XI.

Sospechan de Tisafernes los peloponesios, porque no les daba el socorro que les había prometido, y porque Alcibíades había sido llamado por los atenienses de la armada, ejerciendo la mayor autoridad entre ellos, que empleaba en bien y provecho de su patria.

Los marinos peloponesios que estaban en Mileto murmuraban públicamente contra Astíoco y contra Tisafernes, diciendo que lo echaban todo a perder, Astíoco, porque no había querido combatir con su armada estando debilitada en fuerzas la de los contrarios, y además cuando tenían gran disensión entre sí, y sus barcos estaban diseminados en muchas partes no les quería acometer, antes malgastaba el tiempo con pretexto de esperar las naves que habían de ir de Fenicia, entreteniéndoles con palabras, y queriendo de esta manera arruinarles con grandes gastos.

Añadían a esto que no pagaba por completo ni de continuo a la armada, perdiendo con ello su crédito.

Decían, pues, que no eran necesarias más dilaciones, sino ir a acometer a los atenienses, lo cual apoyaban los siracusanos con la mayor instancia.

Advertido Astíoco, y los caudillos que estaban allí por las ciudades confederadas, de estas murmuraciones, determinaron combatir, sabiendo además que ya había gran revuelta en Samos. Reunieron todos los buques que tenían, que resultáronles ciento veinte, y dos en Mícale: y de allí avisaron y mandaron llamar a los que estaban en Mileto, ordenándoles que marchasen por tierra. Los barcos de los atenienses eran ochenta y dos que habían ido de Samos a la playa de Glauca en tierra de Mícale.

Téngase en cuenta que Samos está poco alejado del continente por la parte de Mícale.

Al ver los barcos de los peloponesios venir contra ellos, se retiraron a Samos, porque les parecía no ser bastante poderosos para aventurar una batalla, de la cual dependería toda su fortuna, y porque tenían entendido que los enemigos iban con grande voluntad de combatir.

Además esperaban a Estrombíquides, que estaba en el Helesponto, y había de ir allí con las naves que había traído de Quíos a Abido; cosa que mandaron hacer desde que se retiraron a Samos, y los peloponesios vinieron a Mícale.

En este punto establecieron aquel día su campo, así con las gentes que habían sacado de los barcos, como con los procedentes de Mileto, y también con gentes de la tierra.

Al día siguiente, de mañana, habían determinado ir en busca de sus enemigos a Samos, pero avisados de la llegada de Estrombíquides se volvieron a Mileto.

Los atenienses deliberaron sobre ir a presentarles la batalla en dicho punto, después de reforzados con los buques que llevaba Estrombíquides, porque se reunieron entre todos ciento ocho, y así lo acordaron.

Después de su partida, los peloponesios, aun con tan hermosa y fuerte armada, no se tenían por bastantes para combatir con los enemigos; y no sabían, por lo demás, cómo podrían sustentar las tripulaciones, viendo que Tisafernes no pagaba bien; por lo cual enviaron a Clearco, hijo de Ranfias, capitán de cuarenta naves, para que lo notificara a Farnabazo, atendiéndose a lo que les había sido mandado en el Peloponeso, y porque Farnabazo les prometió pagar la armada.

Por otra parte, entendían que si iban a Bizancio, la ciudad se rebelaría en su favor, por lo cual se puso Clearco a la vela con sus cuarenta buques, saliendo a alta mar para no ser descubierto de sus enemigos, pero le sorprendió una gran tormenta, de tal manera, que sus buques fueron dispersados; parte de ellos, que seguían a Clearco, llegaron a Delos, y los otros se volvieron a Mileto y después se reunieron con Clearco, que fue por tierra al Helesponto.

Pero diez naves que habían llegado antes al Helesponto, hicieron sublevar la ciudad a su voluntad.

Siendo después avisados los atenienses que estaban en Samos, enviaron un número de buques para guardar el Helesponto, los cuales libraron una pequeña batalla delante de Bizancio, a saber: ocho naves de ellos contra otras tantas de los peloponesios.

Entretanto, los que eran caudillos de la armada de los atenienses, principalmente Trasíbulo, el cual había siempre sido de parecer que debían llamar a Alcibíades, aun después que el régimen de Atenas fue mudado, en parte por intrigas de este, continuaba más firme en dicho propósito y lo mostró por tal manera y persuadió de tal suerte a los soldados que allí estaban, para que acordasen todos la vuelta de Alcibíades, que fue el decreto concluido y escrito, perdonando a Alcibíades, y llamándole a la ciudad.

Publicado este decreto, Trasíbulo fue a donde estaba Tisafernes, y llevó a Alcibíades, que se encontraba con este, a Samos, esperando por su medio atraer a Tisafernes a la amistad de los atenienses.

Estando Alcibíades en Samos, hizo juntar el pueblo, y expuso ante él las grandes pérdidas y daños que había sufrido en su destierro. Después habló muy animosamente de los negocios de la república, de suerte que les infundió grande esperanza de recobrar el antiguo poder, encareciéndoles en gran manera la influencia que tenía con Tisafernes, a fin de que los que ejercían autoridad y mando en Atenas tuviesen temor de él, y por esta vía sus conjuraciones e inteligencias se deshicieran y amenguasen. También lo hizo para ganar con los que estaban en Samos autoridad y prestigio, y para que, aumentando su reputación, a los enemigos les inspirara más desconfianza Tisafernes, y perdieran la esperanza de que les ayudase.

Decía a los atenienses que estaban en Samos, que Tisafernes le había prometido dar el sueldo de los soldados, aunque hubiera de vender cuanto tuviese, si podía tener seguridad de ellos hasta el fin de la guerra, y que haría ir en su socorro los barcos fenicios que ya estaban en Aspendo, en lugar de enviarlos a los peloponesios. Añadía que para tener seguridad de ellos no les demandaba sino que recibiesen a Alcibíades.

Habiéndose expresado en tales o semejantes palabras, los capitanes y soldados le pusieron en el número de los caudillos de la armada, y le dieron autoridad para mandar y ordenar en todas las cosas: y en efecto, adquirieron tan grande confianza y esperanza en él, que ya no dudaban de su salvación, ni de la caída de los cuatrocientos; estando todos dispuestos desde entonces, bajo de la confianza de lo que les había dicho, a ir al Pireo, sin cuidarse de los enemigos que encontraban tan cerca de allí. Muchos pedían esto con grande instancia, pero no lo quiso consentir Alcibíades, diciendo que no era cosa conveniente, teniendo próximos los enemigos, ir al Pireo, y que pues le habían dado la dirección de la guerra, y elegido por caudillo, proveería con Tisafernes en todo: volvió, al partir de esta junta, a donde Tisafernes se encontraba para mostrarles que quería consultar todas las cosas con él; y al mismo Tisafernes dio a entender que tenía grande autoridad entre los atenienses, y que era su caudillo, para que fuese más estimado de él y entendiese por esta vía que le podría ayudar o perjudicar. Y sucedió, en efecto, lo que pretendía, porque, por el favor con Tisafernes, fue después muy temido de los atenienses; y del mismo Tisafernes por el temor que a estos tenía.

Cuando los peloponesios que estaban en Mileto supieron el llamamiento de Alcibíades, teniendo ya grande sospecha, comenzaron a hablar mal de Tisafernes públicamente. Y a la verdad, porque rehusaron de ir contra la armada que les presentó la batalla frente a Mileto, se había enfriado Tisafernes para pagar el sueldo a la armada; juntamente con esto Alcibíades trabajaba de tiempo atrás por hacerle quedar mal con los peloponesios.

Esparcido este rumor entonces, los soldados que estaban en Mileto comenzaron a juntarse por escuadras, como habían hecho antes, y a producir grande alboroto, de tal manera, que algunos de entre ellos, hombres de autoridad, diciendo que nunca habían cobrado la paga entera, y que la poca que les daban nunca había sido de continuo, amenazaban, si no los llevaban a alguna parte para combatir o para arriesgar la vida, con dejar los buques. De todo esto culpaban a Astíoco, que, por su particular provecho, había querido complacer a Tisafernes.

A esta murmuración y motín siguió una gran perturbación contra Astíoco; porque los marineros de los siracusanos y de los turios, estando menos sujetos que los otros, hicieron mayor instancia y con palabras más sueltas, para que les dieran su paga, a los cuales Astíoco dio alguna áspera respuesta y queriendo Hermócrates tomar la voz por su gente y sustentar su querella, alzó un palo que tenía para darle.

Al ver esto los marineros y soldados siracusanos, corrieron con gran ímpetu contra Astíoco, el cual se libró de ellos metiéndose en un templo cercano, y de esta manera se salvó. Después, al salir de allí, le prendieron.

Además de esto los milesios atacaron un castillo o baluarte que Tisafernes había hecho allí, el cual tomaron echando a las gentes que él había puesto de guarda, cosa que fue muy agradable a los otros aliados, y también a los siracusanos.

A Licas le pesó, diciendo que los milesios y los otros que estaban bajo el mando del rey, debían obedecer y complacer a Tisafernes en las cosas que eran razonables, hasta que los negocios de la guerra estuvieran en mejor orden. Por esta opinión y por otras muchas pruebas semejantes, los milesios concibieron tan grande indignación contra él, que habiendo después muerto de enfermedad, no quisieron consentir que su cuerpo fuese enterrado en el lugar que los lacedemonios, que allí estaban, habían ordenado.

Durante estas alteraciones, y estando en tales diferencias las gentes de armas, Tisafernes y Astíoco, llegó a Mileto Míndaro, nombrado general de la armada por los lacedemonios en lugar de Astíoco, quien, después que dejó su cargo a Míndaro, volvió a Lacedemonia; y con él envió Tisafernes, por embajador, uno de sus familiares natural de Caria, llamado Gaulites, que sabía bien hablar las dos lenguas, griega y persa, así para quejarse del ultraje que los milesios habían hecho a él y a su gente como también para excusarse de lo que él sabía que le acusaban, habiendo enviado mensajeros a Lacedemonia sobre esto, con los cuales fue Hermócrates. Este afirmaba que Tisafernes y Alcibíades estaban de acuerdo para destruir el poder de los peloponesios, porque tenía de mucho tiempo atrás grande enemistad con Tisafernes, a causa de la paga, y también porque, al llegar a Mileto los otros tres caudillos de los buques siracusanos a saber, Pótamis, Miscón y Demarco, Tisafernes le había hecho cargos en presencia de ellos y en malos términos de muchas cosas, y, entre otras, la de que el rencor que tenía contra él era porque no quiso darle cierta suma de dinero que le había pedido.

Por esta causa se fueron Astíoco y los mensajeros de los milesios y Hermócrates, de Mileto a Lacedemonia.

Alcibíades volvió, de donde estaba Tisafernes, a Samos, donde también llegaron mensajeros de Delos, que los cuatrocientos gobernadores de Atenas habían enviado allí para aplacar y apaciguar a los que estaban en Samos.

Mas al principio, siendo por ellos reunido el pueblo, los hombres de armas hicieron instancia para que no les diesen audiencia, antes con grandes voces aseguraban que debían hacer pedazos a tales hombres, pues querían destruir el régimen popular. A pesar de esto y después de muchas palabras, con gran dificultad les oyeron en silencio.

Estos mostraron cómo la mudanza de régimen que había sido hecha, no era en manera alguna para abatimiento de la ciudad, como daban a entender; antes para su salvación y a fin de que no cayese en poder de los enemigos, los cuales ya habían ido hasta junto a los muros de Atenas. Por esto se había creído necesario elegir los cuatrocientos, para ordenar la defensa, y los demás negocios de la ciudad con los otros cinco mil, los cuales eran todos participantes en la resolución de toda clase de asuntos; añadieron que no era verdad lo que Quéreas aseguró, por envidia, de que habían desterrado y maltratado a los hijos, parientes y amigos de los que estaban fuera, pues al contrario, les dejaban todos sus bienes y casas, y en la misma libertad que gozaban antes.

Después de estas disculpas y demostraciones, queriendo pasar adelante, se lo impidieron los atenienses que allí estaban, a los cuales parecía mal lo que decían, y comenzaron a expresar muchas y diversas opiniones.

El mayor número era de parecer que debían ir por mar al Pireo.

En esta discordia Alcibíades se mostró tanto o más amigo de la patria que otro alguno. Porque viendo que los atenienses que estaban allí querían ir contra los de Atenas, y conociendo que si aquello se realizaba ocasionaría que los enemigos tomasen toda la tierra de Jonia y del Helesponto, no lo quiso permitir, antes lo contradijo con más vigor y energía que ningún otro, y por su autoridad impidió esta navegación e hizo callar a los que habían dado voces contra los mensajeros públicamente.

Después les ordenó volver a Atenas con esta respuesta: que en lo que toca a los cinco mil hombres que se habían nombrado para ayuda de la gobernación de la ciudad, no era de opinión que les privasen de estas facultades, mas los cuatrocientos quería que se suprimiesen y que fuese restablecido el Consejo de quinientos en la forma que estaba antes. Y en lo tocante a lo que había sido hecho por los cuatrocientos, de disminuir los gastos de la ciudad para atender a la paga de los hombres de armas, lo hallaba muy bueno, y les exhortaba proveyesen bien en los otros negocios de la ciudad y que no permitieran cayese en poder de los enemigos; dándoles buena esperanza de aplacar las diferencias, quedando la ciudad en su ser, sin que viniesen a las armas unos contra otros, para lo cual era necesario que todos tuviesen gran prudencia, porque si llegaban a la lucha los que estaban en la ciudad contra los que estaban en Samos, cualquiera de ellos que alcanzara la victoria no encontraría ya persona con quien hacer tratos o conciertos.

En esto llegaron embajadores de parte de los argivos, que ofrecieron a los atenienses que allí estaban, ayuda y socorro contra los cuatrocientos, para la defensa del régimen popular, a los cuales Alcibíades agradeció mucho sus buenos ofrecimientos, y después de haberles preguntado a ruego de quién iban con esta embajada y respondido ellos que de nadie, les despidió amablemente.

Y a la verdad, no habían sido requeridos para ir. Pero enviados algunos de los marinos del trirreme Páralos por los cuatrocientos en un buque de guerra, para ver lo que se hacía en Eubea y también para llevar tres embajadores que estos cuatrocientos enviaban a Lacedemonia, y que eran Lespodias, Aristofonte y Melesias, los tripulantes, cuando llegaron a Argos, entregaron los embajadores presos a los argivos, acusándoles de que habían sido los principales autores y cómplices para quitar el régimen popular en Atenas, y después no volvieron a Atenas, sino que embarcaron a los embajadores de los argivos y los llevaron en su buque a Samos.

En ese mismo verano, Tisafernes, conociendo que los peloponesios tenían mala opinión de él por algunas causas, entre ellas la restitución de Alcibíades, y porque presumían tomaba el partido de los atenienses para disculparse ante ellos de esta sospecha, se preparó a recibir a los barcos fenicios que habían de ir; y para salirles al encuentro, pues estaban en el puerto de Aspendo, mandó a Licas que fuese con él. Mientras hacía el viaje, dejó por su lugarteniente a Tamos, uno de sus capitanes, al cual dio encargo, según decía, de pagar el sueldo a los marineros peloponesios.

Creyose después que no había ido a Aspendo con el referido objeto, porque no hizo ir las naves, siendo cierto que entonces había allí ciento quince todas aparejadas. Y aunque no se supiese en verdad la causa de este viaje, porque no ordenó que se unieran a los peloponesios aquellos barcos, no dejaron de formarse diversos juicios.

Unos presumían que hizo aquello por entretener los negocios de los peloponesios, con esperanza de su vuelta, porque Tamos, al cual había dejado para reemplazarle, no pagó mejor que él lo había hecho, sino peor. Otros juzgaron que había ido a cobrar el dinero necesario para pagar el sueldo de los fenicios al enviarlos. Otros presumían que su objeto era borrar la mala opinión que los peloponesios tenían de él, mostrándoles que deseaba sinceramente ayudarles, pues iba por la armada, la cual ya se sabía que estaba aparejada.

Cuanto a mí, tengo por muy cierto, y la cosa es muy evidente, que no quiso llevar los barcos, sino que lo fingió en este viaje, para que, esperando su venida, los negocios de los griegos llegaran a la mayor confusión, y no dando ayuda a ninguna de ambas partes, sino faltando a entrambas, quedasen iguales y débiles. Porque es muy claro, que si quisiera unirse de buena voluntad con los lacedemonios, estos hubieran entonces alcanzado la victoria, pues en aquella sazón estaban tan poderosos por mar como los atenienses.

La excusa que dio de no haber llevado los barcos, puso de manifiesto su malicia y engaño, pues dijo que era porque los fenicios no habían dado el número de buques que les había pedido a nombre del rey; de creer es que hubiera satisfecho a este, conseguir el mismo objeto con menor número y a menos coste.

Cualquiera que fuese su intención, los peloponesios enviaron por su parte dos trirremes con él cuando fue al lugar de Aspendo, de los cuales era caudillo un lacedemonio llamado Filipo.

Al saber Alcibíades la ida de Tisafernes, tomó trece trirremes de los que estaban en Samos, y se fue hacia aquella parte, haciendo entender a los atenienses de Samos que su ida aprovecharía en grande manera, porque haría tanto que la armada que estaba en Aspendo vendría en socorro, o no iría en ayuda de los lacedemonios, y se los aseguraba conociendo, como era de creer, los deseos de Tisafernes por la larga comunicación que había tenido con él, que eran no enviar la armada a los peloponesios.

También lo decía con la intención de hacer al mismo Tisafernes más sospechoso a los peloponesios, a fin de que después fuese obligado a ponerse de parte de los atenienses; fue, pues, hacia donde estaba, manteniéndose siempre en alta mar, hacia la parte de Fasélide y de Cauno.