EL MAL HACE APRECIAR EL BIEN

En mi tierra, un azotado

dió al verdugo cien escudos

por que se los diese mudos,

que era honrado y delicado.

En saliendo por la puerta

así la mano asentó,

que al primero que le dió

le dejó la espalda abierta.

El hombre volvió del yugo

la cabeza al golpe fiero

y díjole: —¿Y el dinero?

Y aquí respondió el verdugo:

—Todos habían de ser

como éste, y así sabrá

en qué obligación me está

por el dinero de ayer;

que si quedo se los diera,

bien sabe que no podía

conocer la cortesía

de los que adelante espera.

(Las cuentas del Gran Capitán, acto 2.º)