IV.

Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a Sicilia.

«Varones atenienses: me conviene ser caudillo y capitán de esta armada más que a otro alguno, y quiero comenzar mi discurso por este punto y no por otro, porque veo que Nicias ha querido aludir a él, y porque con esto y sin esto me compete dicho cargo por ser digno y merecedor de él, pues las cualidades que me dan fama y estima entre los hombres, si redundan en gloria de mis antepasados y mía, traen también honra y provecho a la república. Los griegos que se hallaron presentes a los juegos y fiestas de Olimpia, viendo mi suntuosidad y magnificencia, tuvieron y estimaron nuestra ciudad por más rica y poderosa, donde antes la tenían en poco y pensaban fácilmente poderla sojuzgar; pues entonces, como todos saben, me hallé en aquellas fiestas con siete carros triunfales muy bien adornados, lo cual ningún particular había podido hacer hasta entonces, y así gané el primer premio de la contienda y aun el segundo y cuarto, y en lo demás hice tan gran aparato y usé de tanta magnificencia como convenía a tal victoria. Todas estas cosas son muy honrosas, y muestran a las gentes que las ven el poder y riqueza de la tierra y ciudad de donde es natural el que las hace.

»Y aunque estos hechos y otros semejantes, por los cuales yo soy tenido y estimado en esta ciudad, engendren gran envidia a los otros ciudadanos contra mí, serán siempre señal de poderío y riqueza para los extraños y venideros, y en mi opinión, los pensamientos del que procura por estos medios a su costa hacer honra y provecho, no solamente a sí mismo, sino también a su patria, no deben ser tenidos por dañosos y perjudiciales a la república. Ni menos por malo, el que tiene tal presunción de sí mismo que no quiere ser igual a los otros, sino antes excederles en todo y por todo, pues los ruines y mal aventurados no hallan persona que les quiera tener compañía en su miseria, y siempre son menospreciados. Si estando en prosperidad y felicidad los tenemos en poco, no les debe pesar por ello, sino esperar a hacer lo mismo con nosotros cuando se vieren en tal estado.

»Aunque yo sé muy bien que las tales personas y otras semejantes que exceden en honra y dignidad a otros son muy envidiados, mayormente de sus iguales, y también en alguna manera de los otros contemporáneos, mas esto es solo en vida, que después de su muerte la fama y renombre que han ganado es de tal eficacia para los venideros que muchos se glorifican de haber sido sus parientes y deudos, y aun algunos que no lo son dicen serlo. Muchos otros se tienen por honrados de llamarse vecinos y moradores de la tierra y ciudad de donde aquellos son naturales, no por cierto por haber sido estos tales malos y ruines, sino antes buenos y provechosos a la república. Por lo cual, si yo he procurado imitar a tales personas virtuosas y seguir sus pasos, y por ello he vivido particularmente más honrado que los otros, mirad si por esta causa en los negocios de la república me he portado más ruinmente que los otros ciudadanos.

»Recordad que estando todo el poder de los peloponesios unido contra nosotros, sin vuestro peligro ni a vuestra costa, obligué a los lacedemonios a que un día junto a Mantinea aventurasen todo su estado en una batalla, en la cual, aunque lograron la victoria, el peligro en que se vieron fue tan grande, que desde entonces no han osado venir contra nosotros. Y esta mi mocedad y poco saber que parecía, según razón y natura, no poder resistir entonces al poder de los peloponesios, hablando de veras dio tal muestra y crédito de mi valor, que al presente no debáis temer sea dañosa a la república, antes mientras yo tengo esta osadía en mi mocedad, y Nicias la buena fortuna y cualidades de gobierno que tiene, podéis usar de las condiciones del uno y del otro según os pareciere más conveniente a vuestro bien y provecho.

»Volviendo al propósito de que hablamos, en manera alguna conviene que revoquéis el decreto que habéis hecho para ejecutar esta empresa de Sicilia por miedo o temor a tener que lidiar con muchas y diversas gentes, porque aunque en Sicilia hay muchas ciudades, los pobladores son de diversas naciones, que ya están acostumbradas a mudanzas y alborotos, y ninguno hay de ellos que quiera tomar armas para defender su patria, ni aun su misma persona, ni menos entender en la fortificación de los lugares para defensa de los pueblos; antes cada uno, creyendo que podrá convencer a los otros de lo que dijere, o si no les puede persuadir, que revolverá la ciudad y el estado de la república por interés particular, fija toda su atención en esto, y no es de creer que una multitud de gentes diferentes se pueda poner de acuerdo para obedecer las palabras de quien les aconseje que se unan para defenderse de sus contrarios, antes cada cual estará dispuesto a hacer lo que se le antoje según su voluntad y apetito, mayormente habiendo entre ellos bandos y sediciones, según tengo entendido, que al presente hay.

»Además no tienen tantas gentes de guerra como dicen, porque comúnmente se exagera en estas cosas. Los mismos griegos no pudieron reunir tan gran ejército como se alababa de tener cualquiera de sus estados, cuando fue preciso en la pasada guerra contra los medos, que toda la Grecia se pusiera en armas.

»Estando, pues, las cosas de Sicilia en el estado que os he dicho, según entiendo por la relación de muchas personas dignas de fe y crédito, facilísima os será esta empresa, mayormente habiendo entre ellos muchos bárbaros, los cuales, por la enemistad que tienen con los siracusanos, de buena gana se unirán con nosotros.

»Bien mirado, tampoco nos podrá estorbar esta guerra el atender a las cosas de acá, pues es cierto que nuestros mayores y antepasados, teniendo por contrarios todos los que ahora dicen que se declararán a favor de nuestros enemigos, cuando supiesen que nuestra armada está en Sicilia, donde al presente no nos impiden pasar y, además de ellos, los medos adquirieron este imperio y señorío que tenemos, no por otros medios, sino por ser poderosos en la mar y tener gran armada, que es la causa sola porque los peloponesios han perdido la esperanza de podernos vencer de aquí en adelante.

»Además, si ellos determinasen entrar en nuestra tierra, bien lo podrían realizar aunque no tuviésemos esta armada, pero no nos podrán hacer mal con la suya, porque la que dejaremos aquí será bastante para resistir y combatirla. Por todo lo cual, pidiéndonos nuestros amigos y aliados ayuda y socorro, no podremos tener excusa ninguna para no debérsela dar, y no haciéndolo, con razón nos culparán de que tuvimos pereza de ir, o que so color de excusas muy frías, les hemos negado el auxilio que estamos obligados por nuestro juramento.

»Ni menos podemos alegar en contra de ellos que nunca nos han socorrido en nuestras guerras, pues no les damos la ayuda y socorro en su tierra con intención de que ellos nos vengan a socorrer en la nuestra, sino solamente para que entretengan con su guerra los enemigos que tenemos en aquellas partes, y les hagan todo el mal y daño que pudieren, a fin de que tengan menos fuerzas para venir a acometernos en nuestra tierra, y por estas vías y maneras nosotros y todos aquellos que han adquirido grandes tierras y señoríos las han aumentado siempre y conservado, dando pronto y con liberalidad ayuda y socorro a aquellos que se los demandaban, ora fuesen griegos, ora bárbaros.

»Porque si rehusamos dar ayuda a los que nos la piden, o si nos detenemos a calcular a qué nación la debemos dar o negar, nunca ganaremos mucho, sino que pondremos en peligro lo que poseemos al presente.

»Jamás debe esperar a defender sus fuerzas, el que es más poderoso cuando llega su enemigo a acometerlas, sino apercibirse antes de suerte que este tema venir. Ni tampoco está en nuestra mano poner un término a nuestro imperio o señorío, para decir que ninguno pase adelante, sino que para defenderle es necesario acometer a unos y guardarnos de ser acometidos por otros, porque si no procuramos señorear a los otros, estaremos en peligro de ser dominados. Ni menos debemos tomar el descanso y reposo de la suerte y manera que lo toman los otros, si no queremos también vivir como ellos viven.

»Considerando estas cosas, y que siguiendo esta nuestra empresa, aumentaremos nuestro estado y señorío; embarquémonos y vayamos a esta jornada siquiera por hacer perder el ánimo a los peloponesios cuando vieren que, teniéndolos en poco, determinamos pasar a Sicilia, sin querer gozar del ocio y reposo que podríamos ahora disfrutar. Porque si esta empresa nos sale bien, como es de creer, seremos señores de toda Grecia, o a lo menos para nuestro bien y el de nuestros aliados y confederados, haremos todo el mal y daño que podamos a los siracusanos.

»Cuanto más que teniendo nuestra armada en aquellas partes salva y segura, podremos quedar allí si viéremos ventaja, y si no, volvernos cuando bien nos pareciere, pues con ella somos dueños de nuestra voluntad y de todos los sicilianos.

»Las palabras de Nicias, directamente encaminadas a preferir el ocio al trabajo, y a excitar discordia entre los mancebos y los viejos, no se deben aprobar, sino antes todos de común acuerdo, a imitación de nuestros antepasados, que consultando los jóvenes con los viejos los negocios tocantes al bien de la república, aumentaron y establecieron nuestro imperio y señorío en el estado que ahora le veis, debéis por el mismo camino, y por las mismas vías y maneras, procurar aumentarlo, y pensar que la mocedad y la vejez no vale nada la una sin la otra, y que el flaco y el fuerte y el mediano, cuando todos se ponen de acuerdo, sirven y aprovechan a la república.

»Por el contrario, cuando una ciudad está ociosa se gasta y corrompe, y como todas las otras cosas envejecen con el ocio, así también sucederá a nuestra disciplina militar, si no nos ejercitamos en diversas guerras, para que la conserven las muchas experiencias: porque la ciencia de saber guardar y defender, no se aprende por palabras, sino por uso, acostumbrándose, y ejercitándose en los trabajos y en las armas.

»En conclusión, mi parecer es, que cuando una ciudad que está acostumbrada al trabajo se entrega al ocio y reposo, pronto llega a perderse y destruirse: y que entre todos los otros son más firmes y seguros los que rigen y gobiernan el estado de su república siempre de una suerte y manera, según sus leyes y costumbres antiguas, aunque no sean buenas del todo.»

Cuando Alcibíades terminó su discurso se adelantaron los embajadores de los egesteos y leontinos, y con grande instancia pidieron a los atenienses que les enviasen el socorro que les demandaban, trayéndoles a la memoria el juramento que habían hecho sus capitanes, por lo cual, el pueblo, oídas sus razones, y las persuasiones de Alcibíades, decidió poner en ejecución esta empresa de Sicilia.

Mas Nicias, viendo que no había medio de apartarle de su propósito por esta vía, pensó por otros medios estorbar la empresa, poniéndoles delante los grandes gastos y aprestos que requería, y les habló de esta manera: