XVI.

Los lacedemonios, por consejo y persuasión de los corintios y de Alcibíades, prestan socorro a los siracusanos contra los atenienses.

Los embajadores que los siracusanos habían enviado a los lacedemonios, al pasar por la costa de Italia, trabajaron por persuadir las ciudades marítimas, y atraerlas a la devoción y alianza de los siracusanos, mostrándoles que si los propósitos de los atenienses se realizaban prósperamente en Sicilia les podría ocurrir después a ellos mucho daño.

Desde allí fueron a desembarcar a Corinto, donde presentaron su demanda al pueblo, que consistía en rogarles les dieran ayuda y socorro como a sus parientes y amigos. Se los otorgaron de buena gana, siendo en esto los primeros de todos los griegos, y nombraron embajadores que fuesen juntamente con ellos a los lacedemonios para persuadirles de que comenzaran la guerra de nuevo contra los atenienses, y también al mismo tiempo enviasen socorro a los siracusanos.

Todos estos embajadores fueron a Lacedemonia, y a los pocos días llegaron también allí Alcibíades y los otros desterrados de Atenas, que desde Turios, donde primeramente aportaron, pasaron a Cilene, que es tierra de Élide, y de allí a Lacedemonia, bajo la seguridad y salvoconducto de los lacedemonios que les habían mandado ir, porque sin esto no se atreverían a causa del tratado hecho con los mantineos.

Estando los lacedemonios reunidos en su Senado entraron los embajadores corintios, los siracusanos y Alcibíades con ellos, y todos juntos expusieron su demanda con igual objeto.

Aunque los éforos y los otros gobernadores de Lacedemonia habían determinado enviar embajada a los siracusanos para aconsejarles que no hiciesen concierto con los atenienses, no por eso tenían deseo de darles socorro alguno, pero Alcibíades, para moverles a ello, les hizo el razonamiento siguiente:

«Varones lacedemonios, ante todas cosas me conviene primeramente hablar de aquello que a mí en particular toca y podría ser objeto de calumnia. Si por razón de esta calumnia me tenéis por sospechoso, en ninguna manera deis crédito a mis palabras cuando os dijere algo tocante al bien y pro de vuestra república.

»En tiempos pasados mis progenitores, por causa de cierta acusación contra ellos, dejaron el domicilio y hospitalidad que tenían en vuestra ciudad. Yo después le quise volver a tomar, y por ello os he servido y honrado en muchas cosas, y entre otras principalmente en la derrota y pérdida que sufristeis en Pilos. Perseverando en esta buena voluntad y afición que siempre tuve a vosotros y a vuestra ciudad, os reconciliasteis con los atenienses e hicisteis con ellos vuestros conciertos, dando con ellos fuerzas a mis contrarios y enemigos y haciéndome gran deshonra y afrenta.

»Esta fue la causa por que me pasé a los mantineos y a los argivos con sobrada razón, y estando con ellos y siendo vuestro enemigo, os hice todo el daño que pude.

»Si alguno hay de vosotros que desde entonces me tenga odio y rencor por el mal que os hice, puede ahora olvidarlo si quiere mirar a la razón y a la verdad; y si algún otro tiene mal concepto de mí porque favorecía a los de mi pueblo y era de su bando, tampoco acierta queriéndome mal o considerándome sospechoso.

»Nosotros los atenienses siempre fuimos enemigos de los tiranos. Lo que puede ser contrario al tirano que manda se llama el pueblo, y por esta causa la autoridad y mando del pueblo siempre ha permanecido entre nosotros firme y estable, y así mientras la ciudad mandaba y valía, fueme forzoso muchas veces andar con el tiempo y seguir las cosas de entonces, pero siempre trabajé por corregir y reprimir la osadía y atrevimiento de los que querían fuera de justicia y razón guiar los asuntos a su voluntad, porque siempre hubo en tiempos pasados, y también los hay al presente, gentes que procuran engañar al pueblo aconsejándole lo peor, y estos son los que me han echado de mi tierra.

»Ciertamente, en todo el tiempo que tuve mando y autoridad en el pueblo le aconsejé su bien, y aquello que entendía ser lo mejor a fin de conservar la ciudad en libertad y prosperidad según estaba antes, y aunque todos aquellos que algo entienden, saben bien qué cosa es el mando de muchos, ninguno lo conoce mejor que yo por la injuria que de ellos he recibido.

»Si fuese menester hablar de la locura y desvarío de estos, que a todos es notorio y manifiesto, no diría cosa que no fuese cierta y probada. Mas, en fin, no me pareció oportuno trabajar entonces por mudar el estado de la república cuando estábamos cercados por vosotros nuestros enemigos. Lo dicho baste por lo que toca a las calumnias que podrían engendrar odio y sospecha contra mí entre vosotros.

»Quiero ahora hablar de las cosas que tenéis necesidad de consultar al presente, en las cuales si entiendo algo más que vosotros lo podréis juzgar por las siguientes razones.

»Nosotros los atenienses pasamos a Sicilia primeramente con intención de sujetar a los sicilianos si pudiéramos, y tras ellos a los italianos. Hecho esto, intentar la conquista de las tierras aliadas con Cartago, y a los mismos cartagineses si fuese posible; y realizada esta empresa, en todo o en parte, procurar después someter a nuestro señorío todo el Peloponeso, teniendo en nuestra ayuda y por amigos todos los griegos que habitan en tierra de Sicilia y de Italia, y gran número de extranjeros y bárbaros que hubiésemos tomado a sueldo, principalmente de los iberos, los cuales sin duda son al presente los mejores hombres de guerra que hay en todos aquellos parajes.

»Por otra parte, proyectábamos hacer muchas galeras en la costa de Italia, donde hay gran copia de madera y otros materiales para ello, a fin de poder cercar mejor el Peloponeso, así por mar con estas galeras como por tierra con nuestra gente de a caballo e infantería, con esperanza de poder tomar parte de las ciudades de aquella tierra por fuerza, y otras por cerco, lo cual nos parecía que se podía hacer bien.

»Conquistado el Peloponeso, pensábamos que muy pronto y sin dificultad podríamos adquirir el mando y señorío de toda Grecia, y haríamos que estas tierras conquistadas por nosotros nos proveyesen de dinero y bastimentos, sin perjuicio de las rentas ordinarias que de ellas se podría sacar.

»Esto es lo que intenta la armada que está en Sicilia, según lo habéis oído de mí como de hombre que sabe enteramente los fines e intenciones de los atenienses, que han de efectuar si pueden los otros capitanes y caudillos que quedan al frente del ejército si vosotros no socorréis pronto, pues no veo allí cosa que se lo pueda estorbar, porque los sicilianos no son gentes experimentadas en la guerra; y aunque todos, por acaso, se uniesen, lo más que podrían hacer sería resistir a los atenienses, mas los siracusanos, que ya una vez han sido vencidos y están imposibilitados de armar naves, en manera alguna podrán solos resistir al valor y fuerzas del ejército que allí hay ahora. Si toman aquella ciudad, seguidamente se apoderarán de toda Sicilia, y tras ella de Italia, y hecho esto, el peligro de que antes os hice mención no tardará mucho de llegar sobre vuestras cabezas.

»Por tanto, ninguno de vosotros piense que en este caso se trata solo de Sicilia, sino también del Peloponeso, a menos de poner inmediatamente remedio, y para esto conviene, en cuanto a lo primero, enviar una armada, en la cual los mismos marineros sean hombres de guerra, y lo principal de todo que haya un caudillo y capitán natural de Esparta, prudente y valeroso, para que este tal, con su presencia, pueda mantener en vuestra amistad y alianza a los que al presente son vuestros amigos y aliados y obligar a ello a los que no lo son; haciéndolo así, los que son vuestros amigos cobrarán más ánimo y osadía, y los que dudan si lo serán tendrán menos temor de entrar en vuestra amistad y alianza.

»Además, debéis comenzar la guerra contra los atenienses más al descubierto, porque haciéndolo de esta manera, los siracusanos conocerán claramente que tenéis cuidado de ellos, y con tal motivo tomarán más ánimo para resistir y defenderse, y los atenienses tendrán menos facilidades para enviar socorro a los suyos que allí están.

»También me parece que debéis tomar y fortalecer de murallas la villa de Decelia, que está en el límite de Atenas, por ser la cosa que los atenienses temen más, y solo a esta villa no se ha tocado en toda la guerra pasada. Indudablemente causa mucho daño a su enemigo el que entra y acomete por donde más teme y sospecha, y de creer es que cada cual teme las cosas que sabe le son más perjudiciales.

»Por esto os advierto el provecho que obtendréis de cercar y fortalecer la citada villa y el daño que haréis a vuestros enemigos, pues cuando hayáis fortificado esta plaza dentro de tierra de los atenienses, muchas de las villas de su comarca se os rendirán de grado, y las que quedaren por rendir las podréis tomar más fácilmente.

»Además, la renta que tienen los atenienses de las minas de plata en Laurio, y las otras utilidades y provechos que sacan de la tierra y de las jurisdicciones cesarán, y mayormente las que cogen y llevan de sus aliados, los cuales viéndoos venir con todo vuestro poder contra los atenienses los menospreciarán y os tendrán más temor en adelante.

»En vuestra mano está, varones lacedemonios, efectuar todo esto. Y no me engaña mi pensamiento de que lo podéis hacer a salvo, y en breve tiempo si quisiereis, y sin que por ello deba ser tenido o reputado por malo, porque habiendo sido antes vuestro mortal enemigo y amigo de mi pueblo, ahora me muestre tan áspero y cruel contra mi patria: ni tampoco debéis tenerme por sospechoso y presumir que todo lo que digo es para ganar vuestra gracia y favor a causa de mi destierro. Porque a la verdad, confieso que estoy desterrado, y así es cierto por la maldad de mis adversarios, aunque no lo estoy para vuestra utilidad y provecho si me quisiereis creer, ni debo al presente tener tanto por mis enemigos a vosotros que alguna vez nos hicisteis mal y daño siendo enemigos nuestros, como a aquellos que han forzado a mis amigos a que se me conviertan en enemigos, no solamente ahora que me veo injuriado, sino también entonces cuando tenía mando y autoridad en el pueblo.

»Echado por mis adversarios injustamente de mi tierra, no pienso que voy contra mi patria haciendo lo que hago, antes me parece que trabajo por recobrarla, pues al presente no tengo ninguna. Y a la verdad, debe ser antes tenido y reputado por más amigo de su patria el que por el gran deseo de recobrarla hace todo lo que puede para volver a ella, que el que habiendo sido echado injustamente de ella y de sus bienes y haciendas no osa acometerla e invadirla.

»En virtud de las razones arriba dichas, varones lacedemonios, me tengo por digno de que debáis y queráis serviros de mí en todos vuestros peligros y trabajos, pues sabéis que se ha convertido ya en refrán y proverbio común, que aquel que siendo enemigo pueda hacer mucho daño, siendo amigo puede hacer mucho provecho. Cuanto más que conozco muy bien todas las cosas de los atenienses, y casi entiendo ya de las vuestras por conjeturas, y por eso ruego y requiero que, pues estáis aquí reunidos para consultar asuntos de tan grande importancia, no tengáis pereza en organizar dos ejércitos, uno por mar para ir a Sicilia, y otro por tierra para entrar en los términos de Atenas, porque haciendo esto, con muy poca gente podréis realizar grandes cosas en Sicilia y destruir el poder y fuerzas de los atenienses que tienen ahora y podrían tener en lo porvenir.

»Así llegaréis a poseer vuestro estado más seguro y a tener el mando y señorío de toda Grecia, no por fuerza, sino porque de propia voluntad os lo dará.»

Cuando Alcibíades acabó su discurso, los lacedemonios, que ya tenían pensamiento de hacer la guerra a los atenienses (aunque la andaban dilatando y no tomaban resolución definitiva), se afirmaron y convencieron de la conveniencia de realizarla por las razones de Alcibíades, teniendo por cierto que decía la verdad por ser persona que sabía bien lo que deseaban y proyectaban los atenienses. Y desde entonces determinaron tomar y fortificar la villa de Decelia y enviar algún socorro a Sicilia.

Eligieron por capitán para la empresa de Sicilia a Gilipo, hijo de Cleándridas, al que mandaron que hiciese todas las cosas por consejo de los embajadores siracusanos y de los corintios, y que lo más pronto que pudiese llevase socorro a los de Sicilia.

Con este mandato fue Gilipo a Corinto para que le enviasen al puerto de Ásine dos galeras armadas, y aparejasen todas las otras que habían de mandar, a fin de que estuviesen a punto de hacerse a la vela lo más pronto que pudieran, de manera que todos se encontrasen dispuestos a navegar con el primer buen tiempo. Tomada esta determinación partieron los embajadores de los siracusanos de Lacedemonia.

Entretanto, la galera que los capitanes atenienses habían enviado desde Sicilia a Atenas a pedir socorro de gente, dinero y vituallas llegó al puerto de Atenas, y los que venían en ella dieron cuenta a los atenienses del encargo, lo cual, oído por ellos, acordaron enviarles el socorro que demandaban.

En esto llegó el fin del invierno, que fue el decimoséptimo año de esta guerra que escribió Tucídides.