XI.

Ciudades y pueblos que intervienen en la guerra de Sicilia, así de una parte como de otra.

Los atenienses, que son jonios de origen, habiendo emprendido la guerra contra los siracusanos, que son dorios, tuvieron en su ayuda a los que son de su misma lengua y viven y se rigen conforme a unas mismas leyes, a saber: los lemnios, los imbrios y los eginetas, es decir, los que al presente habitan la ciudad de Egina, los hestieos que viven en la ciudad de Hestiea en Eubea, y muchos otros aliados suyos, unos libres y otros tributarios, y de los súbditos y tributarios de tierra de Eubea.

Vinieron a esta guerra los eretrieos, los calcídeos, los estireos y los caristios desde Eubea. De los isleños los ceos, los andrios y los tenios, y de tierra de Jonia los milesios, los samios, los quiotas, entre los cuales los quiotas no estaban sujetos a tributo de dinero, ni a otra carga, sino solamente a abastecer naves.

Eran casi todos estos jonios, y del bando de los atenienses, excepto los caristios, que son dríopes, pero que por ser súbditos de los atenienses habían sido obligados a acudir a esta guerra contra los dorios. Fueron también los eolios, entre los cuales los metimneos no eran tributarios, sino solamente obligados a dar barcos. Los tenedios y los enios eran tributarios, siendo eolios como los beocios y fundados y poblados por ellos, a pesar de lo cual fueron no menos obligados en esta guerra a ir contra ellos y contra los siracusanos.

No hubo otros de los beocios, excepto los plateenses, por la enemistad capital que tenían con ellos, a causa de las injurias que les habían hecho.

También fueron los rodios, los citereos, que los unos y los otros son dorios de nación, aunque los citereos fueron poblados por los lacedemonios y, sin perjuicio de ello, dieron ayuda a los atenienses contra los lacedemonios que estaban con Gilipo.

De igual manera los rodios, que eran dorios de nación, como descendientes de los argivos, fueron contra los siracusanos, aunque fuesen dorios, y contra los de Gela, aunque eran poblados por ellos, por ser estos del partido de los siracusanos, aunque unos y otros lo hacían por fuerza.

De las islas que están en torno del Peloponeso, los cefalenios y los zacintos, los cuales, aunque eran libres, por ser isleños, se vieron obligados a seguir a los atenienses.

Aunque los corcirenses eran no solo dorios de nación, sino también corintios, pelearon contra los siracusanos de su nación y dorios como ellos, y contra los corintios, sus pobladores, así por la obligación que tenían con los atenienses, como por odio a los corintios.

También acudieron los de Naupacto y los de Pilos, que se nombraban mesenios, porque estos lugares entonces los poseían los atenienses. Y los desterrados de Mégara, aunque eran pocos en número, por ser enemigos de los otros megarenses que eran del bando de los selinuntios a causa del destierro.

Todos los otros que intervinieron en esta guerra con los atenienses, excepto los arriba nombrados, fueron antes de buen grado que obligados por fuerza, porque los argivos no lo hicieron tanto por razón de la alianza, que no se extendía a esto, cuanto por la enemistad que tenían con los lacedemonios.

Lo mismo ocurrió a los otros dorios que fueron a la guerra con los atenienses contra los siracusanos, que también son dorios de nación, haciéndolo antes por interés particular y provecho de presente que por razón alguna.

En cuanto a los otros que eran jonios, lo hacían por la enemistad antigua que tenían contra los dorios, como los mantineos y los arcadios, que fueron por sueldo, aunque los de Arcadia, que eran aliados de los corintios, tenían a los que estaban con los atenienses por enemigos, y asimismo los de Creta y los de Etolia, de los cuales había en ambas partes, que servían por sueldo, de tal manera que los cretenses, que habían fundado la ciudad de Gela con los rodios, no fueron esta vez a favor de los gelios, sino que, tomados a sueldo por sus enemigos, pelearon contra ellos.

Algunos de los acarnanios, así con esperanza de la ganancia como por la amistad que tenían con Demóstenes, y por afición a los atenienses, recibieron sueldo de ellos. Y estos son los que siguieron el partido de los atenienses en aquella guerra, y los que moran y estaban dentro de la tierra de Grecia hasta el golfo Jonio.

De los italianos acudieron los turios y los metapontios, los cuales vinieron a tanta necesidad por sus disensiones y discordias, que iban a ganar sueldo en aquella guerra, o en otra parte que se lo diesen.

De los sicilianos había los naxios y los cataneos, y de los bárbaros, los egesteos, que fueron causa de la guerra, y otros muchos que moraban en Sicilia, y de los que habitaban fuera de Sicilia, algunos de los tirrenos por ser enemigos de los siracusanos, y asimismo los yápiges, que eran mercenarios.

Todos estos pueblos, ciudades y naciones fueron con los atenienses en aquella guerra contra los siracusanos.

De la parte contraria, en ayuda de los siracusanos, fueron primeramente los camarineos, que eran sus vecinos más cercanos, y los gelios que están detrás de la tierra de estos. Los acragantinos que habitan allí cerca no seguían un partido ni otro, sino que permanecían quietos a la mira. Tras de estos vinieron los selinuntios, y todos los que moran en aquella parte de Sicilia que está frente a Libia.

De los que estaban a la parte del mar Tirreno vinieron los himereos, los cuales en aquella parte son los únicos de nación griega, por lo cual no fueron otros de estos en ayuda de los siracusanos.

De toda la isla acudieron los dorios que vivían en libertad, y de los bárbaros todos aquellos que no habían tomado el partido de los atenienses.

En cuanto a los griegos que estaban fuera de la isla, los lacedemonios enviaron un capitán natural de su ciudad con una compañía de esclavos hilotas, que son los que de esclavos llegan a ser libres. Los corintios les enviaron naves y gentes de guerra, lo que no hicieron ningunos de los otros.

Los leucadios y los ambraciotes, aunque eran sus aliados y parientes, solo les enviaron gente.

De los de Arcadia fueron tan solamente aquellos que los corintios habían tomado a sueldo, y los sicionios obligados a ir por fuerza. De los que habitan fuera del Peloponeso acudieron los beocios.

Además de todas estas naciones extranjeras que acudieron en socorro, las ciudades de Sicilia enviaron gran número de gente de todas clases y gran cantidad de naves, armas, caballos y vituallas.

Pero los siracusanos abastecieron de más gente, y de las demás cosas necesarias para la guerra que todos los otros juntos, así por lo grande y rica que era su ciudad, como por el daño y peligro en que estaban.

Tal fue el socorro y ayuda de una parte y de otra que intervino en la batalla de que arriba hemos hablado, porque después no fueron ningunos otros de parte alguna.

Estando los siracusanos y sus aliados muy ufanos y gozosos por la victoria pasada, que habían alcanzado en la mar, parecioles que adquirían gran honra si pudiesen vencer todo aquel ejército de los atenienses que era muy grande, y procurar que no se pudiesen salvar por mar ni por tierra, y con este propósito cerraron la boca del gran puerto, que tenía cerca de ocho estadios de entrada, con barcos de guerra y mercantes, y toda otra clase de naves puestos en orden, afirmados con sus áncoras echadas, los abastecieron de todas las cosas necesarias, y se apercibieron para combatir, en caso de que los atenienses quisiesen pelear por mar sin dejar de proveer cosa alguna por pequeña que fuese.