I.
Determinaciones de los atenienses, cuando supieron la derrota de los suyos en Sicilia, para continuar la guerra contra los peloponesios. La mayor parte de Grecia y el rey de Persia pactan confederación contra los atenienses.
Cuando llegó a Atenas la noticia de aquel fracaso, no hubo casi nadie que lo pudiese creer; ni aun después que los que habían escapado y llegaron allí lo testificaron, porque les parecía imposible que tan gran ejército fuese tan pronto aniquilado. Mas después que la verdad fue sabida, el pueblo comenzó a enojarse en gran manera contra los oradores que le habían persuadido para que se realizase aquella empresa, como si él mismo no lo hubiera deliberado; y también contra los agoreros y adivinos que le habían dado a entender que esta jornada sería venturosa, y que sojuzgarían a toda Sicilia.
Además del pesar y enojo que tenían por esta pérdida, abrigaban gran temor porque se veían privados, así en público como en particular, de una gran parte de buenos combatientes de a pie como de a caballo; y la mayor parte de los mejores hombres y más jóvenes que tenían.
Tampoco poseían más naves en sus atarazanas, ni dinero en su tesoro, ni marineros, ni obreros para hacer nuevos buques, siendo total su desesperación de poder salvarse, porque pensaban que la armada de los enemigos vendría derechamente a abordar al puerto del Pireo, habiendo alcanzado gran victoria, y viendo sus fuerzas dobladas con los amigos y aliados de los atenienses, muchos de los cuales se habían pasado a los enemigos.
Por todo esto los atenienses no esperaban sino que los peloponesios los acometerían por mar y por tierra. Mas ni por eso opinaron mostrarse de poco corazón ni dejar su empresa, sino antes reunir los más barcos que de todas partes pudiesen; y haciendo esto por todas vías, allegar dinero y madera para construir naves, y además asegurar su amistad con los aliados, especialmente con los de Eubea.
Determinaron también suprimir y ahorrar el gasto que en las cosas de mantenimientos había en la ciudad; y crear y elegir un nuevo consejo de los más ancianos con autoridad y encargo de proveer en todas las cosas sobre todos los otros en lo tocante a la guerra, resueltos como estaban a hacer todo cuanto pudiera remediar su situación, como comúnmente vemos hacer a un pueblo en alarma, y poner en ejecución lo que estaba determinado y deliberado.
Entretanto acabó aquel verano.
En el invierno siguiente casi todos los griegos comenzaron a cambiar de opiniones por la gran pérdida que habían sufrido los atenienses en Sicilia. Los que habían sido neutrales en esta guerra opinaban que no debían perseverar más en aquella neutralidad, sino seguir el partido de los peloponesios, aunque estos no lo solicitaran, porque consideraban con justo motivo que si los atenienses llegasen a alcanzar la victoria en Sicilia, hubieran venido contra ellos. Y por otra parte también les parecía que lo restante de la guerra acabaría pronto, y que de esta manera les honraría grandemente ser partícipes de la victoria.
Respecto a los que ya estaban declarados por los lacedemonios, se ofrecían con más entusiasmo que antes, esperando que la victoria los pondría fuera de todo daño y peligro. Los que eran súbditos de los atenienses estaban más determinados a rebelarse y hacerles más mal que sus fuerzas permitían; tanta era la ira y mala voluntad que contra ellos tenían. Y también porque ninguna razón bastaba a darles a entender que los atenienses pudiesen escapar de ser completamente desbaratados y destruidos en el verano siguiente.
Por todas estas cosas la ciudad de Lacedemonia tenía grande esperanza de alcanzar la victoria contra los atenienses, y especialmente por creer que los sicilianos, siendo sus aliados, y teniendo tan gran número de barcos, así suyos como de los que habían tomado a los atenienses, vendrían a la primavera en su ayuda. Alentados de esta manera por las noticias que de todas partes recibían, determinaron prepararse sin tardanza a la guerra, haciéndose cuenta de que si esta vez alcanzaban la victoria, para siempre estarían en seguridad y fuera de todo peligro; que por el contrario, hubiera sido grande para ellos si los atenienses conquistaran Sicilia, pues bien claro estaba que, de sojuzgarla, se hubieran hecho señores de toda la Grecia.
Siguiendo, pues, esta determinación, Agis, rey de los lacedemonios, partió aquel mismo invierno de Decelia, y fue por mar por las ciudades de los aliados y confederados para inducirles a que contribuyesen con dinero destinado a hacer barcos nuevos, y pasando por el gran golfo Malíaco, hizo allí una gran presa de ganado de los eteos, por causa de la antigua enemistad que los lacedemonios tenían con ellos, presa que Agis convirtió en dinero.
Hecho esto, obligó a los aqueos de Ftiótide y a otros pueblos comarcanos, sujetos a los tesalios, a que diesen una buena suma de moneda y cierto número de rehenes mal su grado, porque le eran sospechosos. Los rehenes los envió a Corinto.
Los lacedemonios ordenaron que entre ellos y sus aliados hicieran cien galeras, y cada uno a prorrata pagase su parte del gasto; ellos veinticinco, los beocios otras tantas, los focenses, locros y corintios, treinta; y los arcadios, peleneos, sicionios, megarenses, trecenios, epidaurios y hermioneos, veinte. En lo demás hacían provisión de todas las otras cosas con intención de comenzar la guerra al empezar el verano.
Por su parte los atenienses aquel mismo invierno, como lo habían deliberado, pusieron toda diligencia en hacer y proveerse de barcos, y los particulares, que tenían materiales a propósito para ellos, los daban sin dificultad alguna. También fortificaron con muralla su puerto de Sunio para que las naves que les trajesen vituallas pudiesen ir con seguridad, y abandonaron los parapetos y fuertes que habían hecho en Laconia cuando fueron a Sicilia.
En lo restante procuraron ahorrar gasto en todo lo que les parecía, que sin ello se podían bien pasar. Pero sobre todas las cosas ponían diligencia en evitar que sus súbditos y aliados se rebelaran.