II.
Los de Quíos, de Lesbos y del Helesponto piden a los lacedemonios que les envíen una armada para resistir a los atenienses, contra los cuales querían rebelarse. — Orden que sobre esto fue dada.
Mientras estas cosas se hacían de una parte y de otra, apresurando lo necesario, como si la guerra hubiera de comenzar al momento, los eubeos, antes que todos los otros aliados de los atenienses, enviaron mensajeros a Agis diciéndole que querían unirse a los lacedemonios.
Agis los recibió benignamente y mandó que fuesen ante él dos de los principales hombres de Lacedemonia para enviarlos a Eubea. Estos eran Alcámenes, hijo de Estenelaidas, y Melantes, los cuales fueron, llevando consigo cuatrocientos libertos o emancipados de esclavitud.
Los lesbios, que también deseaban rebelarse, enviaron igualmente a pedir a Agis gente de guarda para ponerla en su ciudad, y Agis, a persuasión de los beocios, se la otorgó, suspendiendo entretanto la empresa de Eubea y ordenando a Alcámenes, que debía ir allá, fuese a Lesbos con veinte naves; de las cuales Agis abasteció diez y los beocios otras diez.
Todo esto lo hizo Agis sin decir cosa alguna a los lacedemonios, porque tenía el poder y autoridad de enviar gente a donde él quisiese, y de reclutarla también, y de cobrar el dinero y emplearlo según juzgase necesario todo el tiempo que estuviese en Decelia, durante cuyo tiempo todos los aliados le obedecían, en parte más que a los gobernadores de la ciudad de Lacedemonia, porque como tenía la armada a su voluntad, la mandaba ir donde él quería. Por ello se concertó con los lesbios, según se ha dicho.
Por su parte, los de Quíos y los de Eritras, que asimismo querían rebelarse contra los atenienses, hicieron un tratado con los gobernadores y consejeros de la ciudad de Lacedemonia sin saberlo Agis; con ellos fue a la misma ciudad Tisafernes, que era gobernador de la provincia inferior por el rey Darío, hijo de Artajerjes. Andaba Tisafernes solicitando a los peloponesios para que hiciesen la guerra contra los atenienses, y les prometía proveerles de dinero, de lo cual él tenía buena suma, a causa de que por mandato del rey su señor, poco tiempo antes había cobrado un tributo de su provincia, con intención de emplear el dinero del mismo contra los atenienses, a quienes tenía odio y enemistad porque no permitieron que pagaran el tributo las ciudades griegas de la provincia, y porque sabía que eran los que le habían impedido que Grecia le fuese tributaria. Parecíale a Tisafernes que más fácilmente cobraría el tributo si viesen que le quería emplear contra los atenienses, y también que de esta manera lograría la amistad entre los lacedemonios y el rey Darío. Por este camino esperaba además apoderarse de Amorges, hijo bastardo de Pisutnes, el cual, siendo por el rey gobernador de la tierra de Caria, se había rebelado contra él, y recibió orden Tisafernes de hacer lo posible para cogerle vivo o muerto. Sobre esto, Tisafernes se había concertado con los de Quíos.
En estas circunstancias, Calígito de Mégara, hijo de Laofonte, y Timágoras de Cícico, hijo de Atenágoras, ambos desterrados de sus ciudades, fueron a Lacedemonia de parte de Farnabazo, hijo de Farnaces, que los envió de su tierra con objeto de demandar a los lacedemonios barcos y llevarlos al Helesponto, ofreciéndoles hacer todo lo posible para ganar las ciudades de su provincia, que estaban por los atenienses, y deseando también por esta vía hacer amistad entre el rey Darío, su señor, y ellos.
Al saberse estas demandas y ofrecimientos de Farnabazo y Tisafernes en Lacedemonia, sin que los que hacían la una supiesen nada de la otra, hubo discordia entre los lacedemonios, porque unos eran de opinión que primeramente se debían enviar los barcos a Jonia y Quíos, y otros opinaban que se enviasen al Helesponto. Finalmente, el mayor número fue de opinión que se debía primero aceptar el partido de Quíos y de Tisafernes, en especial por la persuasión de Alcibíades, el cual habitaba a la sazón en la casa de Endio, que aquel año era éforo, y su padre también había habitado allí, por razón de lo cual se llamaba Endio, y también por sobrenombre Alcibíades[18].
Pero antes de que los lacedemonios enviasen sus barcos a Quíos, ordenaron a uno que era vecino de aquella ciudad, nombrado Frinis, que fuese a espiar y ver si tenían tan gran número de naves como daban a entender, y también si su ciudad era tan rica y tan poderosa como decía la fama. Volvió Frinis, y dándoles cuenta de que todo era conforme a lo que la fama pública aseguraba, hicieron en seguida alianza y confederación con los quiotas y eritreos, y ordenaron enviar cuarenta trirremes para reunirlos con otros sesenta que los quiotas decían tener, de los cuales habían de enviar al principio cuarenta, y después otros diez con Meláncridas, su capitán de mar, y en vez de este eligieron después a Calcideo, porque Meláncridas murió. De diez naves que había de llevar Calcideo, no llevó más que cinco.
Mientras esto pasaba se acabó el invierno, que fue el decimonono año de la guerra que Tucídides escribió.
Al comienzo de la primavera los de Quíos pidieron a los lacedemonios que les enviasen los barcos que les habían prometido, porque temían mucho que los atenienses fuesen avisados de los tratos que tenían con ellos, y de los cuales ninguna cosa habían sabido hasta entonces. Por esta causa enviaron tres ciudadanos a los de Corinto para avisarles que debían pasar por el Istmo todos los barcos, así los que Agis había dispuesto para enviar a Lesbos, como los otros de la mar a donde ellos estaban, y encaminarlos a Quíos, cuyos barcos eran cuarenta y nueve. Pero porque Calígito y Timágoras no quisieron ir en aquel viaje, los embajadores de Farnabazo tampoco quisieron dar el dinero que les había enviado para pagar la armada, que montaba a veinticinco talentos[19], deliberando hacer con aquel dinero otra armada y con ella ir a donde tenían determinado.
Cuando Agis supo que los lacedemonios habían deliberado enviar primero los barcos a Quíos, no quiso ir contra su determinación, y los aliados, habiendo celebrado consejo en Corinto, opinaron también que Calcideo fuera primero a Quíos, el cual había armado cinco trirremes en Laconia y tres Alcámenes, a quien Agis había escogido por capitán para ir a Lesbos, y finalmente, que Clearco, hijo de Ranfias, fuese al Helesponto. Mas ante todas cosas ordenaron que la mitad de sus buques pasaran con toda diligencia el Istmo antes que los atenienses lo supiesen, temiéndose que estos diesen sobre ellos y sobre los otros que pasasen después. En la otra mar, los trirremes de los peloponesios irían descubiertamente sin ningún temor de los atenienses, porque no veían ni sabían que tuviesen ninguna armada en parte alguna que fuese bastante para combatirles.