XII.
Divididos los atenienses por la mudanza en el gobierno popular de la república, procuran restablecer algún acuerdo entre ellos.
En este tiempo, los embajadores que los cuatrocientos habían enviado a Samos, de vuelta en Atenas, dieron cuenta del encargo que Alcibíades les había dado, y que consistía en que ellos procurasen guardar la ciudad y defenderse de los enemigos, que él tenía esperanza de reconciliar a los que estaban en la armada de Samos y de vencer a los peloponesios, cuyas palabras infundieron grande ánimo a muchos de los cuatrocientos, que ya estaban enfadados y enojados de aquella forma de gobierno, y de buena voluntad la hubieran dejado, de poderlo hacer sin peligro.
Al saber los deseos de Alcibíades, todos de común acuerdo tomaron a su cargo los negocios, nombrando a los dos hombres más principales y más poderosos de la ciudad por sus caudillos, que eran Terámenes, hijo de Hagnón, y Aristócrates, hijo de Escelias, y además de estos, muchos otros de los más a propósito de los cuatrocientos, los cuales se excusaban de haber enviado embajadores a los lacedemonios, diciendo que lo habían hecho por el temor que tenían a Alcibíades y a los otros que estaban en Samos, para que la ciudad no fuese ofendida.
Parecíales que se podría evitar que la gobernación cayera en manos de pocos en número, si procuraban que los cinco mil que habían sido nombrados por los cuatrocientos tuviesen el mando y la autoridad efectivos y no de palabra, y que de esta manera el régimen se podría reformar para el bien de la ciudad, del cual, aunque hiciesen siempre mención en sus juntas, la mayor parte de ellos tiraba a su particular derecho y a la ambición de su autoridad, esperando que, si destruían la gobernación de los cuatrocientos, no quedarían solamente iguales a los otros, sino superiores.
Además, en el régimen de gobierno popular, cada uno sufre mejor una derrota de sus aspiraciones, porque los oficios se dan por elección del pueblo, y le parece no haber sido desechado por sus iguales, cuando se hace por todo el pueblo.
Y a la verdad, la autoridad que Alcibíades tenía con los que estaban en Samos, dio grande esfuerzo a estos, y les parecía como que el estado de los cuatrocientos no podía durar; cada uno de ellos se esforzaba en adquirir entre el pueblo el mayor crédito que podía, para ser el mayor en autoridad.
Los que eran principales entre los cuatrocientos trabajaban en sentido contrario cuanto podían, y principalmente Frínico, el cual, siendo el caudillo de los que estaban en Samos, había sido contrario a Alcibíades; también Aristarco, que había sido siempre enemigo del régimen popular, y lo mismo Pisandro, Antifonte y los otros que eran de los más poderosos de la ciudad, los cuales, desde el tiempo que habían tomado el cargo y aun después de la mudanza y revuelta que había habido en Samos, enviaron embajadores propios a Lacedemonia, procurando mantener la gobernación de la oligarquía con todo su poder, y hacían levantar y disponer la muralla de Eetionea.
Después de la vuelta de los embajadores que habían enviado a Samos, viendo que muchos de su partido mudaban de opinión, aunque los habían tenido por muy constantes y determinados en el negocio, enviaron de nuevo e inmediatamente a Antifonte y a Frínico con diez de su bando a los lacedemonios, y les dieron comisión de hacer algún concierto con ellos lo mejor que pudiesen, con tal que fuese tolerable. Hicieron esto por el temor que tenían, así de los que estaban en Atenas, como de los que se encontraban en Samos.
Cuanto a lo de la muralla que alzaban y reparaban a Eetionea, lo hacían, como lo decía Terámenes y los que estaban con él, no tanto por estorbar que los que estaban en Samos pudiesen entrar en el puerto del Pireo, como por recibir el ejército de mar y de tierra de los enemigos cuando quisiesen; por cuanto el lugar de Eetionea está a la entrada del puerto del Pireo en figura o forma de media luna.
La muralla que hacían por la parte de la tierra hacia el lugar era de tal manera fuerte, que con poca gente que estuviese en ella, podían a su voluntad dejar entrar los barcos o impedirlo, porque el lugar se juntaba con la otra tierra del puerto, que tiene la entrada harto estrecha.
Además de estas obras que hicieron en Eetionea, repararon la muralla vieja que estaba fuera del Pireo, del lado de tierra, y edificaron otra nueva por dentro a la parte de la mar, y entre las dos hicieron grandes trojes paneras, dentro de las cuales obligaron a todos los de la villa a traer y meter el trigo que tenían en sus casas, y también todo lo que traían por mar lo hacían allí descargar, y los que querían comprar, necesitaban ir a hacerlo allí.
Estas cosas que los cuatrocientos hacían, a saber, las reparaciones y provisiones para recibir a los enemigos, lo divulgaba ya Terámenes antes que los postreros embajadores fuesen de parte de los cuatrocientos a Lacedemonia. Mas después que volvieron sin conseguir nada, él decía y publicaba más abiertamente que la muralla que habían hecho sería causa de poner el estado de la ciudad en peligro.
Porque en este mismo tiempo llegaron allí cuarenta y dos barcos de los enemigos, de los cuales una parte eran italianos y sicilianos que venían del Peloponeso, de los que habían enviado a Eubea, y algunos de los otros eran de los que dejaron en el puerto de Las, en tierra de Laconia, de los cuales era capitán Agesándridas, hijo del espartano Agesandro, de lo cual deducía Terámenes que ellos no habían llegado allí, tanto por ir a Eubea, como por ayudar a los que construían la dicha muralla de Eetionea, y que si no se hacía buena guarda habría gran peligro de que tomasen al Pireo en llegando. Esto que decían Terámenes y los que estaban con él, no era del todo mentira, ni dicho por envidia; porque a la verdad, los que ejercían la oligarquía en Atenas bien quisieran, si pudieran, gobernar la ciudad en libertad y bajo su autoridad y poder mandar a los demás como representantes de la cosa pública; pero si no pudiesen mantener y defender su autoridad, estaban resueltos, teniendo el puerto, los buques y la fortaleza del Pireo en sus manos, a vivir allí con seguridad, temiendo que si el pueblo recuperaba el poder que tenía en el régimen democrático, fuesen ellos de las primeras víctimas.
Y si no pudieran defenderse allí, antes de caer en las manos del pueblo deliberaban meter dentro del Pireo a los enemigos, pero sin darles los buques y fortalezas, y capitular con ellos en los negocios de la ciudad lo mejor que pudiesen, con tal de que sus personas fuesen salvas.
Por estas causas y razones tenían buenas guardas en las murallas y a las puertas; y en lo demás activaban cuanto podían la fortificación de los lugares por donde los enemigos podían tener entrada y salida, temiendo que los tomaran por sorpresa.
Todos estos proyectos y deliberaciones se hacían y comunicaban primeramente entre pocos hombres. Mas después Frínico, vuelto de Lacedemonia, fue herido en la plaza del mercado por uno de los que hacían la centinela, de cuya herida murió al llegar a su casa; y el que le hirió huyó. Un argivo, su cómplice, fue por orden de los cuatrocientos preso y sometido a tormento, a pesar del cual no nombró a nadie como autor del asesinato, y dijo no saber otra cosa, sino que en casa del capitán de la guardia, y de otros muchos ciudadanos, se juntaban a menudo muchas personas. Terámenes y Aristócrates, y los que estaban en inteligencia con ellos, así de los cuatrocientos como otros, continuaron con más calor su empresa. Cuanto más que la armada enemiga que estaba en Las, habiendo tomado puerto y refresco en Epidauro, hacía muchas salidas y robos en la tierra de Egina, por lo cual Terámenes decía que no era de creer que si la armada quisiese ir a Eubea, viniera a recorrer hasta el golfo de Egina, para después volver a Epidauro, sino que había sido llamada por los que tenían y fortificaban al Pireo, como siempre aseguró.
Por esta causa, después de muchas demostraciones hechas al pueblo para amotinarle contra ellos, fue determinado ir a tomar Las por fuerza.
Cumpliendo su determinación los soldados que trabajaban en la fortificación de Eetionea, de los cuales era capitán Aristócrates, prendieron a uno de los cuatrocientos, que era del partido contrario, llamado Alexicles y le pusieron guardas en su propia casa. Después prendieron también a muchos, y entre otros a uno de los capitanes que tenían la guarda de Muniquia, llamado Hermón. Esto fue hecho con consentimiento de la mayor parte de los soldados.
Sabido esto por los cuatrocientos, que entonces se encontraban en el palacio de la ciudad, excepto aquellos a quienes el régimen oligárquico no agradaba, determinaron ponerse en armas contra Terámenes y los que estaban con él. Mas él se excusaba diciendo que estaba preparado y dispuesto para ir a Las a prender a los que hacían tales novedades. Llevando consigo uno de los capitanes que era de su opinión, se fue al Pireo, ayudándole Aristarco y la gente de a caballo.
Con este motivo levantose grande alboroto y tumulto, porque los que estaban en la ciudad decían públicamente que el Pireo había sido tomado ya, y muertos los que lo defendían, y los que estaban dentro del Pireo pensaban que todos los de la ciudad iban contra ellos.
Tan grande fue el alboroto, que los ancianos de la ciudad tuvieron harto que hacer deteniendo a los ciudadanos para que no se pusieran todos en armas.
En esto trabajó grandemente con ellos Tucídides de Farsala; el cual, habiendo tenido grande amistad y conversando con muchos de ellos, los iba apaciguando con dulces palabras, demostrando y requiriéndoles que no quisiesen poner la ciudad en peligro de perdición, teniendo tan cerca a los enemigos que lo estaban aguardando. Con estas razones el furor fue aplacado y se retiraron todos a sus casas.
Terámenes, que era del gobierno con los demás cuatrocientos, al llegar al Pireo aparentó estar enojado contra los soldados; pero Aristarco y los de su parte, que eran del bando contrario, estaban, a la verdad, muy mal con ellos; los cuales no por eso dejaban de trabajar en su obra, hasta que algunos demandaron a Terámenes si le parecía mejor acabar la muralla o derribarla. Respondioles que si querían derrocarla a él no le pesaría. Inmediatamente todos los que trabajaban y muchos otros de los que estaban en el Pireo subieron sobre el muro, y en poco tiempo lo arrasaron.
Hicieron esto para atraer el pueblo a su opinión, diciendo en alta voz a los que estaban allí estas palabras:
«Quienes deseen que los cinco mil gobiernen y no los cuatrocientos, deben ayudar a hacer lo que nosotros hacemos.»
Decían esto por no atreverse a declarar que pretendían restaurar el régimen popular; antes fingían estar contentos con que los cinco mil gobernasen, temiendo nombrar a alguno, por error, de los que pretendían ejercer mando en el régimen popular y no fiándose unos de los otros, cosa que admiraba a los cuatrocientos, quienes no querían que los cinco mil tuviesen la autoridad, ni tampoco deseaban que fuesen depuestos, porque haciendo esto era necesario volver al régimen popular; y dándoles autoridad era casi lo mismo, ejerciendo el poder tan gran número de hombres. Por esto no querían declarar que los cinco mil no habían sido nombrados y este silencio tenía a las gentes con temor y sospecha, así de una parte como de otra.
Al día siguiente los cuatrocientos, aunque algo turbados, se juntaron en palacio.
De la otra parte, los que estaban en armas en el Pireo, habiendo derribado la muralla y soltado a Alexicles que tenían preso, fueron al teatro de Dioniso, es decir, de Baco, dentro del Pireo, y allí tuvieron su consejo. Después de debatido sobre lo que debían de hacer, acordaron ir a la ciudad, y dejar sus armas donde tenían por costumbre; lo cual hicieron. Viéndoles desarmados fueron a ellos muchos ciudadanos secretamente de parte de los cuatrocientos, acercándose a los que conocían por ser más tratables, rogándolos que se mantuviesen en paz sin hacer alboroto ni tumulto en la ciudad, e impidiendo que los otros lo hiciesen.
Dijéronle que podían nombrar todos juntos los cinco mil que debían ejercer la gobernación, y meter en este número a los cuatrocientos, con el cargo y autoridad que a ellos pareciere, para no poner la ciudad en peligro de venir a manos de los enemigos.
Con tales recomendaciones y consejos, que se hacían por diversas personas en distintos lugares, y a diferentes hombres, el pueblo que estaba en armas se apaciguó mucho, temiendo que su discordia fuese para ruina y perdición de la ciudad. Y en efecto, fue acordado por todos que en cierto día se había de verificar la junta general del pueblo en el templo de Baco.