VI.
Los atenienses ayudan a entrar en Corcira a los desterrados y después los matan.
Al mismo tiempo que pasaban estas cosas, Eurimedonte y Sófocles, capitanes de los atenienses, partieron con su armada para ir a Sicilia y descendieron en tierra de Corcira. Estando allí salieron al campo juntamente con los ciudadanos contra los desterrados que, habiéndose hecho fuertes en el monte de Istone, ocuparon todas las inmediaciones de la ciudad y hacían gran daño a los que estaban dentro. Acometiéndoles, les ganaron los parapetos que habían hecho, obligándoles a huir y a retirarse a un lugar más alto de la montaña, donde, puestos en gran aprieto, se rindieron con condición de entregar todos los extranjeros que habían ido en su ayuda a la voluntad de los atenienses y corcirenses, y que los naturales de la ciudad estuviesen en guarda hasta tanto que los atenienses conociesen de su causa y determinasen lo que querían hacer de ellos, y si entretanto se hallase que un solo hombre de ellos contraviniera a este convenio o quisiese huir, dejara de aplicarse a todos en general. En cumplimiento de este contrato fueron llevados a la isla de Ptiquia. Pero sospechando los principales de Corcira que los atenienses por piedad no los mandasen matar como ellos deseaban, inventaron este engaño. Primeramente enviaron a la isla algunos amigos de los desterrados que allí estaban, los cuales les hicieron entender que los atenienses tenían determinado entregarlos a los corcirenses, por lo cual harían bien en procurar salvarse prometiéndoles navíos para ello. Con este consejo acordaron escaparse y embarcados ya fueron presos por los mismos corcirenses.
Roto de esta manera el contrato arriba dicho, los capitanes atenienses entregaron los presos a la voluntad de los corcirenses, aunque primero fueron advertidos del engaño, mas lo hicieron, porque debiendo partir de allí para Sicilia, pesábales que otras personas tuviesen la honra de llevar a Atenas a los que ellos habían vencido. Puestos los prisioneros en manos de los de la ciudad de Corcira fueron todos metidos en un gran edificio, y después los mandaron sacar fuera de veinte en veinte atados y pasar por medio de dos hileras de hombres armados. Al pasar por la calle, antes que llegasen donde estaban los hombres armados, los que tenían algún odio particular contra alguno de ellos, le picaban y punzaban, y asimismo los verdugos que los llevaban los herían cuando no se apresuraban; finalmente, al llegar adonde estaban los armados puestos en orden, fueron muertos y hechos piezas por estos, y de esta manera en tres veces, de veinte en veinte, mataron sesenta antes que los otros que quedaban dentro de la prisión en el edificio supiesen nada, porque pensaban que les mandaban salir de allí para llevarlos a otra prisión; pero al avisarles lo que sucedía comenzaron a dar gritos y a llamar a los atenienses, diciendo que querían ser muertos por estos si así era su voluntad, y que no dejarían a otras personas entrar en la prisión donde estaban mientras tuviesen aliento. Viendo esto los corcirenses no quisieron romper la puerta de la prisión, sino que subieron encima del edificio y quitaron la techumbre por todas partes, y después, con tejas y piedras tiraban a los que estaban dentro y los mataban, a pesar que los prisioneros se escondían lo más que podían, y muchos se mataban con sus propias manos, unos con las flechas que les tiraban sus contrarios metiéndoselas por la garganta, y los otros ahogándose con los lienzos de sus lechos y con las cuerdas que hacían de sus vestidos, de suerte que entre aquel día y la noche siguiente fueron todos muertos. Al otro día por la mañana llevaron sus cuerpos en carretas fuera de la ciudad, y todas sus mujeres que se hallaban con ellos dentro de la prisión, fueron hechas siervas y esclavas. Así acabaron los desterrados por haberse rebelado en la ciudad de Corcira, y tuvieron fin aquellos bandos y rebeliones habidas por causa de esta guerra de que al presente hablamos, porque de las rebeliones anteriores no quedaba raíz ninguna de que se pudiese tener sospecha por entonces.