X.
Gran división entre los atenienses, lo mismo en Atenas que fuera de ella, y en la armada que estaba en Samos, por el cambio de gobierno de su república, que les causó gran daño y pérdida.
Las cuestiones entre los atenienses empezaron entonces por el cambio de gobierno en la ciudad que privó del mando al pueblo, dándolo a cierto número de hombres buenos.
Cuando Pisandro y sus compañeros volvieron a Samos, pusieron el ejército que allí estaba a sus órdenes, y muchos de los samios amonestaban a los más principales de la villa para que tomasen la gobernación de ella en su nombre, pero muchos otros querían mantener el estado y mando popular, por lo cual sobrevinieron grandes divisiones y escándalos entre ellos.
También los atenienses que estaban en el ejército, habiendo consultado el negocio entre ellos, y viendo que Alcibíades no tomaba la cosa a pecho, determinaron dejarle y que no le volvieran a llamar, porque les parecía que cuando fuera a la ciudad no sería suficiente, ni bastante para tratar los negocios bajo el régimen de la aristocracia, que es gobernación de pocos buenos, antes era cosa conveniente que los que estaban allí, puesto que de su estado se trataba, dijeran la manera cómo se había de guiar este negocio, especialmente cómo se proveería sobre el hecho de la guerra.
Para esto cada cual, liberalmente, se ofrecía a contribuir con su propio dinero y con otras cosas necesarias, conociendo que ya no trabajaban por el común provecho sino por el interés particular.
Por esta causa enviaron a Pisandro, y la mitad de los embajadores que habían negociado con Tisafernes, a Atenas, para ordenar allí en los negocios, y les dieron comisión de que por todas las ciudades por donde pasasen de las que obedecían a los atenienses, pusiesen el gobierno de la aristocracia, que es el de poco número de los mejores y principales.
La otra mitad de los embajadores se esparció, y fueron cada uno a diversos lugares para hacer lo mismo.
Ordenaron a Diítrefes, que estaba entonces en el cerco de Quíos, fuese a la provincia de Tracia, que le había sido dada para ser gobernador de ella.
Partió este del cerco, y al pasar por Tasos quitó la democracia; es decir, el régimen popular, y entregó la gobernación a pocos hombres buenos; pero cuando se ausentó de la ciudad, la mayor parte de los tasios, habiendo cercado su villa de muros, poco más de un mes después de la partida de Diítrefes, se persuadieron unos a otros, diciendo que no tenían necesidad de gobernarse por el mando de los que los atenienses les habían enviado, ni de vivir sometidos a lo que estos ordenaran, antes esperaban que dentro de muy poco tiempo volverían a su prístina libertad con el favor de los lacedemonios, porque los ciudadanos que habían sido desterrados de su ciudad, se refugiaron en Lacedemonia, y procuraban con todo su poder que enviasen los lacedemonios sus barcos de guerra y que la villa se rebelase.
Sucedioles de la misma manera que lo tenían previsto y deseado: la ciudad sin daño alguno fue puesta en su libertad, y la gente popular que les había sido contraria, fue sin escándalo privada del gobierno.
A los que eran del partido de los atenienses, a quienes Diítrefes había dado la gobernación, ocurrió todo lo contrario de lo que pensaban.
Lo mismo sucedió en muchas otras ciudades sujetas a los atenienses, considerando, a mi parecer, que ya no había para qué tener miedo de los atenienses, y que aquella manera de vivir bajo su obediencia, so color de buena policía, no era a la verdad sino una servidumbre encubierta, dando a entender que la verdadera libertad consistía en el régimen democrático.
Cuanto a lo de Pisandro y sus compañeros que habían ido con él, pusieron la gobernación de las ciudades por donde pasaron, en mano de pocos buenos a su voluntad, y de algunas tomaron hombres de armas que llevaron con ellos a Atenas, donde hallaron que sus cómplices y amigos habían procurado y aun hecho muchas cosas conformes a su intención para quitar el estado popular.
Un tal Androcles, que tenía grande autoridad en el pueblo, y había sido de los primeros en pedir la expulsión de Alcibíades, fue muerto por conspiración secreta de algunos mancebos de la ciudad, y por dos causas: la primera por su grande influencia en el pueblo; y la segunda, por ganar y alcanzar gracia y amistad con Alcibíades; pues pensaban que sería restituido en su autoridad, esperando que traería a Tisafernes al bando ateniense.
Con iguales fines y de la misma manera hicieron matar a algunos que les parecía ser contrarios a este negocio.
También hicieron entender al pueblo, con arengas y discursos elocuentes, que por ninguna vía se había de dar sueldo sino a los que servían en la guerra, y que, en la gobernación de los negocios comunes, no habían de entender más de quinientos hombres, y estos de los que eran poderosos para servir en las cosas públicas con sus personas y bienes.
Al mayor número parecía muy honrosa esta mudanza, y aun los mismos que habían sido causa de restablecer en su ser y estado el gobierno popular, esperaban aún por este cambio tener autoridad, porque aún quedaba la costumbre antigua de juntarse el pueblo y el Senado del haba en todos los negocios[25], y de oír la opinión de todos, y de seguir la mejor y más autorizada; pero ninguna se podía proponer sin la deliberación del pequeño consejo que ejercería la autoridad. En este consejo consultaban aparte todo lo que se debía proponer, conforme a sus intentos; y cuando exponía su opinión ninguno osaba contradecirla por el temor que tenían, viendo el grande número y autoridad de los gobernadores.
Cuando alguno les contradecía, buscaban manera para matarle, y no se perseguía ni encausaba a los homicidas, por lo cual el pueblo estaba en tanto peligro y tenía tanto miedo, que ninguno osaba hablar, y a todos les parecía que ganaban mucho callando, si no recibían otra incomodidad o violencia.
Tanto mayor era su tribulación cuanto que imaginaban ser más grande el número de los comprometidos en la conspiración de los que en realidad había, porque huían de saber cuáles eran los conjurados y cómplices de esta secta por lo difícil de conocerse todos en una población numerosa, y también porque unos no sabían la intención de otros, y no osaban quejarse uno a otro, ni descubrir su secreto, ni tratar de vengarse secretamente.
La sospecha y desconfianza era, pues, tan grande en el pueblo, que no osaban confiarse a sus conocidos y amigos, dudando que fuesen de la conspiración, porque había en ella hombres de quienes jamás se creyera. Por esta razón no se sabía de quién fiarse en el pueblo, y la mayor seguridad de los conjurados consistía principalmente en esta general desconfianza.
Llegando, pues, Pisandro y sus compañeros en esta época de turbación, acabaron muy a su placer y en poco tiempo su empresa. Primeramente les hicieron consentir que se eligiesen diez secretarios, los cuales tuviesen plena autoridad para manifestar al pueblo lo que acordaran poner en consulta por el bien de la ciudad en un día determinado. Llegado el día, y reunido el pueblo en un campo, donde estaba edificado el templo de Neptuno, a diez estadios de la ciudad, no propusieron otra cosa los dichos decemviros sino que era muy necesario respetar la libre opinión de los atenienses donde quiera que la expusieran, y que cualquiera que impidiese, injuriase o estorbase esta libertad, sería con todo rigor castigado.
Después fue pronunciado el siguiente decreto:
«Que todos los magistrados de nombramiento popular fuesen quitados, no pagándoles sus sueldos, y que se eligiesen cinco presidentes, los cuales nombrarían después cien hombres, y cada uno de ellos escogería otros tres que serían, en suma, cuatrocientos; los cuales, cuando se reunieran en consejo o asamblea, tendrían amplia y cumplida autoridad de ordenar y ejecutar lo que viesen que era para el bien y provecho de la república. Además reunirían los cinco mil ciudadanos cuando bien les pareciese.»
Este decreto lo pronunció Pisandro, el cual así en esto como en las otras cosas, hacía de buena gana todo lo que entendía que aprovechaba a suprimir y abrogar el gobierno popular. Pero el decreto había sido mucho tiempo antes imaginado y consultado por Antifonte, persona de gran crédito, pues no había en aquel tiempo ninguna otra en la ciudad que le excediese en virtud, y que además era muy avisado y prudente para hallar y aconsejar expedientes en los negocios comunes. Junto con esto tenía mucha gracia y elocuencia en decir y proponer, y con todo ello jamás iba a la junta del pueblo, ni a otra congregación contenciosa si no le llamaban. Por eso el pueblo no tenía de él sospecha, estimándole a pesar de la eficacia y elegancia de sus palabras, hasta el punto de que no queriendo entremeterse en los negocios, cualquier hombre que tuviese necesidad de él, ora fuese en materia judicial, o con la asamblea del pueblo, se tenía por dichoso y muy favorecido si podía contar con su consejo y defensa.
Cuando el régimen de los cuatrocientos fue quitado, y se procedió contra los que habían sido principales autores, siendo acusado como los demás, defendió su causa, y respondió a mi parecer mejor que nunca lo hizo hombre alguno, de que yo me acuerde.
A este régimen popular se mostraba también muy favorable Frínico por el miedo que tenía a Alcibíades, que había sabido todo lo que él trató con Astíoco, estando en Samos, y le parecía que no volvería a Atenas en tanto que la gobernación de los cuatrocientos durase; Frínico era estimado por hombre constante y esforzado en las grandes adversidades, porque habían visto por experiencia que nunca se mostró falto de esfuerzo y corazón.
También Terámenes, hijo de Hagnón, fue de los principales en acabar con el régimen popular; y era hombre asaz suficiente, así en palabras como en hechos.
Estando, pues, la obra dirigida por tan gran número de gentes de entendimiento y autoridad, no es de maravillar que fuese llevada a cabo, aunque por otra parte pareciese, y fuese a la verdad cosa muy difícil privar al pueblo de Atenas de la libertad que había tenido, en la cual había estado casi cien años, después que los tiranos fueron expulsados[26].
Y no tan solamente había estado fuera de la sujeción de cualquier otro pueblo extranjero, sino que aun más de la mitad de este tiempo había dominado a otros pueblos.
Estando la junta del pueblo disuelta, después que aprobó este decreto, los cuatrocientos gobernadores fueron introducidos en el Senado de esta manera.
Los atenienses, por hallarse los enemigos situados en Decelia, estaban de continuo en armas, unos en la guarda de las murallas y otros en la de las puertas y otros lugares, según donde les destinaban. Cuando llegó el día señalado para realizar el acto, dejaron ir a su casa, como era de costumbre, a los que no estaban en la conjuración, y a los que estaban en ella se les ordenó que quedasen, mas no en el lugar donde hacían la centinela, y donde tenían sus armas, sino en otra parte cercana, y que si viesen que alguno quería impedir o estorbar lo que se hiciese, lo resistieran con sus armas si necesario fuese.
Los que recibieron orden para esto, eran los andrios, los tenios, trescientos de los caristios y los de la ciudad de Egina, que los atenienses habían hecho habitar allí.
Arregladas así las cosas, los cuatrocientos elegidos para la gobernación, trayendo cada uno de ellos una daga escondida debajo de sus hábitos, y con ellos ciento veinte mancebos para ayudarles y hacerse fuertes si fuese menester, entraron todos juntos dentro del palacio donde se reunía el Senado o el Consejo; cercaron a los senadores que estaban en Consejo, los cuales, según costumbre, daban sus votos con habas blancas y negras, y les dijeron que tomasen sus pagas por el tiempo que habían servido en aquel oficio, y se fuesen; cuyas pagas llevaban los cuatrocientos; y conforme salían de la cámara del Consejo, les daban a cada uno lo que se le debía.
De esta manera se fueron del tribunal sin hacer resistencia alguna, y sin que el público que quedaba allí, se moviese.
Entonces los cuatrocientos entraron y eligieron entre ellos tesoreros y receptores; y hecho esto, sacrificaron solemnemente por la creación de los nuevos oficiales.
De tal manera fue totalmente mudado el régimen popular, y revocado gran parte de lo que había sido hecho el tiempo que duró, excepto no llamar a los desterrados por encontrarse en el número de ellos Alcibíades.
En lo demás, los nuevos gobernadores hacían todas las cosas a su voluntad, y entre otras, mataron a algunos ciudadanos, no muchos, porque les estorbaban y juzgaban prudente deshacerse de ellos; a algunos otros metieron en prisión, y a otros los desterraron.
Hecho esto, enviaron a Agis, rey de los lacedemonios, que estaba en Decelia, un mensajero, dándole aviso de que querían reconciliarse con los lacedemonios y haciéndoles entender que podría tener más seguridad y confianza en ellos que en el pueblo variable e inconstante. Mas pensando Agis que la ciudad no podía estar sin gran alboroto, y que el pueblo no era tan sumiso que se dejase quitar fácilmente su autoridad, y más si viese algún grande ejército de lacedemonios delante de la ciudad; teniendo además en cuenta que el gobierno de los cuatrocientos no era tan sólido y fuerte que se pudiese consolidar, no les dio respuesta alguna tocante a su petición, antes hizo juntar en pocos días gran número de gente de guerra en tierra del Peloponeso; y con ellos y los que tenía en Decelia avanzó hasta los muros de la ciudad de Atenas, esperando que se rendirían a su voluntad, así por la discordia que había entre ellos, dentro y fuera de la ciudad, como por el miedo, viendo tan gran poder a sus puertas; y si no lo quisiesen hacer, le parecía que fácilmente podría tomar los grandes muros por fuerza, por estar muy apartados y ser difícil su guarda y defensa.
Pero no se realizó lo que pensaba, porque los atenienses no promovieron tumulto ni movimiento entre ellos, antes hicieron salir su gente de a caballo, y parte de los de a pie, bien armados y a la ligera, los cuales rechazaron inmediatamente a los que se habían acercado más a los muros, y mataron muchos, cuyos despojos llevaron a la ciudad.
Viendo Agis que su empresa no había salido bien, volvió a Decelia; y pasados algunos días, mandó volver los soldados extranjeros que había hecho venir para esta empresa, y detuvo los que tenía primero.
No obstante todo lo pasado, los cuatrocientos le enviaron otra vez comisionados para ajustar un convenio, y les dio buena respuesta; de tal manera, que les persuadió para que enviasen embajadores a Lacedemonia a fin de tratar de la paz conforme deseaban.
Por otra parte enviaron diez ciudadanos de su bando a los que estaban en Samos, para darles a entender en contestación a otros muchos cargos que estos hacían, que lo que había sido hecho al mudar el estado popular, no era en perjuicio de la ciudad, sino para la salud de ella; y que la autoridad no estaba en las manos de los cuatrocientos solamente, sino también en la de cinco mil ciudadanos, y, por consiguiente, como antes, en manos del pueblo, pues nunca en ningún negocio que hubiese sido tratado en la ciudad así doméstico, y dentro de la misma tierra, como fuera, se había reunido para ello número tan grande como el de cinco mil hombres[27].
Esta embajada la enviaron los cuatrocientos a Samos desde el principio, dudando que los que estaban allá de la armada no quisieran tener por agradable esta mudanza, ni obedecer a su gobernación; y que el daño y la discordia comenzase allá, siguiendo después en la ciudad como sucedió, porque cuando se hizo este cambio en Atenas, se había levantado cierto alboroto o sedición en la ciudad de Samos por la misma causa y de esta manera.
Algunos samios, partidarios del gobierno democrático que había entonces en la ciudad, por defenderlo, se sublevaron, y puestos en armas contra los principales de la ciudad que querían usurpar la gobernación, habían después mudado de opinión por persuasión de Pisandro cuando llegó allí, y de los otros sus secuaces y cómplices atenienses que allí se hallaron, y queriendo derrocar este régimen popular se habían juntado hasta cuatrocientos, todos determinados a abolirlo y a echar a los que ejercían el mando, pretendiendo ser ellos, y representar a todo el pueblo. Mataron al principio un mal hombre y de mala vida ateniense, llamado Hipérbolo, el cual había sido desterrado de Atenas, no por sospecha ni miedo de su poder, ni de su autoridad, sino por delito, y porque deshonraba a la ciudad[28]. Hicieron esto a excitación de un capitán de los atenienses llamado Carmino, y de algunos otros atenienses que estaban en su compañía, por consejo de los cuales se gobernaban, y deliberaron proceder más adelante en favor de la oligarquía.
Los ciudadanos, partidarios del gobierno democrático descubrieron esta conjuración, principalmente a algunos capitanes que estaban al mando de Diomedonte y de León, generales de los atenienses, muy estimados y honrados por el pueblo, y opuestos a que la autoridad pasara a manos de una oligarquía.
También la descubrieron a Trasíbulo y a Trasilo, capitán aquel de un trirreme, y este de la gente de tierra que había en él; y también a los hombres de guerra que conocían como partidarios del estado popular, rogándoles y requiriéndoles que no los quisiese dejar maltratar por los conjurados que habían jurado su muerte, ni tampoco desamparasen en tal negocio a la ciudad de Samos, la cual perdería la buena voluntad que tenía a los atenienses si los conjurados lograban mudar la forma de gobernarse que había tenido hasta entonces.
Hechas estas declaraciones a los caudillos y capitanes, hablaron particularmente a los soldados, persuadiéndoles para que no permitiesen que la conjuración tuviera efecto. Primeramente trataron con la compañía de los atenienses que tripulaban el buque Páralos, que eran todos hombres libres y opuestos siempre a la oligarquía, aun antes de que se tratara de establecerla, estando en buena reputación con Diomedonte y León, de tal manera, que cuando estos hacían algún viaje por mar, les daban de buena voluntad el cargo y la guarda de algunos trirremes.
Reuniéndose, pues, todos estos con los de la villa, que eran del partido democrático, dispersaron a los trescientos conjurados que se habían alzado, de los cuales mataron treinta, y de los principales autores desterraron a tres, perdonando a los otros, y restableciendo el estado popular desde entonces en su primera autoridad.
Ejecutado esto, los samios y los soldados atenienses que estaban allí, enviaron inmediatamente el trirreme Páralos, y al capitán del mismo, llamado Quéreas, hijo de Arquéstrato, que les había ayudado en este negocio, para advertir a los atenienses lo que se había hecho allí, no sabiendo aún que la gobernación de la ciudad de Atenas se encontraba ya en manos de los cuatrocientos, quienes al saber la llegada de aquel barco hicieron prender a dos o tres de sus tripulantes, y a los demás les metieron en otros barcos, enviándoles a ciertos lugares de Eubea, de donde no podrían escapar. Quéreas, sabiendo a tiempo lo que querían hacer, se escondió y se salvó. Después volvió a Samos, y contó a los que estaban allí todo lo ocurrido en Atenas, dándoles a entender ser las cosas mucho más graves de lo que eran.
Díjoles Quéreas que a todos los hombres partidarios del pueblo los maltrataban y ultrajaban sin que hubiese persona que osase abrir la boca contra los gobernadores; que no ultrajaban solamente a los hombres, sino también las mujeres y niños, y que además estaban resueltos a hacer lo mismo con cuantos había en el armada de Samos que discrepasen de su voluntad, tomando sus hijos, mujeres y parientes próximos, y haciéndoles morir si estos no cedían a su voluntad.
Muchas otras cosas les dijo Quéreas que eran falsedades; pero, al oírlas los soldados, fueron tan despechados e inflamados de ira que opinaron matar, no solamente a los que habían hecho el cambio de régimen en Samos, sino también a todos los que lo habían consentido; pero poniéndoles algunos de manifiesto, con objeto de apaciguarles, que, haciendo esto, pondrían la ciudad en gran peligro de caer en manos de los enemigos, que eran muy numerosos sobre el mar, y querían acometerles, dejaron de realizarlo.
No obstante todo esto, queriendo establecer abiertamente el estado popular en la ciudad, Trasíbulo y Trasilo, que eran los caudillos y principales autores de esta empresa, obligaron a todos los atenienses que estaban en la armada, y asimismo a los que desempeñaban el gobierno oligárquico, a ayudar con todo su poder a la defensa del régimen popular, y a seguir tocante a esto lo que aquellos capitanes determinasen, y al mismo tiempo defender la ciudad de Samos contra los peloponesios, tener a los cuatrocientos nuevos gobernadores de Atenas por enemigos, y no hacer ningún tratado ni tregua con ellos.
El mismo juramento hicieron todos los samios que estaban en edad para llevar armas, a los cuales los hombres de armas juraron también vivir y morir con ellos en una misma fortuna, teniendo por cierto que no había esperanza de salud, ni para ellos ni para los de la ciudad, antes se tenían todos por perdidos si el estado de los cuatrocientos continuaba en Atenas, o si los peloponesios tomaban la ciudad de Samos por fuerza.
En estos debates perdieron mucho tiempo, queriendo los soldados atenienses que estaban en el ejército de Samos restablecer en Atenas el régimen popular, y los que tenían el gobierno en Atenas obligar a los de Samos a que hiciesen lo mismo que ellos.
Siendo todos los soldados de la misma opinión sobre esta materia, destituyeron a los capitanes y a otros que ejercían cargo en el armada, y eran sospechosos de favorecer el estado de los cuatrocientos, y en su lugar pusieron otros.
De este número fueron Trasíbulo y Trasilo, los cuales exhortaban uno en pos de otro a los soldados a ser constantes en este propósito, por muchas razones que les mostraron, aunque la ciudad de Atenas hubiese condescendido en la gobernación de los cuatrocientos.
Entre otras cosas, les decían que ellos que estaban en el ejército eran en mayor número que los que se habían quedado en la ciudad, y tenían más abundancia y facultad de todas las cosas que estos. Por tanto, que teniendo los barcos en sus manos, y toda la armada de mar, podían obligar a todas las ciudades súbditas y confederadas a contribuir con dinero. Y si los echasen de Atenas, tenían aquella ciudad de Samos, que no era pequeña, ni de escaso poder, mientras que quitadas a la ciudad de Atenas las fuerzas de la mar, en las cuales pretendía exceder a todas las otras, ellos eran harto poderosos para rechazar a los peloponesios sus enemigos, si les fueran a acometer a Samos, como lo habían hecho otra vez.
Y aun para resistir a los que estaban en Atenas, porque teniendo los barcos en sus manos, por medio de ellos podrían adquirir provisiones en abundancia, mientras los de Atenas carecerían de ellas, pues las que habían tenido hasta entonces, que llevaban y desembarcaban en el puerto del Pireo, debíanlas a la ayuda de la armada que estaba en Samos, de la que no podrían valerse en adelante si rehusaban restablecer el gobierno de la ciudad en manos del pueblo. Además, los que estaban allí podrían estorbar mejor el uso de la mar a los que estaban en la ciudad de Atenas, que no los de la ciudad a ellos. Lo que la ciudad podía dar de sí misma para resistir a los enemigos era la menor parte que se esperaba tener, y perdiendo esto no perdían nada, puesto que no había más dinero en la ciudad que les pudiesen enviar, viéndose obligados los soldados a servir a su costa.
No tenían en lo demás los de Atenas buen consejo, que es la única cosa que obliga a guardarle obediencia a los ejércitos que están fuera; antes habían grandemente errado, violando y corrompiendo sus leyes antiguas; mientras ellos que estaban en Samos las querían conservar, y obligar a los otros a guardarlas, porque no era de creer que los que entre ellos habían sido autores de mejor consejo y opinión en este asunto que los de la ciudad, fuesen en otros negocios menos avisados.
Por otra parte, si ellos querían ofrecer a Alcibíades la restitución de su estado y llamarle, él haría de buena voluntad la alianza y amistad entre ellos y el rey. Y aun cuando todos los recursos faltasen, teniendo tan grande armada podrían ir a cualquier parte donde les pareciese y hallasen ciudades, y ocupar tierras para habitar.
Con estas razones y persuasiones se exhortaban los unos a los otros, y no cesaban de preparar con toda diligencia las cosas pertenecientes a la guerra.
Entendiendo los diez embajadores enviados allí por los cuatrocientos, que todas las cosas se habían divulgado entre el pueblo, callaron, y no dieron cuenta del encargo que llevaban.