III.

Discurso de Nicias ante el Senado y pueblo de Atenas para disuadirles de la empresa contra Sicilia.

«Esta asamblea, varones atenienses, se hace, según veo, para proveer lo necesario a una armada y pasar con ella a Sicilia, mas a mi parecer, ante todas cosas, convendría consultar si será acertado enviarla y realizar esta empresa o no lo será. En materia de tanta importancia no conviene limitarse a una consulta tan breve, y atenidos a lo que nos hacen creer hombres extraños, comenzar una guerra tan difícil por lo que nada nos importa.

»En lo que particularmente a mi toca, yo sé de cierto que puedo ganar honra en este hecho más que en otro alguno, y que soy el que menos teme poner a riesgo su persona de todos cuantos aquí están, pero he tenido y tengo por buen ciudadano al que cuida de su persona y de su hacienda, porque este puede y quiere servir y aprovechar a la república con lo uno y con lo otro.

»Conforme en el tiempo pasado, jamás por codicia de honra he dicho otra cosa de lo que me parecía ser mejor y más conveniente para la república, lo mismo pienso hacer al presente. Y aunque este mi razonamiento será de poca eficacia para mover vuestros corazones, que ya están persuadidos en contrario, debo, sin embargo, deciros que miréis por vuestras personas, guardéis vuestras haciendas y no queráis aventurar y poner en peligro las cosas ciertas por las dudosas; considerando que esta vuestra empresa contra Sicilia, que tan de prisa habéis determinado, ni es oportuna ni tan fácil como os dan a entender. Lo primero, porque me parece que, acometiendo esta empresa dejáis acá muchos enemigos a las espaldas y procuráis traer otros muchos más, pues si os fundáis en que las treguas que tenéis con los lacedemonios serán firmes y seguras, yo os certifico que lo serán mientras nosotros estemos en paz y nuestras cosas continúen en prosperidad, pero si por desgracia ocurriera alguna adversidad a esta nuestra armada que enviamos, inmediatamente se moverán ellos y vendrán a dar sobre nosotros, pues para las treguas y conciertos que con nosotros hicieron, fueron obligados por necesidad y no guiados por su provecho y ventaja.

»Hay, además, en el convenio muchos puntos oscuros y dudosos. No pocos del partido contrario no lo aceptaron, y estos no los más flacos de fuerzas, de los cuales algunos se han declarado ya enemigos nuestros, y los otros, aunque no se mueven ahora por las treguas de diez días que les obligan a estar tranquilos, si por dicha suya ven nuestras fuerzas repartidas, como queremos hacer ahora, se declararán por enemigos, vendrán contra nosotros y volverán a aliarse con los sicilianos, como lo han querido hacer en otros tiempos.

»Debemos, pues, considerar todas estas cosas, y no estimar nuestra ciudad por tan poderosa que la queramos poner en peligro y codiciar nuevo señorío antes de asegurar de manera firme y estable el que tenemos. Porque si hasta ahora no hemos podido sojuzgar por completo a los calcídeos de Tracia, nuestros súbditos, que se nos habían rebelado, ni a sosegar otros de tierra firme, de quienes no estamos muy seguros, ¿por qué determinamos tan de repente ir a socorrer a los egesteos, so color que son nuestros aliados y necesitan ayuda? Estos, en tiempo pasado, se apartaron de nuestra alianza, y con razón podríamos asegurar que nos han hecho injuria. Aun en el caso de recobrar su alianza alcanzando la victoria contra sus enemigos, muy poco o nada nos pueden ayudar, así por estar muy lejos, como por ser muchos, por lo cual no podríamos mandar en ellos fácilmente.

»Paréceme, por tanto, que es locura ir contra aquellos, que cuando los hubiéremos vencido no los podremos buenamente guardar ni mantener en nuestra obediencia, y si no conseguimos la victoria, quedaremos en peor estado que antes de comenzada la guerra.

»Por otra parte, según yo entiendo de las cosas de Sicilia, me parece que los siracusanos, aunque sean los principales de aquella tierra, no tienen por qué odiarnos ni envidiarnos, que es el punto en que los egesteos fundan su demanda, y aunque por acaso les ocurriese ahora quererse congraciar con los lacedemonios, no es de creer que los que están en peligro de perder, quieran por amor a pueblo extraño emprender la guerra contra otro y aventurar su estado, pues han de pensar que si los peloponesios con su ayuda acabaran con nuestro señorío, de igual modo destruirían el suyo.

»Además los griegos que habitan en tierra de Sicilia nos tienen gran miedo mientras no vamos contra ellos, y lo tendrán mucho mayor si les mostrásemos nuestras fuerzas y después nos retirásemos. Mas si una vez entramos en su tierra como enemigos, y recibimos de ellos algún daño o afrenta, en adelante nos tendrán en mucho menos, se juntarán con los otros griegos y vendrán a acometernos en nuestra tierra, pues como todos sabéis bien, las cosas son más admiradas cuanto más lejos están y tanto menos se estiman cuanto más se prueban y conocen, según podemos ver por experiencia en nosotros mismos, porque alcanzamos la victoria contra los lacedemonios y los otros peloponesios, cuyas fuerzas y poder temíamos mucho, y desde entonces les tenemos en tan poco, que presumimos ir a conquistar a Sicilia.

»No conviene por la adversidad de los contrarios engreírse, sino antes refrenar los apetitos y pensamientos, y confiar tan solamente en las propias fuerzas considerando que los lacedemonios, por la afrenta que han recibido de nosotros, no piensan en otra cosa sino en vernos hacer alguna locura o desatino para vengar su derrota y recobrar la honra perdida; tanto más ellos que otros porque son más codiciosos de gloria y honra que cualquiera otra nación.

»Debemos pues, varones atenienses, considerar que no tratamos ahora solo de favorecer a los egesteos de Sicilia, que al fin son bárbaros, sino también de cómo nos podemos guardar y defender de una ciudad tan poderosa como la de los lacedemonios, que, por gobernarla pocos, es enemiga de la nuestra que se gobierna por señorío y comunidad.

»También nos debemos acordar de que apenas hemos podido respirar de una grande epidemia, y de una guerra tan grande como la pasada, que nos puso en tanto cuidado y fatiga, y que si ahora crecemos en número de gente y de riqueza, lo debemos guardar para emplearlo en provecho de nosotros mismos, y no gastarlo en pro de estos desterrados que vienen a pedirnos socorro y ayuda, los cuales saben mentir bien para su provecho, con daño y peligro de sus vecinos, sin tener otra cosa que dar sino palabras. Porque si con nuestra ayuda les suceden bien sus cosas, ni nos darán provecho ni gracias, y si mal, se perjudicarán ellos y dañarán a sus amigos y aliados. Y si alguno de los elegidos por vosotros para tener cargo de la armada aconseja esta empresa por su interés particular, y por estar en la flor de su mocedad desea ganar honra para ser más estimado, y ostentar los muchos caballeros que mantiene de la renta que tiene, no por eso debéis otorgar a sus deseos y cumplir su voluntad y provecho particular con daño y peligro de toda la ciudad, sino antes considerad que por causa de semejantes personas las cosas públicas reciben detrimento, y las privadas y particulares se gastan y destruyen. Además, un negocio de tan gran importancia no debe ser consultado con hombres mozos, ni ponerse en ejecución tan de repente.

»Porque temo que en esta asamblea hay muchos sentados que le asisten y favorecen, y por su ruego han venido, recomiendo a los ancianos que no se dejen persuadir por hombres mozos que les dicen sería vergüenza no emprender la guerra, que parecería pusilanimidad y falta de corazón, que sería mal comentado no socorrer a los amigos ausentes y otras semejantes razones, pues sabéis bien que las cosas que se hacen por pasión y afecto las más de las veces no salen tan bien como aquellas que se ejecutan por razón y maduro consejo. Por lo cual y por no poner nuestro estado en peligro ya que hasta ahora no lo hemos puesto, debemos responder a los sicilianos que no traspasen los términos que actualmente tienen con nosotros, a saber, que no pasen el golfo de la mar de Jonia por la parte de tierra, ni por otra parte de Sicilia, y en lo demás que gobiernen sus tierras y señoríos entre ellos como bien les pareciere, y responded a los egesteos, que pues que comenzaron la guerra contra los selinuntios sin los atenienses, la acaben por sí mismos, y de aquí en adelante nos recatemos de hacer nuevas alianzas de la suerte que hasta ahora hemos acostumbrado, porque siempre queremos ayudar a los necesitados en sus trabajos y fortunas, y cuando nosotros necesitamos socorro para los nuestros no lo hallamos.

»Tú, presidente, si quieres tener cuidado de la ciudad y gobernarla como conviene, y merecer el nombre de buen ciudadano, debes poner de nuevo en consulta este negocio, y demandar las opiniones de todos sin avergonzarte de revocar el decreto una vez hecho, pues en esta asamblea hay tan buenos y tantos testigos que con razón no podrás ser culpado por tomar otra vez consejo. Este será el remedio para la ciudad mal aconsejada, no olvidando que la manera de gobernar bien un buen juez, es hacer a su patria todo el provecho que pudiere, a lo menos no hacerle mal ni daño a sabiendas.»

De esta manera habló Nicias, y después hablaron otros muchos atenienses, de los cuales la mayoría fue de parecer que se llevase adelante aquella empresa según la primera determinación. Algunos había de contraria opinión.

Alcibíades era el que más aconsejaba la guerra, así por contradecir a Nicias, a quien tenía odio, como por otras causas que entonces le movían tocantes al gobierno de la república, y también porque Nicias en su razonamiento parecía que le acusaba de calumnia, aunque no le nombraba por su nombre, y principalmente porque deseaba en gran manera ser capitán en aquella armada, esperando por este medio conquistar a Sicilia, y después a Cartago, y adquirir gloria, honra y riquezas en esta conquista, si la cosa salía bien como creía, porque estando en gran reputación, teniendo el favor del pueblo y queriendo por gloria y ambición ostentar más de lo que permitían sus rentas, presumía de mantener muchos caballos, y hacer suntuosos y excesivos gastos, lo cual después en parte fue causa de la destrucción del poder de Atenas, pues muchos ciudadanos viendo su desorden y demasía, así en el comer como en atavíos de su persona y su arrogancia y pensamientos altivos en todas cuantas cosas trataba, le fueron enemigos, creyendo que se quería hacer señor y tirano de la tierra, y aunque en las cosas de guerra fuese muy valeroso y las supiese bien tratar, como la mayoría de los ciudadanos era contraria a sus obras, procuraban poner los negocios de la república en manos de otro, de donde al fin provino la pérdida y destrucción de su ciudad.

Saliendo Alcibíades ante todos les habló de esta manera: