SPANISH SHORT STORIES
EL CRIMEN
DE LA CALLE DE LA PERSEGUIDA
Por Don Armando Palacio Valdés[{1-1}]
—Aquí[{1-2}] donde usted me ve soy un asesino.
—¿Cómo es eso, D. Elías?—pregunté riendo, mientras le llenaba la copa de cerveza.
Don Elías es el individuo más bondadoso, más sufrido y disciplinado con que cuenta el cuerpo de Telégrafos, incapaz de declararse en huelga, aunque el director le mande cepillarle los pantalones.
—Sí, señor... hay circunstancias en la vida... llega un momento en que el hombre más pacífico...
—Á ver, á ver; cuente usted eso—dije picado de curiosidad.
—Fué en el invierno del 78.[{1-3}] Había quedado excedente por reforma, y me fuí á vivir á O... con una hija que allí tengo casada. Mi vida era demasiado buena: comer, pasear, dormir. Algunas veces ayudaba á mi yerno, que está empleado en el Ayuntamiento, á copiar las minutas del secretario. Cenábamos invariablemente á las ocho. Después de acostar á mi nieta, que entonces tenía tres años y hoy es una moza gallarda, rubia, metida en carnes, de esas que á usted le gustan (yo bajé los ojos modestamente y bebí un trago de cerveza), me iba á hacer la tertulia á Da. Nieves, una señora viuda que vive sola en la calle de la Perseguida, á quien debe mi yerno su empleo. Habita una casa de su propiedad, grande, antigua, de un solo piso,[{2-1}] con portalón obscuro y escalera de piedra. Solía ir también por allá D. Gerardo Piquero, que había sido administrador de la Aduana de Puerto Rico y estaba jubilado. Se murió hace dos años el pobre. Iba á las nueve; yo nunca llegaba hasta después de las nueve y media. En cambio, á las diez y media en punto levantaba tiendas, mientras yo acostumbraba á quedarme hasta las once ó algo más.
Cierta noche me despedí, como de costumbre, á estas horas. Doña Nieves es muy económica, y se trata á lo pobre,[{2-2}] aunque posee hacienda bastante para regalarse y vivir como gran señora. No ponía luz alguna para alumbrar la escalera y el portal. Cuando D. Gerardo ó yo salíamos, la criada alumbraba con el quinqué de la cocina desde lo alto. En cuanto cerrábamos la puerta del portal, cerraba ella la del piso y nos dejaba casi en tinieblas; porque la luz que entraba de la calle era escasísima.
Al dar el primer paso, sentí lo que se llama vulgarmente un cale, esto es, me metieron con un fuerte golpe el sombrero de copa hasta las narices. El miedo me paralizó, y me dejé caer contra la pared. Creí escuchar risas, y un poco repuesto del susto, me saqué el sombrero.
—¿Quién va?—dije dando á mi voz acento formidable y amenazador.
Nadie respondió. Pasaron por mi imaginación rápidamente varios supuestos. ¿Tratarían[{2-3}] de robarme? ¿Querrían algunos pilluelos divertirse á mi costa? ¿Sería un amigo bromista? Tomé la resolución de salir inmediatamente, porque la puerta estaba libre. Al llegar al medio del portal, me dieron un fuerte azote..... con la palma de la mano, y un grupo de cinco ó seis hombres me tapó al mismo tiempo la puerta.—¡Socorro!—grité con voz apagada, retrocediendo de nuevo hacia la pared. Los hombres comenzaron á brincar delante de mí, gesticulando de modo extravagante. Mi terror había llegado al colmo.
—¿Dónde vas á estas horas, ladrón?—dijo uno de ellos.
—Irá[{3-1}] á robar á algún muerto. Es el médico—dijo otro.
Entonces cruzó por mi mente la sospecha de[{3-2}] que estaban borrachos, y recobrándome, exclamé con fuerza:
—¡Fuera, canalla! Dejadme paso ó mato[{3-3}] uno.
Al mismo tiempo enarbolé el bastón de hierro que me había regalado un maestro de la fábrica de armas y que acostumbraba á llevar por las noches.
Los hombres, sin hacer caso, siguieron bailando ante mí y ejecutando los mismos gestos desatinados. Pude observar á la tenue claridad que entraba de la calle, que ponían siempre por delante uno como más fuerte ó resuelto, detrás del cual los otros se guarecían.
—¡Fuera!—volví á gritar, haciendo molinete con el bastón.
—¡Ríndete, perro!—me respondieron, sin detenerse en su baile fantástico.
Ya no me cupo duda; estaban ebrios. Por esto y porque en sus manos no brillaba arma alguna, me tranquilicé relativamente. Bajé el bastón, y procurando dar á mis palabras acento de autoridad, les dije:
—¡Vaya, vaya; poca guasa! Á ver si me dejáis paso.
—¡Ríndete, perro! ¿Vas á chupar la sangre de los muertos? ¿Vas á cortar alguna pierna? ¡Arrancarle[{4-1}] una oreja! ¡Sacarle un ojo! ¡Tirarle por las narices!
Tales fueron las voces que salieron del grupo en contestación á mi requisitoria. Al mismo tiempo avanzaron más hacia mí. Uno de ellos, no el que venía delante, sino otro, extendió el brazo por encima del hombro del primero y me agarró de las narices y me dió un fuerte tirón que me hizo lanzar un grito de dolor. Di un salto de través, porque mis espaldas tocaban casi á la pared, y logré apartarme un poco de ellos; y alzando el bastón, lo descargué, ciego de cólera, sobre el que venía delante. Cayó pesadamente al suelo sin decir ¡ay! Los demás huyeron.
Quedé solo y aguardé anhelante[{4-2}] que el herido se quejase ó se moviese. Nada; ni un gemido, ni el más leve movimiento. Entonces me vino la idea de que pude[{4-3}] matarlo. El bastón era realmente pesado, y yo he tenido toda la vida la manía de la gimnasia. Me apresuré, con mano temblorosa, á sacar la caja de cerillas y encendí un fósforo...
No puedo describirle lo que en aquel instante pasó por mí. Tendido en el suelo, boca arriba, yacía un hombre muerto. ¡Muerto, sí! Claramente vi pintada la muerte en su rostro pálido. El fósforo me cayó de los dedos, y quedé otra vez en tinieblas. No le vi más que un momento; pero la visión fué tan intensa, que ni un pormenor se me escapó.
Era corpulento, la barba negra y enmarañada, la nariz grande y aguileña; vestía blusa azul, pantalones de color y alpargatas; en la cabeza llevaba boina negra. Parecía un obrero de la fábrica de armas, un armero, como allí suele decirse.[{5-1}]
Puedo afirmarle, sin mentir, que las cosas que pensé en un segundo, allí, en la obscuridad, no tendría tiempo á pensarlas[{5-2}] ahora en un día entero. Vi con perfecta claridad lo que iba á suceder. La muerte de aquel hombre divulgada en seguida por la ciudad; la policía echándome mano, la consternación de mi yerno, los desmayos de mi hija, los gritos de mi nietecita; luego la cárcel, el proceso arrastrándose perezosamente al través de los meses y acaso de los años; la dificultad de probar que había sido en defensa propia; la acusación del fiscal llamándome asesino, como siempre acaece en estos casos; la defensa de mi abogado alegando mis honrados antecedentes; luego la sentencia de la Sala absolviéndome quizá... quizá condenándome á presidio.
De un salto me planté en la calle[{5-3}] y corrí hasta la esquina; pero allí me hice cargo de que venía sin sombrero, y me volví. Penetré de nuevo en el portal, con gran repugnancia y miedo. Encendí otro fósforo y eché una mirada oblicua á mi víctima, con la esperanza de verle alentar. Nada; allí estaba en el mismo sitio, rígido, amarillo, sin una gota de sangre en el rostro, lo cual me hizo pensar que había muerto de conmoción cerebral. Busqué el sombrero, metí por él la mano cerrada para desarrugarlo, me lo puse y salí.
Pero esta vez me guardé de correr. El instinto de conservación se había apoderado de mí por completo, y me sugirió todos los medios de evadir la justicia. Me ceñí á la pared por el lado de la sombra, y haciendo el menor[{6-1}] ruido con los pasos, doblé pronto la esquina de la calle de la Perseguida, entré en la de San Joaquín y caminé la vuelta de mi casa. Procuré dar á mis pasos todo el sosiego y compostura posibles. Mas he aquí que en la calle de Altavilla, cuando ya me iba serenando,[{6-2}] se acerca de improviso un guardia del Ayuntamiento.
—Don Elías, ¿tendrá usted la bondad de decirme?...
No oí más. El salto que di fué tan grande, que me separé algunas varas del esbirro. Luego, sin mirarle, emprendí una carrera desesperada, loca, al través de las calles. Llegué á las afueras de la ciudad y allí me detuve jadeante y sudoroso. Acudió á mí la reflexión.[{6-3}] ¡Qué barbaridad había hecho! Aquel guardia me conocía. Lo más probable es que viniera á preguntarme algo referente á mi yerno. Mi conducta extravagante le había llenado de asombro. Pensaría[{6-4}] que estaba loco; pero á la mañana siguiente, cuando se tuviese noticia del crimen, seguramente concebiría sospechas y daría parte del hecho al juez. Mi sudor se tornó frío de repente.
Caminé aterrado hacia mi casa y no tardé en llegar á ella. Al entrar se me ocurrió una idea feliz. Fuí derecho á mi cuarto, guardé el bastón de hierro en el armario y tomé otro de junco que poseía, y volví á salir. Mi hija acudió á la puerta sorprendida. Inventé una cita con un amigo en el Casino, y, efectivamente, me dirigí á paso largo hacia este sitio. Todavía se hallaban reunidos en la sala contigua al billar unos cuantos de los que formaban la tertulia de última hora. Me senté al lado de ellos, aparenté buen humor, estuve jaranero en exceso y procuré por todos los medios que se fijasen en el ligero bastoncillo que llevaba en la mano. Lo doblaba hasta convertirlo en un arco, me azotaba los pantalones, lo blandía á guisa de florete, tocaba con él en la espalda de los tertulios para preguntarles cualquier cosa, lo dejaba caer al suelo. En fin, no quedó nada que hacer.[{7-1}]
Cuando al fin la tertulia se deshizo y en la calle me separé de mis compañeros, estaba un poco más sosegado. Pero al llegar á casa y quedarme solo en el cuarto, se apoderó de mí una tristeza mortal. Comprendí que aquella treta no serviría más que para agravar mi situación en el caso de que las sospechas recayesen sobre mí. Me desnudé maquinalmente y permanecí sentado al borde de la cama larguísimo rato,[{7-2}] absorto en mis pensamientos tenebrosos. Al cabo el frío me obligó á acostarme.
No pude cerrar los ojos. Me revolqué mil veces entre las sábanas, presa de fatal desasosiego, de un terror que el silencio y la soledad hacían más cruel. Á cada instante esperaba oir aldabonazos en la puerta y los pasos de la policía en la escalera. Al amanecer, sin embargo, me rindió el sueño; mejor dicho, un pesado letargo, del cual me sacó la voz de mi hija.
—Que[{7-3}] ya son las diez, padre. ¡Qué ojeroso está usted! ¿Ha pasado mala noche?
—Al contrario, he dormido divinamente—me apresuré á responder.
No me fiaba ni de mi hija. Luego añadí afectando naturalidad:
—¿Ha venido ya El Eco del Comercio?
—Tráemelo.
Aguardé á que mi hija saliese,[{8-1}] y desdoblé el periódico con mano trémula. Recorrílo todo con ojos ansiosos sin ver nada. De pronto leí en letras gordas: El crimen de la calle de la Perseguida, y quedé helado por el terror. Me fijé un poco más.[{8-2}] Había sido una alucinación. Era un artículo titulado El criterio de los padres de la Provincia. Al fin, haciendo un esfuerzo supremo para serenarme, pude leer la sección de gacetillas, donde hallé una que decía:
"Suceso extraño
Los enfermeros del Hospital Provincial tienen la costumbre censurable de servirse de los alienados pacíficos que hay en aquel manicomio, para diferentes comisiones, entre ellas, la de transportar los cadáveres á la sala de autopsias. Ayer noche cuatro dementes, desempeñando este servicio, encontraron abierta la puerta del patio que da acceso al parque de San Ildefonso, y se fugaron por ella llevándose el cadáver. Inmediatamente que el señor administrador del Hospital tuvo noticia del hecho, despachó varios emisarios en su busca, pero fueron inútiles sus gestiones. Á la una de la madrugada se presentaron en el Hospital los mismos locos, pero sin el cadáver. Éste fué hallado por el sereno de la calle de la Perseguida en el portal de la señora Da. Nieves Menéndez. Rogamos al señor decano del Hospital Provincial que tome medidas para que no se repitan estos hechos escandalosos.»
Dejé caer el periódico de las manos, y fuí acometido de una risa convulsiva que degeneró en ataque de nervios.
—¿De modo que había usted matado á un muerto?
LOS PURITANOS
(Novela)
Por Don Armando Palacio Valdés[{9-1}]
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No tenía motivo para negarme á recibirle en mi habitación algunos días. El dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped á quien debía muchas atenciones. Si me negaba á compartir con él mi cuarto, se vería en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual sentía extremadamente.
—Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sin ejemplar!...
—Descuide V., señorito, no volveré á molestarle con estas embajadas. Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya á parar á otra casa. Crea V. que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.
Y así fué la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madrid no tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de los compañeros de cuarto. Si volvía á casa más tarde que yo, entraba y se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba más temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser ó moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y sólo venía á Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. Á pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que se había casado bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas mujeres con preferencia á otros galanes sietemesinos.
Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar ó canturriar al tiempo de lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltaba[{10-1}] con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos y pulverizándolos[{10-2}] entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardor acometía y más á menudo, era uno de Los Puritanos: me parece que pertenecía al aria de barítono en el primer acto. Don Ramón no sabía la letra sino á medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la supiera. Empezaba siempre:
| Il sogno beato |
| Di pace e contento,[{10-3}] |
| Ti, ro, ri, ra, ri, ro, |
| Ti, ro, ri, ra, ri, ro. |
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar á otros dos versos que decían:
| La dolce memoria |
| Di un tenero amore.[{10-4}] |
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el allegro.
—¡Hola! D. Ramón, le dije un día desde la cama; parece que le gusta á V. Los Puritanos.
—Muchísimo; es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura hay en ella! ¡Qué inspiración! Éstas son óperas y ésta es música. ¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que sólo sirve para hacer dormir!... Á mí me gustan con pasión todas las óperas de Bellini:[{11-1}] El Pirata, Sonámbula, Norma; pero sobre todas ellas Los Puritanos... Tengo además razones particulares para que me guste más que ninguna otra, añadió bajando la voz.
—¡Ole, ole, D. Ramón! exclamé incorporándome de un salto y poniéndome los calcetines: vengan[{11-2}] esas razones.
—Son tonterías de la juventud... cuestión de amores, contestó ruborizándose un poco.
—Pues cuente V. esas tonterías. Me muero por ellas: no lo puedo remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria de que V. me habló ayer.
—¡Al fin poeta![{11-3}]
—No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.
—Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se lo contaré ya que V. tiene curiosidad... Verá V. como es una tontería que no merece la pena... ¡Pero vístase V., criatura, que se está helando!
El año de cincuenta y ocho vine á Madrid con una comisión del Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de consumos.[{12-1}] Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía siete cumplidos que estaba casado.[{12-2}] Es una barbaridad casarse tan joven. Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré á nadie que lo haga. Vine á parar á esta misma casa, esto es, á la misma posada; la casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muy lechuguino ó sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía siempre escamada á mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola un poco enojada. No es malo tener á las mujeres un si es no es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en este Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche ó sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarro habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fué rodando por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi á mis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.
«Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo», dije para mis adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco é inconveniente, pues jamás había hecho daño á ninguna muñeca, creí más probable que de alguna casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso, suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece á catorce años.
Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación de esta sonrisa haya intervenido más ó menos directamente la belleza nada vulgar del criminal.
Recogí el sombrero, me lo puse, y volví á alzar la cabeza y á remitir otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las amables disposiciones en que su víctima se hallaba. Á todo esto la muñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación poco decorosa. Me apresuré á levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura ú otra herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la mostré á su dueño haciéndole seña de que iba á subir para entregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el cordón de la campanilla.... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente á la muñeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña tan hermosa y simpática, etc., etc. Nada de esto fué posible. La chica murmuró confusamente «muchas gracias», y se apresuró á cerrar la puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.
Salgo á la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza hacia el balcón. Á los treinta ó cuarenta pasos observo que está la niña asomada, y me paro y le envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura á retirarse. ¡Cuidado que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado, me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal criaturita. Ya no estaba en el balcón.
Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé á pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce—me iba repitiendo á cada instante, á fin de comunicarme alientos para seguir paseando.—Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar por un lado que por otro.
Justamente, al cruzar tercera ó cuarta vez[{14-1}] por delante del balcón, apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó á reír y se ocultó de nuevo.
¡Pero, qué necios somos los hombres[{15-1}] y qué inocentes cuando se trata de estos asuntos! ¿Querrá V. creer que entonces no sospeché siquiera que la niña había estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis movimientos?
Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí á casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad ó[{15-2}] premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté á pasar por el mismo sitio á la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase[{15-3}] por delante de la casa. Como V. puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me animó á quedarme petrificado en la esquina de la primer boca-calle, en contemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese[{15-4}] asomar una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió á asomarse á los dos minutos y volvió á retirarse, asomóse al minuto otra vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de demostrar que no me tenía miedo alguno.[{15-5}] Entonces se generalizó por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado por lo que á mí respecta de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Éste á la media hora, oyó sin duda en la sala el toque de «alto el fuego», y se retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle que, por más que me sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas á la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado. Á los tres ó cuatro días me decidí á arrancar una hoja de la cartera y á escribir estas palabras: Me gusta V. muchísimo. Envolví una moneda de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle seña de[{16-1}] que se retirase, la arrojé al balcón. Al día siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me apresuré á recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: Tan bien ustez me gusta á mí no crea que juego con muñecas era de mi ermanita.[{16-2}]
Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación dulce y amable, que muy pronto hizo sitio á otra melancólica, al recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas partes. Una hora ó más duraba todas las tardes este juego, hasta que se oía llamar[{16-3}] y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas si salía de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque á respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que la mamá se enterase:[{16-4}] la chiquilla, con menos prudencia, volvía á cada instante la cabeza[{16-5}] y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo sobresalto. Al fin volvimos á casa en paz. Á todo esto, yo no sabía cómo se llamaba, y á fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de la cartera: ¿Cómo se llama V.? La chica contestó en la misma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: Me llamo Teresa no crea ustez por Dios que juego con muñecas.[{17-1}]
Diez ó doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía cada día más linda, y lo era[{17-2}] en efecto, porque según he averiguado en el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto á la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía hablar con ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá llegaba á saber algo ¡adiós balcón! Empecé á sospechar que me iba enamorando[{17-3}] y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin sentir profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase á averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un día recibí carta suya, participándome que tenía á mi hijo menor[{17-4}] un poco indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese pronto á casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello fuese castigo providencial ó por lo menos advertencia saludable, después de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara sin piedad mi conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví obedecer á mi esposa inmediatamente. Para llevar á cabo este propósito, lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa, ni pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre á los cinco ó seis días.
Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de almorzar, ni aun para ir á la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por la noche, después de comer, como no había peligro de ver á Teresa, la cruzaba velozmente y sin echar una mirada á la casa.
Pasaron cuatro días; ya no me acordaba de aquella niña, ó si me acordaba era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la juventud. Tenía casi ultimados mis negocios[{18-1}] y andaba preocupado con la elección del día para marcharme. Será cosa, á más tardar, del viernes ó el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome á la calle. El ministro se había negado á rebajar la cuota del Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había de decir á mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada. Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto á mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante murmurando: «¡Qué chiquilla tan mona![{18-2}] ¡Lástima será que se la lleve un tunante!» Después me puse á reflexionar en lo fácil que[{18-3}] me hubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo;[{18-4}] pero no; hubiera sido una felonía. Por más que fuese[{19-1}] un poco díscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya estaba próximo á doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:
—¿Va V. muy lejos?
—¡Teresa!
Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.
—¿Pero dónde va V. á estas horas?
—Me voy con V.—respondió alzando la cabeza y sonriendo como si dijese la cosa más natural del mundo.
—¿Á dónde?
—¡Qué sé yo! Donde V. quiera.
Á un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.
—¿Ha huido V. de su casa?
—¡Qué había de huir![{19-2}]... ¡solamente se la[{19-3}] he jugado á Manuel, del modo más gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir á la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó á Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije: «Márchate, que ya no haces falta»; y me hice como que subía la escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco me oye![{19-4}]
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me obligó á hacer lo mismo.
—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.[{20-1}]
—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando á correr.
La seguí y la alcancé pronto.
—¡Qué polvorilla es V.!—le dije echándolo á broma[{20-2}]—¡Vaya un modo de despedirse!... Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió á tomar mi brazo. Caminamos un buen rato en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba á decir ó en lo que iba á hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:
—¿No me dijo V. por carta que me quería?
—¡Pues ya lo creo que la quiero á V.!
—¿Entonces, por qué ha dejado de venir á verme y de pasar por la calle de día?
—Porque temía que su mamá...
—Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les quiere es peor[{20-3}]... ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me ha tenido V. al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres![{20-4}]... Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía, «¿Estará[{20-5}] enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón á las tres menos cuarto?» En fin, todo me volvía cavilar, cavilar,[{20-6}] sin sacar nada en limpio... Entonces dije: «Voy á darle un susto esta noche...»
—Ha sido un susto bien agradable.
—Si no llega V. á pararse delante de mi casa y á quedarse mirando á los balcones, no salgo[{21-1}] del portal... pero aquello me decidió.
Momento de pausa, en el cual me acudió á la mente un tropel de pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió á mirarme fijamente.
—¿Está V. contento?
—¡Vaya!
—¿Va V. á gusto conmigo?
—Mejor que con nadie en el mundo.
—¿No le estorbo?
—Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.
—¿No tiene V. nada que hacer ahora?
—Absolutamente nada.
—Entonces vamos á pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva[{21-2}] á casa y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le estorbo ó no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa volubilidad.
—Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡Si V. viera![{21-3}]... Vamos á ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió V. conmigo?
—¡Toma! porque me gustó V. mucho.
—Eso pensaba yo: debí de haberle sido[{21-4}] simpática, porque si no, la verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subió á llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo y la[{22-1}] partí un brazo.
—Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como un recuerdo.
—¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca, no nos hubiéramos conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...
—¿Cómo otro?
—Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en que le he de querer á la fuerza... No vaya V. á creer que es feo... al contrario, es guapo... pero á mí no me gusta... No lo puedo remediar. Le dije que sí,[{22-2}] porque me dió lástima un día que se echó á llorar.
Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente ó conocido de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida[{22-3}] á mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo, sacudiéndome á veces fuertemente y deteniéndose á lo mejor delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. Á impulso de ella se fué[{22-4}] disipando poco á poco el tropel de pensamientos pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, también desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso, que nos impedía ver el riesgo que corríamos.
En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía más que un año que estaban[{23-1}] en Madrid establecidos; su papá ocupaba un alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter y costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:[{23-2}] que la mamá se arreglara como pudiese.[{23-3}] Después habló del papá, que era muy serio, pero muy bueno; lo único que la tenía apesadumbrada era que parecía querer más á los chicos que á ellas.[{23-4}] La mamá, en cambio, mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las dos tenían novio, pero no valían[{23-5}] cuatro cuartos: chiquillos que todavía estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza, preguntándome:
—¿Va V. á gusto conmigo? ¿Le estorbo?
Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.
Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo iba gozando como los ángeles en el paraíso y pendiente de los labios de aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida, parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría. Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa la aceptó inmediatamente, y á fin de que no reparasen en nosotros, tomamos entradas de paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y aquél[{24-1}] rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró admirablemente[{24-2}] y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón seguimos charlando, aunque muy bajito: se había establecido entre nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera, dejó de charlar y se puso á atender tan decididamente, que á mí me hizo sonreir el verla[{24-3}] con la cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto del tenor que empieza A te, oh cara,[{24-4}] me apretó con fuerza la mano exclamando por lo bajo:—¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me hizo explicarle lo que pasaba en la escena: halló el matrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al barítono, á quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar á la reina y dejar abandonada á su futura, y declaró resueltamente que ésta era una conducta indigna.
—Pero advierta V. que estaba obligado á hacerlo porque era su reina quien se lo pedía.
—No importa, no importa; si la quisiera bien, no hay reina que valga.[{25-1}] Lo primero siempre es la novia.
No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después que bajó el telón, permanecimos en el mismo sitio y me obligó á contarle mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, á quién había querido más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví á apuntar que había excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer.[{25-2}]—Usted será lo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando á un punto del espacio); me querrá V. un poco de tiempo, y después... si te vi, no me acuerdo.[{25-3}]
¡Qué rato tan delicioso y tan infernal á la vez me estaba haciendo pasar aquella niña! Para llevar la conversación á otro punto,[{25-4}] le pregunté:
—¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.
—Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?
—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.
—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos![{25-5}]
En seguida me propuso que nos tratásemos de tú,[{26-1}] pero después de aceptado[{26-2}] se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con el V. No quise conformarme.
—Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en fin, vamos á ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis: si se aventuraba á dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volvió á escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba á menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio.[{26-3}] Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó á su lindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya: volví á cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.
El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida, porque á las once y media, á más tardar, iba el criado á buscarla.
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: á la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le había visto[{27-1}] y de los adornos, á fin de que comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada replicaba á mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante á respirar, exclamó sin mirarme:
—Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!
Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque llegaríamos demasiado temprano.
—De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡ Si lo supiesen mis primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buen fondo.
Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la garganta,[{28-1}] hasta que se echó á llorar perdidamente. Me costó mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó á charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos á cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yo debía replicarle inmediatamente que no importaba nada: el papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando á las muñecas cuando la avisaron para ir á casarse. ¿Qué había de oponer á este poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo nos iríamos á Jerez, para que conociese á sus amigas y á sus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más, cuando supieran que este caballero era su marido!
Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado un beso á traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran las manos delante,[{28-2}] para que no le tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con tanto ardor como ahora.
Estábamos próximos ya á su casa. Los carruajes de la gente que volvía de las tertulias, al cruzar á nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le obligaban á esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían guiños, como si nos invitasen á gozar apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habían de volver. Á lo lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.
Llegamos por fin á casa. Delante de la puerta, Teresa volvió á hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente á las dos en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.
—Cuidado que no faltes.
—No faltaré, preciosa.
—¿Á las dos en punto?
—Á las dos en punto.
—Llama ahora con un golpe á la puerta.
Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos del portero.
—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate de prisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé á paso largo.
Dejó de hablar D. Ramón.
—¿Y después, qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.
—Nada, que aquella noche no pude dormir de[{29-1}] remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.
—¿Sin ver á Teresa?
LA BUENAVENTURA
Por Don Pedro Antonio de Alarcón[{30-1}]
I
No sé qué día de agosto del año 1816 llegó á las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido ó sobrenombre[{30-2}] Heredia, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían á una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo[{30-3}] pie á tierra, dijo con la mayor frescura «que quería ver al Capitán general.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar á conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo,[{30-4}] á la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor á lo ajeno... con permiso del engañado dueño,[{30-5}] dió orden de que dejasen pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...—respondió el Conde con aparente sequedad.
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
—Pues, señor, vengo á que se me den[{31-1}] los mil reales.
—¿Qué mil reales?
—Los ofrecidos hace días,[{31-2}] en un bando, al que[{31-3}] presente las señas de Parrón.
—Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?
—No, señor.
—Entonces...
—Pero ya lo conozco.
—¡Cómo!
—Es muy sencillo. Lo[{31-4}] he buscado; lo he visto; traigo las señas, y pido mi ganancia.
—¿Estás seguro de que lo has visto?—exclamó el Capitán general con un interés que se sobrepuso á sus dudas.
El gitano se echó á reir, y respondió:
—¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiere engañarme.—¡No me perdone Dios si miento!—Ayer vi á Parrón.
—Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue[{31-5}] á ese monstruo, á ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras, á algunos pasajeros, y después los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que nunca dé con él la Justicia?[{31-6}] ¿Sabes, en fin, que ver á Parrón es encontrarse con la muerte?
EL gitano se volvió á reir, y dijo:
—Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa ó nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros?—Repito, mi General, que, no sólo he visto á Parrón, sino que he hablado con él.
—¿Dónde?
—En el camino de Tózar.
—Dame pruebas de ello.
—Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días[{32-1}] que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado.—«¿Será[{32-2}] esta gente de Parrón? (me decía á cada instante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan![{32-3}]..., pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan á ver cosa ninguna.»
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me dijo:
—Compadre, ¡yo soy Parrón!
Oir esto y caerme de espaldas, todo fué una misma cosa.
El bandido se echó á reir.
Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte[{33-1}] por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para[{33-2}] tales hijos! ¡Jesús![{33-3}] ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera[{33-4}] si no tenía gana de encontrarte el gitanico[{33-5}] para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe á cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le[{33-6}] enseñe el francés á una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa...
Luego preguntó:
—Y ¿qué respondió Parrón á todo eso? ¿Qué hizo?
—Lo mismo que su merced; reirse á todo trapo.
—¿Y tú?
—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.
—Continúa.
En seguida me alargó la mano y me dijo:
—Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho reir: y si no fuera por esas lágrimas...
—¡Qué, señor, si son[{33-7}] de alegría!
—Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis ú ocho años!—Verdad es que tampoco he llorado...
—Pero despachemos.—¡Eh, muchachos!
Decir Parrón[{34-1}] estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fué un abrir y cerrar de ojos.
—¡Jesús me ampare!—empecé á gritar.
—¡Deteneos![{34-2}] (exclamó Parrón.) No se trata de eso todavía.—Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado á este hombre.
—Un burro en pelo.
—¿Y dinero?
—Tres duros y siete reales.
—Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
—Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.
Yo se la cogí;[{34-3}] medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
—Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
—Eso ya lo[{34-4}] sabía yo... (respondió el bandido con entera tranquilidad.)—Dime cuándo.
Me puse á cavilar.
Este hombre (pensé) me va á perdonar la vida; mañana llego á Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...
—¿Dices que[{34-5}] cuándo? (le respondí en alta voz.)—Pues ¡mira! va á ser el mes que entra.
Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.[{34-6}]
—Pues mira tú, gitano... (contestó Parrón muy lentamente.) Vas á quedarte en mi poder...—¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo á ti, tan cierto como ahorcaron á mi padre!—Si muero para esa fecha, quedarás libre.
—¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después de muerto![{35-1}]
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.
Quedamos en lo dicho: fuí conducido á la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...
—Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.) Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...
—¡Todo lo contrario, mi General! Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.
II
Pasaron ocho días sin que el capitán volviese á verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, á lo que me contó uno de mis guardianes.
—Sepa V. (me dijo) que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.—Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.
Á todo esto, á fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la buenaventura á todos los ladrones, pronosticándoles que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen[{35-2}] de la cueva y me atasen á un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaban á mi lado un par de centinelas.
Una tarde, á eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día á las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan á nuestro Padre Jesús Nazareno, á un pobre segador de cuarenta á cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.
—¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!—¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro?—¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó á las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol á que estaba atado; porque los gitanos también tenemos[{36-1}] familia.
—No seas loco... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador.)—Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte...
—¡Cómo!—dijo el segador, sin comprender que hubiese[{36-2}] desgracia más grande que dejar sin pan á sus hijos.
—Parrón... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
—Pues, amigo mío, Parrón quiere decir[{37-1}] la muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera.[{37-2}] Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.—¡Preparen! ¡Apunten!—Tienes cuatro minutos.
—Voy á aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...
—Habla.
—Tengo seis hijos... y una infeliz...—diré viuda..., pues veo que voy á morir...—Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas á otras.—¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me[{37-3}] digo.—¡Caballeros, alguno de ustedes[{37-4}] será[{37-5}] padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir á los hijos de sus entrañas, diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?—Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones!—¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara... ¡Qué cara!... Se parecía á la de los santos que el rey Nerón echaba á los tigres, según dicen los padres predicadores...
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos á otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió á decirla...
—¿Qué dijo?—preguntó el Capitán general, profundamente afectado por aquel relato.
—Dijo: «Caballeros, lo que vamos á hacer no lo sabrá nunca Parrón...»
—Nunca..., nunca...—tartamudearon los bandidos.
—Márchese V., buen hombre...—exclamó entonces uno que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
—Pronto... ¡Márchese V.!—repitieron todos, volviéndole la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
—¿Te parece poco? (gritó uno.)—¡Pues no quiere su dinero![{38-1}]—Vaya..., vaya... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y á poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos á otros no decir nunca á su capitán que habían perdonado la vida á un hombre, cuando de pronto apareció Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
Los bandidos retrocedieron espantados.
Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando á sus camaradas, dijo:
—¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato á todos!—¡Pronto! Entregad á este hombre los duros que le habéis robado!
Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó á los pies de aquel personaje que dominaba á los bandoleros y que tan buen corazón tenía...
Parrón le dijo:
—¡Á la paz de Dios![{39-1}]—Sin las indicaciones de V., nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa... Ahí tiene V. sus veinte duros...—Conque... ¡en marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.
Pero no habría[{39-2}] andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró á volver pies atrás.
—¿Qué manda V.?—le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad á su familia.
—¿Conoce V. á Parrón?—le preguntó él mismo.
—No lo conozco.
—¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy Parrón.
El segador se quedó estupefacto.
Parrón se echó la escopeta á la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.
—¡Maldito seas!—fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista,[{39-3}] observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
Entretanto decía Parrón á los suyos, señalando al segador:
—Ahora podéis robarlo.—Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar á ese hombre, para que se fuera, como se fué, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los migueletes, habría dado vuestras señas[{40-1}] y las de nuestra guarida, como me las ha dado á mí, y estaríamos ya todos en la cárcel.—¡Ved las consecuencias de robar sin matar!—Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no apeste.
Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba á merendar dándome la espalda, me alejé poco á poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...
Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí á todo escape, y, á la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado á una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.
Réstanos ahora saber si acertó ó no acertó Heredia al decir la buenaventura á Parrón.
III
Quince días después de la escena que acabamos de referir, y á eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe[{41-1}] de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir á las nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el Conde del Montijo.
El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar á tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado á infundir Parrón á todo el antiguo reino granadino!
—Parece que ya vamos á formar... (dijo un miguelete á otro), y no veo al cabo López...
—¡Extraño es, á fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, á quien odia con sus cinco sentidos!
—Pues ¿no sabéis lo que pasa?—dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.
—¡Hola! Es nuestro nuevo camarada... ¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?
—¡Perfectamente!—respondió el interrogado.
Era éste un hombre pálido, y de porte distinguido, del cual se despegaba mucho el traje de soldado.[{41-2}]
—Conque ¿decías?...—replicó el primero.
—¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido...—respondió el miguelete pálido.
—Manuel... ¿Qué dices?—¡Eso no puede ser!...—Yo mismo he visto á López esta mañana, como te veo á ti...
El llamado Manuel[{41-3}] contestó fríamente:
—Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.
—¿Parrón? ¿Dónde?
—¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado el cadáver de López.
Todos quedaron silenciosos, y Manuel empezó á silbar una canción patriótica.
—¡Van once[{42-1}] migueletes en seis días! (exclamó un sargento.) ¡Parrón se ha propuesto exterminarnos!—Pero ¿cómo es que está en Granada? ¿No íbamos á buscarlo á la Sierra de Loja?
Manuel dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada indiferencia:
—Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató á López, ofreció que, si íbamos á buscarlo, tendríamos el gusto de verlo...
—¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón con un desprecio!...
—Pues ¿qué es Parrón, más que un hombre?—repuso Manuel con altanería.
—¡Á la formación!—gritaron en este acto varias voces.
Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.
En tal momento acertó á pasar por allí el gitano Heredia, el cual se paró, como todos, á ver aquella lucidísima tropa.
Notóse entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dió un retemblido y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros...
Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó á correr hacia la calle de San Jerónimo.
Manuel se echó la carabina á la cara y apuntó al gitano...
Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.
—¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio!—exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.
Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban á aquel hombre, que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo á preguntas, reconvenciones y dicterios, que no le arrancaron contestación alguna.
Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr después de haber sonado aquel tiro,[{43-1}] lo tomaron por un malhechor.
—¡Llevadme á la Capitanía general! (decía el gitano.) ¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!
—¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto![{43-2}] (le respondieron sus aprehensores.)—¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!
—Pues lo mismo me da... (respondió Heredia)—Pero tengan Vds. cuidado de que no me mate Parrón...
—¿Cómo Parrón?... ¿Qué dice este hombre?
—Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir[{43-3}] delante del jefe de los migueletes, y señalando á Manuel, dijo:
—Mi Comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
—¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón...!—gritaron muchas voces.
—No me cabe duda... (decía entretanto el Comandante, leyendo las señas que le había dado el Capitán general.)—¡Á fe que hemos estado torpes!—Pero ¿á quién se le hubiera ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que iban á prenderlo?
—¡Necio de mí! (exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido): ¡es el único hombre á quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
Á la semana siguiente ahorcaron á Parrón.
Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano...
Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar á todos los que llegaban á conocerle...—Significa tan sólo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana;—doctrina que, á mi juicio, no puede ser más ortodoxa.
EL VOTO
Por Doña Emilia Pardo Bazán[{45-1}]
Sebastián Becerro dejó su aldea á la edad de diez y siete años, y embarcó con rumbo á Buenos Aires, provisto, mediante varias oncejas ahorradas por su tío el cura, de un recio paraguas, un fuerte chaquetón, el pasaje, el pasaporte y el certificado falso de hallarse libre de quintas—que, con arreglo á tarifa, le facilitaron donde suelen facilitarse tales documentos.
Ya en la travesía, le salieron á Sebastián amigos y valedores. Llegado á la capital de la República Argentina, diríase que un misterioso talismán—acaso la higa de azabache que traía al cuello desde niño[{45-2}]—se encargaba de removerle obstáculos. Admitido en poderosa casa de comercio, subió desde la plaza más ínfima á la más alta, siendo primero el hombre de confianza, luego el socio, por último el amo. El rápido encumbramiento se explicaría—aunque no se justificase—por las condiciones de hormiga de nuestro Becerro, hombre capaz de extraer un billete de Banco de un guardacantón. Tan vigorosa adquisividad—unida á una probidad de autómata y á una laboriosidad más propia de máquinas que de seres humanos—daría por sí sola la clave de la estupenda suerte de Becerro, si no supiésemos que toda planta muere si no encuentra atmósfera propicia. Las circunstancias ayudaron á Becerro, y él ayudó á las circunstancias.
Desde el primer día vivió sujeto á la monástica abstinencia del que[{46-1}] concentra su energía en un fin esencial. Joven y robusto ni volvió la cabeza para oir la melodía de las sirenas posadas en el escollo.[{46-2}] Lenta y dura compresión atrofió al parecer sus sentidos y sentimientos. No tuvo sueños ni ilusiones; en cambio tenía una esperanza.
¿Quién no la adivina? Como todos los de su raza, Sebastián quería volver á su nativo terruño, fincar en él y deberle el descanso de sus huesos. Á los veintidós años[{46-3}] de emigración, de terco trabajo, de regularidad maniática, de vida de topo en la topinera, el que había salido de su aldea pobre, mozo, rubio como las barbas del maíz y fresco lo mismo que la planta del berro en el regato, volvía opulento, cuarentón, con la testa entrecana y el rostro marchito.
Fué la travesía—como al emigrar—plácida y hermosa, y al murmullo de las olas del Atlántico, Sebastián, libre por vez primera de la diaria esclavitud del trabajo, sintió que se despertaban en él extraños anhelos, aspiraciones nuevas, vivas, en que reclamaba su parte alícuota la imaginación. Y á la vez, viéndose rico, no viejo, dueño de sí, caminando hacia la tierra, dió en una cavilación rara, que le fatigaba mucho: y fué que se empeñó en que la Providencia, el poder sobrenatural que rige el mundo, y que hasta entonces tanto había protegido á Sebastián Becerro, estaba cansado de protegerle, y le iba á zorregar disciplinazo firme, con las de[{46-4}] alambre: que el barco embarrancaría á la vista del puerto, ó que él, Sebastián, se ahogaría al pie del muelle, ó que cogería un tabardillo pintado, ó una pulmonía doble.
De estas aprensiones suele padecer el que se acerca á la dicha esperada largo tiempo. Y con superstición análoga á la que obligó al tirano de Samos[{47-1}] á echar al mar la rica esmeralda de su anillo, Sebastián, deseoso de ofrecer expiatorio holocausto, ideó ser la víctima, y reprimiendo antojos que le asaltaron al fresco aletear de la brisa marina y al murmullo musical del oleaje, si había de prometer al Destino construir una capilla, un asilo, un manicomio, hizo otro voto más original, de superior abnegación: casarse sin remedio con la soltera más fea de su lugar. Solemnizado interiormente el voto, Sebastián recobró la paz del alma, y acabó su viaje sin tropiezo.
Cuando llegó á la aldea, poníase el sol entre celajes de oro; la campiña estaba muda, solitaria é impregnada de suavísima tristeza; todo lo cual es parte á sacar chispas de poesía de la corteza de un alcornoque, y no sé si pudo sacar alguna del alma de Sebastián. Lo cierto es que en el recodo del verde sendero encontró una fuente donde mil veces había bebido siendo rapaz, y junto á la fuente una moza como unas flores, alta, blanca, rubia, risueña; que el caminante le pidió agua, y la moza, aplicando el jarro al caño de la fuente, y sosteniéndolo después, con bíblica gracia, sobre el brazo desnudo y redondo, lo inclinó hasta la boca de Sebastián, encendiéndole el pecho con un sorbo de agua fría, una sonrisa deliciosa y una frase pronunciada con humildad y cariño: «Beba, señor, y que le sirva de salú.»[{47-2}]
Siguió su camino el indiano, y á pocos pasos se le escapó un suspiro, tal vez el primero que no le arrancaba el cansancio físico; pero al llegar al pueblo recordó la promesa, y se propuso buscar sin dilación á su feróstica prometida y casarse con ella, así fuese el coco. Y, en efecto, al día siguiente, domingo, fué á misa mayor y pasó revista de getas, que las había[{48-1}] muy negruzcas y muy dificultosas, tardando poco en divisar, bajo la orla abigarrada de un pañuelo amarillo, la carátula japonesa más horrible, los ojos más bizcos, la nariz más roma, la boca más bestial, la tez más curtida y la pelambrera más cerril que vieron los siglos; todo acompañado de unas manos y pies como paletas de lavar y de una gentil corcova.
Sebastián no dudó ni un instante que la monstruosa aldeana fuese soltera, solterísima, y no digo solterona, porque la suma fealdad, como la suma belleza, no permite el cálculo de edades. Cuando le dijeron que el espantajo estaba á merecer, no se sorprendió poco ni mucho, y vió en el caso lo contrario que Polícrates en el hallazgo de su esmeralda al abrir el vientre de un pez: vió el perdón del Destino, pero... con sanción penal: con la fea de veras, la fea expiatoria. «Esta fea—pensó—se ha fabricado para mí expresamente, y si no cargo con ella, habré de arruinarme ó morir.»
Lo malo es que á la salida de misa había visto también el indiano á la niña de la fuente, y no hay que decir si, con su ropa dominguera y su cara de pascua, y por la fuerza del contraste, le pareció bonita, dulce, encantadora, máxime cuando, bajando los ojos y con mimoso dengue, la moza le preguntó «si hoy no quería agüiña bien fresca.» ¡Vaya si la quería! Pero el hado, ó los hados (que así se invocan en singular como en plural) le obligaban á beber veneno, y Sebastián, hecho un héroe, entre el asombro de la aldea y las bascas del propio espanto, se informó de la feona, pidió á la feona, encargó las galas para la feona y avisó al cura y preparó la ceremonia de los feos desposorios...
Acaeció que la víspera del día señalado, estando Sebastián á la puerta de su casa, que proyectaba transformar en suntuoso palacete, vió á la niña de la fuente que pasaba descalza y con la herrada en la cabeza. La llamó, sin que él mismo supiese para qué, y como la moza entrase[{49-1}] al corral, de repente el indiano, al contemplarla tan linda é indefensa—pues la mujer que lleva una herrada no puede oponerse á demasías—la tomó una mano y la besó, como haría algún galán del teatro antiguo. Rióse la niña, turbóse el indiano, ayudóla á posar la herrada, hubo palique, preguntas, exclamaciones, vino la noche y salió la luna, sin que se interrumpiese el coloquio, y á Sebastián le pareció que en su espíritu no era la luna, sino el sol de Mediodía lo que irradiaba en oleadas de luz ardorosa y fulgente...
—Señor cura—dijo pocas horas después al párroco, yo no puedo casarme con aquélla, porque esta noche soñé que era un dragón y que me comía. Puede creerme, que lo soñé.
—No me admiro de eso—respondió el párroco reposadamente. Ella dragón no será,[{49-2}] pero se le asemeja mucho.
—El caso es que tengo hecho voto. ¿Á V. qué le parece? Si le regalo la mitad de mi caudal á esa fiera, ¿quedaré libre?
—Aunque no le regale V. usted sino la cuarta parte, ó la quinta. ¡Con dos reales que la dé para sal![{50-1}]...
Sin duda el cura no era tan supersticioso como Becerro, pues el indiano, á pesar de la interpretación latísima del párroco, antes de casarse con la bonita hizo donación de la mitad de sus bienes á la fea, que salió ganando:[{50-2}] no tardó en encontrar marido muy apuesto y joven. Lo cual parece menos inverosímil que el desprendimiento de Sebastián. Verdad que éste era fruto del miedo.
LA BARCA ABANDONADA
Por Don Vicente Blasco Ibáñez[{51-1}]
Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban á la carteta á la sombra de las embarcaciones; y los viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de la pesca ó de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos á Gibraltar y á la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera[{51-2}] inventar eso que llaman la Tabacalera.
Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la playa, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñía el suelo, cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza sobre la arena, estaban las negras barcas del bou, las parejas que aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de redes; y en último término los laúdes en reparación, los abuelos, junto á los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos con caliente alquitrán, para que otra vez volviesen á emprender sus penosas y monótonas navegaciones por el Mediterráneo; unas veces á las Baleares con sal, otras á la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, y muchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.
En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya reparados se hacían á la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del carabinero que se sentaba á su sombra.
El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía de su construcción, delataban una embarcación ligera y audaz, hecha para locas carreras, con desprecio á los peligros del mar. Tenía la triste belleza de esos caballos[{52-1}] viejos que fueron briosos corceles y caen abandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.
Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una señal del número de filiación y nombre de la matrícula, un ser desconocido que se moría entre aquellas otras barcas orgullosas de sus pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el misterio de su vida.
Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en Torresalinas y no hablaban de ella sin sonreir y guiñar un ojo, como si les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.
Una mañana, á la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.
—Este falucho—dijo acariciándole con una palmada el vientre seco y arenoso—es El Socarrao,[{52-2}] el barco más valiente y más conocido de cuantos se hacen al mar desde Alicante á Cartagena. ¡Virgen Santísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenao! ¡Los duros que han salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos[{53-1}] veinte viajes desde Orán á estas costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.
El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello se apercibió el pescador.
—Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos lo mismo los hombres que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros; aquí, quien bautiza de veras, es la gente. Á mí me llaman Felipe; pero si algún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me conocen, porque me gusta hablar con las personas, y en la taberna soy el único que puede leer el periódico á los compañeros. Ese muchacho que pasa con el cesto de pescado es Chispas, á su patrón le llaman El Cano, y así estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una la Purísima Concepción, otra Rosa del Mar, aquélla Los Dos Amigos; pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman La Pava, El Lorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distingan con nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de toda la matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija, Camila; pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió decir á un pillo[{53-2}] de la playa, que parecía un huevo frito. ¿Querrá usted creerlo? Sólo con este apodo la conocen.
—Bien—le interrumpí,—pero ¿y El Socarrao?
—Su verdadero nombre era El Resuelto; pero por la prontitud con que maniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en llamarle El Socarrao, como á una persona de mal genio... Y ahora vamos á lo que le ocurrió á este pobre Socarraíco hace poco más de un año, la última vez que vino de Orán.
Miró el viejo á todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijo con sonrisa bonachona:
—Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; pero si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá después á hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en El Socarrao no es ninguna deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la Tabacalera, no lo ha creado Dios; lo inventó el gobierno para hacernos daño á los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.
Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y el dinero rodaba por el pueblo que[{54-1}] era un gusto. Había para todos; para los de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familia con dos pesetas, y para nosotros la gente de mar.
Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajes de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.
En la última correría íbamos ocho hombres á bordo. En la madrugada habíamos salido de Orán, y á mediodía, estando á la altura de Cartagena, vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor que todos conocimos. Mejor hubiéramos visto[{55-1}] asomar una tormenta. Era el cañonero de Alicante.
Soplaba buen viento. Íbamos en popa con toda la gran vela de frente y el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya no es nada, y el buen marinero aun vale menos.
No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es El Socarrao para dejarse atrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el casco inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban las máquinas y cada vez veíamos más grande al barco, aunque no por esto perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado á media tarde! Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara,[{55-2}] y cualquiera[{55-3}] nos encuentra en la obscuridad. Pero aun quedaba mucho día, y corriendo á lo largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.
El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió del vapor y oímos el estampido de un cañonazo.
Como no vimos la bala, comenzamos á reir satisfechos y hasta orgullosos de que nos avisasen tan ruidosamente.
Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordaje roto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo le rompió una pierna á uno de la tripulación.
Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y ¡qué demonio! ir á la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia, es algo más temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao es hombre que vale tanto como su barca.
—Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no nos cogerán.
No hablaba á sordos, y como listos no había más que pedirnos. El pobre compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un trago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo![{56-1}] Nosotros fingíamos no oirle, atentos únicamente á nuestra faena, separando el cordaje y atando á la antena la vela de repuesto, que izamos á los diez minutos.
El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en el mar á aquel enemigo que andaba con humo y escupía balas. ¡Á tierra, y que fuese lo que Dios quisiera![{56-2}]
Estábamos frente á Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo á tierra, no disparó más. Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo, ya no extremaba la marcha. La gente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia circuló por todo el pueblo. ¡El Socarrao venía perseguido por un cañonero!
Había que ver[{56-3}] lo que ocurrió. Una verdadera revolución: créame usted, caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más ó menos directamente del negocio. Esta playa parecía un hormiguero. Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzando gritos de satisfacción al ver como nuestra barca, haciendo un último esfuerzo, se adelantaba cada vez más á su perseguidor, llevándole una media hora de ventaja.
Hasta el alcalde estaba aquí para servir en lo que fuera bueno. Y los carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de la familia, hacíanse á un lado, comprendiendo la situación y no queriendo perder á unos pobres.
—¡Á tierra, muchachos!—gritaba nuestro patrón.—Vamos á embarrancar. Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. El Socarrao ya sabrá salir de este mal paso.
Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aun me parece un sueño cuando lo recuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto: los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!
Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos desaparecían por aquí; otros se iban por allá; fué aquello visto y no visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubiera tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba á Torresalinas, filtrándose en todas las casas.
El alcalde intervino paternalmente.
—Hombre, es demasiado—dijo al patrón.—Todo se lo llevan y los carabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para justificar la aprehensión.
Nuestro amo estaba conforme.
—Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura. Que se contenten con eso.
Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación de la barca. Pero aun se detuvo un momento, porque aquel diablo de hombre estaba en todo.
—¡Los folios! ¡Borrad los folios!
Parecía que á la barca le habían salido patas.[{58-1}] Estaba ya fuera del agua y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres gritos:
—¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del gobierno!
El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su madre. El pobrecillo gemía de dolor á cada movimiento brusco, pero se tragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que el cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reir á todos.
Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas, comenzó la rapiña en la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas, los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.
Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. El Socarrao se desfiguraba como un burro de gitano.[{58-2}] Con cuatro brochazos fué borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni rastro.
El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio, queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba á unos amigos que echaban al mar una lancha de pesca.
El cañonero envió un bote armado y saltaron á tierra no sé cuántos hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente, juraba furioso mirando á El Socarrao y á los carabineros, que se habían apoderado de él.
Todo el vecindario de Torresalinas se reía á aquellas horas, celebrando el chasco, y aun hubiera reído más, viendo, como yo, la cara que ponía aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de tabaco malo.
—¿Y qué pasó después?—pregunté al viejo.—¿No castigaron á nadie?
—¿Á quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se ensució mucho papel y medio pueblo fué á declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al varar habían echado á correr tierra adentro. Y nadie sabía más.
—¿Y el cargamento?—dije yo.
—Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza. Cuando embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más á mano y echó á correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos á disposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los que exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara á la muerte, están más libres de tentaciones que los otros...
—Desde entonces—continuó el viejo—que[{59-1}] está aquí preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse á la mar con su antiguo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán á subasta y se lo quedará el patrón[{60-1}] por lo que quiera dar.
—¿Y si otro da más?
—¿Y quién ha de ser ése? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe quién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. Á cada uno lo que sea suyo:[{60-2}] el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.
LA MULA Y EL BUEY
(Cuento de Navidad)
Por Don Benito Pérez Galdós[{61-1}]
I
Cesó de quejarse la pobrecita; movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho; extinguióse poco á poco su aliento, y expiró. El Ángel de la Guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fué.
La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina se fué poniendo[{61-2}] amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba á la madre, al padre y á los más inmediatos parientes, y dos ó tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.
La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban á espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color castaño obscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales; mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que más se parecían á verdaderas rosas frescas traídas del jardín.
Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro á Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo Abril.
Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola como un altar, y sobre ella fué colocada la caja. En breve tiempo armaron unos al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas blancas, que se recogían gallardamente á un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos é imágenes, que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel difunto, y, sin pérdida de tiempo, encendieron algunas docenas de luces en los grandes candelabros de la sala, los cuales, en torno á Celinina, derramaban tristísimas claridades. Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.
II
Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del aforismo, angelitos al cielo,[{62-1}] que los amigos administran como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada á su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase á aquella que destrozaba sus entrañas.
Mil recuerdos é imágenes dolorosas les[{63-1}] herían, tomando forma de agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más tierna que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza á un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las familias. ¿Cómo había de[{63-2}] olvidar la madre aquella lengüecita de trapo, que llamaba al sombrero tumeyo y al garbanzo babancho?
Para colmo de aflicción, vió la buena señora por todas partes los objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días; y como éstos eran los que preceden á Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios, semejante á una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allí, puestas en esta ó en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que había volado al cielo lo sabían.
Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, ó vestidas, si se quiere,[{64-1}] de una singular claridad muy triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos, que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos á sus padres y les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido el pico y el moco.
III
Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo[{64-2}] mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste, el dolor se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo que esto quizás parecerá en extremo pueril á algunos; pero á los que tal crean, les recordaremos que nada es tan ocasionado á puerilidades como un íntimo y puro dolor, de esos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo secundario del egoísmo no satisfecho.
Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas que más alegran á los niños: las fiestas de Navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos, y las esperanzas del mucho comer[{65-1}] y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles adyacentes.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la Pascua; y como sus primitos, que iban á acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto á regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre,[{65-2}] no cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores, tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su mente, no había sino pavos haciendo clau clau; pollos que gritaban pío pío; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras;[{65-3}] nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban á las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundancia que las gotas de agua en día de temporal, y otros mil prodigios que no tienen número ni medida.
IV
El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy á menudo entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con alternativas traidoras: unas veces dando esperanzas de remedio; otras quitándolas.
El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su imaginación. Atento á lo que pudiera contribuir á regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba á la casa, le traía algún regalito de Pascua, variando siempre de objeto y especie, pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al siguiente á San José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con unas preciosas ovejas, á quien[{66-1}] conducían gallardos pastores, y luego se hizo acompañar de[{66-2}] unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que vendía chorizos, y de un Rey Mago negro,[{66-3}] al cual sucedió otro de barba blanca y corona de oro. Por traer,[{66-4}] hasta trajo una vieja que daba azotes en cierta parte á un chico por no saber la lección.
Conocedora Celinina,[{66-5}] por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario á la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales: la mula y el buey. Ella no sabía lo que significaban la tal mula ni el tal buey; pero atenta á que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en Santa Cruz[{67-1}].
Él prometió traerlos, y en su corazón hizo propósito firmísimo de no volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y quehaceres se le aumentaron de tal modo, que no tuvo un punto de reposo. Además de esto, quiso el Cielo que se sacase la lotería,[{67-2}] que tuviera noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le embarazaran toda la mañana... en fin, el padre entró en la casa sin la mula, pero también sin el buey.
Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían á completar su tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente durante el día: vino el médico, y como sus palabras no eran tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, mas tampoco en mulas.
El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por breve rato un alivio tan patente, que todos concibieron esperanzas, y lleno de alegría, dijo el padre: «Voy al punto á buscar eso.»
Pero como cae rápidamente un ave herida al remontar el vuelo á lo más alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su delirio, y sobre el revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el único objeto salvado de un cataclismo, la idea fija del deseo que no había sido satisfecho; de aquella codiciada mula y de aquel suspirado buey, que aun proseguían en estado de esperanza.[{68-1}]
El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de ellas se detuvo y dijo: «¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?»
Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y abrió puertas sin reposar un instante, hasta que hubo juntado siete ú ocho médicos, y les llevó á su casa. Era preciso salvar á Celinina.
V
Pero Dios no quiso que los siete ú ocho (pues la cifra no se sabe á punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él había dado, y Celinina fué cayendo, cayendo más á cada hora, y llegó á estar abatida, abrasada, luchando con indescriptibles congojas, como la mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas rotas. Los padres se inclinaban junto á ella con afán insensato, cual si quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un suspiro.
Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegre chasquido de panderos. Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre; miró á su padre, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía venir ya de lenguas de este mundo, pidió á su padre lo que éste no había querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre, quisieron engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema aflicción, y presentándole los pavos, le dijeron:—«Mira, hija de mi alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito.»
Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus padres, y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco á poco fué extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj que se para; y la linda Celinina fué un gracioso bulto, inerte y frío como mármol, blanco y transparente como la purificada cera que arde en los altares.
¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara á la vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los bueyes y todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea de no haber satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería arrancársela; pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces como la que[{69-1}] dormía en el ataúd, y daba más importancia á un juguete que á todas las cosas de la tierra y del cielo?
VI
En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación, como si el dolor, internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.
Era Noche-Buena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás casas, resonaban placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos, y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde la sala donde estaba la niña difunta, las piadosas mujeres que le hacían compañía oyeron espantosa algazara, que al través del pavimento del piso superior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados con mayor número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías, celebraban la Pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento que era dado imaginar,[{70-1}] y atentos al fruto de juguetes y dulces que en sus ramas llevaba un frondoso árbol con mil vistosas candilejas alumbrado.
Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba, parecía que retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en su caja azul, y que las luces todas oscilaban, cual si, á su manera, quisieran dar á entender también que estaban algo peneques. De las tres mujeres que velaban, se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo en su cabeza grandísimo peso, á causa sin duda del cansancio producido por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba[{70-2}] y se durmió.
Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, á pesar de que no entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el paso de una brisa juguetona ó de manos muy suaves. Entonces Celinina abrió los ojos.
Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que echaron en derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después separó las manos sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin esfuerzo alguno, y mirando al techo, se echó á reir; pero su risa, sensible á la vista, no podía oírse. El único rumor que fácilmente se percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y rozaran con sus plumas el techo y las paredes.
Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire, levantó el vuelo y desapareció.
Todo continuaba lo mismo: las luces ardiendo, derramando en copiosos chorros la blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la mujer sumida plácidamente en un sueño que debía saberle á gloria;[{71-1}] todo seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.
VII
¡Hermosa fiesta la de esta noche en casa de los señores de ***!
Los tambores atruenan la sala. No hay quien haga comprender á esos endiablados chicos que se divertirán más renunciando á la infernal bulla de aquel instrumento de guerra. Para que ningún humano oído quede en estado de funcionar al día siguiente, añaden al tambor esa invención del Averno, llamada zambomba, cuyo ruido semeja á gruñidos de Satanás. Completa la sinfonía el pandero, cuyo atroz chirrido de calderetería vieja alborota los nervios más tranquilos. Y sin embargo, esta discorde algazara sin melodía y sin ritmo, más primitiva que la música de los salvajes, es alegre en aquesta singular noche, y tiene cierto sonsonete lejano de coro celestial.
El Nacimiento no es una obra de arte á los ojos de los adultos; pero los chicos encuentran tanta belleza en las figuras, expresión tan mística en el semblante de todas ellas, y propiedad tanta en sus trajes, que no creen haya[{72-1}] salido de manos de los hombres obra más perfecta, y la atribuyen á la industria peculiar de ciertos ángeles dedicados á ganarse la vida trabajando en barro. El portal de corcho, imitando un arco romano en ruinas, es monísimo, y el riachuelo representado por un espejillo con manchas verdes que remedan acuáticas hierbas y el musgo de las márgenes, parece que corre por la mesa adelante[{72-2}] con plácido murmurio. El puente por do pasan los pastores es tal que nunca se ha visto el cartón tan semejante á la piedra; al contrario de lo que pasa en muchas obras de nuestros ingenieros modernos, los cuales hacen puentes de piedra que parecen de cartón. El monte que ocupa el centro se confundiría con un pedazo de los Pirineos, y sus lindas casitas, más pequeñas que las figuras, y sus árboles figurados con ramitas de evónimus, dejan atrás á la misma Naturaleza.
En el llano es donde está lo más bello y las figuras más características: las lavanderas que lavan en el arroyo; los paveros y polleros conduciendo sus manadas; un guardia civil que lleva dos granujas presos; caballeros que pasean en lujosas carretelas junto al camello de un Rey Mago, y Perico el ciego[{73-1}] tocando la guitarra en un corrillo donde curiosean los pastores que han vuelto del Portal. Por medio á medio, pasa un tranvía lo mismito que el del barrio Salamanca;[{73-2}] y como tiene dos rails y sus ruedas, á cada instante le hacen correr de Oriente á Occidente con gran asombro del Rey Negro, que no sabe qué endiablada máquina es aquélla.
Delante del Portal hay una lindísima plazoleta, cuyo centro lo[{73-3}] ocupa una redoma de peces, y no lejos de allí vende un chico La Correspondencia, y bailan gentilmente dos majos. La vieja que vende buñuelos y la castañera de la esquina son las piezas más graciosas de este maravilloso pueblo de barro, y ellas solas atraen con preferencia las miradas de la infantil muchedumbre. Sobre todo, aquel chicuelo andrajoso que en una mano tiene un billete de lotería, y con la otra le[{73-4}] roba bonitamente las castañas del cesto á la tía Lambrijas, hace desternillar de risa á todos.
En suma: el Nacimiento número uno de Madrid es el de aquélla casa, una de las más principales, y ha reunido en sus salones á los niños más lindos y más juiciosos de veinte calles á la redonda.
VIII
Pues ¿y el árbol? Está formado de ramas de encina y cedro. El solícito amigo de la casa que lo ha compuesto con gran trabajo, declara que jamás salió de sus manos obra tan acabada y perfecta. No se pueden contar los regalos pendientes de sus hojas. Son, según la suposición de un chiquitín allí presente, en mayor número que las arenas del mar. Dulces envueltos en cáscaras de papel rizado; mandarinas, que son los niños de pecho de las naranjas; castañas arropadas en mantillas de papel de plata; cajitas que contienen glóbulos de confitería homeopática; figurillas diversas á pie y á caballo: cuanto Dios crió para que lo perfeccionase luego la Mahonesa ó lo vendiese Scropp,[{74-1}] ha sido puesto allí por una mano tan generosa como hábil. Alumbraban aquel árbol de la vida candilejas en tal abundancia, que, según la relación de un convidado de cuatro años, hay allí más lucecitas que estrellas en el cielo.
El gozo de la caterva infantil no puede compararse á ningún sentimiento humano; es el gozo inefable de los coros celestiales en presencia del Sumo Bien y de la Belleza Suma. La superabundancia de satisfacción casi les hace juiciosos, y están como perplejos, en seráfico arrobamiento, con toda el alma en los ojos, saboreando de antemano lo que han de comer, y nadando, como los ángeles bienaventurados, en éter puro de cosas dulces y deliciosas, en olor de flores y de canela, en la esencia increada del juego y de la golosina.
IX
Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al techo, y como no veían nada, se contemplaban los unos á los otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.
Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del tranvía subió á lo alto de los montes, y los Reyes se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso dentro del Portal, y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin desorden, después se armó una baraúnda tal, que parecían andar por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares;[{75-1}] el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron muchas luces, resultó nublado el sol y obscurecidas las luminarias del día y de la noche.
Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:
«¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el cielo, y á los cuales permite Padre Dios, esta noche, que vengan á jugar con los Nacimientos.»
Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.
Acudieron muchos de los presentes á examinar los estragos, y un señor dijo:
«Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.»
Empezaron á recoger las figuras y á ponerlas en orden. Después del minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó de menos algo. Buscaron y rebuscaron, pero sin resultado. Faltaban dos figuras: la Mula y el Buey.
X
Ya cercano el día,[{76-1}] iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que unas Pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como cuando el firmamento se llena de nubes.
«Á prisa, á prisa, caballeritos, que va á ser de día—dijo uno,—y el Abuelo[{76-2}] nos va á reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos de este año... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos...!»
Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se atolondraba un poco.
«Ven acá—le dijo uno,—dame la mano y volarás más derecha... Pero ¿qué llevas ahí?
—Esto—repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de barro.—Son pa mí, pa mí.
—Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la tierra. Has de saber que aunque en el Cielo tenemos juegos eternos y siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco en los Nacimientos. Allá arriba se divierten también esta noche, y yo creo que nos mandan abajo porque les mareamos con el gran ruido que metemos... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por las casas, es á condición de que no hemos de coger nada, y tú has afanado eso.»
Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más contra su pecho los dos animales, repitió:
«Pa mí, pa mí.
—Mira, tonta—añadió el otro,—que si no haces caso, nos vas á dar un disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.»
Al fin Celinina cedió, y bajando, entregó á la tierra su hurto.
XI
Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fué su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalillos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra apretando en sus frías manecitas la Mula y el Buey.
OBRAR BIEN... QUE DIOS ES DIOS
Por Fernán Caballero[{79-1}]
I
La vertu est aussi une force.
Toullote.
La virtud es también una fuerza.
Saliendo del pueblo de Dos Hermanas en dirección á Sevilla, vense á la izquierda olivares, que se prolongan en línea recta, y que al internarse, se alzan sobre un cerro dilatado, aunque de poca altura. En la cima se halla escondido entre los olivares un antiguo castillo, que labrarían[{79-2}] los moros sobre aquel cerro, porque domina una extensa llanura. Hallábase no ha muchos años, y suponemos que aun hoy día se hallará, en el mismo estado en que lo tuvieron los árabes,[{79-3}] sin más variación que haberse convertido en molino de aceite el local que probablemente fué cuadra, en trojes lo que sería[{79-4}] almacén, y en estancia para los trabajadores campesinos lo que sería cuartel de las tropas. Con estas variaciones, á favor de las cuales del estado militar pasó al estado civil, esto es, de castillo se convirtió en hacienda,—adquirió legítimamente el nombre de Serrezuela, que puede fuese[{79-5}] el nombre de su conquistador cristiano, aunque no lo sabemos. Lo que sí sabemos,[{79-6}] y nos interesa más, es el nombre que le puso y conservó el pueblo extra judicialmente en los archivos de la tradición, y fué el de Castillo del Último Moro.—Hé aquí el hecho que le valió el nombre.
En la época de la expulsión de los árabes,[{80-1}] el caudillo que defendía el castillo nunca quiso rendirse ni capitular. Mucho tiempo se mantuvo encerrado entre sus muros de argamasa, como el león en su jaula de hierro. Todos los días se le veía[{80-2}] subir con sus compañeros á una de las cuatro torres que flanqueaban en sus ángulos el cuadrado castillo, para descubrir en la inmensa extensión de terreno que abarcaba su vista, si le llegaba socorro de los suyos; ¡pero en vano! El Santo Rey los había ahuyentado á todos. Hecho el reconocimiento, bajaba,—si bien marchitas las esperanzas,—inmutables, firmes y lozanos los bríos.
Poco á poco observaron los sitiadores aminorarse el número de los que le acompañaban, hasta que le vieron subir solo. Siguió impertérrito en su inspección diaria que hacía descolorido, caído de fuerzas, pero siempre entero de ánimo.
Un día no subió. Aquel día escalaron los cristianos los muros sin hallar resistencia. Al pie de la escalera de la torre encontraron armado, en pie y sin vida, al nunca rendido Último Moro.
Efectivamente, aquel castillo de argamasa aislado y obscuro, sin más comunicación con lo exterior que la puerta de entrada, flanqueado con sus cuatro torres coronadas de almenas, semejantes á pirámides de cementerios, parece un gran ataúd. Está estrechamente rodeado de olivos que le cercan apiñados, como para enterrarlo. Cual la[{80-3}] del navegante, nada percibe la vista del que está dentro, ó en su cercanía, sino una multitud de verdes copas de olivos,—semejantes á la multitud de verdes olas de la mar,—y el cielo sobre su cabeza. La escalera, por la que subía el moro á la plataforma de la torre, está derruida, y no prestando utilidad, no ha sido reedificada. No siendo tampoco necesario para las sencillas gentes campesinas que allí moran ninguno de los requisitos que sirven en los edificios labrados para ser cómodamente habitados, el Castillo del Último Moro permanece en el mismo ser y estado marcial, escueto y fuerte que tuvo, y es digna tumba del que lo defendió hasta su muerte.
¡Nada más triste que ese resto tan intacto de un pasado tan desvanecido! Esa eterna existencia entre extraños es triste en su inmovilidad; cual la del Judío errante en su incesante movimiento. ¿Qué sobrevive y queda de aquel hecho heroico? Una tradición en boca del pueblo, que nadie escucha, y esa gran tumba de héroes sepultada entre olivos, sobre la cual las simbólicas ramas de éstos estampan por solo epitafio: ¡Paz á los muertos!
Parecía aquella morada comunicar algo de su gravedad y silencio á la familia del capataz que la habitaba. Era éste un hombre austero; su mujer era callada, y sus hijos tímidos. Varmen, la mayor, que unía á su timidez juicio y dulzura, era bien querida en el lugar, en que, hablando de ella, sellaban su elogio con decir, según la expresión del país, que era arrimadita á la iglesia.
En una ocasión acaeció que murió el guarda del olivar á tiempo de la cogida, lo que apuró tanto más al capataz, cuanto que era á la sazón más necesario y más difícil hallar quien le reemplazara. Uno de los arreadores de la aceituna le propuso á un hombre[{81-1}] que dijo ser[{81-2}] muy propio para el oficio, y el capataz le admitió sin conocerle y sin saber sus antecedentes, en vista de la apremiante necesidad que de él tenía.
El nuevo guarda era un hombre, que, sin ser mal parecido, repelía. Su tez tostada, sus espesas patillas, su adusta y altanera mirada, le daban, al decir de los trabajadores, sombra en la cara: sus modales bruscos y sus pocas palabras alejaron de él todas las simpatías. Á poco se esparció una voz por el lugar,—una de esas voces que parecen formarse en las nubes, y que llegan á la tierra como aerólitos consistentes y compactos,—de que aquel hombre, que parecido al huracán había venido sin saberse de dónde, ni á dónde iba, andaba á salto de mata, prestado y forastero en todas partes, para burlar á la justicia que le buscaba con objeto de echarle mano.
Varmen notó con sobresalto que cuando venía el guarda al castillo á las horas de las comidas, tenía fija tenazmente sobre ella su atención. Era Varmen lo que suelen ser las que se clasifican de arrimadas á la iglesia, opuesta á que se ocupasen de ella.[{82-1}] Su vestir era con extremo aseado y primoroso, pero rigurosamente sencillo; la ropa que llevaba era basta, pero limpia; cuidadosamente remendada, pero sin adorno alguno: su cabello estaba siempre alisado y recogido; pero nunca adornaban flores su cabeza. Las flores de los jardines quieren las brisas de primavera para ostentarse: en las cabezas de las mujeres, quieren las alegrías, que no todas tienen, ¡ni aun en la juventud! Así es que como el agradar á los hombres no se lo pedía su vanidad, ni agradar á aquél se lo pedía su corazón,[{82-2}] puso todo esmero en evitar su presencia.
Una mañana estaba Varmen en el patio, lavando en una media tinaja empotrada en un poyo adherente al pozo: á su lado estaban jugando sus hermanas y los hijos del manijero. Varmen no prestaba atención ni á sus juegos ni á lo que decían: en cuanto á nosotros, no podemos pasar cerca de un grupo de niños sin detenernos para observarlos. En ellos se encuentra la gracia sin afectación ni pretensiones, que sin buscarlo, halla el agrado; gracia inocente cual ellos, y por tanto llena de encanto y de simpatía.
—Mariquilla, dijo la niña del manijero,
| Cuando baja, ríe; cuando sube, llora: |
| ¿Á que[{83-1}] no me lo aciertas en una hora? |
—Yo no sabo[{83-2}] contestó la interrogada, que era la menor y más mimada de las hermanas de Varmen.
—¡Qué tonta eres! Es el carrillo.[{83-3}]
—Chacha, dijo Mariquilla altamente ofendida, Josefita me dice tontona.
—Vamos, no reñir,[{83-4}] intervino Varmen; á cantar[{83-5}] como los pájaros, á ver si os crecen alas.
Las chiquillas no se hicieron de rogar,[{83-6}] y la una cantó:
| En un cuerno de la luna |
| He puesto á mi corazón, |
| Para que no se lo lleve |
| Un gato que es muy ladrón. |
—No dice[{83-7}] gato, que[{83-8}] dice niño, observó otra mayorcita.
—Gato, afirmó la cantadora; que los niños no son ladrones.
—¿Que no? Tu hermanito dichoso me robó á mí tres bellotas.
—¡Caramba con las chancillas! Tiene tu hermano la gracia, lo mismo que las avispas,—por detrás, y que duele.
—Y el tuyo es más feo que el Carlanco.[{84-1}]
—Yo sé el cuento del Carlanco, observó otra.
—¿Quién te lo contó?
—Mi abuela, que sabe más de mil.
—Anda, Catanilla, cuéntalo.
La interpelada estuvo muy dispuesta, y todas se pusieron á escucharla con gran atención; y nosotros con ellas.