EL CHARLATÁN
—Si cualquiera de ustedes
se da por las paredes
o arroja de un tejado
y queda a buen librar descostillado,
yo me reiré muy bien, importa un pito,
como tenga mi bálsamo exquisito.
Con esta relación un chacharero
gana mucha opinión y más dinero,
pues el vulgo, pendiente de sus labios,
más quiere a un Charlatán que a veinte sabios.
Por esta conveniencia
los hay el día de hoy en toda ciencia
que ocupan, igualmente acreditados,
cátedras, academias y tablados.
Prueba de esta verdad será un famoso
doctor en elocuencia, tan copioso
en charlatanería,
que ofreció enseñaría
a hablar discreto con fecundo pico,
en diez años de término, a un borrico.
Sábelo el rey, le llama, y al momento
le manda dé lecciones a un jumento;
pero bien entendido
que sería, cumpliendo lo ofrecido,
ricamente premiado,
mas cuando no, que moriría ahorcado.
El doctor asegura nuevamente
sacar un orador asno elocuente.
Dícele callandito un cortesano:
—Escuche, buen hermano;
su frescura me espanta;
a cáñamo me huele su garganta.
—No temáis, señor mío
—respondió el Charlatán—, pues yo me río;
en diez años de plazo que tenemos,
el rey, el asno o yo ¿no moriremos?
Nadie encuentra embarazo
en dar un largo plazo
a importantes negocios; mas no advierte
que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA[9]
Cantando la Cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del preciso sustento,
sin mosca, sin gusano,
sin trigo, sin centeno.
Habitaba la Hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto,
la dijo: —Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste Cigarra,
que alegre en otro tiempo
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.
La codiciosa Hormiga
respondió con denuedo,
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
—¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Qué has hecho en el buen tiempo?
—Yo —dijo la Cigarra—,
a todo pasajero
cantaba alegremente
sin cesar ni un momento.
—¡Hola! ¿Conque cantabas
cuando yo andaba al remo?
Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo.