante enterado, es preciso que te expliques otra vez.

Tiresias

Digo que sois vos mismo el asesino que buscáis.

Edipo

No repetirás impunemente dos veces semejantes horrores.

Tiresias

¿Seguiré hablando para irritaros más?

Edipo

Todo lo que quieras, tus discursos no serán menos frívolos.

Tiresias

Digo que no conocéis la unión infame que os une con lo más caro para vos ni el abismo horrible en que estáis.

Edipo

¿Piensas lisonjearte mucho tiempo de haber proferido tales palabras?

Tiresias

Sí, si la verdad tiene alguna fuerza.

Edipo

La tiene, sin duda, pero no para ti, a quien una profunda ceguera impide a la vez ver, oir y entender.

Tiresias

Desgraciado; me ultrajas, pero tales ultrajes los recibirás pronto de todos.

Edipo

En la noche oscura en que estás hundido, no sabrías herirme a mí ni a ninguno de los mortales que gozan de la luz.

Tiresias

El destino no quiere tampoco que caigáis bajo mis golpes, sino bajo los de Apolo que se ha reservado el cuidado de castigaros.

Edipo

¿De quién parten esas imposturas? ¿De Creón o de ti?

Tiresias

Creón no os ha hecho ningún mal; sois vos quien os lo habéis hecho.

Edipo

¡Oh, riquezas, poder del trono, dones supremos del espíritu que lanzáis sobre la vida un resplandor tan peligroso, cuán inevitable es que la envidia vele incesantemente en torno vuestro cuando Creón, que empezó por tener toda mi confianza y se mostró mi amigo, celoso ahora del trono que yo no pedí y que los tebanos me dieron, no tiene otro deseo sino echarme de él, y en la secreta trama en que me envuelve, se sirve contra mí de este pretendido adivino, de este impostor artificioso, de este mendigo abyecto, que no sabe ver sino el oro y es ciego para su arte!... Pero dime cómo se explica que seas tan hábil adivino y que cuando el monstruo canoro hacía oir aquí sus cantos fúnebres no descubrieses medio alguno de libertar de él a tu patria. ¿Había que dejar a un extranjero el cuidado de descifrar los enigmas de tal monstruo y no debías entonces emplear tus profecías? Y no obstante, ni tus aves ni los dioses te hicieron conocer nada. Fué Edipo, fuí yo quien, llegando aquí y no sabiendo nada de lo que concierne a tu arte, supe vencer al monstruo, no por el vuelo de las aves, sino por la penetración de mi mente; y no obstante, hoy querrías echarme del trono, en la esperanza de tener siempre libre acceso a él ocupándolo Creón.

Pero espero que tú y tu cómplice tendréis lugar de arrepentiros de haber tramado contra mí esta conjura; y ya, si no tuviese en cuenta tus años, habrías reconocido por tu suplicio la vanidad de tus esperanzas.

El Coro

En medio de nuestras conjeturas, oh príncipe, demasiado vemos que sólo la cólera ha podido dictar a uno y otro semejante lenguaje. Pero dejemos tales palabras inútiles y pensemos sólo en la mejor manera posible de cumplir el oráculo.

Tiresias

Por muy rey que seáis, Edipo, os responderé como a mi igual, pues no soy vuestro esclavo ni lo sería de Creón si llegase a reinar: Apolo es el único a quien sigo. Me habéis ultrajado, me habéis reprochado la pérdida de los ojos; los vuestros están abiertos, no lo niego; pero no veis en qué males estáis hundido, en qué morada vivís, con quién habitáis... ¿Sabéis de quién procedéis? Ignoráis que sois el enemigo de los vuestros, de los que están entre los muertos y de los que están aún sobre la tierra. Las dos furias vengadoras de una madre y de un padre os herirán a la vez y os echarán luego de esta comarca; veis ahora la luz y no veréis ya sino las tinieblas. ¡Qué ribera, qué antro del Citerón no resonará con vuestros lamentos, cuando conozcáis lo que es el tempestuoso himeneo en que creísteis hallar un puerto tranquilo! ¡No conocéis la cadena de horrores que debe asimilaros a vuestros hijos y a vuestros hijos a vos! Ahora, desencadenaos contra Creón y contra mí; ya que entre todos los mortales confundidos por el infortunio no habrá nunca ninguno tan criminal como vos.

Edipo

¿Sufriré por más tiempo semejantes ultrajes? Perecerá... Huye sin tardanza, huye y sal para siempre de aquí.

Tiresias

No hubiera venido si no me hubierais llamado.

Edipo

No podía imaginar que palabras tan insensatas salieran de tu boca; no me hubiera apresurado tanto a llamarte.

Tiresias

Os parezco insensato. Era sabio a los ojos de quienes os dieron el ser.

Edipo

¿Quiénes son? No te vayas... ¿A qué mortales debo el nacimiento?

Tiresias

La misma luz alumbrará tu nacimiento y tu muerte.

Edipo

Es demasiado prolongar palabras enmarañadas y obscuras.

Tiresias

¡Érais en otro tiempo tan hábil para penetrar tales enigmas!...

Edipo

¡Insúltame ahora en las ventajas que son mi gloria!

Tiresias

Esas ventajas os han perdido.

Edipo

¿Qué me importa mi pérdida si he salvado a la ciudad?

Tiresias

Me retiro. Niño, conducidme.

Edipo

Que te conduzca, ya que extiendes a tu paso la turbación y el desorden; cuando estés lejos de aquí, no nos importunarás.

Tiresias

Salgo; pero al partir diré, sin temer vuestra presencia, cuanto tenía que decir, pues no está en vuestro poder el perderme. Os anuncio que el asesino que buscáis, que amenazáis y que queréis castigar por la muerte de Layo, pasa aquí por un extranjero admitido en el número de nuestros ciudadanos; pero que pronto será reconocido por verdadero hijo de Tebas, y ese cambio no será para él motivo de alegría; pues ve la luz y no la verá más; es rico, y se tornará pobre, y explorando su camino con un báculo que le servirá de apoyo, pasará a una tierra extranjera. Se juntarán en él el padre y el hermano de sus hijos, el hijo y el esposo de la que le dio el ser, el asesino de su padre y el marido de su madre. Volved ahora a vuestro palacio y meditad sobre lo que acabáis de oir; si podéis llamarme mentiroso decid que no sé nada del arte de la adivinación.

El Coro

¿Quién es aquel a quien el antro profético de Delfos ha denunciado como el asesino cuyas manos ensangrentadas cometieron el más horrible de los crímenes? En seguida debe, con pie más ligero que los más veloces corceles, precipitar su fuga. El hijo de Zeus, armado de relámpagos, se apercibe a confundirle y las furias terribles e inevitables siguen los pasos del dios. Su voz inmortal acaba de resonar en el Parnaso nevado y nos manda seguir por todas partes las huellas del matador desconocido. Sin duda, semejante a un toro salvaje, vaga por la espesura de los bosques, por las cavernas, por las rocas desiertas; y arrastrando con dolor su vida solitaria intenta esquivar los oráculos de Delfos; pero esos oráculos, que no mueren nunca, le siguen y vuelan tras él. ¡Con qué horribles, con qué espantosos pensamientos el sabio adivino ha turbado nuestro espíritu! No podemos ni acogerlos ni rechazarlos; no sabemos lo que hemos de decir. Nos abandonamos al vuelo de la esperanza sin mirar a los lados ni atrás. ¿Qué motivo de querella ha podido haber nunca entre los Labdácidas y el hijo de Polibio? Lo ignoramos y no sabemos tampoco en virtud de qué conjeturas, entregándonos a la voz que acaba de hacerse oir entre nosotros, podríamos vengar en Edipo la muerte de Layo de la que se ignora el autor.

Zeus y Apolo no lo ignoran; conocen todas las acciones de los mortales. Pero nada podrá persuadirnos de que un adivino esté más enterado que nosotros y que la sabiduría de un hombre le ponga por encima de la de otro. No, nunca, sin estar convencidos por el testimonio de nuestros ojos, uniremos nuestra voz a la de los acusadores de Edipo. Cuando el monstruo alado con rostro de mujer apareció ante él, ¿no dio brillante muestra de su sabiduría y de su buena voluntad para nuestra patria? Después de tan gran servicio, nuestro espíritu se resiste a no ver en él sino un mal hombre.