XII.

Los siracusanos y sus aliados vencen de nuevo en combate naval a los atenienses, de tal modo que no pueden estos salvarse por mar.

Viéndose los atenienses cercados por los siracusanos, y conociendo los designios de los enemigos, pensaron que era menester consejo, y para ello se reunieron los capitanes, jefes y patrones de naves con el fin de proveer sobre ello, y sobre lo relativo a víveres de que por entonces tenían gran falta, porque habiendo determinado partir, ordenaron a los de Catana que no les enviasen más, y con esto perdieron la esperanza de poderlos tener de otra parte si no era deshaciendo y dispersando la armada de los enemigos.

Por esta causa decidieron desamparar del todo el primer muro y fuerte que habían hecho en lo más alto hacia la ciudad, y retirarse lo más cerca que pudiesen del puerto, encerrándose allí y fortificándose lo mejor que pudieran, con tal de tener espacio bastante para recoger sus bagajes y los enfermos, y abastecer el lugar de gente para guardarle, embarcando todos los otros soldados que tenían dentro de sus barcos buenos y malos, y todo su bagaje con intención de combatir por mar con presteza; si por ventura alcanzaban la victoria, partir derechamente a Catana, y si por el contrario fuesen vencidos en combate naval, quemar todas sus naves y caminar por tierra al lugar más cercano de amigos que pudiesen hallar, ora fuese de griegos o de bárbaros.

Estas cosas, como fueron pensadas fueron puestas por obra, porque inmediatamente abandonaron el primer muro que estaba cerca de la ciudad, se dirigieron hacia el puerto y mandaron embarcar toda su gente sin distinción de edad ni si era a propósito para combatir, reuniendo en todo cerca de 102 buques, dentro de los cuales metieron muchos ballesteros y flecheros de los acarnanios y de los otros extranjeros, además de la otra gente de pelea.

Después de hecho todo esto, Nicias, viendo a su gente de guerra descorazonada por haber sido vencidos por mar contra su opinión, y muy al contrario de lo que pensaban, y que por carecer de provisiones veíanse forzados a aventurar una batalla contra lo que hasta entonces había sucedido, mandó reunirlos y pronunció la siguiente arenga:

«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y confederados que con nosotros aquí estáis, esta batalla que nos conviene dar al presente es necesaria a todos nosotros, porque cada cual trabaja aquí por su salvación y la de su patria, como también lo hacen nuestros enemigos, y si logramos la victoria en este combate naval, como esperamos, podremos volver seguros cada cual a su tierra. Por tanto, debéis entrar en ella con valor y osadía, y no desmayar ni perder ánimo, ni hacer como aquellos que no tienen experiencia alguna en la guerra, los cuales, vencidos una vez en una batalla, en adelante no tienen esperanza ninguna de vencer, antes piensan que siempre les ha de suceder el mismo mal.

»Mas los atenienses, que aquí os halláis, gente curtida y experimentada en lances de guerra, y vosotros también nuestros aliados y confederados, debéis considerar que los fines y acontecimientos de las guerras son inciertas, y que la fortuna es dudosa, pudiendo ser ahora favorable a nosotros como antes lo fue a ellos.

»Con esta confianza, y esperanzados en el esfuerzo y valor de tanta gente, como aquí veis de nuestra parte, preparaos para vengaros de los enemigos y del mal que nos hicieron en la batalla pasada.

»En lo que toca a nosotros, los que somos vuestros caudillos y capitanes, estad ciertos de que no dejaremos de hacer cosa alguna de las que viéremos ser convenientes y necesarias para este hecho, antes teniendo en cuenta la condición del puerto que es estrecho, lo cual produjo nuestro desorden y derrota, y también a los castillos y cubiertas de las naves de los enemigos con los que la vez pasada nos hicieron mucho daño, hemos provisto contra todos estos inconvenientes de acuerdo con los patrones y maestros de nuestras naves, según la oportunidad del tiempo y la necesidad presente lo requiere, lo más y mejor que nos ha sido posible, poniendo dentro de los barcos muchos tiradores y ballesteros en mayor número que antes.

»Si hubiéramos de pelear en alta mar para guardar la disciplina militar y orden marítimo, es muy perjudicial cargar mucho las naves de gente, pero ahora nos será provechoso en la primera batalla, porque combatiremos desde nuestras naves como si estuviéramos en tierra.

»Además hemos pensado otras cosas que serán menester para nuestros barcos, y hallamos unos garfios y manos de hierro para asir de los maderos gruesos que están en las proas de nuestros enemigos con las que la vez pasada nos hicieron todo el daño, para que cuando vengan a embestir contra nosotros, si una vez estuvieren asidos no se puedan retirar a su salvo, puesto que hemos llegado a tal extremo que nos convendrá pelear desde nuestras naves como si estuviésemos en tierra firme.

»Es, pues, necesario que no nos desviemos de las naves de nuestros enemigos cuando nos viéremos juntos, ni les dejemos apartarse de las nuestras.

»Considerando que toda la tierra que nos rodea nos es enemiga, excepto aquella pequeña parte que está junto al puerto donde tenemos nuestra infantería, y teniendo en la memoria todas estas cosas, debéis combatir hasta más no poder sin dejaros lanzar a tierra, sino que cualquiera nave que aferrare con otra, no se aparte de ella sin que primeramente haya muerto o vencido a los enemigos. Y para este hecho os amonesto a todos, no solamente a los que son marineros, sino también a la gente de guerra, aunque esta obra sea más de gente de mar que de ejército de tierra, que esta vez os conviene vencer como en batalla campal, como otras veces habéis vencido.

»Cuanto a vosotros, marineros, os ruego y requiero que no desmayéis por la pérdida que hubisteis en la batalla pasada, viendo que al presente tenéis mejor aparejo de guerra en vuestras naves que teníais entonces, y mayor número de barcos, sino que vayáis osadamente al combate y procuréis conservar la honra antes ganada, y aquellos de entre vosotros que sois considerados como atenienses, porque usáis la lengua y porque tenéis la misma manera de vivir, aunque no lo seáis de nación, y por este medio habéis sido famosos y nombrados en toda Grecia, y participantes de nuestro imperio y señorío por vuestro interés, a saber, por tener obedientes a vuestros súbditos y estar en seguridad respecto de vuestros vecinos y comarcanos, no desamparéis esta vez a vuestros amigos y compañeros, con los cuales solamente tenéis participación y amistad verdadera, y menospreciando los que muchas veces habéis vencido, a saber, los corintios y sicilianos, pues ni unos ni otros tuvieron jamás ánimo ni osadía para resistirnos ni afrontar con nosotros, mientras nuestra armada estuvo en su fuerza y vigor, mostradles que vuestra osadía y práctica en las cosas de mar es mayor en vuestras personas, aunque estéis enfermos y desdichados, que no en las fuerzas y venturas de otros.

»No cesaré de recordar a los que de vosotros sois atenienses, que miréis y penséis bien que no habéis dejado en nuestros puertos otros buques tan buenos como los que aquí están, ni otra gente de guerra en tierra, sino algunos pocos soldados que hemos puesto en guarda del bagaje. Si no consiguiéramos la victoria, nuestros enemigos irán contra ellos y no serán estos poderosos para resistir a los que desembarquen de las naves de los enemigos, ni a los que vendrán por parte de tierra.

»Si esto acontece, vosotros quedaréis en poder de los siracusanos, contra los cuales sabéis muy bien la intención con que vinisteis, y los otros en poder de los lacedemonios.

»Habiendo llegado a tal extremo, os conviene escoger de dos cosas una: o vencer en la batalla o sufrir tamaña desventura; yo os ruego y amonesto, que si en tiempo pasado habéis mostrado vuestra virtud y osadía os esforcéis en mostrarla al presente en esta afrenta, y acordaos todos juntos, y cada cual por lo que a él toca, que en este solo trance se aventura toda nuestra armada, todos los barcos, toda la fuerza de gente, y en efecto, toda la ciudad, todo el señorío, y toda la honra y gloria de los atenienses. Para salvar todo esto, si hay alguno de vosotros que exceda y sobrepuje a otro en fuerzas, industria, experiencia u osadía, jamás tendrá ocasión de poderlo mejor mostrar que en esta jornada, ni para más necesidad suya y de nosotros.»

Habiendo acabado Nicias su arenga, mandó embarcar a todos los suyos en las naves, lo cual pudieron muy bien entender Gilipo y los siracusanos, porque los veían aprestarse para el combate, y también fueron avisados de las manos de hierro que metían en sus barcos, proveyendo remedios contra esto y contra los otros ingenios de los enemigos, y mandando cubrir las proas y las cubiertas de sus naves con cuero, a fin de que las manos y garabatos no pudiesen asir, sino que se colasen y deslizasen por encima del cuero.

Puestas en orden todas sus cosas, Gilipo y los otros capitanes arengaron a su gente de guerra con estas razones:

«Varones siracusanos, y vosotros nuestros amigos y confederados, a mi parecer todos o los más de vosotros debéis saber que si hasta ahora lo habéis hecho bien, de aquí en adelante lo habéis de hacer mucho mejor en la jornada que esperamos, pues con otro intento no hubierais emprendido tan animosamente esta empresa. Y si por ventura hay alguno de vosotros que no lo sepa, será menester que se lo declaremos.

»Primeramente, los atenienses vinieron a esta tierra con intención de sojuzgar a Sicilia, si podían, y después el Peloponeso, y por consiguiente, todo lo restante de Grecia, los cuales aunque tuviesen tan gran señorío como tienen, y fuesen los más poderosos de todos los otros griegos que hasta ahora han sido o serán en adelante, los habéis vencido muchas veces en el mar, donde eran señores hasta ahora.

»Jamás ningunos otros pudieron hacer esto, y es de creer que los venceréis en adelante, porque derrotados algunas veces en el mar, donde a su parecer pensaban exceder y sobrepujar a los otros, pierden gran parte de su orgullo, y en adelante sus pensamientos y esperanzas son mucho menores para consigo mismo que lo eran antes, cuando se consideraban invencibles sobre el agua. Y viéndose engañados en esta ambición, pierden el ánimo y aliento que antes tenían.

»Verosímil es que esto suceda ahora a los atenienses. Y por el contrario, vosotros que habéis tenido osadía para resistirles por mar, aunque no teníais tanta práctica y experiencia de las cosas de ella, llegáis ahora a ser más firmes y valientes por la buena fama y opinión que habéis concebido de vuestro esfuerzo y valentía, a causa de haber vencido a hombres muy bravos y esforzados; y con razón debéis tener doblada la esperanza, que os aprovechará en gran manera, porque los que van a acometer a sus contrarios con probabilidades de vencerlos, van con más ánimo y osadía.

»Aunque nuestros enemigos hayan querido imitarnos, por lo que han aprendido de nosotros, en el apresto de las naves, según vimos en la batalla pasada, no por eso debéis temer cosa alguna, pues estamos más acostumbrados a la guerra de mar que ellos, y por eso no nos sorprenderán con cualquier recurso a que acudan.

»Mientras más número de gente pongan en las cubiertas de sus barcos, se hallarán en más aprieto, como sucede en un combate de tierra, porque los acarnanios y los otros tiradores que traen consigo no podrán aprovechar sus dardos y azagayas estando sentados; y la multitud de barcos que tienen les hará más daño que provecho, porque se estorbarán unos a otros, lo cual sin duda les causará desorden.

»Por eso hace poco al caso que tengan más número de barcos que nosotros, y no debéis temerles, porque mientras más fueren en número, tanta menos atención podrán tener a lo que sus caudillos y capitanes les manden que hagan.

»Por otra parte, los pertrechos y máquinas que tenemos preparados contra ellos, nos podrán servir en gran manera.

»Aunque creo que tenéis noticia del estado en que se encuentran sus cosas actualmente, os lo quiero dar más a entender, porque sepáis que están casi desesperados, así por los infortunios y desventuras que les han sucedido antes de ahora, como por el gran apuro en que se ven al presente; de tal manera, que no confían tanto en sus fuerzas y aprestos, cuanto en la temeridad de la fortuna, determinando aventurarse a pasar por fuerza por medio de nuestra armada y escaparse por alta mar, o si no lo consiguen, desembarcar y tomar su camino por tierra, como gente desesperada que se ve en tal aprieto que por necesidad ha de escoger de dos males el menor.

»Contra esta gente aturdida y desesperada, que parece pelea ya a despecho de la adversa fortuna, nos conviene combatir cuanto podamos, como contra nuestros mortales enemigos, determinando hacer dos cosas de una vez, a saber: asegurando vuestro estado, vengaros de vuestros enemigos, que han venido a conquistaros, hartando nuestra ira y saña contra ellos y, además, lanzarlos de esta tierra, cosas ambas que siempre dan placer y contento a los hombres.

»Que sean nuestros mortales enemigos, ninguno hay de vosotros que no lo sepa y entienda, pues vinieron a nuestra tierra con ánimo determinado, si nos vencieran, de ponernos en servidumbre y usar de todo rigor y crueldad contra nosotros, maltratando a grandes y pequeños, deshonrando a las mujeres, violando los templos y destruyendo toda la ciudad. Por tanto, no debemos tener ninguna compasión de ellos, ni pensar que nos sea provechoso dejarlos partir salvos y seguros, sin exponernos a peligro alguno, porque lo mismo harían si alcanzaran la victoria, partiendo sin nuestro peligro.

»Si queremos cumplir nuestro deber, procuremos dar a estos el castigo que merecen y poner a toda Sicilia en mayor libertad que estaba antes, porque ninguna batalla nos podrá ser más gloriosa que esta, ni tendremos jamás tan buena ocasión para pelear en condiciones tales que si fuéremos vencidos podremos sufrir poco daño, y vencedores, ganar gran honra y provecho.»

Cuando Gilipo y los otros capitanes siracusanos arengaron a los suyos, mandaron embarcar a todos, sabiendo que los atenienses también habían ya embarcado los suyos.

Volvamos, pues, a Nicias, que estaba como atónito al ver el peligro en que se encontraba entonces, y conociendo los inconvenientes que suelen ocurrir en semejantes batallas grandes y sangrientas, no tenía cosa por bien segura de su parte, ni le parecía haber hecho recomendaciones bastantes a los suyos. Por eso mandó de nuevo reunir a los capitanes y maestros, nombrando a cada cual por su nombre y apellido y por los de sus padres, con mucho amor y caricias, según pensaba que a cada cual halagaría más, y rogándoles que no perdiesen su renombre y buena fama en esta jornada, ni la honra que habían ganado sus antepasados por su virtud y esfuerzo, trayéndoles a la memoria la libertad de su patria, que era la más libre que pudiese haber, sin que estuviesen sujetos a persona alguna, y otras muchas cosas que suelen decir los que se ven en tal estado, no para demostrar que les quisiese contar cosas antiguas, sino lo que le parecía ser útil y conveniente para la necesidad presente. Recordoles sus mujeres e hijos, la honra de sus templos y dioses y otras cosas semejantes que acostumbran a decir gentes de valor.

Después que les hubo amonestado con las palabras que le parecían más necesarias, se separó de ellos y llevó la infantería a la orilla del mar, disponiéndola en orden lo mejor que pudo, por animar y dar aliento a los otros que estaban en las naves.

Entonces Demóstenes, Menandro y Eutidemo, que eran capitanes de la armada, navegaron con sus barcos derechamente a la vuelta del puerto cerrado, que los enemigos tenían ya tomado y ocupado, con intención de romper y desbaratar las naves de los enemigos y salir a alta mar. Mas por su parte los siracusanos y sus confederados vinieron con otras tantas naves, parte de ellas hacia la boca del puerto, y parte en torno para embestirles por los dos lados, dejando su infantería a la orilla del mar, para que les pudiesen dar socorro en cualquier lugar que sus barcos abordasen.

Eran capitanes de la armada de los siracusanos, Sicano y Agatarco, los cuales iban en dos alas, a saber: en la punta derecha y en la siniestra, y en medio iban Pitén y los corintios.

Cuando los atenienses se acercaron a la boca del puerto, al primer ímpetu lanzaron las naves de los contrarios, que estaban todas juntas para estorbarles la salida, y trabajaron con todas sus fuerzas por romper las cadenas y maromas con que estaban amarradas. Mas los siracusanos y sus aliados vinieron de todas partes a dar sobre ellos, no tan solamente por la boca del puerto, sino también por dentro de él, y así fue el combate muy cruel y peligroso, más que todos los otros precedentes. De una parte y de otra se oían las voces y gritos de los capitanes y maestros que mandaban a los marineros remar a toda furia, y cada cual por su parte se esforzaba en mostrar su arte e industria.

También la gente de guerra que estaba en los castillos de proa y cubiertas de las naves, procuraba cumplir su deber como los marineros, y guardar y defender el puesto que les fuera señalado. Mas porque el combate era en lugar angosto y estrecho y por ambas partes había poco menos de 200 barcos que combatían dentro del puerto o a la boca de él, no podían venir con gran ímpetu a embestir unos contra los otros, ni había medio de retirarse o revolver, sino que se herían unos a otros donde se encontraban, ora fuese acometiendo, ora huyendo.

Mientras una nave iba contra otra, los que llevaba dentro de los castillos y cubiertas tiraban a los otros gran multitud de dardos, y flechas y piedras, mas cuando aferraban y combatían mano a mano, procuraban los unos entrar en los barcos de los otros, y por ser lugar estrecho acaecía que algunos acometían por un lado, y eran acometidos por otro lado a las veces dos naves contra una, y en algunas partes muchas en torno de una.

Resultado de esta confusión era que los patrones y maestros se turbaban, no sabiendo si convenía defenderse antes que acometer, y si era menester hacer esto por el lado derecho o por el siniestro, y algunas veces hacían una cosa por otra, por lo cual la grita y vocerío era tan grande, que ponía gran espanto y temor a los combatientes, y no se podían bien entender los unos a los otros, aunque los maestros y cómitres de la una parte y de la otra, amonestaban a los suyos, cada cual haciendo su oficio y deber, según que el tiempo lo requería por la codicia que cada cual tenía de vencer.

Los atenienses daban voces a los suyos que rompiesen las cadenas y maromas de los navíos contrarios que les prohibían la salida del puerto, y que si en algún tiempo habían tenido ánimo y corazón lo mostrasen al presente, si querían tener cuidado de sus vidas y tornar salvos a su tierra.

Los siracusanos y sus aliados advertían a los suyos que esta era la hora en que podrían mostrar su virtud y esfuerzo para impedir que los enemigos se salvasen, y conservar y aumentar su honra y la gloria de su patria y nación.

También los generales de ambas partes cuando veían algún barco ir flojamente contra otro, o que los que iban dentro no hacían su deber, llamaban a los capitanes por sus nombres, y les denostaban, a saber, los atenienses a los suyos, diciendo que si por ventura les parecía que la tierra de Sicilia, que era la más enemiga que tenían en el mundo, les fuese más segura que la mar que podían ganar en poco rato. Los siracusanos, por el contrario, decían a los suyos, que si temían a aquellos que no combatían sino por defenderse, y estaban resueltos a huir de cualquier manera que fuese.

Mientras duraba la batalla naval, los que estaban en tierra orilla de la mar sufrían muy gran angustia y cuidado, los siracusanos viendo que pretendían de aquella vez ganar mucha mayor honra que habían alcanzado antes, y los atenienses, temerosos de que les sucediera algo peor que a los que estaban sobre la mar, porque todo su bagaje lo tenían dentro de las naves y estaban expuestos a perderlo.

Mientras la batalla fue dudosa y la victoria incierta, defendían diversas opiniones, porque estaban tan cerca que podían ver claramente lo que se hacía, y cuando veían que los suyos en alguna manera llevaban lo mejor alzaban las manos al cielo y rogaban en alta voz a los dioses que quisieran otorgarles la victoria.

Por el contrario, los que veían a los suyos de vencida lloraban y daban gritos y alaridos.

Cuando el combate era dudoso, de manera que no se podía juzgar quien llevaba la peor parte, hacían gestos con las manos y señales con los cuerpos, según el deseo que tenían, como si aquello pudiera ayudar a los suyos, por el temor que tenían de perder la batalla. Y en efecto, daban tales muestras de sus corazones como si ellos mismos combatieran en persona, y tenían tan gran cuidado o más que los que peleaban, porque muchas veces se veía en aquel combate que por pequeña ocasión los unos se salvaban y otros eran vencidos y desbaratados.

El ejército de los atenienses que estaba en tierra mientras que los suyos combatían en mar, no tan solamente veía el combate, sino que por estar muy cerca oían claramente las voces y clamores, así de los vencedores como de los que eran vencidos, y todas las otras cosas semejantes que se pueden ver y oír en una cruda y áspera batalla de dos poderosos ejércitos. El mismo cuidado y trabajo tenían los que estaban en las naves.

Finalmente, después que el combate duró largo rato, los siracusanos y sus aliados pusieron a los atenienses en huida, y cuando les vieron volver las espaldas, con grandes voces y alaridos les dieron caza y persiguieron hasta tierra. Entonces aquellos de los atenienses que se pudieron lanzar en tierra con más premura se salvaron, y retiraron a su campo. Los que estaban en tierra, viendo perdida su esperanza, con grandes gritos y llantos corrían todos a una, los unos hacia las naves para salvarse, y los otros hacia los muros. La mayor parte estaban en duda de su vida, y miraban a todas partes cómo se podrían salvar, tanto era el pavor y turbación que sufrieron esta vez que jamás le tuvieron igual.

Ocurrió, pues, a los atenienses en este combate naval, lo mismo que ellos hicieron a los lacedemonios en Pilos, cuando después de vencer la armada de estos los derrotaron, y así como los lacedemonios entonces entraron en la isla, así los atenienses esta vez se retiraron a tierra, sin tener esperanza ninguna de salvarse, si no era por algún caso no pensado.