PEDRO DE SALAS

Siglo XVII.

EL RATÓN DEL CAMPO Y EL CORTESANO[10]

A un ratón cortesano otro salvaje

dió rústico hospedaje. En parca mesa

su pobreza profesa; aunque arrastrados,

sus más ricos bocados le franquea:

desechos de la aldea, cualque orujo

y mijo allí le trujo. El mejor plato

fué un zatico mulato. El estadista

ratón, con grave vista, al campesino

dice: —¡Triste, mezquino, miserable!

¿Cómo te es tolerable aquesta vida?

Si tan lauta comida hay en la aldea,

a quien tal la desea bien le cuadre.

¡No más campo, compadre! Ven conmigo

y verás cuánto va de amigo a amigo.

Paso a paso por una y otra cueva

al palacio le lleva, y muy sin ruido

le previene al descuido que esté alerta

a todo són de puerta. Por estrados

ricamente alfombrados, cañas juegan,

saltan, retozan, bregan y ya hambrientos

entran con pasos lentos la despensa,

adonde, sin ofensa de enemigos,

en dos quesos amigos le sepulta.

De aquí por senda oculta le endereza

a su mayor riqueza, que atesora

una alacena. Agora entre conservas

le dice: —¿Vuestras hierbas, ermitaño,

daros han todo un año tan buen día?

Mirad la gloria mía. ¡Este es banquete

y no el vuestro, pobrete! Al mejor plato

oyen que maulla un gato, habla una puerta.

—¡Ay! ¡Nuestra muerte es cierta! —el cortesano

al ratón aldeano triste exclama.

Turbado se derrama cada uno

por su hueco oportuno. El ratoncillo

agreste halló un portillo a dicha rara,

y volviendo la cara hacia el palacio,

respirando despacio, dice: —¡Oh fuego

en tal desasosiego! Tus manjares

más dulces, rejalgares son. ¿Tus gustos

compras con tales sustos? ¿Muerte al ojo?

¡No más corte! Yo escojo en paz mis hierbas,

no en guerra tus conservas, con tal costa,

que tu ancha puerta angosta al temor viene,

y tu regalo mil venenos tiene.

(Afectos divinos. Valladolid, 1638.)