VI.

Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios.

En el invierno siguiente fueron mudados los éforos o gobernadores de la ciudad de Esparta, en cuyo tiempo fue concluido el tratado de paz. En su lugar eligieron otros que eran contrarios a la paz, y se hizo una asamblea en Lacedemonia donde se hallaron presentes los embajadores de las ciudades confederadas a los peloponesios y los de los atenienses, los corintios y los beocios. En esta asamblea fueron debatidas muchas cosas de todas partes, mas al fin terminó sin tomar resolución alguna.

Vueltos cada cual a su casa, Cleóbulo y Jénares, que eran los dos éforos nuevamente elegidos que presidían por entonces en Lacedemonia, y deseaban el rompimiento de la paz, tuvieron negociaciones privadas con los beocios y los corintios, amonestándoles que atendiesen al estado general de las cosas, y al en que ellos estaban por entonces, sobre todo a los beocios, que así como habían sido los primeros en hacer alianza con los argivos, quisieran de nuevo confederarse con los lacedemonios, mostrándoles que por este medio no estarían obligados a tener alianza con los atenienses, y que antes de las enemistades que esperaban y de que se rompiesen las treguas, siempre los lacedemonios habían deseado más la alianza y amistad de los argivos que la de los atenienses, porque siempre habían desconfiado de estos, y por eso querían ahora asegurarse, sabiendo que la alianza de los argivos les venía muy a propósito a los lacedemonios, para hacer la guerra fuera del Peloponeso. Por tanto, rogaban a los beocios que dejasen de buen grado a los lacedemonios la ciudad de Panacto, para que, restituida esta ciudad, ellos pudiesen recobrar a Pilos si fuese posible, y por este medio comenzar la guerra de nuevo contra los atenienses con más seguridad.

Dichas tales cosas a los embajadores de los beocios y de los corintios por los éforos y algunos otros lacedemonios, amigos suyos, para que hiciesen relación de ellas a sus repúblicas, partieron. Antes de llegar a sus ciudades encontraron en el camino dos gobernadores de Argos, y hablaron mucho con ellos, para saber si sería posible que los beocios quisieran entrar en su alianza, como habían hecho los corintios, los mantineos y los eleos, diciéndoles que si esto se hacía, les parecía que serían bastantes para declarar la guerra a los atenienses, o a lo menos, por medio de los beocios y los otros confederados, llegar a algún buen concierto con ellos. Estas noticias fueron muy agradables a los beocios, porque les parecía que concordaban con lo que sus amigos los lacedemonios les habían encargado y que los argivos otorgaban lo que los otros deseaban, determinando entre ellos enviar embajadores a tierra de Beocia para este efecto, y con esto se despidieron unos de otros. Llegados los beocios a su tierra, relataron a los gobernadores de su ciudad todo lo que habían escuchado de los lacedemonios y lo que había pasado con los argivos en el camino, lo cual celebraron los gobernadores, porque la amistad de los unos y de los otros les venía bien, y porque ambas partes, sin previo acuerdo, se mostraban propicias al mismo fin.

Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales, después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.

Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse unos a otros contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses, que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo y Jénares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que habían determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos, que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta de solicitud.

En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna, donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.

Pasado esto hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los lacedemonios, que si restituían Panacto a los atenienses, también estos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses la ciudad de Panacto, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como la habían hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panacto, esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor inclinación que los éforos que gobernaban entonces tenían a los beocios que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo de la primavera, que fue el onceno año de la guerra, los beocios derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panacto.

Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado hasta los cimientos a Panacto y hecho alianza particular con los lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen todas con estos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios en Panacto fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios, y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios, porque habían rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, y codiciado el imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los lacedemonios a Éustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos, y muy aceptos y agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza, pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia, declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza, y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antene, pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o a algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los lacedemonios les respondieron que no era menester hablar más sobre esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción, diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber alcanzado la victoria. Además que la guerra no debiese pasar más adelante de los límites de la ciudad de Argos, o Lacedemonia, y de sus términos.

Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos, y propusiesen el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto partieron de Lacedemonia los embajadores.

Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panacto y los prisioneros atenienses, a saber, Andrómedes, Fédimo y Antiménidas, hallaron que Panacto había sido asolada por los beocios, porque decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses, confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores se los enviaron; y tocante a Panacto, les dijeron que no tenían por qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa de devolverla.

No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada, y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas usaron con los embajadores de palabras muy duras, y les despidieron sin otra conclusión.

Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias, aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los medios que podían para romperla con ocasión de esto; y entre otros, era uno Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad en la ciudad. Este aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de él, porque era joven; y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios, y que el tratado de paz hecho con ellos, era solo por apartar a los argivos de su amistad, y después declararles la guerra.

Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudaría con todo su poder.

Los argivos, teniendo aviso de esto, y entendiendo que los beocios no habían hecho alianza con los atenienses, y también que los atenienses estaban en gran discordia con los lacedemonios, prescindieron de las negociaciones de sus embajadores que trataban la paz y alianza con los lacedemonios, y entendieron hacerla con los atenienses, la cual tenían por mejor y más útil y provechosa para ellos que la otra, porque los atenienses habían sido siempre, desde los tiempos antiguos, sus amigos, y se gobernaban por señorío y estado popular como ellos, y porque les podían dar gran favor y ayuda por mar si temían guerra, siendo como eran en el mar los más poderosos.

Inmediatamente enviaron sus embajadores con los de los eleos y mantineos a Atenas para tratar y concluir la alianza. Al mismo tiempo llegaron a Atenas los embajadores de los lacedemonios, que eran Filocáridas, León y Endio, que, según parece, eran los más aficionados a los atenienses y a la paz, los cuales fueron enviados así por la sospecha que tuvieron los lacedemonios de que los atenienses hiciesen alianza con los argivos en daño de ellos, como también para demandar que les devolvieran a Pilos en cambio de Panacto, y también para excusarse de la alianza que habían hecho con los beocios, y para mostrarles que no la habían hecho con mala intención ni en perjuicio de los atenienses.

Todas estas cosas fueron propuestas por los embajadores lacedemonios ante el Senado de Atenas, y además declararon que tenían pleno poder para tratar y convenir sobre todas las diferencias pasadas.

Viendo esto Alcibíades, y temiendo que si estas cosas fuesen publicadas y declaradas al pueblo le inducirían a consentir con ellos, y por tanto a rehusar la alianza de los argivos, usó de la astucia e ingenio para estorbarlo, hablando secretamente con los embajadores, y diciéndoles que en manera alguna declarasen al pueblo que tenían poder bastante para entender en todas las diferencias, prometiéndoles que, si lo hacían así, pondría a Pilos en sus manos; que él tenía para ello los medios y autoridad, y sabía cómo persuadir al pueblo, como los había tenido antes para hacer que se opusiera a las demandas de los otros embajadores de los lacedemonios. Además les prometió que compondría todas las otras diferencias que tenían, haciendo esto por apartarlos de la conversación con Nicias, y también para por este medio calumniar a los embajadores, insinuar entre el pueblo que no había en ellos verdad ni lealtad, e inducirle a que hiciese alianza con los argivos, los mantineos y los eleos, según sucedió, porque cuando los embajadores se presentaron delante de todo el pueblo, siendo preguntados si tenían pleno poder para entender y tratar sobre todas las diferencias, respondieron que no, lo cual era contrario totalmente a lo que habían dicho primero delante del Senado. Tanto enojó esto a los atenienses, que no les quisieron dar más audiencia, poniéndose de acuerdo con Alcibíades, que comenzó con esta ocasión a cargarles la mano más que lo había hecho antes.

A persuasión suya mandaron entrar los argivos y los otros aliados que habían venido en su compañía para ajustar y convenir la confederación y alianza con ellos, mas antes que la cosa fuese efectuada del todo tembló la tierra, por lo cual fue dejada la consulta para un día después.

Al día siguiente, de mañana, Nicias viose engañado por Alcibíades no menos que los embajadores de los lacedemonios que fueran inducidos por él a negar al pueblo lo que primero habían dicho en el Senado. Mas no por eso dejó Nicias de insistir de nuevo en la asamblea, y mostrarles que la alianza debía hacerse y renovar la amistad con los lacedemonios, y que para esto debían enviar embajadores a Lacedemonia para saber más ampliamente su voluntad e intención, y entretanto diferir la alianza con los argivos, mostrándoles que era honra suya evitar la guerra y la vergüenza de los lacedemonios, y pues las cosas de los atenienses estaban en buen estado, que se supiesen guardar y conservar, pues los lacedemonios que habían quedado con pérdida tenían más motivo para desear la fortuna de la guerra que no ellos. Finalmente, tanto les persuadió Nicias que acordaron los atenienses enviar sus embajadores a Lacedemonia, y entre ellos fue nombrado el mismo Nicias, a los cuales ordenaron que dijesen a los lacedemonios que si querían tratar con verdad y mantener la paz y alianza, devolvieran a los atenienses la ciudad de Panacto reedificada, y en lo demás dejasen a Anfípolis y se apartasen de la alianza de los beocios si no querían entrar en el tratado de paz con las mismas condiciones que en él había sido dicho y declarado, a saber: que cualquiera de las partes no pudiese hacer tratos con ciudad alguna sin que en ellos entrase la otra. Declararon además que si querían contravenir el tratado de paz y alianza haciendo lo contrario de lo que primero habían capitulado, supiesen que los atenienses tenían ya concluida la alianza con los argivos que quedaban en Atenas esperando la resolución de esta embajada, y juntamente con estas enviaron otras muchas quejas y agravios contra los lacedemonios por no haber guardado ni cumplido el tratado de paz, todas las cuales fueron dadas por instrucción a los embajadores atenienses para que se las expresaran a los lacedemonios.

Cuando los embajadores llegaron a Lacedemonia y expusieron su demanda en el Senado a los lacedemonios, y en el último término les notificaron que si no querían dejar la alianza con los beocios (en el caso que estos no quisiesen aceptar el tratado de paz como hemos dicho), los atenienses concluirían la alianza con los argivos y los otros aliados suyos, los lacedemonios, por consejo del éforo Jénares, y los de su bando respondieron que no se apartarían de la alianza de los beocios en manera alguna, aunque siendo requeridos por Nicias que jurasen de nuevo guardar el tratado de paz y amistad que habían hecho antes entre sí, lo juraron de buen grado.

Hizo esto Nicias temiendo que si volvía a Atenas sin efectuar algo de lo que llevaba a cargo, después le calumniarían por haber sido autor del tratado de alianza con los lacedemonios, según después sucedió. Cuando Nicias regresó de su embajada, y los atenienses entendieron por su relación la respuesta de los lacedemonios, y que no había efectuado nada con ellos, consideráronse muy injuriados, y por consejo y persuasión de Alcibíades concluyeron la alianza con los argivos que estaban en Atenas, el tenor de la cual es el siguiente:

«Queda hecha confederación y alianza por espacio de cien años por parte de los atenienses con los argivos, los mantineos y los eleos, así para ellos como para sus amigos y compañeros a quien presiden una parte y otra sin fraude, ni dolo, ni engaño, así por mar como por tierra, a saber: que una parte no pueda mover la guerra, ni hacer mal ni daño a la otra ni a sus aliados ni súbditos bajo cualquier causa, ocasión o motivo que sea.

»Además, que si algunos enemigos durante este tiempo entraren en tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos estarán obligados a socorrerles con todas sus fuerzas y poder tan pronto como fuesen requeridos por los atenienses. Y si sucediese que los enemigos hubieran ya salido de tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos los deban tener y reputar por sus enemigos ni más ni menos que los tendrán los atenienses.

»Que no sea lícito a ninguna de estas ciudades aliadas y confederadas hacer tratado o concordia con los enemigos comunes sin el consentimiento de las otras, y lo mismo harán los atenienses para con los argivos, mantineos y eleos cuando los enemigos entrasen en su tierra.

»Que ninguna de estas ciudades permitirá ni dará licencia para pasar por su tierra ni por la de sus amigos y aliados a quien presiden, ni por mar ninguna gente de armas para hacer guerra si no fuere con acuerdo y deliberación de las cuatro ciudades. Y si alguna de estas ciudades demandare socorro y ayuda de gente a las otras, la ciudad que pidiere el socorro sea obligada a proveer y abastecer de vituallas a su costa por espacio de treinta días, contados desde el primer día que el tal socorro llegare a la ciudad que le demanda. Pero si la ciudad hubiese menester el socorro por más tiempo, quedará obligada a dar sueldo a los tales soldados, a saber: tres óbolos de plata cada día por cada hombre de a pie, y a los de a caballo una dracma. La ciudad tendrá mando y autoridad sobre estos hombres de guerra, y ellos estarán obligados a obedecerla, mientras estuvieren en ella. Mas si en nombre de todas cuatro ciudades se formase ejército o armada, tenga caudillo y capitán de parte de todas cuatro.

»Este tratado de alianza deberán jurarlo los atenienses al presente en nombre suyo, y de sus aliados y confederados, y después se jurará en cada una de las otras tres ciudades y de sus aliados en la más estrecha forma que pueda ser, según su costumbre religiosa, después de hechos los sacrificios correspondientes por estas palabras:

»Juro mantener esta confederación y alianza según la forma y tenor del tratado acordado y otorgado sobre ella, justa, leal y sencillamente, y no ir ni venir en contrario con cualquier pretexto, arte ni maquinación que sea. Este juramento será hecho en Atenas por los senadores y los tribunos, y después confirmado por ellos. Y en la ciudad de Argos, por el Senado y los ochenta varones del consejo. En Mantinea, por la justicia y gobernadores, y confirmado por los adivinos y caudillos de la guerra. En Elea o Élide, por los oficiales tesoreros y sesenta varones del gran consejo, y será confirmado por los conservadores de las leyes. El juramento será renovado todos los años, primero por los atenienses, los cuales irán para este efecto a las otras tres ciudades treinta días antes de las fiestas olímpicas, y después los representantes de las otras tres ciudades irán a Atenas para hacer lo mismo diez días antes de la gran fiesta llamada Panacteas.

»Será escrito el presente tratado con su juramento y esculpido en una piedra que se ponga en lugar público, a saber: en Atenas, en el más eminente lugar de la ciudad; en Argos, junto al mercado en el templo de Apolo; y en Mantinea y en Élide, en el mercado junto al templo de Júpiter. En nombre de estas cuatro ciudades será puesto en las próximas fiestas olímpicas en una tabla de bronce, y podrán estas ciudades por común acuerdo añadir a este tratado lo que bien les pareciere en adelante.»

De esta manera fue ajustada la liga y confederación entre estas cuatro ciudades sin que se hiciese mención alguna que por esta alianza se apartaban del tratado de paz y alianza hecha entre los atenienses y los lacedemonios.