XVII.
Los atenienses, preparadas las cosas necesarias para la guerra, sitian Siracusa. — Victorias que alcanzan contra los siracusanos en el ataque de esta ciudad. — Llega a Sicilia el socorro de los lacedemonios.
Al comienzo de la primavera, los atenienses que estaban en Sicilia se hicieron a la vela, y saliendo del puerto de Catana, fueron directamente a Mégara, que por entonces tenían los siracusanos, y que después que los moradores de ella, en tiempo de Gelón el tirano, fueron expulsados, según arriba hemos dicho, no había sido poblada de nuevo.
Desembarcando allí los atenienses, salieron a robar y destruir toda la tierra, y después fueron a combatir un castillo de los siracusanos que estaba cerca, creyendo que lo tomarían por asalto; mas viendo que no lo podían hacer, se retiraron hacia el río Terias, pasaron el río, robaron y destruyeron también todas las tierras llanas que estaban a la otra parte de la ribera, mataron algunos siracusanos que encontraron por los caminos, y después pusieron trofeo en señal de victoria.
Hecho esto, se embarcaron y volvieron a Catana, donde se abastecieron de vituallas y otras provisiones, y con todo el ejército partieron contra una villa llamada Centóripa, la cual tomaron por capitulación.
Al salir de ella, quemaron y talaron todos los trigos de Inesa y de Hiblea, y regresaron otra vez a Catana, donde hallaron doscientos y cincuenta hombres de armas que habían ido de Atenas, sin que tuviesen caballos, sino solamente las armas y arreos de caballos, suponiendo que de la tierra de Sicilia les habían de proveer de caballos, treinta flecheros de a caballo y más de trescientos talentos de plata que les enviaron los atenienses[7].
En este mismo año[8] los lacedemonios se pusieron en armas contra los argivos; mas habiendo salido al campo para ir a la villa de Cleonas, sobrevino un terremoto que les infundió gran espanto, y les hizo volver.
Viendo los argivos que sus contrarios se habían retirado, salieron a tierra de Tirea que está en su frontera, y la robaron y talaron, consiguiendo tan gran presa, que vendieron los despojos en más de veinticinco talentos[9].
En esta misma sazón[10] la comunidad de Tespias se levantó contra los grandes y gobernadores; mas los atenienses enviaron gente de socorro, que prendieron a la mayor parte de los comuneros, y los otros huyeron.
En el mismo verano los siracusanos, sabedores de que había llegado socorro de gente de a caballo a los atenienses, y pensando que si tenían caballos inmediatamente irían a ponerles cerco, tuvieron en cuenta que cerca de Siracusa había un arrabal, llamado Epípolas, que dominaba la ciudad por todas partes y en lo alto de él un llano espacioso con ciertas entradas por donde podían subir; que sería imposible cercarlo, y que si los enemigos lo ganaban una vez, podrían hacer mucho daño a la ciudad desde allí, por todo lo cual determinaron fortificar aquellas entradas para impedir que los enemigos lo pudiesen tomar.
Al día siguiente pasaron revista a toda la gente del pueblo y a aquellos que estaban bajo el mando de Hermócrates, y de sus compañeros, en un prado que está junto al río llamado Anapo, y de toda la gente del pueblo escogieron seiscientos hombres de pelea para guardar el arrabal de Epípolas, de los cuales dieron el mando a Diomilo, un desterrado de Andros, mandándole que si por acaso se veía atacado de pronto, diese aviso para que pudiera ser socorrido.
Aquella misma noche los capitanes atenienses pasaron revista a su gente. Al despuntar el día, partieron de Catana y fueron secretamente con todo su ejército a salir a un lugar llamado León, distante del arrabal de Epípolas siete estadios, y allí alojaron toda su infantería antes que los siracusanos lo pudiesen saber. Por otra parte, fueron con su armada a una península, llamada Tapso, que está a una legua corta de la ciudad, y cercada por todas partes de mar, excepto en un pequeño istmo. Cerraron luego la entrada de él para estar seguros de parte de tierra. Hecho esto, la infantería de los atenienses que estaba alojada en León, con gran ímpetu, fue a dar sobre Epípolas, y lo ganaron antes que los seiscientos hombres que los siracusanos habían señalado para la guarda de él pudiesen llegar, porque aún estaban en el lugar donde había sido la revista.
Sabido esto por los siracusanos, salieron del pueblo para socorrer el arrabal, que estaba cerca de veinticinco estadios de allí[11], y juntamente con ellos Diomilo con los seiscientos hombres que tenía a su cargo.
Al llegar donde estaban los enemigos, tuvieron una refriega con ellos, en la cual los siracusanos llevaron lo peor, siendo vencidos y dispersados, y muriendo cerca de trescientos, entre ellos Diomilo, su capitán; todos los otros fueron forzados a retirarse a la ciudad.
Al día siguiente los siracusanos, reconociendo la victoria a sus enemigos, les pidieron los muertos para enterrarlos, y los atenienses levantaron también allí un trofeo en señal de triunfo.
Al otro día de mañana salieron delante de la ciudad a presentar la batalla a los siracusanos; mas viendo que ninguno acudía, regresaron a su campo, y en la cumbre de Epípolas, en el lugar llamado Lábdalo, hicieron un atrincheramiento hacia la parte de Mégara para recoger su bagaje cuando saliesen hacia la ciudad, o para hacer alguna correría.
Poco tiempo después se les unieron trescientos hombres de a caballo que los egesteos les enviaban de socorro, y cerca de otros ciento de los de Naxos y otros sicilianos, además de los doscientos y cincuenta suyos, para los cuales ya habían adquirido caballos, así de los que les dieron los egesteos como de otros comprados por su dinero. De manera que tenían entre todos seiscientos cincuenta caballos.
Habiendo dejado gente de guarnición dentro de Lábdalo, partieron directamente contra la villa de Sica, la cual cercaron de muro en tan breve espacio de tiempo, que a los siracusanos asustó su gran diligencia, aunque por mostrar que no tenían temor alguno, salieron de la ciudad con intención de pelear con los enemigos; pero como sus capitanes los vieron marchar tan desordenados, comprendiendo que con grande dificultad los podrían ordenar, hicieron retirar a todos dentro de la ciudad, excepto una banda de gente de a caballo que dejaron para impedir y estorbar a los atenienses llevar la piedra y otros materiales para hacer el muro, y también para que recorriese el campo.
Pero los caballos de los atenienses con una banda de infantería les acometieron con tanto denuedo que les vencieron, y haciéndoles volver las espaldas mataron algunos. Por causa de este hecho de armas de la caballería levantaron otro trofeo en señal de victoria.
El día siguiente los atenienses, en su campo, unos trabajaban en labrar el muro a la parte del mediodía, otros traían piedra y otros materiales del lugar que llaman Trógilo, y lo venían a descargar todo en la parte donde el muro estaba más bajo del extremo del puerto grande hasta la otra parte de la mar.
Viendo esto los siracusanos acordaron no salir en adelante todos juntos contra los enemigos por no aventurarse a una derrota definitiva, sino hacer reparar un fuerte de fuera del muro de la ciudad, frente al muro que los atenienses labraban, porque les parecía que si hacían pronto su fuerte, antes que los enemigos pudiesen acabar dicho muro, los lanzarían fácilmente, y que, poniendo en él gente de guarda, podrían enviar una parte de su ejército a que tomase las entradas y después fortificarlas. Haciendo esto creían probable que los enemigos se apartasen de su obra para atacarles todos juntos.
Con este consejo salieron de la ciudad y comenzaron a trabajar en su fuerte y reparo, tomando desde el muro de la ciudad y continuando a la larga frente al de los enemigos. Para esta obra cortaron muchos olivos del término y sitio del templo, con los cuales hicieron torres de madera para defensa del fuerte por la parte de la marina que ellos tenían, porque los atenienses aún no habían hecho llegar su armada desde Tapso al puerto grande a fin de poder impedirlo, del cual lugar de Tapso hacían traer por tierra abastecimientos y otras cosas necesarias. Habiendo los siracusanos acabado su fuerte, sin que los atenienses se lo pudiesen estorbar por tener bastante que hacer por su parte construyendo su muro, y sospechando que si atendían a dos cosas al mismo tiempo podrían ser más fácilmente combatidos por los atenienses, se retiraron dentro de la ciudad, dejando una compañía de infantería guarneciendo aquel fuerte.
Por su parte los atenienses rompieron los acueductos por donde el agua iba a la ciudad, y sabiendo por sus espías que la compañía de los siracusanos que había quedado en guarda de su fuerte y parapetos, a la hora del mediodía, unos se retiraban a sus tiendas y otros entraban en la ciudad, y los que quedaban allí en guarda estaban descuidados, escogieron trescientos soldados muy bien armados y algún número de otros armados a la ligera para que fuesen delante a combatir el fuerte, y al mismo tiempo ordenaron todo el ejército en dos cuerpos, cada cual con su capitán, para que el uno fuese directamente hacia la ciudad a fin de recibir a los de dentro si salían a socorrer a los suyos, y la otra hacia el fuerte por la parte del postigo llamado Pirámide.
Dada esta orden, los trescientos soldados que tenían a su cargo acometer el fuerte, le combatieron y tomaron, porque la guarnición lo abandonó, acogiéndose al muro que estaba en torno del templo; pero los atenienses los siguieron tan al alcance, que casi a una, mezclados, entraron con ellos en Siracusa, aunque inmediatamente fueron rechazados por los de la ciudad que acudían en socorro.
En este encuentro murieron algunos atenienses y argivos; los otros todos al retirarse rompieron y derrocaron el fuerte de los enemigos, y llevaron de él toda la madera que pudieron a su campo. Hecho esto pusieron un trofeo en señal de victoria.
Al día siguiente los atenienses cercaron con muro un cerro que está junto el arrabal de Epípolas, encima de una laguna de donde se puede ver todo el puerto grande, y extendieron el muro desde el cerro hasta el llano y desde la laguna hasta la mar. Viendo esto los siracusanos, salieron de nuevo para hacer otro fuerte de madera a la vista de los enemigos con su foso, para estorbarles que pudiesen extender su muro hasta la mar, pero los atenienses, habiendo acabado el muro del cerro, determinaron acometer otra vez a los siracusanos que trabajaban en los fosos y reparos, y para esto mandaron al general de la armada que saliese con ella de Tapso y la metiese en el puerto grande. Ellos, al despuntar el alba, bajaron de Epípolas, atravesaron el llano que está al pie y de allí la laguna por la parte más seca, lanzando en ella tablas y maderos que les pudiesen sostener los pies, pasando a la otra parte y venciendo, y dispersando a los siracusanos que allí estaban en guarda, de los cuales unos se retiraron a la ciudad y otros hacia la ribera; mas los trescientos soldados atenienses que fueron escogidos para acometerles como la vez pasada, los quisieron atajar y dieron a correr tras ellos hacia la punta de la ribera.
Viendo esto los siracusanos, porque la más era gente de a caballo, revolvieron contra los trescientos soldados con tanto ímpetu, que los pusieron en huida y después cargaron sobre los atenienses que venían en el ala derecha tan rudamente, que los que estaban en primera fila se asustaron y cobraron gran miedo. Mas Lámaco, que venía en el ala izquierda, advirtiendo el peligro en que estaban los suyos, acudió a socorrerlos con muchos flecheros y algunos soldados argivos, y habiendo pasado un foso antes que le siguiesen los suyos, fue muerto por los siracusanos, como también otros cinco o seis que habían pasado con él. Los siracusanos trabajaban para pasar estos muertos a la otra parte del río antes que llegase la demás gente de Lámaco; pero no pudieron, porque les pusieron en tanto aprieto que les fue forzoso dejarlos.
Entretanto, los siracusanos que al principio se habían retirado a la ciudad, viendo la defensa que hacían los otros, cobraron ánimo y salieron en orden de batalla para pelear con los atenienses, enviando algunos de ellos a combatir el muro que los atenienses habían hecho en torno de Epípolas por creer que estaba desprovisto de guarnición, como a la verdad lo estaba, y por eso ganaron gran parte del muro y le hubieran ocupado del todo si Nicias no acudiera pronto en socorro de los atenienses que habían quedado allí por mala disposición, y al ver que no había otro remedio para poder guardar y defender el muro por aquella parte por falta de gente, mandó a los suyos que pusiesen fuego a los pertrechos y madera que había delante del muro, y así se salvaron, porque los siracusanos no osaron pasar más adelante a causa del fuego, también porque veían venir contra ellos la banda de los atenienses que había seguido a los otros sus compañeros en el alcance, y además, porque las naves de sus contrarios que venían de Tapso entraban ya en el puerto grande. Conociendo, pues, que no eran bastantes para poder resistir a los atenienses ni estorbarles que acabaran su muro, acordaron retirarse hacia la mar, y los atenienses pusieron otra vez su trofeo en señal de victoria, porque los siracusanos la reconocían demandándoles sus muertos para enterrarlos, los cuales ellos les dieron y también recobraron los cuerpos de Lámaco y los otros sus compañeros que habían sido muertos con él.
Reunida ya la armada de los atenienses y todo su ejército, cercaron por dos partes la ciudad por mar y por tierra, comenzando desde Epípolas hasta la mar, y estando allí sobre el cerco les traían muchos abastecimientos y vituallas de todas partes de Italia, y muchos de los aliados de los siracusanos que al principio habían rehusado aliarse con los atenienses, fueron entonces a rendirse a ellos. De la parte de la costa de Tirrenia[12] recibieron tres pentacóntoros de socorro. De manera que las cosas de los atenienses iban tan prósperas que tenían por cierta la victoria, mayormente entendiendo que los siracusanos habían perdido la esperanza de poder resistir a las fuerzas de los atenienses, porque no tenían nuevas de que de los lacedemonios les enviaran socorro alguno. Por ello tuvieron entre sí muchas discusiones para capitular, y también con Nicias, que después de la muerte de Lámaco había quedado por único caudillo de los atenienses, para hacer algún tratado de paz o treguas, mas no se concluyó cosa alguna, aunque de una parte y de la otra tuvieron muchos debates, como sucede entre hombres que están dudosos y que se ven cercados y apremiados más y más cada día.
Advirtiendo los siracusanos la necesidad en que estaban, desconfiaban unos de otros, de manera que destituyeron a los capitanes que primero habían elegido, so color de que las pérdidas y derrotas sufridas fueron por culpa de ellos o por su mala dicha, y en su lugar nombraron otros tres, que fueron Heráclides, Eucles y Telias.
Mientras esto ocurría, el lacedemonio Gilipo había ya llegado a Léucade con las naves de los corintios, y con determinación de acudir con toda premura a socorrer a los siracusanos. Mas teniendo nuevas de que la ciudad estaba cercada por todas partes, por muchos mensajeros que llegaban, todos conformes en la noticia, aunque no era verdad, perdió la esperanza de poder remediar las cosas de Sicilia, y para defender a Italia, partió con dos trirremes de los lacedemonios. Con él iban el corintio Pitén, con otros dos barcos de Corinto, y a toda prisa llegaron a Tarento. Tras ellos navegaban otras diez naves, dos de Léucade y tres de los ambraciotes.
Al llegar Gilipo al puerto de Tarento, dirigiose a la ciudad de Turios en nombre de los lacedemonios, y como embajador para procurar atraer a los habitantes a su devoción y alianza. Al efecto les recordaba los beneficios de su padre que en tiempos pasados había sido gobernador de su estado. Mas viendo que no querían acceder a su demanda regresó a la costa de Italia hacia arriba, y cuando llegó al golfo de Terina, le sorprendió un huracán de mediodía que reinaba mucho en aquel golfo, de manera que le fue forzoso volver al puerto de Tarento, donde reparó sus naves destrozadas por el huracán.
Entretanto avisaron a Nicias de la llegada de Gilipo, mas como supo las pocas naves que traía, no hizo gran caso de él, como no lo hicieron los de Turios, pareciéndoles que Gilipo venía antes como corsario para robar en la mar que para socorrer a los siracusanos.
En este mismo verano los lacedemonios con sus aliados comenzaron la guerra contra los argivos, y robaron y talaron gran parte de su tierra, hasta que los atenienses les enviaron treinta barcos de socorro, rompiendo así claramente el tratado de paz con los lacedemonios, lo cual no hicieron hasta entonces, porque las entradas y robos realizados antes de una parte y de otra eran más bien actos de latrocinio que de guerra, y hasta aquel momento no quisieron unirse con los argivos y mantineos contra los lacedemonios, aunque muchas veces los argivos lo solicitaran para entrar por tierra de lacedemonios y tomar parte en el botín regresando después sin peligro.
Pero entonces los atenienses después de nombrar tres capitanes para su ejército, que eran Pitodoro, Lespodias y Demárato, entraron como enemigos en tierra de Epidauro Limera, y tomaron y destruyeron Prasias y algunas villas pequeñas de aquella provincia, por lo cual los lacedemonios tuvieron después más justa causa para declararse sus enemigos.
Después de volver los atenienses de la costa de Argos y los lacedemonios con su ejército de tierra, los argivos entraron en tierra de Fliunte, y habiendo robado y talado mucha parte de ella y matado a muchos de los contrarios, regresaron a la suya.
FIN DEL LIBRO SEXTO.