LA ALACENA

Caminando un relator

del Consejo de Ultramar,

hizo noche en un lugar

en casa de un labrador.

Acompañaba al viajero

un tal Ayerbe de Ruiz,

mozo de experta nariz,

pero insigne majadero.

Cenaron en paz de Dios,

trataron de madrugar

y hubiéronse de acostar

en una alcoba los dos.

Veíanse en los costados

de la estancia, frente a frente,

iguales perfectamente,

cuatro postigos cerrados.

El un par era un balcón,

el otro correspondía

a una alacena en que había

seis quesos de Villalón.

Cogió el sueño tarde y mal

el relator, y durmiendo

soñó sentir el estruendo

de un turbión descomunal.

Cerca de la madrugada

le dijo al Fulano Ayerbe:

—Levántese usted y observe

si huele a tierra mojada.

Saltó Ayerbe de su lecho,

y a tientas de mano y pie,

por ir al balcón, se fué

a la alacena derecho.

Abrió, zampó la cabeza,

y aunque miró y remiró,

tan negro el boquete halló

como el resto de la pieza.

Pero un olor en seguida

percibió en aquel recinto,

que le pareció distinto

del de tierra humedecida.

Y entonces dijo el camueso

con mucha formalidad:

—No hay en el aire humedad;

está oscuro y huele a queso.

Así ciega y tontamente

críticas hacen famosas

los que no miran las cosas

desde el punto conveniente.

Tacha de oscuro y condena

tal concepto Santillana,

y es que huye de la ventana

y se asoma a la alacena.