EL CARLANCO
(Cuento popular infantil)
Era vez y vez una cabra, muy mujer de bien: que tenía tres chivitas que había criado muy bien, y metiditas en su casa.
En una ocasión en que iba por los montes, vió a una avispa que se estaba ahogando en un arroyo; le alargó una rama, y la avispa se subió en ella y se salvó.—¡Dios te lo pague! que[{84-2}] has hecho una buena obra de caridad, le dijo la avispa á la cabra. Si alguna vez me necesitas, ve á aquel paredón derrumbado, que allí está mi convento. Tiene éste muchas celditas que no están enjalbegadas, porque la comunidad es muy pobre, y no tiene para comprar la cal.[{84-3}] Pregunta por la Madre abadesa, que ésa soy yo,[{84-4}] y al punto saldré, y te serviré de muy buen agrado en lo que me ocupes. Dicho lo cual, echó á volar cantando maitines.
Pocos días después les[{85-1}] dijo una mañana temprano la cabra á sus chivitas:—Voy al monte por una carguita de leña; vosotras encerráos, atrancad bien la puerta, y cuidado con no abrir á nadie; porque anda por aquí el Carlanco. Sólo abriréis cuando yo os diga:
| ¡Abrid, hijitas, abrid! |
| Que soy la madre que os parí. |
Las chivitas, que eran muy bien mandadas, lo hicieron todo como se lo había encargado su madre.
Y cate Vd. ahí que llaman á la puerta, y que oyen una voz como la de un becerro, que dice:
| ¡Abrid, que soy el Carlanco! |
| Que montes y peñas arranco. |
Las cabritas, que tenían su puerta muy bien atrancada, le respondieron desde adentro:
¡Ábrela, guapo!
Y como no pudo, se fué hecho un veneno, y prometiéndoles que se la[{85-2}] habían de pagar.
Á la mañana siguiente fué y se escondió, y oyó lo que la madre les dijo á las chivitas, que fué lo propio del día antes. Á la tarde se vino muy de quedito, y arremedando la voz de la cabra, se puso á decir:
| ¡Abrid, hijitas, abrid! |
| Que soy la madre que os parí. |
Las chivitas, que creyeron que era su madre, fueron y abrieron la puerta; y vieron que era el mismísimo Carlanco en propia persona.
Echáronse á correr, y se subieron por una escalera de mano al sobrado y la tiraron tras sí; de manera que el Carlanco no pudo subir. Éste, enrabiado, cerró la puerta y se puso á dar vueltas por la estancia, pegando unos bufidos y dando unos resoplidos,[{86-1}] que á las pobres cabritas se les helaba la sangre en las venas.
Llegó en esto su madre que les dijo:
| ¡Abrid, hijitas, abrid! |
| Que soy la madre que os parí. |
Ellas desde su sobrado le gritaron que no podían, porque estaba allí el Carlanco.
Entonces la cabrita soltó su carguita de leña, y como las cabras son tan ligeras, se puso más pronto que la luz en el convento de las avispas, y llamó—¿Quién es? preguntó la tornera.—Madre, soy una cabrita para servir á Vd.[{86-2}]—¿Una cabrita aquí, en este convento de avispas descalzas y recoletas? ¡Vaya! ni por pienso. Pasa tu camino, y Dios te ayude, dijo la tornera.—Llame Vd. á la Madre abadesa, que traigo prisa, dijo la cabrita; si no, voy por el abejaruco, que le vi al venir por acá.—La tornera se asustó con la amenaza, y avisó á la Madre abadesa, que vino, y la cabrita le contó lo que pasaba.—Voy á socorrerte, cabrita de buen corazón, le dijo, vamos á tu casa.
Cuando llegaron, se coló la avispa por el agujero de la llave, y se puso á picar al Carlanco, ya en los ojos, ya en las narices, de manera que lo desatentó, y echó á correr que echaba incendios;[{86-3}] y yo
| Pasé por la cabreriza, |
| Y allí me dieron dos quesos, |
| Uno para mí, y el otro |
| Para el que escuchare aquesto.[{86-4}] |
III
Apenas concluía la contadora su cuento, cuando entró el guarda, que sin decir palabra, se acercó á ellas, puso su escopeta á su lado, se apoyó en el pilar del pozo, y se puso á picar un cigarro. Varmen se sintió desconcertada y fatigosa con la presencia de aquel hombre que la repelía, y tuvo deseos de alejarse. Pero por un lado no tenía pretexto para hacerlo, sin faltar á esa urbanidad innata, pasada á deber[{87-1}] y á costumbre en el pueblo; y por otro, le urgía concluir lo que estaba haciendo.
Al cabo de un rato, y como para entrar en conversación, llamó el guarda á Mariquita; pero ésta, en lugar de acudir, se refugió al lado de su hermana, y se abrazó á sus faldas, en cuyos pliegues desapareció su diminuta persona, sin que de ella se percibiese más que su carita,[{87-2}] que miraba con ceño y desconfianza al que la había llamado.
—¡Esquiva! dijo el guarda; ¡eso es de casta!
Varmen permaneció callada.
—Oiga Vd., prosiguió su interlocutor: no es de ahora que noto yo que me huye Vd. la cara.
—No huyo la cara ni á Vd. ni á nadie, contestó Varmen; pero no soy amiga de dar conversación á los hombres.
—Ni yo de sembrar para no coger: ¿está Vd., Varmen?
—Pues para eso, mire Vd. antes en[{87-3}] la tierra que siembra; que la tierra que sirve para viña, no sirve para olivar, contestó Varmen.
—No, señor; yo no acostumbro á bajar á nadie de su estado.
—Pues ábrame Vd. la ventana[{88-1}] esta noche, que tengo que[{88-2}] decirle.
—¿Yo? No, señor: yo no abro mi ventana.
—Á otro se la abrirá Vd.
—No, señor; ni al lucero del alba que viniese con una torta en la mano.
—Pues por eso digo, que en cambio de mi voluntad que le he dado, me da Vd. un desprecio.
—Yo no desprecio á Vd.
—¡Pero no me quiere dar oídos!
—Eso no; ni pasarse, ni llegarse.[{88-3}]
—Si no es hoy, mañana será; ó he de poder poco.
—Señor, exclamó azorada y ofendida Varmen. No exprima Vd. tanto la naranja que amargue el zumo;[{88-4}] y déjese de andar tras de aquello que no ha de alcanzar.
—¡Á carrera larga nadie escapa!, repuso el guarda, cogiendo su escopeta y alejándose.
La pobre Varmen quedó atribulada; y al domingo siguiente, cuando fué al lugar, le contó al cura, que era su confesor, lo que le había pasado con el guarda, y tenía perturbado su ánimo, hasta entonces tan sereno.
El cura, sin tener un talento sobresaliente, ni una santidad que llamase la atención, era uno de esos sacerdotes, cuyo carácter, inclinaciones, estudios, educación, ocupaciones y hábitos los hacen perfectamente aptos para el desempeño de su ministerio. Con él[{88-5}] estaba hacía[{88-6}] muchos años tan identificado el cura, que unido esto[{88-7}] al conocimiento individual que tenía de cuantos componían su rebaño le hacían[{88-8}] un pastor modelo. Hemos dicho modelo, y no ideal, porque los ideales son escasos. Por esto se haría mal en no apreciar lo que es muy bueno, sólo porque no llega al apogeo ó ideal de la perfección, en vista de que esto sólo lo hallamos, en realidad, en la vida de los entes privilegiados que han merecido el dictado de Santos, y ficticiamente, en las creaciones de los poetas, que hacen bien en presentarlo para enaltecer á la humanidad, pero que harían mal si lo presentasen para desprestigiar y deprimir á aquello que no se eleva á tanto.
—No te inquietes, ni temas, le dijo el cura, pues no tienes por qué; que «Culpa no tiene quien hace lo que debe.» Y tú[{89-1}] lo que debes hacer, es no dar oídos á ese hombre.
Al domingo siguiente volvió á hablarle al cura, más asustada, más acongojada aún, y le dijo que el guarda la perseguía y hostigaba con su amor, de manera que no la dejaba vivir,[{89-2}] y hasta había llegado á amenazarla, si se mantenía en no darle oídos.
—Sosiégate, hija, y no temas, la contestó el cura. Todas esas son tretas de que se valen los hombres para perder á las inocentes como tú. «Obra bien... ¡Que Dios es Dios!»
Al tercer domingo, la pobre joven se mostró más afligida y atemorizada que nunca; la obstinación del guarda, su vehemencia y sus amenazas, la hacían temer una desgracia si le exasperaba más con sus negativas.
«Haz lo que debas y suceda lo que suceda.» Así terminó el cura los consejos paternales que le dió, para que siguiese impávida en la senda de la virtud.
Á los pocos días, habiendo salido Varmen al olivar para buscar una gallina que se había extraviado, se presentó de repente á su vista el guarda. Varmen, asustada, se volvió presurosa[{90-1}] dirigiéndose hacia la hacienda.
—¿Huyes? le dijo su perseguidor. ¡Huyes de mí, porque te acusa la conciencia!
—¿La conciencia? contestó Varmen. «Culpa no tiene quien hace lo que debe.»
—¿Tú te has parado á considerar, prosiguió el guarda, lo que es, y lo que puede resultar de exasperar á fuerza de desprecios á un hombre como yo? ¿Tú sabes de lo que[{90-2}] soy capaz? ¿Sabes que puedo perderte?
—«Obrar bien... ¡Que Dios es Dios!» contestó Varmen, con la calma propia en el momento de las grandes crisis.
—¡Varmen! por última vez... ¿me desechas?
—Sí, contestó Varmen con la palidez del pavor en el rostro, y la firmeza del buen propósito en el acento.
—Pues sábete, ingrata, que en su vida[{90-3}] este á quien ofendes ha dejado hueco entre el agravio y la venganza; que eso en la sangre lo[{90-4}] tengo, y lo mamé con la leche que me crió.
—Y yo, con la buena enseñanza cristiana que he mamado, tengo en el alma este otro propósito: «Haz lo que debas y suceda lo que suceda.»
—¡Hola! ¡ya caigo! dijo con concentrada ira el guarda. El que te dirige es el cura. ¡Á ése, á ése, es al que[{90-5}] debo tus repulsas, que no he podido vencer; tus desdenes que no he podido desarmar, tu dureza que no he podido ablandar! ¡Pues él pagará por él y por ti! Mañana me voy; no volverás á verme; ¡pero por estas que me afeito, que te acordarás de mí mientras memoria tengas!
Diciendo esto, el guarda se alejó rápidamente y desapareció entre los olivos.
Á la mañana siguiente, vió entrar el cura en su casa á Varmen, la que deshecha en lágrimas le refirió lo que le había pasado.
—No te apures, hija, le dijo, cuando hubo concluido de hablar: ésos son espumarajos del coraje, que cae cuando la razón vuelve á adquirir su imperio.
—¡Padre, no le conocéis! repuso sollozando Varmen, es un desalmado. ¡No salgáis, por Dios, mañana; que os va á matar!
—Sosiégate, hija, que va mucho de hacer una amenaza á[{91-1}] cumplirla.
—Padre, repitió acongojada Varmen, no le conocéis; tiene echada el alma atrás,[{91-2}] y cumplirá la amenaza; ¡lo ha jurado!
—Pues, hija, repuso el cura, «Haga yo lo que deba, y haga Dios lo que quiera.»[{91-3}]
IV
Del lado opuesto del pueblo se extiende un pinar, al que se llega por un prado de roja arena, que cubre un césped[{91-4}] tan corto y espeso, que parece lo ha tejido la naturaleza para avergonzar á los tejedores de las más afamadas alfombras. En los parajes más bajos y húmedos en el tiempo de las lluvias, este césped se ve salpicado con tal profusión de pequeñas margaritas blancas, miniaturas de esta bella especie, que parecen ser las once mil vírgenes del paraíso de Flora. Por los parajes secos, crece cercana á la tierra una flor pequeña, que lleva el nombre de flor de la abeja, nombre bien apropiado, porque esta florecita tiene con pasmosa exactitud la forma y colores de dicho animalito. No parece sino que[{92-1}] bajada á descansar—si es que esa laboriosa é incansable colectora de miel busca jamás descanso,—se ha posado sobre un tallo, y ha quedado adherida al reino vejetal, por hechizo de algún maléfico gnomo. Dan impulsos de traer á aquellos parajes una colmena, para probar si la vista del hogar doméstico las hace romper el encanto que las tiene convertidas en pequeñas y mudas estatuas. Pudiérase pensar que eran[{92-2}] las flores que lo habían exigido de Flora para dar á las abejas este castigo, semejante al que recibió la mujer de Lot; si fuese dable atribuir á las flores deseos de venganza, ni resentimiento porque gozasen otros de la miel de su corazón. Pero no lo es; ellas que expenden con profusión y entregan al inconstante aire su perfume con loca prodigalidad,—porque saben que tienen para dar y que les quede,[{92-3}]—no pueden ser avaras. Es esta flor la singularidad más peregrina que hemos visto. Tiene además la de ser incultivable; todos los ensayos que se han hecho con este fin han sido infructuosos, lo que nos confirma en nuestro primer aserto de que este fenómeno es un hechizo del maligno gnomo de aquel rojo arenal.
La naturaleza, no contenta con extasiarnos con sus obras maestras, se complace á veces con admirarnos, ya con sus encantadores caprichos, ya con misterios llenos de alto sentido. ¡De cuántos modos nos llama Dios á adorarle con sus obras! ¡Oid el himno que entonan todos esos susurros, todos esos sonidos que no comprendemos, y que en diferentes tonos, ya graves, ya alegres, ya dulces, ya austeros, difunden el aire, el agua, el fuego, las plantas, todo lo que creemos inanimado. Oid atentos y os convenceréis de que dicen: «¡Venite, adoremus!»
Aquel pinar era el sitio en que indefectiblemente paseaba el cura todas las tardes.
Aquélla á la que había precedido su conversación[{93-1}] con Varmen, salió como de costumbre tenía.
Cuando se hubo internado en el pinar, vió de repente salir de entre la enramada el guarda que traía su escopeta, el cual, parándose á corta distancia, se la echó á la cara, clavando en él sus ardientes y amenazadores ojos.
El cura se paró igualmente; pero con ánimo tan sereno, que al mirar al que le amenazaba, su rostro sólo expresaba la más completa calma, y la más pura dignidad. Un rato se estuvieron viendo fijamente ambos, inmóviles y en silencio; lentamente se inclinó hacia tierra la dirección de la escopeta del guarda, que en seguida bajó sus ojos, y después de un momento de indecisión, dijo en honda voz,
—¡Vaya Vd. con Dios, Padre! y desapareció bruscamente en la espesura.
—¡Dios bendiga tu primer paso en la senda del bien, hijo! repuso en recia y conmovida voz el Cura, y salve tu alma, que pierdes entregándola á tus malas pasiones.
Si esta bendición llevó su fruto, se ignora; pues nunca se volvió á saber de aquel á quien fue aplicada.[P]
Footnotes to Obrar Bien ... Que Dios Es Dios:
[P] Nota. Este sucedido, tan pequeña cosa en el hecho, y tan grande en su significación, fue comunicado con la más sincera sencillez al que lo refiere, por el mismo cura que en él actúa, que lo relataba sólo para probar que el hombre no cumple tan fácilmente como lo concibe un mal propósito;[{93-2}] y sin hacer valer que al digno apóstol de la palabra de Dios, al firme sostenedor de las virtudes evangélicas, le respeta el hombre, por perverso que sea, si no ha renegado del bautismo que le hizo cristiano. (Fernán Caballero.)
EL TEN-CON-TEN
Por Don Antonio de Trueba[{94-1}]
I
En un pueblo de Castilla llamado Animalejos, erigieron los labradores una ermita á San Isidro, á poco tiempo de ser canonizado el santo labrador matritense, y aquel santuario fué adquiriendo gran fama en toda la comarca, por los favores que otorgaba el Santo á los que los pedían con verdadera fe.
Andando el tiempo, la ermita se arruinó, y en tal estado se hallaba hacia mediados del siglo presente. Los vecinos de Animalejos, poco peritos en efemérides histórico-religiosas, decían que la ermita se arruinó en el primer tercio del siglo XVI, con motivo de la guerra de las Comunidades, que tantos desastres causó en Castilla la Vieja, y aun en Castilla la Nueva; pero los vecinos de los pueblos cercanos les daban matraca llamándoles, no se sabe por qué, «los que arcabucearon al Santo»; insulto que sacaba de sus casillas á los animalejeños y daba ocasión á tremendas palizas.
Es verdad que hacía siglos no quedaba de la ermita más que un montoncillo de ruinas; pero se conservaba por tradición, así en Animalejos como en los pueblos inmediatos, la devoción al santo patrono de los labradores.
Dícese que cuando el río suena, agua lleva;[{94-2}] pero aquella devoción de los animalejeños á San Isidro bastaba para desmentir, si no bastara su propia y sacrílega enormidad, la acusación de haber arcabuceado á San Isidro los animalejeños.
Había en Animalejos un sujeto, llamado por mal nombre el tío Traga-santos,[{95-1}] y digo que era llamado así por mal nombre, porque se lo llamaban por la única razón de que buscaba en Dios y en sus elegidos el consuelo de sus tribulaciones y las ajenas.
Las ruinas de la ermita de San Isidro estaban en las afueras de Animalejos, en un cerrillo que dominaba toda la vega. No pasaba una sola vez por allí el piadoso Traga-santos sin arrodillarse sobre ellas y llorar la destrucción del templo.
El día de San Isidro el tío Traga-santos cubría de flores aquellas sagradas ruinas; colocaba sobre ellas una mesita cubierta con un blanco mantel; en este sencillo é improvisado altar ponía, entre dos velas, una tosca imagen de San Isidro hecha de barro, circunstancia que para él constituía su mayor mérito, pues se la habían llevado de Madrid, y suponía que aquel barro procedía de la tierra regada con el sudor del santo labrador, y pasaba casi todo el día rezando entre aquellas ruinas.
El sueño dorado de toda la vida de Traga-santos había sido ir á Madrid, gustar en su propio manantial el agua brotada milagrosamente al golpe del regatón de Isidro, y orar en el templo erigido al Santo en los campos que éste regó con el sudor de su frente.
Era ya viejo, y temeroso de dejar este mundo sin realizar aquel piadoso sueño, determinó al fin emprender su peregrinación á Madrid, y así lo hizo, llegando á las orillas del Manzanares víspera de la fiesta del glorioso San Isidro. La emoción que sintió al divisar materialmente los campos donde se realizó el poema, á la par sencillo, maravilloso y santo, de la vida de Isidro y su santa compañera María de la Cabeza, es para pensada, y no para referida.[{96-1}]
—¡Señor—decía para sí,—qué felices son los madrileños, que tienen la gloria de poder llamar compatriota suyo al bendito Isidro, y poco menos á la bendita María de la Cabeza! ¡Qué dicha la suya, pues pueden desde su propio hogar contemplar todos los días los campos donde vivieron en carne mortal los santos labradores! ¡Y con qué santo regocijo y piadoso recogimiento de espíritu discurrirán por aquellos campos, pondrán su planta donde Isidro y María pusieron la suya, y se inclinarán á cada paso á besar aquella tierra, que Isidro regó con su sudor y los ángeles santificaron con su presencia, bajando á ella para regir el arado del bendito labrador!
Pensando así, el tío Traga-santos esperó el alba del siguiente día, y así que el alba despuntó, se encaminó á los collados de San Isidro.
Antes de pasar el Manzanares, oyó hacia aquellos collados y la pradera interpuesta entre el río y ellos, confuso, interminable y atronador murmullo de la muchedumbre, y dijo, lleno de piadosa emoción:
—¡Ah, qué bien comprende el gran pueblo madrileño la incomparable dicha que goza de ser Madrid cuna de San Isidro, y sus campos teatro de los milagros del santo labrador! ¡He ahí á ese piadoso y gran pueblo orando en alta voz para glorificar al Santo y pedirle el remedio y el consuelo de los males de la patria!
El alma se le cayó á los pies al pobre Traga-santos[{97-1}] cuando, apenas pasó el Manzanares, se encontró con que aquel confuso y atronador murmullo de la muchedumbre congregada en torno del santuario y de la milagrosa fuente se componía, no de piadosos himnos y plegarias, sino de blasfemias, de obscenidades, de cantares profanos, y de gritos cuando menos locos é inspirados por la embriaguez. ¡Y su corazón se estremeció de espanto cuando supo que en aquellos benditos campos había que establecer todos los años, al llegar el día consagrado á glorificar al santo y sencillo labrador, que hasta cuidaba de las avecillas del cielo, un juzgado y un hospital para reprimir el crimen y proteger á sus víctimas![{97-2}]
Bebió el agua milagrosa, mezclándola con las lágrimas que arrancaban á sus ojos la piedad y el dolor, y penetró en el santuario, donde pasó orando y llorando la mayor parte de la mañana.
Cuando salió á recorrer aquellos campos, hollados por la planta del santo labrador, vió que el cielo se había nublado, y oyó decir á las gentes que se le iban á mojar las polainas al Santo.
Esta frase causó honda pena á Traga-santos, porque le pareció irrespetuosa, y más[{97-3}] proferida en el aniversario del tránsito del bienaventurado labrador al cielo, y mucho más en boca de los compatriotas de Isidro, y muchísimo más pronunciada en el suelo santificado con la planta y los milagros de tan gran santo.
De repente empezó á llover con violencia, pero cesó la lluvia á corto rato; y ¡cuál no sería el asombro[{97-4}] del sencillo creyente vecino de Animalejos cuando vió que una porción de mujeres, cuyos puestos de dulces, juguetes de niños, campanillas y santos de barro y todo género de baratijas había averiado la lluvia, se encaminaban irritadas hacia la ermita, recogiendo piedras del suelo y se ponían á apedrear á una imagen de San Isidro colocada sobre el pórtico de la ermita, llenando de improperios al Santo porque, según decían, le habían llenado de cuartos el cepillo y habían quemado en su altar no sé cuántas velas para que hiciera que no lloviese,[{98-1}] y el Santo era tan desagradecido, que había hecho precisamente todo lo contrario![{98-2}]
—¡Pero no ven ustedes qué judiada la de esa gente!—exclamó Traga-santos escandalizado, dirigiéndose á un grupo de lugareños de ambos sexos que estaban á su lado presenciando aquella sacrílega pedrea.
—Pues aguarde usted un poco—le contestó uno de los lugareños con asentimiento de los demás;—que en cuanto acaben de tirar piedras ésas, vamos á empezar nosotros.
—¿Por qué?—les preguntó Traga-santos sorprendido é indignado, tanto más, cuanto que entonces reparó que cada lugareño tenía una piedra en la mano.
—¿No ve usted qué claro se vuelve á poner el cielo? ¡Lo que es de esta hecha voló la lluvia![{98-3}] ¡Y nosotros, pedazos de burros, que hemos andado diez leguas y hemos gastado un dineral en misas y luces y limosna al Santo para que lloviera, pues tenemos el campo quemado!... ¡Al fin gato de Madrid había de ser él! La culpa tiene ¡voto á bríos! el que se fía...
Traga-santos, horrorizado, no quiso oir el resto de la frase, y se apresuró á volver á la ermita para pedir al Santo, con los ojos arrasados en lágrimas, que detuviese con su intercesión la mano de Dios, sin duda levantada ya para castigar terriblemente al pueblo español por aquellos sacrilegios.....
Y al día siguiente tomó el camino de su tierra, firmemente decidido á desagraviar al santo labrador reedificando la ermita de Animalejos y fomentando en ella el culto, que esperaba fuese allí más sincero y desinteresado que el que recibía San Isidro en Madrid, en el pueblo que al parecer en tan poco tenía el ser[{99-1}] patria de tan gran santo.
II
Traga-santos vendió hasta los clavos de su casa para realizar su propósito de reedificar la ermita de San Isidro; y como aquello no bastase, anduvo de pueblo en pueblo pidiendo limosna para tan santa obra, por cierto con mucho fruto, particularmente en Cabezudo y Barbaruelo.
Al fin tuvo el consuelo de ver restablecido en Animalejos el santuario del bendito labrador, más grande y más hermoso que el antiguo, á juzgar por los cimientos y las ruinas que del antiguo quedaban.
Hubiera sido gran dicha para Traga-santos poder colocar en él la antigua imagen; pero esta imagen había desaparecido, y fueron vanos todos los esfuerzos que hizo para dar con ella.
Traga-santos ideó un medio muy eficaz de reemplazarla ventajosamente. Escribió á Madrid á persona de toda su confianza, encargándole que le enviase un par de sacos de la mejor arcilla que hallase en los cerros de San Isidro, y así que recibió esta bendita tierra, se fué con ella á Valladolid é hizo que le modelase un buen escultor[{100-1}] una buena imagen de San Isidro, que bien cocida y pintada, llevó al señor Arzobispo y éste bendijo, concediendo muchas indulgencias á los que rezasen delante de ella.
Volvió Traga-santos á Animalejos con tan preciosa imagen, y una vez colocada en la ermita con gran solemnidad, se dedicó aquel piadoso y sencillo anciano á fomentar el culto y la devoción de San Isidro.
Su santo celo no fué inútil, porque antes de un año la ermita de Animalejos era uno de los santuarios más concurridos y venerados de toda Castilla la Vieja, á lo que contribuyeron los muchos beneficios que por intercesión de San Isidro y la del mismo Traga-santos habían obtenido de Dios en tan corto tiempo los devotos.
He dicho que la intercesión de Traga-santos había mediado también en la obtención de estos beneficios, y esto necesita explicarse.
Las gentes que conocían la santidad de Traga-santos y sabían lo mucho que[{100-2}] San Isidro le debía, eran de parecer que la mediación de Traga-santos era poderosísima y eficaz para obtener la del Santo para con Dios.
Así, pues, los que llegaban á la ermita para solicitar algún beneficio, lo primero que hacían era dirigirse á Traga-santos diciéndole:
—Tío Traga-santos, yo necesito esto, ó lo otro, ó lo de más allá. Interceda usted con el Santo para que á su vez interceda con Dios; que estoy seguro de que ni el Santo le niega á usted nada ni al Santo le niega nada Dios.[{100-3}]
Traga-santos, por más que protestase no ser lo santo que[{100-4}] se suponía, sino por el contrario, el mayor de los pecadores, accedía á aquel ruego, y rara era la vez que su intercesión no diese maravillosos frutos.
Lo que cada vez tenía más disgustado á Traga-santos, era el profundo egoísmo y hasta la falta de sentido común con que muchos acudían á la ermita, viendo que, por ejemplo, á un mismo tiempo pedía uno que lloviese á mares y otro que la sequía achicharrase los campos.....
Traga-santos confió estos disgustos é inconvenientes al señor Cura Párroco de Animalejos, que era hombre de mucho consejo, y le pidió el suyo para salir de los apuros en que los devotos le ponían á él, á San Isidro y á Dios mismo.
—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—ésas son cosas muy delicadas para hombres de tan poco entendimiento como nosotros. Lo único que haré será contarle á usted un cuento, y allá verá usted si le sirve de algo para resolver el problema que tanta guerra le da.
—Venga el cuento, señor Cura; que yo procuraré sacarle toda la miga que tenga.
—Pues, óigale usted. En un pueblo que llaman Adoracuernos, que es como debían llamar á Madrid, había corrida de toros, y uno de los toros era de muerte,[{101-1}] que debía darle un mozo del mismo pueblo muy aficionado al toreo. En el momento en que estaban lidiando el toro de muerte, un vecino, de muchos años y de mucho entendimiento, vió á la madre del torero arrodillada á los pies de un Santo Cristo muy milagroso que se veneraba en una calle del pueblo.
—¿Qué hace usted ahí?—preguntó á la arrodillada.
—Señor—contestó la buena mujer llorando,—¡qué quiere usted que haga sino rezar![{101-2}] ¡En este instante quizá luchan á muerte mi hijo y el toro, y naturalmente, rezo para que venza mi pobre hijo!
—Mujer, no llore usted, que al fin su hijo tiene sobre el toro una gran ventaja.
—¿Y qué ventaja es ésa, señor?
—La de que la madre del toro no sabe rezar.
Traga-santos era hombre que se confundía y embrollaba cuando para entender las cosas necesitaba cavilar un poco. Así fué que se hizo un ovillo cuando se puso á cavilar para entender lo que el señor Cura Párroco le había querido decir con aquel cuento.
Como siguiesen en aumento sus disgustos, hijos de su afán por complacer á todos los devotos, y lo contrapuesto de las peticiones de éstos, volvió á consultar al señor Cura á ver si le daba algún consejo más práctico y accesible á su comprensión que el encerrado en el cuento de lo ocurrido en Adoracuernos, y el señor Cura le dijo:
—Tío Traga-santos, voy á contarle á usted otro cuento, que de seguro le saca á usted de sus apuros si sabe aprovecharle. Un buen anciano que tenía un hijo labrador y otro tratante en granos, era muy devoto de Santa Ana por cuya intercesión había logrado de Dios muchos beneficios para sus dos hijos.
Un día que el cielo amenazaba lluvia, se le presentaron sucesivamente sus dos hijos, y le dijo el labrador:
—Padre, yo vengo á pedirle á usted un favor, y es que interceda con la gloriosa Santa Ana para que alcance de su Divino Nieto que llueva de firme, porque si no llueve, se me pierde la cosecha y me arruino.
—Está muy bien, hijo—le contestó el anciano.
El tratante en granos llegó poco después y le dijo:
—Padre, ya ve usted que el cielo amenaza lluvia, y si llueve, la cosecha va á ser este año bárbara, y yo me arruino con la baja del trigo, porque tengo empleado en él todo mi capital. Con que, padre, hágame usted el favor de pedir á la gloriosa Santa Ana que interceda con Dios para que no llueva.
El anciano reunió á sus dos hijos y exclamó, dirigiéndose á ellos:
—Hijos míos, uno de vosotros me pide que interceda con la gloriosa Santa para que llueva de firme, y el otro, que interceda con la misma gran Santa para que no llueva. ¿Cómo me he de componer para complaceros á ambos, si me pedís cosas enteramente opuestas?
El labrador y el tratante en granos insistieron cada cual en su petición, y por último, se fueron diciendo cada cual:
—Padre, arrégleselas[{103-1}] usted como pueda, pero es indispensable que pida usted á Santa Ana lo que le he dicho.
—¿Cómo creerá usted, tío Traga-santos, que salió del paso el anciano?
—Eso es, señor Cura, lo que yo le iba á preguntar á usted.
—Pues salió yendo á la iglesia, arrodillándose delante del altar de Santa Ana y diciendo á la Santa con mucha devoción:
El tío Traga-santos ya comprendió la filosofía de este otro cuentecillo, pero continuó en su vano empeño de complacer á todos los que le pedían que sirviese de medianero entre ellos y el Santo, porque no tenía cara para negar nada á nadie, y era aficionadísimo al ten-con-ten.
Cerca de Animalejos había dos pueblos que estaban siempre en guerra uno con otro, porque daba la pícara casualidad de que casi siempre eran sus intereses opuestos.
Estos dos pueblos eran Barbaruelo y Cabezudo. Los únicos molinos que había en aquella comarca estaban en jurisdicción de estos dos pueblos, que tenían en los molinos de concejo un gran recurso para levantar las cargas públicas. El río que pasaba por Barbaruelo era muy caudaloso, y el que pasaba por Cabezudo era todo lo contrario. Así sucedía que cuando la sequía era grande, Barbaruelo monopolizaba la molienda de toda, la comarca, porque Cabezudo ni aun á represadas podía moler un grano.
Después de un poco de sequía el cielo se turbó con aparato de lluvia, y contemplándole, decían los de Barbaruelo, muy inquietos:
—¿Si nos irán[{104-1}] á fastidiar las lluvias? Si vienen, nos doblan de medio á medio,[{104-2}] porque los de Cabezudo muelen ya á represas, y continuando la sequía, antes de una semana apandamos nosotros toda la molienda de veinte leguas en contorno.
Y al mismo tiempo decían los de Cabezudo, contemplando el cielo muy alegres:
—¿Qué va á[{105-1}] que las lluvias nos ponen las botas y jorobamos á los de Barbaruelo? Buena falta nos hacen,[{105-2}] porque ya hemos empezado con las pícaras represas, y los de Barbaruelo nos birlan ya la mitad de la molienda.
Barbaruelo y Cabezudo acordaron enviar cada cual una comisión á Animalejos para ver si por la intercesión del tío Traga-santos, á quien habían dado tanta limosna para reedificar la ermita, lograban de San Isidro que á su vez intercediese con Dios para que no cayera gota de agua y para que cayera á cántaros, y ambas comisiones se dirigieron casi simultáneamente á Animalejos.
Mientras esto pasaba en Barbaruelo y Cabezudo, los de Animalejos, que no sabían si alegrarse ó entristecerse contemplando el aparato de lluvia que presentaba el cielo, determinaron rogar al tío Traga-santos que solicitase, por la intercesión de San Isidro, que lloviera y no lloviera, ó lo que es lo mismo, que cayese sólo una rociada de agua, que era lo único que necesitaba el campo de Animalejos.
El tío Traga-santos fué oyendo á unos y á otros, y como no tenía cara para negar nada á nadie, y de unos y otros había recibido limosna para reedificar la ermita de San Isidro, fué diciendo á todos amén, imitando al devoto del cuento del señor Cura, pidiendo al Santo que hiciera lo que le diese la gana: creyó haber encontrado, en lo posible, aquel medio, que consistía en pedir á San Isidro que no lloviese tanto como querían los de Barbaruelo ni tan poco como querían los de Cabezudo y los de Animalejos.
Apenas el tío Traga-santos había hecho su oración al glorioso San Isidro, empezó á llover y no cesó la lluvia hasta bien entrada la noche,[{106-1}] en que cesó y se puso el cielo estrellado, con mucha alegría del tío Traga-santos, que dió las gracias al bendito labrador porque le había complacido á medida de su deseo.
III
Amaneció el día siguiente tan sereno y hermoso, que toda señal de nueva y próxima lluvia había desaparecido.
—¡Voto á bríos, que se ha portado el tío Traga-santos!—exclamaban los de Cabezudo.—¡Con la pícara lluvia de ayer ya han empezado á moler á más y mejor los de Barbaruelo, y con cuatro gotas que vuelvan á caer siguen moliendo todo el verano cuanto grano se les presente, y nosotros, que esperábamos ganar un dineral con toda la molienda de veinte leguas en contorno, nos vamos á fastidiar este verano!..... ¡Que vuelva, que vuelva por aquí á pedir limosna para su ermita! ¡Qué lástima de fuego en ella[{106-2}] y en el ingrato tío Traga-santos, que tal chasco nos ha dado! Porque, si ha llovido[{106-3}] ayer á mares, será porque al tío Traga-santos le untaron la mano los de Barbaruelo cuando estuvieron á verle para que pidiese á San Isidro esa condenada lluvia.
—¡Vaya un chasco que nos ha dado el tío Traga-santos!—decían los de Barbaruelo.—¡Con un canto en los hocicos nos podremos hoy dar porque[{106-4}] ayer no hubiese existido en el mundo semejante hombre, pues si ayer no cayeron más que cuatro gotas, de seguro se debe á manejos de ese tunante, pues el cielo estaba tan cargado, que prometía un diluvio! ¡De seguro, cuando fueron á verle los de Cabezudo le alargaron buenas amarillas para que pidiese que no lloviera, y el muy tunante pidió al Santo que lloviese sólo un poco para cubrir el expediente! ¡Antes de quince días, ni á represadas podemos moler, y este verano los de Cabezudo ganan el oro y el moro con la molienda, y á nosotros nos tiene que asar á contribuciones el Ayuntamiento para levantar las cargas del pueblo! ¡Vaya, que el tío Traga-santos está agradecido á las limosnas que le dimos para levantar la ermita! ¡Mala centella de Dios tumbe á su ermita y á él, que tan serrana partida nos ha jugado!
Y al mismo tiempo decían los de Animalejos:
—¡Como hay Dios, debemos estar agradecidos al tío Traga-santos por lo bien que se ha portado con nosotros![{107-1}] Más cuenta nos hubiera tenido que el tal Traga-santos no existiera, porque ayer, si al cielo se le hubiera dejado hacer lo que quisiera,[{107-2}] sólo hubiera caído un chaparroncillo, que era lo que la vega necesitaba, y con meterse el tío Traga-santos á pedir que llueva ó deje de llover,[{107-3}] llovió á jarros y todo el trigo se ha tumbado, y con tanta humedad la roña se le va á comer antes que cuaje el grano. Milagro será que antes de caer tanta agua en nuestros campos no cayeran algunas onzas de oro en manos del tío Traga-santos, porque los de Barbaruelo vinieron á verle, y de seguro no le dejaron con las manos peladas. ¡Cuidado que el tal Traga-santos agradece lo que Animalejos ha hecho para ayudarle á levantar la ermita! ¡Y luego habrá quien[{107-4}] se extrañe de que el mejor día se amotine Animalejos y pegue fuego á la ermita y al ermitaño!
Estas murmuraciones llegaron á oídos del tío Traga-santos, á quien causaron el mayor sentimiento, porque en lo humano no aspiraba el piadoso viejecito á mayor gloria que la de complacer á todos por medio del ten-con-ten y de ser de todos bienquisto.
Sabedor de que la marejada que se había levantado contra él en Cabezudo y en Barbaruelo, y hasta en el mismo Animalejos, lejos de cesar, cada vez era mayor, determinó dar un manifiesto á los tres pueblos, sincerándose de las acusaciones de que era objeto, y, en efecto, redactó uno concebido en los siguientes términos:[{108-1}]
«¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses! Con mucho dolor de mi corazón ha llegado á mi noticia que estáis quejosos de mí porque días pasados no llovió á gusto de todos. ¡Yo os aseguro que hice cuanto estaba de mi parte[{108-2}] para complacer á Cabezudo, que quería no cayese gota de agua; á Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y á Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que![{108-3}] Dios lo puede hacer todo, pero á veces lo hace tan indirectamente, que parece no hacer nada ó hacer todo lo contrario de lo que se le pide. Supongamos que Cabezudo le pide que no llueva una gota, y todo con la intención de que Barbaruelo no muela un grano, y en seguida empieza á llover tanto, que el agua se lleva los molinos de Barbaruelo. En este caso, ¿no habrá hecho Dios lo que Cabezudo le pedía, aunque parezca que ha hecho todo lo contrario? Y si Cabezudo empezó á decir picardías de Dios al ver que llovía á mares, ¿no ha hecho Cabezudo una barbaridad? ¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses, dad por bien hecho todo lo que hace Dios, pues es lo que os tiene cuenta, aunque os parezca lo contrario! De esta doctrina partí yo días pasados al pedir al glorioso San Isidro que intercediese con Dios en favor de Cabezudo, que quería no cayese gota; de Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y de Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que. El Santo escuchó mi ruego, y Dios escuchó el del Santo, porque se fundaban en el buen medio en que está la virtud, y así todos fuisteis complacidos hasta cierto punto: Cabezudo, consiguiendo que no lloviera tanto como Barbaruelo deseaba; Barbaruelo, consiguiendo que no lloviera tan poco como deseaba Cabezudo; y Animalejos, consiguiendo que no lloviera tanto ni tan poco como deseaban Cabezudo y Barbaruelo. Yo estoy satisfecho del favor que todos hemos alcanzado de Dios por la intercesión, del glorioso San Isidro y vosotros debéis también estarlo, amados cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses.»
Fijarse este manifiesto en los sitios públicos de Animalejos, Cabezudo y Barbaruelo, y amotinarse los tres pueblos contra el tío Traga-santos, todo fué uno, porque todos decían bramando de coraje:
—¡Ciertos son los toros! ¡El tío Traga-santos es un bribón de siete suelas, que no hace más que pastelear y meterlo todo á barato con capa de santidad y palabras de caramelo! ¡Hay que hacer con él una[{109-1}] que sea sonada para que no vuelva á venderse al oro de...
Este oro era para los de Barbaruelo el de Cabezudo, para los de Cabezudo el de Barbaruelo, y para los de Animalejos el de cualquiera de los dos pueblos vecinos.
El resultado de los manifiestos al público es contraproducente, ó cuando menos nulo, en estos dos principales casos: primero, cuando el manifestante no tiene razón ó el público no quiere que la tenga; y segundo, cuando el manifestante tiene malas explicaderas, ó el público tiene entendederas no mejores.
De esto último había un poco en el tío Traga-santos y en los de Cabezudo, Barbaruelo y Animalejos, y así se explica el que[{110-1}] el manifiesto del primero causase efecto contraproducente en los segundos.....
El tío Traga-santos, viendo que su manifiesto, lejos de hacer entrar en razón á aquellos á quienes se dirigía, los había irritado hasta el punto de que se temía de ellos alguna barbaridad, acudió al Párroco en demanda de consejo.
—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—no debe usted extrañar que su manifiesto del ten-con-ten no haya producido el efecto que usted se propuso, porque ni yo mismo he podido entender lo que usted quería decir en él.
—Mire usted, señor Cura, lo que yo quería decir era que es imposible que llueva á gusto de todos, y que lo más que yo pude hacer fué pedir á San Isidro que intercediese con Dios para que lloviese como más conviniese á todos.
—Pues oiga usted, tío Traga-santos, lo que pasó en Madrid entre D. Juan Nicasio Gallego, que era un gran maestro en materia de poesía, y D. Mariano Luis de Larra,[{110-2}] que todavía era aprendiz. Larra compuso unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son.
—Marianito—dijo el maestro,—no entiendo lo que usted ha querido decir aquí.
—Señor D. Juan—contestó el aprendiz,—lo que yo he querido decir ahí es esto, y esto, y esto.
—Pero ¡canario!—exclamó D. Juan;—Marianito, ¿por qué no lo ha dicho usted, hombre?
—Entiendo muy bien, señor Cura, lo que usted quiere darme á entender con ese cuento, ó lo que sea; pero como ya á lo hecho pecho, quisiera saber si le parece á usted bien que fíe sólo mi justificación y defensa á la misericordia de Dios, procurando alcanzarla por la intercesión del glorioso San Isidro.
—Me parece muy bien eso, y celebraré muchísimo que así se salve usted del enojo que ha causado la torpeza de su manifiesto; pero mire usted, tío Traga-santos, yo debo hablarle á usted con franqueza: si yo fuera santo, echaba[{111-1}] muy enhoramala á los que sin necesidad se meten á escribir y no aciertan á decir lo que piensan. Cuando se escribe para el público no basta querer decir las cosas, sino que es necesario decirlas, y decirlas bien, y el que no sirva para eso, que reserve toda su literatura, de[{111-2}] soltero para escribir á la novia, y de casado para apuntar la ropa que lleva la lavandera.[{111-3}]
El tío Traga-santos se subió á su ermita y se puso á orar al Santo, incurriendo en la tontería de no pedirle misericordia por lo malo del manifiesto, porque suponía que habiendo sido el Santo un sencillo y rústico labrador, no entendía de esas cosas. Ni siquiera se atrevía ya á pedirle que intercediese con Dios para que le concediese esto ó lo otro ó lo de más allá,[{111-4}] sino que se limitaba á pedirle que intercediese para que Dios le concediera lo que fuese más justo, como que el tío Traga-santos decía, y decía muy bien:
—No lo echemos á perder otra vez pidiendo cosas injustas. Claro está que á mí me convendría que instantáneamente trocasen esos barbarotes en amor y agradecimiento la tirria y la ingratitud que me tienen, pero quizá cometa un pecado muy gordo empeñándome en dar gusto á todos en vez de darle sólo al que lo mereciese; y pedir que Dios me exima de la expiación de ese pecado, es pedir gollerías. No, no, señor; la que debo pedir á Dios es que haga conmigo lo que sea más justo.
Hallándose el tío Traga-santos en esta santa ocupación, asomaron por los caminos de Cabezudo y Barbaruelo numerosas turbas de masas populares que se dirigían hacia Animalejos al furibundo grito de: «¡Muera el tío Traga-santos!», grito que no tardó en encontrar eco en Animalejos mismo, cuya plebe empezó á agitarse furiosa, formando cuerpo con la forastera: toda aquella muchedumbre se encaminó, rugiendo de furor, al cerrillo de San Isidro.
El tío Traga-santos cerró por dentro la puerta de la ermita, reforzándola con los bancos y oyendo á la irritada muchedumbre gritar: «¡Cerquemos la ermita de paja y leña y peguémosle fuego, para que muera achicharrado en ella ese hipócrita y pastelero tío Traga-santos!»; el pobre tío Traga-santos cogió la preciosa imagen de San Isidro, y saltando por la ventana de la trasera con felicidad tan milagrosa, que nadie le vió, ni se hicieron él ni el Santo el menor daño, logró salir á la vega á la luz del fuego que devoraba el hermoso edificio levantado por él sobre un montón de gloriosas ruinas, á costa de tanto amor y trabajo, y tomó el camino de la inmigración al compás de las maldiciones é improperios del vulgo, cuyo amor había creído alcanzar con el ten-con-ten, ó lo que es lo mismo, procurando complacer á todos, sin ocurrírsele que sólo se debe complacer al que lo merece.
VINO Y FRAILES
Por Don Narciso Campillo[{114-1}]
I
¿En dónde pasa la acción de esta verídica historia? En cualquier sitio delicioso de cualquiera provincia de España. En todas ellas hubo docenas de docenas de conventos, cuyos piadosos moradores atravesaban este valle de lágrimas sostenidos por su fe y por los copiosos tragos y valientes tajadas con que procuraban conservarse robustos para entrar con pie firme en la mansión de los bienaventurados. Así es que en los solemnes días de procesiones y oficios religiosos, cuando los frailes salían juntos en comunidad y cruzaban grave y lentamente [{114-2}] plazas y calles precedidos de estandartes, cantores y músicas, admirábase[{114-3}] la gente devota de verlos tan lucios, gordos y colorados, á pesar de los ayunos, maceraciones y cilicios que debían de sufrir, atribuyendo sus esféricas panzas, bermejos rostros y anchos cogotes á la influencia y acción de la divina gracia, tranquilidad de conciencia y justo galardón de evangélicas virtudes.
No seré yo, pecador, quien lo niegue; aunque sospecho que la regalona vida y suculenta mesa tendrían en ello no pequeña parte; que el jamón y el vino crían carne y sangre con más eficacia que todas las antífonas, jubileos y responsorios. Á lo menos, tal es la común opinión de fisiólogos y médicos; pero no entraré yo á sustentarla para que no me roan los huesos tachándome de incrédulo y materialista y tal vez de otras cosas peores. He reparado que según disminuye la fe, aumenta el número de los que dicen que la tienen; y ya no hay podrido que no finja escrúpulos de doncella, ni deje de establecer cátedra de religión y moral, censurándolo todo y admirándose de todo como si hubiese caído de las celestes regiones y temiera manchar la túnica de su inocencia al contacto de este mundo pecador y terrestre. De semejante cuadrilla conozco muchos cómicos. Dios los aplaste y luego los perdone,[{115-1}] y vamos á mi cuento.
Era cosa extraña que hallándose el monasterio de Nuestra Señora del Valle en uno de los lugares más sanos, ventilados y hermosos de toda España, siempre hubiese en él un crecido número de enfermos. Singularmente al llegar la primavera menudeaban las dolencias de carácter inflamatorio, y cada apoplegía que estallaba era un súbito escopetazo que se llevaba un fraile al sepulcro, sin darle cinco minutos para rezar un Padre Nuestro. El médico, persona entendida y de conciencia, y que, hubiese[{115-2}] poco ó mucho trabajo, cobraba por años á cuota fija, calentábase la mollera discurriendo sobre la causa de tales enfermedades. ¿Estaba en la atmósfera? Nada tan puro como los aires de aquel convento, situado en el campo á legua y media del más cercano pueblo, en un cerro ventilado y alegre y en medio de frondosas arboledas. ¿Consistiría en las aguas? ¡Pero si las aguas bajaban de la próxima sierra, delgadas, copiosas y tan cristalinas que ni con la imaginación podían suponerse mejores! ¿Los alimentos? Algún abuso habría en la cantidad; mas en la calidad eran dignos de servirse en mesas de reyes. ¿La estrechez de la regla, las penitencias, los ásperos cilicios? El médico sabía muy bien que no había tales carneros; y aunque los hubiera, semejantes austeridades enflaquecen y momifican el cuerpo, siendo más propias para dejarlo cacoquimio y exangüe, que para sobrecargarlo de carnazas y acres y gruesos humores. Ningún cenobita de los antiguos tiempos tuvo jamás barriga prominente ni mofletes rubicundos, aunque al retirarse de la sociedad para vivir angélicamente en el desierto, estuviese reventando de puro gordo. Los rábanos, berengenas, lechugas y otros manjares por el mismo órden con que se alimentaban los penitentes solitarios, eran poco adecuados para criar mantecas; y aunque algunos tenían un cuervo ú otro caritativo pajarraco que diariamente les llevaba un pan, tampoco medraban mucho, pues el pan seco, más que otra cosa, es mortificación y abstinencia.
Pero los frailes del Valle bebían vino, y añejo, y puro, y potencioso, y capaz de resucitar á un difunto con sólo arrimarle á la nariz una copita. ¡Ah! ¡el vino, el vino! Ahí estaba la cola del lagarto y el punto de la dificultad. El galeno dábase palmadas en la ancha frente, indignado contra sí mismo por su torpeza. ¿Cómo no lo había conocido antes? ¿De qué otra cosa podía provenir aquella tendencia inflamatoria y pletórica tan común entre los monjes? No le quedaba duda: del vino. Además de ser generoso y añejo, lo bebían á todo pasto, en anchos y profundos tazones, á gaznate abierto y codo levantado, sin regla ni medida. Padre había[{116-1}] en la comunidad que no recordaba ya el sabor del agua; pero que sabía en cambio de memoria las vigas del refectorio con todas sus cabeceras, entalles y labores.....
El médico, hombre de conciencia y amigo de la verdad, creyó cumplir un deber dando cuenta de sus observaciones al Prior del convento, que tal vez y sin tal vez era en la casa el menos devoto de Baco, hasta el punto de que solía bautizar su vino, con grave escándalo de la comunidad, partidaria del vino moro y aborrecedora de las mezclas. El Superior no dijo palabra á nadie, limitándose á poner en su vino más agua todavía para ver si lograba conseguir algún fruto con la muda elocuencia del ejemplo. Pero aunque se hubiese bebido el estanque de la casa, que no era flojo, como destinado á criar hermosas truchas, no por eso habría fundado escuela ni aun sacado el menor discípulo. El vino seguía bajando á raudales por aquellas gargantas, y la enfermería cobrando su acostumbrado tributo.
Entre tanto acercábase la fiesta de nuestro señor San Juan, en cuyo día[{117-1}] la comunidad acostumbraba celebrar capítulo donde los padres graves discutían todo lo relativo al orden y acertado gobierno del convento, así en la esfera espiritual como en la temporal y económica. Ciertamente no eran tales asambleas en muchas ocasiones lo pacíficas que es de suponer entre clérigos regulares, y las crónicas de los institutos religiosos y la tradición de personas ancianas conservan la memoria de algunas de estas reuniones que terminaron trágicamente como el famoso Rosario de la Aurora. Los frailes son hombres, y es muy cándido el creer que al encajarse los hábitos y entrar en la clausura dejan á la puerta su carácter, instintos y pasiones, transformándose de repente en ángeles ó cosa parecida. Así, pues, y por el fundado temor de armar un tiberio, moderábanse los más vehementes, exponiendo con templanza sus opiniones; y aun los rectores, abades, priores ó provinciales se tentaban la ropa y lo meditaban despacio antes de proponer cualquiera reforma, por leve que fuera, ó de soltar alguna especie capaz de ser interpretada en mal sentido por los hermanos; y hacían bien, que no siempre está la Magdalena para tafetanes.
No es de extrañar, por tanto, que llegado el día del capítulo fuese manifestando el P. Prior todos los puntos que habían de tratarse, dejando deliberadamente para lo último la reforma vinífera que pensaba plantear pro salutem etiamque mores, quiero decir, en beneficio de la salud y aun de la moral de los asociados. Pero como las cosas llegan alguna vez por mucho que se retarden, llegó también el momento de manifestarla, y no le faltó, ciertamente, la destreza más exquisita al hacerlo.
Después de una introducción ó exordio elogiando el tino y la prudencia con que había resuelto el capítulo cuestiones delicadas, celebró que todos los ánimos estuviesen unidos para cuanto fuese provechoso espiritual ó temporalmente á la orden, comparándola á una gran madre cuyo mejor adorno y corona son los buenos y virtuosos hijos. Añadió con humildad que se creía inferior en doctrina y merecimientos á otros muchos insignes varones allí presentes, y que por su parte procuraba suplir la falta de otras excelencias y altas dotes á fuerza de entusiasmo y celo por la comunidad que, aunque indigno, tenía la honra de dirigir, etc., etc.
Mientras iba ensartando estas cosas con voz insinuante y melíflua, le oía el capítulo como quien oye llover desde lugar cubierto; unos parecían mirar con grande atención las pinturas de los muros y bóveda, medio dormidos otros cabeceaban haciendo reverencias, y muchos con las manazas cruzadas sobre la barriga y hartos ya de plática, decían para su sayo: «¿cuándo se acabará esto y tocarán á refectorio?» Pero el discurso no llevaba trazas de concluirse tan pronto; antes, al contrario, de unas reflexiones nacían otras; como las aguas vivas de manantial abundante, las palabras con rapidez asombrosa brotaban de los labios del orador, que siempre había sido hombre de gran facundia, y en aquella ocasión lo era más todavía, de suerte que el aburrido auditorio tenía casi agotada la paciencia, y sólo por ciertos respetos no daba mayores señales de su disgusto.
—¡Vamos, predicar á frailes! ¡Ni al que asó la manteca se le ocurre cosa igual!
—¿De dónde habrá sacado el P. Prior tanta letra menuda? ¿Se estará ensayando ahora para algún sermón de empeño?
—Este hombre es muy capaz de estarse hablando seis horas sin escupir siquiera. Y luego en el refectorio nos servirán todas las cosas apelmazadas ó frías, ó pasadas de punto, ó... Esto es deplorable.
Tales pensamientos y otros de la misma estofa dominaban en el seráfico auditorio. Conociéndolo el orador, hubiera hecho alto y puesto punto final á su elocuencia; mas no tuvo tanta oportunidad, y siguió adelante. Por fin, entró de lleno en el asunto: descritas la posición escogida y condiciones higiénicas del convento, la vida ordenada y sana alimentación de los religiosos, no pudo menos de manifestar su extrañeza ante el excesivo número de ingresos en la enfermería, y especialmente porque todos ó casi todos los padecimientos fuesen de la misma índole y carácter inflamatorio, no pocas veces de terminación funesta. Que siendo para él, añadió, caso de conciencia el atajar mal tamaño, lo había consultado con personas de reconocido saber y consejo; de cuya consulta resultaba causante de aquellas dolencias inflamatorias y congestiones apopléticas el vino[{120-1}] puro y añejo y potencioso que sin tasa alguna los monjes bebían. Que, por tanto, era indispensable reducirlo en cuanto á la cantidad, y aguarlo en cuanto á la calidad, no dudando de que así lo harían todos los padres como varones prudentes y virtuosos que eran.
Al llegar aquí no hubo ya dormilones, indiferentes ni medio dormidos; antes, cada cual abría los ojos como una liebre, fijándolos en el orador con cierta expresión de asombro y de lástima propia de quien contempla á un hombre que repentinamente acaba de perder el juicio. ¡Mermar el vino! ¡Aguarlo! ¿Habría nadie[{120-2}] escuchado atrocidad semejante? Violentos murmullos interrumpieron el discurso, que no pudo reanudarse: los frailes dejaron sus asientos y se arremolinaron por grupos, voceando y gesticulando sin hacer más caso del Superior que de la carabina de Ambrosio; los de un corrillo pasaban á otro, como consultándose mutuamente; la confusión y el tumulto crecían por instantes; el Superior, turbado ante aquella especie de motín, no sabía qué hacerse; hasta que, por último, dominando toda la gresca y baraúnda, se oyeron las voces de «¡Silencio! ¡Callad! ¡Que hable el P. Procopio! ¡Silencio!»
Era el tal P. Procopio un desaforado jayán, cetrino y barbudo, más adecuado para llevar una casa sobre la espalda ó tirar de una carreta, que para gozar en contemplaciones místicas y éxtasis divinos. Su entendimiento era el de un toro de ocho años y su fuerza también, sobre todo cuando se ponía ó lo ponían colérico; por cuya razón era muy respetado y temido, y ninguno quería contradecirle aunque dijese una barbaridad, y solía decirlas de monumental calibre. Este P. Procopio asumió el parecer de la comunidad, y restablecido el silencio clamó con voz tonante:
—Padre Prior, puro y sin tasa, y caiga el que caiga.[{121-1}]
II
Indudablemente fué el P. Procopio eco fidelísimo de la opinión general. Mientras el Prior con su larga y pulida perorata sólo consiguió fastidiar al auditorio, él con cuatro palabras resolvió la cuestión, y á poco más se ve[{121-2}] paseado triunfalmente en hombros por todo el convento. Excusado parece añadir que siguió la cosa como antes; el vino añejo se repartía con profusión para sumirse por los cien abismos de aquellas insaciables gargantas; las inflamaciones y apoplegías continuaban, y jamás se desocupaba la enfermería. Precisamente una de las primeras víctimas de su intemperancia fué el mismísimo P. Procopio, que á las pocas semanas del famoso capítulo mencionado reventó como una bomba..... Quien no conozca á los frailes, quizá imagine que este trágico ejemplo pudo introducir en ellos alguna enmienda; sin embargo, en honor de la verdad debo decir que no la hubo. Cuando una columna de ataque se propone tomar un fuerte por asalto, avanza con paso ligero despreciando la metralla que barre hileras de hombres; si unos caen hechos pedazos, otros y otros llegan y pasan sobre los cadáveres y la sangre, y saltan fosos, y escalan empalizadas y reductos hasta clavar su bandera en lo más alto de la fortaleza enemiga. Pues los frailes son una milicia también, y no menos tenaz que la del ejército. Obligado á escoger entre ambas, me quedaría sin las dos, aunque la primera me parece más temible; y cuando así lo digo, estudiado lo tengo. Pero vayan las digresiones á un lado, y siga adelante la historia.
El débil P. Prior de Nuestra Señora del Valle, que no se atrevió á cortar con mano firme el inveterado abuso de que fue campeón el P. Procopio, resignó su cargo á causa de sus muchos años, y se retiró á pasar tranquilo en otro convento los que le quedasen de vida. Claro está que alguien había de sustituirle para que la comunidad no quedase convertida en un cuerpo acéfalo y disparatado. Pero este alguien, este nuevo Prior, no era un anciano irresoluto y fatigado por la edad, ni menos un blandengue, ni tampoco un devoto contemplativo y extático, siempre con la imaginación en las esferas celestiales. Al contrario, era hombre joven todavía, pues apenas andaba en los cuarenta; poco erudito y muy despejado, de imperiosa y breve palabra, y sobradamente capaz de sujetar y meter en cintura á un convento de frailes y también á una horda de piratas. Decíase de él por lo bajo que en su borrascosa mocedad había sido contrabandista y que yendo y viniendo de Ronda á Gibraltar y de Gibraltar á Ronda con su potro corredor y su trabuco naranjero, había llenado aquella ancha zona de su alto nombre y sus épicas hazañas. Decíase además que no conocía los PP. de la Iglesia, dogmáticos ni apologistas; que estaba ayuno de Biblia Sacra y expositores, y que sólo sabía un poco de moral y el suficiente latín para leer el oficio de la misa y las horas canónicas. No le calumniaban en esto último: el nuevo Prior no era docto letrado, ni mucho menos; pero en cuanto á lo de contrabandista, no estaba del todo averiguado que lo hubiera sido, aunque dándolo como cierto y seguro, tampoco sería maravilla; que en las vueltas y mudanzas del mundo ladrones han llegado á santos, y hombres virtuosos acabaron en ladrones. Hasta el fin de la comedia no se sabe el desenlace.
Vino, pues, el Prior nuevo precedido de esta fama: anduviéronse los frailes con gran pulso para no deslizarse en la menor cosa, y el convento por lo tranquilo parecía una balsa de aceite. Una balsa de aceite en la superficie, que por el fondo rugía la borrasca. Sin hacerlo punto discutible ni decir palabra á fraile alguno, había dispuesto el nuevo Prior que se sirviera en la mesa del refectorio el vino aguado, y en tal extremo como para refrescar el estómago en vez de acalorarlo. El despensero guardaba cuidadosamente las llaves de la bodega, y por nada del mundo hubiera faltado á la consigna. Verdad es que la salud de la comunidad había mejorado y eran pocas las camas ocupadas en la enfermería; pero en tan grande ventaja no paraban mientes los frailes, sino que andaban resentidos y furiosos contra el nuevo jefe. ¡Aguarles el vino! ¡Meterse á reformador sin consultar con nadie! Y encima de esto y por contera y remate, ¡no tener palabra ni ojos sino para el mando y para lanzar miradas que dejaban al más osado hecho una estatua de piedra! Vamos, esto era fenomenal é intolerable.
Para tomar el pulso al tonsurado ex-contrabandista y probarle la paciencia, eligieron y diputaron los frailes al más atrevido, quien de propósito cometió una falta leve, y reprendido por ella contestó al P. Prior una tontería. Pero se arrepintió bien pronto de su ligereza, cuando sintió sobre sí una mirada fulminante y oyó una voz severa diciéndole:
—Hermano, durante un mes tendrá su celda por encierro y ayunará á pan y agua. Desde hoy comienzan la reclusión y el ayuno. Váyase en paz.
Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna excusa, añadió el P. Prior:
—Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.
Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua, el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.
Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar, que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el gobierno de Nuestra Señora del Valle.
La cuestión vinífera continuaba en el mismo lamentable estado. Aquellas anchas y profundas tazas del refectorio, marcadas piadosamente con las iniciales de la sacra familia, J. M. J., ya no encerraban generoso vino, consolador de penas y fatigas, sino una especie de aguachirle semejante al de los barreños que en las tabernas sirven para fregar los vasos. Escondidamente, pues no podía ser de otro modo, murmuraban de ello los frailes atribuyéndolo á tacañería más bien que á higiene, y trataban de elegir unos cuantos que en comisión representativa y á nombre de todos, manifestase el descontento de la comunidad al mismo P. Prior, suplicándole volviesen las cosas al antiguo ser y estado. Mas aunque aplaudían la idea de la manifestación, no encontrando otra mejor para el fin propuesto, ninguno quería echar el cascabel al gato; esto es, ninguno quería llevar la palabra ante el P. Prior, cuyas malas pulgas tenían presentes. Por último, acordáronse de un virtuoso anciano, muy querido de todos por su carácter angelical, y respetado de sus mismos superiores por ser el más antiguo y el más docto de los monjes, crónica viva y archivo ambulante de la historia, usos y tradiciones de la casa. Llamábase este bondadoso varón el P. Cándido; mas no lo era en tal punto que desconociese lo arduo y enojoso del encargo[{125-1}] que le daban. Por lo cual, exigió al aceptarlo, que habían de acompañarle á la celda prioral los seis individuos de la comisión: él llevaría la palabra, y los otros, si era necesario, apoyarían cuanto dijese. Convenido así, fijaron la entrevista para aquella misma tarde á la hora en que el P. Prior volviese de su acostumbrado paseo. No anduvieron desacertados en elegir tal oportunidad: ciertamente nunca el ánimo del hombre se halla tan propicio á conceder cualquiera favor, como después de haber comido bien y paseado por un campo delicioso, gozando y admirando á la puesta del sol las hermosas y melancólicas perspectivas de la naturaleza.
Aquel día, como los demás, salió el P. Prior á dar su vespertino paseo. Iba solo y pensativo, lo cual no extrañó á ninguno de los que le vieron salir, por la sencilla razón de que siempre iba lo mismo. Engolfado en sus cavilaciones, andaba ligero unas veces y otras se detenía de pronto, haciendo rayas y figuras en la tierra ó círculos en el aire, como mágico antiguo, con un palitroque ó báculo que en la mano llevaba. Así distraído se alejó algo más de lo acostumbrado, y al levantar los ojos vió cerca de sí un muchachuelo tendido sobre la hierba, cuidando de un escaso rebaño de cabras, y muy entretenido en tallar con la navajilla algunas labores en un palo. Por desechar fatigosos pensamientos, ó porque la cara viva y picaresca del muchacho le agradase, el P. Prior quiso darle conversación y se entabló el diálogo de esta manera:
—Hola, muchacho, ¿guardas cabras?
—No, señor, que son bueyes.
—¡Cómo bueyes! Si son cabras, y las estoy viendo.
—Pues, lo que su merced ve ¿para qué lo pregunta?
Mordióse los labios el fraile, y al cabo de un momento dijo al pastorcillo:
—Pareces muy despierto, y tal vez pudiera yo hacer algo por ti. ¿Cómo te llamas?
—¡Otra! ¿Pues, no pregunta cómo me llamo?... De ninguna manera. Los que me llaman son los que me necesitan.
—Tienes razón, niño, tienes razón. Y ese angosto sendero que penetra en el bosque ¿adónde va?
—Á ninguna parte, Padre, que se está muy quietecito. Los que andan por él son los que van y vienen. Ya tiene su merced bastante edad para saberlo.
—Oye, ¿qué debe hacerse con los pilluelos desvergonzados?
—Meterlos á frailes.
Aquí el Prior no fué dueño de contenerse, y con paso ligero se encaminó al muchacho, resuelto á plantarlo de un puntapié en la copa de un pino. Sólo que el pastorcillo era mucho más ágil, y cuando el fraile llegó adonde él estaba, ya en pocos brincos había puesto por medio cuarenta pasos y había desliado la honda de la cintura, y sin saber jota de la historia sagrada preparábase á repetir el lance de David contra el gigantazo de Goliat. Sobradamente lo conoció el religioso, y conoció también que no podría echar la uña á semejante diablejo, que impávido y ojo alerta le esperaba con la piedra calzada en la honda; por lo que descompuesto y colérico, gritóle en son de despedida.
—Adiós, hijo de un ladrón.
—Vaya su merced con Dios, Padre, respondió el angelito.
Excusado me parece ponderar el efecto que en un hombre de carácter enérgico y además acostumbrado al mando harían las insolencias de aquel rapazuelo montaraz y deslenguado. Alguna cosa hubiera dado por echarle encima los diez mandamientos; en cuyo caso, aunque luego se hubiese arrepentido, por el pronto lo estruja[{128-1}] como una breva. Afortunadamente para entrambos cuidó muy bien el muchacho de no ponerse á tiro, y silbando á su ganado, desapareció por el bosque.
—¡En mi vida me ha sucedido otra![{128-2}] murmuraba el Padre Prior, volviéndose á su convento. Ese tuno debe tener metida en su cuerpecillo toda entera una legión de diablos. Yo se los iría sacando con una vara de acebuche si lo pillara entre cuatro paredes, por muy agarrados que estuvieran.[{128-3}] ¡Atreverse conmigo, con un religioso! Pero... lo cierto es que á su edad hubiera yo apedreado al Preste Juan de las Indias. El mundo siempre es igual, porque... voto á...
Y lo soltó redondo con todas sus letras. Gracias á que por allí no había ningún par de orejas que pudiese oirlo, y así se excusó el escándalo. Entretenido con su monólogo acababa de tropezar en firme contra una piedra, y como llevaba el pie desnudo en flexible sandalia, se lastimó no poco los dedos y aun creyó ver estrellas por el aire, sin que hubiese anochecido todavía. Los soliloquios distraen y tienen estas contras. Cojeando y con la vista en el suelo y cara de vinagre llegó al monasterio, atravesó el espacioso patio y subió la ancha escalera. No contestó á los hermanos que al pasar le saludaban, y se encerró en su celda de golpe y porrazo. Abrió un libro devoto y lo volvió á cerrar sin haber leído cuatro renglones: empezó una carta, y apenas hubo puesto delante de sí el papel y mojado la pluma en el ancho canjilón de loza que le servía de tintero, desistió de su idea y comenzó á recorrer la celda agitado y nervioso, como tigre enjaulado. Mala cara tenía entonces: más bien qué superior de una orden monástica, parecía un facineroso. Y no era que le hubiese puesto así la desfachatez y osadía del pilluelo, ni algún otro especial motivo; sino que estaba de malísimo humor, porque lo estaba: sabe Dios el depósito de bilis que tendría[{129-1}] en el cuerpo.
Entre tanto, la comisión representativa que había concertado hablarle aquella tarde sobre el asunto del vino, iba subiendo lentamente la magnífica escalera, deteniéndose á cada cuatro ó cinco peldaños para conferenciar sobre el modo de abordar la cuestión á fin de que tuviese mejor éxito, y se oían cosas por el estilo:
—Conviene pasarle la mano por el lomo, adularle y á cada tres palabras llamarle Reverencia. Más alcanza un sombrero saludando, que seis espadas amenazando.[{129-2}] ¿He dicho bien?
—Sí, sin duda; pero no tan calvo que se le vean los sesos.[{129-3}] Entre correr y parar, hay un término medio, que es andar. Si todo se vuelve lametones y cortesías, no nos hará caso y quizá, quizá nos mande noramala. Es menester alguna firmeza, que vea cierto carácter, ¿eh? Vamos, ¿cómo va usted á entrarle, P. Cándido?
—Descuide, hermano, que yo le diré lo que me parezca justo y adecuado á la ocasión. Pero nuevamente advierto á ustedes que hemos de entrar todos en la celda prioral, como representantes de la comunidad que ahora somos, y que habéis de aprobar y apoyar lo que yo diga; pues de otro modo parecería la queja cosa particular mía, cuando no lo es, y sí[{129-4}] de la corporación entera.
—Pues eso ¿qué duda tiene, P. Cándido? Nosotros entraremos acompañándole, y á todo lo que diga, diremos amén, y aun le apoyaremos con las reflexiones que se nos ocurran.
—Entonces no hay más que hablar: en marcha y manos á la obra.
Acabaron de subir la escalera, cruzaron una extensa galería y se detuvieron cuchicheando ante la puerta del Padre Prior. Éste oyó el murmullo y desde adentro preguntó con voz tonante:
—¿Quién anda ahí? ¿Qué se ofrece?
Al solo eco de aquella voz terrible intimidáronse los frailes, y dos de ellos con ligero paso emprendieron la retirada. Frunció las cejas el P. Cándido, y aunque le disgustó aquella torpe fuga, llamó con los nudillos á la puerta diciendo en tono dulce y reposado:
—Alabado y bendito sea[{130-1}]...
—Por siempre, contestaron de adentro, y la puerta se abrió toda con ímpetu. Entonces vió el Prior al Padre Cándido y á otros cuatro religiosos que detrás de él como que[{130-2}] procuraban ocultarse. Y añadió:
—¿Qué hay ahora, P. Cándido? ¿No le tengo dicho que haga y deshaga en la biblioteca lo que estime conveniente? ¿Ó es que se ha propuesto freirme la sangre á puras consultas? ¿Y qué nueva pejiguera traen esos acompañantes que parecen estatuas?
Aunque parecían estatuas, no lo eran; pues se escabulleron como el humo otros dos, y sólo quedó una pareja detrás del P. Cándido, que respondió:
—Padre Prior, no vengo por asuntos de la biblioteca.
—¿No? Pues entonces ¿qué se le ofrece? Huéleme á impertinencia, y le advierto que... Pero, vamos, ¿se puede saber lo que hay?
—Si su Reverencia no me deja hablar, no lo sabrá nunca, respondió el P. Cándido con firmeza. Vengo en comisión con estos hermanos á nombre de la comunidad, para decir á su Reverencia que ese vinillo que ahora se nos pone...
—¡Dos mil demonios carguen con usted,[{131-1}] P. Cándido! El vinillo, el vinillo... clamaba el Prior, acompañando sus palabras con un puñetazo sobre la mesa, que retumbó como un trueno y ahuyentó á los dos últimos frailes que habían permanecido á la puerta. Y avanzando como energúmeno hacia el quejoso, preguntaba con voz ronca y descompuesta:—Vamos, ¡el vino! ¿Qué tiene el vino?
Volvió la cara en esto el P. Cándido y se halló solo con el tremendo Prior. Sus compañeros le habían abandonado, como suele decirse, en las astas del toro. Aquí le faltó su entereza y sólo pudo responder tartamudeando:
—El vino, P. Prior... verdaderamente... no tiene nada... ¿qué ha de tener?... Nada... Mas... digamos que... conviene distinguir... El vino será bueno, es muy bueno... pero... mis compañeros... los frailes... son unos canallas.
EL CASTELLANO VIEJO
Por Don Mariano José de Larra[{132-1}]
Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga á aceptar á veces ciertos convites á que parecería el negarse[{132-2}] grosería, ó por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles á buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces á mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas, y moviendo maquinalmente los labios: algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que á mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba,[{132-3}] me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos é impasibles. En semejante situación de espíritu ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (á lo que por entonces entendí) á un grandísimo brazo, vino á descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?
No queriendo dar á entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero.[{133-1}] ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos á los ojos, y sujetándome por detrás,—¿Quién soy? gritaba, alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. ¿Quién soy?—Un animal, iba á responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales,—Braulio eres, le dije. Al oirme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos á entrambos en escena.—¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?—¿Quién pudiera sino tú...—¿Has venido ya de tu Vizcaya?—No, Braulio, no he venido.—Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¡Sabes que mañana son mis días?—Te los deseo muy felices.—Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan, y el vino vino;[{133-2}] por consiguiente exijo de ti que no vayas á dármelos; pero estás convidado.—¿Á qué?.—Á comer conmigo.—No es posible.—No hay remedio.—No puedo, insisto temblando.—¿No puedes?—Gracias.—¿Gracias? Vete á paseo;[{134-1}] amigo, como no soy el duque de F., ni el conde de P... ¿Quién se resiste á una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer vano?—No es eso, sino que...—Pues si no es eso, me interrumpe, te espero á las dos; en casa se come á la española;[{134-2}] temprano. Tengo mucha gente: tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo;[{134-3}] T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fué preciso ceder: un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa;[{134-4}] en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.—No faltarás si no quieres que riñamos.—No faltaré, dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger.—Pues hasta mañana; y me dió un torniscón por despedida. Vile[{134-5}] marchar, como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado,[{134-6}] y quédeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer á lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reune entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta;[{134-7}] que tiene una cintita atada al ojal y una crucecita á la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen á que tuviese una educación más escogida y modales más suaves é insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre á toda ó la mayor parte de nuestra clase media y á toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño: de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, á quien le sucede poco más ó menos lo que á una parienta mía, que se muere por las jorobas, sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrescencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato, que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. El se muere por plantarle una fresca al lucero del alba,[{135-1}] como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le espeta á uno cara á cara:[{135-2}] como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir cumplo y miento;[{135-3}] llama á la urbanidad hipocresía, y á la decencia monadas; á toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego; cree que toda la crianza está reducida á decir Dios guarde á ustedes al entrar en una sala, y añadir con permiso de usted cada vez que se mueve, á preguntar á cada uno por toda su familia, y á despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas, como de tener pacto con franceses.[{136-1}] En conclusión, hombre de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno ó algunos otros; que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su cabeza; y que cuando se hallan en sociedad, por desgracia, sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porqué en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.
Llegaron las dos, y como yo conocía ya á mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir á comer; estoy seguro de que se hubiera picado: no quise sin embargo excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas. Vestíme sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más cometidos que contar para ganar tiempo: era citado á las dos, y entré en la sala á las dos y media.
No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de su oficina, con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba á mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados.[{137-1}] Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita, que tan bien había de cantar y tocar, estaba ronca en tal disposición que se asombraba ella misma de que se le entendiese una sola palabra,[{137-2}] y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
—Supuesto que estamos los que hemos de comer,[{137-3}] exclamó Don Braulio, vamos á la mesa, querida mía.—Espera un momento, le contestó su esposa casi al oído; con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...—Bien, pero mira que son las cuatro...—Al instante comeremos.
Las cinco eran cuando nos sentábamos á la mesa.—Señores, dijo el Anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones, exijo la mayor franqueza: en mi casa no se usan cumplimientos. Ah! Fígaro,[{137-4}] quiero que estés con toda comodidad: eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.—¿Qué tengo de manchar? le respondí mordiéndome los labios.—No importa, te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.—No hay necesidad.—Oh! sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala: un poco ancha te vendrá.—Pero, Braulio....—No hay remedio; no te andes con etiquetas.
En esto me quita él mismo el frac, velis nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las gracias; al fin el hombre creía hacerme un obsequio.
Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos[{138-1}] todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas, que éramos, una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va á arrimar el hombro á la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar á cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven á látere, y entre[{138-2}] uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas á la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores á los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.
—Ustedes harán penitencia, señores, exclamó el Anfitrión una vez sentado; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys:—frase que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar á los amigos á hacer penitencia. Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de lo que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos á otros.—Sírvase usted.—Hágame usted el favor.—De ninguna manera.—No lo recibiré.—Páselo usted á la señora.—Está bien ahí.—Perdone usted.—Gracias.—Sin etiqueta, señores, exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara. Sucedió á la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato: cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura. Siguióle un plato de ternera mechada, que Dios maldiga,[{139-1}] y á éste otro y otros, y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad, y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.
—Este plato hay que disimularle, decía ésta de unos pichones; están un poco quemados.—Pero, mujer...—Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.—¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! se puso algo tarde.—¿No les parece á ustedes que está algo ahumado este estofado?—¿Qué quieres? una no puede estar en todo.—¡Oh, está excelente, exclamábamos todos dejándonoslo en el plato, excelente!—Este pescado está pasado.—Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar; ¡el criado es tan bruto!—¿De dónde se ha traído este vino?—En eso no tienes razón, porque es...—Es malísimo.
Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente á su mujer alguna negligencia, queriendo darnos á entender entrambos á dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan en finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender á servir. Pero estas negligencias se repetían tan á menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fué preciso al marido recurrir á los pellizcos y á los pisotones; y ya la señora, que á duras penas había podido hacerse superior hasta entonces á las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.—Señora, no se incomode usted por eso, le dijo el que á su lado tenía.—¡Ah! les aseguro á ustedes que no vuelvo á hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos á la fonda y no tendrás...—Usted, señora mía, hará lo que...—¡Braulio! ¡Braulio!
Una tormenta espantosa estaba á punto de estallar; empero todos los convidados á porfía probamos á aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar á entender la mayor delicadeza, para lo cual no fué poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo á la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llama él al estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales, que para obsequiarle le obligan á usted á comer y beber por fuerza y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
Á todo esto, el niño, que á mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas á un plato de magras con tomate, y una vino á parar á uno de mis ojos, que no volvió á ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, ó sea gallo, que esto nunca se supo: fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas.—Este capón no tiene coyunturas, exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fué general, y la alarma llegó á su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó á inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente á este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene á la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, á dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado, que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión.—¡Por San Pedro! exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa.—Pero sigamos, señores, no ha sido nada, añade volviendo en sí.
¡Oh honradas casas, donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí, las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir á los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; D. Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin ¡oh última de las desgracias! crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces piden versos y décimas, y no hay más poeta que Fígaro.—Es preciso.—Tiene V. que decir algo, claman todos.—Désele pie forzado; que diga una copla á cada uno.—Yo le daré el pie: Á don Braulio en este día.—Señores, ¡por Dios!—No hay remedio.—En mi vida he improvisado.—No se haga usted el chiquito.—Me marcharé.—Cerrar[{143-1}] la puerta.—No se sale de aquí sin decir algo.
Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno. Á Dios gracias logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos á mi alrededor.
—¡Santo Dios! yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días: líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que sólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas; en que se dicen versos; en que hay niños; en que hay gordos; en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos. Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roast-beef, desaparezca del mundo el beef-steak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Perigueux ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban en fin todos, menos yo, la deliciosa espuma del Champagne.
Concluida mi deprecación mental, corro á mi habitación á despojarme de mi camisa y mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo á olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.
EL BESO
Por Don Gustavo Adolfo Bécquer[{145-1}]
I
Cuando una parte del ejército francés se apoderó á principios de este siglo[{145-2}] de la histórica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro á que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad.
Después de ocupado el suntuoso alcázar[{145-3}] de Carlos V, echóse mano de la casa de Consejos; y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron á invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando á la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy á referir, cuando una noche, ya á hora bastante avanzada, envueltos en sus obscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol[{145-4}] á Zocodover,[{145-5}] con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.
Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como á distancia de unos treinta pasos de su gente hablando á media voz con otro, también militar á lo que podía colegirse por su traje. Éste, que caminaba á pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles obscuras, enmarañadas y revueltas.
—Con verdad, decía el jinete á su acompañante, que si el alojamiento que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi casi sería preferible arrancharnos en el campo ó en medio de una plaza.
—¿Y qué queréis, mi capitán? contestóle el guía que efectivamente era un sargento aposentador; en el alcázar no cabe ya un grano de trigo cuanto más[{146-1}] un hombre; de San Juan de los Reyes[{146-2}] no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. El convento á donde voy á conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres ó cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.
—En fin, exclamó el oficial después de un corto silencio y como resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba, más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será difícil según se agrupan las nubes, estaremos á cubierto y algo es algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar á una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados de crestas desiguales y obscuras.
—He aquí vuestro alojamiento, exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán, que después que hubo mandado hacer alto á la tropa, echó pie á tierra, tomó el farolillo de manos del guía, y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo á pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en el interior del templo.
Á la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local, mandó echar pie á tierra á su gente, y hombres y caballos revueltos, fué acomodándola como mejor pudo.
Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo con que le habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro, sin imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles de la obscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá á lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y á lo largo del crucero, se destacaban confusamente entre la obscuridad, semejantes á blancos é inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso edificio.
Á cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, ó menos acostumbrado á ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en aquel obscuro é imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metálico golpe de sus espuelas que resonaban sobre las antes losas sepulcrales[{148-1}] del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos á los pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso repetido de eco en eco en sus altas bóvedas.
Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado á su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón, á los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José[{148-2}] en su palacio de Madrid.
Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo, y poco á poco fué apagándose el murmullo de sus voces.
Á la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su capote, á lo largo del pórtico.
II
En la época á que se remonta la relación de esta historia, tan verídica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros, la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso é insufrible.
Los oficiales del ejército francés, que á juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de[{149-1}] artistas ó arqueólogos, no hay para qué decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Césares.[{149-2}]
En esta situación de ánimo la más insignificante novedad, que viniese á romper la monótona quietud de aquellos días eternos é iguales, era acogida con avidez entre los ociosos; así es que la promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete ó la llegada de una fuerza cualquiera á la ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente venía á sustituirle, sirviendo de base á nuevas quejas, críticas y suposiciones.
Como era de esperar, entre los oficiales que, según tenían de costumbre, acudieron al día siguiente á tomar el sol y á charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo á pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora hacía que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba á interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, á quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, había citado para el Zocodover, cuando en una de las boca-calles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de acero, que resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.
Apenas le vió su camarada, salió á su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron casi todos los que á la sazón se encontraban en el corrillo, en quienes habían despertado la curiosidad y la gana de conocerle los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter original y extraño.
Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos ó ausentes, rodando de uno en otro asunto la conversación, vino á parar al tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.
Al llegar á este punto, uno de los de la reunión que, por lo visto, tenía noticia del mal talante con que el joven oficial se había resignado á acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:
—Y á propósito de alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?
—Ha habido de todo, contestó el interpelado; pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto á una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.
—¡Una mujer! repitió su interlocutor como admirándose de la buena fortuna del recién venido; eso es lo que se llama llegar y besar el santo.[{151-1}]
—Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue á Toledo para hacerle más soportable el ostracismo, añadió otro de los del grupo.
—¡Oh! no, dijo entonces el capitán; nada menos que eso. Juro, á fe de quien soy, que no la conocía, y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.
—¡Contadla! ¡contadla! exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán; y como éste se dispusiera á hacerlo así, todos prestaron la mayor atención á sus palabras, mientras él comenzó la historia en estos términos:
—Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece[{152-1}] leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado é incorporarme sobre el codo un estruendo horrible, un estruendo tal, que me ensordeció un instante para dejarme después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase á la oreja.
Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable propósito de matar á disgustos á los necesitados de reposo.
Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, á coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino á herir mi imaginación y á ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. Á la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi una mujer arrodillada junto al altar.
Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada é incrédula; el capitán, sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:
—No podéis figuraros nada semejante á aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse á lo lejos, blancas y luminosas, sobre el obscuro fondo de las catedrales.
Su rostro ovalado en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y flotante, me traían á la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.
Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la obscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
—Pero... exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que, comenzando por echar á broma la historia, había concluido interesándose con su relato: ¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No la dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?
—No me determiné á hablarla, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme ni oirme.
—¿Era sorda?
—¿Era ciega?
—¿Era muda? exclamaron á un tiempo tres ó cuatro de los que escuchaban la relación.
—Lo era todo á la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa; porque era... de mármol.
Al oir el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:
—¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo á vuestra disposición, ya que, á lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.
—¡Oh! no... continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino que aun permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que la cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.
—De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.
—Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde anoche comienzo á comprender la pasión del escultor griego.
—Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en presentarnos á ella. De mí sé decir que ya no vivo[{154-1}] hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantres te pasa?... diríase que esquivas la presentación. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.
—Celoso, se apresuró á decir el capitán, celoso... de los hombres, no... mas ved, sin embargo, hasta donde llega mi extravagancia. Junto á la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero... su marido sin duda.... Pues bien... lo voy á decir todo, aunque os moféis de mi necedad... si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.
Una nueva y aun más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.
—Nada, nada; es preciso que la veamos, decían los unos.
—Sí, sí, es preciso saber si el objeto corresponde á tan alta pasión, añadían los otros.
—¿Cuándo nos reuniremos á echar un trago en la iglesia en que os alojáis? exclamaron los demás.
—Cuando mejor os parezca: esta misma noche si queréis, respondió el joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos.—Á propósito. Con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de Champagne, verdadero Champagne, restos de un regalo hecho á nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo pariente.
—¡Bravo! ¡bravo! exclamaron los oficiales á una voz, prorrumpiendo en alegres exclamaciones.
—¡Se beberá vino del país!
—¡Y cantaremos una canción de Ronsard!
—¡Y hablaremos de mujeres, á propósito de la dama del anfitrión!
—Conque... ¡hasta la noche!
III
Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el último toque de silencio de los clarines, cuando diez ó doce oficiales que poco á poco habían ido reuniéndose en el Zocodover, tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas botellas, que con el deseo de conocer la maravillosa escultura.
La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos, ó hacía girar con un chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.
Apenas los oficiales dieron vista á la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo amigo, éste, que les aguardaba impaciente, salió á encontrarles; y después de cambiar algunas palabras á media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las obscuras y espesísimas sombras.
—¡Por quien soy! exclamó uno de los convidados tendiendo á su alrededor la vista, que el local es de los menos á propósito del mundo para una fiesta.
—Efectivamente, dijo otro, nos traes á conocer á una dama, y apenas si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.
—Y sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la Siberia, añadió un tercero arrebujándose en el capote.
—Calma, señores, calma, interrumpió el anfitrión; calma, que á todo se proveerá. ¡Eh, muchacho! prosiguió dirigiéndose á uno de sus asistentes, busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.
El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó á descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña que fué apilando al pie de las gradas del presbiterio, tomó la linterna y se dispuso á hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores, entre los que se veían por aquí parte de una columnilla salomónica, por allá la imagen de un santo abad, el torso de una mujer, ó la disforme cabeza de un grifo asomado entre hojarasca.
Á los pocos minutos una gran claridad, que de improviso se derramó por todo el ámbito de la iglesia, anunció á los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín.
El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose á los convidados:
—Si gustáis, pasaremos al buffet.
Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron á la invitación con un cómico saludo, y se encaminaron á la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar á la escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:
—Tengo el placer de presentaros á la dama de mis pensamientos. Creo que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.
Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los labios.
En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.
—En verdad que es un ángel, exclamó uno de ellos.
—¡Lástima que sea de mármol! añadió otro.
—No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto á una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.
—¿Y no sabéis quién es ella? preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.
—Recordando un poco del latín que en mi niñez supe, he conseguido, á duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el interpelado; y á lo que he podido colegir, pertenece á un título de Castilla, famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que veis, se llama doña Elvira de Castañeda,[{158-1}] y por mi fe que si la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.
Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista al principal objeto de la reunión, procedieron á destapar algunas de las botellas y sentándose alrededor de la lumbre, empezó á andar el vino á la ronda.
Á medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso Champagne comenzaba á trastornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban á los monjes de granito adosados en los pilares los cascos de las botellas vacías, y aquéllos cantaban á toda voz canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso, ó disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.
El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los ojos de la estatua de doña Elvira.
Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y á través del confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba á veces en una mujer real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se alzaba su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.
Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole una copa, exclamaron en coro:
—¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!
El joven tomó la copa, y poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto á doña Elvira:
—¡Brindo por el emperador,[{160-1}] y brindo por la fortuna de sus armas, merced á las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla á cortejarle su mujer, en su misma tumba, á un vencedor de Ceriñola!
Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dió algunos pasos hacia el sepulcro.
—No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez... no creas que te tengo rencor alguno porque veo en ti un rival... al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serías bebedor á fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!
Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver cómo caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.
—¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba, cuidado con lo que hacéis... Mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á los húsares del 5.º[{161-1}] en el monasterio de Poblet.... Los guerreros del claustro dicen que pusieron[{161-2}] mano una noche á sus espadas de granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.
Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el capitán, sin hacer caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma idea:
—¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca?...
¡Oh!... ¡no!... yo no creo como vosotros que esas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.
—¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue.
El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con una exaltación creciente:
—¡Miradla!... ¡miradla!... ¿No veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes?... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz de color de rosa?... ¿Queréis más vida?... ¿Queréis más realidad?...
—¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos que fuese de carne y hueso.
—¡Carne y hueso!... ¡Miseria, podredumbre!... exclamó el capitán. Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de brisa del mar para mi frente calurosa, beber hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.
—¡Capitán! exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros... ¿qué locura vais á hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz á los muertos!
El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y como pudo llegó á la tumba, y aproximóse á la estatua; pero al tenderle los brazos, resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca y nariz había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro.
Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían á dar un paso para prestarle socorro.
En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes á los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra.
LA LEVA
Por Don José María de Pereda[{163-1}]
I
Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho de miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina por tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podido conocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmantelado balcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le componen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derecha vive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, con algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla, cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una elástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomables ya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el Tuerto. La mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan cerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón y chocolate, que no hay quien la resista.[{163-2}] Gasta saya de bayeta anaranjada, jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los chiquillos no tienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es el tizne con que primero se ensucian, así es la cara con que yo los veo. En cuanto á traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cueros vivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada hora cambia de poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo análogo, con las ropas de desperdicio del padre, con un refajo de la madre, ó con la manta de la cama.
El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños... viven de milagro.
En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentón, de complexión hercúlea, y un tanto encorvado por los años y las borrascas del mar. Usa un gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecino el Tuerto. Tiene las greñas, las patillas y las cejas canas. No sé de cierto cómo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y no he podido vérsela á mi gusto. Se llama de nombre tío Miguel; pero responde á todo el mundo por el mote de Tremontorio, corruptela de promontorio, mote que le dieron en su juventud por su gigantea corpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes y celliscas. Á la edad que cuenta, lleva hechas dos campañas de rey; es decir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces, á cuatro años cada una. La última campaña la hizo en la Ferrolana, y con esta fragata dió la vuelta al mundo, con el cual viaje acabó de conquistar el prestigio que le iban dando entre sus compañeros sus muchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazón... y sus férreos puños. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campañas y sus redes, que teje con mucho primor, nunca le quedó un cuarto de hora libre para buscar una compañera.
Por último, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporáneo del tío Miguel; y si no tan robustos como éste, los dos cónyuges están aún más desaliñados que él, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De este matrimonio nació el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padre aprendió á tirar del remo, á aparejar sereña, á ser, en fin, un buen pescador. El padre del Tuerto, tío Bolina llamado, porque siempre al andar se ladeó de la derecha, sigue, á pesar de sus años, bregando con la mar, como el tío Tremontorio; y no por afición á ella, como diría muy serio un poeta del riñón de Castilla ó de la Mancha,[{165-1}] acostumbrado á mandar las maniobras y á conjurar tormentas desde un escenario, ó en el estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y sólo pescan para vivir exponiendo la vida cien veces al año en el indómito mar de Cantabria, sobre una frágil lancha.
Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendido al verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni los personajes descritos han venido á traérmelos: ellos, solitos, se han colado por la puerta de mi balcón, de la manera más sencilla.
La aludida casa está separada de la en que escribo por la calle, que no es muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldan todas sus cuentas y ventilan los asuntos más graves, de balcón á balcón.
Por ejemplo:
Se acerca un día la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyen gritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillos que los reciben.
No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale á borbotones por el balconcillo, conductor único que para él hay en la casa.
La mujer del tío Bolina está clavando unas rabas de pulpo en la pared de su balcón, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, más desaliñada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con la crin suelta, en medio de una espesísima nube de humo, ¡aparición verdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, y con voz ronca y destemplada grita, mirando al piso segundo:
—¡Tía!...
Debo advertir que éste es el tratamiento que se da, entre la gente del pueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.
La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la voz de su nuera, contesta de muy mala gana:
—¿Qué se te pudre?[{166-1}]
—¿Tiene un grano de sal para freir unas bogas?
—No tengo sal.
—Salu[{166-2}] es lo que no había de tener usté,—refunfuña la mujer del Tuerto.
—Vergüenza es lo que á ti te falta,—gruñe, al oirlo, la vieja.—Y sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.
—Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.
—Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,[{166-3}] desalmada!
—Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito, ¡chismosona, más que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.
—Capaz serás de hacerlo ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.
—¿Que no quiero yo á mis hijos?... ¿Que no los quiero?—ruge la de la buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.—¿Quién será capaz de hacerlo bueno?
—Yo—replica con mucha calma la vieja;—yo que los he recogido muchas veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna... ¡borrachona!
—¡Impostora... bruja!—grita al oír estas palabras, descompuesta y febril, la mujer del Tuerto.—¿Yo borracha? ¿Cuántas veces me ha levantado usté del suelo, desolladora? Y aunque fuera verdá, á mi costa lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.
—Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo[{167-1}] pa ganar un peazo de pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle con tus hijos. Por eso los probes angelucos[{167-2}] no tienen cama en que dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner;[{167-3}] por eso no tienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí... Cómpralo, ¡viciosona!... Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.
—Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en mi casa me estaba. Él fué á buscarme.
—Nunca él hubiera ido... bien se lo dije yo: «¡Mira que ésa es callealtera, y no puede ser buena!»
—Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia, y se la pueden enseñar á todo el mundo... algo mejor que los de acá abajo... ¡flojones, más que flojones! que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los callealteros... Ésa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los Mártiles,[{168-1}] san Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.
—San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú; y si se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.
—Por falta de puños, pa que usté lo sepa.
—Grita, grita más alto; que te lo oiga el tu marido que por allá abajo asoma, y mira después onde te metes.
—Yo digo la verdá aunque sea delante del mi marido,—replica la de la buhardilla, mirando de reojo á una esquina de la calle y bajando la voz así que ve al Tuerto.
La vieja del segundo clava la última raba, y sin mirar hacia su nuera, vase retirando del balcón dejando fuera estas palabras:
—Anda, anda á prepararle la comida, ¡borrachona!
La aludida en ellas desaparece también, metiéndose furibunda por lo más espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina, después de haber despedido á su suegra con estos piropos:
—¡Bruja, brujona!... vaya á discurrir los cuentos que le ha de decir al mi marido... ¡chismosa, infamadora!
Antes de pasar más adelante, debe saber el lector que, desde tiempo inmemorial, existe entre los mareantes de la calle Alta y los de la del Mar, barrios diametralmente opuestos de Santander, una antipatía inextinguible.
Cada barrio forma cabildo aparte, y no han querido para los dos un mismo patrono. San Pedro lo es de la calle Alta, ó Cabildo de Arriba, y la calle del Mar, ó Cabildo de Abajo, está encomendado al amparo de los santos mártires Emeterio y Celedonio,[{168-2}] á cuyas gloriosas cabezas, de las que se cuenta que llegaron milagrosamente á este puerto en un barco de piedra, ha dedicado, construyéndola á sus expensas, una bonita capilla en el barrio de Miranda, dominando una gran extensión de mar.
Con estos datos no se extrañará ya que mis dos vecinas, después de apostrofarse recíprocamente, como lo hacen en la primera parte del diálogo transcrito, puedan hallar ofensivo á su dignidad el ser callealteras ó el dejar de serlo.
Y prosigamos.
Llega á su casa el Tuerto. (Y adviértase que el humo se va disipando, y no impide ya que yo vea la escena, con todos sus pormenores.) Quítase el sueste, ó sombrero embreado, de la cabeza; coloca sobre un arcón viejo el impermeable de lona que llevaba al hombro, y cuelga de un clavo un cesto cubierto con hule y lleno de aparejos de pescar. Su mujer desocupa en una tartera desportillada un potaje de berzas y alubias, mal cocido y peor sazonado; pónelo sobre el arcón, y junto á él un gran pedazo de pan de munición. El Tuerto, sin decir una sola palabra, después que sus hijos han rodeado la tartera, empieza á comer el potaje con una cuchara de estaño. Su mujer y los chicuelos le acompañan, por turno, con otra de palo. Conclúyese el potaje. El Tuerto espera algo que no acaba de llegar; mira á la tartera, después al fondo de la olla vacía, y, por último, á su mujer. Ésta palidece.
—¿Ónde está la carne?—pregunta, al cabo, con voz ronca el pescador.
—La carne...—tartamudea su mujer,—como ya estaba cerrada la tabla cuando fuí á buscarla, no la traje.
—¡Mentira!... Yo te di ayer al mediodía dos reales y medio[{170-1}] para comprarla, y la tabla no se cierra hasta las cuatro. ¿Ónde tienes el dinero?...
—¿El dinero?... el dinero... en la faltriquera.
—¡Bribona, tú la[{170-2}] has hecho hoy... y yo te voy á abrir en canal!—grita exasperado el Tuerto al notar la turbación, cada vez más visible, de su mujer.—Á ver el dinero, digo, ¡pronto!
La interpelada saca, temblando, unos cuartos de su faltriquera, y sin abrir toda la mano, se los enseña á su marido.
—¡Ésos no son más que ocho cuartos... y yo te dejé veintiuno!... ¿Ónde están los otros?...
—Se me habrán[{170-3}] perdido..., que yo tenía los veintiuno esta mañana...
—No puede ser: yo te di dos reales en plata.[{170-4}]
—Es que... los cambié en la plaza...
—¿Qué ha hecho tu madre esta mañana?—pregunta rápido el Tuerto al mayor de sus hijos, cogiéndole por un brazo.
El chiquitín tiembla de miedo, mira alternativamente á su padre y á su madre, y calla.
—¡Habla pronto!—dice el primero.
—Es que me va á pegar madre, si lo digo,—contesta, haciendo pucheros, el pobre chico.
—¡Es que si callas, te voy á deshacer yo la cara de una guantá!
Y el muchacho, que sabe por experiencia que su padre no amenaza en vano, á pesar de las señas que le hace su madre para que calle, cierra los ojos y dice rápidamente, como si le quemaran la boca las palabras:
—Mi madre trajo esta mañana un cuartillo de aguardiente, y tiene la botella escondía en el jergón de la cama.
El Tuerto, oída esta última palabra, tumba de un sopapo á sus pies á la delincuente, corre á la cama, revuelve las hojas de su jergón, saca de entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeño resto del delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojándosela á la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y salpica á los chiquillos con el líquido pecaminoso. Gime, herida, la infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo á su mujer.
Tío Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en su balcón tejiendo red (su ocupación preferida cuando está en casa) desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en cuando un mordisco á un pedazo de pan y á otro de bacalao crudo, manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha enterado perfectísimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que aun le queda en el cuerpo, llama á su vecino, y de balcón á balcón entablan este diálogo á grandes voces:
—Tío Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy á hacer un día una barbaridá..... ¡Me valga Dios, qué pícara!... ¿Qué va á ser de estas criaturas el día que la suerte me saque de casa?... porque el demonio no tiene por ónde desechar á esta mujer.[{171-1}] La semana pasá la entregué veinticuatro riales pa que vistiera á los hijos... ¿usté los ha visto? pos tampoco yo. La borrachona los consumió en aguardiente. Peguéla una trisca que la dejé por muerta, y á los tres días me vende una sábana por media azumbre de caña; doila ayer veintiún cuartos pa carne, y bébelos tamién... Y á too esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin atreverme, si á mano viene, á echar un vaso de vino un día de fiesta.
—¿Por qué no la conjuras, tiña? Pué que sea mal-dao.
—¡Si llevo gastao, tío Tremontorio, un costao en esos amenículos! Llevéla, á má é[{172-1}] tres leguas de aquí, á que un señor cura, que icen que tiene ese previlegio, la echara los Avangelios;[{172-2}] leyóselos, dióme una cartilla bendecía y un poco de ruda, cosílo too en una bolsa, colguésela al pescuezo, costóme la cirimonia al pie de un napolión... y ná: al día siguiente cogió una cafetera que no se podía lamber.[{172-3}] Yo la he dao aguardiente cocío con pólvora, que icen que es bueno pa tomar ripunancia á la bebida, y á esta condená paece[{172-4}] que le gusta más desde entonces. He gastao en velas pa los Santos Mártiles, á ver si la quitan el vicio, un sentío..., y como si callara... Ya no sé qué hacer, tío Tremontorio, si no es matarla, porque es mucho el vicio que tiene. Fegúrese usté que dempués que la di el aguardiente con pólvora, la entró un cólico que creí que reventaba. Como yo había oído que el aguardiente es bueno pa quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paños bien empapaos en ello, calenté en una sartén como medio cuartillo; y cuando estaba casi hirviendo, llevélo así á la cama onde se estaba revolcando la muy bribona. Mándola que tenga un poco la sartén mientras yo iba al arcón á buscar unos trapos, vuelvo con ellos... ¿creerá usté, ¡puño!, que ya se había trincao[{173-1}] el aguardiente de la sartén, abrasando como estaba? ¡Hombre, si esto es más que maldición de Dios!
—Pues, amigo... tocante á eso... ¿qué te diré yo? Cuando la mujer da en torcerse como la tuya, mucho palo; si con él no sale á flote, ó échala á pique de una vez, ó cuélgate de una gavia.
—¡Si le digo á usté, hombre de Dios, que la he solfeao too el cuerpo á leña.....
—Pues ahórcate entonces, y déjame en paz y en gracia de Dios tejer estas mallas, que por no perder la paciencia no me he querido casar yo, ¡tiña, retiña!
—¡Mal rayo me parta treinta veces y media, y permita Dios que al primer noroeste que me coja en la mar me coman las merluzas!... ¡Si pa esto nace uno, valiérame más no haber nacío!....
Y comiéndose los labios de coraje, métese el Tuerto en su buhardilla y cierra la puerta del balcón.
El tío Tremontorio, sin levantar los ojos de su labor, le despide canturriando con su áspera voz esta copleja:
| «Por goloso y atrevido |
| Muere el pez en el anzuelo |
| Porque yo no soy goloso, |
| En paz y libre navego.» |
. . . . . . . . . . . . .
Si mientras el Tuerto estaba á la mar, alguno de sus hijos rompía la olla, ó se comía el pan que estaba en el arcón, ó hacía cualquiera diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre, en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre la cara.
Si de vuelta de correr la sardina salía alcanzada la mujer del Tuerto en la cuenta que éste le tomaba rigorosamente, en el balcón se oía la primera guantada de las que administraba el desdichado marido á su costilla; desde el balcón llamaba á su padre, á su madre y á Tremontorio; desde el balcón les contaba lo sucedido, y renegaba furibundo de su mujer; desde el balcón imploraba el auxilio de Dios..., y de balcón á balcón se enredaba un diálogo animadísimo que entretenía, por espacio de media hora, á las gentes de la calle.
Si el patrón de la lancha de que son socios mis vecinos les debe algo, desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de cobrarlo.
Por el balcón recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el tiempo; por el balcón las contesta, y el balcón es su observatorio.
En una palabra: mis vecinos tienen el balcón por casa, excepto para dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala... con todas las puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la cintura con la indispensable correa, es en el balcón. Y esto en invierno; que en verano, ó cierro la puerta de mi antepecho, ó he de contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida íntima, tanto de día como de noche... Por hacerme partícipe de sus costumbres estas pobres gentes,[{174-1}] hasta me despierta á mí al mismo tiempo que á ellas el penetrante é intraducible grito de ¡apuyááá![{175-1}] con que les llama, á las tres de la mañana en verano y á las cinco en invierno, para ir á la mar, otro marinero que tiene por esta obligación algunos gajes.
De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida afición á reparar en achaques de costumbres, más de lo suficiente para que comprendas cómo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se le tomara nadie,[{175-2}] pude adquirir los datos que apunté en las primeras páginas de este bosquejo.
Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponiéndote orientado en el terreno de nuestros personajes, voy á tratar del verdadero asunto de mi cuadro.
II
Hace pocos días empezó á llamarme la atención el aspecto que presentaba la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abría, ni en ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.
El tío Tremontorio trabajaba en sus redes al balcón algunas veces, pero siempre mudo y silencioso, cual era su carácter cuando sus convecinos le dejaban en paz y entregado á sus naturales condiciones.
Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces á luz, y en algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos párpados de la mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.
Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atención en la casuca con el objeto de adquirir la verdad.
Las ahumadas puertas del balcón de la buhardilla se abrieron al cabo, después del mediodía, y lo primero que en el interior descubrieron mis ojos, fué un hombre vuelto de espaldas hacia mí, con camiseta blanca de ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, también azul, ocupado en colocar en un gran pañuelo de percal, desplegado sobre el arcón que conocemos, algunas piezas de ropa. Después que hubo anudado las cuatro puntas del pañuelo que contenía el equipaje, se incorporó el hombre, volvió la cara... y conocí en ella á la del Tuerto; pero más obscura, más triste, más ceñuda que nunca. El pintoresco traje[{176-1}] del pobre pescador me explicó en un instante la causa del cambio operado en aquella vecindad.
Hecho el lío de ropa, pasó el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de los nudos, metió dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le caían sobre los ojos, tiró de una bolsa de piel mugrienta que guardaba en un bolsillo de sus pantalones, sacó de ella tabaco picado, hizo un cigarro, encendióle en un tizón que le trajo su mujer, que lloraba, aunque en silencio, fijóse en los chicuelos que también lo rodeaban, y, haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:
—¡Ea! sobre que ha de ser, cuanto más pronto.[{176-2}]
La sardinera, al oir á su marido, rompió á llorar á todo trapo: sus hijos la siguieron en el mismo tono.
—¡Á ver si vos calláis, con mil demonios!—exclamó el pescador con visible emoción.—Y tú—añadió dirigiéndose á su mujer,—ya sabes lo que se va á hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las dejo á mi madre al tiempo de bajar. Allí se estarán con ella hasta que yo güelva.[{176-3}]
—¡ No, por todos los santos del cielo!—gritó la mujer, que al fin era madre.—Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide más que yo dé de comer á mis hijos.
—Lo que eres tú, me lo sé yo muy bien; y no me acomoda que el mejor día amanezcan los ángeles de Dios aterecíos á la puerta de la calle. Y sobre too, no te los tiro á la mar: bien acerca te quedan: too el día te puedes estar abajo con ellos... Pero ya se lo he dicho á mi madre: cantes que dejarios subir aquí, rómpales una pata...» Y esto sacabó. Vámonos pa bajo... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrás de mí, que no tengo ganas de perendengues; y cuanto más solo esté uno, mejor.... Andando, hijos míos...
Y el desventurado Tuerto se bajó para coger al menor de los muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo á un irresistible impulso de su corazón, echó los brazos al cuello de su marido, y con el torrente de sus lágrimas arrancó al fin ¡las primeras, tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.
Pero éste no era hombre que se entregaba rendido á semejantes debilidades; así es que, desprendiéndose de los brazos de su costilla, cogió entre los suyos al menor de sus hijos, mandó á los otros que le siguieran, obligó á su mujer á quedarse en casa, y salió de ella precipitadamente, cerrando detrás de sí la puerta de la escalera.
Pocos minutos después estaba en la calle, con su lío al brazo, en compañía de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle, aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreñada y dando alaridos de desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella, vertían también abundantes lágrimas.
Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los vecinos de la calle salieron á sus balcones, y yo me decidí á seguir á mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio había presenciado. El dolor tiene su fascinación como el placer, y las lágrimas seducen lo mismo que las sonrisas.
Tomé, pues, el sombrero, y me largué al Muelle.
Una apiñada multitud de gente de pueblo se revolvía, gritaba, lloraba é invadía la última rampa, á cuyo extremo estaba atracada una lancha. En esta lancha había hasta una docena de hombres vestidos de igual manera que el Tuerto; y también como él llevaba cada cual un pequeño lío de ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros permanecían de pie, pálidos, inmóviles, con el sello terrible que deja un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta el llanto que asomaba á sus ojos. Todos ellos se habían despedido ya de sus padres, de sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigían, entre lágrimas, palabras de cariño y de esperanza. Entre tanto, algunos otros, tan desdichados como ellos, se deshacían á duras penas de los lazos con que el parentesco y la amistad querían conservarlos algunos momentos más en tierra. Por eso las palabras «padre», «madre», «hijo», «amigo», eran las únicas que dominaban aquella triste harmonía de suspiros y sollozos. ¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos acostumbrados á contemplar serenos la muerte todos los días, entre los abismos del enfurecido mar!
Sin calmarse un momento la agitación de la gente de tierra, los marineros que aun quedaban en ella fueron poco á poco pasando á la lancha: el último entró el Tuerto, después de haber dado un estrecho abrazo á su padre y á su vecino, que le acompañaron hasta la orilla. Nada quedaba de común, sino el corazón, entre los embarcados y la gente de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la libertad de los primeros, durante cuatro años, á contar desde aquel momento; y ante deber tan alto, tenían que romperse los lazos de la familia y los de la amistad.
Los remos habían tocado ya el agua, y aun permanecía la lancha atracada á la rampa, y sujeta á ella por un cabo que tenía entre sus manos, por el extremo de tierra, un viejo patrón que contemplaba atónito la escena.
—¡Suelte!—le dijeron desde la lancha más de una vez, con débil y trémula voz.
Pero el viejo patrón, ó no oyó las advertencias, ó se hizo sordo á ellas, que es lo más probable, por disfrutar algunos instantes más de la presencia de sus compañeros.
—¡Que suelte!—le volvieron á repetir más alto.
Y nada: el viejo, clavado como una estatua á la orilla del mar, no soltó el cabo.
Pero el Tuerto, á quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos estaban martirizándole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la aflicción que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el patrón habían hecho las órdenes anteriores,
—¡Larga!—gritó con ruda y tremenda voz, dominando con ella los alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.
Éste obedeció instantáneamente; el cabo cayó al agua, crujieron los remos, oyóse un «¡adiós!» infinito, indescriptible; y la lancha se deslizó hacia San Martín,[{180-1}] en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor que había de recoger á los pasajeros de ella.
En instante tan supremo, las mujeres que quedaban á la orilla redoblaron sus lamentos, abrazaron á sus hijos, á sus padres, á sus hermanos, á sus amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lágrimas.
Hay situaciones, lector amigo, que no á todos es dado describir, y ésta es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazón como el tuyo y el mío; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca imaginación de un poeta, y yo no la tengo.
Recuerdo que, dos años há, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idéntica á la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma piedra que yo, lloró con su alma las penas de las pobres familias á quienes una leva sumía en el abismo de todos los dolores, y puso en labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y elocuentes:
Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la desolación de aquella escena. ¡Se lloraba al padre, al esposo, al hijo, que se iban, quizá para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan de los que se quedaban!
. . . . . . . . . . . . .
Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por dos razones: la primera, porque en mi buen deseo puedo equivocarme; y la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos del Cid.[{181-1}] Pobre pintor de costumbres,[{181-2}] aténgome á mi oficio: copiarlas como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.
Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los hombres que pueden,[{181-3}] dado que se dignasen echar sobre él una mirada, puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi tierno amigo Bustillo:
| «¡Ay, Señor! |
| Pues la ley en su rigor |
| los afectos no concilia, |
| haz que los hombres se hermanen, |
| porque al luchar no profanen |
| el amor de la familia.» |
UN ALMA
Por Don Ricardo Fernández Guardia[{182-1}]
(Costa Rica)
La llamábamos «Tía Juana». Era una viejecita enjuta y pequeña, de raza india casi pura, que andaba ligero y menudito con un ruido de ropas muy almidonadas. Había nacido en Ujarraz donde vivió hasta la muerte de su madre, ocurrida poco antes de la despoblación de este lugar insalubre, decretada en 1833 por D. José Rafael de Gallegos. Huérfana también de padre, sin protección de parientes ni de amigos, las autoridades tuvieron que buscarle acomodo, y así le cupo en suerte ir á parar á casa de una tía de mi madre, señora principal y rica que la tomó bajo su amparo.
Podría tener á la sazón catorce años, pero nadie la hubiera dado más de diez, tan chiquitina y flacucha era. Bien que fea, su fisonomía abierta y la mirada dulcísima de sus ojos negros predisponían á su favor. Mi tía, naturalmente bondadosa, pronto la tuvo cariño, viéndola tan infeliz y desvalida, y á su vez la indita, aunque algo zahareña como todos los de su raza, se mostraba con ella muy reconocida. Cierta gracia insinuante de animalito salvaje que tenía le ganaba todas las voluntades, de modo que habiendo llegado la última, vino á ser la predilecta entre las cuatro entregadas[Q] de que se componía la servidumbre femenil de la casa. Muy rezadora por temperamento, esta circunstancia acabó de conquistarle la benevolencia de mi tía, señora en extremo devota y dada á prácticas religiosas, que rezaba todas las noches el rosario antes del chocolate, en medio de la familia reunida con este piadoso fin.
Á la sombra de aquella casa patriarcal fué creciendo la pequeña Juana, no sólo de cuerpo, sino también en virtudes hasta llegar á ser una especie de santita. Su fervor se traducía en interminables oraciones que mascullaba al paso que atendía á sus quehaceres, y para ella no había felicidad como ir á la iglesia. Otro efecto de su ardiente celo religioso era la aversión que le inspiraban los hombres, en quienes veía otras tantas encarnaciones del espíritu maligno y añagazas del pecado. Su castidad arisca se sublevaba á la menor insinuación, se ofendía de una simple sonrisa. Con su venida á la casa terminaron las bromitas y retozos de las entregadas con los criados, lo que al principio le atrajo enemistades en la servidumbre; pero como era tan servicial y tan buena, acabó por ser querida y respetada de todos.
Pasaron años. Sus compañeras fueron una tras otra desamparando la casa, la una porque encontró marido, la otra para ir á buscarse la vida en otro lado; ella sola continuó sirviendo á mi tía con una fidelidad canina, hasta la muerte de la buena señora. Cuando aconteció esta desgracia, no quiso por nada de este mundo separarse de la familia, bien que su ama la había legado haber de sobra para vivir independiente.
Tal como yo la recuerdo era ya muy vieja. Vivía en casa de otra de mis tías, hermana de mi madre, más como una parienta querida que en calidad de criada. En realidad ya no lo era, porque no tenía más obligaciones que las que ella misma quería imponerse, limitándose éstas á vigilar el servicio y mantener el orden, para lo cual su presencia era bastante, tales eran el respeto y el afecto que le profesaba la servidumbre, que dió en llamarla cariñosamente «Tía Juana», nombre que no tardó en generalizarse.
La viejecita se vivía las horas muertas en la iglesia rezando, barriendo y comadreando, porque la pobre había concluido por ingresar en el batallón augusto de las beatas y ratas de la iglesia. Á las cinco de la mañana se iba para misa, oyendo unas cuantas seguidas hasta la hora del desayuno; y como el templo estaba cercano, el día entero se lo pasaba en idas y venidas hasta el toque de oraciones, después del cual el sacristán cerraba las puertas. Volvía entonces á casa y aun me parece verla en un rincón obscuro de la cocina, sentada sobre una canoa[R] con su sarta de escapularios resaltando sobre la piel morena y arrugada del pecho, que descubría el escote del traje. Á la hora de la cena ella misma preparaba su chocolate, batiéndolo cuidadosamente con un clis clas producido por el choque de una sortijita de oro y carey contra el mango del molinillo. Después se sentaba con la jícara entre las piernas y lentamente saboreaba la bebida, interrumpiéndose á ratos para reprender á las muchachas cuando no hacían las cosas como Dios manda, porque no las toleraba frangolladas, gustándole mucho primor en todo.
Yo nunca fuí persona de su agrado. En primer lugar por mi sexo, con el cual jamás pudo reconciliarse; después á causa de mi precoz impiedad, que la escandalizaba sobre manera. Una picardía que le hice acabó de perderme en su ánimo. Entre las numerosas imágenes que adornaban su cuarto, la viejecita reverenciaba muy en particular un san Antonio de talla, recuerdo de mi tía y muy milagroso, según fama, pues no había objeto perdido que no pareciese en cuanto le encendían una candela. El santo, obra de un artista ingenuo, habitaba en una urna de hojalata con portezuela de vidrio. Allí lo fuí á buscar un día para ponerle sobre la tonsurada cabeza un cucurucho de papel azul, que le daba cierto airecito de astrólogo ó nigromante. Cuando Tía Juana echó de ver el atentado, ¡fuego de Dios! la que se armó.[{185-1}] Las sospechas cayeron desde luego sobre mí, pues ¿cuál otro era capaz de semejante irreverencia? En muchos días no pude volver á casa de mi tía, justamente encolerizada por esta infernal travesura; y á fe que tenía razón la señora, porque debo confesar que era yo un niño muy enrevesado.
Por más que lo procuré, no me fué posible evitar las consecuencias de mi perversidad. Apenas se encontró conmigo la propietaria del santo, me puso verde en una su[{185-2}] jerigonza salvajina que le servía de idioma, único resabio que le quedaba del tiempo que vivió entre los indios sus hermanos. «Esto es lo que sacan con esta mentada cevilación, que los muchachos sean herejes y no respeten las cosas santas... Agorita mesmo te reclarás, gu sos cristiano, gu sos[{186-1}] judío...»;[S] y por el estilo. Aquello fué tremendo, la viejecita echaba fuego y la reprobación de mi conducta era unánime.
En lo sucesivo tuve muchas veces ocasión de arrepentirme de haber provocado las iras de Tía Juana. Jamás me perdonó el desacato para con el gran santo portugués, y me lo hizo expiar duramente excluyéndome de las golosinas y primores que solía hacer á menudo, aunque para ser verídico debo confesar que casi siempre lograba yo burlar su vigilancia.
El misticismo de la viejecita fué creciendo cada vez más con la avanzada edad. Durante sus largos rezos nocturnos comenzó á tener extrañas alucinaciones. Una noche sintió pasos muy quedos cerca de su cama; luego un aliento helado sobre el rostro, al par que una voz sepulcral murmuraba en las tinieblas: «¡Qué frío tengo!» Encendió la vela creyendo que sería la criada que en el mismo cuarto dormía; pero al ver á ésta reposando tranquila, se puso á rezar con toda calma por el ánima cuya visita acababa de recibir.
La pureza de su alma, la bondad de su corazón le impidieron caer en los aborrecibles defectos de la gente mojigata. No gustaba de murmuraciones ni de chismes, y jamás tomó parte á favor ni en contra de las distintas camarillas que se disputaban con ensañamiento el predominio de la sacristía. Era una beata del tercero ó cuarto orden, muy sincera y humildita, siempre dispuesta á obedecer sin réplica los mandatos de las de alta categoría, casi todas señoras muy autoritarias y gazmoñas, que hacían y deshacían á su antojo.
Era frecuente encontrarla en la calle llevando y trayendo floreros y candelabros para adornar los altares, y en vísperas de las grandes fiestas no volvía á salir de la iglesia ni para comer, afanada como una hormiga en los preparativos de la solemnidad. Pero así gozaba después, extasiándose en la contemplación del churrigueresco hacinamiento de muselinas, flores de mano y papel dorado. Se le figuraba estar delante de un pedacito de gloria, pues no de otra manera concebía su candor la bienaventuranza eterna. Para ella el cielo era algo así como un altar inmenso y resplandeciente de luces, cundido de oro, de pedrerías, de flores y gasas, con millares de angelitos tocando violín.
Una gran pasión vino á endulzar los últimos años de su vida, pasión mística que le procuraba goces inefables. Hasta el día en que nació este sentimiento en el misterio de su alma, nunca había mostrado preferencia por ninguno de los clérigos que servían la parroquia; antes bien juzgaba con severidad las de sus compañeras, que eran motivo de rivalidades y discordias entre partidarias del uno ó del otro padre. Pero sucedió que insensiblemente se fué encariñando con uno de ellos que la mimaba mucho y le oía resignado los nimios escrúpulos de su conciencia.
Lo que al principio no fué más que simpatía, llegó á ser amor vehemente, pero sublime de pureza. Toda la ternura de esposa y de madre, reconcentrada en el corazón de la viejecita, brotó de pronto como una fuente impetuosa, inundándola de felicidad. Aquel hombre, que para ella no lo era, fué objeto de una adoración sin límites y reverenciado casi como un dios. Tía Juana conoció los más ideales refinamientos del amor místico, y en alas de la pasión se remontó á un mundo superior, todo poblado de visiones encantadoras. Su aspecto, su ademán, todo en ella denunciaba la completa enajenación del ánimo, y su mirada se perdía en dulcísimas lejanías, llenas de ensueños peregrinos. En un ser concentró todos sus anhelos, todas las vagas aspiraciones de su alma candorosa y primitiva, complaciéndose en adornarlo con las perfecciones y bellezas que en la suya propia se anidaban. Poco á poco fué alcanzando á un estado de arrobamiento vecino del éxtasis, y cuando recibía la sagrada comunión de manos de su adorado, se anonadaba en un nirvana deleitoso,[{188-1}] que no podría compararse con ninguno de los placeres accesibles á los comunes mortales.
Era divertido verla seguir con mirada atenta y solícita las vueltas que el padre daba dentro de la iglesia, para acudir á la menor señal de que sus servicios eran necesarios. Permanecía largas horas arrodajada en un tapiz, herencia de mi tía, esperando que terminase la confesión de los fieles, porque ella siempre se quedaba de última, para tener tiempo de escudriñar los más ocultos repliegues de su conciencia, en busca de algún pecadillo olvidado que poder[{188-2}] llevar al tribunal de la penitencia; y es dable sospechar que más de una vez le suministré yo el deseado pretexto. Otros ratos felices eran las tertulias en la sacristía. Disimulada en un rincón, con el rebozo echado por la cabeza, gozaba oyendo el discreteo del padre con las beatas de importancia. Cuando éste predicaba, era todavía mayor el placer; y aunque las más de las veces no entendía los complicados conceptos de la plática, el eco de la voz amada era suficiente para llenarla de placer.
Tía Juana era demasiado creyente para tener miedo á la muerte. Al llegarle su turno la esperó con serenidad, que luego se trocó en alegría en el momento de entrar el viático. Por última vez vió al padre con sus ojos mortales ya empañados; y cuando éste salió, después de darle el supremo consuelo de la Religión, no quiso abrirlos más y expiró con la sonrisa en los labios.
Footnotes to Un Alma:
[Q] Entregados llamamos en Costa Rica á los niños del pueblo que por cualquier motivo confían las autoridades á familias respetables, para que los eduquen, mantengan y vistan basta su mayor edad, á trueque de los servicios que prestan en la casa. La entrega, que antes era muy frecuente, es rara hoy en día.
[R] Especie de arca muy grande de madera, que servía antiguamente para guardar víveres.
[S] Ahora mismo lo tienes que declarar, ó eres Cristiano ó eres judío.
JUAN NEIRA
Por Don Joaquin Diaz Garces[{190-1}] ("Ánjel Pino")
(Chile)
Neira era el capataz del fundo de los Sauces, estensa propiedad del sur, con grandes pertenencias de cerro y no escasa dotacion de cuadras planas. Cincuenta años de activísima existencia de trabajo no habian podido marcar en él otra huella que una leve inclinación de las espaldas y algunas canas en el abundante pelo negro de su cabeza. Ni bigotes, ni patillas usaba ño Neira, como es costumbre en la jente de campo, mostrando su rostro despejado un jesto de decision y de franqueza, que le hacia especialmente simpático. Soldado del Valdivia en la revolucion del 51,[{190-2}] y sarjento del Buin en la guerra del 79,[{190-3}] el capataz Neira tenia un golpe de sable en la nuca y tres balazos en el cuerpo. Alto, desmedidamente alto, ancho de espaldas, a pesar de su inclinacion y de las curvas de sus piernas amoldadas al caballo, podia pasar Neira por un hermoso y escultural modelo de fuerza y de vigor.
Enérjica la voz, decidido el jesto, franca la espresion, ¡qué encantadora figura de huaso valiente y leal tenia Neira! Su posesion estaba no léjos de las casas viejas de los Sauces, donde he pasado mui agradables dias de verano con mi amigo, el hijo de los propietarios. La recuerdo como si la viera: un maiten enorme tendia parte de sus ramas sobre la casita blanca con techo de totora; en el corredor, eternamente la Andrea,[{191-1}] su mujer, lavando en la artesa una ropa mas blanca que la nieve; una montura llena de pellones y amarras colgada sobre un caballete de palo; y dos gansos chillones y provocativos en la puerta, amagando eternamente nuestras medias rojas que parecian indignarles.[{191-2}]
Cada año, cuando a vuelta de los exámenes llegábamos a las casas de los Sauces, nuestra primera visita era a la Andrea, que suspendia el jabonado de la ropa para lanzar un par de gritos de sorpresa y llorar despues como una chica consentida. Siempre nos encontraba mas altos, mas gordos, mas buenos mozos (con perdon), y concluia por ofrecernos el obsequio de siempre, harina tostada con miel de abejas.
Despues había que ir[{191-3}] a buscar a ño Neira, seguramente rondando por los cerros. Desde léjos, al recodo del camino, nos conocia el capataz, y pegando espuelas a su mulato, llegaba como un celaje hasta nuestro lado. Qué risas, qué esclamaciones, qué agasajos; a nuestros cigarros correspondia con nidos de perdices que ya con tiempo tenia vistos entre los boldos y teatinas, y comenzaba a preguntarnos de todo, de si habria guerra, de si habíamos concluido la carrera, de si habíamos encontrado novia. Pero lo debemos repetir que aun andábamos de calzon corto, y si no, ahí estaban los gansos de la Andrea que nos dieron mas de un picotazo en las piernas, débilmente defendidas.
Desde nuestra llegada a los Sauces, ño Neira no daba un paso sin nosotros: yo a su lado, mi amigo al otro. ¡Qué preguntar, y averiguar y curiosear!
Terminaba ño Neira de responder y ya le caia una nueva pregunta encima, y si él tenia placer en contestarnos, no lo teníamos menor nosotros en oir su lenguaje espresivo, su peculiar manera de comerse las palabras, y hasta el colorido especial con que lo revestia todo.
Dos años dejé de ir a los Sauces, y cuando ya bachiller en humanidades me lo permitieron mis padres, avisé a mi amigo con un telegrama que en el tren espreso de la mañana dejaba a Santiago. Al llegar el tren a la estacion, estaba él allí a caballo, con el mio a su lado y el sirviente apretando cuidadosamente la cincha. Un abrazo entusiasta, las preguntas de estilo sobre nuestras familias y ¡a caballo!
—¿Qué llevas ahí?—me preguntó mi amigo, aludiendo a un paquete que asomaba a mi bolsillo...
—Un corvo para ño Neira...
—¡Bien le hubiera venido[{192-1}] cuando lo asesinaron!
—¡Cómo! ¿A ño Neira? ¿Es posible?
Y entonces se me escapó una pregunta, la única que podia hacerse tratándose del valiente capataz:
—¿Y Neira se dejó asesinar?
—Te lo contaré todo—me dijo mi amigo—pero apura el paso porque nos va a pillar la noche en el camino, y en casa estarán con cuidado.
Y tomamos trote por la alameda.
* * *
Lo que de mi amigo oí y que me conmovió profundamente, es lo que cuento en seguida, tres años despues de la muerte de Neira.
Ño Neira estaba sentenciado. En nuestros campos se da a esta palabra una importancia escepcional. El capataz dió un dia de chicotazos[{193-1}] a un individuo de mala índole, a quien habia pillado en un robo, negándole en seguida todo trabajo dentro del fundo. Este habia «sentenciado» a Neira.
—Deja, no mas;—le dijo—algun dia nos encontraremos solos.
Neira se encojió de hombros; bien sabia él que al infeliz no le convenia ponérsele solo por delante; lo malo era que buscaria una cuadrilla para asaltarle. Pero en fin, ¿no tenia él en su silla un cuchillo que ya le habia servido muchas veces para defenderse?
Pasaron los dias. Neira no faltaba ninguno a su ronda del cerro y paso a paso regresaba al caer la tarde para llegar hasta la casa del administrador y decir que no habia novedad en el ganado.
Un dia fué al cerro con su hijo mayor, un muchachito de doce años, con grandes ojos negros, fiel retrato de su padre y fundada esperanza de los patrones de los Sauces. Llevaba al chico por delante de la silla y conversaba con él, mientras mas abajo, en el plan, la vieja Andrea, de cabeza sobre la ropa, la hacia levantar lavaza y blanquísima espuma de jabon, al restregarla entre sus manos.
Llegaba la tarde, y el sol poniente, sin rayos ya y convertido en un disco rojo, se hundia como un rei depuesto. Una desordenada orjia de colores inundaba el horizonte, y el resto del cielo era intensamente azul y limpio de nubes blancas.
¿Quién no ha visto los cerros chilenos cubiertos de boldos? Un faldeo gris, con manchas doradas de teatinas; algunos quiscos que se levantan como brazos armados; y los boldos del mas oscuro e intenso verde que parecen escalar el cerro como peregrinos haciendo penitencia.
En la plana superficie, ño Neira se habia desmontado para apretar la cincha de su mulato y echar una pitada al aire. El chico se habia puesto a andar en busca de algunos guillaves maduros... De repente, Neira creyó notar que un boldo se movia: tomó una piedra pequeña y la arrojó.
Un individuo se separó del árbol y comenzó a andar en su direccion silbando alegremente. Una mirada solo bastó para hacer comprender a Neira que estaba frente a una emboscada: el gañan que tenia por delante era el que lo habia «sentenciado», y no habia sido tan necio para ir solo a buscarlo al cerro. Con una mano se palpó la cintura, y al encontrarse allí su corvo de los dias de fiesta, sacó con la otra la tabaquera, y se puso a liar un cigarro.
—¿Estabas escondido? ¿ah?—preguntó burlonamente vaciando el tabaco en la hoja de maíz[{194-1}]...
—Esperándolo,[{194-2}] ño Neira.
—No vendrás solo, por supuesto—continuó el capataz—no sois vos[{194-3}] de los que pelean cara a cara.
—Eso... ¡quién sabe, iñor!—y el gañan avanzaba lentamente, como avanza un gato, arrastrándose casi.
—Bueno, párate un poco y déjame pitar este cigarro. Hai tiempo...
El peón se paró. O era admiracion o era miedo; pero el asesino quedó dudando.
Neira chupaba de prisa un cigarro, porque le debia quedar poco tiempo. El sol apenas asomaba ya un estremo de su disco rojo, que parecia mancha de sangre, y las sombras alargadas de los boldos duplicaban el número de peregrinos que escalaban el faldeo y parecian apurarse para que no les pillara la noche en tarea tan pesada.
El cigarro se concluia y Alegria se pasaba la mano por la cintura buscando algo.
—Tu—dijo Neira, tomando del brazo al chico—te pones detras de mí, y no te mueves. ¡Cuidado con llorar!...
Y una mirada lanzada abajo a la llanura lo hizo recordar a la vieja que probablemente colgaba en ese momento la ropa en el cordel...
Después puso la mano en la cacha de su corvo, enrolló con el otro brazo su poncho negro de Castilla y le dijo al gañan:
—¡No te espongas, Alegria! Llama a tus amigos. No ensucio mi corvo de los domingos en tí solo.
Un silbido sonó y Alegria volvió la cabeza para ver si estaban todos.[{195-1}] Cinco hombres caminaban subiendo a saltos, y buscándose los cuchillos en la cintura.
—Ño Neira, le ha llegao[{195-2}] su hora.
—Y la tuya tamien, cobarde...
Y de un salto todos estuvieron encima del capataz que se echó atras y levantó el brazo en que tenia envuelto su poncho.
En ese instante el crepúsculo invadia con su indeciso y vago resplandor las cosas todas haciendo ya difícil distinguir los objetos. Neira, con los ojos fruncidos para ver mejor, se colocó de un salto fuera de este círculo en que alevosamente le podian matar como un perro, pensando en defender su espalda y ese pedazo de su corazon que tras de ella se refujiaba llorando a gritos.
Alegria logra alcanzarle un brazo con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que otro de los bandidos le estrella el suyo en las costillas. Neira se contenta con defenderse barajando los golpes. De repente el viejo capataz se trasforma, es el soldado del Valdivia y el sarjento del Buin, las dos heridas le arden y lo irritan como a un toro bravo, y en vez de huir del círculo que lo quiere estrechar, salta adelante y hace silbar el aire con la mas fiera de las cuchilladas que ha dado brazo chileno.
Uno de los bandidos se desploma y cae, y la furia de los otros se duplica en medio de rujidos, amenazas e insultos. Neira es una fiera; tan pronto acomete como se defiende; ya la batalla es silenciosa y solo se siente el ronquido del que agoniza y el aliento jadeante y cortado de los que se acuchillan. Todos están tan juntos que cada cuchillada de ellos encuentra por delante la vigorosa carne de Neira, y todo avance del heróico capataz abre un vientre o rasga un pecho.
En el momento en que las sombras se hacen mas densas, surje de abajo del llano una voz que todos han oido con la cabeza descubierta... Es la campanilla del fundo que toca el «Angelus», y que el viento hace aparecer a ratos como un jemido y a ratos como una voz de mujer que llama.
Pero hai demasiada sangre para que al traves de ella se sienta y se mire.[{196-1}] Los cuchillos se chocan, el corvo entra cada vez hasta la empuñadura y la sangre corre cerro abajo en un delgado chorro que va rodeando las piedras y abriéndose paso al traves de las matas. Pero los bandidos están sintiendo ya el vigor de Neira, porque otro de ellos cae al suelo en fuerza de la sangre perdida, y el capataz no da muestras de cansancio.
El asedio aumenta, el capataz abraza a Alegria que ha errado un golpe y trata de estrangularlo con sus manos; pero al verlo indefenso los otros lo acribillan a puñaladas. Neira lanza un grito de angustia y cae al suelo abrazado con su enemigo. El combate ha llegado a un momento supremo y desesperado. Neira ya no es temible para los otros y todos sus esfuerzos se concretan a estrangular a Alegria que se retuerce desesperadamente en el suelo, mientras sus vigorosos dedos apretan[{197-1}] y apretan el pescuezo ensangrentado del traidor, y se sumen entre las secas fauces que todavia lanzan ronquidos de ira.
Los tres bandidos comprenden que aquello ha terminado y echan a correr. Neira salta del suelo, abandonando a su víctima, y quiere alcanzarlos y apuñalearlos por la espalda, pero siente que vacila como un ebrio y tambaleando vuelve donde su hijo, pálido y desencajado, no puede ya ni llorar.
—¡Asesinos!—alcanza a gritar.—¡Infames! ¡Cobardes!—y rueda por el suelo al lado de los tres cadáveres que no valen juntos lo que vale una gota de sangre de ese héroe.
Y la noche cae con toda su pavorosa, helada e inhospitalaria oscuridad.
Largo rato Neira respira fatigosamente y el chico, inclinado sobre él, calla lleno de estupor y de miedo. De repente el capataz se incorpora, se arrastra hasta un árbol y tomándose de él logra ponerse de pié.
—Trae el mulato—alcanza a decir.
El chico lleno de sangre también, aunque no herido, pálido como un cadáver, se acerca a tientas al mulato y vuelve con él paso a paso. Pero Neira ha vuelto a caer al suelo desfallecido y solo tiene fuerzas para quejarse.
—¿Está el caballo?—pregunta con voz apenas perceptible.
—Sí, taitita.
—Bueno.
Y de un nuevo esfuerzo Neira está de pié; tomando a su hijo lo coloca sobre el mulato que pacientemente tasca el freno. En seguida, reune todas sus fuerzas y poniendo un pié sobre el estribo logra montar dolorosamente no sin que se le escape un quejido de angustia y sufrimiento.
El caballo comienza a marchar. Neira siente abiertas todas las heridas y el calor de la sangre que corre a traves de su cuerpo y de su ropa. Pero no importa; el capataz quiere llegar solo a las casas del administrador y pronunciar las palabras sacramentales de todas las tardes:
—No hai novedad en el ganado.—Y despues agrega en voz baja al oido de su hijo:—Me llevarás a mi casita para morir tranquilo en mi cama, porque estoi mui cansado. Ahí está la cruz con que murió mi padre y también quiero yo que me la ponga la Andrea sobre el pecho.
Pero ya era tarde. Neira sintió un desvanecimiento y cayó al suelo como un tronco que se desploma. El mulato dió un brinco y arrancó furiosamente alameda abajo, mientras el chico, aferrado a la silla, creia llegado su último momento. El caballo detuvo su galope frente a la casa del administrador, donde casi todos los vivientes del fundo, alarmados por la larga demora de Neira, se aprovisionaban de luces para ir al cerro en su busca.
El chico fué tomado en brazos, interrogado, suplicado, pero solo podia leerse en sus ojos dilatados que habia ocurrido algo mui grave al capataz.
Y todos los vivientes, incluso la Andrea y el administrador, se pusieron en marcha, y gran parte de esa noche se sentian gritos de hombres y mujeres, que el eco respondia pavorosamente:
—¡Ño Neira! ¡ño Neira!
Y Neira veia a lo léjos las luces que le buscaban, como ánimas errantes que lo llamaban a sí. Su pecho latia como una caldera próxima a estallar, y sus labios convulsos y ensangrentados querían en vano responder: ¡aquí estoi! Pero la voz moria en la seca garganta y solo salian las palabras en secreto como si fuera una confesion.
Por fin las luces se acercaron, y el primero que llegó al lado de Neira fué don José, el administrador, que se inclinó paternalmente sobre el capataz sumido en un estenso charco de sangre y palpitando como una fiera cansada.
Neira reunió sus últimos esfuerzos, el último resto de su asombrosa vitalidad, y dijo con voz entera:
—No hai novedad.
Y fueron las últimas palabras del valeroso capataz de los Sauces. Siguiendo la línea de sangre que se veía en el camino dieron, casi a media noche, con los tres cadáveres de los bandidos, y ahí pudieron medir el heroismo de Juan Neira, el ex-soldado del Valdivia y ex-sarjento del Buin.
—¡Sesenta cuchilladas tenia en el cuerpo!—me dijo mi amigo.
—¡Pobre Neira!
* * *
Al dia siguiente fuí al cerro, solo, y me arrodillé al lado de la verja de madera con que se habia rodeado una modesta crucecita que recordaba el sitio del asalto.[{200-1}] Allí recé por el alma de Juan Neira, el mas valeroso, bueno y leal de los servidores. ¡Qué corazonazo tan grande habia en ese cuerpo tan robusto!
Ese hombre, instruido, habria sido un jeneral formidable, un leon de los combates; malo, habria sido el mas fiero bandido de la sierra.
En cambio fué leal como un perro guardian, bueno como leche y valeroso como un tigre.
NOTES
[Page 1.]—1.[{1-1}] For the life and works of Palacio Valdés, see [pages xv-xvi] of the Introduction. The text of El crimen de la calle de la Perseguida and of Los puritanos is taken from the Obras Completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo X, Aguas Fuertes, Madrid, 1907.
2.[{1-2}] —Aquí; note that in Spanish dialogue each speech is set off by a dash (—).
3.[{1-3}] del 78 = del año 1878.
[Page 2.]—1.[{2-1}] casa ... de un solo piso, two-story house.... The floors would be: (1) piso bajo, ground floor or first floor, and primer piso, second floor. In the newly-built, large houses of Madrid the floors are (1) piso bajo, (2) entresuelo (in French, entresol), (3) piso principal, (4) primer piso, etc.
2.[{2-2}] se trata á lo pobre, she lives like a poor woman (lit., she treats herself in the manner of the poor).
3.[{2-3}] ¿Tratarían, could it be that they were trying: if not interrogative, tratarían would here mean they were probably trying. This is the conditional of probability or conjecture: cf. H. F. Gr., (Hills-Ford Spanish Grammar), § 84.
[Page 3.]—1.[{3-1}] Irá (fut. of probability: cf. H. F. Gr., § 84), he is probably going.
2.[{3-2}] de; a Spanish preposition before a dependent clause is usually not to be translated into English.
3.[{3-3}] mato, pres. ind. with the force of a future.
[Page 4.]—1.[{4-1}] ¡Arrancarle ... ¡Sacarle, etc.; note the use of the dative of possession. The antecedent here is indefinite; transl., his ear, his eye, etc.
2.[{4-2}] anhelante, a predicate adjective used instead of an adverb.
3.[{4-3}] que pude matarlo, that I might have killed him, a peculiar use of the preterite.
[Page 5.]—1.[{5-1}] como ... decirse (lit., as they are wont to say there), as they are usually called there.
2.[{5-2}] pensarlas; -las refers to cosas. When an object, other than a personal pronoun or relative pronoun, precedes its verb, a corresponding personal pronoun-object is often used with the verb.
3.[{5-3}] De ... calle, with a bound I reached the street.
[Page 6.]—1.[{6-1}] el menor, the least possible.
2.[{6-2}] me iba serenando, I was becoming calm. Note the common use of ir as an auxiliary verb with the present participle to form a progressive tense.
3.[{6-3}] Acudió ... reflexión, I began to reflect (lit., reflection came to me).
4.[{6-4}] Pensaría; cf. [page 2], note 3.
[Page 7.]—1.[{7-1}] no ... hacer, nothing was left undone.
2.[{7-2}] larguísimo rato; note the omission of the article in many adverbial phrases.
3.[{7-3}] Que; this expletive que is usually omitted in translation, but here it may be rendered approximately by why.
[Page 8.]—1.[{8-1}] á que ... saliese, until... went out.
2.[{8-2}] Me fijé ... más, I looked a little more closely.
[Page 9.]—1.[{9-1}]cf. [page 1], note 1.
[Page 10.]—1.[{10-1}] tomaba y soltaba, he began and left off.
2.[{10-2}] deshaciéndolos y pulverizándolos, murdering them.
3.[{10-3}] Il sogno beato di pace e contento; the Italian words, put into Spanish, would be: El sueño beato de paz y contento.
4.[{10-4}] La dolce memoria di un tenero amore is, in Spanish: La dulce memoria de un tierno amor.
[Page 11.]—1.[{11-1}] Vincenzo Bellini (1802-35), a famous Italian operatic composer, the most popular of his time. I Puritani (in Spanish, Los Puritanos) was his last, and his most popular work.
2.[{11-2}] vengan ..., out with ... (lit., let come ...).
3.[{11-3}] ¡Al fin poeta! always a poet!
[Page 12.]—1.[{12-1}] The consumos is the tax collected on food-stuffs (consumos) that are brought into a city. The system is that of a municipal customs house. A part of the revenue derived from the tax on consumos is kept by the city, and a part is turned over to the central government. Don Ramón and the other members of the commission sought to obtain a reduction of the part that had to be paid to the Spanish government.
2.[{12-2}] hacía siete ... casado, I had been married fully seven years. The imperfect is used, as the act or state still continued; cf. H. F. Gr., § 73.
[Page 14.]—1.[{14-1}] Cf. [page 7], note 2.
[Page 15.]—1.[{15-1}] somos los hombres, we men are. The pronoun subject, followed by an appositional noun, is often omitted, the verb indicating the person and number.
2.[{15-2}] fuese ... ó, whether it was ... or.
3.[{15-3}] antes de que pasase, before I should pass.
4.[{15-4}] sin que viese, without my seeing.
5.[{15-5}] no me tenía miedo alguno, she was not at all afraid of me.
[Page 16.]—1.[{16-1}] Cf. [page 3], note 2.
2.[{16-2}] Tan bien ... ermanita = También usted me gusta á mí; no crea que juego con muñecas: era de mi hermanita. Note ustez (for usted). The pronunciation of final d as z is not uncommon in Madrid.
3.[{16-3}] se oía llamar, she heard some one call her.
4.[{16-4}] el que la mamá se enterase, if the mother had found it out. Note the def. art. introducing a subordinate clause.
5.[{16-5}] la cabeza, her head. Note the use of the definite article instead of the possessive adjective, before words denoting parts of the body.
[Page 17.]—1.[{17-1}] Me llamo ... muñecas = Me llamo Teresa. No crea usted por Dios que juego con muñecas.
2.[{17-2}] lo era; lo stands for más linda.
3.[{17-3}] me iba enamorando; cf. [6], note 2.
4.[{17-4}] que ... menor, that my youngest son was.
[Page 18.]—1.[{18-1}] Tenía ... negocios; note that the participle agrees with the direct object when the auxiliary is tener.
2.[{18-2}] ¡Qué ... mona! what a pretty child!
3.[{18-3}] lo fácil que; see lo ... que, under que (adv.), in Vocab.
4.[{18-4}] alzarme ... cargo, take his place (as alcalde).
[Page 19.]—1.[{19-1}] fuese; the subject is alcalde.
2.[{19-2}] ¡Qué había de huir! why should I have to run away!
3.[{19-3}] se la he jugado á Manuel. Here, as often, la is an indefinite pronoun. In this sentence it may be translated a trick.
4.[{19-4}] que ... oye, that he almost heard me. Note the use of the historical present.
[Page 20.]—1.[{20-1}] solemos ... caballeros; cf. [15], note 1.
2.[{20-2}] echándolo á broma, turning it into a jest.
3.[{20-3}] cuanto ... peor, the more one likes them, the worse it is.
4.[{20-4}] ¡pero ... quieres! but if one loves, (one will do anything)!
5.[{20-5}] ¿Estará? can he be? Cf. page 3, note 1.
6.[{20-6}] todo ... cavilar, I pondered and pondered over it all.
[Page 21.]—1.[{21-1}] llega ... salgo has the force of hubiera llegado ... habría salido. The pluperfect subjunctive and the conditional perfect are usually avoided in colloquial Spanish.
2.[{21-2}] lleva; cf. [3], note 3.
3.[{21-3}] ¡Si usted viera! If you had (could have) seen it!
4.[{21-4}] debí ... sido = debí (de) serle. This childlike language is somewhat similar to the redundant English expression that one sometimes hears, "I should have been glad to have done it."
[Page 22.]—1.[{22-1}] La = le, feminine, dative singular. The best writers sometimes use la in this way, to avoid ambiguity.
2.[{22-2}] Le ... sí, I consented to be his sweetheart (lit., I told him yes).
3.[{22-3}] iba cogida, was holding on. Note the use of ir as an auxiliary verb with the past participle.
4.[{22-4}] fué; cf. [6], note 2.
[Page 23.]—1.[{23-1}] no hacía ... estaban, it was not more than a year that they had been, or they had not been ... more than a year; cf. page 12, note 2.
2.[{23-2}] le ... el cariño, ... their affection for her.
3.[{23-3}] que la mamá ... pudiese, that her mother should manage the best way she could.
4.[{23-4}] papá is subject of parecía; ... á ellas, the girls.
5.[{23-5}] las ... valían = cada una tenía un novio, pero los novios no valían. Cf. H. F. Gr., § 81, 2.
[Page 24.]—1.[{24-1}] aquél refers to the paraíso.
2.[{24-2}] Teresa ... admirablemente, Teresa was most delighted.
3.[{24-3}] el verla; note the definite article before the infinitive. Cf. H. F. Gr., § 120, 3.
4.[{24-4}] A te, oh cara (Ital.), is, in Spanish: Á ti, oh cara, to thee, my beloved.
[Page 25.]—1.[{25-1}] no ... valga, no queen would be of account.
2.[{25-2}] hacérselo reconocer, to make her realize it.
3.[{25-3}] si ... acuerdo (Span. proverb), out of sight, out of mind.
4.[{25-4}] para ... punto (lit., to carry the conversation to another point), to change the subject.
5.[{25-5}] ¡Si yo ... pocos! (= muchos ó pocos años), why! I shall love you the same, whether you are old or young!
[Page 26.]—1.[{26-1}] que nos tratásemos de tú, that we should address each other with tú. Tú is more familiar than usted.
2.[{26-2}] después de aceptado, after I had accepted.
3.[{26-3}] del principio, that she had had at first.
[Page 27.]—1.[{27-1}] que le había visto, that I had seen her wear.
[Page 28.]—1.[{28-1}] se le ... garganta, a lump had come into her throat.
2.[{28-2}] hacía ... delante, she made them hold their hands before them.
[Page 29.]—1.[{29-1}] de, for.
[Page 30.]—1.[{30-1}] For the life and works of Alarcón, see [page xii] of the Introduction. The text of La Buenaventura is taken from the Obras de D. Pedro A. de Alarcón (in the Colección de Escritores Castellanos), Novelas Cortas, Madrid, 1905. La Buenaventura describes the conditions that existed formerly in certain parts of Spain. Then the sparsely populated districts were infested with highwaymen. To-day, chiefly through the efforts of the Civil Guard, a select body of Spanish police, one is as safe in the highways and by-ways of Spain as in those of any other civilized country.
2.[{30-2}] sobrenombre is, strictly speaking, a name added to the apellido, to distinguish two persons whose apellido is the same.
3.[{30-3}] echado que hubo = cuando hubo echado.
4.[{30-4}] Eugenio Portocarrero, conde del Montijo, was father of Eugénie, the wife of Napoleon III.
5.[{30-5}] That is to say, he was fond of lo ajeno, but he took it only con permiso del engañado dueño.
[Page 31.]—1.[{31-1}] á que se me den, that I may receive (lit., that ... may be given to me).
2.[{31-2}] —Los ofrecidos hace días, those offered some days ago.
3.[{31-3}] al que, to the one who.
4.[{31-4}] Lo, him. Alarcón uses lo oftener than le, as the masc. sing. accusative form of the pers. pron. Some of the best modern writers, e.g. Juan Valera, have avoided lo as a masc. form.
5.[{31-5}] hace tres años que se persigue, for three years we have been pursuing; the present tense is used, as the act or state still continues.
6.[{31-6}] de que ... Justicia, by which the officers of justice should never catch him.
[Page 32.]—1.[{32-1}] hizo ocho días, a week ago. Cf. the French il y a huit jours, and the German vor acht Tagen.
2.[{32-2}] ¿Será; cf. [20], note 5.
3.[{32-3}] matan; cf. [3], note 3.
[Page 33.]—1.[{33-1}] no había de conocerte has about the force of no te conocería. See H. F. Gr., § 71, 1.
2.[{33-2}] ¡Y que ... para, and can there be a mother who gives birth to.
3.[{33-3}] ¡Jesús! Expressions such as ¡Dios mío!, ¡Jesús!, etc., are common in Spanish. Translate by heavens!, or some similar expression.
4.[{33-4}] ¡Que ... muera, may I die an untimely death.
5.[{33-5}] gitanico is subject of tenía.
6.[{33-6}] le refers to mula: do not translate le. This use of an expletive dat. pers. pron., of the 3d pers., referring to a dative noun, is very common in spoken Spanish. See also [page 34], line 5.
7.[{33-7}] si son, why, they are. Note this common use of exclamatory si.
[Page 34.]—1.[{34-1}] Parrón is subject of decir; nube de trabucos is subject of rodear.
2.[{34-2}] ¡Deteneos!; for this omission of -d before os, see H. F. Gr., § 86. a.
3.[{34-3}] se la cogí; se is the dative of interest; lit., for him; cf. H. F. Gr., § 111, a.
4.[{34-4}] Eso ... lo; cf. [5]. note 2.
5.[{34-5}] ¿Dices que cuándo? Note the expletive que here, as in que sí and que no.
6.[{34-6}] me... sesos, might cause my brains to be blown out.
[Page 35.]—1.[{35-1}] después de muerto, after he is dead.
2.[{35-2}] había... sacasen, I had succeeded in getting them to take me out...
[Page 36.]—1.[{36-1}] los gitanos... tenemos; cf. [15], note 1.
2.[{36-2}] hubiese is here an imperf. subj., corresponding in meaning to hay.
[Page 37.]—1.[{37-1}] quiere decir; see under decir, in Vocab.
2.[{37-2}] Todo... muera = es preciso que muera todo el que cae...
3.[{37-3}] me, an ethical dative; do not translate.
4.[{37-4}] alguno de ustedes; note the changing from vosotros to ustedes, which is more formal and expresses greater respect.
5.[{37-5}] será; cf. [3], note 1.
[Page 38.]—1.[{38-1}] ¡Pues... dinero! well, if he doesn't actually want his money too.
[Page 39.]—1.[{39-1}] ¡Á la paz de Dios! God be with you!
2.[{39-2}] habría; cf. [2], note 3.
3.[{39-3}] que... vista (lit., that took away my sight), that blinded me.
[Page 40.]—1.[{40-1}] Si conforme... señas, if, instead of me, who found him and learned what was going on, it had been the mountain soldiers, he would have given them a description of you.
[Page 41.]—1.[{41-1}] y parte... San Felipe = y en parte de la calle de San Felipe.
2.[{41-2}] del cual... soldado, that was not in keeping with the dress of a private soldier.
3.[{41-3}] El llamado Manuel, the man called Manuel.
[Page 42.]—1.[{42-1}]—¡Van once, that makes eleven.
[Page 43.]—1.[{43-1}] tiro is the subject of haber sonado.
2.[{43-2}] ¡Qué Conde... muerto! the Conde del Montijo! have you lost your senses! What is the literal meaning?
3.[{43-3}] se hizo conducir, had himself taken.
[Page 45.]—1.[{45-1}] For the life and works of Pardo Bazán, see pages xiv-xv of the Introduction. The text of El voto is taken from the Obras completas de Emilia Pardo Bazán, Tomo X, Cuentos nuevos, Madrid.
2.[{45-2}] traía ... niño; cf. [12], note 2.
[Page 46.]—1.[{46-1}] del que, of one who.
2.[{46-2}] sirenas ... escollo; the sea-nymphs of classical mythology, who, with their sweet song, allured the passing mariners to their death. Hence: la melodía de las sirenas, the voice of temptation.
3.[{46-3}] á los veintidós años, after twenty-two years.
4.[{46-4}] con las de = con las zurriagas de.
[Page 47.]—1.[{47-1}] tirano de Samos; see Polícrates, in the Vocab.
2.[{47-2}] que ... salú (=salud), may it give you health, or may it do you good: an expression used after eating or drinking. Cf. the German, wohl bekomm's.
[Page 48.]—1.[{48-1}] que las había, for there were some.
[Page 49.]—1.[{49-1}] entrase; note here the imperf. subj. instead of the pret. ind., with como; como la moza entrase = entrando la moza.
2.[{49-2}] Ella ... será = ella no será dragón: será is fut. of probability.
[Page 50.]—1.[{50-1}] Con ... sal = Con ... sal estará pagada.
2.[{50-2}] que salió ganando, who came out a winner.
[Page 51.]—1.[{51-1}] For the life and works of Blasco Ibáñez, see [page xvi] of the Introduction. La barca abandonada is the germ of one of the author's earlier novels, Flor de mayo. The text is taken from a volume of short stories entitled La condenada, por Vicente Blasco Ibáñez, Valencia y Madrid, 1895.
2.[{51-2}] ocurriera has here the force of a preterite; cf. H. F. Gr., § 99, 2.
[Page 52.]—1.[{52-1}] caballos; only old and worn-out horses are selected for the bull-fights.
2.[{52-2}] Socarrao (= "Socarrado", "Scorched"), "Terror".
[Page 53.]—1.[{53-1}] lleva hechos; one may also say tiene hechos, or simply ha hecho; but these expressions differ somewhat in meaning.
2.[{53-2}] se le ... pillo = se le ocurrió á un pillo ... decir.
[Page 54.]—1.[{54-1}] que, so that.
[Page 55.]—1.[{55-1}] Mejor hubiéramos visto, we should have preferred to see.
2.[{55-2}] noche is subject of habría cerrado, and cañonero (understood) of alcanzara.
3.[{55-3}] cualquiera, no one at all. This may possibly be a negative use of cualquiera, before the verb, similar to that of jamás, en mi vida, etc.; or it may be merely ironical.
[Page 56.]—1.[{56-1}] ¡para ... tiempo! this was not the time for compliance!
2.[{56-2}] ¡que ... quisiera!, God's will be done!
3.[{56-3}] Había que ver, you ought to have seen.
[Page 58.]—1.[{58-1}] á la ... patas, the bark had grown feet.
2.[{58-2}] burro de gitano; the hair on the back and sides of these donkeys is usually cut close, so as not to show the worn places distinctly.
[Page 59.]—1.[{59-1}] que; omit in translating.
[Page 60.]—1.[{60-1}] lo sacarán ... patrón, it will be sold at auction, and the captain will get it.
2.[{60-2}] Á cada ... suyo, (lit., to every one whatever may be his own) let every one have whatever is his by right.
[Page 61.]—1.[{61-1}] For the life and works of Pérez Galdós, see pages [xiii-xiv] of the Introduction. The text of La mula y el buey is taken from Torquemada en la hoguera, etc., por B. Pérez Galdós, Madrid, 1898.
2.[{61-2}] se fué poniendo; cf. [6], note 2. Note also that se precedes fué. One might also say fué poniéndose.
[Page 62.]—1.[{62-1}] angelitos al cielo; since the souls of little children go directly to heaven.
[Page 63.]—1.[{63-1}] les = los (direct object), as often in the writings of Pérez Galdós. See also castigarles, [page 23], line 8.
2.[{63-2}] Cómo había de, how could.
[Page 64.]—1.[{64-1}] si se quiere, if you wish.
2.[{64-2}] éralo;—lo = aflictiva.
[Page 65.]—1.[{65-1}] del mucho comer; cf. [24], note 3.
2.[{65-2}] Delirando ... fiebre, when she was delirious under the torture of a high fever (lit., raving, when the fever put her in its furnace of torture).
3.[{65-3}] almendras; note how conspicuous the almond is at Christmas-tide in Spain.
[Page 66.]—1.[{66-1}] quien; this use of quien with an antecedent that is plural and does not denote persons is now archaic.
2.[{66-2}] se hizo acompañar de, he brought with him.
3.[{66-3}] Rey Mago negro; according to an old tradition, one of the Three Wise Men, who followed the star to the birthplace of the infant Jesus, was a negro. This is well illustrated in the painting, The Worshiping Wise Men, by the Spanish painter, Fray Juan Bautista Maino.
4.[{66-4}] Por traer, for the sake of bringing things.
5.[{66-5}] Conocedora Celinina (an absolute construction), as Celinina was a judge.
[Page 67.]—1.[{67-1}] Santa Cruz; see Vocab.
2.[{67-2}] lotería, probably the government lottery from the profits of which the government receives a considerable sum. There is usually a large prize, sometimes of a million pesetas, at Christmas.
[Page 68.]—1.[{68-1}] que aun ... esperanza, which still continued to exist in her hope.
[Page 69.]—1.[{69-1}] la que = la niña que.
[Page 70.]—1.[{70-1}] que era dado imaginar, that could be imagined.
2.[{70-2}] tocó el pecho con la barba, began to nod.
[Page 71.]—1.[{71-1}] debía ... gloria, must have savored of heavenly bliss.
[Page 72.]—1.[{72-1}] haya; note the omission of que before haya, to avoid repetition.
2.[{72-2}] parece ... adelante, seems to run out across the table.
[Page 73.]—1.[{73-1}] Perico el ciego; blind beggars are numerous in Spain, and they are in evidence especially during holidays.
2.[{73-2}] The barrio Salamanca is a new and fashionable quarter of Madrid.
3.[{73-3}] lo; cf. [5], note 2.
4.[{73-4}] le; cf. [page 33], note 6.
[Page 74.]—1.[{74-1}] Mahonesa and Scropp are probably makers or sellers of toys.
[Page 75.]—1.[{75-1}] faltándole ... seculares, because its foundations, centuries old, were found wanting.
[Page 76.]—1.[{76-1}] Ya ... día, when day was near.
2.[{76-2}] Abuelo, i.e., God.
[Page 79.]—1.[{79-1}] For the life and works of "Fernán Caballero", see [pages ix-x] of the Introduction. The text of Obrar bien... que Dios es Dios is taken from the Otras completas de Fernán Caballero, Cuadros de Costumbres, Tomo II, Madrid, 1902.
2.[{79-2}] labrarían; cf. [page 2], note 3.
3.[{79-3}] árabes. The Mohammedan Moors and Arabs entered Spain from Africa in 711 and conquered most of the peninsula. It was only after seven centuries of warfare that the Spaniards were able to reconquer the entire country. Toledo was taken from the Moors in 1085, Cordova in 1236, Seville in 1248, and finally Granada in 1492. The peaceful Moors (Moriscos) who had remained in Spain after the reconquest were expelled at the beginning of the seventeenth century. It is needless to say that the Moors left a deep impress on the Spanish race.
4.[{79-4}] sería; note that sería is equivalent to probablemente fué.
5.[{79-5}] que puede fuese, which was perhaps. Note the omission of que before fuese, to avoid repetition.
6.[{79-6}] lo que sí sabemos, what we do know.
[Page 80.]—1.[{80-1}] expulsión de los árabes; this refers, not to their final expulsion from Spain, but to their earlier expulsion from the provinces of Cordova and Seville. See Santo Rey in the Vocab.
2.[{80-2}] se le veía; note this use of se, which is nearly equivalent to the French indefinite pronoun on or the German man.
3.[{80-3}] Cual la = como la vista.
[Page 81.]—1.[{81-1}] le ... hombre; le is indirect, and hombre direct, object.
2.[{81-2}] que dijo ser, who was, he said.
[Page 82.]—1.[{82-1}] opuesta ... ella, lit., opposed to that they should occupy themselves with her. How should this be expressed in correct English?
2.[{82-2}] como ... corazón = como su vanidad no le pedía el agradar á los hombres, ni su corazón le pedía agradar á aquél (= el guarda).
[Page 83.]—1.[{83-1}] ¿Á que = apuesto á que, I wager that.
2.[{83-2}] no sabo = no sé. The natural tendency of children everywhere is to make all verbs regular.
3.[{83-3}] carrillo. It creaks and shrieks when it rises laden, and rattles and prattles when it descends.
4.[{83-4}] reñir has here the force of an imperative.
5.[{83-5}] á cantar = vamos á cantar; á ver = vamos á ver.
6.[{83-6}] no se ... rogar, did not have to be coaxed.
7.[{83-7}] dice; canción (song) is understood as subject.
8.[{83-8}] que; note the use of que in this and the following lines, sometimes expletive (as here), and again meaning for.
[Page 84.]—1.[{84-1}] Carlanco, bugbear. In a footnote (Cuadros de Costumbres, Vol. II, Madrid, 1902, page 216) Fernán Caballero says: «El Carlanco pertenece á la familia de los pavorosos y fantásticos monstruos del Cancón, del Bu y del Coco.» Carlanco is not given in the Dictionary of the Royal Spanish Academy, but cancón, bu and coco are given and are defined as "an imaginary phantom with which one frightens children". In English one says "bugaboo", and sometimes "boo" to frighten children.
2.[{84-2}] que, for; as also in lines 19 and 23. Note again this common use of que.
3.[{84-3}] no tiene ... cal = no tiene dinero para comprar la cal.
4.[{84-4}] ésa soy yo, I am she.
[Page 85.]—1.[{85-1}] les; cf. [33], note 6.
2.[{85-2}] la; cf. [19], note 3.
[Page 86.]—1.[{86-1}] pegando unos bufidos ... resoplidos, blowing and snorting. Cf. the expression in the English nursery-tale, "and he huffed and he puffed."
2.[{86-2}] para servir á Vd., at your service. This is a conventional phrase commonly used when one person is presented to another.
3.[{86-3}] que echaba incendios, so that the sparks flew, i.e. like lightning.
4.[{86-4}] escuchare aquesto; note the hypothetical (or future) subjunctive and the pronoun aquesto, both of which are archaic. To-day one would say: Para el que escuche esto.
[Page 87.]—1.[{87-1}] pasada á deber, that had become a duty.
2.[{87-2}] sin que ... carita, so that nothing but her little face could be seen.
3.[{87-3}] mire Vd. antes en, first look at.
[Page 88.]—1.[{88-1}] ábrame Vd. la ventana. This is an invitation to Varmen to open her window and sit or stand there behind the grating (reja), so that the guard standing without may speak with her. This is the common way to woo in southern Spain.
2.[{88-2}] tengo que ... here means I have something to ...
3.[{88-3}] ni pasarse [de la raya] ni llegarse = not to cross the line nor even to come up to it. Translate: I draw the line there, or you must not go too far.
4.[{88-4}] No exprima ... zumo. This proverbial saying comes from the fact, well known to southern Spaniards, that if the orange is squeezed too much, the juice will taste of the bitter peel. Here it means: do not go too far.
5.[{88-5}] con él = con su ministerio.
6.[{88-6}] estaba hacía; cf. [12], note 2.
7.[{88-7}] esto; the preceding clause is the antecedent.
8.[{88-8}] Note that unido esto al conocimiento individual is here felt to be a plural subject of hacían.
[Page 89.]—1.[{89-1}] Y tú lo que debes; note that tú is more emphatic than if it was placed immediately before its verb, debes.
2.[{89-2}] de manera ... vivir, almost to death.
[Page 90.]—1.[{90-1}] presurosa; cf. [4], note 2.
2.[{90-2}] de lo que. This word order is common in Spanish. The English word order would be lo de que.
3.[{90-3}] en su vida; when en mi (tu, su, etc.) vida, like jamás, nada, etc., precedes the verb, no is omitted. See vida in Vocab.
4.[{90-4}] lo; cf. [5], note 2.
5.[{90-5}] ¡Á ése ... que, he is the one to whom. Note the redundant á before ése.
[Page 91.]—1.[{91-1}] que va mucho de ... á, there is a great distance between ... and.
2.[{91-2}] tiene echada el alma atrás, he has cast away his soul.
3.[{91-3}] Haga yo ... quiera, may I do my duty, and God's will be done.
4.[{91-4}] césped is the subject of cubre.
[Page 92.]—1.[{92-1}] No parece sino que, it seems only to have.
2.[{92-2}] eran; translate it was.
3.[{92-3}] que tienen ... quede = que tienen bastante para dar y para que les quede algún (perfume).
[Page 93.]—1.[{93-1}] Aquélla á ... conversación, on the one following his conversation.
2.[{93-2}] no cumple ... propósito = no cumple un mal propósito tan fácilmente como lo concibe.
[Page 94.]—1.[{94-1}] For the life and works of Trueba, [see pages xii-xiii] of the Introduction. The text of Ten-con-ten is taken from the Obras de Don Antonio de Trueba, Tomo IX, Nuevos cuentos populares, Madrid, 1905. The complete story is that of a monarch who tried to please everybody in a country divided by political factions. In his trouble he turned to General Robles for advice, and the general, in order to convince the monarch that he could not succeed in his effort to please everybody, told the story that is given in this volume. The king listened to this story, but he did not heed its moral, with the result that he lost his throne and was driven into exile.
2.[{94-2}] dícese ... lleva (lit., it is said that when the river sounds it brings water), where there is smoke, there is a fire.
[Page 95.]—1.[{95-1}] Traga-santos; a play on the double meaning of the word tragar, 'to swallow' and 'to believe implicitly in'. See in the Vocab. Animalejos and other proper nouns.
[Page 96.]—1.[{96-1}] es para ... referida, must be imagined; it cannot be told.
[Page 97.]—1.[{97-1}] El alma ... Traga-santos, poor Traga-santos' heart sank into his shoes.
2.[{97-2}] víctimas; this paragraph is a sarcastic allusion to the irreligious way in which the holiday of San Isidro is observed at Madrid.
3.[{97-3}] y más, the more so.
4.[{97-4}] ¿cuál no ... asombro, imagine the amazement.
[Page 98.]—1.[{98-1}] para que ... lloviese, in order that he should see to it that it did not rain.
2.[{98-2}] It is said that in the rural districts of both Spain and Spanish America the images of saints have been beaten or stoned because prayers were not granted. The scene that is given here is, probably, purely imaginary.
3.[{98-3}] ¡Lo que ... lluvia!, the fact is that the rain ceased! (lit., flew away immediately)
[Page 99.]—1.[{99-1}] en ... ser, valued so little the fact that it was.
[Page 100.]—1.[{100-1}] é hizo ... escultor, and had a good sculptor make him....
2.[{100-2}] lo mucho que, how much.
3.[{100-3}] ni al Santo ... Dios. = ni Dios le niega nada al Santo.
4.[{100-4}] lo santo que, so saintly as.
[Page 101.]—1.[{101-1}] era de muerte, was to be killed. Dar la muerte, i.e. the killing of the bull, is the crowning and most dangerous feat of the bull-fighter.
2.[{101-2}] ¡qué quiere ... rezar!, what do you expect me to do but pray, or what can I do but pray!
[Page 103.]—1.[{103-1}] arrégleselas, manage it. Note again the fem. personal pronoun, with the force of an indefinite pronoun.
[Page 104.]—1.[{104-1}] ¿Si nos irán, I wonder whether they are going.
2.[{104-2}] nos doblan ... medio, they will close us up entirely (like a jack-knife).
[Page 105.]—1.[{105-1}] ¿Qué va á = ¿qué va á apostar usted?
2.[{105-2}] Buena ... hacen, we are badly in need of them (the rains).
[Page 106.]—1.[{106-1}] hasta ... noche, until night was well advanced.
2.[{106-2}] ¡Qué lástima de fuego en ella, what a pity that fire does not strike it.
3.[{106-3}] ha llovido; in Spanish the present perfect is sometimes used instead of the preterite to express an act that occurred recently.
4.[{106-4}] Con un ... dar porque, we might be happy to-day, if. This is a vulgar paraphrase of the expression: darse con un canto en los pechos.
[Page 107.]—1.[{107-1}] por lo ... nosotros, for having acted so kindly towards us.
2.[{107-2}] si al ... quisiera, if heaven had been left to do as it pleased.
3.[{107-3}] que llueva ... llover, that it might rain or fail to rain.
4.[{107-4}] habrá quien, can there be any one who. Here, as often, quien includes its antecedent.
[Page 108.]—1.[{108-1}] The irony of this mock-heroic proclamation and of the lines that follow is characteristic of Trueba's later and riper work.
2.[{108-2}] cuanto ... parte, my part, or all that was in my power.
3.[{108-3}] si Dios tenia que; this may be translated freely, as much as it could.
[Page 109.]—1.[{109-1}] una; cf. hacer una con = 'to play a trick on.' Here una has the force of an indefinite pronoun; cf. [19], note 3.
[Page 110.]—1.[{110-1}] el que, the fact that. Here the def. art. introduces a subordinate clause. Cf. also page 16, note 4.
2.[{110-2}] See [page ix] of the Introduction.
[Page 111.]—1.[{111-1}] echaba; note here the use of the imp. ind. for the cond. in a condition contrary to fact.
2.[{111-2}] de, if.
3.[{111-3}] Trueba takes this opportunity to offer good advice to budding authors.
4.[{111-4}] esto ó ... allá, this or that or the other.
[Page 114.]—1.[{114-1}] For the life and works of Narciso Campillo, [see page xiii] of the Introduction. The text of Vino y frailes is taken from Una docena de cuentos, por D. Narciso Campillo, Madrid, 1878.
2.[{114-2}] grave y lentamente = gravemente y lentamente.
3.[{114-3}] admirábase; note how frequently Campillo places the personal pronoun-object after an indicative verb. This usage is not uncommon, but it is generally considered incorrect except when the verb comes first in a sentence or clause.
[Page 115.]—1.[{115-1}] aplaste and perdone; subjunctive with force of imperative.
2.[{115-2}] hubiese, whether there was.
[Page 116.]—1.[{116-1}] Padre había, there was a father or two. Note the indefinite use of Padre.
[Page 117.]—1.[{117-1}] en cuyo dia; the 24th of June is consecrated to St. John.
[Page 120.]—1.[{120-1}] resaltaba causante ... vino ..., it resulted that the ... wine was the cause...
2.[{120-2}] ¿Habría nadie, had anyone.
[Page 121.]—1.[{121-1}] caiga ... caiga, let him die who will (lit., let him fall who may fall).
2.[{121-2}] á poco más se ve, a little more and he would have been.
[Page 125.]—1.[{125-1}] mas ... encargo, but he was not so simple-minded that he did not recognize how arduous and annoying was the commission.
[Page 128.]—1.[{128-1}] estruja; cf. [21], note 1.
2.[{128-2}] —¡En mi vida me ha sucedido otra! Here otra is an indefinite pronoun: translate,—never before in my life has such a thing happened to me. Cf. page 90, note 3; cf. also page 109, note 1.
3.[{128-3}] Yo se los iría sacando ... por muy agarrados que estuvieran, I should drive them out ..., however firmly they held on to him.
[Page 129.]—1.[{129-1}] tendría; cf. [2], note 3.
2.[{129-2}] Más ... amenazando (lit, a lifted hat obtains more than do six threatening swords), humility will accomplish more than arrogance.
3.[{129-3}] no tan calvo que se le vean los sesos, do not overdo it. What is the literal meaning?
4.[{129-4}] y sí, but is.
[Page 130.]—1.[{130-1}]—Alabado y bendito sea (Dios por siempre), a greeting used among the friars.
2.[{130-2}] como que, acted as if.
[Page 131.]—1.[{131-1}] ¡Dos mil ... usted! the devil take you!
[Page 132.]—1.[{132-1}] For the life and works of Larra, see [page ix] of the Introduction. The text of El castellano viejo is taken from the Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), Barcelona, 1886.
2.[{132-2}] á que ... el negarse, to refuse which...
3.[{132-3}] di con quien ... las doblaba, I had with some who were turning them ...
[Page 133.]—1.[{133-1}] no se ... tintero, will not leave anything undone (lit., will leave no [ink] in the inkstand).
2.[{133-2}] el pan ... vino, I call a spade a spade.
[Page 134.]—1.[{134-1}] Vete á paseo (an expression of contempt at what has just been said), come now!
2.[{134-2}] á la española; in the larger Spanish towns it is now customary to dine at 7 or 8; but it was formerly the custom to dine much earlier, as is still done in the country.
3.[{134-3}] de lo lindo; note here a partitive expression similar to that which is so common in French. Transl., something fine.
4.[{134-4}] un día malo ... cualquiera lo pasa = cualquiera pasa un día malo.
5.[{134-5}] Vile = le vi.
6.[{134-6}] In southern Europe, where much damage is done by hail, a black cloud is greatly feared.
7.[{134-7}] cuarenta mil reales de renta; how many pesetas, and how many American dollars, is this? The salaries of government employes in Spain are popularly reckoned in reales. It should be borne in mind that a peseta would probably buy as much in Spain when this story was written, as a dollar will buy to-day in the United States.
[Page 135.]—1.[{135-1}] plantarle ... alba, to give a piece of his mind to Lucifer himself.
2.[{135-2}] se le espeta ... cara, he says so to his face.
3.[{135-3}] cumplo, I fulfill; miento, I lie.
[Page 136.]—1.[{136-1}] Note this popular saying which would imply that, although a Spaniard should live up to an agreement made with another Spaniard, he need not do so with a Frenchman.
[Page 137.]—1.[{137-1}] Cf. page 15, note 1.
2.[{137-2}] se le ... palabra, they should understand a word she said.
3.[{137-3}] estamos ... comer, we who are to dine are here.
4.[{137-4}] Fígaro, the pen-name of Mariano José de Larra, author of El castellano viejo.
[Page 138.]—1.[{138-1}] If the text is correct, this is a curious case of agreement, or rather of disagreement, of adjective and noun. Apparently Larra had in mind, not gentes, but Braulio and his wife. Cf. the somewhat similar use of gens in French.
2.[{138-2}] This repetition of entre is unusual, but it makes clear the meaning of the sentence.
[Page 139.]—1.[{139-1}] que Dios maldiga, which is an abomination, or curse it.
[Page 143.]—1.[{143-1}] Cerrar, an infinitive with the force of an imperative.
[Page 145.]—1.[{145-1}] For the life and works of Bécquer, see [page viii] of the Introduction. The text of El beso is taken from the Obras de Gustavo A. Bécquer, Tomo Segundo, Madrid, 1907.
2.[{145-2}] una parte ... siglo. The French armies entered the Spanish peninsula in 1807, and were finally expelled by the combined Spanish, English and Portuguese forces in 1814. To this day the Spaniards are fond of telling in song and story the brave exploits of their forefathers who fought against Napoleon's men. The French devastated parts of the country, but they also brought with them many new ideas that helped to awaken Spain from its torpor. This war is known in England as the "Peninsular War", and in Spain as the "Guerra de la Independencia" (War of Independence).
3.[{145-3}] The alcázar (Arabic for the castle) stands on the highest ground in Toledo. Originally a citadel, it was converted into a palace which served as a royal residence. It was enlarged and embellished by Charles V.
4.[{145-4}] la Puerta del Sol, a handsome gateway in the Moorish style, built in the 12th century.
5.[{145-5}] Zocodover, a small three-cornered plaza in the northeastern quarters of Toledo. It is the focus of the city's life. The name Zocodover is of Moorish-Arabic origin. In Tangier, Morocco, there are a small socco ('market') and a large socco.
[Page 146.]—1.[{146-1}] cuanto más, much less.
2.[{146-2}] San Juan de los Reyes, a convent founded in 1476 by the "Catholic Kings", Ferdinand and Isabella, and dedicated to their patron saint, John the Baptist. It was much damaged by the French in 1808.
[Page 148.]—1.[{148-1}] las antes losas sepulcrales = las losas, antes losas sepulcrales.
2.[{148-2}] rey José; Joseph Bonaparte, the brother of Napoleon, whom the latter made king of Spain in June, 1808. Madrid was his capital.
[Page 149.]—1.[{149-1}] de todo tenían menos de, were anything but.
2.[{149-2}] ciudad de los Césares. Toledo was an important strategic point and trading center during the Roman domination of Spain, but it was not the capital city of the land.
[Page 151.]—1.[{151-1}] llegar y besar el santo, to meet promptly with success. The expression probably has its origin in the fact that at the time of a pilgrimage to a holy shrine one must usually wait a considerable while before being able to kiss the image of the saint, and fortunate is he who arrives and kisses without delay.
[Page 152.]—1.[{152-1}] trece, a slight discrepancy; according to the statement at the beginning of the story there were fourteen.
[Page 154.]—1.[{154-1}] ya no vivo, I shall have no peace.
[Page 158.]—1.[{158-1}] Elvira de Castañeda was doubtless the lady's maiden name, which in Spain a woman retains after marriage, and to which she joins, connected by de, her husband's name.
[Page 160.]—1.[{160-1}] el emperador, Napoleon Bonaparte.
[Page 161.]—1.[{161-1}] 5.º = quinto, the Fifth Regiment.
2.[{161-2}] Los guerreros ... pusieron = dicen que los guerreros del claustro pusieron.
[Page 163.]—1.[{163-1}] For the life and works of Pereda, see[ page xi], of the Introduction. The text of La leva is taken from the Obras completas de D. José M. de Pereda, Tomo V, Escenas Montañesas, Madrid, 1901. La leva consists of several more or less detached incidents. Some of these incidents, in whole or in part, have been selected for this volume, the selections amounting in all to two-thirds of the entire story. For the complete story, the reader is referred to Escenas Montañesas. La leva is a realistic description of the life of the fisher-folk of Santander in Northern Spain, and of the distress caused amongst these poor people by compulsory service in the Spanish navy.
It is written partly in dialect; but the dialect, for the most part, is not local, as most of the expressions occur in the speech of the lower classes wherever Spanish is spoken.
2.[{163-2}] que no hay ... resista, that is irresistible.
[Page 165.]—1.[{165-1}] poeta ... Mancha; Pereda believes that only an inhabitant of the interior provinces of Castile or la Mancha would be likely to idealize in poetic language the rough life of a seaman or a fisherman.
[Page 166.]—1.[{166-1}] ¿Qué se te pudre? what ails you?
2.[{166-2}] Salú = salud. Both final d and intervocalic d are often dropped by the common people throughout the entire Spanish-speaking world. Cf. usté (usted), quitao (quitado), arrastrao (arrastrado), na (nada), too (todo), lao (lado), salío (salido), sentío (sentido), etc.
3.[{166-3}] Note the common use of the augmentative suffix, -on, -ona, in this story: ingratona (from ingrata); chismosona (from chismosa), borrachona (from borracha), viciosona (from viciosa), flojón (from flojo), etc. These augmentatives are here also depreciatives.
[Page 167.]—1.[{167-1}] el mi hijo = mi hijo or el hijo mío. Thus one may hear un mi amigo for un amigo mío, etc. The use of a possessive adjective before its noun, and preceded by another modifier, was once common, but it is now archaic or poetic.
2.[{167-2}] angelucos; note this use of the diminutive ending -uco in the Montaña. Note also san Pedruco (from Pedro). These diminutives here express affection.
3.[{167-3}] que poner, to put on.
[Page 168.]—1.[{168-1}] Mártiles (= Mártires); jewels and candles are frequently offered to the pictures and images of saints and martyrs to secure their favor and assistance in enterprises, races, bull-fights, illness, etc.
2.[{168-2}] Emeterio and Celedonio were Roman soldiers. They became Christians and suffered martyrdom at Calahorra, Spain.
[Page 170.]—1.[{170-1}] dos reales y medio = approximately 21 cuartos, or 63 céntimos. See these words in Vocab.
2.[{170-2}] la; cf. [19], note 3.
3.[{170-3}] habrán; cf. [3], note 1.
4.[{170-4}] dos reales en plata = a silver 50-céntimos piece.
[Page 171.]—1.[{171-1}] el demonio ... mujer, the devil himself cannot get rid of this woman.
[Page 172.]—1.[{172-1}] Note the fall of initial d in é (de), icen (dicen), etc. This is common.
2.[{172-2}] la echara los Avangelios (= Evangelios). This is by analogy with echar maldiciones ('curses'), echar suertes ('lots'), etc.
3.[{172-3}] cogió ... lamber, she got frightfully drunk. The lower classes sometimes use cafetera for borrachera, 'drunkenness'. No poderse lamer = estar tan privado de sí como el perro que no puede lamerse la herida, 'to be as much overcome as a dog that can not lick its wound'.
4.[{172-4}] paece; note the fall of intervocalic r in pa (para), paece (parece), etc. This is common.
[Page 173.]—1.[{173-1}] se había trinca(d)o; this may mean colloquially, she had made fast to, or she had drunk.
[Page 174.]—1.[{174-1}] por hacerme ... gentes = porque estas pobres gentes me hacen partícipe.
[Page 175.]—1.[{175-1}] apuyááá; perhaps = apura(os).
2.[{175-2}] sin que ... nadie, without anyone taking trouble in my behalf.
[Page 176.]—1.[{176-1}] traje; his dress was evidence that he had been drafted into the king's navy.
2.[{176-2}] sobre que ... pronto, what must be, the sooner the better.
3.[{176-3}] güelva; the change of initial vue- or bue- to güe- is common in the speech of the lower classes in Spain and in Spanish America. See New-Mexican Spanish, by E. C. Hills, in Publications of the Modern Language Association of America, 1906, pages 706 +
[Page 180.]—1.[{180-1}] San Martín; beyond San Martín point is situated the main harbor, where lay at anchor the steamer that awaited the conscripts.
[Page 181.]—1.[{181-1}] Cid; see Cid in the Vocab. Those in the altas regiones are the governing classes. Pereda fears that his account of the suffering caused by conscription will have no effect upon the rulers of Spain.
2.[{181-2}] pintor de costumbres; Pereda was, in the main, a realistic painter of customs and manners.
3.[{181-3}] que pueden, who have the power.
[Page 182.]—1.[{182-1}] For the life and works of Fernández Guardia, see [page xviii] of the Introduction. The text of Un alma is taken from Cuentos Ticos, por D. Ricardo Fernández Guardia, San José de Costa Rica, 1901. The reader should note the purely classical Castilian used in this story, which suggests the English of Nathaniel Hawthorne or of Washington Irving.
[Page 185.]—1.[{185-1}] ¡fuego de ... armó, you should have seen the tempest that was aroused! Cf. page 19, note 3.
2.[{185-2}] su is well used here, since una jerigonza suya salvajina would be awkward. Cf. page 167, note 1.
[Page 186.]—1.[{186-1}] gu sos; sos = sois; gu = ó (the g is here a soft spirant, as in agua).
[Page 188.]—1.[{188-1}] se anonadaba ... deleitoso, she was lost in a rapturous absorption into the divine.
2.[{188-2}] que poder, that she could.
[Page 190.]—1.[{190-1}] For the life of Díaz Garcés, see [page xviii] of the Introduction.
The text of Juan Neira is taken from Pájinas Chilenas, por D. Joaquín Díaz Garcés (Ánjel Pino), Santiago de Chile, 1907.
Juan Neira is a description of conditions that existed till recently in the rural districts of Chile. To-day the large estates are being divided into small farms, the towns are growing, and education is becoming general. Chile and Argentina are among the few Spanish-American countries in which the majority of the inhabitants are of European stock. This fact, together with their moderate climate, explains the relatively greater progress of these two states, as compared with the other Spanish-American countries. See also Chile in Vocab.
The student should note the difference of language and style in the two Spanish-American stories. Un alma is written in classical Spanish, with only a few "Americanisms" that are used consciously and with due apologies; while the story of Juan Neira is told in the current language of the upper classes of Chile, with many dialectic words and other "Americanisms." The Spanish of Un alma resembles the English of Nathaniel Hawthorne, while that Juan Neira is more like the language of much contemporaneous fiction in the United States.
Juan Neira is given with the orthography that prevails in the South-American countries that face the Pacific. Note especially:
(1) j, before e, i, for g: jente (gente), jesto (gesto), sarjento (sargento), enérjico (enérgico);
(2) i final for y: mui (muy), rei (rey);
(3) es, before consonant, for ex: estenso (extenso), sesto (sexto), testo (texto), esperiencia (experiencia);
(4) os- for obs-: oscuro (obscuro);
(5) in accentuation, n and s final have the same effect as other consonants, except in inflectional endings: tambien (también); dotacion (dotación); oríjen (origen); despues (después), léjos (lejos);
(6) -ia, final, is not accented: dia (día), habian (habían).
(7) The diacritic accent is omitted in certain words that require it according to the present rules of the Royal Spanish Academy: a (á), mas (más), tu (tú), solo (sólo), et al.
This system of accentuation, for the most part, had formerly the authority of the Academy. When the Academy changed to the present system, the Pacific states of South America refused to follow, although the other Spanish-American states did so.
This independence in orthography, under the leadership of Andres Bello (1781-1865) and other scholars, is similar to that of the United States, under the leadership of Noah Webster and others: cf. favor (favour), wagon (waggon), meter (metre), etc.
2.[{190-2}] del 51 = del año 1851. The reference is to one of several political revolutions that were determined by force of arms.
3.[{190-3}] guerra del 79, between Chile and the combined forces of Peru and Bolivia. Chile won, and took from Peru much territory, including the valuable nitrate deposits of Atacama.
[Page 191.]—1.[{191-1}] la Andrea; the article is thus used when speaking familiarly of a woman of the lower classes.
2.[{191-2}] indignarles; note the use of les for los, the dir. obj. masc. pl. This occurs in the writings of Pérez Galdós and others.
3.[{191-3}] Despues habia que ir, then we had to go.
[Page 192.]—1.[{192-1}]—¡Bien ... venido, it would have been welcome.
[Page 193.]—1.[{193-1}] dió ... de chicotazos; this use of a partitive construction after dar is common. Cf. dar de comer.
[Page 194.]—1.[{194-1}] hoja de maíz; in Spanish America the working classes use in making cigarettes dry corn-leaves instead of paper.
2.[{194-2}] esperándolo, waiting for you; lo, as the accusative case masculine of usted, is the rule in Spanish America, in colloquial language, and it is often heard in Spain also.
3.[{194-3}] vos; in South America vos (with the sec. pers. plur. of the verb) is used as a more formal expression than tú, but less formal than usted, when addressing a single person. In Mexico and Cuba, on the other hand, neither vos nor vosotros is commonly used, and ustedes serves as plural of both tú and usted.
[Page 195.]—1.[{195-1}] si estaban todos = si todos estaban allí. Note also ¿está? = ¿está aquí?; no está = no está aquí or no está en casa; etc.
2.[{195-2}] llegao; cf. [166], note 2. Note the similarity between the language of the unlettered as given here and in La leva.
[Page 196.]—1.[{196-1}] se sienta y se mire, they may hear or see.
[Page 197.]—1.[{197-1}] apretan = aprietan.
[Page 200.]—1.[{200-1}] It is customary in Spanish countries to put up a cross wherever a murder is committed.