XV.
Discurso de Eufemo, embajador de los atenienses, a los camarineos.
«Varones camarineos, hemos venido principalmente para renovar y confirmar la amistad y alianza antigua que tenemos con vosotros, pero calumniados por este siracusano en su discurso, será necesario hablar de nuestro imperio y señorío, y de cómo le tenemos y poseemos con justo título y causa. De ello, este mismo que ha hablado da el mejor y mayor testimonio que ser pudiera, pues dice que los jonios siempre fueron y han sido enemigos de los dorios.
»Empero conviene entender la cosa tal y como es cierta, a saber: que nosotros somos jonios de nación y los peloponesios dorios, y porque estos son muchos más en número que nosotros y nuestros vecinos y comarcanos, hemos procurado por todas las vías y maneras posibles eximirnos de su mando.
»Por esto, después de la guerra con los medos, teniendo tan buena armada como poseíamos, nos apartamos del mando y dirección de los lacedemonios que entonces eran los caudillos de toda la hueste de los griegos, porque no había más razón para que ellos nos mandasen a nosotros que nosotros a ellos, sino la de que ellos eran más poderosos a la sazón que nosotros, y, por consiguiente, llegando nosotros a ser señores y caudillos de los griegos que antes estaban sujetos a los medos, hemos tenido y habitado nuestra tierra, sabiendo de cierto que mientras tuviéremos fuerzas para resistir al poder de los lacedemonios no hay razón para que debamos estarles sujetos.
»Hablando en realidad de verdad, tenemos buena y justa causa para haber querido sujetar a nuestra dominación a los jonios y a los otros isleños, aunque además fueren nuestros parientes y deudos como dicen los siracusanos, pues estos jonios vinieron con los medos contra nuestra ciudad, siendo su metrópoli de donde ellos descienden y son naturales, por miedo de perder sus casas y posesiones, y no osaron aventurar sus villas y ciudades como nosotros hicimos por guardar y conservar la libertad común de Grecia, antes escogieron por mejor ser siervos y súbditos de los bárbaros medos por salvar sus bienes y haciendas, y aun venir con ellos contra nosotros para ponernos en la misma servidumbre.
»Por estas razones somos dignos y merecedores de mandar y señorear a otros, pues sin ninguna excusa dimos para aquella guerra más naves y nos mostramos con más ánimo y corazón que todas las otras ciudades de Grecia, y por la misma causa merecemos tener mando y señorío sobre los jonios que nos hicieron todo el mal y daño que pudieron cuando se unieron a los medos.
»Por tanto, si codiciamos aumentar nuestras fuerzas contra los peloponesios, y no estar más bajo el mando de otro, con derecho y razón queremos tener mando y señorío por haber sido los únicos que desbaratamos y lanzamos a los medos, o a lo menos, por la libertad común, nos expusimos a peligro y tomamos a nuestra costa los males y daños de los otros, y principalmente de estos jonios, como si fueran propios nuestros. Además, a cada cual es lícito, sin envidia ni reprensión, procurar su salud por todas las vías que pudiere, y por esta causa, para nuestra mayor seguridad y defensa, hemos venido aquí a fin de que veáis que esto que os demandamos, es tan útil y provechoso a vosotros como a nosotros, y mostraros las causas por las que estos nos calumnian y quieren infundir miedo en vuestros ánimos.
»Sabemos muy bien que los que por temor o sospecha de alguna cosa son fáciles de ser persuadidos al principio con elocuentes palabras, después, cuando llegan a las obras, hacen aquello que más les conviene. Y ciertamente nosotros tenemos y conservamos nuestro imperio y señorío por temor como arriba hemos dicho, y por la misma causa y razón venimos aquí con intención de guardar y conservar a nuestros amigos en su libertad, no para someterles a nuestra dominación y servidumbre, sino para estorbar que los otros les pongan bajo la suya.
»Ninguno se debe maravillar de que vengamos con tan gruesa armada para ayudar y defender a nuestros amigos, ni menos debe alegar en consecuencia que haríamos tan grandes gastos por cosa que no nos toca en nada, sabiendo que cuanto más poderosos seáis para resistir a los siracusanos, tanto más seguro estará nuestro estado para con los peloponesios, porque tanto menos podrán recibir ellos el socorro de los siracusanos. Esta es la principal cosa en que nos puede aprovechar vuestra amistad y alianza, por la cual asimismo es justo y conveniente que los leontinos sean restituidos en sus tierras y haciendas, y no estén más tiempo sujetos como están los de Hiblea, sus deudos y parientes, y para que tengan medios de sostener la guerra en nuestro favor contra los siracusanos.
»Nosotros solos somos bastantes para mantener la guerra en Grecia contra nuestros enemigos en nuestra tierra, y los calcídeos, nuestros súbditos, por los cuales este siracusano sin razón nos calumnia diciendo que no es verosímil queramos restituir a estos leontinos su libertad, teniendo a los calcídeos en servidumbre, nos ayudarán muy bien, porque eximiéndoles de dar gente para la guerra, nos proveerán de dinero. Asimismo nos ayudarán los leontinos que habitan en tierra de Sicilia, y los demás amigos y confederados, mayormente aquellos que viven en más libertad.
»Cierto es que el varón que rige con tiranía, y la ciudad que ejerce mando y señorío, ninguna cosa tiene por mala y fuera de razón si le es provechosa, y ninguna considera suya si no la tienen segura; pero no lo es menos que conviene hacerse amigos o enemigos según la oportunidad de los tiempos y negocios, y ningún provecho nos traería al presente hacer mal a nuestros amigos, sino al contrario, mantenerlos en su fuerza y poder para que, por medio de ellos, nuestros enemigos sean más débiles. Lo podéis muy bien creer por la forma y manera de vivir que tenemos y guardamos con los otros aliados y confederados en Grecia, de quienes nos servimos según conviene más a nuestro provecho. De los de Quíos y de Metimna tomamos naves, y en lo demás les dejamos vivir en libertad y conforme a sus leyes. A algunos tratamos con más rigor haciéndoles pagar tributo, y a otros con más libertad como amigos y aliados y no como súbditos en cosa alguna, aunque sean isleños y de fácil conquista para los enemigos por estar más cercanos al Peloponeso, y por esta causa más en peligro de ser invadidos por todas partes.
»Debe creerse, pues, que lo que allí hacemos lo queramos también hacer aquí, y que por nuestro provecho deseemos fortaleceros y ayudaros para poner miedo y temor a los siracusanos que desean sujetaros, y no solamente a vosotros sino también a todos los otros sicilianos, cosa que podrán muy bien hacer por las grandes fuerzas y poder que tienen, o por la falta que vosotros tendréis de gente de guerra si nos volviéramos sin hacer nada, que es lo principal que ellos procuran. Por esta causa os hacen sospechar de nosotros, seguros de dominaros, si ahora seguís su partido, porque no tendremos después tan buenos medios para volver aquí con una armada como la de ahora, y ellos, viéndonos ausentes, se hallarán más fuertes y poderosos contra vosotros.
»Si esto que decimos no parece a alguno verdad, se demuestra claramente por la obra, pues al principio cuando nos demandasteis ayuda y socorro, no alegabais para ello otra razón sino el miedo que teníais a que si nosotros dejásemos de venir a socorreros, los siracusanos podrían venceros y sujetaros, lo cual redundaría en peligro y mucho daño nuestro.
»Sería, pues, en mi opinión, cosa injusta no querer vosotros perseverar en nuestra amistad y alianza por las mismas causas y razones que alegasteis cuando nos la pedisteis, y sospechar de nosotros solamente porque nos veis venir con tan gruesa armada para ser más fuertes y poderosos contra las fuerzas de los siracusanos.
»Ni esto sería cosa justa ni razonable, antes por lo contrario, deberíais tener mayor sospecha de ellos que de nosotros, pues sabéis muy bien que sin una amistad y alianza no podríamos estar en estas tierras seguros, y si quisiésemos ser malos y poner a nuestros amigos bajo nuestro dominio, no lo podríamos conservar en adelante, así porque la navegación es muy grande desde Grecia a Sicilia, como también porque sería cosa muy difícil poder guardar y defender las ciudades de Sicilia, que son grandes y tienen mucha gente de guerra de la costa mediterránea.
»Pero estos siracusanos no deben ser tan temidos de vosotros por el ejército que tienen cuanto por la gran abundancia de gente. Siendo vuestros vecinos y comarcanos estáis siempre en peligro, porque continuamente os acechan y buscan ocasión y oportunidad para dar sobre vosotros, según lo han demostrado contra otros muchos sicilianos, y ahora a la postre contra los leontinos.
»Con todo esto, tienen osadía y atrevimiento de aconsejaros que toméis las armas contra nosotros que hemos venido solo para estorbarles que os hagan mal y dominen toda la tierra de Sicilia. No se comprende que os tengan por tan locos y fuera de seso que queráis dar fe y crédito a sus engaños y mentiras viendo que os amonestamos lo que es vuestro bien y salud con más verdad y certidumbre.
»Os rogamos, pues, que no queráis por vuestra culpa perder el provecho que obtendréis de nosotros, que miréis bien de cuál de ambas partes os debéis confiar más, y sobre todo considerad que estos siracusanos en todos tiempos tienen medios y recursos para poderos vencer y sujetar sin ayuda de otro por la multitud de gente que son. Fijaos en que no podréis tener siempre para vengaros de ellos y lanzarlos de vosotros tanta y tan buena fuerza como al presente con la ayuda y socorro de nosotros, vuestros amigos y aliados, a quienes, si ahora dejáis volver sin hacer nada, por la sospecha que tenéis de nosotros, o no sentís que nos suceda algún mal por vuestra causa, vendrá tiempo en que deseéis ver siquiera una parte de nosotros, y será en balde, porque no nos tendréis a vuestro lado.
»Porque vosotros, camarineos, y los otros sicilianos, no deis fe ni crédito a las calumnias de estos que alegan contra nosotros, he querido mostraros y declarar con verdad las causas por las cuales estos nos quieren hacer sospechosos, y para que, habiéndolas oído y recogido en vuestra memoria, queráis otorgar nuestra demanda.
»No negamos tener el mando y señorío sobre otros pueblos vecinos y cercanos, porque no queremos ser mandados por otros; pero, en cuanto a los sicilianos, decimos que hemos venido aquí para impedir que otros los sometan, temiendo el mal y daño que nos podrían causar después los que los sujetasen y fuesen sus señores. Cuantas más tierras tenemos que guardar, tanto más obligados estamos a hacer más cosas que otros. Por esta causa hemos venido aquí esta vez, y las otras pasadas para defender y amparar a aquellos de vosotros que eran oprimidos e injuriados por otros, y no venimos por nuestra voluntad y propio motu, sino llamados y rogados por ellos.
»Sois al presente jueces y árbitros de nuestros hechos. No intentéis innovar cosa alguna de que después os hayáis de arrepentir, ni desechéis nuestra ayuda y amistad, sino aprovechaos de ella, puesto que podéis hacerlo al presente.
»Considerad que esto no ocasiona igualmente daño a todos, sino provecho evidente para los más de los griegos, porque por las fuerzas y poder grande que tenemos para socorrer y ayudar a los oprimidos, y vengar sus injurias, aunque no sean nuestros súbditos, los que están en asechanza para hacerles alguna violencia, procuran mantenerse tranquilos; y los que están a punto de ser injuriados y oprimidos, pueden vivir seguros, sin ningún trabajo, a costa ajena.
»Así, pues, varones camarineos, os amonesto que no queráis desechar esta seguridad que es común a ambas partes y necesaria para vosotros, sino antes, con nuestra ayuda haced con los siracusanos lo mismo que ellos han hecho con nosotros, y prevenid sus asechanzas, de manera que no hayáis menester estar siempre en vela con pena y trabajo para guardaros de ellos.»
De esta manera habló Eufemo.
Los camarineos estaban por entonces en tal disposición que tenían gran voluntad a los atenienses, y de buena gana quisieran seguir su partido, si no sospecharan que venían con codicia de conquistar a Sicilia y ocupar su estado.
En cuanto a los siracusanos, aunque tenían a menudo cuestiones y diferencias con ellos sobre los límites, por ser vecinos y comarcanos; empero, por esta misma causa de vecindad les habían enviado algún socorro de gente de a caballo, para si acaso alcanzasen la victoria no les pudiesen culpar de que habían vencido sin ayuda de ellos, y también para lo venidero tenían propósito de ayudar a los siracusanos antes que a los atenienses a muy poca costa.
Pero después que los atenienses lograron la victoria pasada, por no mostrar que los tenían en menos que a los vencidos, previa consulta entre sí, dieron igual respuesta a los unos y a los otros diciendo que habiendo guerra entre ambas partes, que eran sus amigos y aliados, estaban resueltos, para no faltar a su juramento de ser neutrales, a no dar ayuda ni a los unos ni a los otros. Con esta respuesta partieron los embajadores.
Entretanto los siracusanos hacían todos los aprestos necesarios para la guerra, y los atenienses por su parte pasaban el invierno en Naxos, y desde allí tenían sus inteligencias por todas las vías y maneras que podían con la mayoría de las ciudades de Sicilia por atraerlas a su amistad y devoción.
Muchas de ellas, especialmente las que estaban en tierra llana, que eran súbditas de los siracusanos, se rebelaron contra ellos, y las otras ciudades libres y francas, que estaban más adentro, en tierra firme, se confederaron con los atenienses, y les enviaron socorro, unas de dinero, otras de gente y otras de vituallas.
De las ciudades que no lo quisieron hacer de grado, fueron algunas obligadas a ello por fuerza de armas, y a las otras prohibieron y estorbaron dar auxilio a los siracusanos.
Durante este invierno salieron de Naxos y volvieron los atenienses a Catana, donde rehicieron sus alojamientos y estancias en el mismo lugar que estaban antes, cuando los siracusanos las quemaron.
Estando aquí enviaron un buque con embajada a los cartagineses para hacer alianza con ellos si podían, y asimismo a las otras ciudades marítimas que están en la costa del mar Tirreno, de las cuales algunas se aliaron con ellos y les prometieron socorro y ayuda en aquella guerra contra los siracusanos.
Además mandaron a los egesteos y a los otros sus aliados de Sicilia que les enviasen toda la gente de a caballo que pudiesen, e hicieron gran provisión de madera, herramienta y otras cosas necesarias para construir un muro fuerte delante de la ciudad de Siracusa, la cual estaban decididos a sitiar inmediatamente después que pasase el invierno.