I.
EXPEDICIÓN DE VILLALOBOS.
El Adelantado de Guatemala D. Pedro de Alvarado, iniciador desde 1532 de algunas expediciones marítimas para descubrir por el mar del Sur, escribe al Emperador desde Jalisco á 28 de Marzo de 1541, dándole cuenta de que prosiguiendo la capitulación tomada por S. M. con él sobre el apresto de una Armada compuesta de once navíos, nueve de ellos de gavia y una galera y una fusta, para el descubrimiento y conquista de la costa y provincias del Poniente, había tenido desavenencias con el Virrey de Nueva España, y producídose escándalos sobre dicho descubrimiento, por haber el Virrey enviado á dichas provincias á Francisco Vázquez con gente de Armada; y que deseando llegar á buen acuerdo, celebraron una entrevista (en Jalisco), en que olvidando todo interés particular por una y otra parte, y sólo teniendo en cuenta el servicio de Dios y el del Rey, se concertaron[2] en hacer compañía y dividirse todo lo que se descubriese, así por mar como por tierra, dentro de los límites y demarcación contenidos en la capitulación con él tomada.
Acordaron se dividiese la Armada en dos flotas: la una, compuesta de tres naos y una galera muy bien aderezada y tripulada por 300 hombres, para que fuese á las Islas del Poniente bajo el mando de un caballero muy experto y práctico en cosas de mar, llamado Ruy López de Villalobos; y la otra, de cinco naos y una fusta, con otros 300 hombres, para que costease la tierra firme, capitaneada por Juan de Alvarado. Encarece su trabajo y gasto, y lo empeñado que llegó allí de España, por lo cual pide alguna merced y ayuda de costa; y en previsión de que el Marqués del Valle reitere sus peticiones para hacer esta conquista, recuerda al Emperador que la capitulación con él tomada establece que durante siete años no se podrá tomar con otra persona (Doc. núm. 1).
El Emperador confirma la capitulación celebrada con Alvarado y aprueba el concierto con el Virrey D. Antonio de Mendoza, quien poco después hizo la empresa enteramente suya por muerte del Adelantado de Guatemala. Así que en 15 de Septiembre de 1542 expide desde Méjico con su sola firma una provisión nombrando á Gonzalo Dávalos Tesorero de la Armada y de toda la hacienda que en ella había de ir, «desde la mayor hasta la menor cosa», con setenta y cinco mil maravedís de salario, «pagados de los aprovechamientos que en la dicha tierra (que conquistaran) me pertenesciesen; y entiéndese que si en ella no los hoviere de que seais pagado, que no sea yo obligado á pagároslo de otra cosa» (Doc. 3).
Tres días después daba á Villalobos instrucciones para el descubrimiento, que por lo detalladas, previsoras é interesantes á la historia interna de esta expedición y al juicio que haya de formarse del proceder de su General, merecen detenido estudio. Después de prevenirle se trasladase al Puerto de la Navidad, donde le entregaría Juan de Villareal á nombre suyo y en presencia de los oficiales de su hacienda la flota compuesta del navío Capitana Santiago, del San Jorge, San Juan de Letrán, San Antonio, una galeota y un bergantín, y de fijarle las formalidades de la entrega, y las que había de observar para la que él hiciere al Patrón de la Armada, le ordena nombre en cada navío piloto, maestre, contramaestre y escribano, detallando los libros de asientos propios de los cargos de estos oficiales: le faculta asimismo para nombrar Capitán y designar la tripulación de soldados y de hombres de mar, cuyos nombres y filiaciones debían constar en los libros, especificando las armas que llevan. Al tratar de las mercaderías y rescates que pone á cargo del Tesorero Gonzalo Dávalos, del Contador Guido de Lavezaris y del Factor Martín de Islares, exige tenga conocimiento de ellas el General, como de todo lo que va en la Armada, sin que de nada pueda disponerse sin oir su parecer.
Le ordena preste el pleito homenaje según uso de España, tome el juramento á los Capitanes, caballeros y soldados, y á los pilotos, maestres y gente de mar, y reciba á los oficiales que S. M. tiene señalados para la jornada[3] ó en la Capitana ó en el navío que cada cual prefiera, recomendándole el mejor tratamiento hacia ellos, ya por razón de sus cargos, ya por lo que sus personas merecen. Como una de las miras principales de la jornada era averiguar la derrota que convenía para el regreso, le da instrucciones minuciosas sobre este punto, con recomendación del envío de noticias de las tierras visitadas, de los objetos curiosos encontrados en ellas y de las mercancías de particulares: prescríbele también el mayor secreto en la remisión de la correspondencia, y modo de guardarlo. Dedica varios párrafos á la exaltación de la fe católica y atracción á ella y conversión de los indígenas; encarga que en los casos arduos y graves obrare con parecer y acuerdo de los sacerdotes y oficiales más caracterizados de la flota; y ordena el más exacto cumplimiento de los puntos contenidos en la capitulación celebrada con S. M., para lo cual le incluye copia de ellos, así como de las instrucciones particulares que ha expedido á los oficiales suyos para el mejor desempeño de sus cargos.
A éstas acompañaba un escrito de avisos sobre el trato con los indios, precauciones que el General debía tomar, forma de verificar los rescates, y otros puntos referentes á los derechos que le correspondían como armador de la flota. Los principales son, «que á ningún indio se enoje en la menor cosa, y el General y todos han de tratalles con mucha berdad, y confiar muy poco en ellos»: que los soldados salten á tierra con sus arcabuces y armas, prohibiéndoles matar aves ni puercos domésticos, ni otros animales de la granjería de los indios, en cuyas casas no debían entrar los españoles, para evitar que se envuelvan con indias de sus amigos: que el General se excuse cuanto pueda de asistir á las fiestas ó banquetes con que los indios le brinden. Sobre la contratación y rescates, al fijar el precio de cada cosa ha de procurarse que sea el menor posible, «no mirando que traídas á estas partes (á Nueva España) valen mucho, sino que como cosa criada en la tierra vale poco, y hánse de procurar de subir nuestras mercaderías mucho, como cosas llevadas por muy lexos caminos y que no las hay en aquella tierra, y han de comprar por peso.» Termina recomendando el buen tratamiento á las lenguas (intérpretes) y que de todo se envíe noticia.
En 22 de Octubre, al encargarse Villalobos de la Armada en el Puerto de la Navidad, suscribe la acostumbrada obligación de cumplir fielmente las instrucciones (Doc. 5), haciendo ante Alonso Carrillo pleito homenaje. Los Capitanes prestaron el juramento de obediencia al General; los soldados de seguida el suyo al General y Capitanes (Doc. 6), y después los pilotos, maestres, contramaestres y lombarderos (Doc. 7).
En el mismo día expide Villalobos sus instrucciones á los Capitanes de las naves. Prescribe la confesión á todos los expedicionarios, el respeto á los religiosos, y penas al blasfemo, que podían llegar en caso de reincidencia á la de destierro al hidalgo, ó abandono de él en isla despoblada, y á quien no tuviese tal condición, cortarle la lengua. Las armas de soldados y marineros habían de ser recogidas al entrar á bordo para entregárselas cuando fuere menester. La ración de agua, en circunstancias normales, aparte de la que había de darse para el caldero, era de medio azumbre á cada soldado, tres cuartillos á los marineros y cuartillo y medio á los negros: la de pan (bizcocho) y carne, á razón de libra y media diarias de pan y una de carne al soldado, y dos de la primera especie para repartir entre tres indios.
La falta de vigilancia en las guardias se castigaba con la pérdida del cargo, sin que se le pudiera contar en lo sucesivo en el número de los soldados, ó con zambullidas al que no fuese hijodalgo, arrojándolo á la mar si reincidía. Previene los casos de motín, separación de la conserva por extravío en la derrota ó por otras causas, y hurto del rumbo; precauciones sobre las bajadas á tierra, y recomendación á los Capitanes para que vean las instrucciones que llevan los pilotos, á cuyo fin se las remite.
La flota componíase de la nao Capitana Santiago, las San Jorge, San Juan de Letrán y San Antonio, la galeota San Cristóbal y el bergantín ó fusta San Martín. Por Maese de campo iba Francisco Merino, y por Capitanes Bernardo de la Torre, D. Alonso Manrique, Matías de Alvarado, Pero Ortiz de Rueda y Cristóbal Pareja. Como oficiales del Rey para intervenir y cobrar los derechos reales, embarcáronse con el cargo de Factor de S. M., García de Escalante Alvarado, autor de la Relación detallada de este viaje; con el de Contador, Jorge Nieto; con el de Veedor, Onofre de Arévalo, y con el de Tesorero, Juan de Estrada. Oficiales para los derechos del Virrey de Nueva España, á cuyas expensas se verificaba la expedición, eran: Factor, Martín de Islares; Contador, Guido de Lavezaris; Tesorero, Gonzalo Dávalos; y pilotos: de la Santiago, Gaspar Rico y adjunto Antonio Corzo; de la San Jorge, Álvaro Fernández Tarifeño; Ginés de Mafra de la San Juan, y Francisco Ruiz de la San Antonio.
Embarcáronse además religiosos, como en tales expediciones estaba prevenido. En ésta fueron cuatro del orden de San Agustín: Fray Xerónimo de Sanctiestevan, prior, que años después escribió la relación del viaje; Fray Nicolás de Perea, Fray Alonso de Alvarado, Fray Sebastián de Reina, é igual número de clérigos, el Comendador Laso y los Padres Martín, Cosme de Torres y Juan Delgado.
Componían la tripulación de soldados y marineros trescientos setenta hombres según una relación, y cuatrocientos según otra, siendo de nombrar los caballeros é hidalgos Íñigo Ortiz de Retes, Bernardino de Vargas, Antonio de Bustos y Francisco de Alvarado, que acompañaban al general Ruy López de Villalobos.
La Armada salió del puerto de Juan Gallego, ó de la Navidad, en 1.º de Noviembre de 1542. Ocho días después, andadas 180 leguas[4], pasaron próximos á una isla pequeña, situada en 18-1/2 grados, que nombraron de Santo Tomé (hoy San Alberto). A los tres días surgieron en otra que nombraron la Nublada (Isla del Socorro), distante 12 leguas de la anterior: ochenta más adelante vieron la Rocapartida (Santa Rosa), después el Placer de siete brazas y los Bajos que recibieron el nombre de Villalobos (en lat. N. 15°-2′ y long. 163°-7′ O. de Cádiz).
El día de Navidad surgieron en una isleta poblada y llena de arboleda, nombrándola San Estevan; y Archipiélago del Coral al grupo de donde se destacaba, por haberse encontrado al levar el ancla, enredada en su uña una rama de coral fino. De aquí, después de hacer aguada y leña, salieron el día 6 de Enero de 1543, y navegadas 35 leguas, encontraron otro grupo de diez islas que por su arboleda y frescura nombraron los Jardines (lat. 9°-16′ y longitud 159°-43′ de Cádiz).
Cien leguas más al O. sufrieron un tiempo duro que puso á la flota en grave peligro y separó de la conserva á la Galeota. El 23 de Enero, navegadas 50 leguas más, avistaron en altura de 10° otra isla pequeña, baja, llena de palmas; al aproximarse vieron casas, y aunque intentaron surgir, no se encontró fondo. Los naturales, que hacia ellos habían salido en paraos, hacían con los dedos la señal de la cruz y la besaban, y con extrañeza de los expedicionarios les oyeron decir en castellano: «Buenos días Matalotes», por lo cual recibió tal nombre la isla. Navegando 35 leguas por la misma altura, vieron á los tres días (26 de Enero) otra mayor, que llamaron de Arrecifes por los muchos que tenía, y hoy se conoce por Palaos. Siguiendo el mismo camino, aunque bajando un poco en la altura (hasta los 7°,40′), llegaron el día 2 de Febrero á la isla de Mindanao[5], que por su gran extensión la nombraron Cesarea Karoli, «por ver, dice Escalante de Alvarado, que la majestad del nombre le cuadraba.» Dieron fondo en una bahía hermosa que recibió el nombre de Malaga (Baganga), y se tomó posesión de la isla con objeto de poblar; pero lo insalubre del asiento les obligó á buscar otro, tratando para ello de remontarse en demanda de la isla Mazagua; si bien impelidos por vientos contrarios, costeáronla hacia al Sur hasta apartarse de ella y dar en la de Sarangán (hoy Sarangani).
En esta isla, que llamaron Antonia[6], procuraban bastimentos, y como los naturales se los negaran obstinadamente hostilizándoles de continuo, diéronles una batida en que murieron seis españoles. Tras de algunos combates en que García de Escalante Alvarado desempeñó parte muy principal, abandonaron los naturales la isla, pasándose á la de Mindanao, y los expedicionarios recogieron algún botín, cuyo reparto fué motivo de murmuraciones, y que no por acalladas en el momento dejaron de influir en la discordia que más adelante y por otra causa habría de dividir al General de casi todos los oficiales.
Las armas con que peleaban en aquellas islas, dice Escalante, «eran muy buenas: las ofensivas son alfanjes, dagas, lanzas, azagayas[7] é otras armas arrojadizas, arcos, flechas y cervatanas: todas generalmente tienen hierba, y en la guerra se sirven de ella y de otras ponzoñosas; sus armas defensivas son escopiles (escaupiles) de algodón hasta en pies, contramangas, coseteles de madera y de cuero de búfalo, corazas de cañas y palos duros, paveses de madera que los cubren todo; las armaduras de cabeza son de cuero de lixa y muy fuertes, y en algunas islas tienen artillería menuda é algunos arcabuces»[8].
En previsión de que los indígenas no les llevaran bastimentos, se sembró maíz que no nació. Los soldados se disgustaban, prefiriendo la muerte en la pelea, que decían «era á lo que habían venido, y no á morir de hambre.» La que allí padecieron llegó á el extremo de tenerse por manjar delicado los perros, gatos, ratones, culebras, lagartos y hojas de árboles. Sus efectos inmediatos se manifestaron por enfermedades y muertes, sin que se salvara ninguno de los que comieron de unas sabandijas parduzcas mencionadas en la Relación de Fray Xerónimo de Sanctiestevan.
La galeota San Cristóbal, derrotada antes de avistarse los Matalotes, llegó á Sarangán al cabo de cinco meses, causando gran júbilo á los expedicionarios, que la creían perdida; y el júbilo aumentó al noticiarles los recien llegados su estado durante aquel período en unas Islas abundantes de bastimentos, cuyos moradores rescataban con facilidad. De tal satisfacción brotó como homenaje al Príncipe el nombre de Felipinas[9], para aquellas Islas, de que era Abuyo la principal (hoy de Leite).
Hasta aquí la parte del viaje que en primer término interesa á los fines de esta publicación. Los que realizó la flota fraccionada por las Islas próximas para buscar víveres, que ya no se buscaba oro, como dice Sanctiestevan, la astuta política y proceder hostil de los portugueses, las muertes causadas por el hambre, enfermedades y combates parciales á que el hambre les apremiaba, el intentado por dos veces y no conseguido viaje de regreso, la pérdida de buques y demás accidentes de esta desgraciada expedición, narrados, no con perfecta claridad, en las Relaciones de referencia[10], sólo servirían, especialmente desde la violación del empeño con Portugal por la entrada en las Molucas, para juzgar del proceder de Villalobos, tan defendido por Sanctiestevan como censurado por los oficiales, sin excluir á su amigo Escalante que se le tornó contrario, y en unión de los demás firmó los diversos requerimientos que en forma poco templada le dirigieron.
Cumple, sin embargo, advertir que una de las contestaciones de Villalobos hállase incompleta por faltar dos hojas del original[11], por lo menos desde Diciembre de 1793, en que lo confrontó con su copia D. Martín Fernández de Navarrete, lo cual ha de impedir pronuncie la Historia su fallo decisivo sobre aquel desdichado explorador, muerto en Ambon pobre y mercenario de los portugueses, como llegaron á serlo casi todos los expedicionarios de los ciento cuarenta y cuatro que, según Escalante, quedaban vivos en 1548. Si la crítica hubiere de suplir la omisión, conviene se tenga presente la carta que el Virrey D. Antonio de Mendoza dirigió sobre este asunto á Juan de Aguilar, cuya referencia consta en el Indice.
Con los requirimientos del Capitán general de las Islas del Maluco, D. Jorge de Castro, y contestaciones de Villalobos (Doc. 9), á que alude la relación de Escalante, se cierran los documentos referentes á esta expedición, aconsejando la importancia de este papel su inserción íntegra, por tratar de la tan debatida cuestión de límites.