IX.

Derrotados los de Quíos en una salida que hicieron contra los sitiadores atenienses, son estrechamente cercados y puestos en grande aprieto. — Las gestiones de Alcibíades para pactar alianza entre Tisafernes y los atenienses no dan resultado. — Renuévase la alianza entre Tisafernes y los lacedemonios.

Al tomar el mando de la armada Diomedonte y León, la llevaron contra Rodas: y viendo que los buques peloponesios estaban en el puerto, y lo guardaban de manera que no podían entrar, fueron a desembarcar a otro lugar, en el cual salieron sobre ellos los de Rodas, y los rechazaron.

Volvieron a embarcarse y fueron a Calce, y de allí, y también de Cos, hacían más ásperamente la guerra a los rodios, y con mucha facilidad podían ver si algunos barcos peloponesios pasaban por aquellos parajes.

En este tiempo el laconio Jenofántidas fue de Quíos a Rodas de parte de Pedárito, diciendo a los lacedemonios que allí estaban que la muralla que los atenienses habían levantado contra la ciudad de Quíos estaba ya acabada, y que si toda la armada no iba muy pronto en socorro de la ciudad, se perdería. Oído esto determinaron de común acuerdo ir a socorrerla.

Entretanto Pedárito y los de Quíos salieron sobre las trincheras y fuertes que los atenienses habían hecho alrededor de sus naves, con tanto ímpetu y vigor que derribaron y rompieron parte de ellas, y cogieron algunos barcos, pero acudiendo los atenienses en socorro de su gente, los de Quíos se pusieron inmediatamente en huida. Pedárito, queriéndolos contener y abandonado de todos los que estaban cerca de él, fue muerto, y gran número de los de Quíos con él, cogiendo los atenienses muchas armaduras.

Con motivo de esta pérdida fue la ciudad mucho más estrechamente cercada que antes, así por mar como por tierra, y juntamente con esto tenía grande necesidad de víveres.

Cuando Pisandro y sus compañeros se reunieron con Tisafernes, comenzaron a tratar de la alianza, porque Tisafernes temía más a los peloponesios que a ellos, y quería (siguiendo el consejo de Alcibíades) que continuara la lucha para debilitar más las fuerzas de los beligerantes.

Tampoco estaba seguro del todo Alcibíades de Tisafernes, y para probarlo propuso condiciones tales que no se pudieran aceptar, lo que a mi parecer deseaba Tisafernes con diversos fines, pues tenía miedo a los peloponesios, y no osaba buenamente apartarse de ellos.

Alcibíades, viendo que Tisafernes no tenía deseo de convenir la alianza, tampoco quería dar a entender a los atenienses que carecía de influencia para hacerle condescender, antes deseaba hacerles entender que lo tenía ya ganado, pero que ellos eran la causa de romperse las negociaciones porque le hacían muy cortos ofrecimientos.

Para lograr su objeto les pidió en nombre de Tisafernes, por el cual hablaba en su presencia, cosas tan grandes y tan fuera de razón, que era imposible otorgarlas, a fin de que nada se conviniera. Pedía primeramente, toda la provincia de Jonia con todas las islas adyacentes a ella, y concediéndolo los atenienses a la tercera junta que tuvieron, por mostrar que tenían mucha autoridad con el rey, les demandó que permitiesen que este hiciera barcos a su voluntad, y con ellos fuese a sus tierras con el número de gente y tantas veces cuantas quisiese. A esta exigencia no quisieron los atenienses acceder, pero viendo que les pedían cosas intolerables, y considerándose engañados por Alcibíades, partieron con grande enojo y despecho, y se volvieron a Samos.

Tisafernes en este invierno fue otra vez a Cauno, con intención de juntarse de nuevo con los peloponesios, y hacer alianza con las condiciones que él pudiese, pagándoles el sueldo a su voluntad, a fin de que no fuesen sus enemigos y temiendo que si los peloponesios se veían obligados a dar batalla por mar a los atenienses, fuesen vencidos por falta de gente, puesto que la mayor parte no había sido pagada, o no quisieran combatir, desarmando los barcos, consiguiendo de esta manera los atenienses lo que deseaban, sin su ayuda, o porque sospechaba y temía que, por cobrar su paga, los soldados peloponesios robasen y saqueasen las posesiones del rey que estaban cerca, en tierra firme. Por estas razones, y por conseguir su fin, que era mantener a los beligerantes en igual fuerza, habiendo hecho ir a los peloponesios, les entregó la paga de la armada y convino el tercer tratado con ellos en esta forma.

«El tercer año del reinado del rey Darío, siendo Alexípidas éforo de Lacedemonia, fue hecho este tratado en el campo de Menandro entre los lacedemonios y sus aliados de una parte, y Tisafernes, Hierámenes, y los hijos de Farnaces de la otra, sobre los negocios que interesan a ambas partes.

»Primeramente que todo lo que pertenece al rey en Asia, quede por suyo y pueda disponer a su voluntad.

»Que ni los lacedemonios ni sus aliados entrarán en las tierras del rey para hacer daño en ellas, ni por consiguiente, el rey en las tierras de los lacedemonios y sus aliados. Y si alguno de estos hiciese lo contrario, los otros se lo prohibirán e impedirán. Lo mismo hará el rey si alguno de sus súbditos invadiera las tierras de los confederados.

»Que Tisafernes pague el sueldo a las tripulaciones de los buques que están al presente aparejados, esperando que los del rey vengan: y entonces los lacedemonios y sus aliados paguen los suyos a su costa si quisieren, y si tienen por mejor que Tisafernes haga el gasto, estará obligado a prestarles el dinero, que le será devuelto una vez terminada la guerra, por los mismos aliados y confederados.

»Que cuando los barcos del rey lleguen, se junten con los de los aliados y todos hagan la guerra contra los atenienses el tiempo que le pareciese bien a Tisafernes y a los lacedemonios, y a sus confederados. Si creyeran mejor apartarse de la empresa, que lo hagan de común acuerdo y no de otra manera.»

Tales fueron los artículos del tratado, después de lo cual Tisafernes procuró con gran diligencia hacer ir los barcos de Fenicia, y cumplir todas las otras cosas que había prometido.

Casi en el fin del invierno los beocios tomaron la villa de Oropo y con ella la guarnición de atenienses que estaba dentro, logrando esto con acuerdo de los de la villa y de algunos eretrieos, y con esperanza de que después harían rebelar Eubea, porque estando Oropo en tierras de Eretria que tenían los atenienses, necesariamente la pérdida de ella había de ocasionar gran daño y perjuicio a la ciudad de Eretria, y a toda la isla de Eubea.

Después de esto los eretrieos enviaron mensaje a los peloponesios que estaban en Rodas, para hacerles ir a Eubea: pero porque el negocio de Quíos les parecía más urgente y necesario, por el apuro en que la villa estaba, no acudieron a esta empresa y partieron de allí para socorrer a Quíos.

Al pasar cerca de Oropo vieron los trirremes de los atenienses que habían partido de Calce, y que estaban en alta mar, pero por ir a diversos viajes, no acudieron los unos contra los otros, siguiendo cada cual su rumbo, a saber: los atenienses a Samos, y los peloponesios a Mileto, pues conocieron muy bien que no podían socorrer a Quíos sin batalla.

Entretanto llegó el fin del invierno y el de los veinte años de la guerra que Tucídides ha escrito.

Al comienzo de la primavera, el espartano Dercílidas fue enviado con pequeño número de tropas al Helesponto para hacer rebelar la villa de Abido contra los atenienses, la cual es colonia de Mileto.

Por otra parte, los de Quíos, viendo que Astíoco tardaba tanto en ir a socorrerles, viéronse obligados a combatir por mar con los atenienses, yendo a las órdenes del espartano León, que eligieron por capitán después de la muerte de Pedárito, en el tiempo en que estaba Astíoco en Rodas, a donde fue con Antístenes desde Mileto.

Tenían doce buques extranjeros que fueron en su socorro, cinco de Turios, cuatro de los siracusanos, uno de Anea, otro de Mileto, otro de León, y treinta y seis de los suyos.

Salieron todos los que eran para pelear, y fueron a acometer la armada de los atenienses animosamente, habiendo escogido un lugar muy ventajoso para ellos.

Fue el combate áspero y peligroso de una parte y de otra: en el cual los de Quíos no llevaron lo peor, mas sobrevino la noche separándolos y volvieron los quiotas dentro de la villa.

En este tiempo cuando Dercílidas llegó a Helesponto, la villa de Abido se le rindió y la entregó a Farnabazo.

Dos días después la ciudad de Lámpsaco hizo lo mismo, de lo cual advertido Estrombíquides, que estaba delante de Quíos, fue de súbito con veinticuatro naves atenienses para socorrer y guardar aquel paraje: entre estos barcos había algunos construidos para transporte de tropas, en los que iban hombres de armas.

Llegado a Lámpsaco, y habiendo vencido a los habitantes que salieron contra él, tomó en seguida la villa por no estar amurallada, y después de haber restablecido a los hombres libres fue a Abido. Mas viendo que no tenía esperanza de tomarla ni aprestos para cercarla, se dirigió desde allí a la ciudad de Sesto, situada en la tierra del Quersoneso, enfrente de Abido, la cual los medos habían poseído algún tiempo, y en ella puso numerosa guarnición para defensa de toda la tierra de Helesponto.

Por causa de la partida de Estrombíquides, los de Quíos se hallaron más dueños de la mar con los milesios, y sabiendo Astíoco el combate naval que estos de Quíos habían librado contra los atenienses, y el viaje de Estrombíquides, mostrose tan animado y seguro, que fue con solo dos naves a Quíos, donde tomó todas las que halló, llevándolas consigo. De allí se dirigió a Samos, y viendo que los enemigos no querían salir a combatir, porque no se fiaban mucho los unos de los otros, volvió a Mileto.